No

* Rimbaud no se ocupaba de los narcos. Su principal problema era que le pagaran a tiempo o que, de cuando en cuando, no lo asaltaran. Al final se murió, como en las malas películas. Le dio gangrena pero quedaron sus inexcusables poemas, algunos que son como las gangrenas etiópicas.

 

Miguel Alvarado

Toluca, México; 18 de marzo del 2015. No hay futuro pero sí presente. O eso que se ve sucede sin necesidad de los instantes. Es como con Sprite o sin Sprite. De todas maneras pasa. O de todas formas no.

Así que están las carreteras escondidas de Toluca y por otro lado el edificio del PRI estatal, muy al estilo cíclope para que hasta los dinosaurios entren –pero sobre todo para que salgan-, preparándose para las elecciones. Ganen o pierdan en lo electoral, el negocio siempre es muy bueno y a veces hasta reparten. Pagan publicidad, recompensan a las bases, a los acarreados, a la militancia.

Sí, así. También los otros, pero sus edificios no son mayúsculos. Como si eso fuera una disculpa. Por ejemplo, una oficina. La del PT, en Metepec. Municipal, ajá. Una oficina en el centro del Metepec narco-bonito. La oficina, de izquierda y roja con amarillo, en los altos de un edificio que también ocupa Comunicación Social de la alcaldía de Carolina Monroy, pero ellos sí, al menos barridos y trapeados.

Porque la oficina del PT. Es que no tenemos presupuesto. No necesitamos una oficina a todo lujo ni tampoco secretarias ni asistentes. Tampoco sillas. Y entonces. Y el presupuesto. Y las ideas. Y los proyectos. Y los resultados. Y los informes. Tenemos al oficina, ya con eso.

No, pues ya se acabó.

Entonces, esas recompensas que son mayores cada que uno escala en ese entramado derramándose el dinero, deberían explicar que las casas de Óscar González o de Fernando Zamora no son sino producto de algo que no puede ser la capacidad en ese servicio público que algunos llaman alcaldía o presidencia municipal. Porque, de alguna manera, la mayoría singularizada estaría mejor.

Cómo mejor, sin comer.

No, sí ya comimos. Nos invitaron, como a Rimbaud, que lo invitaban a llevar armas de aquí para allá.

Una biografía de Arthur Rimbaud intenta narrar las desventuras de su exilio en el África y reproduce algunas líneas de las cartas, secas y hasta duras pero no desprovistas del grito de auxilio a la madre y hermana, ellas en suelo francés. Y entonces allí va Rimbaud, por el desierto, con sus cajas de rifles y pistolas, casi siempre a la sombra de algún traficante de a deveras, hasta que un día regresa a su pueblo, de vacaciones y le pide dinero. A su mamá. Pues ni modo que a Verlaine. Y su temporada en el infierno se parece tanto a salir de su habitación, calzarse. Ir por un convenio.

“No puedo” no debe ser parte del vocabulario. No.

¿No?

No, pues no. No puedo.

Tampoco quiero. No quiero. Porque hay cosas que no se pueden. Otras que no se quieren, como Rimbaud. No quería nada más vender armas. Quería que le sucediera un poema para no escribirlo, una cosa así, que se le metieran las arenas, si las hubo, de sus desiertos más escabrosos, sin espejismos, pues.

Porque uno va al PRI. O ahí, afuera, y observa a la gente. Se para uno, en el mood discreto de la gorra roja y la playera de Ernesto Nemer, con la ente pasando, metiéndose al PRI. Unos cuentean con los guaruras de la puerta. Otros cargan cajas, salen de las oficinas y se compran sus botanas, la torta y las frutas. O caminan. Las chicas, casi todas con sus pantalones ajustados y oliendo a algo como perfume, bien bonitas, ignoran esa playera de Ernesto Nemer y casi pasan a través de uno. O los fulanos, trajeados. Este día no está Iriarte, el presidente estatal (su nombre, no sé, no puedo. No recuerdo), pero afuera hay algunos que llegan y también observan, como uno. Nomás que esos que llegaron luego y que no entran porque no se sabe por qué, llaman desde un celular. Así, todo, y ponen sus caras de enojados, como si aquello fuera importante.

Qué manera monumental de perder el tiempo, como el Messi haciendo trizas la defensa del City pero si poder anotar. A qué hora es el partido del Madrid.

Ah, y otro que dice que ya está. En el PRI, pues.

Ah, es que van a hacer un desmadre. En el PRI, también.

Total que llegan, como quiso llegar Rimbaud a las plazas que compraban las armas haciendo un desmadre. Disparando, pues, y cobrando sin entregar la mercancía. Así llegan estos, que se paran en las puertas, ya cerradas -obvio, güey- y de paso la avenida. El tráfico llega hasta la autopista a Atlacomulco. A la salida a Ixtlahuaca, donde Fernando Zamora, el candidato por Toluca para la alcaldía, tiene su casa blanca.

Pero esa casa es lo de menos. A nadie le interesa su casa. Y qué tal que no es su casa. O es de un amigo, Juan, Pedro. Por decir algo. Omar. Es que (qué, qué) esa casa es todas las casas de ese rumbo. No, no todas, porque la casa del secretario de Gobierno del Estado de México, José Manzur, está más chinguetas. Tiene hasta iglesia privada porque las cosas de dios son cosas muy íntimas. Pero no las cúpulas, amarillas y azules, recortadas contra el cielo encapotado de la colonia Aviación, en el pueblo más pobre de la ciudad.

Ya, ya

resentido

pero es que las otras casas sí están bien jodidas. Que el abismo existe.

Pero llegaba el Rimbaud a los pueblos etíopes, por decir un país, y se encaminaba en una caravana o solo. Esos caravaneos los vimos hasta en cómic’s de la Heavy Metal de los años 90. Allí lo ponían solo, a caballo, llevando cajas en medio de la borrasca o el simún. ¿Sí, simún? Pero también lo ponían nunca llegando, errabundo en un espacio de indeterminación que ya ni Lacan podría decir eso de que el deseo existe en cuanto lo deseado sea imposible. Inconseguible, como las revistas de la antigua Heavy Metal, todavía en blanco y negro. Cómo les encanta Lacan a los ilustradores para hacer sus tesis y calificar licenciaturas. ¿Cómo que nunca llegando? Pues sí, que desaparecía de pronto, en una viñeta estaba y luego en la otra ya no. Y pues eso.

Ah! la poudre des saules qu’une aile secoue!

Les roses des roseaux dès longtemps dévorées!

Mon canot, toujours fixe; et sa chaîne tirée

au fond de cet œil d’eau sans bords,—à quelle boue?

Hasta aquí, todo bien. No hay indicios de Rimbaud y afuera del PRI ya va a empezar el desmadre. Ya empezó, que por la imposición de candidatos. O sea, todavía protestan. Pero si se ve que son puros acarreados desde Temoaya. Indígenas de allá, o de otros lados, casi todos. ¿Qué hacen aquí? ¿Ya por la torta? Y es que Apolinar Escobedo es un abusivo, Cómo logró que descalificaran a 16 de sus rivales. A todos sus rivales, pues. Y él se queda solito, en los procesos internos. Ni modo que pierda. Bueno, pues así en el PRI como en Temoaya, donde todavía 16 ilusos, 17, se apuntan creyendo tener el poder, que un día no servirá ni para ir al baño.

Porque hay unos que se mueren. No todos, aunque sí la mayoría.

¿Cuántos narcos hay en la política local toluqueña? Se pueden contar con los dedos de los pies o de las manos. O hay que pedir dedos prestados.

Rimbaud no se ocupaba de los narcos. Su principal problema era que le pagaran a tiempo o que, de cuando en cuando, no lo asaltaran. Al final se murió, como en las malas películas. Le dio gangrena pero quedaron sus inexcusables poemas, algunos que son como las gangrenas etiópicas.

Ah, demasiado harto estoy de eso: -Pero, querido

Satán, te conjuro: ¡una pupila menos irritada!

Y, en espera de algunas pequeñas infamias que se

Demoran, para ti que prefieres en el escritor la ausencia

De facultades descriptivas o instructivas, desprendo

Estas horrendas hojas de mi cuaderno de condenado.

Ah, sí, el del PRI. Carlos. Carlos Iriarte.

La mañana, si la es

Miguel Alvarado

1

Cuando. Hay que empezar así, desde la cama con la ubicación de las piezas en un tablero pero no de ajedrez donde las posibilidades se limitan a lo físico y sus 64 cuadros. Porque. A ciegas, con los ojos vendados y en la memoria la partida, el cuadro convertido en campo de absolutos, la victoria llegaba desde lo faltante. La victoria. Hay Que Apuntarlo como se marcan las correcciones en las hojas. Piensa en eso cuando se acaban los cigarros pero le queda el insomnio hasta las 4:23, aproximación a cualquier momento aunque no inmediata. Cuándo. Esta vez acentuaremos.

 

2

Después caminamos una hora. Se observa que llegamos a una edad donde podríamos tener todos los medios pero alcanzar significa, apenas, sólo moverse. No es momento para lo periférico. ¿Entonces?_ Porque_ las sombras ya se_ alargan. La mañana, si la es.

 

3

Abrir las ventanas apuntado como una obligación. Dejamos la muerte en el camino de los otros. Sólo así pudimos entrar. Porque, ay, asumirlo no nos lleva a ninguna parte. Por eso, donde estamos está bien, con las cartas todavía cerradas. no. no así. hexagramáticamente. en medio de las cartas. las monedas danzan. son tres. pero son.

 

4

Entonces otra vez: leemos aytznp en la curva del arco hacia afuera y tal vez el aire tocando irrespirable las nubes: el libro dice pero no ha sido abierto porque ¿por qué? Para cuando encuentre respuestas será polvo. Digitar la clave, esta vez, porque no moverse. Son las instrucciones.

 

5

Entonces abierto recita el libro su hexagrama, dibujado en la escalinata y otra, otro arco. Mientras pisa las piedras pisa un segundo antes de lo previsto. aparecerá su cara, rostro dibujado que de memoria se ha aprendido. No entonces se parece no. No.

 

6

Este es el lugar. Dentro por unas horas siempre y cuando las ventanas estén abiertas. Afuera hay cámaras y algunos filman aunque ahora la historia nos cuenta su cuento. Volverte a ver cuando todo está oscuro y el rumor del agua se atora en las ventanas. Alguien baja la escalinata. Volverá en su momento lo veremos abajo.

 

7

De seguir la grieta llegaremos al inicio. Entendemos pronto lo inverso, el punto molecular hacia su centro en la guirnalda (la tenías en el cabello) y la sensación de otra orilla raspando con inexactitud milimétrica la oportunidad que se presenta. En ese caso o en cualquier otro debe recurrirse al poder de la invisibilidad.

En otras palabras, te piden que te levantes, que digas tu nombre.

 

8

Al inicio, cuando una fuerza pasaba la valla hacia allá íbamos, con ese viento entre los dedos, todavía recargados cada uno en cada otro fumando, queriendo. Totemo kakkoii, que quiere decir

 

9

Ya dicho, soy yo y vengo, yo hago, callas cerrando los ojos. Extiendes los brazos un segundo uno donde los crucificados son otros y ninguno de ellos tú, como una pintura. y eso, la miseria de no serlo. Recorremos las caras y no es la desolación que te atraviesa a ti a medio país. La otra mitad, el patria la matria tan peleado y defendida, ojos fijos adelante, sin encontrar buscando.

 

10

Quedamos en guardar silencio. Quedamos tú contigo y yo contigo Los demás nada habrán dicho sino lo impronunciable que es la muerte sin firmar. Encadeno, amarro la mayor parte y ya se olvida. Da lo mismo el espacio vacío que iré llenando por falta de tiempo ahora mismo.

 

11

Enfrente, la ventana aluza y la boca seca. Esta raya, grieta en el asiento de madera pude hacerla hace rato. Deslizada, la uña encuentra el mapa, pista que nadie ha querido porque la costumbre es sentarse aquí temblando. Entonces uno se levanta y se para al frente, descansado de cualquier manera sabiéndose escuchado. A ver, ustedes saben por qué esto no ha avanzado nada.

Es hojarasca las puertas azotadas por el llanto de Marisa.

 

12

Pero estaba previsto. Lo que nadie sabía, para qué saberlo pero: lo diremos: un día lo diremos aunque las sumas de todas maneras no darán: buscados. La cifra no será la misma y en ese momento tampoco importará. La verdad es también simulación y sin embargo. Cuando Nostradamus. La luna oscurecida en profunda tiniebla. Haz lo que ocupes. Aiot_ cin napalm_ que quiere decir

Nostradamus, sobra decir, era un pobre muchacho.

 

13

Quedamos de perfil, a un lado de los demás sobre un corredor que en su infinito terminaba en pared y otros mundos ( ). A lo mejor irse para después regresar. A lo mejor soy yo mismo el que no regresa. Digamos que no regreso.

 

14

Ver desde la venda el corazón leyendo a mis espaldas. Estábamos en los claros desde las nueve, cuando ya era demasiado tarde. Los perros en el comedor acompañan al que come, echados a los pies como un comunismo inesperando. En la mesa estaban las paletas heladas, muy disputadas a esa hora.

 

15

Estábamos. En eso quedamos.

 

 

 

 

Éxito de Peña en la Ibero, pese a intento orquestado de boicot

* Una bajada aquí, para explicar por qué se usa un titular de El Sol de Toluca, sería demasiado. Mejor no le ponemos nada.

 

Miguel Alvarado

Toluca, México; 10 de febrero del 2015. Bueno, sí, nadie se alegra, aunque también nadie está triste, al menos aquí, en esta redacción. La lectura del El Sol de Toluca, de la cadena de los Vázquez Raña es obligada. Todos ojean por sus hojas, anémonas de color diseñadas desde la práctica periodística de uno de los monstruos del oficio, Mario Vázquez Raña, muerto a los 82 años, el despojo en el que está convertido el periodismo en todos sus diarios.

Uno se pregunta si vale la pena hablar de alguien que, él solo, lo ha dicho todo de sí mismo. Un ejemplo, que él mismo se encargó de inmortalizar en su propio periódico, fue el encabezado que reseñó la participación de Peña Nieto en el foro de la Ibero, en plena campaña electoral, un 11 de mayo del 2012. Fruto de la inteligencia de un hombre acostumbrado a cobrar hasta el respiro de los otros, el titular terminó de pintar la vida de Vázquez y sus relaciones con el poder, la explotación laboral, el nulo ejercicio de la ética y su amasiato con el dinero público destinado al deporte nacional. Que a su funeral haya asistido Carlos Salinas de Gortari parece sacado, efectivamente, de una de sus crónicas periodísticas.

Estoy de acuerdo con Salinas. El deceso de Vázquez es una gran pérdida para los amigos, aunque ningún atleta de alto rendimiento acudió a su funeral, apunta la revista Proceso. Salinas, sin embargo, en ese sitio, tuvo para todos. Luego de elogiar a Vázquez, le preguntaron sobre Ayotzinapa. El tipo dio media vuelta y se fue por la puerta de emergencia, por donde tal vez entró. Antes, el cuerpo de Vázquez recibía la bendición de Norberto Rivera.

Pero aquí se lee El Sol de Toluca. ¿Se lee? Bueno. En mi recuerdo siempre estará ese diario, en los peores momentos, para agregar. Se lee, para saber que lo que sucede en la ciudad de Toluca es lo contrario de lo que se publica en esas páginas.

Vázquez ha sido, pues, un maestro inverso del periodismo, pero ni siquiera en esto es indispensable, aunque sí insuperable.

¿Vale la pena hablar de Vázquez? ¿Decir que su falta de ética, su antiprofesionalismo ha lastimado, corrompido a México desde la desinformación? A mí me afectó de manera personal una de sus notas. No es que Vázquez debiera reportear o revisar la información, pero establecía las formas periodísticas de sus amados soles, que una inercia de los directores regionales y sus reporteros siguen, perpetúan. A mí, esa carencia de entrañas me acuchilló de manera profunda e irreversible. Parece inútil decirlo ahora -y además se trata de Vázquez Raña-. En su momento, un reclamo de mi parte habría sido hablar con las piedras. Hoy, efectivamente, lo es.

Luego de muerto, esa simulación, avidez por el poder, permeó entre los amigos que identifica Salinas de Gortari, como Alfonso Navarrete Prida, secretario federal del Trabajo, el propio Peña, quien acudía “a despedir al amigo”. Vázquez es el reflejo de de la narcopolítica mexicana, del arribismo, la incompetencia, el enriquecimiento ilícito sustentado en el dolor de los demás.

Vázquez es el México erróneo, equivocado, macabro, siniestro, que algunos se empeñan en reflejar, en hacer cierto, válido hasta la náusea. Mejor decir que Peña tuvo éxito en la Ibero, pese al boicot. Suena mejor, sobre todo ahora, al borde el país de una guerra civil incomprensible, países de fosas y desaparecidos.

En realidad, no tengo nada bueno para decir de Vázquez.

Mejor, para no desperdiciar la hoja.

Último pueblo

* A las montañas se llega por Ayutla, allí comienza la subida y tres o cuatro horas después, si no hay errores, la cima aguarda. El camino para Ayutla es lo que es, un recorrido que en su margen confirma la violencia y el marginado paisaje que carcome a Guerrero.

 

Miguel Alvarado

Llano de la Parota, Guerrero; 21 de diciembre del 2014. Estalla el calor contra los vidrios y la carretera serpentea, recta, por entre los cercos y la muchedumbre, arracimada en las orillas y la miseria que a veces significa ver pasar.

Me acuerdo de ti pero esta vez no es igual y por una vez entiendo el tañido de las campanas doblando a muerto a las tres de la tarde, mientras la autopista pudre la fruta como si el sol fuera el asbesto que se debe recorrer en un viaje que nadie ha preparado.

Perdido en este principio, cierro los ojos, saco la mano, la siento planear en el aire de la Tierra Caliente pero ni eso, el pase mágico, ademán que me devuelve a lo sensible, funciona. Sólo hay un fuego que carcome la boca del estómago, aluza los espejismos que he perseguido toda la vida, hallando, por desgracia, que algunos eran reales. Es la ventaja de la absoluta indiferencia por uno mismo pero eso no es más que un sonido, un estado mental que se ocupa si conviene.

El sol y sus destellos en el cristal se confunden cuando la hora es nona. Atrás, un convoy se acerca. Que a los muchachos los mataron los soldados es lo único que sabemos pero también es lo único que no puede probarse desde la experiencia ensangrentada que significa que el ejército haya salido y patrulle, disfrazado de civil o agente policiaco, las calles y los campos, requise a las personas inyectando, sólo mirando, el miedo suficiente para que uno se paralice. Entonces los subieron al avión, los llevaron sobrevolando el mar, a dos horas de Iguala y luego, vendados y amarrados los empujaron. Cayeron, destrozados por el agua en una tortura que se practica en Guerrero desde los primeros alzados, contra el ejército de pobres de Lucio Cabañas, en los años sesenta. Cabañas, otro estudiante de Ayotzinapa, secuestró en 1974 al candidato a gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa. Después de rescatado, el ejército pulverizó el levantamiento. Quizá una delación o un descuido. Pero el capitán Bravo Torres le dio el tiro de gracia al normalista, quien quiso suicidarse para evitar la captura, fallando porque así lo cuenta la versión oficial.

En la tierra de los vivos, de los perdidos en sus comienzos, cinco camionetas se emparejan en la autopista. Una detrás de otra, alcanzan y enseñan sus armas. Firmes ellos, sentados en sus máquinas, ni siquiera miran a través de las ventanas y pasan los retenes con el permiso de alguien del que nunca sabremos.

No, no queremos estrechar sus manos, cantar sus corridos, distinguir el disparo. O quebrar, como ellos me quebraron, el árbol de la vida que habíamos hembrado a pesar de todo.

Les apunto, con la mano amartillada en el volante.

Aquí están las balas, carniceros, en este camino que no lleva a ningún lado.

 

II

Ni siquiera las sierras más elevadas están al nivel de Llano de la Parota, un pueblo de la Alta Montaña en Guerrero, perdido en la red de brechas excavadas a güevo, en laderas y precipicios, por donde se meten las camionetas y caminan los que van, los que vienen.

Encuentra su origen en los fondos más abyectos de Ayutla, el último pueblo del sicariato, donde autodefensas y soldados se ponen de acuerdo, más que pelear, por el control del municipio y su inseguridad. Las entradas son nidos militares donde, para pasar el tiempo, los soldados mascan algo y se sostienen en sus propias armas como bastones municionados, apostando cómo será el próximo detenido. Empapados en sudor, su piel es una mezcla de cobre que asoma entre el uniforme y las gorras. Nadie bebe pero tampoco, nadie, está preocupado. Cuarenta o cincuenta de ellos dejan pasar a todos, pero no sucede lo mismo al salir. Nadie en esa piquera, que allá le llaman “control”, es blanco, ni siquiera mestizo. Todos, sin excepción, son indígenas.

Aquí ninguno pregunta dónde están nuestros hijos.

Hace poco campesinos de 70 pueblos de la región bajaron de la montaña, vinieron del mar y reclamaron a los armados por la ayuda que le dan al narcotráfico. Ellos, los pobladores, se encararon para darle forma, otra vez, a una escena que se hace costumbre. De frente, formados, sin romper línea, los militares aguantan la embestida con caras de piedra y barro, apenados por no poder sacar los puños, enseñarles lecciones a los desharrapados. Son más altos, están mejor comidos y tienen razones para estar allí. Casi todos concuerdan en el origen miserable y violento que necesita desquite a cambio de obediencia ciega. No es que no tengan ojos. Poco a poco, esos, los que aguantan formados en Ayutla con sus cascos verdes o grises, se quedan sin opciones y usan la razón cuando el reglamento lo permite.

Los soldados sirven para morir, les han indicado.

Porque matar es matar, dice uno que conozco, que no está en Ayutla, aunque lo mismo da. Se meten a los campos donde siembran mariguana, los jardines que en Colombia parecen amapolas pero amarillos. Pisan con cuidado para no estropear el trabajo que otros, más jodidos, han hecho para ellos, mientras los buscan. Los encuentran pronto, escapados hacia el monte y allí los ajustician, cuchilleros, para que sirva de lección. Los que dejan vivos ya no escapan y ese miedo les obliga a trabajar para el ejército. Eso dijo uno de ellos, de los que no están en Ayutla pero que andan por allí, patrullando, nada más patrullando. Ya luego les gusta.

Que sí, ellos lo dicen.

En el retén de Ayutla pasa la camioneta cargada de medicamentos controlados sin una sola mirada bajo la manta ocultadora que, de todas formas, hace un bulto del tamaño de una habitación. El militar hace la seña de seguir con la mano extendida, aburrido hasta la madre mientras sus compañeros se divierten con motoristas, que ingenuos pero rudos cayeron en la red. Sus barbas o su estatura, ni siquiera sus lentes oscuros, impresionan a nadie que cargue un arma. Arrinconados, bajados de las motos, observan a los soldados acercarse risueños a sus caras compungidas mientras les preguntan por la marca de las máquinas, porque “qué chingona está, se parecen a las nuestras”.  De ese lado, a mano izquierda, están los soldados. Del otro, una mujer vende jamaica, sus pétalos secándose en la acera. A veces, uno no elige para dónde mirar y esa elección, no escoger, apunta a la cara, llena el corazón de agujeros.

 

III

Ayutla apenas es una calle con camellón y palmeras, chapetas de Coca – Cola aplastadas en la vía y camionetas 4 X 4 cargando combustible. Cada esquina es el derrumbe de la montaña, la construcción de su ladera hacia abajo, como si el cimiento fuera cima y excavara desde el aire en busca de sostén.

¿Qué es lo que miro, pisando el tepojal, acordándome cómo suena, resbalando bajo las botas? Su ris-rás es voz que dice. Sólo piedras que alguien levanta y estrella en la pared pero que generan la proximidad, el apuro por seguir adelante, pasar por lo menos el retén de las autodefensas, muy militares, que esperan la propina de los automovilistas, si quieren o pueden.

Entonces el cielo, a falta de agua, es azul todavía.

Las autodefensas no sólo cobran, también caminan las calles polvorientas en esa Ayutla perdida pero recordada porque allí se encuentra la comunidad de El Charco y la escuela Caritino Maldonado Pérez, donde murieron 100 militares en un combate contra la guerrilla del ERPI  y civiles. Otra ejecución, en realidad, cuando los sobrevivientes escucharon, el 7 de junio del 1998, los Hummer subiendo la ladera en la montaña, trayendo las noticias de una guerra que todavía no comenzaba. “¡Vengan por nosotros, hijos de la chingada!”, gritaron los del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente cuando vieron que los soldados mataban al primero que salía del parapeto en el que se había convertido la escuela. Zenón estaba rendido, el arma depuesta, los brazos en alto cuando recibió el disparo. Lo último que oyó fue un “pendejo”, escupido desde el desprecio más transparente, impersonal en esa madrugada de conspiración y reclamos. El Charco fue la tumba de cien militares que se tirotearon entre ellos, enceguecidos por el humo de sus propias bombas, y de 11 civiles, que enfrentaron la incapacidad de 500 soldados, entrenados para matarse sin miramientos.

Es que en Guerrero hay algo. Por lo pronto se trata del oro y la goma de opio.

Así comenzó la subida, hasta Llano de la Parota. La negrura absoluta sólo permitía mirar de frente, por donde bajaron, después de hora y media de ruta, cinco jóvenes alumbrando con una linterna. Iban con las piernas desnudas, negros todos, deslizándose en el silencio de la orilla, plantando sus caras en el polvo de la ventana, dejando la risa de sus dientes incompletos.

Tengo quince años y acabo de pasar por la primera crisis epiléptica.

Entonces el cuarto ése olía como ahora, un polvo metiéndose a la nariz, bloqueando el respiro, la suave pendiente de algo que mucho tiempo fue lo mismo que la muerte, la ventura del aguamala y las caras apenas borrosas entre la bruma y los árboles alrededor. Esa conciencia epiléptica daba vueltas, giraba abajo depositando en el agua una inexactitud que ya sucedía.

Aquí, en la subida, me pregunto quién es Blanca Varela, enferma de cáncer, habitante de ollas y cocinas mientras una sombra recorre el techo y sus llanuras. Tú me consumes y yo te miro, imperfecta como una orquídea. ¿Cómo es posible que estés en otro país y yo te quiera, aun con el corazón acuchillado?

Esta latitud que se desangra ubica frente a mí tus ojos y sus torbellinos.

¿Me diste la mano?

¿Me suspendiste en el aire, como una maga?

Ojalá encontremos una excusa pronto, antes que esa montaña me desbarranque para siempre.

Divagaciones sobre la muerte de un chapulín

* Si alguien le dijera al joven Emilio que las carcajadas del Chavo eran grabadas, ¿perdería la cabeza? Azcárraga confunde esos gorgorismos con las risas de pueblo jodido, de plebes, que gobiernan los guapos y se aventura en su discurso diciendo que Chespirito es maestro del humorismo blanco. “Síganme los buenos”, les dice a sus amigos, congelados en sus asientos y que con cara de muerto siguen atentos por ese angosto desfiladero. Aplausos. Sonrisas desdentadas.

 

 

 

Miguel Alvarado

Viene Chespirito.

Viene muerto.

Cargado siempre por algunos de traje y guante blanco, colocan su ataúd en una camioneta de redilas adaptada para que, como un “Chavomóvil”, pasee el cadáver de un hombre que, dice Televisa, hizo reír a todo México.

Tres días después y desde el 28 de noviembre del 2014, Chespirito, que se llamaba Roberto Gómez Bolaños acapara toda la señal del pobrísimo Canal Dos, el Canal de las Estrellas. No recuerdo bien sus programas, pero hay que verlos. Los pasan en la tiendita de excrecencias de Emilio Azcárraga, a quien unos le ponen un “don” anticipado a su ilustre apellido. Tiene Emilio todo el gang, toda la finta de sentirse un hombre poderoso que ha sabido sumar y restar pero que apenas sabe leer. No dicciona ni enfatiza pero pronuncia ante sus empleados. Cualquier cosa estará bien, entonces, porque sus discursos, más aburridos que los de Peña Nieto, de todas maneras serán festinados.

Se llama la vacuidad. No duele, pero es como un jeringazo.

Entonces aparecen las repeticiones, maravillas enlatadas donde las escenas nunca mueren. Se pixelan o pierden algo que se llama nitidez, que no es otra cosa que la tecnología para el hambreado. Pero ahí está. Se ve. Se escucha.

Aparece ese que, dicen, era un gran actor, libretistas, director y así en una época en que en Televisa se tenía que hacerla de todo porque los emilios no estaban dispuestos a pagar los sobreprecios. ¿No había camarógrafo? Pues uno, que fuera, órales, vas.

La escena es sobre unos sombreros. Uno le quita el sombrero al otro y lo pisa. Luego es el turno del contrincante. Dos minutos y 48 segundos después la trifulca se resuelve. Eso fue mucho, demasiado para hacer reír a alguien. De verdad, no hay risas, ni un esbozo.

Si alguien le dijera al joven Emilio que las carcajadas del Chavo eran grabadas, ¿perdería la cabeza? Azcárraga confunde esos gorgorismos con las risas de pueblo jodido, de plebes, que gobiernan los guapos y se aventura en su discurso diciendo que Chespirito es maestro del humorismo blanco. “Síganme los buenos”, les dice a sus amigos, congelados en sus asientos y que con cara de muerto siguen atentos por ese angosto desfiladero.

Aplausos. Sonrisas desdentadas.

No hay respeto para los muertos.

Gómez debió enterrarse adecuadamente. Lo expusieron, de la manera más vil, a la depredación. Y ahora es carroña mediática.

Aplausos. Risillas traviesas.

A Emilio le funciona el chiste pero nadie lo sigue. Las risas grabadas no estaban listas. Humorismo blanco, como ladrón de guante blanco, debe ser una invención elaborada en la avenida Chapultepec número 18.

Viene Chespirito. Bueno, se va.

Este Chespirito es un método. Chespiritu, diría Fátima con esa u que se ayahuasca, que redondela caminando con su Iphone quién sabe dónde, con su cicatriz como un anagrama que pende de su boca, como un pétalo.

Y en México lo que se dispara no son sólo balas. A veces los consejos, esos que sopla la pantalla LED o como se llame, la que está en la sala, son los más mortales.

– Porque los de Ayotzinapa cerraron las carreteras –dice “Lolita”.

– Porque el América es un serio aspirante al título –dice Alarcón.

-Porque Chespiritu era el más grande escritor de todos los tiempos, bueno, de la televisión –dice Chabelo.

Porque Ayotzinapa corre el riesgo terrible de convertirse en una moda y también nuestros muertos. Los que los mataron dictan esa moda y ahora salen a decir que todos somos lo que somos y que si no nos parece que llamemos al 911. Y que hay un funeral.

Y es que ahí viene, pero está muerto y eso no está bien porque hace mucho calor.

Pero en Iguala, el primero de diciembre del 2014 los normalistas queman autos cuando irrumpen en la Fiscalía de Guerrero. Y en el Zócalo se pintan los rostros de los 43 desaparecidos visibles. Los otros, de los que no sabemos, se deben conformar por ahora con saberse gritados, buscados, llorados.

Y todos los ejecutados y lo que venga corren también el riesgo de convertirse en esa bandera de Televisa, que tiene el poder de transforma todo lo que toca en algo parecido al guano, pero con tufo.

No se puede defender el trabajo de alguien que no hizo lo elemental. Las horas-tara son lo más lamentable. El tiempo perdido, el infravalor es la herencia del Chéspiro para los dizque millones que lo vieron. ¿No se podría entender México sin el Chapulín Colorado? Para Televisa, parece que no. La repetición de los programas de Roberto Gómez Bolaños obedece a que Azcárraga no puede pagar mejores producciones. O si las pagó, no le funcionaron. Las repite en defensa propia. Las nuevas caducan en una semana, quizás en menos y la supermemoria mexicana las manda al carajo en cinco minutos, junto con las trampas electorales. La repetición del Chéspiro no es, pues, fortuita. No existe el “porque usted lo pidió”, pues ni siquiera hay ventanilla de sugerencias en esa dictadura de señales abiertas.

Yo digo que no hay que ser pobres y que no hay necesidad de que los haya.

El Chéspiro dice que está bien ser jodidos. Hasta da risa.

Que está bien estar vivos, no importa cómo, dice.

Roberto Gómez se acerca en ese carro terrible, mosqueado, apestando al cariño emanado del engaño, rumbo al estadio Azteca. ¿Cómo se puede querer a la televisión, a uno de sus personajes? ¿Y si se mueren Paty Chapoy, la señorita Laura?

¿Cómo se puede querer a la televisión?

A veces, uno no saluda ni a sus hermanos.

Y entonces.

Ya.

Porque a nadie le interesan los perritos chihuahueños, la bondad que Gómez Bolaños practicaba desde muy privada vida. ¿Eso qué? ¿Daba limosnas? ¿Estaba a favor del aborto? ¿Daba clases de historia?

Que alguien levante la tapa.

De seguro ese sarcófago está vacío.

Ya nos quitaron todo

Miguel Alvarado

*

Nos toca la guerra

que lame las ciudades después de tragarse el campo.

Nos toca el exterminio, matanza planeada

mientras hay un saqueo

mientras queman las puertas.

*

El 7 de julio en Cocula, Guerrero, 30 niños fueron sacados de su escuela y llevados en autos de la policía, nadie sabe a dónde. El 26 de septiembre del 2014, los 43 estudiantes de Ayotzinapa. En octubre del 2014, unos 20 niños fueron secuestrados por hombres disfrazados de payasos en la ciudad de Zitácuaro, Michoacán, a dos horas de Toluca. Los padres se dieron cuenta y rescataron a algunos. Días después los niños aparecieron muertos en la laguna cercana, abiertos en canal, con las entrañas expuestas, rellenos de billetes. “Gracias”, decían unos papeles desgarrados.

El viento empuja allí las olas, en sus playas grises

donde tirábamos piedras.

*

Amada Fátima

(ya sé

pero y si un día no puedo decirte)

*

Se comienza por el nombre de Uno. Así empieza la cuenta. Uno. Puede ser cualquiera. Hombre o mujer pero en este caso mexicanos. Allí está ese Uno, desparecido, pero allí está, presente mirando desde una foto, el nombre mismo, reclamando con nosotros. Los demás, los otros Uno que no pueden (nosotros podemos) o no saben (nosotros sabemos) expresarse (nosotros debemos expresarnos) de todas maneras están (nosotros estamos). Se miran los zapatos (nos miramos), las arrugas del suelo, las sombras que nos acuchillan.

Esta fue la marcha de un millón de personas, del 20 de noviembre del 2014, en la ciudad de México.

*

Dos

Julio César Mondragón tuvo que morirse para que otros se dieran cuenta de que México es una bandera negra, sin águila. Tuvo que morirse, aguantar que lo desollaran vivo, que le quitaran los ojos. Nadie sabe para qué sirve una marcha de un millón de personas pero casi todos entienden que sin marcha no habrá nada en el porvenir. Julio César Mondragón, normalista de Ayotzinapa, es un muerto confirmado en un cementerio de proporciones inauditas. Nuestros muertos son Julio César y sus rostros son el suyo. Aquí están los tíos de Julio César y su esposa. Ella camina como si no pisara el suelo, ausente, con un niño en brazos. Ella dice que nadie la escucha y se tambalea. De un lado a otro. Como yo lo hacía hace unos años. Como lo hacen muchos que veo ahora que puedo levantar la vista, que me digo que estoy despierto.

*

Tres

Tus muertos, los míos, los nuestros. Los que estamos queremos vivir en paz. A las cinco de la tarde del 20 de noviembre del 2014 apenas hay 10 mil personas reunidas en el Ángel de Reforma. Nadie reclama nada porque nadie es acarreado. Nadie ha recibido ni siquiera un chicle por estar. Nadie encabeza. Nadie organiza. Todo va perfectamente.

Me gustaría comerme contigo un perrito caliente, una paleta de kiwi, hacer un plan para asomarnos a la esquina donde venden los dulces.

Dejar atrás las banderas negras, el Metro helado, por un momento la historia de Blanca Varela.

Mirar atrás, como ese auto que avanza.

*

Cuatro

Por la mañana las redes sociales publicaban fotos de militares vestidos de civil viajando al Zócalo del DF. Un enfrentamiento entre embozados, a los que la televisión llama anarquistas, preocupa. La tele los difunde. “Lolita” Ayala, Milenio, conductores de noticias apegados al gobierno, las cadenas de Televisa y TV Azteca están muy preocupados. “Mejor no vaya a la marcha, es muy peligroso”, dicen los locutores a las dos de la tarde mientras pasan las imágenes. Cientos de granaderos se “defienden” de los violentísimos enmascarados. Al mismo tiempo, ciudadanos publican en redes sociales a soldados en el Zócalo y en los estacionamientos subterráneos del palacio nacional. Es así. Los embozados son policías o militares. O en el último de los casos son contratados, están en la nómina de los gobiernos. La violencia del Estado contra el Estado. Es una inversión al estilo del presidente Peña Nieto. Los anarquistas fabricados son rudos y están entrenados. Tienen acondicionamiento físico y aprovechan los momentos, los paréntesis, para manipular. Ellos son la excusa para criminalizar las protestas, para cargar contra los manifestantes. Son la raíz del miedo en la calle. El Estado golpeándose a sí mismo para poner el ejemplo y justificar lo que viene. Hay fuego, vuelan las bombas Molotov arrojadas con destreza de gendarmería, aunque no dañan a nadie. Es pirotecnia, escenario de una telenovela, como las que le gustan a la Primera Dama, a la tal Gaviota.

*

Cinco

– ¡Nos vemos en la tarde, zorra! –gritaba por la mañana uno de los soldados a una mujer que tomaba fotos de esos camiones repletos de vergonzosa soldadesca.

Yo creo que no hoy, pero sí uno de estos días habrá una masacre

porque los ciudadanos no tienen armas.

Y entonces qué.

Lo que he visto es que eso es lo que buscan los militares y creo que un día eso pasará.

Que estarán las tanquetas y habrá los muertos que necesita esa cosa que llaman Estado.

En México los militares mandan. En México los militares mandan. Lo demás es mentira. Lo demás es mentira. Y nadie se da cuenta.

El objetivo es salir. Escribir si se puede. El objetivo es no pensar porque entonces no podría hacer nada de nada. Que pase la estampida.

*

Seis

El Ángel, sede para ritual de vanidades, frívolo círculo usado para vitorear al América o las más heroicas derrotas de Televisa Deportes, esta vez es lo que debe ser. A los jóvenes nadie les dice que deben llevar cruces, simples, de papel y pararse en las escalinatas. Allí forman, sin querer, un panteón viviente y pujante ni que entonen el pase de lista. Del uno al cuarenta y tres. Entonan, sin gritar. La mayoría de esas cruces de carne no tienen 25 años y los ojos cafés o negros. A esas cruces les alcanza para decir “Fuera PRI”, “Corrupto EPN”, Renuncia EPN” o “Nos faltan 43”.

*

Siete

No es que Peña sea nada más inepto, que lo es. Se le juntó todo. Concediendo que él toma las decisiones, quiere gobernar México como lo hizo desde Toluca. La “colombianización”, la “balcanización”, para México significan, además, otra cosa. Genocidio, limpieza étnica, limpieza social, división de castas. ¿Eso como se llama? El Grupo Atlacomulco, esa entelequia, representa hoy, aquí, ahora, el fracaso de todos los partidos políticos, de todos los políticos. Representa el permanente baño de sangre. Peña es un símbolo y es responsable. Es un hombre que ha dejado que hagan de él un papalote. Pero no es el único.

Y yo me quiero ir pero me quedo.

*

Ocho

Antes de las seis de la tarde la multitud es incontable. Llegan los camiones que transportan a los padres de los normalistas de Ayotzinapa. Llegan sus compañeros. La gente les abre paso. Dos camionetas encabezarán la ruta hasta el Zócalo cuando todavía hay luz. Los padres de los muchachos secuestros se bajan y caminan entre la gente, que los recibe con aplausos. Nadie grita, nadie dice “ése es mi líder” ni compone arengas ingeniosas como “Enrique, bombón te quiero en mi colchón”, que usaba Peña en sus múltiples campañas populacheras.

Nada. Sólo aplausos, una conmoción, un dolor negro, muy negro.

*

Nueve

Pero ellos, los padres, apenas miran. Caminan con sus camisas blancas y sus gorras y sombreros con los ojos como un lago y en los pómulos la dureza de no dormir. A veces miran a uno. Y uno sabe y sí.

Son el reflejo.

*

Diez

Detrás de ellos están los estudiantes. Los normalistas. Desde la televisión dicen las “lolitas”, las “adelas”, los “joaquines”, los conductores pagados por el gobierno, que son vándalos.

*

Once

Los jóvenes sobrevivientes de la normal Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, en Guerrero, caminan detrás de los padres.

*

Doce

“México huele a muerte. Hijo, mientras no pueda enterrarte, voy a seguir buscándote”, dice la pancarta de una mujer, que despliega cuanto pueden sus brazos. Sus manos tienen las uñas pintadas de rojo y sus aretes, de oscura plata, terminan de bordar el sombrero negro que la cubre.

Por encima de su cabeza, una bandera negra intenta ondear.

Ella está en silla de ruedas y camina por encima del agua.

Pero no hay viento.

*

Trece

“Queridos hijos: el profundo dolor que nos causa su desaparición será transformado en una lucha constante para exigir que nunca más sean silenciadas sus voces, encarcelados sus sueños ni mutilados sus cuerpos. Las mujeres no parimos hijos para que sean asesinados”.

*

Catorce

Selene: no te hubieran gustado las banderas negras ni siquiera porque el águila resalta más y las tunas se ven más verdes o azules, según el modelo usado. Sé que hubieras caminado con los padres de los chicos y gritado las consignas, cantado las canciones, donado la ropa, entregado despensas, destinado dinero. Abrazado. Besado. Llorado. Golpeado.

Ellos ganan si me olvido de ti.

*

Quince

Una gorra del Ché. El 43 trazado con pintura blanca en la cara de algunos. La foto de Miguel Ángel Mendoza Zacarías. Los granaderos representados en una manta blanca, apenas borrones infantiles. Cientos de manos alzadas atravesadas por redes, cardumen humano de extremidades rojas y miles de pancartas blancas. La avanzada está a kilómetros y a su paso quedan las pintas. “Fuera Peña”, dicen casi todas.

*

Dieciséis

A un joven normalista lo acompaña su madre. El muchacho mide casi 1.80 metros y viste una sudadera azul, pantalón de mezclilla. Usa paliacate rojo y las grecas blancas le surcan donde la tela le cubre el rostro. Sólo sus ojos quedan descubiertos. La sudadera tiene una capucha azul. Cubre su cabeza con un casco de ciclista y lleva en la mano un mazo de madera, en el cual ha escrito que “nos faltan 43”.

*

Diecisiete

Hoy, decir cansado, suponerse cansado es referirse de inmediato al minúsculo procurador Jesús Murillo Karam y sus desastrosos desaseos mentales, sus omisiones asesinas. Los ojos descubiertos del muchacho miran la lejanía de la avenida Reforma, la culebra que pronto tendrá 2 millones de patas y respirará epiléptica. La madre le sostiene la mochila y le cuida el flanco. Él debe tener 20 años y su madre unos 40. Ella aprieta la boca por un momento y sonríe. Luego le dice: “órale, cabrón”.

*

Dieciocho

El grito lo lleva abajo, escrito en letras rojas, en un papel café de cuatro metros que le ayudan a llevar. Dice “grito” en letras rojas, claras y lo sostiene con una mano. En la otra lleva una cruz con las fotos de Karen Joanna, Jessica Lucero y Marianne Luna. Están muertas o desaparecidas.

Ella tiene rojas las manos, de tanto gritar con los puños.

*

Diecinueve

Vienen los caballos. Vienen los de Atenco. “A esos los madrearon bien cabrón”, dice alguien a una extranjera que los mira. “No, no recuerdo cómo o por qué. Pero los madrearon y ora quieren poner un aeropuerto en sus tierras”.

El río humano es kilométrico. Una hora después de la partida, todavía no terminan los contingentes de salir del Ángel. Desde arriba ese cárnico río es verde y sus islas son moradas.

*

Veinte

Nueva York sueña todas las noches con taxis amarillos

un canto de sirena

cosas saludables

Lo que más me gusta de ti es

tu mirada que mira como una flor, un grano de café

la cicatriz que tienes en la boca

la mano que extiendes

mientras miras por la ventana, tomándote tu tiempo.

*

Tu casa está intacta

la guerra no la destruirá.

*

Veintiuno

Ella está parada a un lado, en las riberas del agua humana. Llora despacio, vestida de negro, sosteniendo algunos periódicos. Ella aparece en las fotos. El titular dice “Denuncia vecina abuso policiaco”. Llora hasta que alguien la ve. Su pulsera roja, de plástico, se agita mientras cuenta que la policía la quiere matar por haber hablado. Abre la boca, tragada ya por la noche y las luces a sus espaldas. Los corporativos, pétreos, salvajes, salvaguardados por vallas metálicas de tres metros de altura, la miran con sus ojos aventanados, atestiguan el paso de la Nación Peña Nieto.

Ella dice: me quieren matar.

Y dice. Y sigue diciendo mientras llora.

*

Veintidós

Los normalistas de Ayotzinapa marchan en orden. Apenas son unos cuantos, no más de 30 aunque parecen más por la bulla que hacen. Cuatro líneas de siete muchachos, a lo sumo. Llevan los escudos policiacos, esos transparentes que los granaderos ocupan cuando cargan contra uno en las manifestaciones. Todos usan cascos para la cabeza. Algunos, rodilleras y cubren la mitad de sus rostros con paliacates de colores. No se parecen a los que atacan con bombas incendiarias a los policías. No son tan altos. Ni viejos. Sólo estudian y tratan de vivir.

*

Veintitrés

Y claro, tratan de cambiar el país. Pues de eso se trata.

Le gritan de todo a Peña Nieto.

Pero sus ojos. Allí habitan algunas respuestas. Que otros los describan, reproduzcan sus frases. Las mismas fotos los dibujen.

Es un honor caminar a su lado. Uno no podría caminar así al lado de un pelotón policiaco. O de Murillo Karam. O de Peña.

*

Veinticuatro

A la altura de Bellas Artes se unen familias. Aparecen los niños, se desvanecen los colores. Hay rubios y morenos y se mezclan y todo eso. Caminan en calma. No hay un solo empujón. Las pancartas siguen desplegadas y el Zócalo está a la vista aunque las calles se estrechan porque las vallas metálicas las cierran.

*

Veinticinco

El contingente da vuelta en Eje Central. Los muros impiden el paso por la calle de Madero. En ese momento ruidos como mazazos hacen voltear a los caminantes. Las vallas sobre Madero, una a una y en un santiamén, se derrumban.

*

Veintiséis

– ¡No se acerquen, es una provocación! –gritan desde la oscuridad del contingente, que se abre como si un cuchillo la penetrara, aunque una columna ya se dirige al boquete. Allí, hombres a rape terminan de destrozar aquellos muros mientras se aseguran de que se les tome fotos. En cinco minutos los hacen trizas y se incorporan, sin correr y con una bandera blanca pintada con espray morado, sobre Madero, rumbo al Zócalo. Repentinamente, dos o tres jóvenes, pequeños y delgados que han estado allí, observando nada más, arengan porque sí:

– ¡Vénganse por acá, la calle está abierta!

Desde las sombras, también aparece un grupo de personas, que se encadenan entre ellos para impedir el paso.

– ¡No hay paso. Es una provocación! –gritan sobre todo las mujeres, que así impiden que una parte del contingente se desvíe. Por detrás, sin embargo, los mismos jóvenes siguen el griterío. La multitud no se engancha. El milagro sucede y la cadena humana se mantiene firme el tiempo necesario. A los alborotadores se los traga la calle recién abierta. De todas maneras, la avenida Cinco de Mayo parece una ratonera.

*

Veintisiete

Un hombre hace señas con las manos levantas. Ora señala acá. Dos dedos, la vista a la derecha. La mano izquierda en el hombro derecho. Tres dedos. Luego las cambia. Otros le responden de la misma forma y las señales se trasmiten por esa calle abierta. Un joven ondea su bandera negra, pero esta vez los bordes brillan. “Estado Fascista”, se lee pintarrajeado en una de las vallas sobrevivientes.

*

Veintiocho

Calles adelante los que derribaron las vallas se incorporan al grueso de la marcha. Nadie les dice nada pero les hacen el vacío. Su bandera blanca y morada los señala. Una de las torres de la Catedral marca iluminada ese destino que significa el centro de la ciudad más grande del mundo. ¿Nueva York? ¿Tokyo? Hoy, esto es el centro del universo.

*

Veintinueve

En el Zócalo se ha quemado ya la imagen de Peña Nieto y ni siquiera la mitad de la marcha ha podido ingresar. A estas alturas ya calculan un millón de asistentes. Nadie sabe cómo contar, excepto la conductora de Televisa, Adela Micha, quien dice que unos 25 mil manifestantes, sí, se manifiestan. Y luego, estúpidamente, sonríe.

*

Treinta

La que sigue podría ser una hermosa mañana, como esa del 3 de octubre de 1968, soleada y muchas gracias porque algunos sigamos respirando. ¿Verdad, Jacobo Zabludowsky?

*

Treinta y uno

Es Tenochtitlan sitiada, hambreada, diezmada por la peste y los españoles, alumbrada por miles de antorchas y la certeza absoluta de la muerte por lanza. Es esa misma la que ahora, esta noche, observa casi reverente cómo ese títere de Peña es colocado en medio de la plaza a oscuras y alguien le prende fuego. La gente grita y su alarido es gozo pero también es lo otro, porque es inevitable recordar la pira que ardió por 16 horas en el basurero de Cocula en Guerrero y que Murillo Karam vende al mundo como verdad científica. Él, casi analfabeta, un político a lo sumo, dice que los 43 que faltan ardieron hasta las cenizas y que sus dientes se desintegran si se tocan. Qué minúsculo se le recuerda en este otro fuego, en la antigua Tenochtitlan, caída hasta lo último, cuando ya la muerte no tuvo ningún valor.

*

Treinta y dos

Peña arde y se consume pronto. La hoguera primordial lo devora vudú y hasta el Campo Marte, la Zona Militar Número Uno, donde lo cuidan los “guachos”, le llegan los reportes.

Pero qué le dirían los señores soldados, con ese tacto al estilo Tlatlaya.

Lo están quemando, señor.

Pero no se apure. No durará mucho. El suyo es un muñeco de cartón.

Ya se le cayó la cabeza, señor, ahora rueda por la plancha del Zócalo y le toman fotos. También la patean.

¿Un refresco, señor?

Qué le dirían.

No, eso no fue así.

A esta hora México-Tenochtitlan está hasta la madre de sacrificios humanos.

*

Treinta y tres

Algunos llevan veladoras y bailan. Los modernos rituales deben cumplirse porque “el que no brinque es Peña, el que no brinque es Peña” y la calle entonces se ondula por unos segundo y las risas rebotan en los palacios de los tiempos de la Colonia. Los espectros de Jerónimo de Aguilar y su compadre Cortés, a la luz de las irreverencias, se proyectan cada vez más ominosos. El carácter de Peña es inversamente proporcional a la imagen que Televisa le ha construido. Hay que voltear al tenebroso Estado de México. “No se metan con el Estado de México”, les dicen los editores del diario Reforma a sus reporteros.

*

Treinta y cuatro

Y este Narcoestado que no encuentra otro sustento que venderse a sí mismo, está por reventar. Habrá señales. La primera será la huelga generalizada, que se avizora a la vuelta de la esquina. La paralización de la economía, el temible down sistemático, controlado desde la negrura de Obama y sus asesores terminará por derrumbar la nación de Enrique.

A lo lejos, las sirenas rompen el ritmo a los pies estudiantiles que azotan las vallas en Cinco de Mayo.

*

Treinta y cinco

El más temible de los carteles es un “Fuera Peña” con la imagen del presidente y sus ojos arrancados, como comidos por los buitres. Ahora, el nacido en Acambay o la colonia Condesa o Atlacomulco o Toluca, ya no importa, deambula por el Zócalo, enceguecido.

El más temible de los carteles.

El más temible de los cárteles.

*

Treinta y seis

Alguien disfrazado de muerte recorre las calles con un letrero que dice “México”. No va con el contingente pero sí por las banquetas, encapuchado, con la cara pintada de blanco, como una calavera. Apenas se nota porque procura pasar por detrás de quienes ya forman un muro. Se desliza y toca con cuidado las espaldas para que algunos, al menos, sientan ese roce. Eso es México a las ocho de la noche. El roce de un muerto a las espaldas de alguien.

*

Treinta y siete

Los chicos pateaban las murallas y en sus cuerpos asomaban los mensajes.

*

Treinta y ocho

No había nadie que lo defendiera, que dijera, bueno, dénle chance, ya verán cómo no es lo que parece, cómo no es así. No había nadie. Se entiende que en la calle no aparecieran, pero ni siquiera en la comodidad del facebook.

*

Treinta y nueve

“La calle es de quien la trabaja”.

*

Cuarenta

Luego hablaron los padres, los alumnos, llegados ya a las puertas del palacio. Atrás de ellos, del templete instalado, una hilera de policías aguardaba. Allí los descubrió la muchedumbre. La mayoría ni cuenta se dio. Los de Guerrero, los padres sin hijos siguieron hablando. Algunos los escucharon, otros no, porque ese millón que marchaba apenas alcanzaría a llegar antes de las nueve y media de la noche, justo cuando los padres huérfanos terminaban, cuando los policías comenzaban las detenciones.

*

Cuarenta y uno

Una ola humana se desató. Desde arriba se veía una cascada de luces moviéndose por la plancha del Zócalo. Los policías cargaron y golpearon a diestra y siniestra. Les valió madre que hubiera niños. Así, la detención arbitraria de 31 personas, casi todos estudiantes, casi todos menores de 30 años, derivó luego en la consignación de 11 de ellos, acusados de terrorismo contra el Estado.

*

Cuarenta y dos

Ellos, incluido un chileno, fueron enviados a penales de Veracruz y Nayarit. Los nuevos terroristas fueron puestos tras las rejas en menos de 48 horas mientras Murillo no puede encontrar a los 43 normalistas, luego de dos meses de búsqueda. Tampoco puede encontrar ni capturar a todos los culpables y piensa hacer creer a todo un país una versión sólo apta para el Grupo Atlacomulco. Murillo y su PGR confirman el retraso mental sospechado. Su Narcoestado, su Narcoestado Terrorista encarcela ciudadanos parados, que miran una tarima, la noche del 20 de noviembre del 2014.

*

Cuarenta y tres

Enrique Peña es un símbolo, un copete, por así decirlo. En un Estado totalitario como es México, donde el poder militar es el que manda, su caída no representaría nada. Al borde de la guerra civil, México no sabe qué sucederá, excepto que será saqueado o invadido. De todas maneras sus muertos superan ya a cualquier guerra contemporánea en el mundo. Yo sí creo que todavía falta lo peor y pienso en esa frase callejera, repetida por todos los medios.

Ya nos quitaron todo, incluso el miedo.

Más negro que la noche

* Ahora el México de Peñalandia promete la bonanza al estilo Televisa y el productor José María Torre es de los primeros en apuntarse para retomar el bodrio que en 1975 le dio fama a actrices como Lucía Méndez quien, preciosa, personificaba la malvada inocencia de la protagonista embrujada. Con ella aparecieron Claudia Islas, Susana Dosamantes y Helena Rojo, casi todas de medio pelo pero nadie se fijaba en sus cabelleras, eso sí.

 

Miguel Alvarado

Por ejemplo, “Más negro que la noche” es una de las peores películas mexicanas de todos los tiempos, ni siquiera tan acá como La Lechería o Los Plomeros y las Ficheras (1988), de los ínclitos “Princesa Lea”, Sasha Montenegro, “Polo Polo”, “El Comanche” y Olivia Collins. Pero ellos, feos y buenas, sabían lo que estaban haciendo. Eran películas para calenturientos que la ida adolescencia agradecerá por años. Allí se movía el bote y se echaban albures, unos ingeniosos y otros también aunque soeces. Eran los gloriosos años 80, en el siglo pasado, cuando la quiebra de la industria cinematográfica había orillado a algunos a hacer “videohomes” para evitar tener que trabajar como dios manda. Por eso nalgas tutankamónicas y tetas de copas imposibles poblaron las pantallas de las novedosas teles Sony, todas de fayuca o importadas por las tiendas Blanco, quebradas en 1992 y adquiridas por los dueños de Gigante, que ahora juega a la escuelita con las franquicias de Office Depot, entre otras.   

Ahora el México de Peñalandia promete la bonanza al estilo Televisa y el productor José María Torre es de los primeros en apuntarse y retomar el bodrio que en 1975 le dio fama a actrices como Lucía Méndez quien, preciosa, personificaba la malvada inocencia de la protagonista embrujada. Con ella aparecieron Claudia Islas, Susana Dosamantes y Helena Rojo, casi todas de medio pelo aunque nadie se fijaba en sus cabelleras, eso sí.

Y en tercera dimensión el fraude de esta producción se parece tanto a las entrevistas de Peña en los programas populacheros de Hoy, donde defiende exitosamente las reformas de su gobierno, incluyendo aquellas que él apenas entiende. Pero “Más Negro…”  es simple y la idea no es mala. Una mujer recibe una herencia y acude a la casa de su tía, difunta y millonaria. Allí está Bécquer, gato cabrón y encima negro que les hace la vida imposible a la chica y sus amigas, todas bellas y bien potables hasta que al final posee en cuerpo y alma a la beldad que es la sobrina y continúa haciendo el mal o al menos pretendiendo hacerlo. Al estilo de Eugenio Derbez, la película se cae apenas los créditos y pues ya no tiene caso. Lo más recomendable es ejercitar las manos con la pareja o de plano aceptar el destino y soplársela hasta el final.

Mientras “Más negro…” sucede, la nación de Peña Nieto toma forma casi a la par de las horribles pesadillas de las chicas en esa casa. Unos 300 conflictos sociales de cualquier tipo amenazan con estallar de veras, si es que no han estallado, y derrumbar el guajiro sueño del Grupo Atlacomulco. Ni tan guajiro, dicen los más entendidos en eso de las izquierdas o al menos de la oposición política en México. Según ellos, México se encuentra en el umbral de la noche más oscurecida, con rayos y truenos y hasta con Torre en ese reparto de aquelarre. Y es que todo fracasará. Las consultas para detener la reforma energética no pasarán, dicen, pero tampoco lo harán las intenciones priistas de cancelar a los plurinominales. En el primer caso porque tocará lo inamovible, lo supra-(aquí va lo que uno quiera): los bienes nacionales: el presupuesto público: los contratos de la nación: nada, cero. En el segundo, la consulta sobre los plurinominales, que se quedan o no está diseñada para ser rechazada por el Congreso, haiga sido como haiga sido, pero que quede la constancia de que los priistas cumplieron con una promesa que ya nadie recuerda si fue parte de la campaña de Peña. Porque los priistas lo dijeron, los plurinominales están en el ojo de la discusión, pero el Congreso o el Senado o los dos, que son uno mismo al final de cuentas, dirán que no, que cómo, que no manchen.

(La espotización comienza. Unos mil millones de pesos para anunciar en medios masivos, los más decentes, que ese día para algunos, o esa noche para la mayoría, efectivamente ha comenzado).

Y todo fracasará porque Peña no es el burro que todos critican, sino uno de los más maquiavélicos actores políticos que representa a la ultraderecha más inteligente y ambiciosa que ha pisado México. O sea, como diría La Gaviota, no es que Peña sea listo pero entiende su papel y lo cumple.

Hay razones para creer aquello de la noche más oscura para el México que ya no es, no porque el petróleo determine la identidad nacional, sino porque privatizado todo, el futuro que se avecina no parece ser otro que el mismo que se vive en la gran barata de Liverpool o del Palacio de Hierro. Uno se dará cuenta, poco a poco y cuando sea el momento, que el feudalismo del Grupo Atlacomulco y sus cuates en el poder y el empresariado, ha resquebrajado lo único que pervivía en el país y que es la inútil esperanza. Por un lado, una revuelta armada resulta poco menos que risible y por otro el cambio social, la conciencia colectiva deberá derribar primero los desenfrenados domingos de futbol o sábados o viernes, y después los partidos de la Champions y el desastre inglés del flemático “Chicharitou”. Luego, con suerte, eludir las barreras de intelectuales como Andrea Legarreta y el “Negro” Araiza o la comentadísima Laura G y su programa Sabadazo, estúpido hasta para ella misma.

En Toluca, el enfermo gobernador del Edomex, Eruviel Ávila, enferma de cistitis, padecimiento que significa que le duele cuando orina porque tiene bacterias en la uretra y la vejiga, y le ordenan 36 horas de descanso. Nadie nota su ausencia en el vacío administrativo mexiquense y hasta algunos señalan que es posible que las cosas se desatoren. Pero cuál. Todos cobran a tiempo y son felices y hasta en Zinacantepec alcanza para que se repartan apoyos a los ancianos y se les arengue para que usen una tarjetita donde se les deposita una lana para que la vayan pasando. “No tengan miedo de ese plastiquito, es para su bienestar”, dice la alcaldesa Olga Hernández Martínez desde una improvisada plataforma. Frente a ella, detrás de todos y subido en el quiosco del lugar, un policía juega con su arma como apuntando a la muchedumbre. La seguridad es lo que es y comienza primero con la discreción, luego con el apañe.

Todavía no está tan negro, ni siquiera es de noche, dicen unos que no vieron la película del tal “Chema” Torre.

Espérense a verla.

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