Dictadura perfecta

* La manipulación que ejerce la televisión es mostrada de manera magistral, sus alcances son ilimitados mientras exista una masa humana que los vea y les crea, explotando sus pensamientos y sentimientos, los productores son capaces de convertir en héroe al más tonto y si se lo proponen hasta mostrarlo como el más inteligente.

 

Luis Zamora Calzada

“Hijos de su… nos han visto la cara, ¿cómo es posible que nos engañen tanto…?”, decía entre otras cosas una señora sentada en la fila anterior a donde estábamos ubicados, su acompañante le contestaba en tono indefinible: “son chingaderas, siempre se los dije, nos mangonean sin que nos demos cuenta, es verdad que cada quién tiene lo que quiere,… nos lo merecemos por…”, continuaba.

Conforme las escenas avanzaban, los comentarios se desgranaban como maíz de una mazorca, fueron diversos y de diferentes significados, reflejando inconformidad, coraje, auto castigo entre otros.

Los hechos ocurrieron en una sala de cine, donde se proyectó la película “La Dictadura Perfecta”, el pasado 16 de octubre, dejando al descubierto lo que llaman en el comercio de la televisión la “caja chica”, consistente en la estrategia para editar e imponer una realidad inexistente en los amables televidentes, utilizada para diluir el impacto en la sociedad de escándalos, errores, desaciertos, violaciones al estado de derecho entre otros, cometidas por la llamada clase política, que paga según se muestra una fortuna económica para construirse una imagen, eliminar obstáculos, rivales y todo lo que se ponga en frente de sus ambiciones.

La manipulación que ejerce la televisión es mostrada de manera magistral, sus alcances son ilimitados mientras exista una masa humana que los vea y les crea, explotando sus pensamientos y sentimientos, los productores son capaces de convertir en héroe al más tonto y si se lo proponen hasta mostrarlo como el más inteligente.

El contenido de la película es la descripción de un proceso de imposición de una realidad ficticia, personajes y dramas colocados en el imaginario social, hasta construirlos como verdades en los menos informados.

La tesis planteada es el papel de elector único que jugarán las televisoras en la elección del presidente de la república para el período 2018-2024. Las despensas, la compra del voto, los utilitarios, los programas asistenciales de instancias gubernativas, la pinta de bardas, propaganda excesiva entre otros, son adicionales, simples complementos, el éxito está en la tele y en quienes no cuestionan la realidad impuesta, vale la pena ver la dictadura perfecta y formarse una opinión al respecto.

 

 

“Sube la gasolina”

 

Los lamentables hechos ocurridos el 30 de junio del 2014 en Tlatlaya, la muerte de veintidós civiles en manos del ejército sin juicio alguno y que sólo gracias a la presión internacional condujo a la cárcel a algunos militares, más la destitución del responsable de la zona militar a la que pertenecían, sin cerrarse aún el caso…

El despertar académico e independista del Instituto Politécnico Nacional, que logró la suspensión definitiva de planes reformados en perjuicio de sus carreras y la invalidez del reglamento interior, entre otros, continuando con una lucha para lograr su  autonomía  institucional, con marchas anunciadas y paros de labores en proceso.

La atrocidad de la muerte y desaparición de estudiantes de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, que concentra en estos momentos la presión nacional e internacional en contra del gobierno local y federal, con una Caja de Pandora abierta en su totalidad, con los contenidos que se alcanzan a ver, dejan impactada a la sociedad por el claro vínculo de gobiernos coludidos con la delincuencia, creando incertidumbre y zozobra en los habitantes de nuestro país, que se solidariza en marchas y manifestaciones de repudio a los acontecimientos que no pueden volver a ocurrir…

Por los acontecimientos anteriores, para muchos pasó desapercibido que la Cámara de diputados del Congreso de la Unión aprobó el pasado jueves 17 de octubre la Ley de Ingresos para 2015, fijando como precio de la gasolina Magna la cantidad de 13 pesos con 31 centavos al mes de diciembre del año en curso, gracias a los gasolinazos mensuales restantes, lo que se traduce en 33 por ciento más cara que en Estados Unidos.

En el mes de enero del año entrante, sobre el precio citado, aumentará 3 por ciento más, en un solo golpe contra la economía de los mexicanos. Aseguran los diputados que el aumento es equivalente a la inflación calculada, precio que se sostendrá hasta que la propia inflación requiera otro aumento a las gasolinas y el diesel.

Las consecuencias de estos aumentos son por todos conocidos. Subirán los costos de productos y servicios, el pasaje, alimentos, vestido, colegiaturas, por mencionar algunos, que traerá como consecuencia el aumento automático del famoso IVA, que pagamos los consumidores, a pesar de la promesa gubernamental de no imponer nuevos impuestos.

Nada alentador se ve el panorama de 2015 para la gente de carne y hueso, más vale prepararse para las sorpresas venideras, no nos vayan a agarrar descuidados porque camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.

El rey de los monstruos

* Para los mexicanos acostumbrados al gran dinosaurio la película no es ninguna revelación. Inevitablemente surge la comparación, malísima por inocente, pero más porque Godzilla se queda corto, contra el régimen político, del partido que sea, que domine la administración pública. La inmensa mole de aquella lagartija se echa encima de todos. Los mata a todos con tal de atacar el mal, que no es otra cosa que una pareja de novios de 250 metros de altura, negros carboníferos y con mala actitud ante las reglas de etiqueta.

Miguel Alvarado

Ahí estaba Eruviel Ávila muy sentado en la inauguración de la Feria Itinerante del Libro, en el centro de Toluca, acompañado, entre otras personalidades, por la alcaldesa de Toluca, Martha Hilda González Calderón. Toda la Plaza de los Mártires, donde los mítines políticos y las dizque protestas de Antorcha Campesina meten hasta 10 mil acarreados, fue dispuesta para tender unas carpas que más parecían tiendas de campaña de reyes cruzados o jeques anticristianos en plena batalla en algún desierto. Todo muy bien, la verdad, decían unos mientras Eruviel se soplaba una actuación bastante desastrosa pero eso sí, muy ridícula, de tres jóvenes disfrazados de Nezahualcóyotl, don Quijote y la infaltable musa de la mercadotecnia cultural mexiquense, Sor Juana Inés de la Cruz. Organizada por Porrúa, sus submarcas y algunos colados, la Feria es en realidad un espacio de ventas inventado por los libreros para tratar de mover un producto que en México al 90 por ciento de la población le vale madres. Han tenido que entrarle desde hace años a la industria de la superación personal y ahora, con brutal enjundia pero muy sonrientes editan toda clase de historias referentes a bellísimos vampiros y hordas zombies que dominan el mundo, hermosamente ilustradas, al menos en la portada, y con letras de hasta 14 puntos para combatir hasta la ceguera. A estas alturas, leer el Libro Vaquero es un acto de heroísmo cuando los compas apenas se apuntan 2 libritos al año, dicen las estadísticas nacionales. Y está bien. De todas maneras los que dicen que leen un poco más de cualquier forma optan por novelas o narrativa que en todo caso tiene la misma función que los denostados best-seller. La evasión ha sido parte fundamental de la industria editorial porque todos tenemos derecho a un rato de esparcimiento. Lo malo es que ahora el futbol sobre todo y el maldito facebook acaparan cualquier tiempo libre pero también ya establecen un estilo de vida del que veremos sus efectos en menos de 15 años. El resto de los libros, la información dura, técnica o al menos los de investigación periodística siguen esperando el tiempo de los justos. Para eso está la etapa escolar, dicen otros. Claro, no es lo mismo que Diego Osorno y sus reportajes sobre narco compitan con Pérez Reverte o Élmer Mendoza y sus crónicas sicarias disfrazadas de ficción. Los dos últimos al menos escriben con todo el rigor de la fantasía. El otro, apenas lo que le dan sus investigaciones y el marco de su propio periodismo, que no le alcanza para ninguna forma literaria pero sí para arriesgar la vida en una de ésas. Y todo por una historia, que bien merece la pena. Pero resulta que el principal reclamo y prioridad de Toluca y el Estado de México es la inseguridad. Al lado de ese tema el problema de no leer es bastante superfluo. Todo estaría bien, incluso con todo y Jorge Bucay, un experto en compartir psicodramas y terapeuta gestáltico e invitado especial del ayuntamiento para esa itinerancia. Ya ni siquiera se les pide a las autoridades que no sean corruptas o no despilfarren los dineros. No lo harán jamás. La inseguridad ha colocado aquí un escenario más peligros que el de Michoacán o Tamaulipas porque en la tierra de Peña Nieto se niega el crimen desde lo oficial. No se acepta que el narco y la delincuencia están fuera de control y que la mayor parte de las veces las autoridades y los pillos están del mismo lado. Leer, estudiar, etcétera no es posible cuando la prioridad es comer y evitar una balacera. Un municipio educador debe… ah, pero ya, porque qué aburrido volver a decir lo mismo. Pero ya lo último, porque un municipio educador educa o provee y mantiene la seguridad. Qué quieren. Es más fácil poner una librería por 8 días que combatir al crimen. Ora que si no nos pareciera, pues también están el cine y sus propuestas, unas más cachondas que las otras. Para la ciudad está bien Godzilla, el Rey de los Monstruos y que en una versión superrecagada escandaliza las salitas del benémerito Cinemex, por cierto la única opción que hay en la ciudad, y que por cierto el ayuntamiento de Toluca le embargó hace unos días una pantalla por quedar a deber algo, no se especifica qué, en el cine ubicado entre la avenida López Portillo y Alfredo del Mazo. La otra opción es la piratería, pero es tan combatida por los televisos que ya hasta pena da mencionarla, aunque esté controlada por el narcotráfico. Unos dicen que también Televisa. Y el gobierno. Y la música. Y así. Pero Godzilla no se fija en pequeñeces. No es broma que mida como 300 metros de alto y tenga un espinazo bien chido del tamaño de Manhattan. Además es bien cuate porque a los destructores y naves norteamericanas que se aprestan para salvar al mundo de otros gigantes pestíferos pero muy, muy malos, casi los acaricia y nada junto a ellos en los mares más peligrosos. Godzilla domesticado, pues, sólo es nos faltaba, que el imperialismo yanqui (aquí van trompetas de guerra, por favor, y la imagen de un águila y Tom Cruise… al fondo un F-16 y la guapa chica en microcalzones esperando por un beso y lo que sigue) terminara con el símbolo cinematográfico de los japoneses vencidos a bombazos en la Segunda Guerra Mundial. Godzilla, vencedor del peludo Kong aunque azote de Tokyo y otros poblados, se somete al encanto de San Francisco y lo destruye felizmente en aras de un bien común. A güevo. La película número 27 de este tiranosaurio le va agarrando el estilo de una narrativa con menos cabos sueltos y a veces, hasta suspenso le incluye. Es increíble cómo una lagartija gorda y testaruda puede conseguirlo todo. Hasta una actriz de primerísima consiguió aquella producción y Juliette Binoche, ya madura y todo lo que eso significa, aparece sus buenos 5 minutos al principio, hasta que la mata una nube radioactiva y un derrumbe la termina de convertir en una caca muy francesa. Para los mexicanos acostumbrados al gran dinosaurio la película no es ninguna revelación. Inevitablemente surge la comparación, malísima por inocente, pero más porque Godzilla se queda corto, contra el régimen político, del partido que sea, que domine la administración pública. La inmensa mole de aquella lagartija se echa encima de todos. Los mata a todos con tal de atacar el mal, que no es otra cosa que una pareja de novios de 250 metros de altura, negros carboníferos y con mala actitud ante las reglas de etiqueta. Ellos sólo querían copular, debemos decir en su descargo. Total que el mexicano verá esta ocasión a Godzilla con un atisbo de copete muy a la Peña Nieto y no podrá tragar sus palomitas tranquilamente. Nada mal para una película de 160 millones de dólares y que en menos de 15 días ya tiene cerca de 200 recaudados. Nada más para cerrar. No vayan a ver Gozdilla a menos que los invite una chica y si está buena, mejor, porque hay tiempo suficiente para acomodarse las manos fuera del pantalón. México produce 330 millones 700 mil libros al año. El 47 por ciento lo hace la IP y el resto el gobierno. El mexicano lee en promedio 2.94 libros al año. El 70 por ciento de la población no lee nada y sin embargo el país ocupa el lugar 24 a nivel mundial en la lista de los países lectores. O sea, cómo. Hasta marzo del 2014 el Estado de México registraba 640 homicidios dolosos y se posicionaba en el primer lugar nacional. Hasta enero de este año era primer lugar nacional en secuestros y extorsión y tiene a once municipios ubicados entre los primeros 20 en el rubro de lesiones dolosas. Hay más, pero Godzilla se acerca disfrazado de funcionario del SAT.

El nuevo cine mexicano

* El Crimen del Cácaro Gumaro es nada más un retrato en fotochop del México lindo y qué herido, hermoseado por el trasero de Ana de la Reguera, quien por otra parte desarrolla ejemplarmente su personaje de femme fatale de pacotilla. La cinta es una especie de recopilación de filmaciones nacionales y toma como fondo de batallas al cine Linterna Mújica, desadaptación perversa pero enjundiosa de aquel Cinema Paradiso, tan tierno y tardío en la vida de algunos.

Miguel Alvarado
Bueno, tampoco hay nuevo cine mexicano. Lo que hay es lo vemos y nada más. Mexicano como género no existe en las actividades realizadas por por gringos, guatemaltecos o los de Cuautitlán Izcalli. Tampoco hay la tan manida mexicanidad o el amor a la camiseta, que se traduce por apoyar las ilusorias capacidades deportivas de la selección nacional de futbol, para empezar. Ya después, por inercia televisiva, aquel concepto se aplica hasta para comerse la sopa desabrida de la querida mamá.
Entonces, no se puede juzgar al Güiri-Güiri por hacer su película con apoyo oficial y toda la cosa, porque sería no ponerse la camiseta. Andrés Bustamante esperó y esperó y esperó para hacer su proyecto. Además el trabajo, una farsa al estilo de Tarantino, pero en pesos mexicanos, cumple el cometido de hacer reír. Uno diría que también Eugenio Derbez roba una sonrisa o el mismo Chómpiras y los habitantes del inframundo chespiriano. Pues sí, pus sí, ni modo que qué.
Bustamante es buen cómico, adaptado desde El Hijo del Cuervo y la televisión para sobrevivir en proyectos extraños, achilangados y joseramonfernandescos, pero ingeniosos y toda la cosa, pasando siempre por el escenario del bajo presupuesto y la chispa intelectualona. “El Crimen del Cácaro Gumero” es imposible. Allí donde nadie pensó que hasta Chabelo encontraría su nicho, es posible verlo tripulando un Mazinger-Z modelo Xochimilco para darle en la torre a la retorcida figura del crítico de cine de arte o de lo que sea.
De pronto el pueblo de Güemes, donde se desarrolla la historia, es testigo del más bizarro jurado para un festival de películas, organizado por el doctor Cuino, alter ego de Bustamante. De inmediato recuerda cualquier foro de TV y Novelas y sus absurdas luminarias. O los Óscar, ilusión premiada que generan miles de millones de dólares a partir de la sublimación de un deseo absolutamente inútil, pero necesario hoy porque representa esas dos horas de sana diversión y esparcimiento a la que todo el mundo tiene derecho.
El Crimen del Cácaro Gumaro es nada más un retrato en fotochop del México lindo y qué herido, hermoseado por el trasero de Ana de la Reguera, quien por otra parte desarrolla ejemplarmente su personaje de femme fatale de pacotilla. La cinta es una especie de recopilación de filmaciones nacionales y toma como fondo de batallas al cine Linterna Mújica, desadaptación perversa pero enjundiosa de aquel Cinema Paradiso, tan tierno y tardío en la vida de algunos.
Hay una especie de halo que envuelve al espectador cuando ve tantos personajes. Como en Los Indestructibles, donde los fortachones y sesentones héroes de películas de acción gringa, cuando Chuck Norris arrasa todo un pueblo y limpia de malos él solito la calle de un bajo fondo croata o serbio, así es la apuesta del Cácaro Gumaro.
Porque qué necesidad de ver a Jorge Rivero hacerla de pajarero en el mercado de la localidad. O la inigualable presencia de Juanito, alias Rafael Acosta o al revés, aliado de López Obrador en alguna negritud electoral. La suma de chistes parece fácil, o lo fue para El Güiri-GÜiri, a quien sin embargo se le debe reconocer que ese rompecabezas en el que convirtió su trabajo encaja perfectamente en cualquier criterio, así como el desarrollo de sus personajes, que al mismo tiempo encarnan estereotipos como el de Pepe El Toro y que fueron sencillos.
El éxito económico de Eugenio Derbez obliga a la comparación con Bustamante. Pero Derbez, infantil y aprovechado, oportunista y autocomplaciente, no podría hacerlo peor. El gran descubrimiento del hijo pródigo de Televisa era aquel Sammy disléxico y explotado, según la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal que lo defendió del atroz cómico y la televisora, pero que nunca preguntó por su estado de salud. Sammy representó para el actor de Azcárraga el motivo fundamental de la barra de programas en los que aparecía. Nadie como él para hacer reír, que era lo fundamental, o en todo caso, indignar sanamente a las autoridades de la inservible Comisión.
A la creación del doctor Chunga no le faltaron ingredientes. Hasta supo que lo más inn en este momento son los zombies de Sahuayo y se dio el lujo de invitar a los moneros Jis y Trino para una escena de 35 segundos. Y si uno quisiera verse muy actual, preocupado y comprometido por los constantes michoacanazos o las metidas de pata del gobernador mexiquense Eruviel Ávila, no habría de qué preocuparse. Porque el drama o tragedia o montaje poco ortodoxo o farsa de la vida real de El Crimen… también aborda sus situaciones sociales. ¿Para qué darse golpes de pecho con el asunto de la piratería, a la que abonan también las empresas de cinematografía, actores e involucrados en general? Para Bustamante en un tema que bien vale la construcción de un barco pirata sobre un enorme camión sacado de Lola la Trailers Tres, que estaciona en la plaza principal de aquel pueblo y que ofrece los últimos estrenos clonados con la mayor calidad del mundo mundial.
La historia mexicana pasa revista en algunos segundos de un hecatómbico baile del Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo, que se echa un rap-tecno-banda para regocijo de quienes no estamos de acuerdo con la versión que nos presentó la escuela o los libros de Catón. Y es que Hidalgo rapeando no tiene precio y es como escuchar a Carlos Salinas decir que no mató a Colosio o a Peña Nieto pronunciar un discurseishon en puritito inglés.
Poco a poco al Güiri-Güri se le acomodan las escenas, aunque nunca encuentra virtuosismo -quizás porque nunca lo buscó- y si bien hay uno que otro bostezo, al cuento le salen alas, como a las palomas de Cinépolis.
La propia invasión zombie, resultado de la alimentación que hacen tragar a la población -palomitas, chescos, saldiuvas, jotdogs- y que termina en un ataque nuclear norteamericano es tan verídica como los diálogos entre un coronel del Pentágono y el malvado don Cuino. Finalmente, la devastación llega a Güemes a pesar de que todo está bajo control y el trasero de Anita se mantiene incólume, como la Suave Patria. Las noticias, leídas por Brozo, atribuyen la destrucción final a cualquier cosa, menos a la verdad sospechada. Y por allí una voz muy parecida a la de López Dóriga pregunta en alguna parte que why the rito?
Bustamante cae bien o mal. Y la película es buena y mala al mismo tiempo, eso no importa, luego de entender la trágica farsa del cine hecho en México por mexicanos con apellidos como Calva, Rojas, Ochoa, Del Castillo, Rojo y Corona y con estelares apariciones como las de Mascarita Sagrada (creo), Alfonso Zayas y el Polivoz sobreviviente, Eduardo Manzano. ¿Por qué todos actúan bien?, ¿por qué parece que saben actuar? Hasta Carmen Salinas y Kate, la hija de Érick, en sus 45 segundos de gloria, lo hacen de maravilla.
El Crimen del Cácaro Gumaro es una película imperdible (ay, güey) porque, entre otras cosas, le da un zape al chico Derbez, a quien nada más faltó invitarlo para tener el México referencial por el que los sesudos se pelean en describir todos los días.

Las oscuras y chafísimas galeras del Cinemex

* Pero Thor nada sabe de perímetros dedicados a la cultura o de municipios educadores, de la guerra con el narco, a favor del narco y se dedica a salvar su propio pellejo. Nadie espera nada de una película de superhéroes, ni siquiera del Joker de Heat Ledger –han pasado tantos años, tantos, tantos- pero las palomas son ricas de todas maneras. Y nada más por eso. Al lado, en el pequeño laberinto de salas, se escucha de pronto a Eugenio Derbez haciéndola de padre ausente para sus cuates de Televisa y los Peralta, don Alejo o, si no, el resto de ellos.

 

Miguel Alvarado

Ciudad orinada, de calles cerradas y payasos en las banquetas. Toluca, capital de pacotilla elegida sin embargo por el poder mayor del México retorcido, elegante féretro para los ejecutados del día, del día de hoy. La crónica escueta de una bala en el centro de la cabeza, de las vísceras, en el estacionamiento del Walmart o las calles más oblongas de Matamoros o Aldama. Mátame, dice un letrero pintarrajeado con cremosa pintura del abolengo más rosa, confirman las citas ineludibles, el destino del hombre final, asustado, vivo como la muerte.

El hombre del rostro casi amortajado ha llegado a la sala de Urgencias y en su mano lleva un papel. La carta de despedida de alguien que al final no fue él, se le cae de la camilla y alguien la recoge para llevarla al cesto democrático del hospital, al cesto de la basura. No hay problema después. El hombre muere, como estaba previsto y los parientes preguntan que por qué te moriste, que por qué te mataron. Yo nomás pasaba por ahí, subido en un camión, como hace tres años le hago, todos los lunes armo una gira, bacanal de tráfico y fotografías por las ventanas más sucias, puercas, orinadas, si quieres pero luego los rostros se quedan. Algunos, no todos. Y de pronto el camión elige un cambio de ruta y ahí está el auto baleado, dorado o plateado, no recuerdo bien, y dos mujeres, dos chicas, diría Luis con su correcto lenguaje. Porque al final eran dos, pero nadie sabe si putas o chicas o nada más eran las muertas desde antes, desde antes que murieran. Y en un viaje así, descabezado, desrazonado, no hay nada que no pueda sentir, que no me toque, que no haya sentido, ya lo dije, ni siquiera la sacudida del camión que obliga a todos a poner las manos, los brazos por delante mientras otros, más allá, se voltean y miran el amasijo. ¿Por qué todo debe ser tragedia?

Y no, no todo lo es, ni siquiera la última versión del superhéroe Thor, que invade con todo y su martillo cuatro de las ocho salas del vejestorio llamado Grad Plaza Toluca -¿deveras son 8?-, a 45 pesos el boleto y por 200 más un hot dog, dos refrescos con hielos, unos nachos con algo amarillo encima y unas palomas (deveras, uno tiene que ser rico o algo parecido para ir y pagar así nomás). Afuera, en la cosa real, los payasos aprovechan las calles cerradas para ejercer de furcios –lo sentimos, en este momento la definición correcta de la palabra no está disponible- en un centro que de histórico tiene solamente el título. Parece que odia uno la ciudad ésta, ninguna otra, por alguna razón pero en realidad la admira, la mira, la dibuja, la escribe y siempre es una, otra, la misma.

Pero Thor nada sabe de perímetros dedicados a la cultura o de municipios educadores, de la guerra con el narco, a favor del narco y se dedica a salvar su propio pellejo. Nadie espera nada de una película de superhéroes, ni siquiera del Joker de Heat Ledger –han pasado tantos años, tantos, tantos- pero las palomas son ricas de todas maneras. Y nada más por eso. Al lado, en el pequeño laberinto de salas, se escucha de pronto a Eugenio Derbez haciéndola de padre ausente para sus cuates de Televisa y los Peralta, don Alejo o, si no, el resto de ellos. Y esa voz, que uno asocia de pronto con el burro de Shrek, recuerda también una llamada que no queremos contestar, una cuenta bancaria que no queremos corroborar, un saldo que no gastamos pero que nos cobran, como una piedra en el zapato.

Pero furcia, la palabra, sí existe. Significa puta, prostituta, etcétera. ¿Una película puede ser prostituta? ¿Es furcia la de Derbez? ¿O la de Thor? Dos horas ahí metidos, tragando perros calientes como de plástico no puede ser de ninguna manera una pérdida de tiempo. La experiencia, eso sí, suplanta cualquier acto que se precie reflexivo. Para qué quiere uno tanto conocimiento, puras monedas de cambio que no encuentran su valor comercial, ni siquiera en una corcholata de las del Orange Crush, tan ricas en el mercado (y sus tacos de plaza y el futbol y los alegatos con las manos golpeando mesas y luego a pagar los vasos rotos o nada más las salsas tiradas, volcadas en el piso recién trapeado, tapizado de quelites).

Mientras, el tipo que la hace de Thor, un dios que no quiere serlo porque se ha enamorado de Natalie Portman, una muñeca de chololoy naturalmente arrugada, y que puede ser esposa del mismísimo Jehová, se enfrenta a la furia de un fulano con una nave que semeja un arado celeste y que, porque transporta a los malos, debe ser convenientemente mafiosa. Toda negra, se estaciona sin más frente a algo que parece una biblioteca, en la pérfida capital de Albión. Y nada, Thor golpea, como debe ser hasta conseguir que todo vuelva a la mísera realidad que el universo Marvel propone. Uno puede imaginarse al Piojo Herrera relajarse en cualquiera de estos asépticos cinitos que no pasan matinés ni ofrecen permanencia voluntaria, y levantar las cejas de vez en cuando, en ocurrente estrategia deportiva que aplicará su selección nacional de futbol. Casi es posible entender ya sin peguntas que la conquista mexicana se ha consumado y que hasta pagamos por ello. Que las escuelas están aquí, en las oscuras y chafísimas galeras del Cinemex. Te amo, Diosito, me cae, no había tenido tiempo de decirlo. Y es que la ciudad, orinada y todo, merece que una nave interplanetaria se plante en la Plaza de los Mártires para que alguien venga a rescatarnos. No queremos (¿no queremos?) héroes rojos que se avienten antes su discurso de  buenaventura, tampoco canciones de Joaquín Sabina, tan poeta como Arjona, tan músico como Los Temerarios, pero tan plácido como el mejor de los domingos. Tampoco el Ché, perdido para siempre en los montes bolivianos, en las garras de Benicio del Toro. Esos no existen, pero si sí, cobrarían nada más por hacerse los aparecidos. En cambio Thor pondría su martillo al servicio de la comunidad. Con sus poderes, porque los tiene, cambiaría el cauce del Verdiguel y regañaría al doctor Ávila, conminándolo al trabajo, a que dejara de hacerse el estadista.

Las películas gringas son como este artículo –pero no todas, no exageres-. Nada más nos hacen perder el tiempo.

Diarios de un despachador de gasolina

* Aristegui representa de pronto el lado público cuerdo en el debate sobre el petróleo, aunque ni es debate y de todas maneras Pemex será vendido. Lozoya es el personero de una incongruencia que no puede ser explicada cabalmente porque será un negocio entre particulares. ¿Quién gana con la venta de Pemex? ¿Y quién gana con la filmación de Kick-Ass 2?

 

Miguel Alvarado

Personas comunes disfrazadas de superhéroes toman las calles de Nueva York y hacen el bien. O lo que los gringos creen que está bien. Luchan contra negros y pandilleros hispanos y provocan al barrio metiéndose, cargados de joyas de fantasía, en callejones sin salida. Un tonto adolescente que se hace llamar Kick-Ass entrena duro junto a una chiquilla de 15 años, quien le provee de la exacta sabiduría del madrazo en los desos o de la mortal caricia de los chacos en los aquellos. Pronto, el tal Kick-Ass está listo para combatir el crimen desde su escuela preparatoria, mientras se deja ver en las principales avenidas de aquella ciudad y junta a sociópatas como él en la aventura sempiterna del bien contra el mal, apoyado en la inútil obsesión del feis.

En México corren tiempos de bandas presidenciales y asesinatos en masa que no se denuncian. El exterminio de la pobreza no funcionará matando pobres, que encima representan la inconformidad colectiva y que está dispuesta a protestar por todo, incluso porque la selección de futbol no vaya al Mundial de los fifos. Nada es lo que parece en la ficción mandada a hacer por el gabinete del presidente Peña Nieto, quien no cree en los superhéroes si no trabajan en su tiempo libre como despachadores de gasolina o altos ejecutivos de la Exxon. Nadie espera nada de la venta de Pemex, y tampoco entiende el significado de un crecimiento anual de 3.8 por ciento, rebajado a estas alturas por el secretario Luis Videgaray a 1.8. Significa poco, pero es casi todo lo que representa el país. No hay dinero, puede traducirse desde la esquina de la simpleza, o el que hay no será repartido –como siempre- a partes iguales. No es necesario, aunque siempre queda el resabio de la presencia –ausencia- de un superhéroe, aunque sea como el Kick- Ass de la desastrosa saga del director Jeff Wadlow y de los ilustradores y cuentacuentos Millar y Romita. Lástima que Pemex no sea digna de ser dibujada en uno de esos cómics secuenciales donde todo es sufrimiento –sin dolor no hay ganancia, dice la bélica Blackwater y algún roshi trascendental- pero al final los buenos o al menos los capaces se quedan con el negocio. Datos de Reporte índigo, algunos pocos para no aburrir, señalan que Pemex “tiene costos de producción más baratos que Statoil y Petrobras, los dos modelos que se buscan replicar con la reforma energética… supera al doble en eficiencia a British Petroleum, Chevron, Shell, Exxon Mobil y otras petroleras que entrarían al país gracias a la apertura… tiene mejores rendimientos de operación que las seis petroleras privadas más importantes del mundo… a pesar de la declinación de sus campos, de la merma en sus exportaciones, de la corrupción y los altísimos impuestos que paga, es la quinta petrolera que produce más petróleo en el mundo, la primera en el continente americano. La superan cuatro compañías con las que tiene algo en común: son estatales. Pertenece a los gobiernos de sus países”. Así pues, el mejor negocio del mundo es una petrolera bien administrada; el segundo mejor negocio del mundo es una petrolera mal administrada y el tercer mejor negocio del mundo es una petrolera vendida por el Grupo Atlacomulco.

La aventura de la privatización nada tiene que ver con una película de Hollywood pero tampoco con la realidad mexicana. El director general de Pemex, el principal portavoz de la participación privada en el petróleo, Emilio Lozoya Austin, no pudo responder preguntas simplísimas que la periodista Carmen Aristegui le planteó. ¿Por qué quieren comprar gas asiático más caro, cuando el mexicano vale infinitamente menos? ¿Por qué no endeudar a Pemex, si siempre ha operado así? ¿Qué pasará con la parte fiscal de Pemex? Como villano acorralado, Lozoya balbuceó y enrojeció de manera inapropiada para el Club de los Cínicos. No es que no sepa, es que no puede, dijeron los asistentes a esa entrevista, que luego fue retirada de las redes sociales.

Aristegui representa de pronto el lado público cuerdo en el debate sobre el petróleo, aunque ni es debate y de todas maneras Pemex será vendido. Lozoya es el personero de una incongruencia que no puede ser explicada cabalmente porque será un negocio entre particulares. ¿Quién gana con la venta de Pemex? ¿Y quién gana con la filmación de Kick-Ass? Predecible, llena de clichés, de chistes para geeks pero con una actriz tan llamativa como el pecado, Chloë Moretz, también protagónica de la versión gringa para Déjame Entrar, vampírica cinta aplaudida al menos por mí para su original, cuyo título sueco suena algo así como Låt den rätte komma in. Por cierto, Suecia exporta 243 mil 200 barriles por día contra los 2.53 millones de barriles diarios que los mexicanos sacan de su territorio, según Index Mundi, que además señala que esa nación es una de las economías no petroleras más prósperas del mundo, que apuesta por energía nuclear e hidroeléctricas.

Para entender los porqués de la venta de Pemex no es necesario un tipo disfrazado de verde ni un presidente como Peña Nieto. Vender Pemex cualquiera lo hace. Hacer de la paraestatal un negocio boyante que beneficie al país, se necesita un gabinete con valor, inteligencia y güevos, y hasta eso pocos.

Vivir en Facebook

* Brad Pitt rescata al mundo desde un horizonte de mínimas posibilidades. Se salva por guapo, pero también por persistente y está dispuesto a ejercer de zoquete. Concluye, sin ser médico o científico, que la plaga ignora a los enfermos y baldados. Incluso los muertos discriminan. Así, se inyecta una suerte de ébola colosal o tifo supersalmoneico y entonces le sucede el milagro de la invisibilidad. Hasta aquí todo se cumple. Nadie sabe por qué, sólo que allí está, que ha pasado. Así que volverá a suceder. Pobreza, miseria, desigualdad, ignorancia.

Miguel Alvarado

Estaba el Brad Pitt sentado en el asiento de su avión, dormitando un poco. De pronto se despierta y observa que la nave se ha despedazado y sus restos esparcido por un campo, escocés para mejor referencia. Así, se peina su melena rubia y se acaricia la barba, como queriendo desperezarse. Entonces se da cuenta de que está atravesado por una especie de punta de acero, aunque milagrosamente no sangra. Luego se suelta del asiento y cae unos 7 metros. Se da un madrazo que nada más lo empolva, y que lo obliga a usar 30 segundos de su vida y de las nuestras para mirarse al espejo. Alguien lo ayuda y lo lleva a su destino, donde despierta tres días después, hasta con los dientes limpios.

Así es la película World War Zombie, una especie de apología a la personalidad de aquel actor, que además es productor ejecutivo y pudo darse el legítimo lujo de aparecer en todas y cada una de las escenas, por más de dos horas. Eso, y que los zombies son hordas que, dicen unos, representan al pueblo oprimido pero ojete que no está de acuerdo con nada, es la esencia de la trama.

World War Z fue un libro escrito especialmente para la pantalla grande por Max Brooks en el 2006, un fulano dedicado a la bestselerología. Se lenguaje llano y sin matices, sin profundidad ni capacidad literaria, cumple con creces como remedo de lectura. Contiene tanta calidad como una edición del TV y Novelas o una columna de Pepillo Origel en El Sol de Toluca.

Pero en este caso no importa lo que se diga ni cómo se diga, sino cómo se vea. Y Brad Pitt se ve realmente bien, a pesar de la reciente operación mamaria de su esposa Angelina Jolie, que para prevenir se quitó –o algo así- el busto. Queda claro que la intención de hacer cine es generar dinero y luego, tal vez, entretener. Los mensajes están más que entendidos. Uno de los mayores patrocinadores de cintas en Estados Unidos es el ejército, eso hasta los Simpson lo saben. ¿Hay un mensaje que deba ser descifrado? ¿Qué nos envían los Illuminati o el Club Bilderberg, mágicos cirqueros de la ciencia pop? ¿Podrá el History Channel hacer una saga zombi y pasarla sin miramientos durante los próximos cuatro años? ¿Tenemos que ir al cine a ver zombies despechados, que no son otra cosa que personas furiosas con aquellos afortunados que, ya por casualidad o por sus links gozan de una situación distinta, no mejor, pero al menos diferente? La respuesta, nada más por tres o cuatro escenas y la frase de “la ciudad de México es pérdida total”, es sí.

Cumplidora con los efectos especiales y con la ONU, a la sazón salvadora de lo que queda del ridículo –valga la redundancia- país en el que convierten los no-muertos a Estados Unidos, la película está mejor, sin embargo, con un vaso gigante de palomitas y unos hot-dogs. Pero no busquemos comparaciones, aunque si lo hiciéramos se podría referir más claramente a la subcultura de Facebook y las redes sociales. Los cadáveres andantes no tienen vida y no la generan, al menos en el sentido estricto, porque el contagio que portan les permite moverse. No comen ni beben. No defecan ni tienen sexo. Dan traspiés en la supercarretera de la muerte, en estado vegetativo, en espera de un estímulo, algo que se mueva o haga un ruido para ponerlos en movimiento, descontrolado, furibundo. Facebook aplica algo similar en los usuarios de la red, que consumen una de las más ingentes cantidades de información inútil, literalmente inservible. Facebook y su parte zombie se preocupan por el canal, que no lo cierren, que no cobren, que no bloquee, pero no por lo que transita allí. Al principio parece la mar de ingenioso y hasta algo filibustero, pero no es más que un loop, un electrónico ritmo determinado, roto a veces por una noticia, el hecho singular que finalmente es absorbido. Se recuerda lo inútil, lo fácil. Se crean tendencias. Hasta hay un rating que indica lo más popular, no lo necesario. La vida virtual es el reflejo –no puede ser de otra forma- de la realidad que nos toca y poco a poco confunde a los usuarios, preparados y listos para que alguien los entretenga. Así, la inmovilidad es un paradigma zombie pero también el nervio frenético. Ante esa sinrazón, Hollywood opone la buena suerte, la gallardía, una inteligencia basada en observaciones milisecuenciales y, también, una fuerte dosis de estupidez heroica. La necesidad de salvar al mundo, al hombre de algo que no es una percepción, sino que está allí nomás porque sí, equilibrio siniestro o danza de la muerte, es visto como el deber de cualquier gringo, aunque ya es incluyente. Hasta brasileños aportan su grano de arena desde departamentos marginales con dos piezas y cuarto de aseo.  ¿Y por qué salvar si no hay nada de qué preocuparse? El peligro de morir, de ser esclavizado, del hambre, el desempleo y otras lindezas es un lugar mental que se desarrolla desde los años de la escuela. Todos programados para matar o ser matados. Aquel que reprueba, por ejemplo, es condenado a la infamia de la incapacidad, de los despojados. Tal vez el réprobo sea un rebelde que no está de acuerdo con lo enseñado, pero no tiene forma de expresarlo porque en la escuela no se aprende a comunicar y la reflexión es apenas imágenes que, entre otros medios, el cine se encarga de dar consistencia.

Los zombies reprobaron. Fueron excluidos. Son la mayoría, y aun en su estulticia ejercen una labor. Si los hombres pican piedra, presionan teclas, refrescan pantallas, llenan botellas, cosen balones, juegan futbol, roban erarios, los monstruos dan vueltas. No hay diferencia.

Brad Pitt rescata al mundo desde un horizonte de mínimas posibilidades. Se salva por guapo, pero también por persistente y está dispuesto a ejercer de zoquete. Concluye, sin ser médico o científico, que la plaga ignora a los enfermos y baldados. Incluso los muertos discriminan. Así, se inyecta una suerte de ébola colosal o tifo supersalmoneico y entonces le sucede el milagro de la invisibilidad. Hasta aquí todo se cumple. Nadie sabe por qué, sólo que allí está, que ha pasado. Así que volverá a suceder. Pobreza, miseria, desigualdad, ignorancia.

Nada más falta que los zombies exijan derecho al voto y un equipo de futbol para legalizar el trueque. Vivir en Face es más divertido, por lo menos.

Una de monitos

* ¿Qué pasa en un mundo donde lo fútil, lo banal se vuelve modo ineludible de vida? ¿Por qué un cómic cuesta más que un salario anual para un maestro? ¿Por qué Neymar, el futbolista brasileño, genera más dinero pateando una pelota que millones de profesores en las aulas públicas o privadas? ¿Por qué se tasan así las actividades humanas? Nadie tiene la respuesta, ni siquiera el Hombre de Acero, quien por otro lado encontró su destino como mono-franquicia cuando los editores de la DC, en 1938, rechazaron su nombre original.

 

Miguel Alvarado

Digámoslo así. Supermán es un pobre muchacho con el superpoder único de no despeinarse, ni siquiera cuando cae a 10 mil kilómetros por hora y choca contra una montaña del tamaño de Toluca. Claro, es una película y todo se vale, pero la última costó 225 millones de dólares, nada mal si se compara con el precio pagado por el primer cómic del azuloso, un millón de dólares por un montón de monitos, y mal dibujados además.

Pero ese cómic, fechado en junio de 1938, fue el canal para expresar una paranoia que actualmente refleja con fidelidad la pasmosa cultura popular de los gringos y de gran parte del mundo. El cómic es un espejo de sociedades y momentos, pero también expresa ciertas taras, enfermedades mentales que a veces se confunden con actos heroicos o verdades universales inamovibles. Para los curiosos, la compra de derechos que el gigante Detective Comics ejerció para quedarse con las regalías supermanescas costó 412 dólares, que fueron entregados en tiempo y forma, en abril de 1938 a los pobrecitos Jerry Siegel y Joe Schuster. Luego, ese cheque fue cancelado y arrumbado en algún escritorio, pero el año pasado fue descubierto y subastado por 160 mil dólares.

¿Qué pasa en un mundo donde lo fútil, lo banal se vuelve modo ineludible de vida? ¿Por qué un cómic cuesta más que un salario anual para un maestro? ¿Por qué Neymar, el futbolista brasileño, genera más dinero pateando una pelota que millones de profesores en las aulas públicas o privadas? ¿Por qué se tasan así las actividades humanas? Nadie tiene la respuesta, ni siquiera el Hombre de Acero, quien por otro lado encontró su destino como mono-franquicia cuando los editores de la DC, en 1938, rechazaron su nombre original. José Luis Durán, uno de los dibujantes más emblemáticos de México, pero que curiosamente vive en Toluca, recuerda que el superzoquete había sido llamado Sansón, por el origen judío de sus creadores, quienes pensaban que en ese momento aquella comunidad necesitaba de ayudas hasta interplanetarias. Pero se consideró que no habría ventas y el nombre fue desechado. Sin embargo, se conservó la emblemática ese, que hasta la película del 2013 significó solamente “Super”. La última cinta del kriptoniano revela ahora que se traduce como “esperanza”.

Ah, qué jaladas, pero con ellas crecerán algunas despistadas generaciones que buscan significado en lo inmediato, las comidas rápidas, los videojuegos y quizás hasta dios y el internet. Mientras, lo que pretende ser una película sana, divertida y para toda la familia es, nomás para empezar, un escenario donde al menos mueren unos 30 millones de habitantes que se ven atrapados en la épica batalla del símbolo del bien y el general Zod, una especie de Supermán negativo a quien Kal-El le arrebata la posibilidad de regenerar la raza perdida del planeta Kryptón. Claro, los de Hollywood saben hacer esas cosas como ninguno. Son hasta mejores que el ejército norteamericano o los granaderos aztecas en 1968 y años subsecuentes, en aquellos de amontonar cadáveres y reducir a escombros la moderna Metrópolis, una babel de acero ideal para el goce de la destrucción. Algunas escenas recuerdan los aviones atravesados en el WTC, en el lejano 2001. Y así, colocado el contexto de la revancha y los ideales, los gringos y su mundo feliz están más que listos para observar la película.

La infancia de Supermán es la de cualquier chico buleado (del verbo bulin, estar chingando al prójimo, pero estudiante), aunque los sabios consejos de su padre lo orientan para que escoja el camino de la decencia. Para el chico Kent deveras que debió resultar difícil convivir con esa extraña versión que el director Christoper Nolan hizo de Jonas Kent, pues lo dota de una característica harto común: la estupidez rampante.

Y es que el señor Kent le regala al confundido superchico perlas de sabiduría dignas de cualquier empresario mexicano, como aquella donde lo regaña por rescatar un camión escolar, por supuesto lleno de niños.

– ¿Y qué se supone que debía hacer, dejar que murieran todos? – le grita Clark.

– Bueno… pues… tal vez sí – contesta demasiado budista el actor Kevin Michael Costner, quien de paso encuentra la peor interpretación de su larga y cuestionable vida cinematográfica. Clark abre los ojos como platos, pues ni siquiera ese niño-actor estaba preparado para un guión hitleriano, que cuadros más adelante encuentra el pretexto perfecto para sacrificar una vida, afortunadamente la del buen Kevin, cuando un tornado categoría F-5 se aparece así, de pronto, como auditor de Hacienda, en la carretera más transitada de Villachica, a las 5 de la tarde de un domingo de fiestas populares. Todos encuentran resguardo, afortunadamente, excepto el perro de la familia Kent, que torpemente se atora entre los asientos de la camioneta donde viajaban. El padre, Jonas-Kevin, se ofrece a rescatarle a sabiendas de que el regreso al improvisado refugio será poco menos que imposible. Superchico se encuentra muy ocupado cargando heridos sin que se note que para él es lo mismo llevar dos cuerpos que ropa interior de algodón, pero literalmente se hace del baño –se caga, pues- cuando voltea a ver a su padre, parado junto a la camioneta y el perro, con la pierna rota, a dos metros de una megatormenta salida del SyFy Channel. Para un chico como Clark, aquella distancia podría recorrerse en dos segundos, suficiente para tomar una malteada, hacer el amor con su novia o aprender chino-mandarían, según la chafísima mitología del Hombre del Mañana. Pero no. El heroico padre, que ha cambiado su propia vida por la de un perro cochino, malagradecido y además mal actor, le dice que no revele sus poderes a pesar de que puede salvarlo. El superhombre se pasma cual Feisbuk en una noche de lluvia o una mañana de sol o una tarde de viento. No se le ocurre que puede usar su supersoplido o arrojarle un pedazo de superuña para alejarlo del peligro. No. Nada. Cero. El tornado F-5 envuelve al padre con la gracia de Baryshnikov y lo desintegra a golpe de ventosidades.

Fuera de estos pequeños dramas cotidianos, a Supermán no le va nada mal. Tiene un traje que es la envidia de las personalidades de la revista Caras. Por lo visto, no necesita dormir ni comer, así como tampoco trabajar. Si lo hace, elige cualquier bar de carretera, para que nadie lo identifique aunque no puede evitar que de vez en cuando le llenen la cara con cerveza.

La película, en general, es patética hasta que llega la hora de los madrazos. Entonces sí, todo cambia. Edificios cayendo hasta para arriba; los malosos atravesando enormes complejos industriales; drones disparando bombas casi nucleares; frases bellísimas en boca de los miserables seres humanos y Luisa Lane cayendo una y otra vez desde alturas megalíticas sólo para que su héroe la rescate, evidentemente peinado con el famoso gel Moco de Gorila, pues ninguno de sus rulos aparece fuera de lugar.

Si Supermán representa al Imperio y a Walt Disney es algo que de momento no interesa. O que si el general Zod es la reencarnación del Ché Guevara mezclado con el doc Karl Mengele, tampoco, porque la película junta 21 millones de dólares cada 48 horas, de los cuales a México no le tocará un solo centavo. Tampoco los actores son recordables, excepto Amy Adams, quien encarna a la reportera de El Planeta, pero nada más por bonita.

De todas maneras Supermán, el Hombre de Acero, es una historia ampliamente recomendable para quienes todavía creen que Enrique Peña no venderá Pemex o para los que suponen que el Piojo Herrera no será el relevo del Chepo de la Torre en la selección nacional de pambol, luego de aquella gira por Brasil que terminó en uno o varios tubos de un congal de Ipanema. Envidia, claro que sí.