Conexión Iguala: la dama de rojo

 

* Es el 2013 y en Toluca una reunión entre narcotraficantes termina con una petición: que se entregue la plaza de Iguala a La Familia Michoacana y diez millones de dólares. Quienes negocian son el hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, líder de la Familia Michoacana en el Estado de México y un matrimonio de apellidos Pineda Villa. Esta es la historia de El Borrado y El MP y de la cruenta guerra entre los cárteles de los Beltrán Leyva, primero y Los Guerreros Unidos después, contra los michoacanos asentados en la Tierra Caliente o el Triángulo de la Brecha que ha dejado una estela de muertos hasta la fecha, pero que es clave para conocer a una de las familias involucradas en el levantamiento de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el 26 de septiembre del 2016.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 10 de mayo del 2016. A los narcotraficantes les sientan bien Toluca y Metepec para discutir de negocios mientras comen o hacen que toman café en las plazas comerciales más brillantes, más pulidas, sentados ahí, reflejados aunque no quieran en el mundo aspiracional de los escaparates que incluso para los outsiders es luz que encandila.

Si pueden, se fuman un cigarro mientras celebran felicitando o reclaman propiedades, rutas perdidas, trasiegos y dinero que alguien prestó y nunca regresaron. Se amenazan en rincones del tamaño de su angustia y lo robado mientras los choferes, afuera, los esperan armados no sólo de paciencia: aunque son rivales platican entre ellos mientras las cosas las deciden las sopas y los postres.

Y Toluca y Metepec gustan tanto a los narcotraficantes que muchos terminan viviendo ahí o por lo menos compran propiedades y negocios que luego acaban abandonados o asegurados cuando alguien le mete plomo a las relaciones con funcionarios y protectores. A algunos los matan y a otros los encarcelan, así es la vida que viven y mueren, pero siempre hay otros que seguirán llegando a la capital del Estado de México y su vecina millonaria para establecerse y tratar de alejarse del peligro, de las ciudades masacradas casi siempre al sur y casi siempre al lado de alguna superextractora, un megaproyecto que arrasa pueblos porque debajo hay riquezas revueltas entre el polvo.

Como en Iguala, por ejemplo.

En Toluca el café es tan malo como en otros lugares pero a cambio ofrece algo incomparable, irrechazable y que ninguna urbe podría dar, ni siquiera la Ciudad de México y es que aquí, en la amorfa ciudad donde lo mismo tiene su oficina el ex gobernador Arturo Montiel Rojas que radica el histórico futbolista José Saturnino Cardozo, o se recuerda al fallecido pintor Luis Nishizawa -quien pasaba largas temporadas en su casa-estudio-museo en el centro de la ciudad- está el poder político del país encarnado en el Grupo Atlacomulco y sus satélites, que ha gobernado por ocho décadas a los mexiquenses y desarrollado un sistema de castas y compadrazgo que le ha permitido establecerse para siempre sobre una base de sufrimiento ajeno, dolor y muerte. Ese poder está hoy en Los Pinos, depositado en su representante más débil, Enrique Peña Nieto.

Toluca no tiene tacos de canasta como los que hay en Iguala, que allá cuestan 15 pesos y eran los favoritos de los hermanos Casarrubias, dueños casi absolutos del cártel del narcotráfico Los Guerreros Unidos. Algunos de ellos, atraídos por lo impenetrables que representan las ciudades del centro se quedaron aquí por el resto de sus vidas en libertad y, aunque se piense lo contrario, lo que más extrañaban era la comida. Era tanta esa nostalgia que ordenaban hasta Iguala para que alguno de sus empleados dejara lo que estaba haciendo y se desplazara a Toluca trayendo esos tacos del tamaño de sus antojos, porque ni siquiera les importaba que llegaran marchitos a la mesa. Así como ordenaban eso, enviaban más instrucciones que Iguala también seguía al pie de  la letra, incluso en la noche sicaria de militares y gendarmes del 26 de septiembre del 2014.

Los Casarrubias se equivocaron en casi todo pero en algo siempre tuvieron razón: esos tacos que pidieron siempre fueron mejores que los de Toluca, incluso los que vendían en la calle de Juan N. Álvarez.

 

II

Fue en la capital mexiquense donde Salomón Pineda Bermúdez conoció a El Capitán cuando el primero se ocupaba en vender una de sus propiedades, ubicada en la cercana Cuajimalpa, ya en la Ciudad de México. No resultó extraño que alguien los presentara porque al fin y al cabo andaban en el mismo negocio y si no congeniaron por lo menos coincidieron. Y por eso, Pineda Bermúdez se enteró que el mentado Capitán trabajaba para un hombre apodado El Pony.

Nadie sabe si Pineda le puso atención a El Capitán en aquel primer encuentro porque ya cargaba una pena, que al principio le resultó insoportable. Y es que él y su esposa, María Leonor Villa Ortuño, habían perdido un hijo, Guadalupe, secuestrado el primero de septiembre del 2001. Se dedicaba a la comercialización de fruta y andaba por Oaxaca en esas fechas cuando alguien lo levantó. Lo peor no fue que a la familia le pidieran siete millones de pesos como rescate ni que pagaran aquella cantidad, que pocos podrían reunir aunque lo exigiera una carrera por la vida de alguien. Lo que hundió a Salomón fue el asesinato de Guadalupe, cuyo cuerpo encontraron en Tierra Blanca, Veracruz, a pesar de todo lo que hicieron para evitarlo. 2

Ese homicidio hizo también que los hermanos de Guadalupe lo pensaran poco para acercarse, con la muerte en los ojos, a otros hermanos, Alfredo y Arturo Beltrán Leyva y pedirles ayuda. Ellos, que eran feroces y estaban asociados con Joaquín El Chapo Guzmán e Ismael El Mayo Zambada aunque luego se separaron porque todos fueron traidores, vieron el suicidio reflejado en el rostro de Mario El MP y Alberto El Borrado Pineda Villa y les dijeron que sí porque la venganza era posible. La revancha completa tardaría pero se cumpliría cuando otro asesinato, esta vez el de Pablo Ortuño Pineda, El Pototo, colmaría los vasos. Entonces los Pineda enviaron a un comando para quitar de la sangre de Lupe y Pablo ese olor a rastro e infiltraron a sus tiradores para cazar “contras” de La Familia Michoacana en Zirándaro, Guerrero. Pero tuvieron una baja sensible porque el 25 de abril del 2009 el ejército apresó al jefe de aquel grupo rabioso, a quien le decían El Chuky, un antiguo jefe de halcones o zafiros de los Beltrán que operaba en las plazas de aquella entidad.

Ese Chuky, el mismo Chuky sicario del 26 de septiembre del 2014.

A Marcos Arturo Beltrán Leyva sus cercanos le dijeron siempre La Sombra y otros El Barbas, aunque él prefirió para los periódicos apodos más tiranos, de esos que habitan el espanto como el de Jefe de Jefes o La Muerte. Un día se dio cuenta que los hermanos Pineda actuaban por su cuenta y planeaban y ejecutaban sin avisar, por lo que decidió poner un alto. Consumido por las fiebres y su propia adicción a la cocaína, ordenó la ejecución de Mario en presencia de Alberto, su hermano, quien lo defendió con todas sus fuerzas pero fue inútil porque, de paso, él mismo encararía su propia suerte. El brazo del Jefe de Jefes señaló el piso y para el 9 de septiembre “el cuerpo de Alberto fue prácticamente borrado, quemado en un Avenger en medio de los plantíos color naranja oscuro, de sorgo, en Amayuca. El cadáver del MP se encontró […] en Huitzilac, en la canaleta fría de la autopista (México-Cuernavaca). Era septiembre 12” 3 y todos se dieron cuenta que “Así terminan los traidores y los secuestradores, aquí está ‘EL MP’, así terminan todos igual que este marrano. Siguen Jonathan Sido Mendoza Vega, Chui Pineda Medina, Carlos Campos ‘Comando’. EL Jefe de Jefes. Arriba Sinaloa”, porque así lo dijo el epitafio en forma de cartulina que dejaron los asesinos de Mario Pineda.

Y entonces, sin tregua, siguieron los demás, los leales a los Pineda, que aparecieron ejecutados cuando barrios y calles los escupieron cadavéricos, carcajadas desolladas en las que faltaban los ojos, las bocas.

Esa purga acabó con los pistoleros de ambos bandos y precipitó el debilitamiento de la organización, aunque los Beltrán se mantuvieron en el control un tiempo más, antes de que Arturo Beltrán encontrara el final más cruento, el 16 de diciembre del 2009, en el apartamento 201 del Edificio Elbus, en Cuernavaca, Morelos, convertido en amasijo bajo las balas de la Marina, en realidad una lección para él y para quienes quisieran llamarse jefe de jefes nada más porque sí.

Pero antes. Tuvieron que pasar ocho años desde el 2001 para que la policía se diera cuenta que los hermanos Mario y Alberto eran diferentes, por lo menos a la hora de explicar trabajos y riquezas y por eso apresaron a sus padres, el 6 de mayo del 2009, quienes estaban en una casa de seguridad en la colonia Reforma de Cuernavaca, Morelos, junto con otros doce operadores armados hasta los dientes, entre ellos su hijo, Salomón Pineda Villa, quien no se tentó el bolsillo para ofrecer a sus captores, los federales, un millón de dólares si lo dejaban ir. Quién sabe por qué no le hicieron caso y se los llevaron presos, culpables de narcotráfico, aunque eventualmente salieron por falta de pruebas. Había pasado casi una década desde la muerte horrenda de Guadalupe cuando Salomón Pineda Bermúdez estaba en Toluca y alguien le presentaba a El Capitán.

Ya para entonces Alberto y Mario estaban muertos y la recompensa por 15 millones de pesos que la PGR ofrecía por ellos fue cancelada. Pues ya para qué.

 

III

Todo se fue al diablo cuando nadie se dio cuenta en el Estado de México del feminicidio número 78 y los noticieros, el cuatro de mayo del 2016, no hablaron de eso porque había cosas más urgentes que decir. En su lugar esparcieron otro tipo de tristeza, más llevadera y entendible cuando dijeron que el equipo de futbol profesional de Toluca había sido eliminado de la Copa Libertadores por el Sao Paulo brasileño. Con ese fracaso quien también se fue al demonio fue el héroe delirante Saturnino Cardozo, despedido por él mismo en un acto que nada tuvo de heroico pero que desnudó, de mala forma, su extravío deportivo disfrazado de mala suerte. Y mientras eso pasaba también se aprobaba, aunque en la oscuridad del desinterés público, la llamada Ley Eruviel o Ley Atenco, que ponía término de una vez por todas a los derechos humanos en suelo mexiquense. Promotor de esa aberración, el gobernador priista Eruviel Ávila Villegas se desdijo cuando él solo protestó contra su propia iniciativa e hizo que los diputados locales a los que controla de cabo a rabo se inconformaran ante la Suprema Corte de Justicia, después de votarla a favor. El fondo de la Ley Eruviel favorece el saqueo de recursos naturales y de paso pone su cuota de sangre e incompetencia para legitimar el empoderamiento de las fuerzas armadas desde un Estado de Excepción. Esos mismos militares ahora opinan que la siembra de drogas y su consumo no tienen ninguna relación, y que serán cosas relativas a la salud pública. Lo mismo pasó en el 2005, cuando el entonces procurador de Justicia del Estado de México, Alfonso Navarrete Prida, opinaba que los asesinatos de mujeres eran eso, un problema de salud porque las agredidas llegaban primero a los hospitales, todavía vivas, y ahí los reportes médicos describían las lesiones pero no su origen. Para ese entonces el Edomex ya era primer lugar en homicidio de mujeres y Toluca superaba, curada en su salud de mentiras, el aullido espantoso que era Ciudad Juárez.

La Ley Atenco suprime el derecho de los ciudadanos para defender posesiones, ideas y protestas y declara que sólo la policía tiene la facultad de señalar qué o quiénes son criminales. Un Estado militarizado, no la Constitución, tendrá ese poder. Ya lo tiene, pero esta vez será legal, como dicen algunos artículos en la ficción hecha realidad de Eruviel. La pesadilla como lo cotidiano establece que los jefes policiacos decidirán qué está fuera de la ley (Artículo 16), y cuáles reuniones civiles tienen carácter de amenazantes (Artículo 15). Si las cosas fueran más allá, se autoriza el uso de armas (Artículo 19) que irán aumentando su letalidad hasta causar la muerte. En ese caso, sólo un afectado podrá denunciar si cometieron abusos. Pero con la víctima muerta, todo terminará con ella porque nadie más podrá levantar queja y no habrá proceso contra los cuerpos represores. Así será porque así lo quiso el 90 por ciento de los diputados mexiquenses que votaron a favor, legislando y corrigiendo apoyados por manuales militares que agitaban en tribuna cada vez que, juguetones y fulleros, comentaban las redacciones.

Ese poder de reprimir en manos de locos hizo gritar a algunos. “Genocidio”, dijeron las descripciones de la Teoría Crítica del siglo XX, porque “hoy día, ya debería ser claro, el estupor que provoca el fascismo no es su supuesta excepción sino, más bien, la manera en la que se normaliza y naturaliza bajo otras categorías en el presente”.4

En México, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) lo dijo de otra manera cuando investigó la acción del Estado contra movimientos estudiantiles, sociales y guerrilleros en los años 60: “se constata que el Estado mexicano, a los más altos niveles de mando, impidió, criminalizó y combatió a diversos sectores de la población que se organizaron para exigir mayor participación democrática en las decisiones que les afectaban, y de aquellos que quisieron poner coto al autoritarismo, al patrimonialismo, a las estructuras de mediación y a la opresión. El combate que el Estado emprendió en contra de estos grupos nacionales –que se organizaron en los movimientos estudiantiles, y en la insurgencia popular- se salió del marco legal e incurrió en crímenes de lesa humanidad que culminaron en masacres, desapariciones forzadas, tortura sistemática, crímenes de guerra y genocidio –al intentar destruir a este sector de la sociedad al que consideró ideológicamente como su enemigo-”.

Matanza como negocio, dice una descripción más descarnada que le acuñó un nombre a eso de ganar dinero y poder político a partir de la masacre y entonces el término de “necropolítica”, del camerunés Achille Mbembe, estudioso adelantado de Michael Focault, se fue quedando en las descripciones de la minería a cielo abierto, en los campos de cultivo arrasados por el oro y otros minerales de por lo menos Guerrero, Oaxaca y Chiapas, que de un día para otro no sirvieron para nada, ni siquiera para cultivar amapola.

Eso mismo es Lerma, donde el oro es líquido y está debajo de la carretera que el Grupo Higa del empresario Juan Armando Hinojosa construye con paciencia asesina en los bosques del pueblo de Xochicuautla llamándole progreso porque espera una ley que termine de privatizar el agua para apropiarse, también, de las fuentes que nacen en el volcán Xinantécatl.

Eso también es Toluca, una parte nada más, favorita de narcos y políticos para armar reuniones en lugares demasiado públicos, escondrijos eficaces para disimular aunque no sea necesario. Y es que tres de esas citas tuvieron lugar en mayo del 2013, la última el día 28 cuando El Capitán invitó a Salomón Pineda Bermúdez a Plaza Sendero y allí, sin preámbulos porque para qué perder tiempo, los guió –iba también Leonor, la esposa de Salomón- a un restorán donde los esperaban dos hombres. Uno, el de baja estatura, era hijo de Joaquín El Chapo Guzmán y eso lo dejó bien claro porque lo presumía como su cualidad más preciada. El otro era El Cremas, quien después haría carrera en el puerto de Acapulco.

Nadie sabe si al matrimonio lo amenazaron para quedarse pero al final se sentaron nada más para escuchar de El Pony -en realidad se llama José María Chávez Magaña- que estaba muy agradecido con el hijo de la pareja, Mario, El MP, porque por él también había podido conseguir venganza por un hermano muerto.

Pero necesitaba preguntarles unas cuantas cosas.

Que donde estaba el rancho que Mario había comprado o estaba haciendo.

Porque ahí –dijo El Pony sin medirse- porque ahí había enterrados tambos que contenían dinero, en una excavación destinada como piscina que Mario llenaría de agua para cubrir siete millones de dólares.

Y que dónde estaba el auto Chrysler 300, porque tenía joyas, oro y centenarios.

Y es que El Pony quería eso de regreso, aunque no les dijo por lo que verdaderamente iba y esa omisión, porque no eran el sitio ni la hora, abrió un silencio para respirar o dejar de hacerlo.

Esa pausa.

Ésa, que aprovecharon los esposos Pineda para decir que nada sabían, que por qué tendrían que saberlo.

Otra vez el paréntesis, el dilatado sentido del tiempo, esta vez acompañado por la espesura metálica de platos y cucharas, las risas de otras mesas y las confusas pantallas de plasma, el olor a todos los platillos que termina por sabotear el gusto propio. Y encima El Pony soltando a rajatabla que sabía de una casa en el Club de Golf San Carlos, requisada a los Pineda por la PGR y que allí estaba el Chrysler 300.

Todo era verdad. Ahí estaban casa y auto cayéndose a pedazos porque, mejor que otros, ni ese rancio fraccionamiento se salvaba de ser habitado por narcos y ladrones. Y de las joyas y centenarios mejor ni hablar. Los Pineda, de todas formas, se negaron a ir con El Pony a esa residencia y la reunión terminó entonces, tan triste como había comenzado.

Ahora todos se han ido, para pensar lo que ha pasado.

Y viene la parte difícil.

Servir el agua.

Abrir la puerta. Despedirse.

Mirar la foto, la rosa que vive y se pudre.

Este día huele a soldados y muertos por televisión.

La distante tragedia es un azul de cielo donde las nubes se ensanchan y desaparecen en la ventana de los niños. Allí se juega a la muerte con profundo desinterés y se mata sonriendo apelando a la resurrección inmediata, paz de plástico que pactan coléricos los muñecos.

En esta Delhi nueva de barro se agitan las cortinas que nunca termina de secar el sol.

Los muertos aguardan sentados en sus sillas y de sus ropas cuelgan notas de desahucio, facturas de lavanderías y tickets de compras en los supermercados.

El dialer sospecha que lo siguen y camina rumbo al parque con paso de arlequín.

Allí, sentado en una banca reparte dibujos de soles y detrás de él, en el profundo silencio del tráfico al mediodía alguien dispara, canta una canción.

A estas alturas no tiene caso no decir que Salomón Pineda Bermúdez, de 76 años, y María Leonor Villa Ortuño son los padres de María de los Ángeles Pineda Villa, esposa de José Luis Abarca, alcalde de Iguala en el 2014. Y El Pony el máximo líder de La Familia Michoacana en el Estado de México. A la sombra de éste espera turno Johnny Hurtado Olascoaga, El Señor Pez, quien más tarde y ya con su jefe preso y declarando, conducirá con mano firme, de empresario, a su Familia Michoacana hasta las entrañas de un lugar que, decían para ese entonces, era el secreto mejor guardado de la Tierra Caliente y que se llama La Suriana o quizás Campo Morado.

Y así.

 

IV

Es el sur. Es el clima del sur que no perdona, que hace al calor circular en la sangre de alguna manera venenosa y balbuceante, que reafirma o convierte y todo lo transforma. Hoy es el día siguiente, 29 de mayo del 2013, dijeron calendarios y el propio Salomón Pineda Bermúdez, quien esa fecha viajó de mañana hacia Cuernavaca, donde se sabía fuerte, más cerca del poder que quizás pudiera ayudarlos. Eso cree o eso quiere pero una llamada al celular lo saca del arrobo y ha transformado su rostro en algo que nadie reconoce. Y es que la voz de su esposa le dice –nunca se sabrá el tono de su angustia, aunque es mejor creer que era enojo- le dice que El Pony le ha marcado para exigirle cinco millones de pesos –otros dicen que eran dólares- porque esa es la cantidad que el finado Mario le ha quedado a deber a un hermano del Chapo.

Ya no hay pausas. Para qué si el aire de cualquier forma no alcanza. Es El Pony, no cualquiera, quien reclama y lo hace directamente, pues por qué andarse por las ramas. Pero ellos son los Pineda y han aprendido a pelear y aunque no lo parece están acostumbrados a la eventualidad de las tragedias. Leonor Villa ha dado un paso para tratar de arreglar sin sangre las cosas y le ha ofrecido a El Pony una propiedad –un terreno en Toluca, dirá ella después- para saldar esa deuda. No le dijeron que sí pero tampoco se negaron y por lo menos han hecho una cita para definir los términos. Esa debilidad por los espacios comerciales la pacta en un Bingo de Perisur, por la tarde. Leonor Villa Ortuño, de 62 años, acudirá puntual, acompañada de su chofer, Carlos Cerezo Salgado –quien también era su familiar- pero una cosa es ir y otra volver porque a Leonor Pineda y a su empleado los levantaron antes de que llegaran a donde iban.

 

V

Qué habrá en Iguala que la hace tan querida, tan serpiente. Qué será que desde antes, cuando se miraba desde lejos era negra y borrascosa y sin embargo definida en todo, descarnada sin razón para los extraños que pasaban frente a los dos destacamentos militares, el 27 y el 41 batallones de Infantería estacionados para siempre o por lo menos hasta que no haya nada que extraer. Qué será Iguala, embrutecida con sus tiendas de joyas que aparentan prosperidad y sus calles angostas, profundas como trampas que recorren de punta a punta sus entradas y salidas. Lo que uno recuerda de Iguala es a los soldados, abanderando revisiones y detenciones pero también el centro comercial Tamarindos, que para el 2013 ya era “un bonito lugar para hacer compras”.

Pero no lo es. No lo es.

También están los cerros, la bandera gigantesca y sobre todo el Cielo de Iguala, allá, donde van los condenados a muerte.

En esa Iguala abisal vivía María de los Ángeles Pineda Villa, cuya dirección tachonó inútilmente la PGR en sus expedientes porque toda la ciudad la señalaba. En el 2013 María de los Ángeles se enteró de inmediato del secuestro de su madre y por lo pronto decidió esperar y no hacer declaraciones públicas porque las exigencias de El Pony se habían revelado verdaderamente y dejaron de ser cualquier cosa para dar paso a una guerra declarada que ponía a Iguala en el centro de una disputa que no valía cinco millones de pesos sino que significaba el control de la plaza y la clientela de alto octanaje como las mineras cercanas. Eso, y diez millones de dólares como pago por la vida de Leonor Villa era lo que El Pony, en su faceta de negociante, había colocado sobre la mesa más peligrosa.

-Qué onda, cabrón –le dijo en el tono más fresa que encontró uno de los secuestradores de Leonor a Salomón Villa Bermúdez cuando lo llamó a su celular, el 5 de junio del 2013, para saludarlo y recordarle de pasada esos diez millones de dólares y, pues sí, la entrega de la plaza iguatleca.

Ella, la madre de La Dama de Iguala, 5 dijo a la Procuraduría del DF el 12 de junio del 2013 que el 28 de mayo de ese año –es la fecha que avalan las autoridades, también- abordó su auto, un Lincoln plateado, como a las 14:40 en compañía de su chofer, Carlos Cerezo. Iban a la cita con El Pony pero antes de llegar un auto blanco se les cerró. De ese vehículo bajó un sujeto, con una pistola en la mano, apuntándole al chofer

– No hagas nada –le dijo el gatillero a Cerezo.

“Yo iba en el asiento del copiloto y al ver a este sujeto hago bolita mi cuerpo es decir me inclino y me hago a mi lado izquierdo, por lo que este sujeto se sube a la parte trasera del vehículo Lincoln en el cual íbamos circulando, subiéndose al vehículo por la puerta trasera del lado del chofer y una vez que aborda el vehículo este sujeto nos dice que él nos indicaría por dónde nos teníamos que ir, es decir, por dónde teníamos que circular, por lo que me pongo muy nerviosa y me inclino para no ver nada y no pude (ver) por dónde circulábamos pero escuchaba que este sujeto apretaba el teclado de un teléfono como mandando texto, y este sujeto le decía a Carlos Cerezo Salgado “dale por aquí, dale por haya y vas a llegar a una pizzería y de ahí le vas a dar vuelta por el teatro de Chalco y del teatro de Calco ya está cerca el lugar donde tenemos que llegar”, recordaba ella.

Dos horas transcurrieron para que llegaran a una casa donde ya los esperaban con los zaguanes abiertos. Por fin Leonor Villa Ortuño se ha atrevido a levantar la cabeza sólo para ver que cinco pistoleros le apuntan con armas cortas. Uno de ellos le abrió la puerta y, sujetándola de la cabeza, la han empujado hacia abajo. Lo mismo hizo otro con el chofer.

– Camina –le dijeron a ella, que alcanza a ver el piso de mosaico beige imitación mármol y las escaleras por la que subirán para llegar a un cuarto donde alguien le vendará los ojos y la amarrará de pies y manos, ordenándole que se siente. Ese cuarto no tenía muebles y las paredes eran azules, y sólo era una parada intermedia. Había una ventana de cortinas viejas, cubierta por un plástico negro, pero a Leonor Villa la llevarán a otra estancia y caminará despacio porque tiene los pies amarrados. Mientras eso pasa los cinco armados le preguntarán cosas.

Para empezar el número celular de su hija, María de los Ángeles Pineda Villa y de su yermo, José Luis Abarca Velázquez.

– No los tengo –dijo ella.

– Entonces te vamos a cortar un dedo o la mano completa –le respondieron.

De todas maneras tampoco les dio los números de su esposo y el resto de su familia, aunque ellos los obtuvieron arrebatándole el celular. Lo mismo pasó con el chofer. Luego los dejaron acostados en el piso y ella dice que durmió profundamente hasta el otro día, cuando alguien la despertará para darle de comer unos huevos a la mexicana y para preguntarle otra vez, sin mayor éxito. La señora y el chofer han aguantado los interrogatorios sin decir nada, pero al tercer día las cosas cambiarán.

Uno de los secuestradores le ha presentado un texto escrito a mano y le ha ordenado aprendérselo de memoria porque la grabarán y lo pondrán en internet.

– Recuerdo que ese borrador decía: “el gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero, que él le da apoyo a un hombre que está en Acapulco de nombre Víctor Aguirre Garzón, que es su primo, que mi yerno está protegiendo a un hombre que está en Iguala de nombre Mario sin recordar el apellido”- dijo ella parafraseando esos recuerdos a la Procuraduría del Distrito Federal.

También le exigieron que diera su nombre completo, el de su esposo, el de sus hijos.

Luego la grabaron pero esa sesión resultó tormentosa porque no podía aprenderse el texto, así que, como castigo, por la noche la golpearon en costillas y espalda, la molieron a patadas desesperados más ellos porque la memoria no le ayudaba a la señora. Uno le ha colocado un cuchillo en el cuello y le dice que le cortará la cabeza si al otro día no se ha aprendido el texto. Violentos y todo, sus captores también eran comunicativos porque se desahogaron con ella explicándole que José Luis Abarca no quería entregarles Iguala y que los comandantes de la policía municipal de allá hacían lo que querían. Al chofer también le pasó lo mismo.

-El problema era ése –le confesaron casi, y como de todas maneras consiguieron lo que querían, ese video está todavía en las redes sociales.

– ¿Quién mató al MP, Mario Pineda y a El Borrado y por qué? –le pregunta una voz que apenas puede leer las preguntas que le hace a Leonor Villa Ortuño, vestida de anaranjado, sentada y balanceándose

– Arturo Beltrán Leyva, por una traición –responde ella.

– ¿A qué se dedicaba sus hijos, MP y Borrado?

– Eran colaboradores de Arturo Beltrán Leyva y se dedicaban al tráfico de drogas.

– ¿Qué es de usted el presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca Velázquez?

– Es mi yerno.

– ¿Con quién está casado el presidente municipal de Iguala y qué es de usted la esposa de él?

– Con María de los Ángeles Pineda Villa y es mi hija.

– ¿Usted conoce al gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero?

– Sí lo conozco porque mis hijos patrocinaron su campaña de diputado a gobernador.

– ¿Qué es el gobernador del líder del Cártel Independiente de Acapulco?

– Es su primo y a mí me consta.

– Diga quiénes son los que secuestran, roban y extorsionan en el estado de Guerrero, y en particular en Iguala…

Los Guerreros Unidos guiados por Mario Casarrubias.

– ¿Con quién están aliados Los Guerreros Unidos?

– Con Víctor Hugo Aguirre Garzón, líder del Cártel Independiente.

– Diga qué relación tienen Los Guerreros Unidos y el presidente de Iguala…

– Los protege  cambio de una cuota mensual de dos millones de pesos […].

– Dígame quién es El Molón

– Salomón Pineda Villa, mi hijo.

– ¿En dónde estuvo preso?

– En la prisión federal de Matamoros.

– ¿Y cuándo salió?

– Hace dos meses.

– ¿Quién dio la orden de patrocinar la campaña del gobernador Ángel Aguirre Rivero?

– Arturo Beltrán Leyva. 6

Después al chofer le preguntaron lo mismo.

Al día siguiente el chofer tendría que aprenderse otro texto, y esta vez los secuestradores no están dispuestos a ninguna concesión. Ella, vendada en el cuarto que le toca, escucha los gritos de su chofer, torturado esta vez en serio.

– […] Y él gritaba pidiendo auxilio y me imagino que estaban haciendo algo en su cuerpo porque decía: ‘¡no, porque yo soy hombre!’. Por lo que en este momento yo estaba vendada de manos ni de pies, ya que me habían quitado todas (las) vendas, incluso la de los ojos para grabar un video ya que así lo querían grabar los secuestradores, sin embargo, cuando yo empiezo a escuchar  los gritos de desesperación de Carlos Cerezo Salgado, pienso que lo van a atar y después a mí me da mucho miedo y observo en la pantalla de las cámaras de seguridad que tenían estos sujetos en el cuarto que estaban saliendo de la casa ya que escucho que dijeron ‘ya lo matamos’ y Carlos Cerezo Salgado antes de esto estaba gritando muy fuerte y los secuestradores pensaron que tal vez alguien lo había escuchado gritar y que podía llegar la policía- dijo ella en su declaración ministerial.

Entonces la mujer, de 62 años y entumida, ha decidido aventarse por la ventana de aquel segundo piso y lo ha logrado porque aquella oquedad no tenía protección. Ha caído sobre un techo de madera podrida que no la detiene pero sí amortigua porque ha tocado tierra sólo contusa. Esos golpes no le impedirán levantarse y salir para tocar las puertas de los vecinos, aunque será un taxista quien la lleve con la policía, a una cuadra de esa casa de seguridad, y que para confirmar el relato la llevará de regreso a su cautiverio de piso rosado. Ahí se da cuenta que su confinamiento tiene muros amarillos y verá, desde la patrulla que la resguarda, los dos pisos que recorrió en caída libre. También le dicen lo que ya sabía, que Carlos Cerezo está muerto y que a ella hay que llevarla a un hospital pero como en Chalco no encuentran uno con Rayos X disponibles entonces la trasladarán a Toluca. Y es allí, en Toluca, donde todo había empezado, que también todo terminará para Leonor Villa –luego se la llevarán al hospital Ángeles en la Ciudad de México- al menos esa parte de su historia porque esa ciudad reserva todavía más historias, más caminos para todos ellos.

Ahora es el 6 de junio del 2013.

Quizás que bajara el sol, que no hiciera tanto o que el viento, de pronto.

Eso. Y que el hambre se quitara.

 

VI

Es Texas, algún lugar, un pueblo sin nombre en Estados Unidos. Y se dice así porque quien cuenta esta historia es un testigo protegido encarcelado allá, a quien la PGR le ha puesto un nombre clave, Mateo, para proteger su vida, aunque ese sea protocolo dudoso cuando hasta la fecha hay un montón de homicidios que acallan a quienes delatan o declaran en casos como éste. Las cifras son confusas por tantas que son, y esto es lo que es: la declaración de un hombre apresado en Texas a quien la averiguación previa de la Procuraduría, PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014, relacionó en la investigación sobre los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. No es que Mateo tuviera algo que ver directamente, pero conocía a los hermanos Pineda Villa y pudo, por lo menos en parte, escudriñar un poco de ellos, verlos aunque sea sentados a la mesa, convivir con ellos como personas normales.

Nacido en Estados Unidos, Mateo ya estaba trabajando para los Beltrán Leyva en el 2001 y dos años después El Jefe de Jefes lo elegía para su propio séquito. En ese narco-vasallaje Mateo iba y venía entre la Ciudad de México, Morelos y Guerrero, encargado de cuidar las relaciones políticas y de gobierno que el cártel iba forjando. Eso duró hasta que a Beltrán lo cazaron los Marinos para ejecutarlo a las puertas de su departamento, en diciembre del 2009 y entonces Guerrero se perdió para ellos porque, empezando por Acapulco, cayó en manos de sicarios cuyo instinto asesino los traicionó y precipitó al Puerto -y de paso al resto de la entidad- en la enorme fosa a cielo abierto que es ahora.

Pero siempre ha sido lo mismo.

Arturo Beltrán y Mateo llegaron a Cuernavaca en el 2004, desembarcados desde Monterrey para hacerse cargo de la plaza. Allí conocieron a los hermanos Pineda Villa, quienes ya estaban en el negocio de los estupefacientes trabajado para uno de los aliados de los Beltrán, El Mayo Zambada, como encargados de recibir lanchas de cocaína provenientes de Colombia para meterlas a México. Fue por esas fechas que los Pineda se acercaron al Jefe de Jefes para pedir paro por la muerte de Lupe, el hermano querido. Pero eso, solucionado de alguna manera, fue sólo un paréntesis en las actividades de los narcotraficantes. Los hermanos Pineda eran hábiles para lo que hacían, dice Mateo, quien después de cumplir una comisión en Chiapas y Guatemala regresó a Cuernavaca para trabajar con ellos. En realidad, Mateo era una especie de enlace que entregaba a Mario El MP y Alberto El Borrado los mensajes de Arturo Beltrán para ubicar los envíos sudamericanos. Los Pineda metían los datos en una computadora y así encontraban esas coordenadas sin dificultad. Así era la vida de Mateo, oscilando entre los Pineda, Arturo Beltrán y sus encargos y las lanchas de droga que esperaban luz verde para desembarcar en los puertos guerrerenses, sobre todo de noche y en temporada de huracanes. Y esa vida le sentaba bien a Mateo, tanto que para el 2006 ya era amigo de los Pineda y los acompañaba en sus casas de seguridad de Cuernavaca.

Un día, ese año, Mateo se asomó por una de las ventanas de esa casa y vio que alguien entraba por el lado de las canchas de tenis. Alelado, vio que subía las escaleras y entraba al cuarto donde ellos estaban. Su impulso, primitivo pero sincero, recordará para siempre el vestido rojo y los tacones cimbrando aquel suelo con paso perfecto. Mateo tenía la boca abierta y de ahí le salió cualquier cosa porque a quien veía era una mujer “de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de unos cuarenta años de edad, tez blanca, de bellas facciones, cara redonda, en ese tiempo cabello largo teñido de rubio, color de ojos café, ceja poblada, nariz recta, boca regular, labios delgados, agrega que era una persona de muy buena figura y muy elegante, de bellas facciones”. 7

-¿Quién es esa buenona? –farfulló sin pensar nada, mientras la miraba entrar exuberante, elegantemente vestida.

– ¡Qué te pasa, cabrón! –le reclamó de inmediato Mario Pineda Villa– ¡es mi hermana!

Aquí va una pausa donde cabe lo que se ha dejado ir, también lo que se ha dicho y no puede ser negado, aunque no sea verdad. Aquí va, pero esa pausa ya no porque El MP ha reaccionado con la velocidad de un pistolero. El MP tenía fama de duro y la suerte o los tamaños le habían alcanzado para sobrevivir a un atentado en la carretera México-Toluca, en el 2004, cuando ametrallaron su auto el 20 de enero a la altura del Kilómetro 42 y no le pasó nada. Todos conocían esa historia y por eso Mateo se quedó frío por algunos segundos, aunque reaccionó bien, rápido. Ofreció disculpas y dijo que ella no parecía de Guerrero.

Diez años después ha olvidado fechas y nombres y puede ayudar bien poco a quienes lo interrogan, pero hay algo que ha quedado para siempre en su vida narca, sobreimpreso en el recuerdo de asesinatos y venganzas porque siempre lo cuenta, aunque no le pregunten: el vestido rojo de María de los Ángeles Pineda Villa, el beso con el que la recibieron sus hermanos y la mano que ella extendió para saludarlo.

Sin habla, Mateo se sentó a la mesa con los hermanos para discutir -si es que eso cabía para él en esos momentos- la llegada de las lanchas y la droga, que esa vez eran cinco toneladas de cocaína. No se preocupó demasiado porque los arribos eran bastante comunes y era una cuestión de rutina que se resolvía con el personal que estaba en Zihuatanejo, esperando salir a alta mar. Mateo tampoco olvida que María de los Ángeles permaneció todo el tiempo con ellos y supo de ese embarque sin inmutarse. Esperó paciente a que terminaran y, una vez despachados los negocios, tomó el control de aquella mesa para decir, primero, que estaba bien, que habían rentado muchos locales y que tenía muchas joyerías. Ella demostraba su dicho llevándoles algunos regalos que sacó ahí mismo y que eran esclavas de oro para todos los familiares. Tres horas después, agotado el oro y el cotilleo, María de los Ángeles se levantó para irse. Otra vez Mateo observó el vestido rojo desplazarse hasta el auto que la había llevado, un Bora de color claro con la cajuela abierta, donde alguien había colocado cajas para huevo, de cartón, repletas de dólares. En total había cinco.

– Hermanita, ahí está el dinero para lo que tú ya sabes. Compra lo que tú ya sabes, nos vemos, hermanita –le dijeron los Pineda en la despedida.

La mujer de rojo abordó el Bora y a Mateo no lo quedó más remedio que ponerse a trabajar, para que los embarques salieran bien. En realidad así fue y tres días después cinco toneladas de cocaína ya estaban rumbo a la Ciudad de México, donde Salomón Pineda Villa las vendería sin dificultades al mayoreo.

Mateo siguió frecuentando a los Pineda pero la dama distinguida no volvió a aparecer sino hasta diciembre del 2006, otra vez enjoyada, exhalando el encanto del oro y la ropa de marca. Otra vez se sentó con ellos y escuchó planes y operaciones para después, muy quitada de la pena, anunciar a sus hermanos que habían comprado propiedades y como ellos prestaban dinero, también había logrado el embargo de otras. Estaba feliz con sus joyerías y su centro comercial que por aquel entonces comenzaba a tomar forma y que no era otro sino el Tamarindos gigante que todavía conserva y que le permite a su familia obtener dinero de la renta de locales. Dijo que acababa de comprar una casa en El Pedregal de la Ciudad de México y que, bueno, mejor no le podía ir. Y los hermanos, que hacen negocios con ella pero que también la quieren, le han preparado una sorpresa porque en el patio espera una camioneta BMW X5 color marrón en la que ya pusieron otras cinco cajas de huevo repletas de dólares.

– Hermanita, es tu regalo de Navidad, ahí está el dinero para lo que tú tienes que hacer, salúdame a mamá- le dijo El MP a María de los Ángeles, quien se mostraba sorprendida por ese obsequio, aunque esa emoción le alcanzará para preguntar si la camioneta está blindada.

– Sí –le ha dicho el hermano antes de que ella se vaya feliz, feliz, feliz adonde tiene que irse, dejando atrás esa casa de seguridad que más bien es un refugio para el descanso porque entonces para qué las canchas de tenis, las de squash y los portones eléctricos, el jardín con árboles frutales, la alberca a la que los Pineda no le prestan atención y debe ser limpiada porque se le han acumulado residuos, el garaje donde aparcan cinco autos, repletos de cajas de cartón para huevo y, en fin, el estilo arquitectónico mexicano del segundo piso pintado de blanco y que colinda con otra casa, propiedad de los Beltrán Leyva.

Para qué tanta necedad, tanto esfuerzo sobrehumano.

 

VII

Llegará el día en que a Arturo Beltrán lo venadeen como él lo hizo con sus enemigos y el control de la plaza de Guerrero se desmorone en manos de inexpertos, simples sicarios, dijeron luego los propios asesinos de los Beltrán, sin los contactos de alto nivel que en su momento tuvo el cártel del Jefe de Jefes. Llegará el momento en que la normal de Ayotzinapa reventará a México cuando sus 43 normalistas levantados y sus tres alumnos asesinados más los civiles estúpidamente ejecutados, reflejen por fin el genocidio y se descubra que nada es lo que parece. Pero tendrán que pasar los años macerados en matanzas para esbozar una verdad que, siempre a medias, está ahí, en las narices de todos.

El 2007 fue temporada de huracanes y eso significaba para el cártel de los Beltrán que podían operar lanchas y submarinos sin dejar estelas y llamar la atención. Para abril la operación marítima para introducir droga colombiana a México se reanudaba. La historia era otra por tierra o por avión, pues esa parte del contrabando siempre estaba funcionando para que el abasto nunca se detuviera. Los Beltrán habían logrado establecer una red de transporte desde Sudamérica y Centroamérica y en México tenían compradores mayoristas que a su vez desparramaban esa mercancía en el país o en Estados Unidos.

Entonces era abril y María de los Ángeles Pineda reaparecerá fugaz en la vida de Mateo, otra vez sentado a la mesa de los Pineda, revisando coordenadas y horarios. Otra vez la elegancia en movimiento, el beso entre ella y El MP y la mano extendida para Mateo. Esta vez la hermana lleva un chofer, El Micky, para lo que se ofreciera. Aquella mesa mantenía contacto directo con El Borrado, quien coordinaba desde Zihuatanejo los desembarcos. Les dijo que estaban listas las armas, los transportes, las comidas, la gasolina y los pilotos. Las armas eran para evitar robos, no para pelear porque todo estaba arreglado con el gobierno. Entonces, todo resuelto y bajo control, María de los Ángeles ya se va porque también han terminado de cargar las cajas con dólares que siempre se lleva, aunque esta vez son tantas que el auto se asienta, imposibilitado para resistir el peso adecuadamente. No le hace, dicen.

Mateo recuerda más o menos los días festivos de aquellos fuera de la ley, sobre todo uno que los reunió en un gimnasio de Cuernavaca por Navidad, y al que acudieron los hermanos con sus familias completas, lo mismo que Arturo Beltrán. Allí, María de los Ángeles les recordó a todos la compra de la casa de El Pedregal porque las bienes raíces eran una de las ramificaciones preferidas por los Pineda. El Borrado, incluso, alguna vez le platicó a Mateo que había comprado propiedades en Tres Palos, en la región de La Laguna, al norte de México, y que después de arreglar los papeles, María de los Ángeles se encargaba de comercializar. El negocio era simple. Los Pineda levantaban y después compraban –por decirlo de alguna manera- las tierras de los secuestrados a precios de risa. Ese fue el origen de sus inversiones inmobiliarias, de la que salió una empresa que la delicada María de los Ángeles administraría para ellos.

Mateo vio a la hermana de los Pineda por última vez en el 2008, en otra fiesta de narcotraficantes, y recuerda que Arturo Beltrán bailó algunas piezas con ella. Esos fueron los años felices o los meses maravillosos que no duraron mucho. Luego vino el 2009, ése sí, el año de los huracanes que azotaron a los Pineda arrebatándoles a ellos la vida y después al Jefe de Jefes, a quien no pudo salvarlo nadie, ni siquiera él mismo. María de los Ángeles se sobrepuso y siguió pero esta vez incorporó a su desasosiego un factor, el político, que al principio le funcionó a ella y a su esposo, José Luis Abarca, y les alcanzó para tomar Iguala y quedarse con ella. El plan era conseguir Guerrero y gobernarlo pero Ayotzinapa y la masacre minera se les atravesaron en ese camino que seguían y que casi nadie había advertido antes del 26 de septiembre del 2014. El cártel de los Beltrán se dispersó y uno de sus núcleos se transformó en Los Guerreros Unidos, a los que dieron forma los sobrevivientes de aquellas catástrofes, junto con los hermanos Casarrubias.

La ruta entre Iguala y Toluca es más corta de lo que parece y esas tres horas por carretera, que siempre sabotearon los pedidos urgentes de tacos de canasta, atraviesan un paisaje sembrado de tumbas y muertos: el Pozo Meléndez, las innombrables minas de Taxco repletas de cadáveres, las rutas extremas de Pilcaya y los ríos subterráneos y cavernosos de Chontalcoatlán y la miserable prisión municipal de Tenancingo, donde languidecen 200 presos en un espacio para 140, casi todos pobres miserables y por lo menos la mitad inocentes. Y por último Toluca y Metepec con sus galerías imposibles a las cinco de la tarde o el volcán silencioso que también sirve como público sepulcro.

Y Acapulco, donde el 10 de mayo del 2016 policías de la gendarmería regalaron rosas a las madres, rosas y balas en la ciudad más peligrosa del mundo.

Abiertos los ojos alguien se desdice.

Así que esto es la muerte.

 

 

Pies de página

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1 Este reportaje pudo realizarse por las aportaciones de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan, por partes iguales, el crédito de la autoría.

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2 Averiguación Previa FAS/T3/668/13-05. México D.F., 6 de junio de 2013. Subprocuraduría de Averiguaciones Previas Centrales. Fiscalía Especial de Investigación para la Atención del Delito de Secuestro, denominada “Fuerza Antisecuestro”. Dirección “Fuerza Antisecuestro de la Policía de Investigación. Integrada en la Averiguación Previa de la Procuraduría General de la República PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014.

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3 “Beltrán Leyva: La muerte acabó con el imperio”. Diario electrónico Nuestra Mirada. Nota sin firma de la Red Social de Periodistas Iberoamericanos. Consultada el 8 de mayo del 2016. http://www.nuestramirada.org/photo/albums/beltran-leyva-la-muerte-acabo

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4 “Necropolítica. La política como trabajo de muerte”, seis de octubre del 2013. Revista Ábaco, segunda época, Volumen 4, número 78. Helena Chávez Mac Gregor, becaria del Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas Universidad Nacional Autónoma de México.

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5 Indagatoria No.:FAS//4/00668/13-05. Fiscalía Especial en Investigación para Secuestros. Agencia Investigadora del MP.: A. Unidad de Investigación No.: Unidad 3. Primer Turno. Doce de Junio del 2013.

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6 Video en la red de Youtube www.youtube.com/watch?v=4A8FsR3mAd8 consultado el 8 de mayo del 2016.

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7 Procuraduría General de la República. Subprocuraduría Jurídica y de Asuntos Internacionales. Coordinación de Asuntos Internacionales y Agregadurías, 11 de diciembre del 2014. Comparecencia de persona. Oficio DAJI/12677/14, del 9 de diciembre del 2014.

 

 

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