Alemania

Miguel Alvarado

Vine a Guerrero buscando la muerte y sólo

encontré la montaña

un camino de polvo y precipicios,

ternura de manos entumidas trepando por el cuerpo

las hormigas pronunciadas con acento de Berlín.

Máscaras

Miguel Alvarado

Pregúntale al muerto cómo se llama

tómale las huellas

limpia sus ojos

dile de la sangre que hiela sus brazos

sus piernas quebrantadas que no lo llevaron a ningún lado.

 

Lloran las madres un sollozo por ese muerto sin orillas

porque tomarle la mano, confirmar la hora

en este siseo de plumas y fotos parece -pero no lo es-

una última ternura machacada en el negro esputo de su boca.

 

Y tú, creyendo que la credencial de prensa te mantendrá a salvo.

Tú, que no sabes lo que miras

te acercas al cuerpo y con una mueca

 

un soplo epiléptico

 

apagas de golpe el sol

de una vez le clausuras los ojos.

 

Llegan las niñas de la escuela con las caras desencajadas

abriendo puertas en busca de un juguete.

Jugar es comenzar a morir

echarse encima el estruendo de las armas

caerse aguantándose la risa, derrumbadas por el rayo.

Este día es un desorden de ventanas

y la verdad de los periódicos hace que amanezca más temprano.

Extiende la ropa y estornuda, inundada de olores ajenos.

Dice como si rezara el nombre de los muertos

y en su boca se pronuncia una O que no concluye.

Primero dice:

es el que abate quien dispara y luego corre

esconde las armas.

Yo soy Ángel o Miguel y mi casa

no es amarga ni dulce

pero el camino de vuelta no pasa por enfrente.

 

Sobraba el cielo y la tierra se abría en un puño.

Sobraban los cerros y en las brechas

se iban descubriendo el pedazo incinerado de un corazón

el paso de un ave y soldados disfrazados de semillas como agua fresca.

Alexander Mora Venancio no regresó a su casa

y sus padres dijeron al principio lo mismo que yo:

“nadie nos ha confirmado nada, no lo vamos a creer”.

Nada hay de fuerte en los brazos que sostienen a los muertos.

 

Ellos

ya sin máscara

comenzaron a disparar.

La tarde

Miguel Alvarado

Los policías salieron de las sombras y golpearon a la gente.

Sólo los jóvenes alcanzaron al escupirles

arrastrados a lo oscuro en un crujido.

 

Tengo los hombros desnudos de Fátima adormecidos en las manos

las calles de México dibujadas como una calavera

 

esos cables

 

las casas grises, despintadas

los soldados apuntando desde arriba

hacia la plaza, donde canta una mujer.

 

En qué momento alguien aplastaba las pancartas

y te miraba con sus ojos clandestinos

que enterraban para siempre.

 

Y dice:

mienten los que dicen que estando vivos estamos bien.

Aquí tenemos la certeza de los perros

la lumbre que prepara la comida

el reloj de plástico en la pared

el camino que conduce a las fosas cadavéricas.

 

¿Y si las huellas que perseguimos son las nuestras?

Cuál desencanto. Cuál. Cuál.

Abrazo

Miguel Alvarado

 

Aquí, leyendo las mantas.

Aquí, mirando los zapatos en el suelo, encerrados en un círculo, manchados de sangre.

Aquí, leyendo la declaración de tus padres porque ya no volviste desde antier.

Aquí, comiendo en la calle, mirando la sonrisa de Selene

los ojos de Selene

hasta que ya nadie tiembla.

Vivos nos llevan

Juan Carlos Barreto Estrada

 

Los mataron.

Los llevaron al cuarto más oscuro y más lejano de la tierra.

Los dejaron desnudos como ranas y los sepultaron en la orilla o en el fondo del río.

Quisieron cortarles la lengua pero estalló el canto de miles de aves y cuchillos celestes.

Quemaron sus cuerpos y purificaron la causa del odio y se condenaron.

Algo horrible hicieron porque andan mudos y palean el campo para no escuchar nada cuando se levantan nuestros muertos.

Ellos han fragmentado todos los kilómetros cuadrados de la patria, nos han hecho pobres en todos los sentidos, escépticos.

Ellos son todos ellos y nosotros somos los desaparecidos, las muertas de Chihuahua y Ecatepec, los olvidados por su color y lengua, los hombres y mujeres que intentamos la vida bajo un cielo hostil.

Mientras tanto ellos hablan al vacío y se miran siempre y sólo ellos.

Los han convertido en polvo y no vuelven.

Los amordazaron y otras voces encendieron.

Los tendieron y alimentaron pies ajenos.

Ya no estamos de rodillas ni hablamos a susurros. Ellos, ellos pintaron de sangre la paciencia, le dieron temple a nuestros puños, coraje a la rebeldía, razón a toda exigencia.

Dicen que en Guerrero brota fuego, y se extiende.

A las 8 de la mañana

Miguel Alvarado

 

Andas por allí, con tu abrigo largo

de la mano de tus hijos, debajo de Nueva York

trepada en el Metro mirando, oliendo

sintiendo esa primera parálisis

del pasamanos al asirlo

 

la curva

 

el fantástico acomodo

del aire en tu cabello.

 

II

Están de pie

con ese viento de la mañana

y la cara al sol.

 

Podrían ser más altos.

Más delgados.

Menos jóvenes.

No tan hambrientos.

Más estudiantes.

Podrían hacer cualquier otra cosa.

 

Están formados mirando sus sombras alargarse en el suelo

mientras limpian sus cascos, las botas negras

intocables hijos de puta.

Calaverita 2014 para Enrique Peña Nieto

 

Gonzalo Ramos Aranda

 

Presidencia, en un aprieto,

“calaca”, tras Peña Nieto,

en narco fosa lo atrapa,

por el tema Ayotzinapa.

 

Solo salvará el pellejo,

en este caso complejo,

si encuentra a los estudiantes,

¡claro que vivos!, cuanto antes.

 

Ponerse contra la muerte,

jugar lotería, sin suerte,

las cartas ya están echadas,

hay que dejarse de habladas.

 

Investigar bien el caso

si no, las sombras y ocaso,

miro de luto “Los Pinos”,

por múltiples desatinos.

 

Iguala, calores tiernos,

en la tumba… los infiernos,

La Parca nunca perdona,

Enrique, por ti, se asoma.

 

* México, DF; 19 de octubre del 2014.

Reg. SEP Indautor No. (en trámite).

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