La teoría del lero, lero

* Maradona, para trivializar el asunto, hizo público a su favorito. Dijo, en entrevista banquetera para los medios, que “le voy a Brasil”. Y luego, acercándose a la cámara, aclaró con voz profunda de ché tanguero que “los favoritos de uno nunca ganan”. El genio del futbol mundial, como lo calificó el cronista Víctor Hugo Morales, que para colmo es uruguayo, tuvo la razón y ni la FIFA ni Chiquimarco podrán desdecirlo.

 

Miguel Alvarado

Ya me la Pelé, dicen los chistes en redes sociales que de pronto inundaron los submundos virtuales tras la goleada germana a los brasileños. En lo deportivo, importa poco el resultado, que es una más de las anécdotas para un país que gastó 14 mil millones de dólares para organizar una Copa del Mundo que ni de lejos verán los brasileños.

El deporte profesional es un negocio, como la venta y el consumo de las drogas. El mundo visto como un extenso campo de producción está dividido en sectores. Hay fábricas de cocaína y mariguana, que tienen un patio de maniobras para carga y trasiego, como en cualquier embotelladora de Coca – Cola y finalmente un mercado. Ese mercado no tiene por qué saber de los problemas de la embotelladora y bebe la chispa de la vida sin inhibiciones. Para el Primer Mundo, la droga fumada o inyectada no representa ningún riesgo y se consume despojada de las vidas que ha costado llevarla. Así, las ganancias del deporte profesional no tienen por qué derramarse en un país como el brasileño, porque no es lo mismo que Brasil o Argentina ganen el mundial en un país del Tercer Mundo que en Japón o en Europa. A veces sucede que en Sudáfrica gana un pobre hispano, pero los dineros se reparten. Hablar de que “un país gana la Copa” es ya de por sí exagerado. Ninguna nación ha ganado nada levantando el trofeo. Que el turismo se incrementa es verdad, pero nada del otro mundo. El oro es otro y los gambusinos nunca son obreros.

Maradona, para trivializar el asunto, hizo público a su favorito. Dijo, en entrevista banquetera para los medios, que “le voy a Brasil”. Y luego, acercándose a la cámara, aclaró con voz profunda de ché tanguero que “los favoritos de uno nunca ganan”. El genio del futbol mundial, como lo calificó el cronista Víctor Hugo Morales, que para colmo es uruguayo, tuvo la razón y ni la FIFA ni Chiquimarco podrán desdecirlo. El Diego, Barrilete Cósmico que destrozó la elefantiásica defensa inglesa y se hizo una chaqueta con Peter Shilton, meta de la pérfida Albión en 1986, ha hablado ya con Lionel, su Messi consentido y le ha dicho que Alemania y Holanda son sus favoritos. Maradona, dios de pierna zurda y que hizo del cineasta Kusturica una superestrella, sólo supo patear un balón y eso ha sido suficiente para volverse inmortal. Que un hombre, un ser humano, pues, se gane el Olimpo aunque sea de Boca, pateado un Tango suena a capítulo del Chavo del Ocho, pero producido por la Warner.

La exageración es el futbol.

Y los siete goles clavados a los brasileños sólo son el pálido reflejo de la pérdida de lo elemental para países como el de Friaca. Hace 30 años las derrotas del Scratch las sentía como propias la pobre afición mexica, que apenas recuerda a sus glorias locales se echa a llorar. Luego los brasileños se volvieron millonarios, jetseteros al estilo de Luis Miguel y frecuentaban los bares italianos y se tiraban a las y los modelos de moda. No todos, claro pero los iconos empuercaron, por decirlo poéticamente, la razón fundamental del panbol. Una, la victoria del pobre sobre el rico en condiciones de igualdad. Otra, el poder emanado de una gambeta, la burla pírrica que significa un túnel, un sombrerito, el gol en sí. Luego renacieron las bicicletas, patentadas como invento del chafísimo ronaldismo, desdeñando las viejas piruetas de Eusebio, Pelé y hasta el innombrable Leónidas, un tipo al que dejaron en la banca en 1938, para que no se cansara y los italianos echaron a Brasil de forma vergonzante. Apodado El Diamante Negro, aquel Leónidas da Silva es de hecho reconocido como el inventor de esas bicicletas que el tal Cristiano ha puesto a la venta en los aparadores de la entelequia mercadológica del Real Madrid. El error, aquel fatídico 38, consistió en no meterlo, porque antes los cambios no existían, pues el técnico Pimenta consideró la semifinal de la Copa como un mero trámite.

Ya en 1950 Brasil recibiría el aviso de “prohibido ganar” en tierra propia, cuando lo del maracanazo, pero la goleada del 8 de julio del 2014 fue de antología. Disfrutable por donde se le vea, los millonarios futbolistas de amarillo enseñaron el cobre matizado de estupefacción, alienación infinita, eterno retorno a la senda de la podredumbre. Los millonarios ya ganaron sus millones. Ya no deberían ganar más, ni siquiera en sus reuniones de pókar. Uno debe tener lo suficiente para vivir bien y mejor, comprar en la tienda de la esquina y de perdida obsequiarse una camioneta para salir a dar la vuelta. Gozar de vacaciones a alguna playa y de vez en vez conocer algún país, Colombia por ejemplo y caminar su Bogotá en busca de Manizales o el recuerdo de Manizales o las sombras alargadas de alguna planta oscurecida. Y bueno, ser millonario no está mal, hasta un equipo se llama así, Millonarios.

Pero a los futbolistas brasileños no se les perdona que hayan vendido la candidez. Todavía en 1982 sólo uno de ellos jugaba en el extranjero, Falcao, el verdadero Falcao, a quien llamaban el Rey de Roma. Luego entrenó al América en una de esa maquiavélicas maniobras del destino que lo mismo puso a ese rey en Coapa que a Dirceu en 1979, en su momento y por unos meses nomás, el mejor futbolista del mundo. Era increíble. José Dirceu Guimaraes, compañero de Rivelino, maestro de maestros, vistiendo la casaca amarilla de los cremas. Claro, ni siquiera completó la temporada y tuvo que llevarse de recuerdo, en su maleta, sandías intercambiadas por balones, que era lo que le devolvían sus compañeros cuando el brasileño les enviaba un pase.

Y esa razón, la del pobre frente al rico, la del afrentado por la fuerza del dinero y las influencias de unos se traslada al Scratch, siempre al Scratch y por supuesto siete goles son para festinarse. Porque Garrincha fue cosido a patadas. Porque Pelé tuvo que retirarse de un Mundial, masacrado por los portugueses. Porque Zico jugó contra Francia en 1986 apenas con 15 días de rehabilitación y hasta Ronaldo tuvo que entrar contra Francia, un día después de presentar convulsiones. Que Neymar tiene rota una costilla, pues sí, pero fingió durante cuatro partidos sin ninguna necesidad.

En los siete goles no hay ningún fingimiento. Son, fueron. Están allí en la memoria electrónica. Que el futbol en Brasil no provoque disturbios preocupa. La clase media alcoholizada, estupefacta, asiste a su propio derrumbe apenas quemando camiones. Ni un reclamo por los 15 mil millones de deuda adquirida. Le duele el gol, qué pena. La afición ha perdonado su historia, la única que tiene y que se llama futbol. Está con sus seleccionados y les dice, como dijo Ernesto Guevara cuando todo le sonreía: “hasta la derrota siempre”. Claro, lo del 8 de julio sólo era un piche juego.

Pero siete goles…

Minuto 48

* Y es que el mundo se había terminado. No sería nunca de noche con esa cortina de fuego que avanzaba y quemaba campos y personas. Pero nadie sufría porque ni siquiera era la muerte lo que sucedía. Horas después todo volvería a la normalidad y el panadero pasaba como siempre, muy puntual, a dejar las conchas y los bolillos a la puerta de la casa.

 

Miguel Alvarado

Estaciona su auto con la parsimonia de quien le sobra el tiempo. Su música, la suya, inunda la calle, el callejón, el cercano banco recién asaltado en olas de soft parade que, quiérase o no, se quedarán un buen rato revueltas entre la fauna mental que florece los domingos por la mañana y que alambica nuestra relación con dios, la cual nunca será mejor ni más perfecta.

La ciudad y sus muros se calcinan en el frío, que llega en temporada de caza colgado de árboles y enfermedades. Las ventanas apenas reflejan las siluetas de los edificios destrozados, que nadie mira, desatentas. Se prefiere no dormir o de plano olvidar las cosas, consolados por una cucharada de miel mientras anuncian en la tele el partido de futbol, la novela del canal once, la película porno donde no se permite el coito.

No es que llueva.

“He´s rich. Got a big car”.

Abrasado en la cancha del Castelao, en Fortaleza, Guillermo Ochoa recuerda que hace cuatro años se tragó la banca entera, desplazado por Óscar Pérez y Emilio Azcárraga, quienes lo condenaron para siempre al inframundo del ocote o del plástico y los asientos Momo en todo caso. Pero ese “para siempre” sólo duró 48 meses y ahora, con experiencia europea aunque de liga menor por más que se hable de croatas emigrados a Suecia, ha entendido que sólo necesita estar, aunque de pie, para que el balón cumpla los cometidos de un meta. Detuvo, como si se tratara de un ferrocarril desbocado, él solo a la delantera brasileña, la peor de muchos años, debe decirse, pero a fin amarilla, verde como un scratch pero no de oro. Mira el estadio y casi rompe en llanto. Se controla porque sabe que la cámara lo trasmite. Le basta una pasada de sus enguantados secretos por el rostro para olvidar, homérico, aquello que le arrasó los ojos por algunos segundos.

Juega todavía para Ajaccio, conjunto lumpen ubicado en la mejor de las tradiciones del ascenso francés. Pero el peor equipo galo y una determinación que a veces parecía la paz le negociaron la titularidad en un once condenado a morir de muerte prematura.

Yo digo que las tomas en HD no le favorecen.

Las gradas de los estadios en Brasil, en este Mundial, albergan menesterosas los rostros más amables, concretos, perfilados. Son blancos. Ningún catracho o moradores de favelas, constructores inauditos de ciudades perdidas han tenido acceso. Y si los hubo las pantallas los discriminan. ¿Para qué quieren salir, de cualquier forma, en alguna de ellas si el target ni siquiera es suficiente para las páginas de sociedad del diario Reforma en México? Nadie puede ir al Mundial casi gratuitamente, como hace Felipe Calderón gastando los ahorros de su vida en un barco casi maldito que exigió el sacrificio más pusilánime. La negritud no es una condición social ni representa ya el choque de las castas. Es todavía algo más que, por peor, empobrece la idea.

Todo pasa rápido en aquel partido contra Holanda. Nieves volcánicas encuentran acomodo en largas nebulosas que a vuelta de correo envía fotografías y postales panorámicas para la horda de turistas que sólo el duelo satisface. Mientras, en la Tierra, a un costado de la Alameda, los jóvenes se preparan para marchar por las calles disfrazados como personajes de cómic. Es la revolución de las historietas, viñetada y guionizada gratuitamente por Walt Disney como el Ché Guevara y El Guasón asesino como Sojta Arco.

Holanda, más fuerte, más alta, más bella según el catálogo de arbitrariedades de la Vogue y las Cosmo girls, es la prueba de un rubor ennegrecido por eso que ellos llaman tolerancias o integración y que en realidad es cristal del tiempo reflejado en los cargamentos esclavos con destino a las guyanas y los campos algodoneros. Portugueses y neerlandeses, la buena onda del mundo civilizado, olvidaron ya que se hicieron millonarios traficando 100 millones de personas, cambiándolas a veces por un Jabulani, en este caso Brazuca de diseño inexplicable que integra los espectros navegantes de aquellos errantes holandeses.

Pero esto es el campo, Fortaleza, la Copa del Mundo inventada porque sí en 1928 y que hoy representa, por sí misma, la fantasía libertaria del tercemundismo, de los muy iguales derechos en el discurso y de los campos de exterminio que en realidad son las naciones con capitales de agreste traza, ya Buenos Aires, la incómoda Juárez o la maldita por imposible Tegucigalpa.

Y en este campo los futbolistas ejecutan de demiurgos, aunque no todos las enseñanzas de Merlín. Cuidado con los autoayudados porque de ellos no es la Copa del Mundo. Las tardes de lluvia son carpetas de hielo e hielan, agora, a los pobres que se mojan afuera. Allá afuera ubicamos la sonrisa del fanático, del disfrute socialmente aceptable y a veces de alguno que otro crimen, que ponen un poco de orégano a los guisos que sugiere la nota roja.

México avanza, si es que cabe esa palabra. Enfrenta con soltura los primeros minutos en cadencia ensayada casi a fuerza. Ochoa, goalkeeper maravilla, es un hombre sangrante, feliz, tristemente, políticamente, apellidadamente, que despeja correcto los balones que le llegan. La concentración atraviesa aquí los ojos vidriosos de los 22 elegidos, lectores infumables de Paulo Coelho y alguna baratija ni siquiera de Jodorowski. Para que vean cómo están las cosas, los de Holanda se retrotraen –equivalente plurifuncional de la pérfida contratoma, el esquivo contrarremate, el huraño contrapique- y Márquez, porque nació defensa, sabe que no hay a dónde ir, que las salidas están copadas, que el estadio será un derrumbe definitivo que no necesita de paulos ni alazrakis para cumplir la profecía. México, ése que no me representa, caerá como aquél que sí lo hace porque todo es lo mismo y aunque los oasis abundan, se olvidaron en un cuarto de hotel.

Y Márquez el capo levanta la mano pero no halla dónde asirse, ni siquiera de la mirada del otro, tal vez Herrera, quien sabe campechano que será el próximo iluminado, pueda tender su puente. Lo crack, el notable odio hacia lo torpe hace de Herrera, que juega en el Porto, un horrible muñeco que sabe ballet. Tal vez pronto termine todo, mientras el cámbrico tejido de aquella grama enjoyada observa rubios replegados como si fueran piratas buscando la ensenada, un escape inverso que les permita huir hacia adelante, donde aguarda Ochoa.

En la banca, Javier Hernández reprime su hipofrenia y grita minúsculo, como un chícharo, la instrucción que le enseñaron en Manchester. Critica culposo la inclusión de Dos Santos en el equipo inicial porque sabe la medida del miedo que le aqueja. Pero a Hernández le falta lo Nostradamus y observará atónito pero solidario lo que Giovani es capaz de hacer. El segundo tiempo es la misma historia pero la variante se diseña por sí misma. El disfraz, la máscara, perfilan la sonrisa, una forma de estómago retorcido, de ser congruente y la estafa de los días tranquilos surte efecto al minuto 48. Dos Santos es pequeño pero tiene piernas de elefante. Compite con cualquiera sin perder la vertical del atleta a destiempo y sabe que vive sólo en los segundos que recibe y devuelve la bola.

Minuto 48.

Es Dos Santos el único arriba pero también el más criticado. Incluso busca la manera de zaherir sus ya apenadas participaciones cuando baja un balón y su sombra se proyecta justo en él, que lo mira de reojo al lado de un holandés 20 centímetros más alto. Y la baja con el pecho como si fuera una cascarita y la deja botar como haría de chico en el parque de su casa. Que aguanta el embate de Blind y golpea con técnica suficiente para que el balón ruede sobre sí, por el aire y despida un silbido que corta el césped medio metro más arriba.

Que el arquero Cillessen, con 7 partidos internacionales y admirador de Oliver Kahn y de 1.88 metros de estatura no pudo llegar ni estirado y que el balón se metió para estupor de todos, por el único espacio que podría caber. Que era un gol que nadie quería tan pronto porque a Holanda le saldría su lado colonizante.

Giovani flota en el césped. Recorre jubiloso el área naranja y levanta los brazos porque un gol es mejor que cualquier orgasmo. Mira enceguecido a cualquier parte y sólo el instinto le guía con sus compañeros. Y con él caminan los demás, caminamos. Anotamos.

Dos Santos ha cumplido.

Es momento de salir.

La mezcla primordial de vida y muerte se encuentra en ese cambio que ubica a Aquino en el terreno de juego. Curioso caldo de azar y budismo zen, de pronto se mencionan en público, al aire, los extraños nombres de Robben, calvo maldito que nació para este momento y de Sneijder, heredero de bajo perfil del peor de los Cruyff pero así y todo, suficiente para volverse inmortal, de plástico, irrompible.

Vistos como un mar, esos dos eran hervideros de torres y campanas o calles de doble sentido que atravesaban el pecho apenas la oportunidad aparecía. No se entiende el desmayo de México, porque no lo hubo, pero cada vez que Robben llegaba desintegraba cada universo subatómico, la furia planetaria en un giro de sus dedos.

Primero Sneijder y luego Robben terminaron un trabajo que nunca le pesó a la nueva Naranja Mecánica. Dos minutos, dos goles y antes, todavía, la fractura de Héctor Moreno, estrellado él mismo en la pierna biónica del calvo dictaminaron el futuro, ordenaron el pasado, aquietaron aquí, ahora, a la horda mexicana que ya se veía la dueña de una Copa que realmente no vale nada.

Todos lloramos, unos porque sí, los más por costumbre.

Y es que el mundo se había terminado. No sería nunca de noche con esa cortina de fuego que avanzaba y quemaba campos y personas. Pero nadie sufría porque ni siquiera era la muerte lo que sucedía. Horas después todo volvería a la normalidad y el panadero pasaba como siempre, muy puntual, a dejar las conchas y los bolillos a la puerta de la casa.

Todavía lo hace peor que ganara Costa Rica.

Los fanáticos

* De futbol sabe poco Eruviel, quien a pesar de sus limitaciones vaticinó un triunfo mexicano por 2 a uno. Ya había fallado su anterior pronóstico, dos a cero contra Camerún, que atestiguaron las pantallas gigantes colocadas en 29 municipios, “donde se puede ver el Mundial en Grande”, dice el diario Ovaciones, uno de los medios que todos los días le da portada a Ávila, a pesar de ser deportivo.

 

Miguel Alvarado

Eruviel Ávila, muy sentado con la banda (grupo de personas pertenecientes a clases populares, dícese), se dispuso a observar el partido de futbol entre México y Croacia.  Ya más tranquilo, al menos en lo público, porque el presidente Peña lo tuvo que ratificar como gobernador del Estado de México, como si su sola encomienda no le garantizara el cargo, se puso su pants negro con vivos verdes del año pasado y se lanzó entre la plebe, como cualquier hijo de vecino, allá en Coacalco.

De futbol sabe poco Eruviel, quien a pesar de sus limitaciones vaticinó un triunfo mexicano por 2 a uno. Ya había fallado su anterior pronóstico, dos a cero contra Camerún, que atestiguaron las pantallas gigantes colocadas en 29 municipios, “donde se puede ver el Mundial en Grande”, dice el diario Ovaciones, uno de los medios que todos los días le da portada a Ávila, a pesar de ser deportivo.

Javier Hernández banquea este Mundial. Cuesta, él solo, más que toda la selección de Honduras. El delantero del Man-U está valuado en 22 millones de euros mientras que los catrachos apenas cotizan 16, todos juntos. Por eso se enoja. Hernández es inteligente aunque o por hablar inglés, sino porque entiende que su vida útil como futbolista se termina. Debe jugar si quiere vigencia, más ahora, que es joven, y porque nadie le asegura que habrá otro Mundial en su carrera.

Eruviel Ávila señala que los delitos en el Edomex van a la baja. Se trata de los de alto impacto, secuestros y homicidios, principalmente, que disminuyeron 16 por ciento en los últimos seis meses. Sin señalar cómo obtuvo esos datos, que debieran creerse porque los informa un gobernador, a Ávila lo contrastan otras cifras, éstas con referencias fundamentadas. Por ejemplo, hasta febrero del 2014, según el Inegi, la Secretaría de Gobernación y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en el Edomex se habían cometido 209 delitos sexuales, mil 558 delitos patrimoniales, 17 secuestros, 361 homicidios y 3 mil 615 lesiones, ente otros hechos. Esto, según las fuentes, representa además el 25 por ciento de los delitos cometidos en realidad, pues la estadística señala que apenas esa cantidad genera denuncias.

– Mira, ahí está La Gaviota.

– Le van a dar un reconocimiento.

– ¿Y ése de traje es croata?

– No manches, está re’gordo el Davor Suker.

Luego Angélica se esfumaría, como marca el protocolo, pero su imagen quedaría grabada en los televidentes quién sabe por qué razones.

-¡Mira, ahí está La Gaviota!

-No, ésa no es.

-¡Mira, ahí está La Gaviota!

– No, ésa tampoco es.

-¡Mira, ahí está La Gaviota!

– No, ésa menos.

– ¡Pero si la acabo de ver!

Y es que Angélica Rivera llegó al estadio de Recife como representante del gobierno mexicano para el encuentro. Recibió un presente, una especie de canasta con cosas, junto a un desorbitado Justino Compeán, que la emoción del momento no dejó identificar del todo. Esposa presidencial, su labor dentro de la estructura peñista es invaluable, pues en ella se ha encontrado a la embajadora ideal. Acude a todos los actos sociales a los que no quiere o no puede ir su esposo y nunca habla en público. Cuando lo hace, su perfecta dicción y entrenamiento como actriz logra convencer a su auditorio que, aunque limitado, replica sus pasos con eficacia, vaya donde vaya. Lee perfectamente las tarjetas previamente confeccionadas para ella. Siempre fresca y atenta, Rivera ha conseguido borrar para siempre resbalones que ella misma protagonizó enviando tuiters que muchos calificaron, cuando menos, como errores de buena fe: “Osea (sic), yo creo que si los indios quieren salir de donde están que se pongan a trabajar y dejen de estar de flojos o violentos, como en Atenco”. “Enrique no se arrepiente nada por lo que pasó en Atenco, la verdad se lo merecían, sólo perturban la paz de todos los que sí queremos trabajar”. “Por eso dije que Salinas hizo bien cuando mando (recontrasic) al Ejército a esos indios revoltosos, osea (archirrecontrasic) que se pongan a trabajar y amen a México también”.

Sobria siempre, Rivera destaca entre los colaboradores más efectivos de Peña. Pero sobria no significa tiesa. La sonrisa perenne, como le enseñaron sus maestros en Televisa, tiene el don de cautivar siempre y mientras no se le fuerce a abandonar lo que los especialistas en superación personal denominan área de confort., todo estará bien. Porque más allá de ella, nadie sabe lo que podría suceder.

Angélica sonríe. El partido está por comenzar. Guillermo Ochoa le guiña el ojo al monolítico Rafael Márquez. Las alineaciones se despliegan en las pantallas. El portero mexicano es talismán invaluable.

Click. Click.

Antes del encuentro, una balacera en el norteño municipio de Ixtlahuaca pone todavía más en duda las cifras de Ávila Villegas, que aclara más adelante que sus datos tienen el respaldo del Operativo Seguridad Mexiquense y que ha colocado sobre su ejecutivo escritorio una reducción comprobada de 23 por ciento en extorsiones, una de 7.3 por ciento en secuestros; la disminución en 18.5 por ciento en robo con violencia y de 23.1 por ciento en robo a casa habitación 23.1. Le dicen que hay 29 por ciento menos robos a comercios robo a comercios, 20 por ciento menos a empresas y 23 por ciento menos a peatones. De la noche a la mañana, la realidad mexiquense se transforma. La capacidad crítica de sus ciudadanos será capaz de darle cabida a las cifras del mencionado Operativo, y esa misma opinión deberá dejar de preguntar dónde puede ubicar entonces a los heridos por bala encontrados en Ixtlahuaca. Delitos de bajo perfil no pueden competir ni impactar lo mismo que los 922 feminicidios reclamados a éste y al anterior gobierno, el de Peña. Si bien EPN debió responder algo menos troglodita en su momento, Eruviel patinó a la hora de escoger la explicación: “hay cosas más graves que atender”, les dijo a los quejosos, quienes se quedaron con la boca abierta y sus numeritos rojos anotados en un papel.

Ahora, sentado en Coacalco, Eruviel ha debido soplarse el primer tiempo del partido. Casi anotamos, pero también Croacia genera sus oportunidades. Como no es conocedor profundo del fut, se le pasa que Héctor Herrera es una especie de tejedor de seda en el medio campo, que sin él, el equipo se desmoronaría, se caería en seco. Y que Rafael Márquez ha rejuvenecido diez años, cuando menos, y está convertido en el mejor central del mundo. Márquez ha repartido golpes, ha pegado a los croatas como si estuviera en la guerra. Lo está. Es el año de su retiro. Luego de esto deberá vivir de los homenajes, del buen recuerdo. Pero hoy Márquez ha secado a dos superestrellas europeas y Modric y Rakitic juegan en el desconcierto, perdidos en la fealdad de su propio uniforme y la aspereza sin par de su idioma. Al final, con el marcador ya resuelto, el centro delantero croata Jelavic le diría al zamorano, tranquila y pausadamente, trasmitido por TV Azteca, un lapidario “puto” a 2 mil 800 imágenes por segundo, en el español más perfecto, tepiteño y Márquez, muy discreto, le respondería, “tu madre”, aunque esto último puede ponerse en tela de juicio.

Click. Click. Click

Ernesto Némer también salió en las fotos. Nemer ostenta un rosario de blasones en lo que se refiere a familiares en el poder y con su Coca-Cola Zero, el subsecretario federal de Desarrollo Social y esposo de la alcaldesa de Metepec, Carolina Nonroy, quien a su vez es prima hermana de Enrique Peña y de la cual, dicen, será diputada federal al cumplir su encargo, se sentó en primera fila, con su playera verde bien chida, al lado de sus compañeros de trabajo, quienes le cedieron, por supuesto, el lugar de honor, hasta adelante de la tele. Cabe destacar que la expresión del llamado Güero ante el espectáculo del futbol es como la de cualquiera: los ojos abiertos pero de par en par, dientes apretados, manos crispadas colocadas estratégicamente en las piernas, dispuestas a catapultarse y al lado una compañera tan pasional como el “Piojo” Herrera, entrenador del equipo verde. En realidad la pose, porque eso es, una pose, es distinta de la de sus subalternos, fanáticos mesurados, casi futboleros de domingo, que no ven necesidad de una actuación. A nadie le importa si Nemer hincha por el Líbano o por el Tri, ni siquiera si ocupa su hora de comida, en realidad dos, para festinar el panbol. Todos lo hacemos. Pero queda el resabio –esa palabrita cascarera- acerca de cuánta malicia puede imprimir un político hasta en una humilde foto aficionada.

Y es que Nemer quiere ser gobernador del Edomex. No podría no ver el futbol, pues.

Click. Click. Click. Click.

“México jugó bien. Bien por Rafael Márquez. Mal por los pinches priistas de Metepec que llenaron el Parque Juárez con puros acarreados”, dice alguien en el face, luego de que la euforia ha pasado. Y es verdad. Lo de Márquez y lo de los acarreados. Pero hasta ellos pudieron comprobar que el capitán verde representa la fuerza y espíritu (deportivo, nada más) de un equipo que apenas terminó de formarse, allá en Brasil. Y que Guardado y Hernández por fin anotaron. No hubo poesía porque no hay poetas pero los tres goles fueron suficientes para permanecer en la justa unos días más. Las reformas mexicanas avanzan lentamente pero nadie las explica. Una, por ejemplo, modifica las alianzas electorales pero pocos saben cómo, cuánto. Que se prohibirían los utilitarios en tiempos de campaña es otra, pero nadie sabe, aunque tres leyes permitirán hacer pedazos a la Comisión Federal de Electricidad, expropiar terrenos a favor de empresas privadas y privatizar el agua para beneficiar a geotérmicas, también extranjeras. Así, ejidatarios y comuneros serán obligados a deshacerse de las tierras y punto.

El árbitro silba el final del partido. Miguel Herrera celebra como epiléptico o algo más enfermo y los más nebulosos señalan que será imposible vencer a Holanda. Todo quieren colgarse del Mundial, que para eso es.

Putos.

Una trágica historia de amor

* Y hay que gritar putooooooooooooo cuando el portero despeja y aunque de reojo afirmemos que las reformas energéticas han sido aprobadas y no tengamos ni puta idea de lo que significan, aquel puto putoooooo que dura menos de tres putos segundos impregna para siempre “esa canción, radar de remolino que se tragaba los vestidos de baño” y ubica maligno al futbol donde comienza el juego del hombre, aunque le falten los proverbiales güevos que en tierra azteca resultan la cosa más inútil pero trascendental afirmados desde las películas de Pedro Infante y pasando por el penal fallado por Hugo Sánchez contra Paraguay, en 1986.

 

Miguel Alvarado

Zamora es una ciudad parecida a Toluca, pero más pequeña y con una catedral muy gótica, con ojo de murciélago en el centro y adentro un órgano de 25 millones de pesos pagado por Martitha Sahagún, esposa del futuro empresario de la mota y derivados, Vicente Fox.

Y tiene su placita central, donde bailan el baile de los viejitos y los que pasan por ahí toman fotos y compran helados, o los inválidos se aparcan en las esquinas y con un vaso de agua piden limosna nomás mirándolo a uno.

Del resto, las paletas de hielo no se derriten aunque hace más calor pero llueve en vertical, como de abajo hacia arriba y nadie conoce el sweet surrender de Sarah McLachlan, que por ahora tocan en el radio y todo lo demás es trágico porque no se ve exactamente enfocado, excepto el árbol iluminado por una farola, a las cuatro de la noche, con la luna casi ebria entre las ramas de un árbol y la iglesia lista como si Batman fuera a aparecer, a salir de sus penumbras.

Y porque cómo mirarte si hay futbol, cómo acordarme de tu pelo rizado pero no tanto, de tus ojos de quién sabe qué color o tu olor ése que no me permite caminar correctamente o mirar el lado rosa de los cuarzos ni encontrar un autobús a Cuernavaca a las 9 y media de la noche sin sentirme culpable porque no importa que jueguen Argelia contra Corea del Sur, no se puede viajar así, con 25 canales a la disposición del que paga y que transmiten 24 horas de puras tonterías alrededor de un cosa llamada Brazuca.

Y tú llamando por teléfono a la mitad de la tercera repetición del tercer partido del sábado y yo acodado en la ventanilla de la terminal, esperando el déjame ver si hay uno por Zempoala.

Y hay que gritar putooooooooooooo cuando el portero despeja y aunque de reojo afirmemos que las reformas energéticas han sido aprobadas y no tengamos ni puta idea de lo que significan, aquel puto putoooooo que dura menos de tres putos segundos impregna para siempre “esa canción, radar de remolino que se tragaba los vestidos de baño” y ubica maligno al futbol donde comienza el hombre, aunque le falten los proverbiales güevos que en tierra azteca resultan la cosa más inútil pero trascendental, afirmados desde las películas de Pedro Infante y pasando por el penal fallado por Hugo Sánchez contra Paraguay, en 1986.

Porque en Suecia sólo conocen a Octavio Paz y a Rocío Cerón. Y desde este lado yo nomás conozco a Rocío Cerón. ¿Qué sabía Paz de futbol? Porque a Paz se le ha visto hasta en cómics de Fantomas, al lado de la Amenaza Elegante y de Juan Rulfo, conspirando con otros intelectuales para crear un mundo mejor. Por eso, nada como la paz del futbol. Rocío Cerón, de quien apenas sé por un chiste, aparece en fotos desde Google y es una chica trompudita y casi malencarada, que escribe versitos y nada más.

El futbol es una trágica historia de amor porque siempre hay un derrotado, un olvido de candomblé en tierra de brujas y mariposas. Porque a quién se le ocurre leer poemas en público cuando la selección mexicana debuta en el Mundial de Brasil. La lógica falla pero al menos una pantalla gigante o un radio de transistores salvaría la cuestión. Y no es que –escojo una página al azar, la de José Pulido- “alguien me haya visto nacer a este cuarto cuando fui arrojado por la sombra de mi padre, con mi cara curtida por la arritmia”, sino que no se puede ir a las escuelas con cara de quién va ganando, cuál es la alineación, por qué no meten al Chicharito, pinche Ochoa la vas a cagar y de plano la sensación de que todo lo bueno se escurre como el agua por los cuatro costados más o menos sudorosos de los panboleros cuerpos. Y no se puede llegar a las escuelas y sentarse ante los públicos más conocedores –hay un señor, una señorita que le están haciendo un flaco favor a los restantes- para decir que llegamos por accidente a la casa del Santo o que las drogas dejaban de ser necesarias.

Nunca entendí por qué los libros no eran primero juguetes y luego lo que eran o por qué había algunos tan terribles que era mejor patearlos, jugar al fut con ellos, incluido el malévolo Baldor.

Allí está Rafa Márquez, el único capitán de a deveras montado en un Titanic que no tardará en derrumbarse cuando la predeterminación los encuentre con su iceberg correspondiente. Saluda a Ochoa con su cara monolítica y observa como al paso al brasileño Neymar, que cobra 22 millones de euros al año más bonos para el Aurrerá, dominando el balón en rictus amazónico, confiado al menos en que su equipo no perderá.

Porque si falta Márquez el equipo se desintegra. Y eso no lo entienden los que leen a las 11:30 sus poemas casi deschavetados, antioníricos, anti fair-play parecidos a “la sombra de tu cuerpo dormido, la sombra de tu cuerpo despierto”. Gilipoesis, dice el editor venezolano Rubén Gerdel, pero a él no le gusta el fut y entonces no sabe nada de nada porque prefiere un café y platicar largo y tendido mientras ese Márquez le rompe la madre a Fred, delantero mañoso y canchero que abre, en el mood del gioco piano, un espacio milimétrico para la llegada de Oscar y Thiago Silva, niño con cara de malo y que no puede ser de otra manera si se trata del mejor central del mundo y que le clava a Ochoa un cabezazo que ni Gordon Banks podría detener.

Esa tarde, la del martes 17 de junio del 2014, Guillermo Ochoa detuvo siete veces siete la metralla del Brasil en una de sus peores versiones pero todavía maravilloso. No hay zicos ni pelés ni zagallos, menos garrinchas o romarios quién sabe por qué, pero aún así arrasaban mientras los mexicanos se defendían. Vaya crónica ésta, tan bermudiana, juandosalesca, sólo porque no encuentro la manera de hacer pasar el tiempo, el mismo que dices que “se posó sobre ellos como una mariposa amarilla con negro y durmió y olvidó su misión de separarlos”.

Y es que, mientras regresamos a casa por la noche, entre calles que no me parecen lo que antes eran, dices que te vas a Nueva York o donde la chingada sea, como si el mundo fuera una esquina a la que se puede llegar en un Circuito Tollocan, pasando por Pilares y La Pila, todos los lunes, por 8 pesitos el pasaje. Y caminamos esas calles sin luz todavía, bajo el efecto de cervezas artesanales invitadas por los partidos de la izquierda y que no te impiden hablar ni escribir tus sánscritos mensajes y acercarte mientras exploro tus ojos y tu cuerpo y miro que “en el trasfondo una mariposa abre las alas, maniática” y me dice usted que: oiga señor: usted es mío.

Pero Márquez. Arrebata el balón a un tal Marcelo y se enfila por el centro. Cuenta siete pasos exactamente. Siete. Y envía un cambio de juego de 40 metros hacia un tal Guardado, que intuye científico la convergencia entre balón, velocidad del aire, fuerza y distancia y obtiene coordenadas como en Google pero humano. Nadie sabe cómo sucede, pero coloca la pierna debajo del balón y éste desciende a dos centímetros de sus dedos y avanza. Hace un quiebre a un fulano llamado Álvez y centra.

Entonces te busco “en una carretera como una cicatriz verde” y me doy cuenta de que no sé andar en bicicleta, que ese día sólo el Canal de las Estrellas podrá salvarme, dos horas al menos, más los análisis de filósofos de aparador, cafecito colombiano que se me va todo por los ojos.

Termina el juego, apago la tele y todo vuelve a ser como es o, mejor dicho, como no es.

Y nomás le digo a usted: que usted es mía: aunque no sea verdad.

El honorable señor Nishimura

* Hasta aquí el árbitro japonés Yuichi Nishimura había estado bien. Sobrio, docto, inteligente, equilibrado. Entonces comenzó el partido y Croacia montó una línea a prueba de todo, excepto de la dupla Neymar-Nishimura, que hizo trizas cualquier intento de victoria. Pero los europeos comenzaron mejor. Era como la guerra. Primero aguantar, luego armar la guerrilla, sembrar minas y esas cosas. Horrible pero cierto. Y es que los croatas, según Pasolini, jugarían a algo parecido a los momentos previos de alguna insurrección y el jovencito Neymar sería una especie de imberbe Mozart –no, no tanto, pero sí un Juan Gabriel en su etapa más exitosa-.

 

Miguel Alvarado

“El futbol traduce la necesidad biológica de excitación, de pasión, de extroversión de las personas y ayuda a descargar esa caldera social en la cual se cocinan explosivos ingredientes que forman parte de los disturbios populares”, dice uno de los gestores de la profesionalización del futbol en Colombia, Alfonso Senior.

Mis güevos.

Salta Brasil a la cancha encabezado por Neymar, un lumpen que vale 200 millones de euros “bajita la tenaza porque se entera Hacienda” pero que no juega, ni siquiera, como Dirceu o el mediano Rivelino, blancos arrobos paridos por Yemanyá. Y Neymar es de los nuestros porque es un lumpen, desprotegido amigo del balón que encarna el ejemplo del sí se pudo.

Enfrente están los hijos de la guerra. Croatas vividos en el exilio cuando niños o de plano bajo las balas o las bombas o las botas militares o lo que sea que pueda matar. Pero están parejos. Para más de la mitad de los brasileños, morir en una guerra de castas o en otra del narco y la pobreza da lo mismo. Su censo último, el muy último, señala que son cerca de 198 millones de habitantes. México tiene 115, pero ni la mitad de su territorio. Y en ambos dos, como Vicente Fox dice en su diccionario retórico, todos somos pobres, menos 110 familias, tal vez no tantas.

Pero igual es lo mismo. O sea, igual es lo mismo. Los pinches brasileños, los jugadores, pues, parecen nerviosos y aunque la plantilla vale 502 millones de euros, esto no es Wallstreet ni las montañas michoacanas para negociar como se debe como los sharks bursátiles o los Caballeros Templarios. Aquí no hay negocio posible, todo es transparente como la mar en calma y la luz en lo alto que inspiró a Roberto Carlos una canción. La turba en el estadio debe recordar, porque es muy docta y dada a la mentira, que en 1930 los argentinos que jugaron la final contra la celeste fueron amenazados de muerte en el medio tiempo. Se dejaron ganar, dejaría entrever Luis Felipe Monti, mejor conocido  como “Doble Ancho”, una de las primeras estrellas sudamericanas que eligió luego la nacionalidad italiana nomás para que no le volviera a brillar la mala estrella. Pero el futbol es así, según los intelectuales de Televisa y José Ramón Fernández, y a Monti le volvió a suceder cuando su Italia, o mejor dicho la Italia de Mussolini llegó a la final de 1934 en el estadio Nacional del Partido Nacional Fascista de Roma, enfrentando a Checoslovaquia. Todo fue muy simple. El Ducce se lazó al vestidor de los azurri para echarles la mano y levantarles la moral a los chicos, y llevaba la medicina perfecta. “Si no ganan los mato”, cuenta la leyenda que dijo el dictador ante Vittorio Pozzo y, por supuesto, el apátrida Monti. Italia perdía a 15 minutos del final y el amor a la vida, a la propia, los hizo echarse al abordaje. Allí mismo el futbol dejó de serlo para siempre, aunque ya no lo era desde Montevideo y Vittorio, el entrenador italiano, lo sabía, como lo supieron en 90 minutos los asustados jugadores. Pero Orsi, de nombre Raimundo y nacido en Buenos Aires, la metió a falta de 300 segundos y en la prórroga  el gran Schiavo terminó por salvarles el pellejo a todos.

¿Quién amenazó a Neymar? ¿Los 150 millones de pobres? ¿Los 50 millones de desempleados? ¿Las 70 mil bandas en las favelas? ¿La FIFA? ¿Mojojojo? ¿Peña Nieto? ¿Osorio Chong?

Mientras Rubén Díaz Alamilla, el agresor del niño Owen en el Estado de México, no alcanza fianza pero tampoco castigo ejemplar, el país deja que lo embargue la sensación más acre cuando la pelota rueda por el césped y el delantero observa, a las tres y cuarto de la tarde, que el portero es un hombre triste, que extraña los días en el parque cuando jugaba futbol. Tira y la bola cruza el campo, el silencio que pronuncia la línea de meta.

¿Ah, verdad?

Hasta aquí el árbitro japonés Yuichi Nishimura había estado bien. Sobrio, docto, inteligente, equilibrado. Entonces comenzó el partido y Croacia montó una línea a prueba de todo, excepto de la dupla Neymar-Nishimura, que hizo trizas cualquier intento de victoria. Pero los europeos comenzaron mejor. Era como la guerra. Primero aguantar, luego armar la guerrilla, sembrar minas y esas cosas. Horrible pero cierto. Y es que los croatas, según Pasolini, jugarían a algo parecido a los momentos previos de alguna insurrección y el jovencito Neymar sería una especie de imberbe Mozart –no, no tanto, pero sí un Juan Gabriel en su etapa más exitosa-.

Marcelo, el envanecido lateral del Real Madrid bromeaba con David Luiz del PSG y practicaba un juego de manos fresísima, que pervierte de una vez y para siempre el ejemplo de Garrincha, quien se enteraba un minuto antes quiénes eran los rivales y entonces comenzaba a olvidarlo en una desintegración que incluía a cualquier defensa del mundo que se le pusiera enfrente. Pero no Marcelo, un futbolista multimillonario que anda por ahí, presumiendo su playera blanca mientras parece –ojo, sólo parece- que se olvidan de su barrio. ¿Y eso qué? Este relato, repleto de prejuicios, encontrará pronto su punto final.

Porque de todas maneras, si el barrio pudiera salvarse, ya otros lo habrían hecho. La jodidez sigue allí, germinando buenos futbolistas y mejores capos, orgullosamente brasileños, aunque lo mismo podrían ser mexicanos, salvadoreños.

¿Y las reformas? pregunta un meme de Marcelo en el feis. Pues a las 5:45 de la tarde nadie sabe nada. En el minuto diez se le viene encima el estadio Arena Corinthians al hombre de los calzones Calvin Klein. La FIFA, entidad colosal que lo mismo maquina guerras que vende petróleo, no respeta los símbolos universales o al menos latinoamericanos como El Chavo del Ocho, los narcocorridos y las novelas de Televisa. Maracaná, perdónales, porque ellos saben lo que hacen.

Y Marcelo. Una descolgada croata, finísima concepción de hilado industrial, dos toques como máximo, seco el pase y blanda la recepción, encuentra la fragua de Modric, el mejor del partido junto con Rakitic y extiende hacia el extremo izquierdo. Olic, con su cara de veterano de guerra, le pega al balón y éste rueda suavemente por el cielo esmeralda, entre los ojos de la hinchada y la necesidad de una comida diaria. El balón entra al área y caravanea los pies impolutos del defensa central y el centro delantero, aunque pudieron ser otros, porque desde este palco no se veía bien, el durísimo Thiago y el blasfemo Perisik. La oquedad, el vacío, el brusco descenso hacia la verdad del hombre se cumple apenas en un palmo de 25 metros cuadrados y un marco metálico rodeado de red. Allí, el karma y el darma parecen fundirse en lo que los arcanos conocían como El Camino pero para el estadio y los torcedores ese callejón en el que se han metido tiene nombres y apellidos. Porque el soberbio madridista ha empujado el balón al fondo, lo ha tocado como con el pétalo de una rosa, le ha hablado al oído y convencido con las materias químicas que su cuerpo excreta. El amor y dios son la misma cosa y a Marcelo se le caen los Calvin. Está en shock porque ha traicionado a la patria, a los elementos fundamentales que conforman a un brasileño y se ha puesto del lado de los pobres porque sólo ellos son capaces de marcar un autogol con tal de que se les voltee a ver. Y es que así son los inconformes, los polutos, todos ellos en los que el equilibrio y la razón son explicados por Francis Fukuyama y su benevolente fin de la historia

Está Marcelo. Ni siquiera puede mentarse la madre. De todas maneras el estadio ya lo hace. Monolítico, acude por segundos a la progenitora más desamparada del mundo. Quinientos millones de televidentes ríen. No importa de quién o cómo, pero lo hacen.

El Scratch tardó 22 minutos en girarle un cheque al árbitro. Y éste en corroborar que llegara a su cuenta, en las Islas Malvinas. Así, Neymar se fabricó  un gol bien raro que al final contó y luego el árbitro, en el segundo tiempo, cobró un penal. Un tal Oscar cerró la cuenta y todos supieron enseguida que México nunca podrá ganarle a Croacia y ni siquiera un cachito de Pemex convencerá a Brasil de gestionar el empate. El final es un tres a uno bien vendido.

Afuera los manifestantes en Río y Sao Paulo se rompen la madre con la policía pero el Mundial está en marcha, durará sólo un mes mientras que la miseria brasileña y de paso la mexicana, toda la eternidad, ahora se perfila en el área de Guillermo Ochoa.

Neymar es de los nuestros.

Y ahora quieren comida

* El infame Pasolini decía que el futbol es la última representación sagrada de nuestro tiempo. El filósofo Sergio Givone, otro atormentado por pesadillas infantiles, diría que la vida es una metáfora del futbol. “Sueño que un día nadie hará más goles en todo el mundo”, opinaba Eugenio Montale cuando pensaba que el futbol no debía tener porterías ni estadísticas pero sí jugarse el juego.

 

Miguel Alvarado

Yo ya estoy bien. Ya hasta se me quitó el hambre.

El sueño. La sed. El frío. Hasta el barro en la punta del hueso.

Hace cuatro años el México panbolero soñaba que Javier Aguirre llevaba al Tri al quinto juego y que Cuauhtémoc Blanco haría el milagro. En términos de Televisa, sólo esa empresa saldría ganando, empataran los verdes, perdieran o de casualidad lograran más goles que el rival.

Ahora en Brasil poco a poco el olvido llega con el nombre de Oribe Peralta, tipo de barrio condenado a meter goles en época de reformas y que de manera incidental es un hombre feo pero guapachoso, como la mayoría de los mexicanos somos. El conglomerado es una señal –así lo dijo mi madre cuando nos perdimos en Reforma buscando Metro Chapultepec- de que algo hay. Y esta ocasión el conglomerado se identifica con Oribe, no con Luis Videgaray o el supuesto enfermo Peña Nieto ni con Alejandro Encinas o López Obrador o las vergonzantes posiciones de las senadoras mexiquenses Ana Lilia Herrera y María Elena Barrera.

Se supone que esta nota hablaría de futbol, al menos del Golpe de Estado en Maracaná, cuando el Negro Varela sepultó literalmente el ansia brasileña y luego salió a las calles de Río para constatar la tristeza de un pueblo que ignora pero no es estúpido y sabe que a veces o casi siempre el balón es su único consuelo. Que lo fabrique Adidas es otra cosa, que lo cosan los afganos también y que lo vendan como si pesara oro, pues… Pero Varela se adentraba en las favelas, ayudado por el color de su piel. Uruguayo y de alguna manera igualado en el sentimiento de clase, entró a las cantinas y pidió de beber mientras su compañeros, Gigghia, Schiaffino, Roque Máspoli celebraban con el grupo la Copa del Mundo de 1950 y escuchó la tristeza vuelta carne, hecha tripas, sangre. Los brasileños de los ghettos bebían y mascullaban que Varela había sido el culpable de la derrota del Scratch y lloraban y bebían, no necesariamente en ese orden. Varela lo comprendió todo y aunque invitó los tragos aquella noche del 16 de julio, jamás se perdonó haberse convertido en arma absoluta de destrucción masiva. Entendió que nosotros –nosotros, ustedes, ellos, los que nos rodean- somos y seremos los esclavos en busca de migas y ahora goles, que lo demás nos vale madre porque no hay ninguna forma de cambiar a los dueños del poder, al Grupo Atlacomulco, a Lula y Dilma, que son uno y lo mismo aunque parezca que están al revés, y que la Bolivia de Guevara adquiere una luz que no es de esperanza porque eso es estúpido, sino algo parecido a un campo sagrado donde la pelota –las balas, las sogas- representa la vida.

Guevara y Varela fueron la misma cosa, pero el segundo supo que más podía hacer el futbol que una revolución, mexicana o cubana y que lamentablemente ese deporte se había convertido en una paráfrasis, una repetición pero con fondo verde, del orden social imperante. Los esclavos juegan al futbol y otros tantos los miran extasiados. Los bufones cobran por entretener y pueden ser ricos y famosos, resolverse la vida en términos económicos pero la razón indica otra cosa. ¿Y si los peñas, los obamas, los salinas, los montieles, los manzures, los obradores, los corderos, los calderones, los azcárragas, los eslimes tiene razón? Y si no nos pastorearan, ¿qué sería de nosotros? ¿Qué haría el conglomerado con al menos la sensación de ser libres? ¿Eh? ¿Y entonces el futbol en qué se convertiría? Y entonces.

El infame Pasolini decía que el futbol es la última representación sagrada de nuestro tiempo. El filósofo Sergio Givone, otro atormentado por pesadillas infantiles, diría que la vida es una metáfora del futbol. “Sueño que un día nadie hará más goles en todo el mundo”, opinaba Eugenio Montale cuando pensaba que el futbol no debía tener porterías ni estadísticas pero sí jugarse el juego.

Luego llegaron los Azcárraga y todo valió verga. Se inventó el lavolpismo, el lapuentismo sobre bases abstrusas, carroñeras que los hicieron pasar como intelectuales del calcio, junto a anatemas como Jorge Valdano, mediocre delantero pero eficiente relacionista público que ayudó a Maradona a ganar el Mundial de 1986 y al Real Madrid a construir su marketing asombroso de playeras y dizque leyendas, casi todas pálidas, fantasmales, ni siquiera la sombra de Obdulio el uruguayo. Eso, los televisos, los de la FIFA y sus cuates, contrapunto del que Pasolini podría decir equivalen a los contenidos del Libro Vaquero o Paulo Coelho, luego de describir en los años 70 del siglo pasado que “puede haber un futbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un futbol como lenguaje fundamentalmente poético… el catenaccio y la triangulación (que Brera llama geometría) es un futbol de prosa: se basa en la sintaxis, en el juego colectivo y organizado, esto es, en la ejecución razonada del código”.

Hasta la lamentable película, Goal of the dead, todavía sin estrenar, sabe que el trabajo en equipo es fundamental. Oribe, vueltos al siglo 21, Oribe Peralta es un joven envuelto en el glamur de la chafísima liga manejada por Azcárraga, donde Carlos Vela es poco menos que un traidor, vendepatrias peor que Santa Anna o Peña Nieto por no aceptar jugar con el equipo de todos. Oribe fallará, si los momios resultan acertados, a la hora de la hora y amén. Tal vez un gol contra Camerún, una asistencia, un buen pase, o quizás dos goles pero será todo. Maradona, un héroe de pierna zurda, señalaba que su favorita siempre era Brasil, y luego acercándose a los reporteros, susurraba viperino: “es que dicen que los favoritos nunca ganan”.

Toluca se prepara muy a su manera y a pesar del déficit de seguridad que arrastra de manera permanente, de las buenas intenciones de sus autoridades, que sólo son eso, lugares comunes, nasales, que casi cualquiera puede articular, pone a disposición del peatón, del ciudadano ocupado que puede aprovechar un rato de su tiempo laboral, escolar o de plano de la vagancia cotidiana en busca de la billetera más atrayente, unas cuantas pantallas gigantes en algunos puntos de la ciudad. Por ejemplo, si de gritar se trata, se recomienda acudir al Andador Constitución -¿cuál es ése?- en el centro de la ciudad porque allí sí hay ambiente carioca.

Mientras, la respetable y adinerada familia Alcántara pasa comerciales a favor de la llamada Cruzada contra el Hambre en sus camiones comodísimos equipados con pantallitas de plasma para ver películas bien chidas. Allí, antes de la viajera función, un campesino dice que ya está bien, que ya se le quitaron las ganas. Este convenio lo paga el gobierno federal y tiene un costo incluido en los 4 mil millones de pesos que el viajero Enrique se chuta cada año para autopromocionarse.

Yo, por ejemplo, ya estoy bien, sólo que ya me dio hambre.

Una vez en El Sarriá

* El 5 de julio de 1982 nada estaba más lejos de cristianos y lioneles que aquellos brasileños que enseñaban coreografía al oscuro Nureyev. Enfrentaban a italianos entrenados en cuadriláteros y campos de concentración que usaban rifles de asalto y tachones de aluminio reforzado para ablandar a los rivales. Maradona, todavía aprendiz de dios, fue reducido a cenizas días antes por Claudio Gentile, nacido en Trípoli, central contrahecho que después haría lo mismo con Lato, la estrella polaca. A Zico, la estrella brasileña, le pasó lo mismo.

 

Miguel Alvarado

El muro dividía las alemanias y las cicatrices iban olvidándose conforme pasaba el tiempo. Pedazos de argamasa curaban las heridas, silenciadas en las profundidades del I Ching, pervertida moneda de cambio del científico Jung. ¿Cómo explicar entonces la victoria sin alas o la fortuna de una guerra nuclear que por un instante borraría fronteras, el miedo acuartelado en noticieros y programa mentales, la proyección malsana de inadaptados crecida a la sombra de un balón? Un ramo de flores para el derrotado y una copa de oro terminarían por justificar un verano de lluvias, cachirul inaudito que acabaría por enfriarse tras las órdenes del Banco Mundial.

Hace 32 años todavía se permitían las revueltas aunque las armas no eran de quienes las usaban. Como cada cuatro años la guerra era un balón disfrazado de futbol y el moderno panbol se cocinaba en las canchas españolas, pues era su Mundial después de una dictadura que, se supo luego, no era tan mala como su actual gobierno. Pero entonces había esperanza y se pensaba que el Real Madrid era el reflejo de dios o lo que quedaba de él. Los europeos –pobrecitos, tan engañados- acusaban pérdidas cuánticas. Nadie extrañaba a Beckenbauer, negociante máximo de aspirinas, y Gunter Netzer era la sombra que pasa en las películas de James Dean. Holandeses de nombres mágicos quedaban fuera de una competición que les importaba un bledo porque Neeskens o Krol se deletreaban Plaza de Mayo y la Noche de los Lápices se escribía con la M de Diego, que por suerte nunca pisó una secundaria. Del otro lado del mundo, Hugo Sánchez acusaba de cachirules al México sin moneda, defendida como un perro por su presidente, casado -y divorciado luego- con la vedette Sasha Montenegro.

Joao Havelange era más importante que el Consejo de Seguridad y en su FIFA del diablo inscribía a más países que la ONU, dispuestos a pagar por una publicidad que nunca verían si no tenían una selección como el Scratch o rogaban al menos por hacer estadios, ponerles pasto de Cantabria, pactar armisticios con la ETA, hacerle al tango por los últimos balones con alma.

El 5 de julio de 1982 nada estaba más lejos de cristianos y lioneles que aquellos brasileños que enseñaban coreografía al oscuro Nureyev. Enfrentaban a italianos entrenados en cuadriláteros y campos de concentración que usaban rifles de asalto y tachones de aluminio reforzado para ablandar a los rivales. Maradona, todavía aprendiz de dios, fue reducido a cenizas días antes por Claudio Gentile, nacido en Trípoli, central contrahecho que después haría lo mismo con Lato, la estrella polaca. A Zico, la estrella brasileña, le pasó lo mismo. Del otro lado estaba Paolo Rossi, estafador profesional de resplandeciente sonrisa que coleccionaba títulos de goleo en sus horas muertas.

Italianos y brasileños definían un pase decisivo y se apostaba que el ganador sería a la postre campeón del mundo. Cuenta la leyenda que Éder Aleixo de Assis, delantero del Atlético Mineiro, le pegaba al balón con fuerza tal que alcanzaba 172 kilómetros por hora, pero que prefería discutirlo en bares de arrabal, ensoñecido, enmarchitado porque el futbol nada significaba si no ardía la cachaza bien destilada. Eder estaba maldito, tanto que en Belo Horizonte decían de él que era “guapo, incorregible seductor”, y después del juego atroz contra la azzurra, todavía presumió, impúdico, 16 mil cartas de sus admiradoras. No era el mejor, tampoco, porque aquel Brasil irrepetible había conseguido alinear ejecutantes sinfónicos que enseñaron que no sólo por dinero se patea un balón. La circunstancia de vivir para una pelota fue transformada en filosofía de la estética, poemario ilustrado por David Mack, artilugio en esperanto, la prueba viva de que no puede comprarse todo. Si no fuera por Pelé, el Brasil de Falcao y Sócrates sería único. Lo fue, y siempre perdió los partidos decisivos.

Esa tarde en el estadio Sarriá de Barcelona todos estaban confiados. Hasta los italianos sabían que perderían, aunque decidieron hacerlo en el campo. Tres décadas después aquel partido ha perdido lustre, la hoja de oro se ha marchitado y los artistas –algunos, no todos- podrían hoy empuñar una brocha gorda empapada en pintura Comex. Pero quedan vestigios, las carreras en frac de Bruno Conti y la soberbia sudamericana de jugar con nueve porque Pereira, el portero, ni el centro delantero, Serginho, contaban. A Brasil le faltó temor. Rossi les metió tres goles imposibles, dos de ellos por yerros de sus propios cracks y Gentile, el italiano nacido en África, se llevó a su casa pedazos de playeras consagradas, hábitos tan sugerentes como las astillas de la Santa Cruz.

Brasil pudo empatar a dos en el segundo tiempo y dio por terminado el match. Tocaba la bola como si jugara las semifinales escolares, con el maestro de educación física como árbitro y perdió de vista la trampa italiana. A ellos, dos guerras mundiales les hacían ver esos partidos como invasiones norteamericanas y Rossi, al final, les encajó el tercero, igual a un obús.

“Jugó hasta los 28 años. Jugó. Y engañando se quedó hasta los 40”, dicen de Eder las crónicas brasileñas, que lo enterraron prematuramente pero con razón. El Sarriá recuerda todavía a los jugadores amarillos volando cometas, a minutos de comenzar el partido. Junior, el mejor lateral del mundo, observaba las gradas y en su mano un colorido hilo sostenía su juguete. Detrás de él, Dino Zoff concentraba a los italianos y les quitaba el miedo con susurros, la vista al frente, dientes apretados, calceta a los tobillos. A los cinco minutos, Rossi marcaba la ventaja para siempre y señalaba a su portero, un anciano de 40 años que le aplaudía discreto la esquizofrenia de la victoria. Porque Rossi nunca volvió a ser el mismo.

Y Brasil y esa Copa del Mundo, tampoco.

Nueva Zelanda juega como el Gas de Valle de la liga municipal en Toluca

* Por ahí del comienzo del juego un kármico Vicente Fox, de rostro dulce y bien afeitado, camisa blanca y pantalón oscuro con zapatotes, recibía en su casa o algo parecido al Dalai Lama para entrevistarlo acerca de las preocupancias espirituales del ex presidente, sobre todo, digno representante de la raza humana de Guanajuato.

 

Miguel Alvarado

Llega Oribe Peralta y anota tres goles contra Nueva Zelanda. Luego se abraza con sus compañeros y se dedica a cuidar un resultado deportivo que se transmitía a las 2 de la mañana, en vivo y directo por Televisa y TV Azteca. Peralta se llama Oribe porque así se llamaba un antiguo futbolista, tal vez argentino, que militó en algún equipo del país. El del Santos ha sido considerado el mejor delantero mexicano del último año, aunque por más que se le piensa no se le puede explotar mediáticamente –no tanto, pues- porque está feo –no tanto, tampoco-. Pero es una especie de tocado por dios, al menos uno pambolero que hincha, dirían los amigos de Messi, por el equipo tricolor. Oribe pertenece a la clase obrera del futbolista. Construyó como pudo una carrera y aprendió casi solo los rudimentos del sentido común, del cerrar la boca, del meterlas en silencio y aceptar un trajín casi heroico por equipos más o menos chafas. Luego llegaron sus goles en los momentos oportunos, como en Londres o

Como que da güeva. No es domingo y hace calor. Y Nueva Zelanda juega tan bien como el Gas del Valle, multicampeón en Toluca de la Liga Municipal de la ciudad.

Por ahí del comienzo del juego un kármico Vicente Fox, de rostro dulce y bien afeitado, camisa blanca y pantalón oscuro con zapatotes, recibía en su casa o algo parecido al Dalai Lama para entrevistarlo acerca de las preocupancias espirituales del ex presidente, sobre todo, digno representante de la raza humana de Guanajuato. El Dalai habló, como siempre, explicando sus puntos. Y Vicente, de mirada preclara, nuevo iluminado en el rigpa tibetano, asentía como un padre condescendiente. Incluso, en silencioso movimiento de labios, completaba una que otra idea con washingtoniana etiqueta. El Dalai lo sabía, pero Vicente no. Algunos se hacen los que saben, pero simulan, son otras personas, son otras las caras que nos dan, le dijo de repente. Pero el ex mandatario daba en ese momento la vuelta al mundo en 80 marthas. Solo faltaba que la ezpoza zaliera detráz del zofá y zaludara quitadízima de la pena a zuz admiradorez. Pero no. Un último apretón de manos, porque el tiempo nos come, despidió al Dalai y lo mandó detrás de cámaras.

Entonces Fox tiene un programa, que pasa por TV Azteca como a las 11 de la noche y en donde aparece una variedad casi cósmica –cósmica, cósmica- de personajes, entre abyectos y ferrizantacrucianos, que le dan sabor al caldo. En los promos se cuelan las imágenes del savant Deepak Chopra pero también el rostro de Arnold el governeitor y alguno que otro con la pura verdad en cada una de sus arrugas. Fox, muy heggeliano –no, bueno- más bien muy loretdemolesco, les pregunta. El programa se llama La Era de las Definiciones” y tiene ya sus buenos dos meses. Desde allí ha legalizado la mariguana y viajado por las cuatro nobles verdades; ha dicho sobre México barbaridades tales como que la salvación se halla en el Centro Fox y que él, es él y seguirá siendo él.

Y luego cambiaron el canal. Estaba Martinoli, muy apuntado con su micrófono y sus cocacolas, ya calentando la garganta. Es de Toluca y su trayectoria le alcanza para tener biografía en la infame Wikipedia, aunque su mención requiera “información acreditada”. Es comentarista de futbol y ha desarrollado un estilo extravagante, gracias a su florido vocabulario y a sus acompañantes, Luis García y Jorge Campos, que lo ubican como el más destacado. Y si Martinoli es el más destacado, cómo estarán los otros. Porque cronista no es, ni periodista, ni siquiera presentador. A duras penas puede con una sección deportiva paupérrima en algún noticiero de la tarde. Pero nada más le acercan el micrófono se transforma. Hábil como Borges, pero más bien de la estatura de la autora de Harry Potter, este tipo que vivió muchos años en el centro de Toluca, por la calle de Instituto Literario, se ha pitorreado de medio mundo. Ingenioso, a veces no alcanza a comprender el peso de la palabra. Recolector absoluto de frases y palabras vergoñescas, podría escribir su propio diccionario, levantar su propio idioma. A las 12 de la noche, Martinoli y su equipo son apariciones alienígenas en el desierto de la actividad deportiva. Nadie como él, afortunadamente.

Pero Martinoli es coherente. Así es, así nació y así se morirá si no se mete en problemas él solito. Su personaje es superior al periodista Fox pero minúsculo al lado de Peralta. Estos tres son el México desconocido, políticamente correcto, opciones más o menos al alcance de cualquiera, respuestas inconmovibles de la insurgencia en Michoacán o la violencia en cualquier otro estado. A Oribe, el pase mexicano al mundial de Brasil le abre una oportunidad de jugar en Europa, que es algo así como obtener un contrato para construir el tren ligero Toluca-México con fondos del gobierno. Todavía falta que los patrocinadores del Chicharito se dejen seducir y cambien al chico la Coca Zero por este representante absoluto de lo invisible. No triunfa nomás así, pero tampoco le cuesta trabajo, como al esclavo. No es un dechado de virtudes, ni técnicas ni humanas, pero podría vivir en cualquier colonia. Oribe se desmarca de sí mismo y eres tú y es aquél y a veces hasta uno mismo. Luego vendrán otros rivales que lo mostrarán en su verdadero nivel de competencia. Hay que acordarse del Gas del Valle.

Ay, Vizente.

Ay, Martinoli.

La tarde en que el América calificó a una Copa del Mundo

* El partido no es nada, una guerra entre Siria y los Estados Unidos podría ser más pareja, justa y entretenida. Los dos millones 547 mil desempleados en el país encontraron la forma, desde luego, de buscar trabajo después de las seis, con el resultado sabido.

 

Miguel Alvarado

El día más frío del año encontraba un lugar en esta paz sicaria, donde cada cosa era el microcosmos del polvo y las estrellas no miraban para abajo. Era el haz perpetuo de la bandera en el Calvario, un asta que rasga por momentos los caprichos de una paleta helada y platos soperos con arroz y lentejas. Pronto, a pesar de alarmas sísmicas y panes endurecidos, la luna saldría puntual como siempre por la misma ventana.

En tantos países sucede lo mismo. Que el destino dependa de un partido no es cosa rara ni motivo de risa. El futbol es práctica miserable al momento de la comida, en horarios laborales, a mitad de un jueves. Aquí están todos reunidos y nadie falta a la sobremesa. El México narco asiste al estadio donde la dosis más potente pondrá a soñar por dos horas a maestros de la CNTE y a funcionarios descobijados en el fuero. Nadie se salva porque este es el pan y la sal de los que están de paso, los que apenas encuentran zapatos que ajusten y banderas revolucionarias con los colores del América.

Televisa anunciaba, en la voz del experto Eduardo Trelles, aconsejaba a los que trabajan pedir perdón que mejor permiso porque en el estadio Azteca estaban todos los que eran y que valía la pena desertar con tal de gritar un gol. Y es que una delegación deportiva visitaba México. Había viajado 25 horas para jugar una eliminatoria que, dictado estaba, no tenía por qué ganar. Enfrente, un equipo disfrazado de bandera con todo y águila era aplaudido con la entereza que dicta el miedo. Era el América, dirigido por un hombre apodado Piojo y que ahora, según los mantras sagrados de lo vano, sacraliza el universo de los insectos nada más porque hay una pelota de por medio.

Miguel Herrera era mal futbolista. Rijoso aunque entregado, quiso pero no pudo cuando le tocó el campo. Retirado luego, complementó su oficio entregándose al estudio. Algunos todavía se preguntan cómo se puede aprender futbol, elaborar estrategias e incluso aplicarlas. Desaforado en el estadio, porque se sabe visto, Herrera llegó para calificar a la más miserable experiencia humana. Vistió a las Águilas de verde y se puso su máscara guerrera, la misma que lo acompañará al Mundial de Brasil.

Convocó a Rafael Márquez, una entelequia refrigerada en León, proveniente de Mónaco, Barcelona y Nueva York y poco le faltó para llamar a Cuauhtémoc Blanco para transmitir la experiencia del desuso. Nueva Zelanda, rival polémico porque es campeón mundial de rugby, estaba del otro lado de la cancha. El partido no es nada, una guerra entre Siria y los Estados Unidos podría ser más pareja, justa y entretenida. Los dos millones 547 mil desempleados en el país encontraron la forma, desde luego, de buscar trabajo después de las seis, con el resultado sabido. Y por ellos, por los que nada tienen y si tienen los despojamos, el partido era de vital importancia. La guerra civil michoacana es un tema lejano, desconocido, pero cualquier guerra encuentra su matiz cuando el orgullo deportivo se defiende. Los atletas lo dicen. Siempre lo dicen. Saldremos a la cancha a morirnos, repetía el Chícharo Hernández con cara de dandy cuando jugaba contra Honduras. No murió pero fue desconvocado, que esos terrenos equivale a lo mismo pero peor.

Nadie explica a satisfacción el poder del escudo, la bandera, los himnos. Nos dan pertenencia, nos otorga un grupo, algo para creer y a veces para pelear. Ni Bocanegra, lírico poeta, lo creyó cuando le ordenaron ponerle versos al “mexicanos al grito de guerra”. No supo jamás que aquella primera frase se aplicaría para ganar un lugar en las tortillas, despachar al rival de amores, abrir una narcotienda en Zopilocalco y sí, jugarse el honor y los dineros de otros en un partido de futbol.

Bocanegra y los demás fueron disciplinados. Por eso no llegaron lejos. Y lo mismo se repitió en el Azteca, donde jovencitos engañados plagian a Pasolini su propia pasión y juegan y se sienten útiles en la sociedad. Oficiantes de albricias, entretenedores profesionales intuyen sin embargo la realidad, la que dicen los budistas, no se puede eludir ni con los ojos cerrados.

Pasolini determinó una sociedad a partir de un equipo de futbol pero se quedó cortó. Él, italiano y campeón del mundo, no entendía de derrotas, de las tristes derrotas aunque a su patria siempre se le señaló de ir a la guerra como si jugara al futbol y viceversa. El caso de Pasolini que no perdía la cordura pero sí enfermaba de la presión, no es el único. Inteligente, se pasaba de listo cuando jugaba el Bolonia y hacía experimentos con las palabras de Sarté, un descreído que a pesar de todo aceptaba la metáfora del regate.

Sin ellos, sin Heidegger, el gol se entiende en su expresión definitiva y atolondrada. Nada mata tan  certero como un gol en contra o la eliminación mundialista. La tristeza es real y se sobrepone sólo el que sabe que habrá revancha. La guerrilla michoacana no es una opción si el futbol puede salvarnos, cobijarnos, tapar las autodefensas con un gol, con el guante del portero Moisés Alberto Muñoz Rodríguez, michoacano además.

La espera mundialista se resolverá en el partido de ida, en una ciudad de Nueva Zelanda a 25 horas de vuelo. Oribe Peralta, Jiménez, que en su playera escribe “Raúl” y Aguilar fulminaron malamente a los débiles conquistadores ingleses. Ciudadanos de otro rango hasta en el deporte, los herederos de las ansiedades coloniales de la Gran Bretaña debieron entender de la peor de las formas que un país paralizado por un partido de futbol no asimilaría una derrota. Corteses, bajaron los brazos por supervivencia y garantizaron al mundo un tránsito más amable en la privatización del petróleo mexicano.

Nadie quiere más muertos, pero tampoco quedar fuera del mundial de Brasil.

El dichoso usarcé que sabe la hora en que muere

* En Huichochitlán el futbol es así, como en Brasil y en los foros de Televisa, pero la muerte es otra cosa y los despojos son reverenciados con esas caras largas y nocturnas de aquella la gente mexicana, oscura como Obdulio, de pocas y negras palabras. Así, el panteón cristiano y que debajo encierra las máscaras endurecidas de Nuestro Señor el Desollado, el Colibrí a la Izquierda, y asoma la oreja del humeante espejo negro, prepara la llegada de las ánimas en el silencio perturbado de la noche de los muertos.

 

Miguel Alvarado

Obdulio Varela fue un hombre silencioso. No necesitaba hablar, pero cuando lo hacía era como si pateara una pelota. Primero le reclamó a Rimet, un francés con cara de ministro y bigote a la Chaplin, que pronunciaba su discurso –uno de tantos, claro, sólo que éste era la bienvenida al último partido del Mundial de Brasil, el 16 de julio de 1950- en todos los idiomas, menos en español. Jules, que así se llamaba el presidente de aquel New Order, atinó a jalarse los pelos plateados y estirar la mano. Varela no lo dejó hacer el ridículo y la estrechó porque era un tipo educado. Luego tomó el balón y, como no queriendo, lo sopesó y pateó, nomás para la suerte. Antes, minutos antes, en el vestidor de los uruguayos que aguantaban como podían el griterío de 200 mil esquizofrénicos con boleto pagado en el Maracaná, uno, alguien, decía al Obedulio que ya nada importaba, que había sido una gran Copa y que nada más cuidara que no les metieran cinco goles, por la honra de la jefa santa y de la tradición charrúa.

Varela, negro como las almas del Grupo Atlacomulco aunque santo como la zurda de Maradona, le contestó con la boca torcida, la mirada clavada en la puerta del local del visitante, que “nunca he perdido un partido ante de jugarlo”. Luego, aquel oscuro jefe encabezó la salida del equipo más celeste al campo más grande del mundo en aquel entonces. Nuevo, nuevecito, aquel mausoleo de amianto y concreto respiraba con aliento funerario. ¿Por qué tenía que ganar el Brasil? ¿Qué pensaba Friaca, el mejor delantero del mundo ya que Stanley Matthews había hecho el ridículo junto a su pérfida Albión? ¿Y quién era Obdulio, insolente como él solo? Los participantes de aquel juego están muertos, la mayoría, casi todos. Incluso hubo uno que murió dos veces, el portero brasileño Barbosa, a quien nunca le perdonaron el segundo gol uruguayo, obra de Ghiggia. Barbosa lo perdió todo, incluso la vida, pues nadie le volvió a dirigir la palabra. Siempre pidió perdón pero el futbol es así, dicen los comentaristas de Televisa. ¿Así? Nada saben los pobres, llenos de datos y temores, reflejos fieles de su patrón.

Pero Barbosa.

Murió, porque el futbol es así, el 7 de abril del 2000, a causa de un derrame cerebral. El arquero del Vasco no encontró piedad ni en aquella huida de mentiras porque los torcedores publicaron en los diarios de aquel país que “Muere Barbosa… por segunda vez”. Y mientras el arquero enfrentaba la condena eterna, su verdugo, Alcídes Ghiggia alcanzaba la fama en Europa y se manchaba de oro las manos blancas, enrojecidas por la tragedia en vida del portero. Ghiggia tuvo tanta suerte que todavía hoy, porque es un monumento viviente allá en las celestes pasturas, se atreve a pronosticar un triunfo uruguayo en la Jordania lejana, que lo llevará, otra vez, de vuelta al bendito Maracaná.

En Huichochitlán el futbol es así, como en Brasil y en los foros de Televisa, pero la muerte es otra cosa y los despojos son reverenciados con esas caras largas y nocturnas de aquella la gente mexicana, oscura como Obdulio, de pocas y negras palabras. Así, el panteón cristiano y que debajo encierra las máscaras endurecidas de Nuestro Señor el Desollado, el Colibrí a la Izquierda, y asoma la oreja del humeante espejo negro, prepara la llegada de las ánimas en el silencio perturbado de la noche de los muertos. Por otra parte es una fiesta de atoles y tamales, gorditas de papa y hamburguesas y decenas de motos que jóvenes extravagantes conducen dentro del camposanto. Algunos recuerdan al Pelé, avecindado en el pueblo de Cuexcontitlán, un tipo habilidoso, tanto como O Rei pero con la mala fortuna de que le gustaba la fiesta con Bacardí. Nunca pudo dejar los llanos, pero al menos cobraba por partido. A veces, cuentan los que lo conocieron, jugaba hasta cuatro partidos en un solo día. Hoy nadie sabe dónde anda o si ya está muerto.

En Huichochitlán el panteón ni siquiera tiene nombre. Tampoco hay luz eléctrica pero ni falta que hace. Y es que todo huele a flores, al menos al principio, antes de que la humareda recubra el terreno y desvista de carne y ropa a los vivos. Allí se va a estar un rato pero la condición es que todo se transforme en la oscura avenida, que uno se vuelva fantasma. Las sombras, los pasos casi ebrios de los viandantes, el “dichoso usarcé que sabe la hora en que muere” tocan los hombros de los que no visitan a nadie. Porque, sí, hay un velo que separa a los curiosos de los obligados y no se puede confundir con la desfachatez del atole de piña o el café con harta azúcar, nomás para entibiar el ánimo. Nada es tenebroso, pero sí lo bastante oscuro para guardar silencio, apretar los dientes. La bronca es entender porque uno, a veces, no entiende bien qué está haciendo allí la gente, toda agachada y hasta risueña en sus largas jetas, arreglando los despojos de algunos que ya hasta ni polvo son. Imaginar los pasos de la muerte inversa, los departamentos cadavéricos ocupados todos por inquilinos dobles o triples que se niegan a irse.

Si uno dijera que Obedulio, El Negro Jefe, tomó la bola desde el fondo de las redes, en el arco de Roque Gastón Máspoli, que retuvo el balón entre sus manos mientras miraba a los brasileños bañarse del miedo certificado por la victoria y que se encaminó tranquilamente al centro del campo para depositar la pelota en el manchón, mientras decía al resto de La Garra que aquello se resolvería en un dos por tres, sería faltar a la verdad.

El tal Ghiggia recuerda el gol del triunfo uruguayo, con una sonrisa que excluye, desde luego, la tragedia canarinha: “vi a Julio Pérez librarse de un adversario con un “dribbling”. Me cargué a la derecha cuando él me lanzó hacía un corredor libre. Mí ángulo de entrada era bastante bajo con respecto a la línea de meta. Cuando vi a mi marcador que se me acercaba, decidí tirar. Barbosa, para prevenir el eventual cruce hacia atrás, se colocó ligeramente sobre su derecha, dejando un espacio suficiente entre él y el poste. Cerré los ojos y disparé con toda la energía que tenía en el cuerpo… cuando los abrí, vi el balón en la red. En aquel momento, nos convertimos en campeones del mundo”.

Luego de obtener la Copa, Obedulio, transido de dolor, dejó la fiesta uruguaya y se encaminó, él solo, por las calles de aquella Río de Janeiro vaporizada, infectada, transida, fractal, desmoronada. Y se metió, él solo, a las cantinas donde los negros lloraban delante de un vaso de cachaza y los blancos les servían de paño de lágrimas. Allí, con la cara contrita, escuchó su nombre y el razonamiento simple pero demoledor. “La culpa es de Obedulio, la culpa es de Obedulio”. Y era tanta, que un impulso lo obligó a acercarse a ellos, pedir su aguardiente y llorar como garota junto a aquellos derrotados, muertos vivientes desangrados hasta la última gota por un partido que ellos, los afectados, comprendían, era el fin del mundo, de todas las cosas, de un jefe que sólo ese día y en ese lugar odió su trabajo.

Y para Barbosa, por poner un final, siempre será Día de Muertos.

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