Cerco de sicarios

 

* La Procuraduría de Guerrero supo por sus propias indagatorias qué había pasado la Noche de Iguala, el 26 y 27 de septiembre del 2014, casi de inmediato. La PGR, que atrajo el caso días después, empantanó con sus hipótesis un camino que ya estaba avanzado y que incluso reconocía la existencia de un quinto camión horas después de los sucesos.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 22 de julio del 2016. La PGR registró un Acuerdo de Recepción de Copias Certificadas de Auto de Formal Prisión, el 17 de octubre del 2014, en la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro, desde la causa penaI 172/2014. Ese Acuerdo constataba la recepción de 193 fojas útiles como copias certificadas, que contenían los autos de formal prisión en contra de 22 policías municipales de Iguala, 19 de los cuales habían sido reconocidos por algunos normalistas de Ayotzinapa que sobrevivieron a la noche del 26 de septiembre del 2014. Los policías habían dado positivo en pruebas de rodizonato de sodio, que identifica a quien dispara un arma de fuego. El envío de esas 193 fojas fue suscrito por “el licenciado Mario Maravilla Peña, Primer Secretario de Acuerdos del Juzgado primero de Primera Instancia en materia Penal del Distrito Judicial de Tabares, la que contiene Auto de Formal Prisión, dentro de la causa penal 172/2014”.

Según ese documento, Salvador Herrera Román, Alejandro Andrade de la Cruz, Hugo Salgado Wences, Hugo Hernández Arias, Zulai Marino Rodríguez, Mario Cervantes Contreras, Baltazar Martínez Casarrubias, Nicolás Delgado Arellano, Abraham Julián Acevedo Popoca, Juan Luis Hidalgo Pérez, Iván Armando Hurtado Hernández, Fernando Delgado Sánchez, Rubén Alday Marín, Arturo Calvario Villalba, Raúl Cisneros García, Marco Antonio Ramírez Urban, Oswaldo Arturo Vázquez Castillo, José Vicencio Flores, Emilio Torres Quezada, Fausto Bruno Heredia, Miguel Ángel Hernández Morales y Margarita Contreras Castillo recibieron auto de formal prisión el 7 de octubre del 2014, por el homicidio calificado de los normalistas Daniel Solís Gallardo y Jhosiván Guerrero de la Cruz.

En las primeras horas, después de esos asesinatos, se había confundido la identidad de uno de los normalistas, a quien en vías de reconocerlo posteriormente, la entonces Procuraduría estatal de Guerrero había señalado como Jhosiván Guerrero de la Cruz. Fueron los familiares del joven muerto quienes señalarían el error y dirían que en realidad Jhosiván era Julio César Ramírez Nava.

Los dos normalistas fueron abatidos en la esquina de Periférico Norte y la calle Juan N. Álvarez, la noche del 26 de septiembre del 2014, pero a la PGR se le pasó la identidad de Ramírez Nava. “Así lo resolvió y firma el suscrito Licenciado Javier Villalobo Ramos, agente del Ministerio Público de la Federación adscrito a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada, quien actúa en forma legal con dos testigos de ley con quienes firma y da fe”, dice el papel donde dictan auto de formal prisión por el asesinato de un muchacho a quien en realidad la policía y los medios de comunicación mataron dos veces.

Los restos del normalista de Ayotzianpa, Jhosiván Guerrero de la Cruz, fueron identificados hasta el 17 de septiembre del 2015 por la Universidad de Innsbruk en Austria y la PGR corregiría ese error de identidad el 5 de octubre del 2014. Así, entre malentendidos de “buena fe”, la PGR transitó los oscuros caminos de Iguala, haciendo caso a llamadas anónimas y delaciones sin rostro que, sin embargo, nunca fueron tan exageradas como los incendios de Cocula. Mientras, en el sur del Estado de México pobladores de Luvianos, sobre todo, reportaban inusuales movilizaciones de grupos armados pertenecientes a cárteles de La Familia Michoacana y de Los Guerreros Unidos, que iban en caravana custodiando personas sometidas. Pocos se atrevieron a mirar de cerca a esas personas y quienes vieron no tendrán, al menos por ahora, más allá de su palabra, la forma de demostrar quiénes eran esos prisioneros.

El normalista Daniel Solís Gallardo era de Zihuatanejo y tenía 18 años. Le decían El Chino y era soltero. A Julio César Ramírez la PGR lo describe como delgado, de tez morena clara, cabello negro corto, frente mediana, cejas pobladas, ojos cafés claros, nariz medina recta, boca mediana, labios medianos, mentón cuadrado, sin bigote. Cuando el agente del ministerio público de Iguala llegó a la esquina de la Juan N. Álvarez y Periférico Norte, se encontró con que ya estaban allí los soldados del 27 Batallón de Infantería, además de policías estatales, resguardando el lugar.

Para ese momento –la mañana del 27 de septiembre- la circulación ya se había normalizado pero a los cadáveres los rodeaban autos siniestrados y que allí quedaron, reventados por las balas de los municipales de Iguala y Cocula. Estaba una Nissan Urvan blanca, con franjas amarillas y naranja y con placas HBF83-14 de Guerrero. También se encontraban un Chevy color arena, placas MBC-9797 del Estado de México y una moto azul tipo Scooter, de la marca Yamaha, con placas F408W. A esos autos la PGR los catalogó como indicios Uno, Dos y Tres. El Cuarto, sin embargo, era un normalista “[…] en posición de cúbito ventral con su extremidad cefálica dirigida al lado oriente, sus extremidades superiores ambas flexionadas y dirigidas hacia la cabeza, las extremidades inferiores en extensión y separadas ligeramente y hacia el lado poniente, dándose fe que dicho cadáver viste una playera de color rojo, pants color azul marino con franjas laterales en blanco y rojo, y calza huaraches de correa de color café, con orientación oeste […]”.

Tanta descripción apenas alcanzó a los peritos para ubicar en un espacio físico a quien en un principio llamaron “cadáver desconocido” y junto al cual ubicaron dos casquillos percutidos calibre .223 de la marca Águila, dorados como el oro. Casquillos, había más, y por lo menos 20 se encontraron posteriormente, demasiado pocos porque ya bomberos, policías municipales, empleados de Protección Civil y sicarios habían barrido la calle Juan N. Álvarez y la esquina de Periférico Norte, según vecinos del lugar, quienes los vieron y oyeron usar chorros de agua para, piedra por piedra, limpiar sangre y restos.

Luego, ya sobre la plancha metálica de la morgue del Servicio Médico Forense, las autoridades dijeron que ese cadáver era de tez morena, cabello negro corto, ojos café claro, entre 18 y 23 años y que tenía una “[…] herida abrasiva localizada en ángulo externo del mismo lado de 1.3 por 0.3 centímetros; entrada en hemicara derecha de 0.8 a 6 centímetros de la línea media anterior […] de las cuales se dan fe”.

En la calle y casi enseguida estaba el otro cadáver, al que marcaron como Indicio 6, que llevaba una sudadera verde, playera gris, pantalón azul y zapatos negros. Las lesiones que le causaron la muerte fueron producidas por bala, un disparo a nivel de la barbilla y otra en el tórax.

El primer cuerpo era el de Julio César Ramírez Nava y el segundo el de Daniel Solís Gallardo. Los dos eran amigos en la escuela de Ayotzinapa de Julio César Mondragón Fontes, asesinado también en Iguala, en el Camino del Andariego, en la zona industrial de aquella ciudad. Los dictámenes de necropsia de los tres fueron realizados por el médico forense perito Julio César Valladares. De Daniel Solís concluyó que murió por la herida de bala en el tórax; de Ramírez Nava dijo que su muerte se debió a un disparo que recibió en la cara y de Julio César Mondragón Fontes que la fauna local le había comido el rostro, aunque señaló que había muerto por traumatismo craneoencefálico.

Luego, los padres de Julio César Ramírez Nava precisarían sobre su hijo, al tenerlo muerto frente a ellos, como describe fríamente el reporte de la PGR: que era el tercero, que tenía 23 años, soltero y estudiaba en la Raúl Isidro Burgos. Que el 26 de septiembre había hablado con su madre, Bertha Nava, para decirle que estaba en Iguala apoyando a sus compañeros agredidos por policías y que había un muerto, pero que él estaba bien. Esa comunicación se cortó y no fue sino hasta la mañana del 29 de septiembre que la madre pudo enviar un mensaje al celular del joven y marcó dos veces, ya sin respuestas. Fue el Comité de Alumnos de Ayotzinapa el que informó a esos padres sobre un muerto y la desaparición, hasta el 30 de septiembre, de 57 alumnos.

En la morgue los esposos reconocieron a Julio César Ramírez porque tenía una cicatriz en forma de espiral en la espalda, otra en la pierna izquierda y dos en la nariz. Pero no había necesidad de marcas para saber que era su hijo, a pesar de la lesión terrible y lo amoratado que tenía el rostro.

La Fiscalía de Guerrero recabó casi de inmediato la declaración de algunos estudiantes, que narraron atropelladamente algunos hechos, como el normalista Yonifer Pedro Barrera Cardoso 2, que armó su relato desde la desgracia de haber dejado tirados a sus compañeros y no saber de más de la mitad de quienes iban con él. Escondido junto con otros en las calles o en las casas de vecinos que les dieron refugio algunas horas, los supervivientes tenían sólo jirones, restos de lo sucedido y entre todos configuraron parte de aquella noche.

Yonifer Pedro Barrera declaró el 27 de septiembre que 120 alumnos salieron de Ayotzinapa en dos camiones Estrella de Oro que tenían los normalistas en la escuela, junto con dos choferes que voluntariamente los ayudaban, rumbo a Iguala. Iban chicos de primero, segundo, tercero y cuarto grados. Dice que llegaron a las nueve de la noche  la terminal y que allí pidieron a dos choferes que llevaran otros tantos camiones a la normal, porque previamente se habían puesto de acuerdo con ellos, aclara otro estudiante, Alejandro Torres. Este chico, junto con su compañero Miguel Ángel Espino, fue uno de los primeros en afirmar que en las rutas mortales que siguieron los de Ayotzinapa había cinco camiones, meses antes de que periodistas y la PGR dieran con él y le atribuyeran importancia. Espino se salvó porque sufriría un colapso que lo sacaría del cerco de sicarios cuando una ambulancia lo condujo al hospital para que recibiera atención.

A los choferes los convencieron para ir a la normal a dejar los camiones y hacer otro viaje más, que llevaría a algunos estudiantes a un lugar de la Costa Chica, el 30 de septiembre, en una gira de prácticas. Sin precisar cuáles, dice que los camiones se metieron por la calle Juan N. Álvarez y que otros tomaron rumbo a Chilpancingo.

Entonces todo empezó a la altura del Zócalo igualteco.

Los que se metieron al centro de Iguala vieron, pocos minutos después, que la policía municipal les cerraba el paso con las patrullas 17, 18, 20 y 27. Otros estudiantes han señalado a las patrullas 3, 6, 8, 11, 16, 028 y 302, donde al final subirían a algunos normalistas.

En el camión que le tocó, Yonifer Pedro Barrera iba sentado en la parte trasera y desde allí pudo ver a 25 de sus compañeros que bajaron para hablar con los aproximadamente 30 policías, pero que nada más pisar la calle, fueron recibidos a balazos. El chofer de esa unidad arrancó y algunos de los estudiantes tuvieron que seguir a pie. Estaban en el centro de la ciudad y la columna de tres camiones avanzaba rumbo a Periférico Norte. Los chicos a pie no lograron subir nuevamente y se dispersaron en las calles siguientes. Por unos minutos, muy pocos, pareció que los policías se quedaban atrás pero de pronto, a la altura de una mini-bodega de Aurrerá, a metros de conseguir salir a ese Periférico, una patrulla volvió a salirle al paso a esa vanguardia estudiantil, cerrando el camino. Más normalistas bajaron y a pedradas ahuyentaron a los policías. Los alumnos quisieron mover la patrulla con puro esfuerzo físico y en esas estaban cuando aparecieron cinco o seis patrullas más, ha dicho Yonifer, quien a 150 metros de los uniformados ha constatados las ráfagas de metralla que los policías les dirigieron.

Se cubrieron pero el normalista Brayan Baltazar ha visto cómo a su compañero, a quien le apodan La Garra, le brota sangre de la cabeza y ha caído al piso para no moverse más.

A los chicos los camiones apenas les sirvieron de refugio. Salieron con las manos en alto “para que vieran que no teníamos nada, pero los policías siguieron disparando y vi que uno de mis compañeros estaba tirado adelante del autobús, ya herido por los disparos que habían hecho los policías, a quien pude reconocer que sólo recuerdo con el apodo del güero”, dijo por su lado Yonifer.

De primer año, El Güero estaba vivo y los normalistas gritaron a los policías para que pidieran una ambulancia. Un intento de uno de los estudiantes por acercarse al herido terminó en otra lluvia de balas. El herido debió esperar para que, de nueva cuenta, otros cuatro estudiantes intentaran ir por él. Con las manos arriba para que los policías no los atacaran, llegaron a él y lo rodearon para cubrirlo antes de que los municipales les advirtieran que se tiraran al suelo porque iban a disparar. Nada más decirlo, otra andanada hizo retroceder a los jóvenes, que regresaron a la parte trasera del camión para darse cuenta de que cada minuto que pasaba llegaban más municipales.

Para ese momento había otro estudiante herido, con un rozón a la altura del pecho.

Veinte minutos más tarde, según los cálculos de los agazapados, llegaba la ambulancia. Los chicos la escucharon desde lejos y cuando llegó grabaron la escena con sus celulares. Algunos pudieron hacerlo porque sus pilas aún tenían energía. Cómo es este país que los policías que tiroteaban a los estudiantes, quien sabe por qué, permitieron que El Güero fuera trasladado. El normalista salió del cerco porque su herida se convirtió en salvoconducto pero otros no corrieron con la misma suerte. Otro estudiante enfermo de los pulmones agravó su condición hasta un punto crítico y la petición de sus compañeros por una ambulancia sólo halló burlas de los policías. Pero al final las súplicas surtieron efecto y el enfermo fue trasladado en una patrulla.

Cómo es este país que media hora después los policías se retiraron y los normalistas salieron de su refugio. Los policías se habían ido levantando la mayoría de los casquillos percutidos. Los alumnos filmaron la sangre de los heridos, contaron los casquillos, señalándolos con piedras y vieron que el tercer camión era el que presentaba los mayores daños: sangre en la palanca de velocidades y el pasillo, vidrios destrozados y abajo, en la calle, una pared enrojecida.

Después llegó la prensa. Llegaron alumnos de apoyo desde Ayotzinapa y otras personas que, enteradas de la persecución, querían ayudar. Luis Pérez fue uno de los normalistas que se había desplazado desde Ayotzinapa tras los mensajes de ayuda de quienes ya estaban en Iguala y solicitaban apoyo. Él y otros 13 llegaron en una Urvan y en eso estaban. Los recién llegados preguntaban qué había pasado y trataban de obtener un relato más o menos claro de los sucesos.

En eso estaban.

Unos daban entrevistas y otros se consolaban buscando alguna explicación, esperando que personal de la Procuraduría llegara para recabar evidencias e iniciar diligencias. En eso, desde Periférico Norte, una nueva metralla se abatió sobre ellos. Una camioneta Lobo blanca con un hombre atrás y después un auto Ikon negro que primero disparó desde una cámara fotográfica y después, como si hubiera sido una señal, alguien abrió fuego.

El normalista Yonifer ha vuelto a su refugio entre los camiones pero ha visto cómo uno de sus compañeros ha recibido un balazo en la boca. Yonifer fue uno de los 25 que corrieron rumbo al Sanatorio Cristina llevando al nuevo herido y que terminaron refugiándose en ese hospital, después de que les fuera negada todo tipo de ayuda. Cerca de diez minutos estuvieron esperando que algún taxi llevara al herido a otro lado pero si alguno pasó no se detuvo. Mejor llegaron los soldados, ordenando a los jóvenes juntarse todos en la planta baja para cachearlos. Los militares no encontraron armas pero no permitieron a los jóvenes quedarse ahí. Yonifer dice que los soldados llamaron una ambulancia, la cual nunca llegó, y que mejor ellos, ya en la calle, pudieron localizar a 14 de sus compañeros, refugiados entre los autos estacionados y que recibieron ayuda de un vecino luego de brincar una barda y agazaparse en un terreno baldío. Estuvieron allí hasta las cinco de la mañana, cuando los encontró la policía estatal. Yonifer dice haber visto a tres normalistas muertos en la equina de Periférico Norte y Juan N. Álvarez.

Pero faltaban otros dos camiones, que habían seguido una ruta más directa rumbo a Tixtla, tomando desde la Central camionera un camino que los sacaría a la autopista Iguala-Chilpancingo. En uno de esos dos camiones iba El Pato, un normalista a cuyo celular entró una llamada de auxilio. Eran sus compañeros, los que se habían ido por el centro de Iguala, que informaban sobre los ataques y que ya había un muerto. Miedo y coraje se apoderaron de los estudiantes, quienes decidieron seguir un tramo más, pero justo enfrente del Palacio de Justica, pasando un puente, fue “cuando observamos que una camioneta de la policía municipal se encontraba atravesada, por lo que el chofer se detuvo totalmente y […] descendió de la unidad, y empezó a platicar con los policías municipales, enseguida los compañeros y yo decidimos bajarnos voluntariamente del autobús, ya abajo nos empezaron a insultar, diciéndonos “hijos de su pinche madre se van a morir como perros”, recordó el estudiante Alejandro Torres, quien junto con otros 14 muchachos iba en una unidad.

Los normalistas, a seis metros de los policías, buscaron piedras para defenderse pero éstos les aventaron la luz de sus lámparas y les apuntaron con sus armas a los pechos. La discusión subió de tono y los normalistas decidieron retroceder y corrieron 500 metros. Para ese momento la circulación ya se había normalizado y eso dio oportunidad para el escape. Se metieron al monte y poco después hallaron una casa abandonada, donde se refugiaron por unos 40 minutos, hasta que decidieron dirigirse a la caseta de cobro cercana. Esos 14 chicos fueron testigos directos de lo que les pasó a quienes no pudieron huir porque, dice el normalista Alejandro Torres, al pasar de nuevo cerca del Palacio de Justicia y los camiones detenidos por la policía, vieron desde su angustia hasta trece patrullas rodeando esos autobuses. Miraron impávidos hasta que fueron descubiertos y tres unidades, prendiendo las torretas, volvieron a perseguirlos. Metidos otra vez al monte, los jóvenes pudieron perder a sus perseguidores por media hora más, hasta que la inercia los llevó de nuevo a la carretera. Decidieron no abordar su autobús, ahora abandonado, por temor a que hubiera policías adentro. Entonces se encaminaron a la ciudad pero antes de llegar vieron que venían de frente dos patrullas municipales, una de las cuales, la número 2, era conducida por una mujer que, nada más verlos, se las arrojó encima. Los estudiantes saltaron y salieron indemnes de aquella intentona. Las patrullas se volvieron y una nueva persecución se inició, aunque esta vez sería sólo por 400 metros porque los alumnos decidieron detenerse y enfrentarlos. La respuesta de los uniformados fue una lluvia de balas, después de insultarlos. Otra vez el monte, otra vez la oscuridad para salvar la vida hasta que el sol del 27 de septiembre alumbró las veredas y los normalistas pudieron recibir ayuda de la policía estatal.

 

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1 Este trabajo se hizo con la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana, quienes, por igual, el crédito de la realización.

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2 Este reportaje está descrito desde las declaraciones de los estudiantes de Ayotzinapa presentes la noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre del 2014, Yonifer Pedro Barrera, Cornelio Copeño Cerón, Luis Uriel Gómez Avelino, Alejandro Torres Pérez, Brayan Baltazar Medina, Luis Pérez Martínez y Miguel Ángel Espino Honorato, asentadas en el Expediente 112/2014-1, contenido en la averiguación previa AP.PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

 

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