El turno de los soldados

 

* Este relato es una parte de la historia que el asesinato de Julio César Mondragón Fontes, normalista de Ayotzinapa, en Iguala, desató después del 27 de septiembre del 2014. Su teléfono celular, robado esa madrugada, arrojó una actividad posterior a esa muerte de 30 contactos, hasta el 4 de abril del 2015, que arrojan las coordenadas del Campo Militar 1A en la ciudad de México, en Lomas de Sotelo. ¿Quiénes marcaron a un equipo celular que pertenece a un asesinado? ¿Por qué al menos cuatro de ellas se ubican en ese campo y por qué otras tantas dejan coordenadas en las inmediaciones del Cisen? La trama, investigada y escrita por los reporteros Francisco Cruz, Félix Santana y Miguel Ángel Alvarado, y narrada completa en el libro La Guerra que nos Ocultan, revela una de las mayores conspiraciones de violencia y genocidio en México.

 

Francisco Cruz/ Félix Santana/ Miguel Ángel Alvarado

Toluca, México; 8 de agosto del 2016. Hace dos años, el 26 de septiembre del 2014, estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero, fueron levantados y desaparecieron en Iguala, sin que nadie pudiera explicarlo. Eran 43. Además, tres de sus compañeros murieron esa noche, cuando intentaban salir de esa ciudad junto con el resto de sus compañeros, asesinados por policías. Otras tres personas fueron victimadas porque se encontraban en el lugar incorrecto, en el momento más inoportuno.

Uno de esos tres normalistas asesinados era Julio César Mondragón Fontes, nacido en Tenancingo, Estado de México, un incipiente líder estudiantil que se preparaba para presidir, en un futuro cercano, la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM), la cual aglutina a casi 6 mil 600 estudiantes de las 16 normales rurales en funciones del país. Junto con su familia, se había trazado un plan de estudios y disciplina escolar para conseguirlo. Julio César Mondragón quería hacer historia en Ayotzinapa pero también cambiar cosas, empezando por las propias normales rurales.

Su asesinato cortó esos sueños de tajo y al mismo tiempo la familia Mondragón Mendoza fue arrojada a un abismo de crueldad, trámites burocráticos e ineficacia policiaca que empantanó el caso de Julio César mostrándoles, en carne propia, que en México se desarrolla una guerra que el gobierno ha ocultado por años.

A los 43 normalistas la PGR “los mató” desde la investigación que realizó, ubicándolos incinerados por sicarios en el basurero municipal de Cocula, Guerrero, la madrugada del 27 de septiembre y con eso pretendió cerrar el caso más relevante sobre violencia y desapariciones forzadas en la historia de México.

El homicidio de Julio César, torturado y desollado antes de morir, merecía una investigación aparte que dos años después no ha llegado a ningún lado. A Julio César la PGR lo olvidó a propósito, pero también el resto de los involucrados, por diferentes razones, hicieron lo mismo.

Eso, para empezar, aunque Julio César Mondragón siempre fue, desde el principio, la clave para responder algunas interrogantes, las más importantes, sobre lo sucedido en Iguala y la responsabilidad de los militares que esa noche patrullaron, “sin meter las manos”, la ciudad acribillada.

Eso, y el robo del teléfono del normalista, esa misma noche.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos ha dicho, en su informe sobre la muerte de Julio César, que el estudiante había filmado con su teléfono celular las balaceras de la noche del 26 de septiembre del 2014, y que costaron la vida de dos de sus compañeros, en la esquina de la Juan N. Álvarez y Periférico Norte, en la ciudad de Iguala, Guerrero. Ese teléfono celular fue robado después de que Julio César fuera asesinado en el Camino del Andariego, en la Ciudad Industrial de aquella zona.

Por otro lado, el informe final de los expertos del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes recogió una lista de los normalistas que fueron a Iguala esa jornada y que llevaban teléfonos celulares. A Julio César Mondragón Fontes no lo incluyeron en ella y dieron por sentado que el chico no llevaba aparato telefónico.

Eso significa que la CNDH, sabiendo que Julio César llevaba un teléfono, no compartió esa información con el GIEI, a quien se le ocultaron esos datos. Porque el GIEI tenía la sábana de llamadas del teléfono de Julio César, pero no sabía que pertenecía a él, pues el normalista lo había comprado recientemente, entre el 24 y 25 de septiembre del 2014, a otro estudiante, José Luis González Parral, Charra o Flaquito, y con él había reiniciado comunicación con Marisa Mendoza, su esposa.

Esas conversaciones, que abarcan los días 24, 25 y 26 de septiembre, reconstruyen en tiempo real los sucesos de Iguala desde la versión de un normalista asesinado, pues Julio César narró como pudo, bajo una lluvia de balas, a su horrorizada esposa, el paso de los estudiantes por el centro de Iguala, minuto a minuto. Las coordenadas que esa conversación arrojaron lo ubican moviéndose en la ciudad, mapeándose él mismo con precisión inapelable.

Sin embargo, ese celular de Julio César, que antes perteneció a Charra, apenas iniciaba sus registros telefónicos con la muerte del estudiante, porque la sábana de Telcel que esa compañía entregó a la PGR para su investigación, el 31 de agosto del 2015, contenía 30 actividades, la última de las cuales estaba fechada el 4 de abril del 2015.

Los expertos del GIEI, creyendo que el teléfono lo usaba Charra, obtuvieron la misma sábana telefónica, pero con una diferencia fundamental: que la fecha de corte para los registros correspondía al 30 de septiembre del 2014, cuando ese equipo, un LGL9 se conectó a internet.

El GIEI, entonces, ignoró siempre que las actividades de ese teléfono continuaron y que pertenecía a Julio, no a Charra.

Que la CNDH supiera, quién sabe cómo, que Julio César Mondragón tenía un teléfono celular y que había filmado escenas de esa noche y que no lo reportara a los expertos del GIEI, se convierte en una de las omisiones más graves. La PGR está en posesión de la sábana de llamadas con actividad hasta el 4 de abril del 2015, pero por algún motivo no reportó completos los hallazgos en ese equipo, después del 30 de septiembre del 2014, a los expertos del GIEI.

El número telefónico que Julio César Mondragón Fontes portaba el 26 de septiembre del 2014 era el 7471493586. Recordemos: era suyo porque lo había comprado a José Luis González Parral, quien aparece como titular de la línea en el documento que Telcel-Dipsa entregó a la PGR, en una Contestación de Oficio integrada en la Averiguación Previa AP-PGR-SEIDO-UEIDMS-01-2015*26-08-205, de la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro OF-SEIDO-UEIDMS-FE-D-11284-2015.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos ha sido cuestionada cada vez que que aborda un caso de la naturaleza del asesinato del normalista de Ayotzinapa, Julio César Mondragón Fontes, torturado, desollado y asesinado la madrugada del 27 de septiembre del 2014 en el Camino del Andariego, en la Ciudad Industrial de Iguala, Guerrero. Este es un crimen que puede clasificarse como de lesa humanidad y permitiría la participación de organizaciones internacionales para investigar legalmente. La CNDH atribuye ese desollamiento, la pérdida de la piel del rostro del normalista, a la acción de la fauna nociva del lugar, perros y ratas. Con el caso de Julio César Mondragón, la Comisión Nacional de Derechos Humanos cometió errores y omisiones que la propia instancia enumeró en su Comunicado de Prensa  CGCP/195/16.

El primero punto de ese comunicado sostiene que “La CNDH aclara técnica y científicamente las contradicciones y resuelve las controversias sobre las causas de la muerte del normalista Julio César Mondragón Fontes y de la ausencia de piel en su rostro y cuello. Sus peritos se reúnen con los equipos periciales del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y de la Procuraduría General de la República (PGR)”.

Sin embargo, la CNDH no acreditó ningún perito para participar en la segunda necropsia de Julio César y no pudo hacer ni una sola prueba directa sobre los restos del normalista. La información que tiene es insuficiente porque quienes practicaron esos exámenes fueron los forenses argentinos y los peritos de la PGR. Los investigadores de la CNDH solamente se reunieron con ellos, como apuntan muy bien ellos mismos: “Sus peritos se reúnen con los equipos periciales del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y de la Procuraduría General de la República (PGR)”.

Entonces, los peritos de la CNDH sólo observaron. Sólo por eso es imposible para la Comisión sostener su propia aseveración: “La dictaminación de la CNDH aborda aspectos fundamentales que no fueron considerados en las peritaciones oficiales, ni en las del EAAF y del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI)”.

De todas maneras, el reporte de la Comisión concuerda con los expertos forenses argentinos sobre la causa de la muerte de Julio César: traumatismo cráneo-encefálico y no por disparo de arma de fuego en la cabeza, como lo sugería el perito del GIEI, Francisco Etxeberria, quien señaló en su momento que “en ausencia de las partes blandas faciales y teniendo en cuenta la existencia de múltiples fracturas craneales, no se puede descartar que el agente contundente al que se atribuye la muerte sea incluso un impacto de proyectil de arma de fuego, ya que dicho trauma o traumas revisten una importante energía para haber generado fracturas irradiadas a la base del cráneo. […] Recordamos en este punto que en el cuero cabelludo conservado no se describen heridas contusas y por ello no cabe considerar que se hubieran producido golpes o traumatismos en la bóveda craneal que justifiquen el nivel de las fracturas existentes. […] Es posible que dichas fracturas se hubieran producido por el tránsito de un proyectil en la estructura ósea de la cara y base del cráneo sin lesionar el cráneo de forma directa”.

Esas balas, apuntaba el especialista, podrían ser de un rifle G3 alemán Heckler and Koch.

Lo que la CNDH no dijo fue que la segunda necropsia se hizo para, entre otras cosas, descartar la teoría de las balas del G3.

El cuarto punto de la CNDH concluye que “Julio César Mondragón Fontes fue torturado y asesinado brutalmente. Le ocasionaron 64 fracturas en 40 huesos de cráneo, cara, tórax y columna vertebral. 13 de los 14 huesos de su cara fueron fracturados. Le causaron diversas contusiones profundas en tórax y abdomen. Pese a todo, realizó maniobras de defensa”. Estas aseveraciones las refuerza con el sexto punto, donde indica que al menos fueron 11 los participantes en la muerte del normalista, incluido Víctor Hugo Benítez Palacios, uno de los miembros de Los Peques, dueños en Iguala del autolavado Los Peques y fundadores del cártel del mismo nombre, que hasta hoy controla en esa región la distribución y venta de droga. Sin tener pruebas concluyentes, la CNDH ubica a esos 11 como miembros del cártel del narcotráfico Guerreros Unidos.

Pero regresemos al quinto punto que la CNDH propone como parte de sus conclusiones, porque es uno de los más endebles, elaborado desde la sujeción que esa instancia demuestra tener cuando se trata de temas donde están involucrados militares y policías federales. La CNDH dice que “La causa de la ausencia de piel en el rostro y en el cuello de Julio César Mondragón Fontes fue la intrusión de fauna depredadora. No hubo acción humana. Su cadáver estuvo expuesto a la fauna nociva por casi 7 horas después de su muerte. […] En el caso particular, no existe ningún indicio médico forense, en el resto del cuello ni de la cara que indique un desprendimiento intencional de la piel. […] En consecuencia, para la CNDH, las lesiones de cara y cuello, incluidas de las tres pequeñas zonas en cuestión, fueron producidas por la intrusión de la fauna depredadora, de las investigaciones realizadas no derivan elementos que sustenten conclusión diversa”, informaba a la prensa José Trinidad Larrieta, de la Oficina Especial de la CNDH sobre el caso Iguala, el 11 de julio del 2016

La CNDH es desafiante. Sí, pero de cualquier lógica médica cuando afirma que el rostro fue comido por animales y que una de las pruebas que la llevan a dictaminar así es que las ropas del normalista no están manchadas de sangre. Y desglosa, sin ningún problema ético, una serie de acontecimientos que, según ellos, explicará parte de la muerte de Julio César.

Un video, una recreación interactiva apoya las palabras de José Trinidad Larrieta. Ese video contiene algunas fotos tomadas del cuerpo tirado de Julio en la terracería del Camino del Andariego, una locación ubicada en la Zona Industrial de Iguala, atrás de las oficinas regionales del SAT y del Hotel del Andariego, que da nombre a ese paraje. Ese Camino está a no más de cuatro minutos caminando de las instalaciones del C4 iguatleco, que esa noche y madrugada tenía allí dos cámaras de video asignadas, denominadas “C4”, y que nunca funcionaron.

El día que la Comisión Nacional de Derechos Humanos presentó su reporte final, no mostró todo el material fotográfico disponible y apenas se conformó con hacer paneos a las fotos menos explícitas, que resultaron tomas demasiado alejadas del cuerpo y el rostro.

La serie completa de fotografías que muestran la masacre perpetrada en el cuerpo del normalista Julio César Mondragón Fontes fueron conseguidas por Sayuri Herrera, abogada de la familia Mondragón Mendoza, y estaban en poder del perito Vicente Díaz de la Fiscalía de Guerrero, quien la mañana del 27 de septiembre del 2014 fue comisionado para retratar los restos de Julio. Guardadas en el escritorio del perito, en una USB, hasta que una orden judicial las liberara, esa serie de fotos muestra una realidad que la Comisión Nacional de Derechos Humanos conoce y omitió, o peor, pasó por alto en su investigación.

Las fotos son 13, en poder del Semanario Nuestro Tiempo y de quienes esto escriben, y sólo tres de ellas muestran tomas generales del lugar donde fue hallado Julio César. Las otras 10 son acercamientos, de los cuales tres corresponden al cuerpo entero del normalista, vestido aún, tirado en esa terracería.

Dos más registran heridas del cuerpo.

Otras dos, heridas en un brazo y una pierna.

Y otras tres son primeros planos al rostro desollado del normalista.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos no mostró al público esa totalidad, mucho menos las últimas tres fotos del rostro sin piel y prefirió una animación que no ofrece una idea, ni siquiera lejana, de la muerte que sufrió el estudiante.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos se aprovechó de la opinión pública mexicana e internacional interesada que ignoraba, hasta ahora, la existencia de esa evidencia fotográfica. La CNDH manipuló esa ausencia informativa y por eso dijo lo que quiso, como quiso y le convino porque sabía que no había nadie en el país que pudiera contradecirla. El equipo argentino de forenses, lejos, en su patria, poco pudo declarar, a excepción de su propio comunicado. El GIEI, terminado su trabajo en México, no se involucraría más allá de lo que ya ha investigado.

Sin decir que ese material existe, la CNDH se justificó desde el principio para no mostrar ni mencionar el resto de las fotos. También aprovechó para, de pasada, reavivar el rumor de que Julio César habría sido parte de una célula narcotraficante: “La CNDH estima que la exposición en medios electrónicos de comunicación masiva de una fotografía del cadáver de Julio César Mondragón Fontes representó para su familia un acto revictimizante, agravado por el hecho de que también se difundió en medios de comunicación la interpretación del supuesto desollamiento como un mensaje entre cárteles de la droga, lo que haría suponer el involucramiento de Julio César en actividades criminales […] No indica que haya sido un desprendimiento intencional de la piel […] fue por intrusión de fauna predadora, no hubo acción humana […]”, dijo Larrieta.

Pero la Comisión Nacional de Derechos Humanos no contaba que otros frentes informativos serían abiertos para conocer la historia del normalista Julio César Mondragón. La CNDH se ha prestado para que los gobiernos de todos los niveles se exculpen, al final de las investigaciones, de las responsabilidades que en algunos casos la propia CNDH les ha imputado, como sucedió con los militares participantes en la masacre de Tlatlaya, Estado de México, el 30 de junio del 2014, matanza por la que finalmente ninguno de ellos está preso o sigue proceso alguno. Carlos Fazio, experto en temas de exterminio y genocidio, señaló el 19 de julio del 2016 en un artículo, “Tlatalya, impunidad militar”, en el diario La Jornada, que “la falta de verdad y justicia que prevalece en éste y otros casos ha hecho que en vez de que las fuerzas armadas se vean obligadas a una rendición de cuentas a cargo de civiles, se haya desatado un ataque no sólo contra las víctimas sobrevivientes en Tlatlaya y sus representantes, sino incluso contra la propia CNDH, a la que se ha presionado para que se retracte de su informe y declare inocentes a los militares que intervinieron en la matanza”.

Pero las fotos.

En ellas, donde el perito de Iguala Vicente Díaz muestra acercamientos al rostro y cuello de Julio César Mondragón, se aprecia lo siguiente:

Un corte en forma de gota, en el pecho del normalista, de bordes nítidos y dirección controlada, realizado con un objeto punzocortante con las características de un bisturí. Quien hizo ese corte demuestra que tiene entrenamiento previo.

Ese corte, según cirujanos plásticos y dermatólogos, tiene una razón de ser. Y es que es una forma de asegurar que el colgajo del rostro no se rompa o se parta y pueda ser extraído en una sola pieza, con el menor daño posible. Quien diseccionó la piel de Julio César comenzó entonces desde ese corte en forma de gota, con dirección controlada y dejó cortes nítidos.

Los cortes y las lesiones de Julio César fueron interpretados por varios médicos, uno de ellos Ricardo Loewe, especialista en lesiones y muertes por tortura, quien entregó a la familia Mondragón Mendoza un estudio con conclusiones que en esa ruta de saber qué pasó, chocan de frente con las de la CNDH y con los reportes de los periciales de Iguala, firmados el 27 y 28 de septiembre de septiembre del 2014.

El trabajo de Loewe, público desde la fecha de su entrega, en agosto del 2015, dice que “Llama la atención que el agente de la PGJG concluya que el lugar donde fue levantado el cadáver de Julio César Mondragón no correspondiera al sitio de la muerte, a pesar del lago hemático que aparece junto al cadáver, como se puede apreciar en la foto 1. Este lago hemático muestra, además, que las lesiones fueron producidas en vida de la víctima. Es de importancia fundamental señalar la observación del agente de la procuraduría, de que las lesiones en cara y cuello son nítidas y fueron producidas por un agente cortante, lo que se confirma por las imágenes fotográficas N° 2.

”Este mismo documento reporta el hallazgo de equimosis (moretones) en ambos costados y el hipocondrio, que se corresponden con las imágenes fotográficas N° 3 y con el hallazgo necróptico de costillas rotas y de hematomas en el abdomen. Esto indica que la víctima recibió golpes –el informe médico legal reporta que con un objeto plano, ya sea con la empuñadura de un arma, o con una bota– que le produjeron una hemorragia interna. Digamos de paso que el lago hemático en el suelo y los hallazgos de hemorragia interna, así como del corazón “vacío” indican que una causa de la muerte, si no la más importante, fue la hemorragia.

”Vayamos al informe de la autopsia, firmada por el Dr. Carlos Alatorre y fechada el 27 de septiembre de 2014.

”El informe forense dice que el cadáver tenía “pupilas dilatadas…”, mientras que el funcionario de la PGR menciona el desprendimiento total de tejido blando de la cara, con lesiones “corto abulsivas” (sic). La falta de profesionalismo produce manifestaciones grotescas.

”Salta a la vista el punto número 3, en el que se diagnostica que la “herida” (las alteraciones post mortem no reciben el nombre de heridas; son destrucciones de tejidos, mutilaciones) de la cara y cuello fue producida post mortem. En contra de lo reportado por el agente de la PGRG, describe los bordes como “exfacelados (sic) e irregulares” y con marcas de caninos. Agrega en el punto 5 que el pabellón auricular izquierdo tenía signos de haber sido “masticado por fauna del lugar” ¿Cómo se esfacelaron cortes poco antes descritos como bordes nítidos? ¿Cómo establece el patólogo que el globo ocular fue enucleado después de la muerte de la víctima? ¿Cómo estableció el patólogo que la mutilación de cara y cuello fue producida post mortem?”.

Loewe dice lo anterior apoyado en imágenes que el equipo legal de la familia Mondragón Mendoza le hizo llegar. El médico presenta, para comparar, imágenes de cadáveres a los que animales depredadores les han comido la cara y algunas partes del cuerpo. Las diferencias entre éstas y el cuerpo de Julio César son abismales. El estudio, por otro lado, está disponible para quien lo quiera consultar en el sitio https://nuestrotiempotoluca2.wordpress.com/2016/08/07/el-informe-loewe/ del Semanario Nuestro Tiempo.

Loewe concluye que “el estudiante normalista Julio César Mondragón Fontes fue torturado y ejecutado extrajudicialmente. La mutilación de su cara corresponde a la de otras víctimas de terrorismo, supuestamente perpetrado por el “crimen organizado”. Como ya lo expresé públicamente, el cadáver de la víctima, un líder estudiantil incómodo para el sistema, fue utilizado como mensaje para quien ose oponerse a la autoridad. El punto principal de divergencia es si la mutilación fue pre o post mortem; en mi opinión, la respuesta está en el lago hemático. En cuanto al médico perito Alatorre, se hizo cómplice de la tortura al omitir su denuncia”.

Una segunda opinión, la del médico cirujano Ángel Alvarado Gutiérrez, ratifica punto por punto las opiniones de Loewe, sobre todo una de las más importantes, que la muerte de Julio César pudo deberse a la hemorragia presentada.

¿Por qué la CNDH se ha arriesgado a presentar un informe desestructurado desde su inicio?

“La dictaminación pericial de la CNDH, implicó el análisis de las constancias que obran en el expediente; un minucioso estudio metodológico de los peritajes existentes, del acervo fotográfico y de la bibliografía universal especializada en el tema; la inspección del lugar de los hechos; la asistencia, en calidad de visora, a la diligencia de exhumación y segunda necropsia al cadáver de Julio César Mondragón Fontes. La CNDH procuró contar con todos los elementos que le permitieran dilucidar científicamente cada aspecto del fallecimiento de Julio César, señaladamente, los cuestionados y controvertidos”, dijo Larrieta displicentemente.

Para la familia Mondragón Mendoza el problema central no radica en la confrontación con la CNDH, aunque es importante señalar sus errores. La familia de Julio César sabe que la razón fundamental es saber quién o quiénes mataron a su familiar, y por qué, y dejar de lado esa abstracción en la que se ha convertido el reclamo de los padres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa y de los chicos muertos esa cruenta jornada.

Porque decir que fue el Estado ya no es suficiente, aunque esta vez puede probarse que ese Estado responsable tiene nombre y apellido y se le puede demandar en instancias nacionales y extranjeras. Por eso la importancia de que asesinato de Julio César Mondragón Fontes sea considerado crimen de lesa humanidad.

Para la CNDH, el normalista Julio César Mondragón quiso escapar de la esquina de Periférico Norte y Juan N. Álvarez, cuando un comando atacó a los estudiantes por segunda vez. Líder estudiantil, participaba en asambleas de movimiento sociales en Guerrero a las que acudía como invitado, representando a su escuela, como las que realizaba ese 2014 el Movimiento Popular Guerrerense, una en Acapulco en la propia escuela normal. Orador impecable en actos públicos, de inmediato fue reconocido por luchadores sociales como Evelia Bahena, una de las pocas opositoras vivas a megaproyectos mineros en Cocula y que detuvo por cuatro años las actividades de las superminera canadiense Media Luna. “Un estudiante así no sería capaz de huir y dejar a sus compañeros en peligro”, dice ella.

Sobre esto último hay diferentes versiones que apuntan a que Julio César habría intentado escapar en el momento de la segunda balacera y en ese correr fue capturado por quienes disparaban. Pero hay otra versión, una que el propio Julio escribió de él mismo, adelantándose a lo que esa anoche podría pasar y que se la contó a su propia esposa, en tiempo real, en esa conversación que sostuvieron el 26 de septiembre del 2014, mientras los estudiantes entraban a Iguala. Julio César se había dado cuenta desde el principio que eran vigilados por las fuerzas de seguridad, por todas ellas. Pero a su esposa le dijo, sin ningún tipo de duda, que no abandonaría a sus compañeros desde que se registraron las primeras balaceras. Esta es una pequeña parte de la conversación por chat que el teléfono de Marisa Mendoza grabó para siempre con su esposo mientras éste atravesaba el centro de Iguala, junto con los tres camiones de los normalistas: Marisa tenía grabado a Julio en sus contactos como “Esposito” y ella respondía como “Marisa Mc” (Mendoza Cahuatzin, son sus apellidos completos):

26 de sep., 9:27 PM – Esposito: estan disparando amor

26 de sep., 9:30 PM – Marisa Mc: El tr ecribio en tu fab

26 de sep., 9:30 PM – Marisa Mc: Fb

26 de sep., 9:27 PM – Esposito: probablemebte pierda la vida

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc: Amor.por favot

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc: Te cuidado

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc: Tr amo y no.quiero.perdrrt

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:28 PM – Esposito: cuida a mi hijita

26 de sep., 9:28 PM – Esposito: dile que me perdone

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc: Amorrrr

26 de sep., 9:29 PM – Esposito: nos estan reprimiendo

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc: Vete de ese lugar

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc: Por favor

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:30 PM – Esposito: lo siento

26 de sep., 9:30 PM – Esposito: es tarde

26 de sep., 9:30 PM – Esposito: desmadramos una patruya

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: nos vienen correteando

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: andan disparando

26 de sep., 9:34 PM – Marisa Mc: Estas.loco si te quedas

26 de sep., 9:34 PM – Marisa Mc: Entiende q te vayas

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: cuidate y cuiada a mi hija

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: dile que la amo

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: bie

26 de sep., 9:34 PM – Marisa Mc: Julio por favor no.me.dejes asi

26 de sep., 9:35 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: cuidate

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: me voy

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: me carga la verga

26 de sep., 9:35 PM – Marisa Mc: Cuidate

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: no puedo irme

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: mis amigos estqn en peligro

26 de sep., 9:36 PM – Marisa Mc: Pero.piensa en ti ya no pienses en.loa demas

26 de sep., 9:36 PM – Marisa Mc: Por favor ya no seas.necio y vetebde ese.lugar

26 de sep., 9:36 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:39 PM – Esposito: ya amor matarona a uno

26 de sep., 9:44 PM – Marisa Mc: A uno??? Quien?? Normalista o polisia??

26 de sep., 9:42 PM – Esposito: normalosta

26 de sep., 9:48 PM – Marisa Mc: No inventes pero.esta bien o.murio???

26 de sep., 11:59 PM – Marisa Mc: Mi.amor.por favor.en.cuanto veas ewte msj avisame de que estas bien

“Están disparando, amor”, le dijo Julio César a su esposa atravesando Iguala. La pila del normalista estaba casi agotada, como él mismo le anunciaba a las 20:56, antes de que empezara todo:

26 de sep., 8:56 PM – Esposito: mi pila se me va a acabar.

Una crónica del escritor Tryno Maldonado, quizás la mejor investigación periodística realizada hasta ahora sobre el paso de los normalistas por el centro de Iguala, y recogida en el libro “Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos”, corrobora que Julio César Mondragón Fontes llegó a salvo a la esquina de Juan. N Álvarez y Periférico y que desde allí llamó por teléfono o lo intentó, aunque no se sabe a quién, pero desde uno prestado. Ni Maldonado ni la mayoría de los compañeros de Julio César supieron que éste había perdido su celular y que acababa de comprar otro. Quien ha corroborado esa compra es Israel Vázquez Vázquez, Chesman, un amigo en Ayotzinapa de Julio César, y recuerda que éste había perdido su teléfono original y la adquisición del LGL9.

Mientras los policías atacaban a los estudiantes los soldados del 27 Batallón de Infantería recorrían la ciudad. Recababan información en tiempo real porque controlaron el C4 desde el comienzo de los ataques. Nunca se ha podido comprobar la participación activa de los soldados esa noche, a pesar de que la PGR tomó declaraciones a los militares. Esas declaraciones nunca fueron liberadas a la opinión pública, pero están contenidas en los tomos 19 y 20 de la versión electrónica, sin censura, que elaboró la Procuraduría federal, en poder de los reporteros Francisco Cruz, Félix Santana y Miguel Ángel Alvarado. Los soldados acudieron ante investigadores de la PGR el 3 y 4 de diciembre del 2014, a declarar en calidad de testigos y allí narraron lo que cada uno de ellos hizo.

Esas declaraciones iniciaron en la página 295.

El subteniente de Infantería, Fabián Alejandro Pirita dijo, en la página 472 del tomo 19, disco 2, de la averiguación previa A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014, que el C4 es manejado por el Pelotón de Infantería al mando del teniente Joel Gálvez.

En la página 504, Eduardo Mota Esquivel, soldado de Infantería, declaró que fue comisionado para ver qué estaba pasando frente al Palacio de Justicia  de Iguala. Mota Esquivel es operado del Sistema de Inscripción de Archivos Arcanos, un sistema de correos electrónicos de máxima seguridad usados por el ejército mexicano. Declaró que el teniente Joel Gálvez le daba las órdenes  y que fue ese mismo Gálvez quien se quedó con las fotos que Mota Esquivel tomó de los sucesos en ese puente. Mota, después de estar allí, regresó a su cuartel y guió a los soldados en su camino para inspeccionar lo que había pasado en el puente y en el Crucero de Santa Teresa.

Pero quien comenzó a revelar las verdaderas funciones del 27 Batallón fue el soldado de Infantería Rodolfo Antonio López Aranda, y no se anduvo por las ramas: “Recuerdo que dormí aproximadamente una hora y recibo una llamada vía radio de parte del Teniente dando la instrucción que saldríamos de nueva cuenta eran aproximadamente las seis de la mañana del día veintisiete de septiembre de dos mil catorce para esa hora ya se había hecho el cambio de turno por lo que estaba al mando el Teniente Jorge Ortiz Canales, salimos dos camionetas de reacción, la segunda camioneta era tripulada por Eliel Silva Chávez el teniente me ordenó que se patrullara las calles de esta ciudad de Iguala, asimismo nos dirigimos a verificar una denuncia donde refieren que se encontraba un cuerpo sin vida de una persona de sexo masculino el cual se encontraba en una posición viendo hacia arriba, me percaté que el cadáver le habían arrancado la piel del rostro, la lengua se la habían cortado y no tenía ojos, observo que uno de los ojos se encontraba a un lado, contaba con ropa siendo ésta un pantalón de mezclilla, playera al parecer roja o blanca, tenis color blanco con negro, sin ninguna otra pertenencia, recibimos la instrucción de peinar la zona para verificar si había indicios, posteriormente mi teniente da aviso a las autoridades correspondientes para realizar el levantamiento del cuerpo, llegando elementos de la policía estatal al lugar y el Semefo, nosotros en todo momento dimos seguridad perimetral con la finalidad de que no se contaminara el lugar, siendo aproximadamente las diez de la mañana recibo la orden de parte del teniente que regresara el personal a las instalaciones del 27 Batallón de Infantería”.

Al soldado de infantería Rodolfo Antonio López Aranda, que a la una de la mañana del 27 de septiembre patrullaba las calles de Iguala e iba al hospital general para verificar los nombres de los heridos internado esa noche y que a las cinco de la mañana regresaba a su cuartel para despertar una hora más tarde para volver a las calles no dice, se le olvidó decir que desde su base militar hasta el Camino del Andariego, con tráfico y a las 12 del día, un vehículo se tarda entre 15 y 20 minutos en completar ese trayecto.

Eso no lo dice, pero a cambio señala otra cosa.

– Que refiera el declarante la función del C4 –le preguntan los de la PGR en el interrogatorio al que fue llamado.

– Son militares encubiertos que aportan información de lo que acontece en las calles, asimismo tienen el control de las cámaras de seguridad que se encuentran instaladas en la Ciudad de Iguala –respondió el soldado de Infantería Rodolfo Antonio López Aranda, a rajatabla.

Pero si el soldado López Aranda quiso decir toda la verdad, quien la dijo en realidad fue el teniente de Infantería, Joel Gálvez Santos, quien relató a los investigadores de la PGR haber recibido 9 llamadas telefónicas desde el C4 de la ciudad de Iguala entre las 19:30 del 26 de septiembre del 2014 y las 10 ó 12 horas del 27 de septiembre, en las que obtuvo información sobre todos los movimientos de los normalistas, los muertos, los heridos y por último enterarse del asesinato de Julio César Mondragón Fontes antes que nadie.

El teniente Joel Gálvez Santos apuntó en su declaración que trabajaba en el Centro de Información, Instrucción y operaciones del C4 y que sus labores “son recibir y remitir informes que recibo del C4, del gobierno del Estado. El día 26 de septiembre de 2014 me dediqué a realizar un informe durante gran parte del día, ya que se había volteado una pipa que trasladaba sustancias químicas altamente peligrosas, por lo que mi día transcurrió sin novedad y aproximadamente a las 19:30 horas del día 26 de septiembre del año 2014, recibí una llamada proveniente del C4, en específico del Sargento Cano, del cual no recuerdo su nombre completo pero era la persona que se encontraba trabajando en el C4 ese día, me informó que dos autobuses con estudiantes, específicamente normalistas de Ayotzinapa, provenientes de Chilpancingo, Guerrero, habían arribado a esta ciudad, uno de los dos autobuses se encontraba en el cruce de carreteras conocido como Rancho del Cura, mismo que se encuentra a 15 minutos de este municipio, el segundo autobús estaba en la caseta de cobros número tres del tramo carretero Iguala-Puente de Ixtla, de inmediato como en todas y en cada una de las llamadas que recibo informé a mi superior quien ese día se encontraba laborando, siendo el coronel José Rodríguez Pérez y al cuartel general de la 35 Zona Militar la cual mencioné los hechos reportados por el Sargento Cano, quien se encontraba en el C4.

Para Gálvez Rocha resulta normal que militares estén en el C4 y que desde allí comuniquen al 27 Batallón los pormenores diarios. El relato de Gálvez sobre las 9 llamadas es fundamental. El secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, ha negado repetidamente la entrada a todos para investigar los campos militares. Dos años después será difícil encontrar algo, pero lo que no puede ser borrado es la crónica del teniente Gálvez, quien hila en su declaración la segunda llamada: “[…] la recibí aproximadamente a las 21 horas mediante la cual el sargento Cano me informó que el camión que se encontraba en la caseta de cobros número tres del tramo carretero- Iguala-Puente de Ixtla, se había dirigido a la terminal de autobuses Estrella Blanca, la cual se ubica en el cruce delas calles Ignacio Manuel Altamirano con Salazar, lugar en el que los estudiantes se habían apoderado de dos autobuses de pasajeros y destruyendo otro, inmediatamente informé con el parte informativo al Coronel José Rodríguez  Pérez, de la misma forma  la 35 Zona Militar antes mencionada […]”.

La tercera llamada le llegó a Gálvez entre las 21:30 y las 22:00, dice él. Otra vez será el sargento Cano quien le diga que la policía municipal de Iguala se confrontaba con los estudiantes. El ejército supo, entonces, que a los normalistas de Ayotzinapa los atacaba la policía municipal justo cuando sucedían las primeras balaceras. El ejército, teniendo la información, decidió no intervenir aunque otros testigos referirán que tenían militares en las calles vestidos de civil y que por lo menos uno de ellos siguió a pie a los camiones de los normalistas en su ruta de la muerte rumbo al centro de Iguala.

Esa tercera llamada para Gálvez llegó entre las 21:30 y las 22:00, y le confirmaban que “[…] los normalistas les estaban tirando piedras a los policías, por lo que (el sargento Cano) ordena al soldado de nombre Eduardo Mota Esquivel que realizara un recorrido en el Periférico […]”.

El recorrido de Mota será excusa para la cuarta llamada desde el C4 al 27 Batallón. El teniente Gálvez respondió a ese reporte y narró que el soldado Mota Esquivel, en recorrido por ese Periférico letal, hizo contacto con él “[…] informándome vía telefónica, aproximadamente a las 22 horas con 30 minutos, que frente al nuevo palacio de Justicia había un autobús con los normalistas a bordo, el cual estaba rodeado por varas patrullas de la policía municipal quienes estaban encapuchados en camionetas rotuladas y el uniforme de policías municipales, así mismo que los policías ordenaban con groserías a los normalistas que se bajaran del camión de pasajeros haciendo caso omiso dichos normalistas por lo que elementos de la policía municipal arrojaron gas lacrimógeno, de la misma forma le informé al coronel José Rodríguez Pérez de los hechos de los cuales me había informado vía telefónica el soldado Mota, informé inmediatamente al personal de la 35 Zona Militar […]”.

La quinta llamada provenía, nuevamente, del C4. El sargento informaba al ejército, a las 23:10, que en el hospital general de Iguala, el Jorge Soberón Acevedo, había heridos. El teniente Gálvez informó a su superior y a la 35 Zona Militar, “[…] por lo que el coronel (Rodríguez Pérez) ordena que la fuerza de reacción salga a verificar dicha información suscitada en el hospital mencionado, regresando el teniente Vázquez, que iba al mando de esa fuerza de reacción, lo sé porque personalmente fue quien me informó que en dicho hospital se encontraban tres personas del sexo masculino heridas por impacto de arma de fuego, la primera persona presentaba de nombre Érick Santiago López, quien presentaba un disparo provocado por un proyectil de arma de fuego en el lado derecho, el segundo de nombre Andrés Daniel Martínez Hernández, quien presentaba un disparo de arma de fuego en la cabeza sin especificar el lugar exacto, esta información se le informó al coronel José Rodríguez y a la 35 Zona Militar […]”.

Si a estas alturas a los investigadores de la PGR les quedaban dudas aún de dónde se encontraba el sargento Cano, fueron resueltas por el teniente Gálvez, quien dijo, a botepronto, que “[…] La sexta llamada la recibí a las 23:40 por parte del Sargento Cano, quien se encontraba en el C4, en la cual me informó que en el entronque de la carretera federal Iguala-Chilpancingo, Santa Teresa, había vehículos que presentaban disparos de arma de fuego, informé al coronel Rodríguez de los hechos ocurridos en el entronque de Santa Teresa, en ese momento el coronel José Rodríguez le ordenó al teniente Roberto Vázquez Hernández que se trasladara a dicho lugar para verificar la información, el teniente salió para realizar el patrullaje y media hora después me informó (en la séptima llamada) que había dos taxis con impactos de arma de fuego, un autobús de la empresa Castro Tours en el cual viajaban jugadores del equipo de futbol los Avispones de Chilpancingo y que había un jugador muerto, el chofer del autobús había recibido un impacto de arma de fuego en la cabeza […]”.

Las otras dos llamadas cierran el relato de la noche más aciaga para Ayotzinapa y para Julio César Mondragón. Escueto pero conciso, el teniente Gálvez pone todos los clavos a una historia que siempre tuvo la PGR y que por sus particulares razones no dio a conocer. ¿Un asunto de seguridad nacional?

La octava llamada, dice Gálvez, “[…] la recibí aproximadamente a las una de la mañana del día 27 de septiembre del 2014, por parte del sargento Cano, quien me informa que sujetos armados habían ingresado al hospital María Cristina el cual se ubica sobre la calle Juan N. Álvarez de la colonia del mismo nombre de Iguala, Guerrero, que habían sacado a las enfermeras y se encontraban en el interior de dicho hospital armados […] La novena llamada la recibí aproximadamente entre 10 y 12 horas del día 27 de septiembre del año 2014 en la cual el sargento Cano, quien se encontraba en el C4, me informó que en la colonia Industrial se encontraba el cuerpo de una persona sin vida, ahora sé que era el normalista de nombre Julio César Mondragón Fontes, alias El Chilango, a quien le quitaron la piel en la parte del rostro, enseguida informé al coronel José Rodríguez Pérez y a la 35 Zona, siendo el coronel Rodríguez quien ordenó que saliera la fuerza de reacción al mando del teniente Ortiz Canales para verificar la información que nos había proporcionado personal que se encontraba laborando en el C4 […]”.

La participación de los soldados no concluiría allí. Todavía el coronel Rodríguez Pérez, un toluqueño comisionado al infierno de Iguala confirmaría lo dicho por sus subalternos y, más aún, proporcionaría los nombres completos de quienes estuvieron operando físicamente en el C4 la jornada del 26 y 27 de septiembre.

Y si alguien dudaba que por ser ésa una jornada excepcionalmente violenta los soldados se habían saltado los protocolos civiles, el sargento primero de Infantería, Carlos Díaz Espinoza, declaró con desparpajo que “Sé que hay personal comisionado de este 27 Batallón de Infantería (en el C4). […] Yo estuve comisionado en dicho lugar por un tiempo aproximado de 7 meses, en el año 2012”. Su trabajo, remata, era “informar a la 35 Zona Militar […] de cualquier acontecimiento de importancia, ya sea por muerte de personas o enfrentamientos generados por proyectiles de armas de fuego. Y, por último, sólo reafirma lo que ya se sabe: que esos militares en el C4 nunca rendían información a autoridades civiles.

La declaración más importante es la del coronel José Rodríguez Pérez, quien se presentó como testigo ante la agente del ministerio público de la PGR, Verenice Neria Sotelo, el 4 de diciembre del 2014, y terminó por delinear la participación del ejército en la jornada de Iguala.

De 57 años para ese entonces, Rodríguez dijo ser originario de Toluca y tener 13 meses viviendo en Iguala, en la Unidad Militar Habitacional. Dijo que su instrucción escolar era de Bachillerato y comenzó a contar, como consta en la página 366 del expediente A.P: PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014 de la Procuraduría federal.

“Como Comandante del Batallón, dentro de mis actividades realizo el adiestramiento del personal, actividades a instalaciones vitales, como son presas hidroeléctricas, tenemos bases de operaciones las cuales se encuentran en la sierra, campañas contra los enervantes, que tengo aproximadamente seiscientas personas a mi mando, que en lo que respecta a los hechos de los días 26 y 27 de septiembre del dos mil catorce quiero declarar que tuve conocimiento que había un grupo de estudiantes esta información la recibí a través del C-4 funciona de dos formas una de ellas es que solo ve las pantallas y otro tiene un monitor en el cual solo se percata de ver y escuchar las denuncias, que se reciben, sin embargo ninguna de las personas que se encuentran en el C-4 reciben directamente la información, el personal que se encuentra en el C-4 responden a los nombres de Sargento Segundo de Infantería Felipe González Cano, Cabo de Infantería Alejandro Soberanes Antonio, Soldado de Infantería David Aldegundo González Cabrera y Soldado de Infantería José Manuel Rebolledo de Laya, los elementos que corresponden a los OBIS (Órganos de Búsqueda de Información), son personas de civiles quienes nos informan de las situaciones que ocurren dentro del municipio de Iguala. Por lo que respecta al día 26 de septiembre del 2014, era conocido por los medios de comunicación que la presidenta del DIF iba a rendir un Informe de actividades además de que recibí una invitación, yo nunca acudo a ese tipo de actividades sino que mando a un representante, en este ‘caso envié a Paul Escobar López quien es Capitán Segundo de Infantería en atención a la invitación realizada por la esposa del presidente Municipal de Iguala, por lo que a  mí no me realizó ningún reporte en relación a los hechos ocurridos ese día, pues al parecer no se había presentado ninguna eventualidad, a mí, solo me realizo un informe ,de actividades, sin embargo, se había designado a una persona de nombre Ezequiel Carrera Rifas, quien es cabo de lnfantería (como persona que pertenece al OBI); a que cubriera el evento que  se iba a llevar a cabo en la plaza de las Tres Garantías, sin embargo, se le ordenan que se traslade a la Caseta de Cobro de la autopista de Iguala a Puente de Ixtla para que verificara la· información de que se encontraban los estudiantes en la caseta, de ahí, se informa que solamente se encontraban los estudiantes en la caseta boteando, información que se corrobora con el personal que se encuentra en el C-4, de ahí nos informan que un grupo de estudiantes, quienes ya venían a bordo de un camión se trasladaban a la Central de Autobuses Estrella Blanca, la que se encuentra en el Mercado, que al llegar ahí se reporta que quieren llevarse un autobús y que el personal no lo permite y comienzan a destrozar el autobús se apoderan de otros dos autobuses diferentes […]”.

El resto fue mero trámite. Rodríguez Pérez pormenorizó los eventos de aquella noche y corroboró las versiones de sus subalternos: las misiones al crucero de Santa Teresa, las “visitas” a los hospitales Cristina y Soberón Acevedo y hasta dio cuenta de los soldados que no estuvieron en Iguala por razones diversas esa jornada.

Acto seguido, como dice la Representación Social de la Federación, vinieron las preguntas, entre ellas sobresalen las siguientes:

– ¿Quién se encuentra a cargo del C-4? –pregunta la PGR al general.

– El C-4 se encuentra a cargo del Gobierno del Estado y él es el responsable de su operación –respondía el coronel.

– ¿Tiene conocimiento de cómo se encuentra integrado el C-4?

– Lo desconozco por que el responsable del C4 como lo dije anteriormente es el Gobierno del

Estado de Guerrero.

– ¿Hay personal militar en el C-4? –le preguntaban al coronel.

– Sí, cuatro personas en virtud de un convenio que se realizó con el Gobierno del Estado de Guerrero a fin de coadyuvar y apoyar a las autoridades en la seguridad, los cuales se turnan en dos elementos por turnos de veinticuatro horas, los cuales no tienen injerencia alguna técnicamente en el C4, solo son observadores- responde el coronel.

– ¿Cuál es el procedimiento de selección para el personal que se designa SEDENA para el C-4?

– No hay un procedimiento establecido, sin embargo, se selecciona al personal con las características que se consideran pertinentes que es la discreción y que sean confiables, practicándoles un examen de confianza que posteriormente se les aplica cada seis meses.

– ¿Cuántos elementos de la SEDENA, en específico del Batallón 27 se encuentran asignados al C4?

– Cuatro personas.

– ¿Qué personal de SEDENA se encontraba en las instalaciones del C-4 el día 26 de septiembre del año 2014? –le preguntaron al coronel.

– Dos elementos de nombres Soldado de Infantería DAVID ALDEGUNDO GONZÁLEZ CABRERA y Sargento Segundo de Infantería FELIPE GONZÁLEZ CANO –respondió Rodríguez Pérez.

– ¿Qué personal de SEDENA se encontraba en las instalaciones del C-4 el día 27 de septiembre  del

año 2014?

– Soldado de Infantería JOSÉ MANUEL REBOLLEDO DE LA OLLA Y Cabo de Infantería ALEJANDRO SOBERANIS ANTONIO.

– ¿A qué hora tiene la primer noticia en relación a los hechos que se estaban suscitando con los estudiantes?

– Alrededor de la diecinueve treinta horas.

– ¿A quién instruyó para que verificaran los hechos que fueron reportados por los elementos de SEDENA que se encuentran en el C-4?

– No envió a nadie pues el mismo OBI como ya lo dije en mi declaración y el mismo C4 nos sigue dando información.

– ¿Se llevan registros de los reportes emitidos por personal de SEDENA que se encuentran asignado en el C-4?

– Sí, tenemos aIgunos reportes.

– ¿Cuenta con registros del C-4 de los días 26 y 27 de septiembre, del 2014?

– No tenemos porque el responsable del C4 como lo dije es el Gobierno del Estado de Guerrero.

– ¿Desde el 26 de septiembre de 2014 se han realizado cambios respecto del personal que se  encuentra asignado al C4? –le preguntaron al general Rodríguez.

– No, el personal asignado se encuentra en apoyo y como ya lo dije para apoyar en la seguridad cuando lo solicite el gobierno del Estado- respondió el coronel.

Así, el coronel, negándolo todo, resolvió la cuestión.

 

Desde el infierno

 

Los puntos 7, 8 y 9 de las conclusiones de la CNDH refieren “8 nuevas Observaciones y Propuestas a diversas autoridades, 4 a la Procuraduría General de la República, 3 a la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) y 1 a la Fiscalía General del Estado de Guerrero. [  ] Se observa y propone a la PGR una profunda investigación de los hechos en los que la CNDH ha evidenciado que Julio César Mondragón Fontes fue denigrado, afectado en su seguridad personal, privado de la libertad, ostensiblemente dañado en su integridad física y privado del derecho a la vida. [ ] La CNDH pide a la PGR se actúe en contra de los 11 adicionales partícipes de los hechos”.

El punto 10 de la CNDH es una trampa, ni siquiera disfrazada de buenas intenciones: “Se propone a la PGR que el Dictamen Médico Forense y Criminalístico de la CNDH se ofrezca como prueba ante los Tribunales de Guerrero”.

¿Las pruebas que ofrece la CNDH, que ni siquiera un perito pudo acreditar para los estudios forenses de Julio César, serán usadas por la PGR que, por otro lado, entregó a la propia Comisión para que elaborara su dictamen?

Expertos en laberintos burocráticos, los miembros de la CNDH hicieron recomendaciones a diestra y siniestra. A los policías que investigan, a quienes atienden a los afectados, a la Fiscalía de Guerrero, a todos, excepto a los militares, a quienes ni por asomo menciona.

El último punto es solamente un remate que exige atención especial para la familia afectada, dos años después del asesinato, y que representa un chiste del que sólo la CNDH puede reírse.

La tortura, desollamiento y asesinato de Julio César Mondragón no es el fin de esa historia. Es apenas el principio de una trama que, esta vez, establece una ruta directa al infierno que representa el Campo Militar 1A, en Lomas de Sotelo, en la Ciudad de México.

Y para llegar a él sólo se necesita el teléfono celular de Julio César Mondragón, un LGL9, “demasiado equipo”, dijo él a su esposa Marisa Mendoza, el 25 de septiembre del 2014, cuando pudieron comprárselo al normalista Charra, desaparecido junto sus 42 compañeros en la llamada Noche de Iguala.

Ese teléfono es el mismo que la CNDH urge para recuperar y del que al GIEI se le negó la sábana de llamadas completa, que tiene en su poder la PGR desde mediados del 2015. Ese teléfono, que registró 30 actividades a partir del 27 de septiembre del 2016, hasta el 4 de abril del 2015. Ese mismo equipo celular que recibió 4 mensajes de dos vías, desde el interior del Campo Militar 1A, en Lomas de Sotelo, en la ciudad de México.

En octubre del 2015, después de encontrar la localización que las coordenadas arrojaban, se escribió en los apuntes que configuraron una parte del libro La guerra que nos ocultan, que “es un terreno baldío, una especie de triángulo de terracería”.

Y lo era, sólo que estaba dentro del Campo Militar 1A en la ciudad de México, en la colonia Lomas de Sotelo. Cuatro llamadas fueron realizadas desde allí, desde distintos números y a distintas horas, y siempre contactaron con el equipo celular de Julio César Mondragón Fontes, después de muerto.

La primera de esas actividades sucedió el 23 de octubre del 2014, cuando un mensaje de dos vías, marcado así por los registros de Telcel-Dipsa, entregado a la PGR el 31 de agosto del 2015, hizo contacto con el número de Julio, el 7471493586. El que llamaba lo hizo desde el 5511425164 a las 14:23:57, en las coordenadas de 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W, verificables desde el espionaje público de Google Maps y cuya localización, ya se dijo, dio el Campo Militar 1A.

La segunda actividad sucedió el 25 de octubre, desde el número 5551865625 contactando al equipo de Julio, a las 10:01:21, en las coordenadas de 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W, también desde el Campo Militar 1 A.

La tercera actividad se registró el 27 de octubre del 2014 cuando el número 5513606680 contactó al teléfono de Julio César, a las 9:57:59, desde las coordenadas de 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W, otra vez en el Campo Militar 1A.

La cuarta actividad fue el primero de diciembre del 2014 desde el número 5518155210 contactando al teléfono de Julio César con un mensaje de dos vías a las 11:40:03 desde el Campo Militar 1A, en las coordenadas 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W.

Hay más, ubicaciones cercanas por 50 metros al Cisen, por ejemplo, o llamadas desde las inmediaciones del Campo Militar referido: quien tiene en su poder ese teléfono trazó una ruta por la que, supuso, habría transitado Julio César Mondragón Fontes antes de morir y que llevó a quienes desde las sombras investigaban su pasado digital, hasta Xalpatláhuac, cerca de Ayutla de los Libres, en la región de La Montaña. El dueño original del equipo, Charra, es oriundo de Xalpatláhuac.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos erró incluso desde su supuesta buena voluntad.

Hay más. La CNDH y los soldados afirman que el lugar donde hallaron el cuerpo de Julio César estaba resguardado. Las fotos del perito Vicente Díaz dicen otra cosa. El lugar estaba asegurado pero sólo por cintas amarillas que dicen “Escena del Crimen” y “Prohibido el Paso” y no hay trazas de los soldados, que para la hora en que los peritos tomaban nota ya se habían ido. Hay, de cualquier manera, cuatro personas caminando alrededor del cuerpo de Julio César, tres hombres, dos de ellos portando armas largas y una mujer. Dos de los hombres llevan papeles en las manos. La playera negra que viste uno de ellos dice, en la espalda “No pase. Escena de crimen. Periciales”. Ese hombre lleva guantes azules y habla por teléfono celular. Los forenses llegaron al lugar del crimen a las 9:55.

A un lado del cuerpo de Julio César Mondragón está su ojo izquierdo, arrancado de cuajo, con todo y nervio óptico, que originó uno de los reclamos más fuertes de la familia, enterada hasta el 2016 que el ojo del muchacho había sido guardado en su propio pecho, cuando le practicaron la primera autopsia. Otra cosa que nadie supo responder fue el robo de la ropa que vestía Julio. Desaparecida, forma parte de los misterios que rodean la muerte del estudiante de Ayotzinapa.

Entonces, ¿a los muchachos los levantaron los soldados?

¿Quién o quiénes mataron a Julio César Mondragón Fontes?

¿Qué fue de la piel del rostro de Julio César?

¿Fueron los soldados quienes robaron el LGL9 del normalista?

¿Quién hizo contacto desde el Campo Militar 1A de la ciudad de México al equipo de Julio César cuatro veces?

Ahora es el turno de los soldados.

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