Un verano insolente

* Da una especie de resquemor que los rescates de la historia, tergiversada por el paso de los años y la lejanía de los narradores, lleguen en forma de globitos de texto y tengan apellidos belgas. Tarde, muy tarde, casi 100 años, se entrega una revisión muy por encimita –entendible- del México artístico de los años 20. Cosa curiosa, ese México intelectual de aquellas décadas está identificado, para el conocedor superficial, con puros artistas extranjeros. Pero qué más da si la selección de futbol necesita argentinos.

 

Miguel Alvarado

Como que eso de los cómics de pronto levanta una insondable pared de güeva. La lejanía de los cósmicos misterios de los Linternas Verde o los amoríos hipergladulares de El Hombre de Acero han terminado por hacernos entender que los superhéroes de verdad rondan más bien las calles donde uno vive y no se detienen, no muchos en todo caso, a comprar periódicos o revistas en los puestos de las esquinas.

Inútiles como los futbolistas profesionales, los escenarios de los cómics nadan alejados, como a la deriva, en una maraña de cables feisbuquescos y teorías conspiratorias donde La Familia Michoacana no existe ni siquiera para hacerle publicidad a la policía federal. Sólo los flojos leen las patrañas de un hombre que corre más rápido que la luz, pero también se meriendan, vía sopa Maruchan, los noticieros de la televisión, de polímera consistencia, y los programas de opinión, que registran formatos tan conceptuales que uno prefiere ir a misa o, en todo caso, escribir y dibujar un relato.

¿Cómo hacerle para que una pequeña parte de la realidad mexicana aparezca en viñetas con colores predeterminados y pantones novísimos cuando se supone que es precisamente eso concreto y horripilante lo que nos obliga a refugiarnos en lecturas de baratería inconmensurable? Porque, ¿cómo hacerle para que aparezca la deleznable Marrana –en la versión más heroica de la Marina- y no se diga en las facultades que se ejerce un culto a los malosos? Porque, ¿cómo es el país que gobiernan Peña Nieto y sus cuates y cómo es el lugar donde uno vive? ¿De veras es tan difícil dibujarlo, ponerle los diálogos que oímos todos los días y hacer de lo que todos hacen que no ven, no miran, un medio para decir que está allí? O, ¿cómo hacer para, precisamente, no hacerle así, no dibujar aquello que sabemos es lo cotidiano y escoger mensajes de buenaventura y esperanza, de buenas noticias, aunque sean tan malas como las peores? Pues sí, parece fácil levantarse un día de madrugada e instalarse con un cuadernillo de dibujo en una de las escaleras de la Central de Abastos o ir, en camión de tres estrellas y pantalla de cinito incluida, a la Tierra Caliente de entrada por salida, nomás a pararse en los mercados, escuchar a los comerciantes y regresar por la tarde con el lápiz sin usar y la libreta en blanco. Como si no hubiera ya suficiente miedo. Pero entonces este México que cada uno vive a su manera se pierde y desde una viñeta del Memín Pingüín nada se podrá recordar después.

Da una especie de resquemor que los rescates de la historia, tergiversada por el paso de los años y la lejanía de los narradores, lleguen en forma de globitos de texto y tengan apellidos belgas. Tarde, muy tarde, casi 100 años, se entrega una revisión muy por encimita –entendible- del México artístico de los años 20. Cosa curiosa, ese México intelectual de aquellas décadas está identificado, para el conocedor superficial, con puros artistas extranjeros. Pero qué más da si la selección de futbol necesita argentinos. Por las páginas de la novela gráfica “Un verano insolente”, desfilan la fotógrafa italiana Tina Modotti, su pareja, el gringo Edward Weston y una fauna sorprendente de dibujos muy parecidos a Diego Rivera o Nahui Ollin, vientre de la Virgen Morena en ojos de verdísima tiniebla.

Esa insolencia de verano, escrita por Denis Lapière y dibujada por el catalán Rubén Pellejero es, sin embargo, una pequeña obrita de arte porque los paisajes, las ambientaciones, la forma de abordar situaciones y hasta los ridículos verbos intransitivos del castellano están bien colocados, ni más arriba ni más abajo. Allí sí están los anarquistas, los matones, los pintores calientes, las fotógrafas ultramonas, los fotógrafos audaces, los homosexuales picarones, los comunistas al rojo vivo, los taxistas buena onda, los políticos con pistola y las putas pobres de piqueras desfallecidas. Parece que están todos, y la ventaja para aquella historia es que sus principales protagónicos están muertos. De hecho, todos están muertos, excepto los autores.

Así que, ¿cómo describir al México del 2013 sin que las maestras universitarias digan que se hace apología del criminal? ¿Dónde caben los 121 mil muertos de Calderón y Peña Nieto, lo macabro que no queremos y que además no pedimos, y nuestra paz forzada a tiros? De todas maneras es un cómic, y así como los diarios y todos los medios de comunicación, eligen una parte para mostrar. Pero para qué clavarse si ya se acerca la quincena y el Supermán sale cada quince días, junto con el Batman, perfectamente editados y maquetados por Televisa y sus secuaces. O si uno quiere esperar todavía un poco más, los nuevos cómics de los walking deads no tardan ni tantito. Es como todo. Revisar al Kalimán con el único objetivo de decir que fue creado por mexicanos es tan de güeva como aventarse alguna saga sesentera del Hombre Araña o El Sargento Furia, cuando lo único negro que tenía era su alma de celulosa.

Mientras pasan 60 años para que los cárteles narcotraficantes sean explicados de otra forma –una guerra de guerrillas, por ejemplo, una lucha armada entre políticos de pacotilla- los Illuminati se divierten jugando con los símbolos. La ese supermanesca como anticipo del ojo que todo lo ve o el infinito turbulento aparecen por doquier, hasta en los conciertos de Nelly Furtado y sus pases dobles regalados en algún lugar de Polonia. El símbolo no tiene poderes místicos, ni siquiera mágicos, como pretendía Beto el Boticario, pero sin el emblema pocos son menos que nada. Los cómics justifican y oficializan esas formas patrocinadas por patadas energéticas de Monster y Red Bull, garras y toros. Y a veces cruces o budas sonrientes, serios, le ponen tono a la sicosis del quebranto. Nadie quiere saber nada cuando ya lo sabe todo, o al menos todo de esa parte de la historia que le traspasa a uno y no lo deja dormir porque las ventanas están abiertas y por allí se cuela, se cuela, se cuela.

América para los chilenos

* Está el Supermán sentado en la silla del Kremlin, allá por 1955 ó 1956, no recuerdo bien. El caso es que todos le dicen “camarada” y le hacen reverencias, al estilo más hierático de la Nomenklatura. Esta escena, entre imaginada, pintada y publicada, pertenece a la historia de Red Son, que se le ocurrió al escritor Mark Millar en el 2003, más conocido por su miniserie Kick-Ass, una sangrienta broma acerca de un superhéroe sin superpoderes que se anima a enfrentarse a gángsteres e iluminados.

 

Miguel Alvarado

Es que es difícil, aunque no tanto. Un hombre sale corriendo de su casa. Busca ayuda con desespero. En sus brazos carga el cuerpo de un niño de tres años, desangrado de la cintura para abajo, luego de un metálico abrazo en las fauces de una cortadora. El hombre tiene las ropas sucias de tinta, como si trabajara en una imprenta pero el atuendo del niño está limpio, sólo la sangre le otorga los colores del atardecer. Todos los rojos en una sola mancha que se escurre por el pantalón de mezclilla y le amanecen y le anochecen al mismo tiempo en un goteo que la acera registra en exactísimos regueros cada dos centímetros. El hombre se detiene. Deja de gritar. Un médico en blanca bata le hace señas para que se acerque. Un hospitalito le envía los guiños terribles de las lámparas afuera, apenas aluzadas en la moribunda fortaleza de las ceras. El hombre no puede más. Cae de hinojos mientras el médico corre hacia el niño. Lo toma en sus brazos, pero una pierna casi desprendida le ordena moderación y camina entonces, casi mareado, por el camino esmeralda de aquella luz final. Las puertas del hospital se cierran por un momento y llueve. La muerte apenas comienza.

Eso es México. También parece un cuento de Bulgákov. Pero es un escenario en San Felipe del Progreso, Edomex, al que solamente le falta la música incidental. El niño, para terminar la historia, muere debido a la pérdida de sangre y el padre regresa al trabajo luego de dos días de luto y borrachera que durarán toda la vida, incluso más.

Aquello no pasaría en el mundo de DC Comics, sobre todo en una historia ambientada en la Unión Soviética.

Está el Supermán sentado en la silla del Kremlin, allá por 1955 ó 1956, no recuerdo bien. El caso es que todos le dicen “camarada” y le hacen reverencias, al estilo más hierático de la Nomenklatura. Esta escena, entre imaginada, pintada y publicada, pertenece a la historia de Red Son, que se le ocurrió al escritor Mark Millar en el 2003, más conocido por su miniserie Kick-Ass, una sangrienta broma acerca de un superhéroe sin superpoderes que se anima a enfrentarse a gángsters y pandilleros.

En Red Son, Millar reafirma su capacidad de narrar, a pesar de él mismo, y supera con creces su epilepsia. Debe dar gracias a Dave Johnson y Kilian Plunkett, que hicieron de un superhéroe una pequeña obrita de culto y pusieron de su lado el verdadero significado del rojo. Como comunista, aquel Supermanito leninista deja mucho qué desear. No es que sea un militante de ultra-izquierda o que no haya leído El Capital, sino que se comporta exactamente lo mismo que si hubiera nacido en Nueva York, o en la ridícula Villachica de Kansas. Y ese es el milagro que logra Millar. Explicar, con manzanas, en este caso con monitos, que los gringos son la misma cosa vomitiva que fueron los soviéticos… su sistema, pues. Porque la vida transcurre tan parecida que da lo mismo Chomsky que Fukuyama, al menos en esa imaginería.

Red Son, entonces, tiene la sensatez de representar a los yanquis como hordas nazis lideradas por el genio maligno de Lex Luthor. Puro realismo. Nada es más simple cuando los lúgubres afectos de la globalización encuentran en el pelón más avillanado una explicación a la Guerra Fría pero también a la imposible necesidad de expansión norteamericana, que ya saborea la conquista espacial o de perdida una épica batalla contra marcianos o lagartijos.

En fin, esa versión de Supermán transforma todo como si él fuera origen de una bondad o justicias inherentes. Y si los soviéticos fueron los malos durante 50 años, nomás porque sí, ahora se encuentran en el otro extremo, también, nada más así, de botepronto. Quien lee monitos y novelas gráficas se acostumbra a encontrar similitudes con el entorno, aunque se trate de una lectura claramente de evasión, de ocultamiento y que proporciona menos de 25 minutos de superchaquetas mentales y físicas, imaginando sin una sola referencia concreta, chapoteando en los manglares de un desenfreno inútil por ocioso. Y luego Supermán. Es decir, un tipo con los poderes de dios o de Buda o al menos del átomo todavía es capaz de superbajezas tales como ordenar un desfile militar con cuetes y toda la cosa o de discutir por el amor materno o de quién ama con todos los desos al defenestrado Joseph. Claro, entre una y otra se da tiempo para salvar un tren o socorrer a mineros atrapados en la punta más alejada de Siberia.

¿Qué hace entonces que el Hijo Rojo sea una exquisita novelita, apetecible por todos lados? Bueno, la sensación de que se está leyendo una crónica acerca del PRI y sus peñanietos, sus fraudes y los intentos por conservar el poder público a costa de cualquier cosa. Y también los intentos de sus rivales, los amorosos desaforados, por revelar toda clase de artimañas y triquiñuelas. Una historieta escrita para los anómalos norteamericanos, ambientada en Moscú, más gris que los cielos de San Felipe del Progreso, y que encuentra repercusión, malsana y malaonda, en algunos extraños circuitos que la ligan con los pobres mexicanos. Y no es que los moscovitas no tengan la importancia de Tenochtitlan o Temiztlán, pues de hecho la pobre ciudad –la otra, la rusa- pierde en la comparación de heroísmos aunque no en la historia efectiva. Moscú es la fortaleza negra de un poder incomprensible para el ser humano, pero Washington es cuna de los hombres que pueden detenerlo, aunque no sea necesario. Lo curioso rodea el libelo de Millar y ofrece ejemplos de desenfreno cuando afirma que el mundo se polariza. México es comunista y en el orbe sólo quedan dos naciones capaces de hacer frente a la amenaza rusa. Los gringos, como salvadores del bien común y Chile, el pequeño pero largo país latinoamericano que ha superado hasta el nacimiento de Salvador Allende.

No importa lo que se diga, sino cómo se diga, dicen los filósofos del tlacoyo y los tamales. Y a veces tienen razón, especialmente cuando no hay nada de qué hablar. Red Son es tal vez la mejor historia escrita para el móndrigo Supermán, que por una vez en su vida ha sabido lo que es trabajar para el bien común sin destruir ciudades enteras o provocar cósmicos cataclismos.

Y sí. América para los chilenos. Y Chile para los norteamericanos.

Ficciones para una novela gráfica

 

 

Para Selene, como siempre, como todo.

* Aquí llega el amable empresario que apoya las campañas electorales a cambio de favores políticos y vive de las donaciones que disfraza de ayuda y casas de interés social. Está devastado y apenas puede hablar. Pero camina con paso firme y lo he visto mirar al jefe de la policía antes de tomar alguna determinación. Tres hombres lo acompañan siempre. Son guardaespaldas, que se ocultan discretamente cuando la prensa se acerca demasiado. Innecesaria precaución en este lugar del mundo, donde todo está a la vista pero nada se ve.

 

Miguel Alvarado

I

El regazo de mi madre no era un buen lugar para el descanso y no me sentía segura, acostada allí. Pero ella contaba cuentos y estaba siempre alerta. Sus brazos se movían sobre mi cabeza y trasmitían las vibraciones de alguien fuerte pero sin rostro, conocedora de sombras. Las sombras allí eran verdes y provenían de los días de lluvia, eslabonados unos con otros por efecto de mi deseo: que no saliera el sol. Grandes como ella, los cristales me guardaban y la calle se detenía de 2 a 4 de la tarde, junto al rosal que tanto me gustaba.

Podía agacharme para abrochar mis agujetas o voltear a la puerta y ver que seguía cerrada. Una nube de polvo cubría mis ojos y la silla, de madera y pintada de blanco, se volvía el respaldo definitivo, una cerca alta y protectora que mantenía en vilo la esperanza de un camino claramente señalado. Ahora mi vereda se pierde entre el bosque y sus plantas, mientras uno supone que todo este tiempo ha convertido en un cuento aquella oquedad, los días de nubes y lluvia permanentes.

 

II

El sol se refleja en el agua del vaso, olvidado sobre la mesa.

Las sombras son enjoyadas mandarinas que se arrugan en los muros y llueven discretas su hojarasca en la casa callada.

Y esta fruta a lo lejos es ola, ladrillo líquido que se ondula en cada relámpago, cegado en su propio pero inútil resplandor. La casa se agita y los muebles se deshacen. Las habitaciones aguardan a que las sombras terminen de borrarse y respiran el último intento del aire nuevo que todas las mañanas entra por las ventanas, que hoy cuidan perros y policías inmóviles también en el bullicio de la muerte.

Sacaron tu cuerpo, envuelto en una colcha, cuidadosamente doblada y te subieron a una camioneta para tirarte en una plancha bajo la luz ensombrecida de lo ido. Luego cerraron las puertas y dos hombres discutieron junto a ti, mientras fumaban poniéndose de acuerdo. Uno firmaba y el otro abordaba un auto, rumbo a una conferencia pública donde apuntaba que te habrían asesinado.

Pero no era ella. Me he asegurado, revisado todo, hasta los diarios, redactados y pagados por un rey pequeño cuya familia ha gobernado por más de 70 años sin oposición alguna y hasta el chismorreo de los propios agentes, que saben de los que se trata.

Aquí llega el amable empresario que apoya las campañas electorales a cambio de favores políticos y vive de las donaciones que disfraza de ayuda y casas de interés social. Está devastado y apenas puede hablar. Pero camina con paso firme y lo he visto mirar al jefe de la policía antes de tomar alguna determinación. Tres hombres lo acompañan siempre. Son guardaespaldas, que se ocultan discretamente cuando la prensa se acerca demasiado. Innecesaria precaución en este lugar del mundo, donde todo está a la vista pero nada se ve.

Aquí las cosas no son lo que son.

Me convenzo entonces, cuanto más te miro, de que todo es como un accidente de tránsito que sucede a la medianoche en la calle más desierta. Mi vida es una serie de arritmias y golpes de suerte. La noche me aterra pero no dejo de saltar al vacío, aun cuando entiendo que no voy a caer ni a estrellarme bajo el cielo despedazado de la ciudad. Y ese agujero, aquella boca enorme que apenas grita pero todo traga, es esa muerte que se mece ya sin miedo, es tu fortuna terminada, la casa de muñecas que alguien rompió y no pudo recomponer.

Asomado a la ventana reúno las piezas de esta pantomima que siempre estuvieron allí. No me alivian las respuestas porque nunca tuve incertidumbres. Hoy es demasiado tarde y mi dictamen ni siquiera significa nada para ti.

Así, muerta, te cubrieron con una bolsa de plástico y te arrojaron por el cubo de la ventilación. Allí te atoraste hasta que alguien te encontró, como sucede con lo que se quieren ocultar. Tu muerte no era problema para tu asesino, quien consideró las posibilidades como si jugara al ajedrez. El movimiento elegido fue validar el accidente porque, a fin de cuentas, eso era y nada más. Pero no lo podía hacer solo y recurrió a sus amigos, quienes le debían los favores que el dinero siempre exige. La historia se supo y aunque aquí no importa, alguien tuvo que encontrar una explicación que convenciera a la mayoría. Como pasa a veces, se eligió la peor, la más estúpida

Que si alguien te secuestró. Que si caíste del edificio. Que si tus padres te escondieron porque peleaban entre ellos. Que si una adivina supo que estabas muerta antes de que desaparecieras fueron solo las suposiciones de quienes están acostumbrados al murmullo, al golpe bajo, a las interminables historias de amor.

Al final, tu cuerpo apareció entre un colchón y una cama, luego de que alguien durmiera allí por tres noches, sin darse cuenta.

Entonces vinieron las llamadas, los chantajes, el compromiso para las elecciones presidenciales y todo se arregló con un apretón de manos y un banco fuera del país.

A fin de cuentas, no necesito un héroe para encontrar la verdad.

 

III

El avión sobrevuela tu ventana como una sombra que insiste sobre el calcinado mediodía. Desde aquí observo en mi telépata ansiedad cómo rasgas el sobre que ha llegado a tu casa por la mañana. Abriste una carta que no necesitabas leer, una historia innecesaria. La lees, de cualquier manera, mientras tus ojos se arrasan y observan a lo lejos la ciudad y sus muros, adornados con la publicidad de los aspirantes a la presidencia, la misma que ha pagado el silencio de tu hija.

A su sombra, una niña dormita en las faldas de su madre, al borde de una fuente.

Ella, con todo cuidado, se inclina para cerrarle los ojos.

Sea.

El Trío Galaxia

* Un equipo de ilustradores de Toluca con los pies en las nubes y con las manos en los pinceles reivindica la historieta que se realiza en la ciudad. Aunque esa actividad es una de las menos favorecidas por la industria en la capital mexiquense, Hernán Eduardo Aguirre, Rommel Castañeda y Luis Alonso Torres han descubierto que forman una especie de Trío Galaxia que sorprende por la calidad de historias y trazos que proponen. Como parte del incipiente grupo de historietistas Ébola, creen que pueden despertar el interés por su actividad en una ciudad que tradicionalmente no abre los ojos a ciertas expresiones.

 

Miguel Alvarado

– Hernán, ¿por qué escogiste dibujar?

– En mi familia muchos tienen la habilidad, pero es algo que me desestreza. Dibujo de todo un poco. Uno empieza copiando para formarse una base. Me gustaba ver las caricatura de los periódicos y copiarlas o de las cartas de Yu-Gi-Oh.

– ¿Qué te ofrece una ciudad como Toluca?

– No hay un espacio para publicar historias ni dibujarlas, pero me da el soporte vital, el lugar. No sé si seamos los únicos pero tenemos un paso dado con Ébola. Ya tenemos una publicación.

– Rommel, ¿de qué color es la ciudad?

– Un poco verde. La ciudad se me hace gris. Desde niño nunca me gustó el centro porque penaba que los edificios se me van a caer encima.

– ¿Cómo defines tu dibujo?

– Versátil. Puedo adaptarlo dependiendo de las condiciones que sean necesarias. Tengo inspiraciones de Salvador Dalí, porque crea mundos inexistentes.

– ¿Crees en dios?

– Creo que hay una fuerza que hace que, si no que todo funcione, hizo que ahora corra por su cuenta. Estudio química y pienso en dios como en un diseñador, en alguien que le dio cuerda desde un principio… como en una programación. En arte gráfico, juegas a ser dios. Es igual a crear pero el mismo dibujo se va desarrollando de tal manera que se decide por sí mismo. El dibujo puede hacerte cambiar de opinión. Yo me he vuelto muy tolerante, estético.

– Luis, ¿en qué ocupas tu tiempo libre?

– Soy romanófilo, pero realmente no sé, de pronto se me pierde la noción. De pronto creo dibujar 5 minutos pero han pasado 5 horas.

– ¿Dónde ubicas tu dibujo?

– Me falta todo, es apenas un comienzo pero busco la calidad que se requiera para ser competitivo. Debo madurar en mi forma de percibir al mundo.

– Hernán, ¿estás de acuerdo con las historias de superhéroes?

– A veces crear un superhéroe es idealizarse. Para algunos es una motivación. Sabemos que es irreal pero pronto a lo mejor alguno aparecerá debido a los avances tecnológicos. Se puede ser “super” de otra manera y como en esto uno juega a ser dios… Hay un cómic que se llama Kick Ass, donde el protagonista no tiene poderes. El Santo nada más luchaba y lo ficcionaron. No estoy de acuerdo con el mensaje de los superhéroes, “yo soy grande y poderoso y tú no”.

– Rommel, ¿qué es el tiempo?

– Me parece un tema interesante pero no es una obsesión en mí. Mi historia gira en torno al espacio, pero necesito al tiempo para saber que somos reales, que estamos en un momento.

– ¿Cómo hacer para que un concepto se transforme en una historia?

– Lo subjetivo debe tener un cuerpo. Sale de la imaginación pero a su vez se nutre de los elementos que tengo a la mano. El tiempo podría ser un sistema, un mecanismo. Los que dibujamos tenemos el mecanismo de la inspiración. A mí me gusta crear algo que sea agradable pero desde cero.

– Luis, ¿tomas en cuenta al lector cuando haces algún trabajo?

– Sí, porque no tendría caso no compartirlo. Me gustaría hacer películas animadas. A mí me gusta lo que hace Pixar.

– Hernán, ¿la ilustración es cosa seria?

– Muchos dicen que sólo hacemos monitos. Pero yo digo que sí es cosa seria. Me importa mucho que a la gente le agrade lo que hago. Cada uno crece con diferentes ideas pero trato de ser positivo. Necesito la crítica para crecer. De mi trabajo espero que se conozca.

– Rommel…

– Yo creo que es necesaria la existencia del ilustrador y del público, porque uno no puede ser sin el otro. La opinión de los demás nos da un punto, una medida para saber. Pero a lo mejor, como dices, todo está mal porque todo es editable. Por eso se procura hacer un buen trabajo, sea cual sea la finalidad. A mí me gusta el realismo mágico, García Márquez. Me gusta declamar, toco la guitarra, estuve en una ingeniería.

– ¿Te gusta mirar?

– Sí, me gusta apreciar.

– ¿De qué color es la pulsera de Hernán?

– Azul… no… era negra.

– ¿Qué estás leyendo ahora?

– Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey. Es una historia que se desarrolla en un manicomio. Creo en la locura, para bien y para mal, siempre la he visto como un escape. La gente que se considera loca es porque está fuera de los estándares normales. Nuestro trabajo, diferente, un mundo creado, es parte de cierta locura.

– ¿Prefieres a Van Gogh o a Frank Miller?

– Son dos de mis autores favoritos, pero elijo a Van Gogh porque me gusta su estilo. No sabía que eran producto de una locura, me gustó sin saberlo. Miller tiene un estilo muy padre pero me quedo con el otro…

– Luis, ¿de dónde obtienes inspiración?

– De la música clásica, pero me gusta Deep Purple, Iron Maiden porque está estructurado. Tiene una marca muy suya. Yo estructuro mi ilustración de una forma sencilla. Peor por ejemplo, no tengo problemas con la hoja en blanco. A veces tengo bloqueos pero el dibujo mismo me libera.

– Rommel, ¿cómo sería un cómic dibujado bajo la influencia de Bronco?

– Pues algo rudo.

– Luis y Hernán, ¿ustedes podrían vivir sin dibujar?

– ¿Y Rommel?

– Diría que no puedo vivir sin expresarme, el dibujo es una de mis expresiones, me sería difícil peor no es algo vital. Lo vital sería la música, es más importante que lo visual. He tocado en cafés, bares, con los amigos, he subido a los camiones pero a nivel profesional… lo vería como una obligación y no me gustaría desarrollar una carrera.

– Hernán, ¿qué significan las elecciones?

– Me causa conflicto elegir. De las presidenciales, no me gusta eso y a fin de cuentas, elijas al que sea, de todas maneras perdemos.

– Rommel, ¿López Obrador?

– Socialista… mmmh… no he investigado mucho la vida ni la carrera de Obrador, pero por lo visto en las noticias…

– Sí, se nota…

– …quiere equidad para los sectores más bajos. Si gobernara, creo que haría algo diferente a lo que se está haciendo.

– Luis, ¿narcotráfico?

– Con eso el Estado podría mantener su economía. Pero es peligroso porque no tiene control. Se debería estructurar, sindicalizar…

– Un sindicato de sicarios…

– Se oye chistoso pero no lo es. México tiene una narcoeconomía pero podría obtenerse más si se legalizara alguna actividad de esas.

– Hernán, ¿Televisa?

– La televisión a todos nos controla.

– Rommel, ¿el futbol?

– El circo del pueblo. A mí no me gusta porque… me gusta jugarlo y competir, pero… me aburre ver corretear una pelota. Algunos a los que les gusta el futbol son muy simples, aunque hay algunas cultas.

– Luis, ¿la muerte?

– El fin de todo, del mundo material. Es absoluta. No me da miedo, me da pánico pensar que un día me va a tocar.

Los límites de la ilustración

* El verdadero problema para los artistas gráficos en la ciudad, dicen ellos, es encontrar un espacio que acepte su trabajo y permita desarrollarlo con todo y sus errores. El siguiente paso es abrir el mercado en la ciudad y comenzar a vivir de las habilidades que los artistas poseen. Siempre está la opción de marcharse y ellos la tomarán hasta haber conocido los motivos de su ciudad. En tales circunstancias se desarrollan Ana Jensi León Esquivel, de 20 años y Luis Antonio Macedo, de la misma edad, que forman parte del Proyecto Ébola, un espacio que pretende llevar la gráfica a todo el público pero además demostrar que puede convertirse en una honorable forma de vida.

 

Miguel Alvarado

Aunque parece que el arte gráfico en una ciudad como Toluca no tiene representantes importantes y a pocos les interesa, lo cierto es que hay un sector de jóvenes que intenta cambiar el panorama, sustituir antiguas costumbres y dar el salto hacia otros lugares con propuestas que abarcan de todo, incluso el cómic y la historieta. El verdadero problema en la ciudad, dicen ellos, es encontrar un espacio que acepte su trabajo y permita desarrollarlo con todo y sus errores. El siguiente paso es abrir el mercado en la ciudad y comenzar a vivir de las habilidades que los artistas poseen. Siempre está la opción de marcharse y ellos la tomarán hasta haber conocido los motivos de su ciudad. En tales circunstancias se desarrollan Ana Jensi León Esquivel, de 20 años y Luis Antonio Macedo, de la misma edad, que forman parte del Proyecto Ébola, un espacio que pretende llevar la gráfica a todo el público pero además demostrar que puede convertirse en una honorable forma de vida.

– Luis, ¿por qué ser ilustrador?

– No soy muy expresivo y de alguna manera esto me ayuda. Quiero contar historias, las que sean. Mis historias son… ni siquiera sé cómo actuar con otras personas, a veces. Y con las historias trato de hacerlo para desahogarme.

– Ana, eres una de las pocas ilustradoras en activo en la ciudad, ¿por qué hay tan pocas?

– Las mujeres tenemos capacidad, pero influye la familia, la educación en casa. Pretenden crear cierto rol en la sociedad: ser exitosa, tener una carrera, ser mamá, tener una familia. En mi caso son una limitación para desarrollar mis habilidades.

– ¿Ser mamá es una limitación?

– Para mí sí, porque busco desarrollar muchas cosas pero no veo una familia. La palabra “casorio” es muy fuerte. Creo más en esa unión de lealtad.

– ¿Cómo es el mundo?

– Grotesco, pero uno aprende a sobrevivir a los momentos terribles de la vida y de la misma gente y sobrelleva como puede eso que es grotesco. A mi ciudad no a veo como un lugar de oportunidades, aunque se podrían desarrollar varias cosas, principalmente si uno tomara la iniciativa, pero… veo muy limitada a mi ciudad.

– ¿Por qué la mayoría de los jóvenes de tu edad creen que la ciudad no ofrece nada?

– Uno lo ve, lo vive. En cuanto uno busca oportunidades… nosotros, los ilustradores vemos esas limitaciones. Aunque eso crea cierta mentalidad y…

– ¿Has encontrado censura en tu trabajo?

– Sí, empezando por mi casa. No están de acuerdo al 100 que sea artista gráfica. Sin embargo, tengo el apoyo de mis padres, pero…

– ¿Qué dibujas?

– Me gusta la anatomía humana, pero atroz, terrible. A veces me provoca comentarios negativos… no puedo hacer historias bonitas, tiernas, lindas. Y no tengo idea de por qué. No tengo un autor favorito pero me gustas las películas de snuff como Guinea Pig, Holocausto Caníbal.

– ¿Hay una estética en el horror?

– Sí.

– Luis, ¿qué busca tu interés gráfico?

– No lo sé. Creo que lo mío es más cómico. El mundo, de cierta manera, es cómico porque la gente hace cosas tan tontas…

– ¿Crees que la sociedad podría ser diferente?

– Podría, pero no lo hará.

– ¿Dejas que el mundo haga sus giras?

– Hasta ahora, sí.

– ¿Es difícil vivir en una ciudad como ésta?

– No, por lo mismo de que no hablo mucho. Los dejo ser. Y me gusta estar aquí. La ciudad es fría, grosera y de cierta manera, egoísta. Pero no me ha tratado mal.

– Ana, ¿cómo descuartizas trabajo gráfico?

– Imagino una historia, siempre las creo. Poner el dibujo así, no ale. Luego le busco cómo hacerle. Lo más difícil es crear los personajes pero meter la historia al papel es lo complicado.

– ¿Crees en el bien y el mal?

– Todos tenemos nuestros lados buenos y malos. Hay una lucha dentro de cada quién porque es una disputa entre lo que se puede hacer y lo que no.

– ¿Lo bueno es lo malo?

– Puede ser, es más sabroso.

– ¿Tienes un lado oscuro?

– Muchos lo tenemos pero yo lo tengo más aceptado…

– Luis, ¿crees en las historias de superhéroes?

– No me gustan porque no hay nadie tan bueno. Y yo realmente no creo en Dios. En una historieta me gustaría ver personajes más humanizados, que cometan los errores que normalmente nosotros cometemos.

– ¿La historieta es un vehículo adecuado para contar historias?

– Bueno, son poco accesibles y para mostrar ciertos valores no me parece un buen medio. Muy pocos se interesan en ellas. En Toluca no hay un futuro laboral. Y quiero vivir de esto pero no en este país. Mis planes son irme.

– ¿Qué enseñan las historietas?

– Cosas que dicen que están bien aunque no sea cierto.

– Ana, estudias también para maestra, ¿por qué elegir pedagogía como complemento de la ilustración?

– Es una carrera muy noble. Me permitirá usar mi tiempo y quiero además tener una base.

– ¿Amas la ilustración?

– Me gusta, es una pasión pero no la amo. Puede haber una pasión sin amor. Ah, y prefiero el sexo con amor. En serio, estoy aprendiendo cosas y si puedo seguir con esto… quiero desarrollar esa pasión, ese amor. No me considero artista y hago cosas todavía para que a la gente le guste. Pero tengo mi nivel.

– ¿Qué personaje del cómic te gusta?

– ¿En qué te fijas cuando miras a alguien?

– Me fijo en… en… en… no, esos no se ven. Pero sí me fijo en los ojos. Y me gusta dibujarlos porque expresan muchas cosas.

– Luis, hablas poco, es cierto, pero si tuvieras una línea de cómics, ¿qué harías con ella?

– No me autocensuraría. Yo lo he hecho en mi trabajo. No dibujo porno pero me gustaría hacerlo. Es que no es bien visto por algunos, aunque eso realmente no me interesaría. Algo no me deja hacerlo. Creo que es más por mi familia, ella es muy religiosa.

– ¿Te gusta el Sensacional de Albañiles? Es casi porno. ¿Trabajarías en una línea así?

– Sí, pero no es lo único que quiero hacer. Quiero hacer de todo, no enfocare en un solo tema.

– ¿Quién es el mejor ilustrador mexicano?

– Humberto Ramos.

– Los que tienen 20 años dicen que es el mejor…

– Es el mejor no porque haya llegado a donde llegó… me gusta lo que hace aunque lo siento limitado porque sufre de autocensura.

– Ana…

– Es que los jóvenes buscan héroes, acción. Satisface un mercado.

– Hablando de autocensura, ¿qué tal está el documental “De Panzazo”?

– No lo siento real porque… la educación en el país está mal, pero no muestran realmente el verdadero problema. No muestran el verdadero poder del sindicato, de Elba Esther Gordillo, es como un documental más para decirle a la gente que sólo se puede quejar pero que no puede hacer nada. Está Loret de Mola, no se puede esperar mucho. Finalmente todo es poder.

– ¿Dónde aprende un ilustrador?

– Los artistas se nutren del contexto, pero creo que en Toluca hay escuelas aunque todavía falta más. Estamos limitados.

– ¿Crees en Dios?

– Creo en la vida, se hace absurdo entender dogmas y misterios del universo.

– ¿Te gusta Dexter, la serie?

– Al principio, luego ya no

– Pregúntale algo a Luis…

– Uy, lo conozco mucho, pero no se abre mucho, pero a ver… ¿estás feliz con nuestro trabajo?

– Pues estoy bien, pero me gustaría que prestaras más atención en lo que ya habíamos decidido y al final las cambias.

– Pregúntale a Ana, Luis…

– Este… ¿tienes crédito?

 

El Proyecto Ébola

“A Ébola lo veo como una especie de familia. Lo componemos todos mis amigos. Estamos creando algo que nos gusta, es como el hijo de esta familia que debemos hacer crecer y que queremos ponerle toda la atención. Es publicar cómic o historias en un espacio periodístico que poco a poco crecerá”, dice el equipo de Elisa Rivero, cabeza de Ébola, tal vez el único intento real que ha logrado publicar en el fantasmal medio que ofrece Toluca.

 

Miguel Alvarado

Elisa Rivero, Hugo Arboyeda y Ariel Vázquez son jóvenes toluqueños que participan en el Proyecto Ébola, una agrupación que todavía cree que la ilustración es un arte. Los tres publican historias gráficas pero también se han preocupado por integrar su plan al mundo real, donde no todos son muñequitos o imágenes. En esta entrevista, dejan ver un poco de sus inquietudes y razones y sus particulares puntos de vista de ver el mundo que les rodea y que no siempre es bien aceptado.

– Lisa, ¿cuáles son tus habilidades?

– ¿Aparte de dibujar? De cagarla, a veces. Me gana el sentimiento muchas veces y en lugar de pensar las cosas fríamente, termino haciendo lo que no debería.

– ¿Y eso mismo sucede en la ilustración?

– Sí. Porque luego me desespero y…

– Entonces no tienes paciencia…

– No siempre.

– Eres cabeza del Proyecto Ébola. ¿Puedes hablar de él?

– A Ébola lo veo como una especie de familia. Lo componemos todos mis amigos. Estamos creando algo que nos gusta, es como el hijo de esta familia que debemos hacer crecer y que queremos ponerle toda la atención. Es publicar cómic o historias en un espacio periodístico que poco a poco crecerá.

– ¿Dibujar es una enfermedad?

– No.

– ¿Podrías curarte de dibujar?

– No, tampoco.

– ¿Es una obsesión para ti?

– Sí, a veces sí. El gusto por dibujar siempre lo tuve. Es padre ver una hoja en blanco y con un simple lápiz que te cuesta dos pesos puedes crear…

– ¿Te asusta la hoja en blanco?

– Sí, empiezo simplemente a rayar, aunque a veces puede salir algo padre porque las figuras salen solas.

– Hugo, tu actividad es la ilustración pero, ¿qué significa esta ciudad para ti?

– Una… pues sí… la vida como tal. No es algo que me guste mucho, pero he aprendido de esta ciudad.

– ¿Qué has aprendido?

– Pues a no tirar la basura…

– Muchos dicen que no te bañas, Hugo.

– Aaaah, ¿dicen que no me baño? Pues sí me baño, sí me baño, sólo que ahorro agua. Pero esta ciudad llamada Toluca es algo gris y yo trato de desmaquillar las cosas…

– ¿Eres un artista descarnado?

– Nnnn… nnnn… no. Por el contrario, me gusta la redundancia, pero creo que soy una especie de híbrido, equilibrado como lo positivo y negativo. Me resulta porque la naturaleza es equilibrio, la vida misma… pero a veces no me resulta, la mera verdad, pero para mí el equilibrio no es una constante.

– ¿Quién eres tú?

– Ayer me preguntaban eso, pero soy… este… soy un… un tipo promedio… más bien un artista… cada vez que me preguntan digo una cosa diferente, así que supongo que no sé quién soy.

– Ariel, ¿te gusta la calle?

– Sí, mucho. Porque se aprenden cosas chidas. Se aprenden cosas diferentes en la escuela, en la casa y en la calle. Soy un vato al que le gusta la pintura en aerosol y ya.

– ¿Te atraen las paredes?

– Es una larga historia. Desde morrillo me gustó dibujar. Peor me gustan por las experiencias y compañías que te dejan.

– Me imagino a un graffitero abrazando un muro, ¿hay algo de eso?

– Sí, cómo no. Pero en sí lo que uno plasma o dibuja en la pared a veces no tiene un mensaje. El mensaje es lo que uno va viviendo. Hay veces que uno puede poner la firma que uno dibuja y nada más. Pero que yo quiera expresarle a una persona con lo que yo hago, pues… no. Es lo chido del graffiti, que no se cierra a un solo concepto.

– Al mismo tiempo eres ilustrador…

– Desde morito me llamó la atención el dibujo. Me gustaba el Drago Ball y fue lo que me motivo. En la escuela pude hojear una revista de graffiti y me gustó mucho. No fue tan constante como ahora… tuve muchas trabas por parte de la familia, pero nunca he creído que tenga que escoger entre ser ilustrador o graffitero. Más bien van de la mano y es que existe cierta necesidad de cambiar, de evolucionar y las letras se pueden combinar con lo que dibujo en una libreta. Eso me gustaría ver un día en una barda. Me gustan temas relacionados con lo espiritual, pero con imaginación…

– ¿Qué es Dios?

– Describir a Dios como algo físico, no creo… más bien creo que Dios toma formas que nuestro cerebro pueda comprender.

– Elisa, ¿qué idioma hablas en tus ilustraciones?

– Uno que habla de un cambio. Luego me obsesiona mucho una cosa pero me aburre y sigo con otra. No hay algo en concreto. Intento salir de mis áreas de confort, ver otras cosas. Dibujo muchas mujeres, casi no dibujo hombres.

– ¿Por qué?

– No sé. Se me hacen más fáciles y…

– Acabas más rápido…

– Sí, yo creo. Pero empiezo a dibujar animales y objetos. Mi ilustración es una pintura que sale de pronto. No quiero contar nada.

– En Ébola sólo hay dos mujeres…

– No sé el motivo por el cual las mujeres no se interesan mucho en la ilustración. A mí me gustan los negocios. Igual es el complemento perfecto. Estudié finanzas, me pareció interesante. El dinero mueve a la gente pero los que saben hacen juegos con el dinero, que pocos se imaginan, pero pueden cambiar la vida del mundo.

– ¿Cómo es el mundo hoy?

– Un volcán en erupción, que quiere explota.

– ¿Crees en fantasmas?

– No.

– ¿Cuáles son tus fantasmas?

– No… sí… mi propia cobardía. A veces me da miedo ver otras cosas, salir de mi zona. Intento cambiarlo. Le temo al fracaso, a que siendo anciana me dé cuenta de que no hice nada.

– ¿Cómo defines la vida?

– Como una montaña rusa, subes y bajas y más vale que te guste el recorrido.

– Hugo, ¿de dónde viene tu inspiración?

– De mi vida, y no es que mi vida sea muy inspiradora… de las corrientes artísticas, del rock alternativo, de alguna literatura, del cine aunque sea comercial.

– ¿El tiempo se acaba? ¿Existe el tiempo?

– Según Einstein, sí. Y según yo, sí. Se necesitan humanos para que exista el tiempo, pero no existe como tal.

– ¿Cómo conceptualizas tu trabajo?

– Me gusta llamarlo cómic mestizo… porque como no hay una escena en la ilustración mexicana y somos un país mestizo… pues es eso… tantito del manga, del americano…

– ¿Te gusta La Familia Burrón?

– No, porque es chapado, muy simple pero el dibujo es adelantado a su época, esos trazos circulares muy minimalistas. Si lo vieras ahorita, dirías “eso es nuevo, no está tan chapado a la antigua”.

– ¿Ton’s está o no está?

– No, es el cómic mestizo, es el ejemplo.

– Los viejos maestros mexicanos del cómic dicen que en México la actividad está muerta, tanto en lo empresarial como en lo artístico…

– La industria agoniza, pero me gusta verlo en positivo. La historieta en México vive tiempos oscuros, pero es emocionante. Todo indica que está a punto de levantarse de nuevo. El mundo no se va a acabar.

– ¿Eres contradictorio?

– Sí… no…

– Ariel, ¿eres observador?

– Sí.

– ¿De qué color son tus calcetines?

– Uno es blanco y otro es negro. Y en mi casa tengo otro par igual. Pero me gusta mirar a las personas. Luego me dicen que qué me ves, que si soy o me parezco. Fantaseo con las vidas de otros, sus rutinas.

– ¿Tienes vida propia?

 

– Yo creo que no, porque aunque me cueste trabajo, vivo bajo los conceptos de otros o con las apariencias.

– ¿Entonces quién eres?

– Ariel, al que le gusta dibujar. Creo que mi trabajo tiene una oportunidad de sobresalir en Toluca. Alguien dijo que en Toluca hay muchos ilustradores pero no se avientan, así que aquí no veo mucha comercialización, pero por otra parte no hay competencia. Creo que hay prejuicios que nos impiden hacer las cosas. Complejos, miedos a fracasar.

– Elisa, ¿le vas al Toluca?

– Sí, pero me gusta jugar yo al futbol. Y juego por instinto.

– ¿Y cuál es tu estrategia para el dibujo?

– Dibujar y dibujar. Y ya que siento que no tenga gran talento, necesito trabajar. A Las mujeres nos califican de frágiles. A mí me gusta, por ejemplo, dibujar manchas. Mis propios compañeros influyen en mí. A veces la ilustración es una competencia. La ilustración es un gusto para mí, me calma. A veces creo que tengo algunos problemas, pero los principales creo que son mi propia existencia, adónde voy, quién soy. Igual la propia familia y los amores. A veces el amor es un problema.

– ¿Los tres tienen problemas de amor?

– Sí.

– Hugo, ¿cuál es el principal problema que tiene esta sociedad?

– El consumismo. No creo que deje de verlo así cuando gane dinero. He trabajado, recibido mi nómina y cuando uno sale a la calle con billete, tienes seguridad. Peor no me van a dejar de importar esos problemas. Quiero creer que soy una especie de ilustrador social pero no al estilo del rock urbano, más bien.

– ¿Tienes hermanos?

– Hermanas…

– ¿Y qué tal?

– ¿Eeehh?

– ¿Qué tal te llevas?

– Ah, pues son muy chicas… una cumplirá 20 y otra es una morrita.

– ¿Dónde te ves a los 25 años?

– Esperemos que Ébola se convierta en una revista y contando las historias que siempre quise. Prefiero el restirador a la computadora. No quiero vivir como otros que sólo contaron una historia en diez años. A mí no me gusta dibujar digitalmente, es un soporte.

– Ariel, ¿tienes alguna postura política?

– No me interesa mucho la política. El graffiti no necesariamente es clandestino, aunque es la esencia. Mi trabajo es mostrar un poco lo que se hace en la calle pero que la gente no lo ve. En el graffiti hay un vato que me gusta mucho que se hace llamar Peque, y tiene un estilo como muy chido, su trabajo son ilustraciones en una barda. En historieta me gusta Humberto Ramos y Campbell, por su línea sexy. Quisiera una fusión entre esos.

– ¿Elisa, quienes son tus influencias…?

– Ya me lo habías preguntado antes…

– Hoy, no…

– Sí, hace rato…

– Ah, sí es cierto, qué güey soy… pero entonces, ¿qué sigue para ti?

– Una maestría en Alta Dirección y sise puede, en Ébola. No le huyo al matrimonio, si llega… ah, y prefiero el restirador.

– ¿Qué personaje de historieta te gusta más?

– Una chava que se llama Erza, de Fairy Tail Wiki, que está bien matona. Sí pega y todo, pero más bien es líder. Me identifico con ella, sería mi personaje ideal, una mujer que no le teme a nada. Me gusta la de la Chica del Dragón Tatuado.

– ¿Crees en los finales felices?

– Sí, pero no creo que le toque a todo mundo.

– Hugo, ¿qué consejo te darías?

– Ni un paso atrás. Mi personaje ideal sería una chica. Fuerte pero sensible…

– Ariel, estás de acuerdo con las historietas de superhéroes?

– Me gustan, pero…

¿El Santo es un superhéroe mexicano?

– Es chilango, muy chingón en las luchas pero… lo más que se aproximaría es El Zorro, porque es chicano, pero…

“En un restirador”

* “Cuando me enteré de que había una escuela de artes plásticas aquí, se me hizo absurdo porque tengo entendido que esta es una ciudad que se desarrolló en busca de industria. Por eso las calles son más gruesas, hay terrenos grandes para compañías… es como una excusa la escuela de arte, o el Jardín de Arte enfrente del Museo Industrial… es absurdo. Hay intentos de arte. Siento que en Metepec hay un poco más, pero es una artesanía, no lo hacen con propósito de trasmitir una idea, sino de sobrevivir”, apunta Luis Enrique Sepúlveda, artista plástico radicado en Toluca y fundador del Proyecto Ébola.

 

Miguel Alvarado

Toluca es una ciudad tranquila, casi quieta. Sus intereses caminan por los rumbos del progreso, de aquél que definen como la construcción de edificios y extrañas torres del Bicentenario que encierran crípticos mensajes de energías oscurecidas por el propio hombre. La cercanía con la ciudad más grande del mundo le hace daño. A veces le impide crecer adecuadamente pero de cualquier forma en algún lugar incuba, desde hace años, movimientos culturales interesantes que más tardan en formarse que en regresar al ciclo de espera embrionario. No es el caso de un artista toluqueño, aunque nacido en Culiacán, que apuesta lápices y habilidades, género plástico poco apreciado en la capital mexiquense. Luis Enrique Sepúlveda, con 21 años a cuestas y una mochila llena de trabajos, cómics y algunas viñetas primorosas, es también uno de los fundadores del Proyecto Ébola, del cual es director editorial y desde donde se pretende colocar a la gráfica de esta urbe en un sitio visible, a través de las páginas de Nuestro Tiempo. Representante de una nueva generación de artistas, vive de otra manera, entiende el arte desde una esquina más práctica y sabe bien dónde quiere llegar.

– ¿Quién eres?

– ¿Cómo? ¿De qué? ¿Mi nombre? Luis Enrique Sepúlveda Aguilar. Me dicen Ritalink desde que iba en secundaria. Me siento más como Ritalink que como Luis Enrique.

– ¿Eres dos personas en una?

– Pienso que me pusieron el nombre equivocado. Porque en una película que vi, dijeron, en la de Coraline: “la gente espera cosas comunes de gente con nombre común”. Y eso me dejó un poco traumado. Me gusta Ritalink porque realmente no es un nombre, es una idea.

– ¿Qué espera Luis Enrique de Ritalink?

– No sé, supongo que haga bien las cosas.

– ¿Es importante hacer bien las cosas?

– Sí.

– ¿Qué haces tú?

– Yooo… dibujo… casi cualquier cosa.

– ¿Por qué?

– No sé, es como… no está muy lejos de que se parezca a drogarte, yo creo.

– ¿Qué desayunaste hoy?

– No me acuerdo… no… no me acuerdo.

– ¿Es importante comer?

– No, me quita el tiempo.

– ¿Cuánto tiempo dedicas a dibujar?

– Si tengo mucho tiempo y no voy a la escuela, como 8 horas. Si voy a la escuela, que normalmente voy seis horas, unas cuatro. Entre seis y ocho horas.

– ¿Qué te da el dibujo?

– Yo creo que satisfacción… es… antes lo veía como algo que mi papá no sabía hacer. Como tengo esa lucha con mi papá. Él hace bien las cosas como fabricar muebles, matemáticas, pensar. Busqué una actividad en la que no me pudiera… ganar.

– ¿Entonces representa una competencia?

– Mhhh… ligeramente. Parte de mí sabe que es por darle gusto a él. Pero me encanta, no podría yo hacer otra cosa.

– ¿Te ves viviendo de…

– De dibujar, de hacer ilustraciones. Hacer imágenes.

– ¿Tienes algún tipo de imágenes recurrentes?

– Me gusta dibujar puertas, y grandes. Me gusta la tinta en agua o, digamos, cuando la sangre se va por el hoyo de la regadera, las formas que agarra, esas formas como en random… aleatorias. Me gusta dibujar mujeres. Son delicadas, tienen más encanto que dibujar un hombre, son más toscos, es difícil encontrarles el encanto.

– ¿Qué es la vida?

– Es una oportunidad de hacer algo con ella.

– ¿Qué es dios?

– Quién sabe. Lo veo como energía, creo. Realmente no me gusta la religión institucional y no me siento bien yendo a la iglesia porque no creo en ella, pero creo que sí debe haber algo de control en el universo, algo como un dios. Un orden.

– ¿Eres de Toluca?

– Vivo en Metepec, a orillas de Toluca. Soy de Culiacán. Nací allá pero nunca viví allá. Mi mamá me fue a tener allá.

– Eres aleatorio…

– Exacto. Aquí llevo como 15 años.

– ¿Hay una actividad artística en Toluca?

– Dicen, pero no me convence. Cuando me enteré de que había una escuela de artes plásticas aquí, se me hizo absurdo porque tengo entendido que esta es una ciudad que se desarrolló en busca de industria. Por eso las calles son más gruesas, hay terrenos grandes para compañías… es como una excusa la escuela de arte, o el Jardín de Arte enfrente del Museo Industrial… es absurdo. Hay intentos de arte. Siento que en Metepec hay un poco más, pero es una artesanía, no lo hacen con propósito de trasmitir una idea, sino de sobrevivir.

– ¿La artesanía no trasmite ideas?

– Pero es una idea cultural, no personal. La descarto como arte.

– ¿Cuáles son los intentos de arte, entonces?

– La Facultad de Artes. Que la universidad tenga una escuela de Artes es debatible. Pero hay escuelas pequeñas, como las de diseño de modas que no son avaladas por la SEP; sabemos que crecen. En otros países han crecido… pero aquí no las apoyan.

– ¿La ilustración es arte?

– Sí, pero es más comercial, aunque menos que el diseño, pero no está avalado por la SEP.

– Si las cosas son así, ¿de qué vive un artista en Toluca?

– Debe irse. Aquí veo que hacen foto para los diarios, ilustran revistas, pero de vender cuadros… el único debe ser Leopoldo Flores. Es bueno. Aunque vi su última obra y no me gusta. Estoy en la Facultad más bien por el papel, el conocimiento es como un bono.

– Menciona tres artistas de Toluca.

– Ernesto Zúñiga. Me gusta cómo enseña, como ve las cosas. Janitzio Alatriste también me gusta. Pero de otros no me acuerdo.

– ¿Te gusta la ciudad?

– No, quiero irme lo más pronto posible.

– ¿Por qué?

– Por mi casa asaltan. No es grata la idea de salir y que te roben. Aunque preferiría que me robaran mi Ipod, el celular, la cartera en vez de mi mochila. Pero no me gusta. No me gusta México. No da las posibilidades que dan otros países.

– ¿Qué busca tu trabajo?

– A veces mis dibujos no tienen sentido, pero a mí me gustan. Busco una estética. Tampoco me gustaría tener exhibiciones, no me convence la idea. Porque estoy pretendiendo ser algo que no soy. Me gusta “pensar en artista”, pero no porque tenga un don sino porque le dedico tiempo a cosas como observar. Por eso puedo dibujar… a detalle… porque veo.

– Es un placer…

– Tampoco he recibido una retribución económica…

– ¿Es importante vender?

– Es parte de todo… porque… el arte antiguo era muy personal pero evoluciona el término. El arte, como lo enseñan, no explica la parte económica, que también ha cambiado.

– ¿Opinas como Klimt? ¿Qué hay que conservar la obra junta?

– …Es como si encuentras algo muy bonito, pero si lo enseñas a alguien más, tal vez no lo pueda ver. Creo que tenía el temor de hacer algo que no fuera apreciado. Yo pensaba que mis dibujos no los vendía porque todavía no tenían la calidad para ser vendidos.

– Y por otro lado está Van Gogh…

– Ese caso lo he pensado mucho y pienso que es porque era… la sociedad va cambiando, pero si tú haces algo que no va acorde, te lo van a rechazar y va a darte la espalda.

– Un artista se forma, en parte, en los sentimientos de rechazo. A ti no te gusta dónde vives y no te gusta lo que identificas como sistema… la iglesia, la escuela…

– Una vez estaba platicando con Patricio Betteo, un ilustrador muy famoso, y dijo algo así como: “si vas a romper las reglas, hazlo con estilo”. Eso yo lo entiendo como hacerlo bien. Si la cosa es horrible, que tenga una manufactura correcta estéticamente, aunque la imagen no sea lo más bello del mundo.

– ¿Cuáles son tus influencias?

– De chiquito, Walt Disney. Ahora me gustan más los ilustradores. Me conmueve la historia de Van Gogh, se me hace muy cruda pero me gusta porque, a pesar de que no vendía, seguía haciendo lo mismo, pintar.

– ¿Tú eres artista?

– Mmhh… quiero ser. Y aunque no lo logre, el intento ahí está. Si me dejan hacer lo que yo quiera, aunque no digan que soy artista, no me va a importar mucho porque yo hago algo que me gusta.

– ¿Te importa la fama?

– No. Sólo me gustaría poder vivir de lo que me gusta hacer.

– ¿Eres feliz?

– Esa es una pregunta más compleja. Supongo que en esta etapa de mi vida lo soy porque he tenido mucho desarrollo profesional. Pero feliz, feliz… supongo que sí, pero siento que algo falta, que algo estoy buscando.

– ¿Buscas o encuentras?

– Creo que es buscar, no encontrar. Porque cuando encuentras te detienes a entenderlo.

– ¿Ya te acordaste qué desayunaste?

– Sí. Huevos revueltos con jamón, jugo de uva y un café.

– ¿Qué significa Ritalink?

– Ritalín es una medicina. Metilfenidato. Me la daban cuando era niño y sirve para que los chicos dejen de estar chingado. Los vuelve zombies en la escuela. Son esclavos perfectos. Le agregaron la k en la secundaria, cuando me gustaban los videojuegos… en la Leyenda de Zelda el personaje principal se llama Link. Nosotros veíamos videos parodiados de ese juego. En uno había un chavo zonzo, cabezón, flaco. Y me dijeron: “¿qué haces ahí, Ritalink?”. Y ahí se formó un nombre, una variante. Ahora es mi firma.

– ¿Hay algo que te interese aparte del arte? ¿Qué opinas de la política en México?

– Que si te vas a meter en política probablemente termines muerto. No es… casi no me interesa. Aquí en México está de la fregada. No es buena la forma en que se toman las decisiones. No hay buena organización y todo está basado en los intereses de unos cuantos.

– ¿Te interesa tu país?

– No. No me interesa mi país.

– ¿Tienes prioridades?

– Me interesa irme a vivir a otro país. Y vivir de lo que me gusta.

– ¿Cómo puede deslindarse un artista de su contexto? ¿O Ritalink goza y Luis Enrique padece la realidad? ¿Es así?

– Sí, supongo que es así.

– ¿Tu cereal favorito?

– Trix. Y mi mamá no me deja comprarlo.

– ¿Cómo influye en tu actividad la familia?

– Mis papás me dan libertad para que yo escoja. Porque me apoyan en materiales, la escuela de Arte, pagan una escuela, aparte, de ilustración. No tienen la necesidad… no me ponen trabas. Nada más que mi mamá a veces no me deja trabajar.

– ¿Por qué?

– Me distrae.

– ¿Qué te dice la palabra Televisa?

– Mierda. No me gusta.

– Enrique Peña…

– No me importa. Es como… no sé…. un fulano raro que quiere ser algo que no va a ser.

– Marvel y DC Comics…

– Como potencial. Hay cierta carga positiva en ellos. Lo malo es que son monopolios, casi. Pero es una idea, tal vez mal lograda, pero ahí está.

– Futbol…

– Del asco. No me gusta el deporte, realmente. Me gusta el americano porque hay violencia, contacto y estrategia, pero veo al futbol normal como cavernícolas detrás de una pelota.

– Dinero…

– Necesario. No importante, pero sí útil.

– ¿Qué consejo te das a ti mismo?

– Has cosas que no haces. Sal de tu zona de confort. Lava ropa, cocina.

– En la manera que miras el mundo, ¿cómo te observas en 20 años?

– ¿Viste Two and a Half Men?

– ¿Quieres ser el tío Charlie?

– Bueno, sin hermano. Y, ya en serio, no me gusta la idea de tener familia ni de casarme, de atarme a alguien, no sé. Me gusta más la relación libre, pero me harto pronto de las personas, no soy estable en las relaciones personales.

– ¿Y entonces?

– Me veo… me veo trabajando en un restirador.