Las bestias

* Desde el viernes 14 de febrero policías de toda la entidad llegaron a Toluca. Allí pernoctaron pero los hicieron dormir en calles y parques o donde se pudiera. No había razón para alquilar hoteles o casas. El día del Amor y la Amistad fue para unos la noche más incómoda de sus vidas. La visita de Barak Obama no beneficia a nadie. La ciudadanía, traducida para la clase política y gobernante como una mancha infame que se mueve en mítines y protestas, debe cuidar, apostar a la vigilancia. El Excelentísimo presidente Barak Obama es inalcanzable pero aunque no lo fuera la única manera de contribuir que él tiene ya la aplicó. Su solo nombre bastó para que las autoridades, luego de años de peticiones, se decidieran por solamente limpiar las calles, adoquinar, cambiar las flores, lavar las ventanas.  

Miguel Alvarado/ Nadia Estrada

Barak Obama apareció como una exhalación por Toluca. En nueve horas arregló el tema energético y de paso el centro de la capital mexiquense. El presidente norteamericano representa un imperio económico basado en la guerra y viaja como conquistador. Su séquito rebasa las mil personas y moviliza efectivos militares propios y de los países que visita. La estancia en Toluca se trató en realidad de una pequeña inspección, una revisión del negocio encargado al PRI y a Enrique Peña Nieto. La entrega de cuentas no debía tardar demasiado. La agenda norteamericana apenas marcaba a la ciudad como una escala en la interminable colonia que representa el mundo para la política norteamericana. Aquí, la ciudad del Grupo Atlacomulco, la más protegida y donde es casi imposible manifestarse, donde los medios de comunicación parcializan hasta los anuncios de ocasión, se montó un enorme teatro con resultados exactos. El protocolo mexicano no pudo ser más sensato, coherente. El gobernador del Edomex, Eruviel Ávila, sometido al arbitrio de la etiqueta y las importancias, fue borrado de un plumazo de sus oficinas, y su papel consistió en recibir en el aeropuerto a Barak. Cien millones de pesos después, se puede concluir que su aparición como extra en el melodrama político mexicano le garantiza un siguiente papel, al menos en el gabinete de Relaciones Exteriores.

Y Toluca, siempre fría, apenas participativa, aceptó casi sin moverse la impostura. Una ciudad falsificada recibió la Cumbre de Líderes, que incluyó al canadiense Stephen Harper, de quien se supo de él porque apareció en algunas fotos. La escenografía incluyó lugares comunes como espectaculares con la frase de Bienvenido Welcome, sobre Paseo Tollocan o minúsculas manifestaciones de altermundistas y defensores del Nevado de Toluca, un conato contra policías estatales en la explanada del mercado Juárez y decenas de discursos antiyanquis. El inconformismo de chorizo fue comparable a asistir a la Bombonera una mañana de futbol. No sirvió de nada y a estas alturas ni siquiera funciona que les den espacio en televisión y radio, que las redes sociales hagan sus propias editoriales. El disgusto tomó forma de ausentismo laboral y suspensión de clases, convenientemente pasados por alto porque el tráfico, a pesar del cierre de media ciudad, no causó los estragos profetizados. Y es que cada esquina, por callejón que fuera, contaba con un policía galanamente uniformado y extraordinariamente eficaz a la hora de desanudar nudos viales. Casi de noche pasó la noticia sobre el asesinato de un estudiante de la universidad estatal en un campus de Ecatepec, para robarle 80 mil pesos. Masacrado por ladrones que lo despojaron del dinero que usaría para comprar un auto, Javier Gabino Álvarez Pliego, de 22 años, representa la cotidianidad del México sin Obama, del Edomex desaparecido en el discurso de Peña Nieto, de la entidad que no existe en el palacio de Lerdo o en las giras de trabajo de Ávila Villegas.

Obama llegó a Toluca con todo pactado. Hasta los boletines, difundidos horas después, ya estaban redactados. El semanario Proceso recopila el desinterés de los medios gringos por la Cumbre: “Obama estuvo poco más de 8 horas en México, una menos que las 9 horas que duró el vuelo redondo de Washington –a Toluca-, y mucho menos tiempo al que le dedicó el presidente el fin de semana a su juego de golf en California”, publicó el Washington Post en una breve nota en páginas interiores y sin fotografía”. Barak encontró tiempo para atender sus frentes. La crisis siria, la venezolana, la ucraniana y aumentos salariales a obreros norteamericanos fueron abordados por teléfono, con la mano en la cintura, sonriendo comedido o seriamente concentrado, según el caso. Para México, narcotráfico, migración y petróleo, los puntos fuertes de la agenda en Toluca, estarán pendientes otros 200 años, como en cada reunión que se realiza, donde las buenas intenciones son ya un cúmulo de despachos diplomáticos, frases de mermelada que enmarcan ejercicios mentales de primero de primaria, perversas por deficientes. “Seremos la región más competitiva del mundo”, nos merecemos esta visita porque hemos trabajado”, “a Toluca se le reconoce a nivel mundial” o “la democracia en México se percibe” representan el fantasmario político que al otro día aparecería en los periódicos locales.

La revista norteamericana Time cobró 576 mil pesos por un reportaje sobre Peña, a mediados de febrero del 2014. Un tarifario de la publicación establece un precio para la portada de casi 10 millones de pesos, 759 mil 400 dólares. Si fuera cierto el costo, al equipo de Peña, acostumbrado a pagar 700 millones de pesos al año sólo en publicidad desde el 2005, sólo le haría cosquillas. El encabezado, “Salvando México”, que acompaña a la foto del mexiquense, actuada para que sugiera un estadista, es en realidad el detonante que colocó la publicación en el centro de un linchamiento en redes sociales. Es muy común hablar sobre Peña, lo difícil es hablar bien de él. El reportaje norteamericano encontró, sin embargo, la forma de hacerlo. Michael Crowley, el redactor, se apoyó en una escena fotográfica protagonizada por Peña, Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio Chong, secretarios federales de Finanzas y Gobernación, donde aparecen como héroes de cine. Peña está en primer cuadro, flanqueado por los otros dos, en una gráfica cuyo fondo es un blanco inexcusable, listo para ser llenado ante cualquier idea. Somos nosotros, parece decir la foto, y nadie más.

El texto recuenta el paso del priista por la presidencia y comienza de la manera más coloquial: “a las 9 en punto en una noche de febrero, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto trabaja en Los Pinos, su residencia oficial en la ciudad de México, donde soldados camuflados con rifles de asalto lo cuidan desde afuera. Para el presidente, de 47 años de edad, es un recordatorio de que la presidencia es un negocio mortalmente serio –especialmente en este momento clave en la historia de México-”.

Luego, lo de siempre. Una revisión sobre la vuelta del priismo al poder Ejecutivo y el encomio de las reformas impulsadas por el Grupo Atlacomulco, incluida la energética. Peña queda bien, efectivamente, como un salvador de su patria ante el resto del mundo. Ni eficiente o malo, sólo un trabajador que cambia el país que gobierna. Time, la revista, no tiene empacho en hacer arte a partir de un boletín de prensa escrupulosamente redactado. Por 10 millones, cualquiera lo haría. Ellos lo hicieron por medio millón de pesos. El artículo, una versión en correcto español, está disponible en http://world.time.com/2014/02/16/la-nueva-mision-de-mexico/?iid=obnetwork.

Peña, mientras tanto, atiende lo más urgente, aunque no lo importante. Toluca, la ciudad de sus afectos, porque aquí vivió más de 12 años, 6 de ellos como gobernador, fue elegida para albergar una cumbre regional para México, Estados Unidos y Canadá. Las calles de la pequeña ciudad fueron maquilladas y las fachadas recompuestas. Una inversión federal por más de 100 millones de pesos se aplicó desde hace un mes. El centro de la capital mexiquense deslumbró, aunque la magia no durara ni siquiera un día. Más de 600 reporteros de la fuente presidencial se esperaban en Toluca, provenientes de los tres países. Los extranjeros fueron confinados a la modesta zona hotelera. Pocos se aventuraron más allá. No había para qué. Si al menos uno de ellos hubiera dado la vuelta al Hotel del Rey, en Paseo Tollocan y asomado en la colonia de Santa Ana Tlapaltiltán, habría visto cómo vivieron contingentes policiacos movilizados para cuida a un solo hombre, ni siquiera mexicano, el más poderos del mundo hasta donde alcanza la información.

Desde el viernes 14 de febrero policías de toda la entidad llegaron a Toluca. Allí pernoctaron pero los hicieron dormir en calles y parques o donde se pudiera. No había razón para alquilar hoteles o casas. El día del Amor y la Amistad fue para unos la noche más incómoda de sus vidas. La visita de Barak Obama no beneficia a nadie. La ciudadanía, traducida para la clase política y gobernante como una mancha infame que se mueve en mítines y protestas, debe cuidar, apostar a la vigilancia. El Excelentísimo presidente Barak Obama es inalcanzable pero aunque no lo fuera la única manera de contribuir que él tiene ya la aplicó. Su solo nombre bastó para que las autoridades, luego de años de peticiones, se decidieran por solamente limpiar las calles, adoquinar, cambiar las flores, lavar las ventanas.

Pero a los policías, al menos los que vinieron desde Coacalco, no les importaban los días de caramelo y miel. Eran cientos y cubrían las aceras de tres cuadras de Santa Ana. Sólo algunos alcanzaban la comodidad de magras tiendas de campaña, delgados hules que apenas los ayudaban a recuperar fuerzas.

Las vísperas de Obama

“Viernes  14 de febrero, 11:30 de la noche. Cientos de personas dormían en las aceras o debajo de autobuses. No eran peregrinos con destino a la ciudad de México, eran policías que cubrían las aceras de tres cuadras en la colonia de Santa Ana Tlapaltitlán.

“Toluca, el centro del mundo durante 8 horas por una Cumbre donde se trataron, en menos de 120 minutos, temas como la migración, reforma energética, los tratados comerciales regionales y la Iniciativa Mérida y Michoacán, observaba con una semana de anticipo los sobrevuelos de helicópteros y pequeños aviones-patrulla, como sucedería en una ciudad afgana. Barak llegaría a las 12 y 10 de la mañana, según el protocolo oficial, y desde el aeropuerto recorrería unos 5 kilómetros en auto blindado, La Bestia, con un peso de 10 toneladas, hasta el palacio de Gobierno. Allí, Peña lo recibiría, sonriente y apurado, manojo de nervios que ni el entrenamiento teatral al que ha sido sometido los últimos 8 años, maquillaría.

“Nunca se tuvo tanta seguridad en Tlapaltitlán, pero los guardias no cuidaban las casas ni a los vecinos. ¿Entonces? La razón exacta no la sabía pero mi sentir ciudadano me hizo preparar, con la familia, café, pan y galletas que teníamos a la mano para compartir. Tristeza, enojo, indignación, coraje, tantos sentimientos que no podría describir una fotografía del momento. Salimos y ofrecimos el café, que pudimos dar a quienes aún se encontraban despiertos, porque a otros el viaje desde Chalco, lugar de donde los trajeron, los había agotado.

“Uno que otro empezó a salir de su tienda, a bajar del autobús, donde, para mi sorpresa también dormían. Sus palabras de agradecimiento demostraban que no habían ingerido alimento.

“Ellos mismo pidieron que se les ofreciera a compañeros de otras cuadras. Observamos que había más policías durmiendo en una zona catalogada como insegura. Qué ironía, tantas imágenes en mi mente de policías golpeando a mis compañeros maestros y destrozando sus casas de campaña. Vino a mi mente Atento, cuántas familias destrozadas y mujeres violadas. Muchos los llaman perros del gobierno por el trabajo sucio que hacen, porque, ¿a cuánta gente maltratan estos policías estatales? Y yo aquí dándoles hoy la mano, pero a final de cuentas son humanos, también son padres de familia, hermanos, hijos, esposos, madres de familia y esposas, porque también hay mujeres.

“Así transcurrió la noche. Por la mañana tampoco se les podía dejar, al menos mi conciencia no y con lo poco que se tenía se ofreció un desayuno y permiso para poder asearse dentro de mi hogar. Entre sus carteras y bolsas, los policías hacían “coperacha” para pagar lo que se les estaba ofreciendo, juntando 80 pesos que no se recibieron, el desayuno no era negociable.

“Mi casa era un cuartel para aquellos que, ahora agradecidos y humanos, mencionaban que la situación para ellos ha sido siempre la misma. A cualquier parte donde los llevan siempre se les ha tratado de la misma forma o hasta peor. Ganan 3 mil 500 pesos a la quincena. Esta vez les ofrecieron lugar para dormir, tres comidas al día y lugar para asearse, pero al llegar les informaron que debían acomodarse donde pudieran, pues estarían hasta el 20 de febrero, cuando terminara la Cumbre. Cuántas veces he escuchado eso en el magisterio, cuando pago materiales y cursos de mi sueldo y no cumplen lo que prometen.

“Por fin, hoy pudo sentarse a convivir una maestra con un policía cuando ahora la situación era al revés. Hoy pudimos dialogar y no replegar, expresar el trabajo que nos toca hacer en este país. El policía, al escuchar que era maestra mencionó que ‘a nosotros nos dan la orden: que no pasen, y aguantamos pero no falta el maestro que nos agreda y es cuando tenemos que reaccionar, pero no todos somos malos, tenemos compañeros que golpean pero por ellos nos catalogan a todos los demás por igual. Al final de cuentas soy humano, padre de familia y me interesa saber qué va a pasar con mis hijos en este país, traer el uniforme de gobierno no quiere decir que esté a favor de lo que hace, pero es mi trabajo y lo hago por mi familia y finalmente soy pueblo y si todos pensáramos así, seríamos unidos y no estaríamos como estamos, pero lamentablemente no todos pensamos de esa forma’.

“- ¿Por qué hacen esto? Han sido muy amables al ofrecer su casa.

“- Nos indignó ver la situación en la que los tienen. ¿Por qué no les rentan el hotel que está a unos cuantos metros para todos los policías?

“Todos rieron.

“- Qué buen chiste. Los camiones que nos trajeron no traen ni vidrios, los asientos son tablitas que cada que saltaba el camión se zafan. Llegamos y ya ve dónde nos dijeron que durmiéramos”.

El episodio, narrado por una maestra de la ciudad, Nadia Estrada, es sólo parte de un mosaico que decora los caprichos políticos. Obama no necesitaba venir a México. Los acuerdos energéticos y comerciales han sido pactados con antelación. La lección al mundo sobre el poder norteamericano se imparte todos los días con cualquier pretexto. Una entidad con 7 millones de pobres asiste, desde afuera, detrás de las cortinas, a una ceremonia de simulación que ha logrado institucionalizarse y utiliza sin empacho los recursos públicos para hacer negocios privados. La derrama económica llegará, es inevitable, a cambio de una economía que dependerá en absoluto de voluntades ajenas. Y el trabajo florecerá pero la mayor parte de esté será esclavizante, porque así son las reglas del juego.

Los políticos de Toluca celebran todo. Al menos las autoridades lo hacen. A horas de la Cumbre, la alcaldesa priista Martha Hilda González, con un renovado espíritu de comunicación social, anunciaba por todos los medios los importantes acuerdos que había alcanzado con norteamericanos y canadienses. Una máquina simuladora será instalada en El Calvario, por ejemplo, decía en su novedoso muro de face. Mientras, los helicópteros, estatales, militares y policiacos sobrevolaban la ciudad marcando perímetros. El imaginario popular especula con cierta esperanza un atentado. “¿Te imaginas? Nos borran del mapa”. Pero los números son más elocuentes. “Ocho helicópteros tiene el gobierno del Edomex, las naves que también le han servido de taxis aéreos a la señorita Laura tienen un costo total de casi 39 millones de dólares. En un solo mes realizaron 236 operaciones aéreas y el costo promedio por hora de vuelo fue de alrededor de ocho mil 705 pesos”, recuerda el periodista Elpidio Hernández, mientras un equipo de 300 jóvenes trilingües, que hablan español, inglés y canadiense, como se informó en el noticiero local de TV Azteca es distribuido para apoyar a los 5 mil visitantes. Planear para prever. Mejor que sobre y no que falte y si están equipados, mejor. Porque hasta un kit, publicitado días antes, estaba a disposición de los asistentes. Una playera roja que decía “¿Le puedo ayudar? y “Bienvenidos”, mostraba lo trilingües que podían ser los toluqueños, que de paso serviría como promotores turísticos porque entregaban folletos con descripciones artesanales y atractivos locales. Todavía, “Aída Fernanda López Vences, estudiante del Colegio Niños de México, expresó su agradecimiento a la alcaldesa por la oportunidad de participar en un evento de gran magnitud”.

Pero repartir folletos sin cobrar está bien. Son servicios ciudadanos que alguna vez casi todos han realizado. Los folletos, sin embargo, no describen que hasta el 18 de febrero del 2014, el Edomex contabilizaba 49 ejecutados, un aumento del 37 por ciento en relación al año pasado, y que hasta el 17 de febrero había 2 muertos y 11 heridos por ataque de comandos a bares de Neza.

“Por eso no podemos quedarnos tanto como quisiéramos. Por ejemplo, no he tenido oportunidad de probar el chorizo legendario de Toluca, ojalá la próxima vez que venga pueda probarlo”, dijo al final Obama, en su discurso de conclusiones.

Chorizo hay en todas partes pero Barak, por supuesto, nunca volverá.

A dos horas de distancia

* La Toluca de Obama no ganará nada con su visita, aunque grupos sociales adheridos al gobierno propugnan por ser invitados para “pedirle” al norteamericano que abogue por sus causas. Los acarreados, si los permiten, están listos para vitorear a los presidentes.

 

Miguel Alvarado

Toluca se prepara para recibir a Barak Obama, presidente de Estados Unidos, en una cumbre que a nadie le sirve, excepto al simbólico histrionismo de los participantes. Enrique Peña, mandatario mexicano y Sthepen Harper, canadiense, flanquean al nacido en Hawai, en 1961. Ellos estarán unas horas pero el gobierno estatal ha invertido 100 millones de pesos en el remozamiento de calles, nada más para que se vean bien. La alcaldesa de Toluca, Martha Hilda González y el secretario de Gobierno estatal, Efrén Rojas Dávila, afirmaban que no habrá “estado de sitio” y que todo transcurrirá con normalidad en la capital mexiquense, sede política del Grupo Atlacomulco, al que pertenece Peña Nieto.

Pero la visita -histórica en el contexto político de la ciudad- del presidente norteamericano parece avivar el peor de los problemas que padece el Estado de México. La inseguridad, una constante que arrojaba 7 ejecutados en un día -2 de febrero-, se reflejaba en los 82 asesinados que en el 2014 se han presentado, donde casi todos están relacionados con el narcotráfico. La entidad fue gobernada por Peña Nieto en el sexenio del 2005 al 2011 y se ha convertido en un modelo de probabilidades ahora que es presidente de México. Cualquiera puede revisar los números mexiquenses: aquí se registra el mayor número de vehículos, con 133 por cada 100 mil habitantes, pero también de extorsiones, con mil 688. Ocupa el segundo lugar nacional en homicidios intencionales, después de Guerrero. Siete de cada diez personas creen que el Edomex identifican la inseguridad como su principal preocupación y el propio departamento de Estado de EU advertía a sus ciudadanos que la entidad era uno de os destinos turísticos más inseguros “por la amenaza que representan las organizaciones involucradas en el crimen organizado”.

Alejandro Encinas, senador de la república, apuntaba las cifras anteriores y señalaba además que en la entidad había ya grupos de autodefensas o policías comunitarias. “Ocho mil transportistas con presencia en Ecatepec, Coacalco y Neza crearon su propia autodefensa, “Águilas Vigilantes”. En la colonia Tolotzin I, también de Ecatepec, se crearon patrullas de vigilancia. En la delegación de San Mateo Tezoquiapan Miraflores de Chalco, vecinos se organizaron para vigilar armados la entrada y salida de la delegación. Se ha reportado brotes de autodefensas, guardias comunitarias o civiles armados en los municipios de Melchor Ocampo, Otzolotepec, San José del Rincón, Tejupilco, Luvianos, Amatepec y Tlatlaya, algunas de ellas subvencionadas por ganaderos, empresarios, comerciantes, terratenientes y agricultores”, dijo el político.

En Melchor Ocampo la idea de defenderse es reciente y saltó a la palestra pública a mediados de enero, cuando el pueblo de Tenopalco sufrió el asalto a una de sus casas con toda violencia. Un grupo de cuatro personas armadas equipados con hachas y equipos para soldar y derribar puertas, sometió a una familia entera por media hora mientras robaba. Al otro día, 50 colonos exigían a su presidencia que trabajara en seguridad. La respuesta fue que se organizaran como vigilantes, no como policías.

Luego, el gobernador del Edomex, Eruviel Ávila, dio la versión oficial, desde la perspectiva de las autoridades, y dio a entender que eran ciudadanos armados, enojados a quienes con mucho gusto se les capacitaría para que hicieran mejor su trabajo. De autodefensas, nada. Y es que grupos armados en la entidad donde Arturo Montiel y Peña Nieto mantuvieron el control total por 12 años representa algo. El estado más próspero del país no puede mostrar así como así su lado oscuro. Y es que una cosa es que ejecuten a siete en 24 horas y otra que algunos se levanten en armas y reemplacen policías.

La revista del corazón, Caras, que dita Televisa y especializada en el jet-set mexicano se encarga por otra parte de mostrar el lado divertido de los actores políticos y empresariales mexiquenses. Apenas el 30 de enero Jorge Hank Rhon cumplía 58 años y los celebraba a lo grande. Un jolgorio apenas discreto se montaba en un escenario donde concurrían actores y cantantes como Emmanuel, políticos como Roberto Madrazo, toreros como Óscar San Román o “El Juli” que daban parabienes al hijo del profesor Jorge Hank González, uno de los pilares del Grupo Atlacomulco. Corridas de toros y un galerón para convidar a los asistentes dieron forma a la fiesta, que contrasta en extremo con las fiestas populares que se vive en Michoacán.

La revista Proceso narra que el 2 de febrero “el Pabellón Don Vasco de Morelia estaba que no cabía en sí. Los de la A levantaban el ánimo de los miles de asistentes con sus narcocorridos, y con gritos los invitaban a “ponerse bien locos” y a enrolarse para defender su tierra, Apatzingán, llena de policías y soldados. El espectáculo parecía una fiesta. Los invitados especiales eran los Caballeros Templarios”. En esa fiesta popular, custodiada por policías municipales, asistía también El Komander, otro artista popular artista que pedía ayuda “para ir a echar putazos” a la Tierra Caliente. Diez hora duró aquello, dicen Proceso y el diario Reforma. El presidente Peña llegaría dos días después a la misma ciudad y anunciaría una inversión por 45 mil millones de pesos para rescatar Michoacán. Esto ya había pasado antes, cuando el ex presidente panista Felipe Calderón y en cuyo sexenio ejecutaron a 60 mil personas, destinaba poco más d e3 mil millones de pesos. Eso, dice el representante de las Autodefensas, José Manuel Mireles, es un fracaso, porque los apoyos son desviados hasta en 25 por ciento a otros menesteres, incluidos los Caballeros Templarios.

El último mes, el gobernador Manuel Velasco, gastó 10 millones de dólares en una campaña publicitaria que llevó su imagen por todo el país, a pesar de que su entidad, Chiapas, es el último lugar nacional en crecimiento. En el Edomex, el periodista Elpidio Hernández publicaba que hasta enero del 2014 Eruviel Ávila había gastado 249 millones de pesos en promoción. “Sólo en 2013 el gasto publicitario del gobernador fue de 127 millones 644 mil pesos; un año antes, el derroche había sido de 121 millones 634 mil 867 pesos. La adicción a las pantallas de Ávila Villegas se pulsó una vez más con el reparto de los contratos publicitarios, casi el 50 por ciento de los contratos los puso en manos de los dos principales emporios televisivos”, apunta Hernández.

Según el Consejo Nacional de Evaluación de la política de Desarrollo Social, el Edomex, “pasó de 6 millones 712 mil ciudadanos en condiciones de pobreza a 7 millones 328 mil, ubicándose como la entidad con más población pobre del país”, señala Alejandro Encinas. “De acuerdo con “la Encuesta Nacional de Ocupación Económica del 2013, el Edomex es la entidad con más desempleo en el país con 441 mil 991 desocupados y 2 millones 268 mil 312 trabajan en el sector informal”.

La Toluca de Obama no ganará nada con su visita, aunque grupos sociales adheridos al gobierno propugnan por ser invitados para “pedirle” al norteamericano que abogue por sus causas. Los acarreados, si los permiten, están listos para vitorear a los presidentes.

Un escenario más realista incluye, además, 21 muertos y 300 casos por la influenza tipos AH1N1, H3N2 y estacional, además de un millón 200 mil personas que no pueden adquirir la canasta básica.  El presidente de EU encontrará un escenario parecido a la decoración de un pastel. La Cumbre de las tres naciones tiene objetivos más simbólicos que prácticos, y tendrá repercusiones en una guerra que se libra sin miramientos a dos horas de distancia.

Un voto por la paz, un plan para la guerra

* Como era de esperar, dos días después de la elección, Peña Nieto publicó una página de opinión en el New York Times prometiendo “reexaminar” la guerra contra el narcotráfico, pero propuso especialmente crear una “gendarmería” de 40 mil miembros como en Colombia y robustecer la policía federal mexicana con al menos 35 mil oficiales. “Analistas” anónimos predijeron una “oleada” similar a la de Irak en 2007 liderada en ese entonces por el general David Petraeus, ahora director de la CIA.

 

Tom Hayden/ The Nation

Las autoridades mexicanas se jactaban de que todos los vuelos estuvieran a horario en el momento en que aterrice en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, el 26 de junio, para cubrir las elecciones nacionales de ese país. La Terminal 2 estaba repleta de pasajeros. Los free shops relucían con joyas y alcohol, y los patios de comida estaban colmados. Sin embargo, apenas 24 horas antes, los viajeros se arrastraban por el suelo de esa misma terminal durante un tiroteo que terminó con la vida de tres policías federales. Los asesinos escaparon en plena luz del día. Los policías no fueron asesinados por narcotraficantes, sino por otros policías que aparentemente trabajaban para los narcos. Luego, se reveló que unas azafatas de AeroMéxico ayudaban a exportar cocaína en vuelos a España. ¡Bienvenidos al laberinto mexicano, donde nada es transparente, incluyendo las elecciones!

Mientras escribo esta nota todavía no se certificó quién es el ganador de la elección. Existen serias irregularidades en la votación. Del total de los votos, más de la mitad está siendo recontada por funcionarios federales. Pero queda claro que el partido conservador (Partido Acción Nacional) fue masivamente rechazado después de una década en el gobierno. También el ganador Enrique Peña Nieto del tradicional PRI (Partido Revolucionario Institucional) es comúnmente criticado como el partido de los “dinosaurios” de la cultura política mexicana. El mandato de Peña Nieto, no obstante, se apoya sobre un mediocre 38 por ciento. Andrés Manuel López Obrador, por segunda vez candidato del PRD (Partido de la Revolución Democrática), un partido populista de izquierda, obtuvo el 32 por ciento en una elección que él mismo denunció como fraudulenta.

 

Volver al pasado

 

Suponiendo que esos resultados se materialicen, la elección demuestra que, en la política mexicana, los dinosaurios no se extinguieron. El PRI, que gobernó en México desde la revolución hasta el año 2000, es una coalición basada en el clientelismo junto con el apoyo de los sectores tradicionales. El nuevo presidente, Peña Nieto, es el más mediático de los dinosaurios, y está casado con Angélica Rivera, una glamorosa estrella de telenovelas de Televisa, el gigante mediático que cubrió la historia como un Camelot mexicano.

Sin embargo, las elecciones fueron mucho más que una cuestión de personalidad. Como advirtió claramente el New York Times una semana antes de la votación, lo que el electorado demandó fue terminar con una guerra contra el narcotráfico que se cobró más de 60 mil vidas desde que el saliente presidente, Felipe Calderón, comenzó en 2007 a utilizar las fuerzas armadas del Estado contra su propio pueblo. Para las cúpulas militares de México y Estados Unidos, el dilema era cómo continuar, incluso intensificar, la guerra contra el narcotráfico después de las elecciones, a pesar del rechazo público. ¿Podrían eludir la opinión pública y continuar como si nada? El elegante y sonriente Peña Nieto era su hombre. Con su imagen de hombre moderno, tapa de las revistas de moda, está lejos de la de un oligarca en las sombras. Y también había que parar a López Obrador como fuera. En 2006, su oposición al NAFTA hizo que las corporaciones norteamericanas y mexicanas gastaran millones de dólares en publicidades alarmistas que lo describían como Castro, Chávez y Lula en una sola persona. En las elecciones presidenciales de ese año, lo vencieron por menos del uno por ciento, en un proceso electoral cuyo recuento de votos terminó arbitrariamente, con miles de votos sin contar. En respuesta, los seguidores de López Obrador protestaron cerrando el acceso a la Ciudad de México por varias semanas.

Esta vez, López Obrador se esforzó por borrar la imagen de un Chávez mexicano. Junto al PRD, eligió la imagen de un girasol radiante como emblema de su campaña, y prometió una nueva política de reducción de la violencia basada en “abrazos, no balazos”. Parecía un hippie entrado en años. Pero López Obrador dijo muchas veces que pedía ayuda económica de Estados Unidos en lugar de helicópteros de ataque. En pocas palabras, seguía siendo una amenaza para el NAFTA y la guerra contra el narcotráfico, al menos para las elites corporativa y militar.

 

El rol de la derecha

 

Complicando aún más las cosas, la derecha mexicana también se desencantó con esa guerra que tanto había promovido. Por ejemplo, el ex presidente Vicente Fox, del PAN, quien gobernó entre 2000 y 2006, señaló que la guerra era inútil y denunció un fraude apenas unas semanas antes de la elección del 1 de julio. Eso implicó que no hubiera ningún tipo de consenso para continuar con la guerra contra el narcotráfico incluso antes de la elección. Entonces, ¿cómo superar el resultado democrático y no aflojar con la guerra contra el narcotráfico? Antes de la elección, no había duda de que los funcionarios estadounidenses tenían un acuerdo secreto con Peña Nieto para continuar con la política militar, aunque con la intención de causar menos víctimas civiles. Tres semanas antes de los comicios, un funcionario de Estados Unidos le dijo al New York Times que, en las discusiones privadas, “lo que entendemos es que (Peña Nieto) aprecia y comprende profundamente que si gana va a seguir trabajando con nosotros”. Era la clásica afirmación del persistente dominio estadounidense sobre el proceso político en México ejercido desde las sombras. Peña Nieto demostró su servilismo con tranquilos viajes a Washington, donde les aseguró a los líderes del Congreso que no habría acuerdos o treguas con los carteles.

El acuerdo se confirmó cuando Peña Nieto, en las vísperas de la elección, hizo el extraordinario anuncio de que designaría a un líder militar extranjero y retirado, el general colombiano Óscar Naranjo, como asesor principal en la guerra contra el narcotráfico. El general Naranjo es famoso por haber implementado la estrategia militar colombiana de matar a líderes de los cárteles de cocaína de Medellín y Cali en una guerra sucia que involucró a paramilitares de ultraderecha junto con el apoyo estadounidense en tropas de tierra, asesores y fuerzas especiales. La designación de Naranjo confirmó la predicción de Robert Bonner, el ex administrador de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos, de que México sería la nueva Colombia y el escenario de la próxima guerra contra los carteles (que en muchos casos trasladaron sus operaciones de Colombia a México y América Central). En Foreign Affairs, Bonner anunció que, de seguir así las cosas, México se convertirá en un Estado narco extremadamente peligroso en la frontera con Estados Unidos. Bonner también escribió alegremente que el “aumento del número de homicidios relacionados con el narcotráfico en México, si bien desafortunado, es un signo de progreso”.

 

Mejor que decir…

 

Como era de esperar, dos días después de la elección, Peña Nieto publicó una página de opinión en el New York Times prometiendo “reexaminar” la guerra contra el narcotráfico, pero propuso especialmente crear una “gendarmería” de 40 mil miembros como en Colombia y robustecer la policía federal mexicana con al menos 35 mil oficiales. “Analistas” anónimos predijeron una “oleada” similar a la de Irak en 2007 liderada en ese entonces por el general David Petraeus, ahora director de la CIA.

El público verá titulares sensacionalistas si México captura o mata a uno o más de los “cabecillas” en esta nueva fase, siguiendo el modelo del asesinato de Pablo Escobar en Colombia y el de Osama Bin Laden en su escondite de Pakistán. Mientras que la estrategia de los cabecillas conlleva beneficios políticos y mediáticos, está muy lejos de lograr estabilidad o reformas democráticas. Pues la estrategia de los cabecillas produce generalmente mayor violencia, ya que los nuevos actores se traban en una brutal competición por matar. Mientras que los homicidios en Colombia cayeron un escaso 2 por ciento el último año, aumentó un 25 por ciento el número de secuestros y víctimas de masacres, y el ministro de Defensa se vio forzado a renunciar. La matanza de los líderes laborales y de derechos humanos de Colombia continúa y, según el congresista de Massachusetts, Jim McGovern, hay una “consolidación de las redes paramilitares y criminales en muchas partes del país”.

Si tiene la intención de continuar la guerra contra el narcotráfico sin el apoyo del electorado, Peña Nieto tendrá que enfrentar una oposición poderosa y nuevamente vigorosa en su país, donde hay un aumento de la resistencia no sólo a la violencia, sino también a las políticas económicas neoliberales que dejan a millones de jóvenes de
sempleados con la única posibilidad de engrosar las filas de los carteles. Además, este año aumentó enormemente el enojo público contra el duopolio mediático mexicano de Televisa y Azteca. Al frente de la oposición está el tercio de los votantes mexicanos que apoyó a López Obrador, que le negó la mayoría parlamentaria a Peña Nieto y mantuvo su mayoría popular en la Ciudad de México. Son votantes leales que saben que la política importa.

Como resultado del liderazgo del PRD, la Ciudad de México es una municipalidad viable dentro de lo que muchos creen que es un Estado fallido. La Ciudad de México tiene una magnífica universidad pública, tesoros culturales, asistencia sanitaria subsidiada, servicios de aborto y permite el casamiento entre el mismo sexo. No hay amenaza pública de parte de los carteles, y los asesinatos del aeropuerto sólo son una excepción a la norma.

El PRD, que rompió con el PRI hace más de una década, cree con pruebas contundentes que le robaron la presidencia dos veces desde 1988. Primero, cuando su candidato presidencial Cuauhtémoc Cárdenas fue vencido por un vergonzoso fraude informático, y segundo, cuando López Obrador perdió por el 0,58 por ciento en 2006. De no haber sucedido eso, México se habría unido al nuevo arco populista de izquierda que llegó al poder, a través de elecciones en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, Uruguay, Honduras y Paraguay (si bien estos últimos dos países, junto con Haití, han sufrido golpes de Estado). En lugar de moverse hacia la izquierda, México se inclinó por el neoliberalismo, lo cual dio como resultado mayor desigualdad, desempleo, pobreza y dependencia de Estados Unidos.

 

Movimiento de paz

 

Además de la floreciente base del PRD, Peña Nieto enfrenta la resistencia de parte de un nuevo movimiento estudiantil compuesto por probables líderes del mañana, conocido como #YoSoy132.

Asimismo, otro problema inmediato para Peña Nieto proviene del rápido y espontáneo crecimiento de un nuevo movimiento de paz contra la guerra al narcotráfico liderado por el poeta Javier Sicilia, cuyo hijo Juanelo fue asesinado el 28 de marzo de 2011, lo cual desató una sorpresiva oleada de apoyo para terminar con la violencia. El 23 de mayo último, cinco semanas antes de la elección, Sicilia fue a una concentración en el monumento Estela de Luz para hablar en solidaridad con miles de estudiantes mexicanos.

Sicilia le dijo al grupo de #YoSoy132: “Me gustaría ver a mi hijo aquí. No lo puedo ver, pero lo veo en los miles de jóvenes que están aquí”. Y agregó que “estamos en un punto de inflexión histórico, una crisis de la civilización mundial”, al tiempo que pronosticó “sobrevivir a los cracs y desmenuzar la economía para construir algo nuevo”. En el poético lema de Sicilia parecía resonar la visión lírica del cambio expresada por Leonard Cohen en “Anthem”, según la cual “hay un crac, un crac en todo, y así es como entra la luz”. Sicilia planea liderar una caravana de familias mexicanas víctimas de la guerra contra el narcotráfico, y sus adherentes en Estados Unidos la iniciarán en Los Ángeles el 17 de agosto y marcharán hasta la Casa Blanca.

Hay otra cuestión que sigue siendo incierta en la nueva situación política mexicana: si el subcomandante Marcos y los zapatistas serán escuchados de aquí en adelante. En 2001, después de una movilización nacional similar a la marcha de 1963 en Washington, el establishment político mexicano rechazó los Acuerdos de San Andrés que habrían otorgado derechos y autonomía a los indígenas mexicanos. Excluidos, Marcos y los zapatistas finalmente lanzaron La Otra Campaña en 2006, que luchaba contra el PAN, el PRI, el PRD e, incluso, contra López Obrador, que tal vez haya perdido la elección como resultado de las abstenciones zapatistas. Los zapatistas mantuvieron un silencio absoluto durante el período electoral de este año, un hábito común para ellos, pero que permitió un aumento de rumores, como que Marcos tenía “problemas de salud”, y hasta un partidario fiel dijo que el subcomandante había sido desplazado en una lucha interna. Dado que las condiciones de los indígenas y de los pequeños granjeros se perpetuarán con las políticas neoliberales de Peña Nieto, la renovación de las insurgencias siempre es una amenaza para la elite.

Vale la pena advertir que hubo un movimiento de paz que no ganó mucha atención pública durante la guerra contra el narcotráfico hasta los recientes esfuerzos encabezados por Sicilia. Era el movimiento conocido como No Más Sangre, pero Sicilia canalizó un movimiento más amplio y con mayores servicios para las víctimas.

 

Mi ¿amigo? el vecino

 

En Estados Unidos, la tarea de legalizar la marihuana medicinal, propuesta por grupos como la Alianza para una Política de Drogas, que cuenta con el apoyo de Soros, logró avances en varios Estados, pero fue rechazada por la administración Obama y algunos guerreros contra las drogas. Esas campañas, sin embargo, tenían la intención de terminar con las irracionalidades más graves de la prohibición de la marihuana, no con los grandes horrores de la guerra militarizada contra el narcotráfico.

No obstante, en las décadas pasadas, decenas de miles de norteamericanos, incluyendo miembros del Congreso, rechazaron las guerras sucias de América Central donde algunos operarios secretos contrabandeaban armas y dinero a paramilitares coordinados por la CIA. Pero la amenaza política de ser catalogado como “un suave contra los narcotraficantes” aplastó su potencial de protesta hasta ahora (del mismo modo que los liberales raramente se opusieron a las guerras contra el narcotráfico en el país por temor a ser descritos como “suaves contra las bandas delictivas”).

Antes de que pueda echar raíces un nuevo movimiento de paz contra la guerra al narcotráfico, al menos hay que desbaratar dos ilusiones. La primera mentira es que Estados Unidos juega solamente un papel asesor y que el problema es principalmente una cuestión mexicana. Esta estrategia se basa en el callado supuesto de que los mexicanos son inherentemente salvajes, una variación del tema imperial de que las personas de piel oscura se preocupan poco por la vida individual.

Entre muchos ejemplos, un muy buen artículo de William Finnegan del New Yorker describe a los violentos cárteles mexicanos penetrando el plácido mundo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, “un lugar civilizado donde la vida sigue sin estar marcada por la violencia que desfigura a grandes partes de México”. El 9 de mayo, escribió Finnegan, ese mundo soñado fue perturbado cuando aparecieron dieciocho cuerpos decapitados y mutilados camino a un restaurante popular. Se culpó a los impiadosos narcoterroristas conocidos como Los Zetas. Las víctimas eran civiles y estudiantes inocentes, no terroristas indeseables. Los Zetas planeaban aún más decapitaciones y masacres.

Finnegan se olvida de mencionar que Los Zetas son unidades de fuerzas especiales entrenadas principalmente por Estados Unidos. En algo que es más que un descuido, Finnegan los describió como “desertores de las fuerzas especiales de elite mexicanas reclutados a fines de la década de 1990 como guardaespaldas del líder del entonces formidable Cártel del Golfo”. De hecho, Los Zetas -originalmente conocidos como Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales- “participaron de un curso de entrenamiento de contrainsurgencia intensivo y de seis meses de duración ofrecido por especialistas norteamericanos, israelíes y franceses”, según el periodista policial Jerry Langton, cuyas fuentes incluyen la embajada norteamericana en México, el Departamento de Seguridad Nacional y el FBI.

 

La cara oculta

 

La segunda distorsión de la verdad es que los 60 mil muertos mexicanos estaban todos involucrados en el narcotráfico y, por lo tanto, merecían morir. Pero como señaló El Universal en un titular de octubre de 2010, los asesinatos tienen que ver más con una limpieza social que con una guerra entre carteles. El saliente presidente mexicano Felipe Calderón dijo, varias veces, que el 90 por ciento de los muertos eran simples criminales, pero sólo se ha investigado menos del 5 por ciento de los homicidios.

Basados en informes periodísticos sobre Juárez, un epicentro de la violencia, Molly Molloy y Charles Bowden concluyeron en su libro El Sicario que “la abrumadora mayoría de las víctimas son personas comunes y corrientes, pequeños empresarios que se negaron a pagar extorsiones, mecánicos, choferes, una mujer que vendía burritos en la calle, un payaso que hacía malabares en un cruce de calles, chicos que vendían diarios, chicles y tal vez bolsitas de cocaína o heroína en una esquina”.

Para ser claro, ésta es una guerra en la cual las fuerzas norteamericanas están directamente -aunque con discreción- involucradas y en la que los civiles conforman la enorme mayoría de las víctimas. Luego de que Calderón lanzara su ofensiva militar en diciembre de 2006, inmediatamente el presidente Bush inició el Plan México, de 1.700 millones de dólares, modelado en base al anterior Plan Colombia, con un gran énfasis sobre los helicópteros Bell y Black Hawk, aviones de transporte militares, rayos gamma y escáneres de rayos X, software de telecomunicaciones y perros antidrogas.

Ginger Thompson, una de las mejores periodistas del New York Times en la región, acaba de escribir que las fuerzas armadas estadounidenses “están expandiendo su poder, enviando nuevos agentes de la CIA y personal militar retirado, (y) analizando la posibilidad de contratar seguridad privada” en México, en un esfuerzo que, según ella, ha dado pocos frutos. Por primera vez, escribe Thompson, la CIA y las fuerzas armadas estadounidenses están trabajando codo a codo para planear las operaciones, “concebidas para eludir las leyes mexicanas que prohíben que las fueras militares y la policía extranjeras operen en su suelo”.

La administración Obama está enviando aviones no tripulados al territorio mexicano para rastrear a los traficantes y coordinar esfuerzos contra el terrorismo. Un oficial de Estados Unidos del Comando Norte dice: “Los militares están siguiendo lo que se hizo en Afganistán para hacer lo mismo en México”. No es una exageración: el embajador norteamericano en México es Earl Anthony Wayne, viceembajador norteamericano en Kabul entre 2009 y 2011. A pesar de que la administración norteamericana argumenta que se debe evitar que la violencia “rebase la frontera”, los carteles mexicanos ya operan en más de 200 ciudades norteamericanas. En la televisión estadounidense se puede ver a las fuerzas norteamericanas, enormemente armadas y camufladas, cazando a los jóvenes inmigrantes mexicanos en las “selvas” de California del Norte.

Estos inmigrantes no sólo ingresaron a las ciudades estadounidenses, sino también a British Columbia, Canadá, donde varios miles de los nuevos indocumentados mexicanos, incluyendo los que integran Los Zeta, participan en la multimillonaria cosecha y distribución de la marihuana “BC Bud”. El 90 por ciento de las 300 mil armas de fuego ilegales secuestradas en México sólo en 2008 fue comprado con dinero de los carteles y contrabandeado al sur desde Arizona y Texas, según un funcionario del Departamento de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos.

 

Temor político

 

¿Puede Estados Unidos decirle “no” a la adicción de la guerra contra el narcotráfico? La respuesta no es para nada clara, aunque los errores de la guerra contra el narcotráfico sí son manifiestos. La cobardía política, junto con la presión de grupos con intereses en la guerra contra el narcotráfico, harán que se prolongue por un tiempo. Pero las presiones al sur de la frontera, simbolizadas por los deseos de los votantes mexicanos, pueden ser decisivas para forzar el final de la locura.

El año pasado la Comisión Global de Política sobre Drogas emitió un informe solicitando alternativas, incluyendo planes responsables para la legalización. La comisión contaba con ex presidentes de México, Colombia y Brasil, Kofi Annan, George Schultz, Paul Volcker y otros líderes mundiales. Jimmy Carter, al igual que Jesse Jackson, publicó una nota de opinión pidiendo que el gobierno norteamericano adopte las recomendaciones de la comisión. Moises Naim, editor de Foreign Policy, escribió que “el año 2012 quedará en la historia como el año en que comenzaron a erosionarse los pilares de la política estadounidense en materia de drogas”.

Un momento crítico fue la Cumbre de las Américas en Cartagena, Colombia, mejor conocida en Estados Unidos como el lugar donde los agentes del servicio secreto de Obama se fueron de fiesta con prostitutas y alcohol (todavía no se sabe si hubo drogas involucradas). Los aliados de Estados Unidos, incluyendo los presidentes de Colombia, Costa Rica y Guatemala, se opusieron oralmente a la política norteamericana y demandaron medidas hacia la legalización, o al menos la despenalización, de la marihuana. Tanto Obama como el vicepresidente Joe Biden rechazaron de plano la legalización, pero, por primera vez, calificaron la discusión misma como legítima. Los dos líderes norteamericanos intentaron justificarse políticamente jactándose, según las palabras de Biden, de que el debate permitirá “apreciar que hay más problemas con la legalización que con la no legalización”.

Fue un momento cumbre de la historia del doble discurso oficial. Obama y Biden escondieron el hecho de que quienes los habían forzado a entrar en la discusión habían sido los mismos líderes latinoamericanos (incluso Calderón, en ese entonces todavía presidente de México, reclamó “alternativas de mercado” a la guerra contra las drogas). Más importante aún, el hecho de aceptar discutir la legalización le puso fin a una prohibición irracional de varias décadas, la de discutir el tema en un foro tan influyente.

Se debe suponer que Obama y Biden sabían lo que estaban haciendo con sus comentarios coordinados. Si bien seguían apoyando la guerra contra el narcotráfico, estaban invitando a la oposición pública al diálogo principal, aquello que Naim quiso expresar con los pilares comenzando a erosionarse.

Una conversación sería la mejor manera de comenzar. Así como el movimiento antibélico estadounidense descubrió que el lema “Afuera ya mismo” no es suficiente para convencer al público indeciso, o a los políticos para terminar con una guerra en el exterior, los pedidos para legalizar las drogas no logran responder preguntas importantes y perpetúan la larga marginación de sus oponentes. El proceso de definir una alternativa requiere investigación, debate y consenso en cuestiones tales como:

• Decidir si formar una comisión oficial binacional para tener audiencias sobre un plan para desmilitarizar la guerra actual;

• Decidir si comenzar un nuevo régimen regulatorio con la marihuana y, luego, analizar la cocaína y las metanfetaminas, los tres narcóticos principales en el tráfico entre México y Estados Unidos;

• Decidir si limitar en un principio las drogas para el uso médico certificado;

• Decidir si los sustitutos como la metadona son viables para el tratamiento de dependencia de otras drogas;

• Cómo legalizar y racionalizar la producción y distribución ante la clara oposición de los carteles;

• Decidir si se deben reinvertir los ingresos impositivos en tratamientos y publicidad sobre los peligros de la adicción a las drogas;

• Decidir si deben penalizarse las ventas al público minorista;

• Decidir si debería prohibirse la publicidad a favor de las drogas;

Al considerar si se debe levantar -y cómo- la prohibición de las drogas, cualquier nueva política debería ser mucho más efectiva que aquéllas de la década de 1930 que terminaron con las prohibiciones del alcohol sólo para promulgar nuevas leyes y regulaciones que promovían el alcoholismo. Cualquier cambio en la política de drogas debería estar vinculado, en lineamientos y políticas, con la reducción de las encarcelaciones masivas y el aumento de las inversiones en tratamientos y educación. Los defensores del mercado libre de la legalización (el derecho a convertirse en un adicto) deberán ceder y coexistir con los defensores de la regulación y de los programas sociales del gobierno. La jurisprudencia tendrá que estar persuadida de que la actual “guerra” es un fracaso en relación al análisis de los costos y los beneficios, y de que existen alternativas más seguras. ¿Obstáculos imposibles de superar? En ese caso, aumentarán los costos y el sufrimiento. Pero construir un movimiento contra la Guerra de Vietnam también parecía imposible al comienzo.

La Casa Blanca insinuó tentativamente sus intenciones futuras en la revista GQ de esta semana. “Según los diálogos actuales con los asesores de Obama, si el presidente obtiene un segundo mandato, planea terminar con otra guerra norteamericana que hasta ahora sólo ha logrado expandir más miseria: las cuatro décadas de la guerra contra las drogas. Desde la época en que era senador por el estado de Illinois, Obama piensa que esa guerra es un fracaso”. Aparentemente -y al contrario de lo sucedido con Wikileaks- la Casa Blanca aprobó positivamente la filtración de esa información.

Sea o no reelegido Obama, la elección mexicana ofrece un nuevo escenario para terminar con la guerra contra las drogas. Pero no podrá terminar sin un cambio significativo en la opinión pública y en las prioridades norteamericanas. Hasta ahora, México y América Central cargaron con lo peor de la guerra. Desmantelar las instituciones de la batalla contra el narcotráfico necesitará la solidaridad transfronteriza entre movimientos sociales, líderes políticos, el clero, profesionales de la salud pública, periodistas y elementos del establishment que sencillamente ya no soportan la situación actual.

 

* Traducción: Ignacio Mackinze

* Tomado de http://www.revistadebate.com.ar//2012/07/20/5672.php

¿Por qué?

 

“Prefiero despertar en un mundo donde Estados Unidos sea proveedor del 100 % de las armas

mundiales”.

Lincoln Bloomfield, funcionario del Departamento de Estado de Estados Unidos.

 

Marcelo Colussi/ Argenpress

En estos días murieron 12 personas en una balacera en Estados Unidos y alrededor de 50 resultaron heridas. Lo cierto es que ya no resulta novedad la noticia de una masacre en ese país. Lo curioso a tener en cuenta en estos casos es su modalidad: un “loco” que se pone a matar gente a diestra y siniestra, armado hasta los dientes, en medio de una escena de aparente tranquilidad ciudadana. Estamos tan habituados a eso que no nos sorprende especialmente. Si el mismo hecho ocurriera, por ejemplo, en una nación africana o centroamericana serviría para seguir alimentando su estigmatización como “países pobres y, fundamentalmente, violentos”. Allí, en el Sur del mundo, la violencia y la muerte cotidiana adquieren otras formas: no hay “locos” que se broten y produzcan ese tipo de masacres; la muerte violenta es más “natural”, está ya incorporada al paisaje cotidiano, recordando que muere más gente de hambre -otra forma de violencia- que por proyectiles de armas de fuego.

La repetición continuada de estos sucesos tremendamente violentos obliga a preguntarse sobre su significado. Si bien es cierto que en muchos puntos del planeta la violencia campea insultante con guerras y criminalidad desatada, luchas tribales o sangrientos conflictos civiles, no es nada común la ocurrencia de este tipo de matanzas, con esa forma tan peculiar que la potencia del Norte nos presenta casi con regularidad. Si ocurren, como sucedió hace un año en Noruega, constituyen una catástrofe nacional. En Estados Unidos, por el contrario, ya son parte de su estampa social “normal”.

Explicarlas sólo en función de explosiones psicopatológicas individuales puede ser una primera vía de abordaje, pero eso no termina de dar cuenta del fenómeno. Sin dudas que quienes la cometen, quienes terminan suicidándose en muchos casos, pueden ser personalidades desestructuradas, psicópatas o psicóticos graves; simplemente “locos” para el sentido común. ¿Pero por qué no ocurren también en los países del Sur plagados de guerras internas y armas de fuego, donde la cultura de violencia está siempre presente y las violaciones a los derechos humanos son el pan nuestro de cada día? ¿Por qué se repiten con tanta frecuencia en la gran potencia? Ello habla de climas culturales que no se pueden dejar de considerar. La violencia no es patrimonio de las “repúblicas bananeras”, en absoluto, aunque cierta versión peliculesca -estadounidense, por cierto- nos intente acostumbrar a esa visión.

Ese patrón de violencia fenomenal que desencadena periódicamente masacres de esta naturaleza no es algo aislado, circunstancial. Por el contrario, habla de una tendencia profunda. La sociedad estadounidense en su conjunto es tremendamente violenta. Su clase dirigente -hoy por hoy, clase dominante a nivel global- es un grupo de poder con unas ansias de dominación como jamás se vio en la historia, y el grueso de la sociedad no escapa a ese clima general de violencia, entronizado y aceptado como derecho propio.

Exultante y sin la más mínima sombra de duda o recato el por ese entonces candidato a representante de Washington ante Naciones Unidas, John Bolton, en el 2005 y en medio del clima de “guerras preventivas” que se había echado a andar luego de los atentados de las Torres Gemelas, pudo decir que “cuando Estados Unidos marca el rumbo, la ONU debe seguirlo. Cuando sea adecuado a nuestros intereses hacer algo, lo haremos. Cuando no sea adecuado a nuestros intereses, no lo haremos”. Es decir: la gran potencia se arroga el derecho de hacer lo que le plazca en el mundo, y si para ello tiene que apelar a la fuerza bruta, simplemente lo hace. Esa es la cultura estadounidense. El vaquero “bueno” matando indios “malos” cuando lo desea; así de simple.

Estados Unidos ha construido su prosperidad sobre la base de una violencia monumental (por cierto, como todas las prosperidades de los imperios: a la base siempre hay un saqueo. La propiedad privada es el primer robo de la historia). La Conquista del Oeste, la matanza indiscriminada de indígenas americanos, el despojo de tierras a México, la expansión sin límites a punta de balas, el racismo feroz de los anglosajones blancos contra los afrodescendientes -con linchamientos hasta no hace más de 50 años y un grupo extremista como el Ku Klux Klan aún activo al día de hoy- o el actual racismo contra los inmigrantes hispanos legalizado con leyes fascistas, toda esa carga cultural está presente en la cultura estadounidense. Único país del mundo que utilizó armas nucleares contra población civil -no siendo necesarias en términos militares, pues la guerra ya había sido perdida por Japón para agosto de 1945, cuando se dispararon-; país presente en forma directa o indirecta en todos los enfrentamientos bélicos que se libran actualmente en el mundo, productor de más de la mitad de las armas que circulan en el planeta, dueño del arsenal más fenomenal de la historia con un poder destructivo que permitiría hacer pedazos la Tierra en cuestión de minutos y productor de alrededor del 80% de los mensajes audiovisuales que inundan el globo con la maniquea versión de “buenos” versus “malos”, Estados Unidos es la representación por antonomasia de la violencia imperial, del desenfreno armamentístico, del ideal de supremacía. Las declaraciones de Bolton citadas más arriba no pueden ser más elocuentes.

Su símbolo patrio, el águila de cabeza blanca, lo pinta de forma cabal: ave rapaz por excelencia, muchas veces se alimenta de carroña o robando las presas de otros cazadores, conducta “ladrona” que llevó al padre de la patria Benjamin Franklin a oponerse vehementemente a la designación de este animal como representación del país. [El águila blanca] “no vive honestamente. Por haraganería no pesca por sí misma. Ataca y roba a otras aves pescadoras”, escribió indignado fundamentando por qué no debía ser esa ave el símbolo nacional. Obviamente, sus ideales no triunfaron.

Lo que sucedió estos días en el estreno de la película de Batman, repetición de dramas más o menos similares en estos años, es consecuencia natural -y ¡obligada!, se podría decir- de una historia donde la apología de la violencia y de las armas de fuego está presente en los cimientos de su sociedad. “El derecho a poseer y portar armas no será infringido”, establece tajante la segunda enmienda de su Constitución. Para salvaguardar este derecho y “promover y fomentar el tiro con rifle con una base científica”, en 1871 se fundó la Asociación Nacional del Rifle, hoy día la asociación civil más vieja del país, con cuatro millones de miembros y treinta millones de allegados y simpatizantes. Por lo que puede apreciarse, la pasión por las armas (¿por la muerte?) no es nueva. Las masacres son parte fundamental de la historia de Estados Unidos.

De acuerdo con informaciones de la organización Open Secrets, en los últimos años distintas instancias que buscan restringir las armas de fuego han invertido alrededor de un millón y medio de dólares en sus campañas, en tanto la Asociación Nacional del Rifle para ese mismo período ha cabildeado gastando más de diez millones de dólares para mantener intocable la segunda enmienda.

Si es cierto, como dijera Freud, que no hay real diferencia entre psicología individual y social, porque en la primera está ya contenida la segunda, la “locura” del joven asesino de estos días no es sino la expresión de una cultura de violencia que permea toda la sociedad estadounidense haciéndola creer portadora de un “destino manifiesto”. Pero la realidad es infinitamente más compleja que vaqueros “buenos” contra indios “malos”.

CIA made in México

* Pese a las múltiples críticas derivadas de la sustitución de policías por militares en algunos puntos de la geografía nacional, para Estados Unidos la Secretaría de la Defensa Nacional “carece de autoridad para realizar arrestos y es capaz de procesar información y evidencias para ser utilizadas en casos judiciales.

 

Francisco Cruz Jiménez/ Tercera de nueve partes

Las filtraciones de Wikileaks también demuestran que Felipe de Jesús se ha entregado, como ninguno de sus recientes antecesores, a Estados Unidos y que hace caravanas con sombrero ajeno porque los grandes, impactantes y mediáticos golpes que se han dado contra organizaciones criminales no le pertenecen. Todos son logros de la inteligencia estadunidense, como refiere el antes citado cable de Pascual.

“Expertos de la embajada dicen que las autoridades mexicanas con más regularidad se apoyan en los tips (o avisos) confidenciales que les proporcionan las agencias estadounidenses y las organizaciones de inteligencia, y que muchas de las capturas de figuras importantes de los cárteles de la droga se realizaron con asistencia de Estados Unidos”.

Otro envío de Pascual, el 3573, también con carácter de “secreto”, fechado el 17 de diciembre de 2009 y publicado por la prensa mexicana y periódicos como El País de España, refiere:

“Las fuerzas de la Secretaría de Marina (Semar) de México, respondiendo y actuando ante información proporcionada por Estados Unidos, en una operación realizada el 16 de diciembre mataron a Arturo Beltrán Leyva (El Barbas), la baja al más alto nivel de una figura de un cártel bajo el gobierno mexicano y un ejemplo de la excelente cooperación entre los gobiernos de México y Estados Unidos.

“La unidad que realizó el operativo recibió entrenamiento amplio por parte de Estados Unidos. La muerte de Arturo Beltrán Leyva no resuelve el problema de las drogas de México, pero esperamos que genere un momentum necesario para lograr avances sustantivos contra las organizaciones del tráfico de drogas.

“Funcionarios de las agencias de aplicación de la ley en la Embajada (estadounidense) dijeron que la operación arresto [sic] contra Beltrán Leyva comenzó una semana antes de su muerte, cuando la embajada proporcionó a la Semar información detallada sobre su ubicación”.

La Semar está bien entrenada, bien equipada y ha demostrado una capacidad de respuesta rápida a información de inteligencia. Su éxito pone al Ejército en una posición difícil para explicar por qué ha sido reacio al actuar, sobre información de inteligencia buena, a realizar operativos contra objetivos de alto nivel”.

Las agencias de inteligencia de Estados Unidos, originalmente, entregaron la información sobre Arturo Beltrán Leyva a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), cuyo rechazo a actuar con celeridad refleja una aversión al riesgo que representa para la institución una importante victoria en la lucha contra los narcóticos. “La Sedena proporcionó apoyo a la Semar durante la lucha contra las fuerzas de Arturo Beltrán Leyva, pero sólo puede tomar un poco de crédito del éxito de la operación”.

Esta captura, revela el documento, fue motivo para que el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, fuera considerado “un perdedor neto”. “Los miedos a la corrupción están bien fundamentados, tomando en cuenta el número de operativos que han sido suspendidos o que han fracasado por la fuga de información”, refiere el mismo cable 3195, al recordar que se informó a la Sedena antes que a la Marina sobre la ubicación de El Barbas, pero que ésta simplemente omitió actuar.

Pese a las múltiples críticas derivadas de la sustitución de policías por militares en algunos puntos de la geografía nacional, para Estados Unidos la Secretaría de la Defensa Nacional “carece de autoridad para realizar arrestos y es capaz de procesar información y evidencias para ser utilizadas en casos judiciales.

“Misiones conjuntas de análisis (de información de inteligencia), una en Tijuana y San Diego, y otra en Ciudad Juárez y El Paso, fueron diseñadas para expandir nuestros esfuerzos bilaterales y abordar una debilidad (…); el disfuncional bajo nivel de colaboración entre el Ejército Mexicano y las autoridades civiles a lo largo de la frontera.

“Nuestros lazos con los militares (mexicanos) nunca habían estado tan unidos en términos no sólo de transferencia de equipo y entrenamiento, sino en todo tipo de intercambio de información de inteligencia que esencialmente está haciendo la diferencia contra el crimen organizado”.

 

Del US Marshal al FBI

 

Pero los golpes a la soberanía mexicana no sólo responden a acontecimientos recientes, pues los centros de espionaje norteamericano en ubicaciones privilegiadas echaron raíces hace más de cincuenta años. Desde finales de la década de los cincuenta y principios de la década de los sesenta, en el siglo XX, el espionaje estadunidense decidió profundizar las raíces que ya tenía en nuestro país, no obstante que su operatividad, efectividad y tecnologías superaban y rebasan por mucho a las del aparato de inteligencia mexicano.

Aunque el intervencionismo es hoy más abierto que nunca, la presencia en México de la CIA, cristalizada el 18 de diciembre de 1947 —seis años después del ataque de las fuerzas japonesas a Pearl Harbor—, cobró fuerza con la Revolución Cubana y por el interés de Estados Unidos de mantener y expandir la Guerra Fría contra los países socialistas.

La eficacia de los agentes estadunidenses ha registrado impactos espectaculares para defender los intereses de su país. Como blanco de sus primeros golpes militares cuentan aquellos contra los presidentes argentinos Arturo Frondizi, en 1962, y Arturo Illía, en 1966; los asestados al dominicano Juan Bosch en 1963 y al ecuatoriano Carlos Arosamena en el mismo año. La penetración de la CIA afectó también las presidencias que corrían durante 1964 en Bolivia y Brasil, de Víctor Paz Estensoro y Joao Goulart, respectivamente.

Ellos controlaron y pusieron en marcha el gran operativo militar —en palabras precisas, la aparatosa invasión y ocupación de Panamá, que llamaron Causa Justa—, bajo las órdenes de Colin Powell, para derrocar, capturar y encarcelar al general Manuel Antonio Noriega el miércoles 20 de diciembre de 1989.

Ex agente de la CIA, Noriega fue enjuiciado por el delito de narcotráfico en una corte federal de Estados Unidos en Miami. Fue encontrado culpable y condenado a cuarenta años de prisión, mientras en su país, controlado por el Pentágono, se le abrían otros juicios por los asesinatos de Hugo Spadafora y Moisés Giroldi, la llamada matanza de Albrook y el fusilamiento de activistas de las Fuerzas de Defensa de Panamá. En todos los casos fue declarado culpable.

Para cuando el entonces recién asumido presidente mexicano Adolfo López Mateos externó su solidaridad con la Revolución Cubana, la CIA no sólo ya operaba en México, sino que financiaba su propio partido político: el Nacional Antisocialista, creado el 18 de marzo de 1960 en el aniversario de la expropiación petrolera.

Pese a las presiones que ejercían contra funcionarios locales para que se les otorgaran facilidades para ejecutar sus operaciones, los agentes de la CIA en territorio mexicano mantenían un bajo perfil dentro de la política gubernamental.

Sin embargo, incidentes como el del 3 de noviembre de 1960 evidencian que su poder e influencia nunca fueron menores. Aquel día se documentó cómo numerosas ametralladoras, subametralladoras, fusiles de asalto y pistolas propiedad de la CIA fueron descubiertas por agentes de la PGR y de la entonces Dirección Federal de Seguridad en el número 26 de la calle Berlín, en la Ciudad de México.

Pese al sensacionalismo generado por el incidente la información fue manejada con delicadeza en los llamados periódicos nacionales. Algunos plasmaron que el arsenal no era tal, sino que eran piezas de museo; otros sólo presumieron que las armas estarían destinadas a la región del Caribe, específicamente a Cuba, para alimentar la Guerra Fría. Controlados por el gobierno, todos soslayaron la participación de la inteligencia estadunidense en ese cargamento.

En cualquiera de los casos se ocultó la identidad de los agentes de la CIA responsables de trasladar las armas y quienes fueron detenidos en el lugar. Sin embargo, la Secretaría de la Defensa Nacional dictaminó que el armamento era de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas. Pero igual, documentado el caso hasta la CIA, los detenidos quedaron en libertad.

Ese mismo año se asentó al noroeste de México una oficina del Servicio de Información de los Estados Unidos (USIS), encargada de monitorear los estados de Sinaloa, Sonora y Nayarit, así como de distribuir gratuitamente el libro “El infidel Castro”. Según se documentó en su momento, los encargados de las operaciones eran Douglas Zischke y Jack Goodwin, este último agregado cultural de la embajada estadunidense en México.

En 1961, el ex presidente Lázaro Cárdenas del Río acudió ante la Procuraduría General de la República para denunciar a un personaje asociado a la CIA, Mario Guerra Leal, quien lo acusó de “traición a la patria” por pretender, supuestamente, cambiar el sistema de vida democrático mexicano por uno “totalitario y comunista”.

Ese mismo año, en el mes de abril, fue descubierta en las costas de Cozumel, Quintana Roo, una lujosa casa flotante que servía para las operaciones encubiertas de la CIA. Ésta era propiedad de un magnate petrolero texano, distinguido por ser gran amigo del entonces embajador en México, Thomas Clifton Mann y del vicepresidente estadunidense Lindon B. Johnson. Su blanco era la Cuba de Fidel Castro.

Las “24 horas” de Jack Calderón

* Mentiras, espionaje y EU. Cuando en 2003 Fox dispuso que los archivos de la inteligencia mexicana fueran enviados al Archivo General de la Nación y se hicieran públicos, se descubrió una verdad oculta: más de tres millones de personas y organismos diversos, como partidos de oposición al PRI, estaban fichados; en lo que queda listo el búnker del presidente de México y mientras se resuelve qué hacer con ella, esa labor recae en Estados Unidos.

 

 

Francisco Cruz Jiménez/ Parte Uno de Nueve

El guión: cien millones de dólares y un juguete nuevo. El uniforme tipo militar en el armario y por lo menos un centenar de computadoras operando en un refugio subterráneo desde el corazón de la Ciudad de México, tantito más abajo que cualquier estación del Sistema de Transporte Colectivo Metro. El protagonista: Felipe de Jesús Calderón Hinojosa en el papel de Jack Bauer.

Un día quizá no muy lejano, el búnker súper secreto, oculto en algún punto de la capital mexicana, servirá como centro de operaciones para dirigir la guerra contra las organizaciones criminales más peligrosas del país. Pero también será el refugio del presidente de la república, pues en caso de sufrir amenazas o cuando haya riesgo de atentado, ahí podrá resguardarse y mantener el control de la nación.

Además de un puñado de empleados y funcionarios de alto nivel del calderonismo, la ubicación del complejo sólo es conocida por la CBS Broadcasting Inc. —antes Columbia Broadcasting System, de donde se derivan sus siglas en inglés, CBS—. Pero únicamente los segundos saben qué actividades se desarrollan ahí, al margen de los servicios tradicionales de la inteligencia mexicana de los que, según parece, ya nadie quiere oír y nadie sabe tampoco cómo deshacerse de su historia negra.

Todo en este guión tiene el sabor de una novela de espionaje o un cuento policiaco. Los malos son los asesinos a sueldo y los capos del crimen organizado, los mismísimos personajes principales de los comerciales de alto impacto de la PGR o de los espectaculares que adornan algunas de las dependencias y paredes administradas por el gobierno federal.

En la pantalla todo está listo: en su aparición estelar en uno de los principales programas de noticias de la televisión estadunidense, el señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos desliza su ideal en la guerra contra el crimen organizado. Advierte que, si por él fuera, se haría de los “juguetes” bélicos que se exhiben en “24”, la multigalardonada serie dramática estelarizada por el actor Kiefer Sutherland, que no deja de ser un espectáculo televisivo.

Pareciera una broma lo de Jack Bauer, pero los allegados a Calderón saben que no lo es. En los cinco años de su administración ha dado muestras amplias de sus pasiones. Es abierto su gusto por rodearse de militares de alto rango; disfruta de su compañía, de su protección y asistencia. Junto a ellos ha desarrollado la pulsión por probar la maquinaria bélica que hoy se emplea en su guerra contra el narcotráfico, la misma que se exhibe cada 15 de septiembre durante los festejos por la Independencia nacional.

En un lustro, Calderón ha dejado constancia de que la seguridad nacional es apenas un asunto militar en su guerra contra los capos del narcotráfico, el crimen organizado en sus otras ramas y, tangencialmente, los grupos subversivos identificados, pero que todo tiene solución por la vía de las armas.

Como estrella de una serie cualquiera de la pantalla chica, lo mismo se deja filmar y fotografiar en un avión de combate F-10 que en una unidad terrestre artillada, al mando de la tripulación de esa maquinaria de guerra, que para eso es el jefe supremo de las Fuerzas Armadas, o con su uniforme militar cinco estrellas, aunque esa vestimenta haya servido para caricaturizarlo.

Todavía circulan no sólo las fotos, sino crónicas y noticias que lo recuerdan en la cabina del avión de combate un 10 de febrero, cuando celebraba en Chihuahua el Día de la Fuerza Aérea: “Al sentir y tener el dominio de la aeronave militar simuló un combate y ordenó disparar”. Más tarde, en Tamaulipas, en el marco del Día del Ejército y luego de pasar revista a la tropa, tomó el mando de una unidad terrestre artillada de las que usa el Ejército para campañas de combate urbano. La gran tarea es la guerra contra el narcotráfico.

En agosto de 2010 se reforzó el arsenal de la Fuerza Aérea Mexicana para hacer frente a la delincuencia organizada. Se adquirieron, por veintitrés millones doscientos cincuenta mil dólares pagados a la empresa israelí Elbit Systems, algunos aviones tácticos Hermes 450, llamados también aeronaves no tripuladas, que tienen una autonomía de vuelo superior a veinte horas.

Es un secreto a voces, publicado ya en algunos medios, que la empresa estadunidense Boeing construye tres satélites mexicanos que costarán al menos quince mil millones de pesos, para mejorar y resguardar las comunicaciones internas del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea.

Y al búnker u oficina de espionaje en el centro del Distrito Federal, llamado oficialmente Comando Central de Inteligencia, llegarán todas las señales que se captarán con el gran cableado que pretende extenderse por todo el país para monitorear al crimen organizado, señaló el mandatario mexicano durante una entrevista exclusiva para el CBS Evening News con Katie Couric, el viernes 12 de noviembre de 2010.

Ellos, los televidentes de aquel país, fueron los primeros en tener de forma abierta y oficial, acceso al inédito comando súper secreto desde donde Calderón, el Bauer mexicano, le da forma a su guerra contra el narcotráfico, aprovechando, según dicen, la tecnología más sofisticada y el avance de las redes cibernéticas y del ciberespacio.

CBS lució la entrevista: “el presidente nos mostró su mayor secreto, un búnker subterráneo, su ultra-secreto cuarto de guerra o top secret war room, de cien millones de dólares”, un centro operativo de inteligencia con extensas redes digitales e informáticas y otras herramientas de alta tecnología para hacer frente a los barones de la economía criminal.

Ante Couric, Felipe de Jesús se reconoció como admirador de Jack Bauer, personaje que ha sido blanco de enérgicas críticas por la tortura con altas dosis de violencia que ejerce contra sus enemigos, con el único fin de obtener información. Pero fue insistente: “Y cuando estamos diseñando el centro, digo, ¿recuerdas el programa 24, el show de televisión? Bien, quiero todos los juguetes. Todo eso. Todas las herramientas necesarias para ser superior a los criminales”. En otras palabras, combatir el creciente poder bélico de los cárteles con más poder bélico. Inteligencia “a la mexicana”.

Con certeza, Felipe no ha tenido acceso a señalamientos de los críticos más ácidos del programa: “La única diferencia entre la silla eléctrica y Jack Bauer es que la silla puede resultar cómoda al principio… y no te obliga a hablar” […] Sólo conoce dos formas de hacer las cosas: por las malas y por las malas con un disparo en la rodilla […] Harto de esquivar su realidad, Jack se decidió a trabajar matando gente. […] No cree en la ley de Murphy, cree sólo en la ley de Bauer: si algo puede salir mal, se resolverá en 24 horas”.

En la entrevista dejó entrever que su gobierno no será suficiente para derrotar a la delincuencia organizada ni al narcotráfico: “Como le digo a los mexicanos, nos va a costar dinero, nos tomará tiempo y, desafortunadamente, costará vidas humanas”. El fenómeno Wikileaks mostraría que ya ni la intimidad es suficiente para hacer frente a una guerra que tiene abiertos muchos frentes de batalla.

Mientras Wikileaks desnudaba en racimo los más oscuros secretos mexicanos del calderonato y exhibía la desconfianza que sienten la Casa Blanca y el Pentágono hacia su amigo Felipe de Jesús Calderón, éste se afanaba en presumir su cuarto de guerra y, por su parte, John C. Inglis, segundo jefe de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos, advertía que, con el avance de la tecnología, ya es imposible esconder y proteger los secretos.

Entre algunas de sus actividades más importantes, la NSA lleva años haciendo lo que pretende Calderón en su refugio subterráneo: recopilar todas las escuchas secretas, monitorear la actividad de la red de satélites espías y descifrar la información codificada de todas las naciones, sean hostiles o aliadas.

Pero hasta ahora el ambicioso proyecto de espionaje mexicano sólo es eso: un proyecto que comienza a formarse, pero que en la imaginación y en los planes de Jack Calderón ya es, de entrada, muy superior al devaluado y siempre cuestionado Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), que cada presidente ha usado como la policía política del gobierno en turno. Y aunque algunos con sarcasmo lo llaman Central de Inteligencia Mexicana, sus tareas básicas consisten en reprimir y obtener información por vía ilegal: infiltración, soborno o chantaje.

Militarismo light

* En 2008, el Congreso de Estados Unidos creó una comisión para investigar el impacto de la contratación de fabricantes de armas en Irak y Afganistán durante los periodos de conflicto armado y de ocupación. Los resultados del informe final muestran concesiones de contratos a dedo a algunas empresas paraestatales, que inflaban los presupuestos que le presentaban al gobierno para obtener más fondos. Hasta el 70% de los ingresos de estas empresas proviene de contratos públicos.

 

Carlos Míguélez Monroy/ Argenpress/ CCS

Han muerto más empleados de la empresa L-3 Communications que soldados de casi todos los países “aliados” en Irak y Afganistán, con la excepción de Estados Unidos y Reino Unido. L-3 ocupa el noveno puesto mundial de empresas que más dinero se embolsan como proveedores de armas y de servicios militares: más de 13 mil millones de dólares en 2010, según el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI).

La compañía especializada en sistemas electrónicos y de espionaje tiene entre sus clientes al Departamento de Defensa de Estados Unidos, a distintas agencias de inteligencia, al Departamento de Estado, al de Seguridad Nacional, al de Justicia y a otros países “aliados”. Algunos de los miembros de su equipo directivo habían alcanzado rangos elevados en el ejército antes de retirarse o trabajado en el gobierno, o como asesores en comités y think tanks relacionados con la política exterior de Estados Unidos. En 2005, la compañía adquirió en 2005 a otra llamada Titan, para la que trabajaban dos de los intérpretes investigados por torturas en la cárcel de Abu Ghraib, en Irak.

En el puesto 38 figura DynCorp International, una empresa militar que ofrece servicios de protección diplomática, de seguridad, inteligencia, formación y entrenamiento militar y policial, sistemas de espionaje, equipos de rescate en situaciones de catástrofe. Tiene presencia en países de América Latina, Asia y África.

En 2010, obtuvo ganancias por casi 2 mil 300 millones de dólares. En 2006, obtuvo un contrato de mil 200 millones de dólares del Departamento de Estado para proteger a personal diplomático en Irak. Un año más tarde obtuvo otro contrato, por la misma cantidad, para entrenar a la policía iraquí ante la escalada de violencia sectaria, provocada por la desmovilización del antiguo ejército local y la persecución de las facciones sunitas, leales a Saddam Hussein.

DynCorp también obtuvo un contrato millonario para proteger al presidente de Afganistán, Hamid Karzai, que luego cargó contra las empresas militares occidentales por su implicación en muertes indiscriminadas de civiles y en otros abusos.

También figura en la lista CACI, otra empresa estadounidense que fundaron dos genios de la informática y que ofrece servicios de espionaje y de información. En 2003 obtuvo un contrato del Departamento de Defensa para “apoyo” en los interrogatorios para la “lucha contra el terrorismo” en Irak. El consejero delegado de la empresa lanzó una campaña de lavado de imagen con su libro Our Good Name (nuestro buen nombre), donde cuestiona los datos y la evidencia que utilizaron investigadores militares y periodistas para señalar a algunos de sus empleados como cómplices en los abusos en la cárcel de Abu Ghraib.

En 2008, el Congreso de Estados Unidos creó una comisión para investigar el impacto de la contratación de estas empresas en Irak y Afganistán durante los periodos de conflicto armado y de ocupación. Los resultados del informe final muestran concesiones de contratos a dedo a algunas empresas paraestatales, que inflaban los presupuestos que le presentaban al gobierno para obtener más fondos. Hasta el 70% de los ingresos de estas empresas proviene de contratos públicos. El informe también denuncia la falta de control y de supervisión gubernamental, y advierte de una peligrosa dependencia en esas empresas “privadas”.

Al haber trabajado en el gobierno o formado parte de las filas del ejército a altos niveles, los directivos de empresas como DynCorp mantienen contactos en altas esferas de la política. Esto les facilita la concesión de contratos que se pagan con los impuestos de los ciudadanos. También destinan fondos a las campañas políticas para promover sus intereses.

Sus páginas web muestran imágenes de profesionales bien vestidos que sonríen, o de niños en algún país empobrecido pateando un balón de futbol, o de hombres y mujeres que construyen una casa o un colegio; el lenguaje que utilizan se asocia con la democracia y la libertad. Sus programas filantrópicos, de becas y de Responsabilidad Social Corporativa contribuyen a crear una imagen que convierte la guerra y la ocupación en una labor de reconstrucción y de ayuda humanitaria.

Con el creciente poder adquisitivo de estas empresas paraestatales en un sistema político que funciona a golpe de talonario – en detrimento de la democracia – se cumplen las advertencias del presidente Dwight Eisenhower contra el crecimiento metastático del complejo militar-industrial.

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