No sé andar en bicicleta

* “No sé andar en bicicleta” es una confesión personal. Una delación que revela, en el fondo, desinterés parental, poco tiempo para la educación en casa, carencia de libertad para moverse y descubrir el mundo y una niñez amarga y turbia, llena de ecos que trascienden en el tiempo.

 

Christian Hernández

Le dicen “La China” (Rocío Franco López) por su cabello crespo. La ubican como poeta (más que como correctora de estilo) por la intensidad de los versos que plasma dondequiera. Egresada de la SOGEM, con sede en el Estado de México, colaboradora también de La Colmena, es una de las pocas escritoras mexiquenses de las que disfruto su imaginación y sus recuerdos.

“No sé andar en bicicleta” es una confesión personal. Una delación que revela, en el fondo, desinterés parental, poco tiempo para la educación en casa, carencia de libertad para moverse y descubrir el mundo y una niñez amarga y turbia, llena de ecos que trascienden en el tiempo:

niños cantando amo ató matarile rile rón

[…]

los columpios y los parques:

los niños beben manzanita y corren

detrás de “túlastrais”

se asoman a su ventana:

“anda, bájate los calzones,

quiero ver qué hay ahí”

Una niña que llora, que sueña y se descubre mientras ve telenovelas y fantasea escuchando las canciones de Rocío Dúrcal.

“No sé andar en biclicleta”, les dice a sus padres. Pero sus padres están ocupados viviendo su vida de pareja. Por eso callan, huyen, se alejan y luego regresan con furia para destrozarse. Todo frente a esa mirada inocente: su hija que lo descubre todo. “Quítate, son problemas de grandes”.

La imaginación trasciende a lo cotidiano: desde la televisión, aparecen She-Ra, Lala Belle, Sandy Belle, Gigi; mujeres y niñas empoderadas de la década de 1980, referencias a un deseo de empoderarse, también:

“la niña veterinaria tenía un dije con el que se volvía grande. el truco era desnudarse y girar como bailarina… nadie supo decirme dónde vendían esos dijes”.

Hace referencia a la “transformación” de Gigi:

“pero la chica de piernas largas, largas, tenía una camioneta voladora que iba a todas partes, ella quería ser reportera y estaba enamorada de Marcos…”.

Un placer revivir esos recuerdos de la infancia.

Una muestra de literatura pop, tal como a mí me gusta.

Diálogo con Valerio Magrelli

* Valerio Magrelli es uno de los poetas vivos más importantes de Italia. Profundiza en el hacer poético pero también en las razones que lo llevan a escribir. Una entrevista realizada por Andrea Carlo Bartolotti y traducida al español por la periodista toluqueña Selene Hernández León da cuenta de ello.

 

Andrea Carlo Bartolotti/ Traducción de Selene Hernández León/ Fragmento

ACB -¿Cuándo es que sonido, forma, ritmo y estilo abandonan el caos y se convierten en poesía?

VM – Me viene a la mente una serie de referencias, sobre todo de lecturas, ya que nos encontramos justamente en el corazón, en lo vivo del hacer poético. ¿Cuándo es que una célula se hace célula, en qué momento una frase se transforma en verso…? De cierta forma, una pregunta de este tipo nos obliga a reflexionar sobre el proceso formativo de la obra. Porque efectivamente el misterio de los orígenes se remonta hasta el punto en que sonido y sentido… pero durante un encuentro que tuve en Turín, Giancarlo Maiorino tuvo una intuición que me sorprendió sobremanera. Habló de una yema de sonido-sentido- Hela ahí: para mí esta expresión es todavía más conmovedora que la anterior. Pr ello pienso que el verso –quizá el primer verso, el verso inaugura de un poema- es una formación embrionaria dotada de sus leyes, de sus configuraciones. Me vienen a la mente casos de numerosos autores que escriben o escribían apuntes con base en los cuales realizaban un poema, pienso otra vez en Valéry, en algunos poemas de D’Anunnzio. Aquí es donde podemos palpar la diferencia entre la línea y el verso.: un apunte que a partir de cierto momento se anima gracias al aliento del ritmo. Bastaría citar las páginas de Hölderlin sobre el ritmo como soplo creador: en la base de todo está esa muy particular cristalización de la forma que crea un verso a partir de un apunte. Incluso diría que el verso se da como la aparición del ADN en el caldo primigenio. Algo debe suceder gracias a lo cual se verifica el milagro de la organización formal… he querido evitar cualquier acepción demasiado áulica, demasiado espiritual: aquí hablamos del milagro que tiene que ver con la organización formal de una criatura.

– ¿El poeta es entonces el demiurgo, y el poeta fiel representación de su voluntad?

– Quizás pueda responder con un ejemplo; no sé hasta qué punto es pertinente para el tema de la pregunta, pero creo que está relacionado. Recuerdo haber seguido, en uno de mis poemas, toda una serie de consideraciones internas a la lógica del texto; era un poema redactado en Alemania en el momento de la apertura de las fronteras, poco antes de la caída del muro. Lleva por título “Del nombre de una camioneta utilitaria de la DDR, que en alemán significa satélite, y está dedicada a la Trabant. De tras de esta imagen voluntariosamente prosaica –la de las camionetas de la Alemania del Este. Hay, en verdad, una reflexión estratificada, tal vez no visible, peor para mí importante, que partía del flautista de Hamelin y de una serie de fábulas sobre el subsuelo. Había una lógica interna en el poema que me hacía decir, al final, que las colonias en fuga de Alemania oriental no eran otra cosa que los pequeños ratones del flautista dirigiéndose hacia la sartén ardiente. Este poema está ligado al momento y al lugar en que lo escribí –Hamelin-, la misma ciudad de la que hablaba; veía llegar esos cochecitos Topolino (se refiere a los autos Fiat de 500 centímetros cúbicos de cilindrada) nada menos que al país del flautista… el poema debía terminar sosteniendo que el pueblo de la belleza es también el de la condena.

He citado este texto porque entonces estaba completamente de esta suerte de análisis político, y sin embargo, de algún modo, siguiendo las leyes analógicas muy consecuentes, mi poema me llevó hacia lo opuesto. Por ello, una vez terminado, decidí publicar el poema tal como lo había escrito: en total desacuerdo con su planteamiento, si bien luego de varios años me he seguido cuestionando sobre muchos aspectos del mismo.

Este es un caso límite, anecdótico si se quiere, peor interesante, ya que nos hace entender cómo a veces un texto –evidentemente no hablo de una novela-, cómo una concreción poética, cómo al interior de un número cerrado de palabras, se puede efectivamente formar algo con lo cual el autor no concuerda; es decir, cómo el poema puede tener una ley interna a causa de la cual, una vez insertadas ciertas funciones, el éxito resulta del todo extraño a la voluntad de quien ha llevado a cabo la operación. Lo que me lleva a concluir que es verdad que no somos nuestros poemas, y al mismo tiempo a reconocer que a veces nuestros poemas no son nosotros.

– Por diversas razones, en el imaginario del lector –incluso culto- el poeta es aquel que, situándose más allá de la masa, de lo cotidiano, ofrece las respuestas a los demás. ¿También para usted hacer poesía significa no compartir la condición del hombre, del hombre moderno?

– Para mí el día se erosiona, es devorado por un sentido del trabajo obsesivo, invasor. Y eso quiere decir atravesar una ciudad en automóvil, en autobús… aun con el privilegio de un trabajo intelectual, sé lo que es vivir en una situación de ansia, de penuria. Esto es un paréntesis, importante sin embargo, porque explica cómo la poesía crece en los bordes. Entendámonos: siempre ha habido poetas latifundistas y herederos, pero no es mi caso… para mí la poesía es algo que he tenido que arrancarle a las ocupaciones del día; de manera física, concreta, literal; ésta ha acampado en mis horas de tregua, de respiro. La escritura para mí permanece ferozmente ligada a las condiciones materiales, de subsistencia. En múltiples ocasiones he buscado metaforizar todo esto. Pienso en un poema en el que comparé las notas con un baño de ácido en un cuarto oscuro de fotografía. Por lo que a mí respecta, la poesía vive en un aposición marginal, liminar; más sufrida que elegida. Otra imagen que he usado es la de planta derruida; mi poética vive, llevada por ciertos versos, en las ruinas del día; soporta el estado compartido con los hombres que viven esta época. Desgraciadamente, se tiende cada vez más a olvidar el sentido cotidiano de la escritura…

– ¿Pero puede la poesía partir de la crónica?

– Es justamente esta poesía la que me llevó a escribir “Guía para la lectura de un periódico”: la idea de enfrentar las noticias como antimateria. Quería tocar de verdad el día, tocar la vida como la vivimos. Detrás de todos esto obviamente está la conciencia de un cruce de vanguardias… he escrito mucho sobre el dadaísmo, sobre las vanguardias históricas, y justo por eso quería abandonar cualquier tentativa programática y teórica, intentado afrontar directamente el sentimiento de las cosas que nos acompañan. Un estímulo inmenso… pienso en la biogenética. La idea de ver transformado, bajo nuestros ojos, el sentido mismo de la vida, es por un lado monstruoso, pero por el otro nos lleva a la pregunta: ¿cómo podemos fingir demencia ante todo lo que está sucediendo? De algún modo, en una forma más emocional que ideológica, he buscado enfrentar esos temas, hacer un ajuste de cuentas con esos materiales. Es por ello que, hace tiempo, hablé de los autobuses. Vivía cerca de una terminal, y durante las noches escuchaba continuamente el bufido de los frenos que se descargan. A fuerza de escuchar ese sonido terminé por interpretarlo como un gran sollozo, a la manera de Verlaine, y desde entonces, a través de la tradición, he buscado apropiarme de una realidad deshumanizada: creo que la tradición nos puede ayudar; en nuestras manos puede ser un arma para hacer frente al mundo, para leerlo, para domesticarlo.

Alesi, Florencia, Bulgákov

* Los morfinómanos pueblan el mundo. Para aquellos que viajaron a la Italia en paquetes pre-pagados y consumieron tiempo-hotel metidos en sus sábanas de Wal-Mart menospreciando el valor de lo invisible, se perderían, sin duda, un espectáculo que el humanismo y las guerras mundiales dejaron en Florencia.

 

Miguel Alvarado

Sólo Bulgákov podría escribir tan descarnadamente relatos de hospital como crónicas con toda la reverencia posible. Adicto a la morfina, descubrió sin miramientos aquella muerte viva, antes de poder dejarla, en algún momento de su carrera médica. Si es la madre ayudadora de los dolores más profundos, también reclama un pago, y siempre lo requiere pronto. Algunos cuentos de Mijaíl Bulgákov están compilados en el libro “Morfina”, sobre su vida en los hospitales públicos de la primera Rusia soviética. Luego, años después, la novela “El maestro y Margarita” le daría la estatura de imprescindible y de vencedor de la adicción, al menos del estadio fatal que otros no quieren  ni pueden –y no deben- superar.

Los morfinómanos pueblan el mundo. Para aquellos que viajaron a la Italia en paquetes pre-pagados y consumieron tiempo-hotel metidos en sus sábanas de Wal-Mart menospreciando el valor de lo invisible, se perderían, sin duda, un espectáculo que el humanismo y las guerras mundiales dejaron en Florencia. Allá, en las fuentes neptunianas adornadas con trabajos por la hermosura de Ammannati y Giambologna, auténticos gabinetes del doctor Caligari se presentan en perfecto orden, nada más quedar semidesierta aquella placita. Uno se sentiría indigno de la morfina a determinada edad, pero joven, sin años, aquello es nada más que un pasajero que tiende la mano hacia un camino donde lo importante son las alianzas. Nada de finales ni tragedias. Aquellas guerras dejaron en algunos el desacato a dios, a quien reclaman y culpan como si fuera de verdad y miran al cielo mientras pasean arrastrando su miserable condición divina. Y el reclamo es siempre el mismo, con el puño levantado, la mirada perdida en santidad de locura que invoca, por decirlo así, al causante de todo. Y si dios tiene cuentas pendientes con la guerra y sus lisiados, jirones cárnicos testigos de quebrantos innombrables, y no las quiere pagar, otros eligen lo interno, el sanguíneo torrente que todo lo lleva y arrastra como el original Éufrates, que se tragó entre sus caudas los inris del Paraíso y que en México lo representa el futbolista Benítez, muerto para siempre entre árabes y dólares y las amenazas de Peña Nieto contra los asesinos del vicealmirante Carlos Miguel Salazar Ramonet.

La señora de la Plaza, allá en Florencia, observa cómo a las cuatro de la noche un ejército de vencidos, nietos o bisnietos de los que iban a la guerra como si se tratara de un partido del calcio, salen de las cloacas donde semiduermen durante el día y se sientan en las orillas de aquellas obras maestras destinadas al fervor turístico. Allí, entre comida apenas tragada, esperan pacientes la llegada de la dosis. Morfina recién comprada en cualquier tienda de la esquina, eso sí, muy especializada y descreída del poder de dios y Peña Nieto, aparece en algún momento y aquellos rumiantes exclaman como pueden una oración para el sagrado líquido, despojo médico que iluminará los segundos entre desgracia y suicidio. Si Rimbaud probó de todo y murió en brazos de su madre, luego de una exitosa carrera vendiendo armas, los de las fuentes sólo quieren una cosa, pero no exploran miserias literarias ni los arcanos inspiradores. Y uno por uno, con las mismas jeringas, se inyectan un poco, como lo establece el manual médico más burdo: “2-15 miligramos (0.05-0.2 mg/kg en pacientes pediátricos; máximo 15 mg); inducción, dosis de 1 mg/kg”.

Eso como principio está bien, pero el fracaso no perdona. La guerra del narco en México incluye un porcentaje de opio y dinero para sembrarlo en otros países. La inversión reditúa y para que 30 pálidos fantasmas florentinos puedan, cada noche, disipar su agonía, unos 100 mil han muerto del otro lado del mundo. Las reglas del equilibrio están rotas, pero si de intercambio de energías se trata, ninguno de ellos vivirá más allá de los 22 años. Analgésica solución es ésta, donde la fractura nace, viperina, en la herida incurable.

Las agujas son usadas demasiado por todos, y además las comparten con el curioso, éste sí, zombie latino tembloroso y prejuiciado que no comprende, que no se acepta. Luego de un tiempo los morfinómanos deben regresar. Se despiden, porque son educados, y dejan sus instrumentos regados en la calle aunque algunas son recolectados por los que no podrán comprar mañana. Las jeringas quedan allí, a disposición del servicio de limpia mientras Florencia despierta y otros, los más audaces, comiencen el día con una guerrillera ración de coca o speed, en espera de que algo suceda. Ellos no morirán, no tan pronto, y apuntalarán el florecido mercado de drogas que representa la Europa descreída, olvidada de sí misma y de esa emotiva farsa cosmopolita de agencias de viajes. Conquistadores y guerreros por siempre, hoy batallan contra los elegantes capos, algunos de ellos tan mexicanos como la cerveza Corona o el pan Bimbo.

Pero a nadie le interesa la suerte del señor Servitje, Lorenzo que en reuniones con microempresarios siempre dice que vende pan y no futbol, como si fuera morfina. Nadie, en su juicio, ha concebido obras maestras merendándose un sándwich con el Osito Bimbo, ni siquiera la selección de Aguirre. En cambio, felizmente, son varios los que pudieron pretextar ante la morfina y dejar, como Eros Alesi, miligramos de la lucidez más ácida.

Alesi, poeta primero y enseguida adicto, tenía 20 años cuando murió, en aquella Italia de turistas y brigadas rojas, en 1971, cuando decide suicidarse. Poco se sabe de su vida, pero sí de sus escritos, que son, efectivamente, una dosis permanente de aquel opio materno que tanto ayuda cuando “ves que yo veo que sólo una gran, grandísima negrura, la misma negrura que yo veía que tú veías, que seguirás mirando lo que veo”.

 

Querida, dulce, buena…

 

Querida, dulce, buena, humana, social, Mamá Morfina. Que tú, solamente tú, dulcísima Mamá Morfina, me has querido bien, como yo quería. Me has amado totalmente. Yo soy el fruto de tu sangre. Que solo tú has logrado que me sienta seguro. Que tú has logrado darme el cuantitativo de felicidad indispensable para sobrevivir. Que me has dado una casa, un hotel, un puente, un tren, un portón, y los he aceptado; que me has dado todo el universo amigo. Que me has dado un rol social, que pide y da. Que a mis 15 años acepté vivir como ser humano, “hombre”, sólo porque estabas tú, que te ofreciste a crearme por segunda vez. Que me enseñaste a dar los primeros pasos. Que aprendí a decir las primeras palabras. Que sentí los primeros sufrimientos de la vida. Que experimenté los primeros placeres de la nueva vida. Que he aprendido a vivir como siempre soñé vivir. Que he aprendido a vivir bajo los innumerables cuidados y atenciones de Mamá Morfina. Que jamás podré renegar de mi pasado con Mamá Morfina. Que tanto me ha dado. Que me ha salvado del suicidio o de la locura que casi habían destruido mi salvavidas.

Eros Alesi, Ciampino, Lazio, 1951; Roma, 1971.

Seis variantes para Lovecraft

* “Mira mi casa del árbol. Ven a morir conmigo. Tendré tu esposa, tu dinero. En un frasco hay una risa. Un beso como de olvido. Quiero comprar a dios. Pero me gustan más tus ojos que los míos”.

Miguel Alvarado

Encerrado para siempre, Yig se arrastra despacioso, dolorido por el país de los creek, asustado porque Oklahoma se ha tragado a sus hijos, que reptan ahora por calles como zafiros hacia el mar, donde los obliga a ahogarse voluntariamente. A veces, hacia las cuatro de la noche, asoma su cabeza y observa la clara oscuridad que perfila praderas dilatadas en el fondo de sus ojos. Recuerda su casa en las pirámides, cuando otros se arrastraban ante él y regalaban mantos emplumados que usaba, perplejo y enroscado, mientras dictaba lecciones de agricultura y plenilunio. Luego –innecesario- indefinidamente triste, reaviva la hoguera donde una noche su hermano lo lanzó llorando alegremente entre cuencos fermentados y las semillas de Centéotl. Y él saltó, porque le creía más que a nadie y ardió hasta las cenizas del alba, cuando el sol lo confundió todo. Luego lo buscaron, más dementes que arrepentidos pero sólo encontraron un coral, sonajero de colores que entonces regalaron a los niños de la aldea. Su nombre, Yig, y su cabeza, emplumada pero pétrea fueron colocados al pie de la casa que moró y que ahora observa la ciudad en el silencio que 2 mil años apenas han interrumpido.

Ahora no hay maíz y los suyos viven en cajas de cristal donde hombres como su hermano acuden para burlarse. Alguna vez quiso liberarlos pero el miedo le impidió erguirse. De cualquier manera, ha olvidado la forma de sus piernas y las palabras ni siquiera son los mantras otomís que lo alimentaban con leche y miel de abeja.

Pero es octubre y la urgencia recorre sus escamas. Hace frío y los tambores retumban con electrónico pavor. Los muertos se levantan y pasan junto a Yig, sierpe junto al árbol que se mira con las dudas vueltas áspid. Luego, cuando todos se han ido, se levanta y sacude la cabeza mientras el viento despeina sus cabellos y avanza con paso de culebra, en busca de los hijos tan queridos, tan serpientes.

*

La ciudad es soberbia, radiante. Ulcerados en la belleza que mil años cincelan, los hombres comen, matan y copulan sin más quehacer, contemplándose unos a otros en la serena podredumbre de su lago, de verdorosas aguas mientras la sangre se derrama pacífica desde sus orillas. Las arenas diamantinas salpican oro y azucenas en la piel de los habitantes y los niños corren, desaforados y desnudos, buscando el bajovientre de las madres.

Nosotros observamos desde lejos, ocultos en la niebla, luna dos veces amada, aquello que fue nuestro y que nos arrebataron porque sí una tarde que cantábamos con nuestras familias las canciones de Ib, sentados en la plaza tranquila de la ciudad.

Ese día se hizo tanto de noche que el viento se volvió árbol, pisadas, la tierra suelta. Y terminamos exiliados, vueltas las caras contra la pared y los ojos enceguecidos por daltónicos recuerdos. Hoy, mil años después, regresamos. Tenemos miedo pero tenemos hambre y ya tocamos la cabeza de nuestras mujeres en señal de despedida. Escuchamos lejana la canción de los reptiles. Nada quedará en pie, ni siquiera nosotros, pues somos débiles aunque muchos.

La luna ha salido. Son las cuatro de la noche. Busco tu lengua, tus ojos grandes abiertos mientras entierro mis garras en tu corazón para que nadie sufra si no vuelvo.

*

Una enredadera que huele a mandarina se mete por la ventana y me atraviesa los ojos. Soy fructuosa, comestible, la hija del pintor Richard Upton, de apellido Pickman.

Padre, las hojas que me salen las mastico despacio porque ser vegetal es hambre, furia. Cuida tu casa. Que nadie haga leña de las piernas que la sostienen. Que nadie coma las frutas que se dan en la casa.

Hay veces que soy un grillo y canto toda la noche y toda la tierra es mía. El cielo se incendia y toda la vida es mía y no quiero que sepas que para comer he vendido mis ojos, que tanto te miraron, que formaron parte del corazón repleto de muerte que no era la mía ni la tuya sino la de alguien negra y silenciosa. No quiero que sepas que no quiero ser tú ni tus hermanos ni tu voz de campo y maíz dorado de lluvia. No quiero que sepas que no quiero que me pintes porque sé que no puedes.

Pero voy a decirte un secreto: no tengo manos. Era tanto el dolor de extrañarte que las comí a dentelladas. Y ya no tengo ramas como las de tu árbol.

A veces escarbo las paredes, me ocupo en algo. Trabajo de pared a pared, duro. Pero no tengo casa.

Sin respiro.

Sin detenerme a vivir.

He puesto tres cirios al retrato tuyo que nace de mi cuello. El tren cruza el mar entre gritos y lugares que duermen frente a mí, con las manos estiradas, llenas de sonrisas.

Hace tanto frío bajo el sol.

A veces no sé dónde terminaré el día. Iré donde termina el día, me digo. Pero el amor está preso y come lagartijas que manan de nuestro señor Cristo. Ese puro. Reverenciado.

Voy a contarte otra cosa: aquí vivo con mis muertos. Son luces que me reptan los brazos, que me confunden con ellos. Imagínate: todo el día dando vueltas en un baile como de orgasmo. No sé por qué están conmigo.

Creo que me los trajiste. O que estás tan muerto como ellos.

Afuera concluye todo. La vida no es redonda ni brillante. No se vuelve burbuja. Y este calor de huracán quemante. Esa luz en tu cuerpo de luciérnaga. Un espejismo sobre tu cara borrosa.

Mira mi casa del árbol. Ven a morir conmigo. Tendré tu esposa, tu dinero. En un frasco hay una risa. Un beso como de olvido. Quiero comprar a dios. Pero me gustan más tus ojos que los míos.

Patéame. Ahógame. Vamos a decir las cosas que no se pueden contar. Nunca las voy a contar. Lo que quiero decir es píntame.

Pero no puedo.

*

El difunto Dagón vaga las profundidades en los ojos de Howard, a quien nada perturba, ni siquiera sus lágrimas a las cuatro de la noche que de cuando en cuando sepultan submarinas los mistrales del dios de las espigas.

Pero Dagón, mitad pez o furia, no reconoce el camino. Ha pasado tanto que olvidó los puentes de amianto ni las calles empedradas de los puertos lucíferos que mira detrás de las olas, en las horas más altas del mar. Extraña a Baal y su lucha interminable por la posesión de la ausencia. Un día, eones atrás y cansado de mentiras, se retiró al fondo inenarrable del océano donde yace, soñando que lo sueñan. Y desde entonces vaga. Y yace.

Guerrero al fin y al cabo, le incomoda la quietud aunque ha aprendido en el silencio que la paz ufana es también una guerra de exterminio. A veces, cuando los alisios azotan barlovento, abandona su espacio náutico y se desliza entre los corsarios senegaleses que todavía tiemblan cuando se le nombra, y para contentarlo colocan un altar con los ojos de mujeres pisciformes que navegan la verde bruma del suicidio. Así, reposado, vuelve al sueño simal con la calma de quien teme, de la ausente agua.

Y mora en quietud mientras Howard toma la pluma y escribe, con los ojos cerrados, relatos de fango y opio que nadie cree por monstruosos, por detestablemente humanos.

*

Ladran los perros de Tíndalos. Pero no puedo estar segura, porque sólo los escuché por un momento. Era de noche cuando comenzó aquello. Estaba sentada en la mesa, con mis hijos y mi madre y mirábamos televisión. Habíamos preparado la merienda. Estábamos cansados y nunca vimos las cosas desde otro ángulo. El tiempo se va, dijo de pronto mi madre, mientras me observaba fijamente. Debí darme cuenta desde entonces que algo sucedía, pero no se me ocurrió ver el reloj. Me encogí de hombros, mientras le devolvía la mirada.

– Son las cuatro de la noche –dijo ella.

En ese momento, en una de las esquinas de la sala, una imperceptible columna de humo comenzó a manifestarse. Escribo esto todavía cuando conservo el último recuerdo lúcido y Felipe, mi hijo, mueve en vano las manecillas del reloj que arrastré conmigo, cuando las paredes nos cayeron encima o, más bien, nos arrastraron dentro suyo.

Nuevamente escucho a los perros, pero ya no sé si se trata de ladridos o algo monstruosamente familiar, que me recuerda los días en que mi padre me llevaba al parque a pasear a las mascotas. Yo y ellas corríamos por los jardines mientras él se sentaba a leer pequeños libelos empastados en viejísimas pieles. “Es Einstein quien nos ha dado la clave”, me dijo un día, levantando la cara y observándome. “Yo creo que todo sucede ahora”, sentenció, mientras volvía a su lectura. Aquello me produjo un vuelco en el estómago, no sé por qué, pero pronto lo olvidé hasta hace pocos años, cuando encontré los viejos libros de mi padre. En ellos descubrí los secretos de un mundo que había destruido a mi pariente, desaparecido cuando yo apenas tenía 20 años.

Los ladridos se escuchan más cerca. Ellos vuelven de mi casa, luego de hundir sus hocicos en mi familia. Ahora regresan y yo estoy aquí, sin posibilidad de escape. De pronto, las sombras penetran nuestro escondite y alcanzo a percibir el rostro de mi padre. Observo sus ojos, cafés y tristes y estiro la mano, feliz, para tocarlo antes de que él mismo adelante su hocico, negro y alargado y destroce mi cuerpo aterido, congelado de amor.

*

Preparé la bañera como siempre lo hago. No, no, no es verdad, usted habla sin saber. Lo que yo le puse fue mi frasco de burbujas de la misma marca que siempre compro, sí, de esa que anuncian en el radio, Tekeli-Li, se llama. Claro, como siempre lo he hecho, cada viernes que regreso de la reunión con los dibujantes. Allí habíamos hablado de hacer un bestiario, una publicación acerca de los monstruos de Lovecraft, pero no nos pusimos de acuerdo y cada quién se fue a su casa.

Sí, ya sé que no puedo justificar dónde estuve de las 9 a las 12, pero no lo recuerdo. Lo que sí sé es que a las cuatro de la noche yo tomaba un baño en la tina de mi casa. Estaba solo, con el perro, pero nunca noté nada extraño. Le repito que le puse el frasco de burbujas porque contiene aromáticos que me relajan y me hacen dormir. Y fue precisamente eso lo que sucedió. Me quedé dormido y cuando desperté ya había sucedido todo. El papel que tiene en su mano es un boceto que hice sobre los Shoggoth, criaturas imaginarias. Lo guardé en una de las bolsas del pantalón y luego lo olvidé. Le dije que no recuerdo dónde estuve, pero no pude ir tan lejos. ¿Cómo? ¿Que de quién es este boleto de avión a la Isla de Ross? Ni siquiera sé dónde está la tal isla y no tendría a qué ir, además. Puede ser que alguien lo dejara sin querer en la casa. Mis padres viajan mucho, sobre todo mi madre. Sí, siempre sale de vacaciones, como ahora, que no está en casa cuando más la necesito. No sé, debe estar en Chicago, tal vez en Mazatlán, la verdad es que no lo recuerdo. ¿El boleto está a mi nombre?

Tampoco sé quién es el profesor Lake. Aquí en Toluca nadie se apellida así y sobre las llamadas que hice por el celular, no conozco a ningún Frank o a un Atwood. ¡Es estúpido, si nada más le hablé a mi amigo Lalo! Entiendo que es increíble que toda la casa esté destruida, menos la tina del baño, y que todo alrededor esté cubierto de fango y dibujos que parecen jeroglíficos. Yo mismo soy dibujante y nunca había visto semejante cosa. Aunque, bueno, una vez mi amigo Pickman me enseñó unas extrañas marcas en rocas que encontró en el volcán. Incluso las trazamos de nuevo pero luego nos aburrimos y las dejamos en paz. Deben estar por allí, en alguna caja. Ah, mire, están allí, debajo de la tina, ¡qué extraña coincidencia!

Por favor, nada más le pido que no le llamen todavía a mis padres porque de seguro se van a enojar cuando vean lo que pasó con su casa. Pero eso no me preocupa tanto. Lo que no sé es cómo voy a explicarles que ahora tengo cuarenta ojos y soy una anémona gigante. ¿Alguien me puede decir qué me pasó? ¡No, no, no! ¡Espérese, no me dispare! Estoy seguro de que podemos encontrar la solución… ¿Sí? Yo sabía que ustedes los policías eran personas decentes que ayudan a los demás… ¿qué? ¿Que me suba al tráiler? ¿A dónde me llevan? Pero si habíamos quedado en algo… ¡háblenle al editor! ¡Él les podrá explicar! ¡Se los juro! ¡No! ¡No! ¡No!

Volverán las oscuras Jessye(s) Norman(s)

* En Arca (2010), reunión de 23 textos poéticos, inestables, de tema amoroso, que cunden y se esconden, Guillermo Fernández puso a prueba toda su poética, del lirismo tan natural, del magisterio rítmico de libros como La palabra a solas (1965) o La hora y el sitio (1973), de una poesía formalmente plena, firme y clásica, inscrita en nuestra mejor tradición,  da paso a un último libro que contrasta, es un golpe de timón, necesariamente ¿fallido? A contraluz Arca tiene las virtudes de un antihéroe.

 

Sergio Ernesto Ríos

La poesía es la palafrenera de la Música. Era una de las frases favoritas de Guillermo, la decía embebido, poseído, flotante entre la orquesta invisible de su charla que seguía los trazos llanos del humo de cigarro y la orquesta real de sus afectos apoderándose de la casa, la madriguera de Guillermo, por ejemplo Jessye Norman, por ejemplo el místico estonio Arvo Pärt.  La Música, origen del éxtasis.

Puedo afirmar que la poesía que más amó Guillermo en el siglo XX fue la de Luis Cernuda y en el XXI la de Antonio Gamoneda, el Señor de los Tormentas. Cernuda es luminoso –mitad alba, mitad ocaso– el instrumento de una música formalmente impecable y en sustancia honda, volátil, abismal, ética, lección de vida (en que la vida se llama, por supuesto, amor), realidad y deseo in-di-so-lu-ble.  Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío. Mientras que  en Gamoneda hay iluminaciones ásperas, heridas de muerte, se respira la montaña imponente, tétrica en su reflejo, en su atisbo (el ser), arduo y vedado, es la terrible música del perecimiento. Entre el estiércol y el relámpago escucho el grito del pastor. Aún hay luz sobre las alas del gavilán y yo desciendo a las hogueras húmedas. He oído la campana de la nieve, he visto el hongo de la pureza, he creado el olvido.

En Arca (2010), reunión de 23 textos poéticos, inestables, de tema amoroso, que cunden y se esconden, Guillermo Fernández puso a prueba toda su poética, del lirismo tan natural, del magisterio rítmico de libros como La palabra a solas (1965) o La hora y el sitio (1973), de una poesía formalmente plena, firme y clásica, inscrita en nuestra mejor tradición,  da paso a un último libro que contrasta, es un golpe de timón, necesariamente ¿fallido? A contraluz Arca tiene las virtudes de un antihéroe. Aunque este librito casi silente, parco, raro, el que más desdeñaba en vida Guillermo, nombra el  conjunto de su obra, en la compilación que hizo hace dos años para la colección Clásicos Jaliscienses. Quiero decir que algo hay ahí, ese puerto existe.

Arca no es un libro fácil, es un libro de amor imaginado e inconcluso, fatal,  por siempre abierto, sin respuesta, ese es el sentido del epígrafe de Antonio Gamoneda: Yo no tengo esperanza sino una pasión/cuyo nombre tú no vas a decirme. Es un largo autorretrato del enamoramiento, confesional, punzante, irónico. También un autorretrato contradictorio, lo habita un yo lírico en combate contra el amor mismo, da todos los argumentos para no enamorarse, para no rendirse, el yo lírico deviene yo racional, resiste, se multiplica, se llena de rostros, de anécdotas, de atmósferas, de glosas librescas, de humor (a veces muy negro), de clichés donde el amador intenta huir, se fragmenta.

Arca es una alegoría, pero una alegoría exacta, identificable, quizá más parecida a un enigma renacentista, donde se transfigura lo que se ama, se eleva a símbolo, se con-densa. El símbolo es obviamente el arca (el resguardo de las cosas más preciadas para sobrevivir)  y el diluvio bíblico, una lluvia permanente, primero en el goteo estítico de los poemas que se convertirán en mudoestruendo, luego en la atmósfera, atroz y cinematográfica, cuando el mundo se vuelve acuario y un remolino arrastra, tritura al amador: Sigue lloviendo /afuera y dentro del acuario /Sin saber qué más decir limpiamos nuestros lentes/ náufragos de nosotros mismos /nos arrastra un mismo remolino.

Arca es un híbrido de prosa, verso y aforismo, a primera vista Gamoneda está la sombra de este dulce nuevo estilo, pero están, por igual Ungaretti y Bartolo Cattafi y Sandro Penna, Leonardo, Miguel Ángel,  la famiglia italiana de Guillermo. Este género híbrido es el principal eje del auto-escarnio, ya había mencionado que el paso de un yo lírico a un yo racional, ponía en marcha en el ver-se-de-fuera de ese yo todo el conflicto amoroso de Arca. Y vuelvo al sendero (hamletiano) de Cernuda, ¿la realidad y el deseo? En Arca hay Deseo versus Realidad.

La ironía, el auto-escarnio, también va por lo libresco, lo erudito de cierta filosofía, ciertos autores, Lucrecio, Leonardo, los presocráticos que contrastan con la vida y los lugares comunes de la publicidad, así se promedia el tono: Los oriundos químicamente sanos y puros /como tú /que no beben /ni fuman /ni hablan /ni ríen /ni se entristecen/ o todo con medida porque quién sabe qué van a pensar de uno/ Desde las cumbres de sus respectivas importancias. O casi al final: De pronto alza el vuelo/no sé si gavilán o paloma /pero sin rama de olivo/ sin siquiera un cardo/deshecho por el diluvio/ y la voracidad de las liendres.  Un enjuague a la grandilocuencia, a la afectación académica a través del auto-escarnio, nada más penoso para el amador que descubrirse quejoso y ridículo, nada más anticlimático que en el discurso amoroso caiga como guillotina un “Todo con medida” o se caricaturice al sujeto lírico como pobre tonto, ingenuo y charlatán que fue paloma por etcétera.

En la introducción a Cinismos, Michel Onfray, habla de su pasión por Lucrecio, me parece importante compartir el juicio del filósofo francés, que sin duda podría haber suscrito el propio Guillermo: En él descubrí un pensamiento materialista ateo, una ética pragmática, una manera eficaz de poner en evidencia la falsedad y un claro desdén por la condena eterna y el pecado, la falta y la mortificación, el infierno y la culpabilidad. Lucrecio enseña una moral de la pacificación consigo mismo y el reencuentro con la propia sustancia atómica.

Lo entrañable en Arca es el sustrato real, o la implantación verosímil del amor en la reelaboración poética, cuando lo anecdótico nombra al cuerpo, las dolencias del cuerpo, y habita los objetos de todos los días: una sala, lámpara, ventana, el monitor. Lo mismo que el espacio o escenario se vuelve un elemento de asfixia, de impotencia.  Dos ejemplos: Esos tres metros que siempre nos apartan son tres años luz/ y otros tantos de tácitos teoremas y entelequias con verrugas. /¿Acaso se ensimisma en alguna aporía del eleata /o se hunde en la negación del movimiento/ o encarna la piedra filosofal /junto a la lámpara que alumbra /al inmóvil matorral de su silencio?  Y: Entre tú y yo has puesto veneno para ratas/abismos a un palmo de las manos / En los ojos se hielan las miradas y el cloro de las lágrimas/ Por lerdo que puedas ser no ignoras que la sangre se resiste a tascar/ el freno /cada vez que nos miramos /No quiero que veas en mis ojos la centella del hambre ni sepas nada /del día que los caballos aprendieron a llorar.

Arca en su gesto, hondura y apasionamiento cobra en mi gusto un sitio dilecto, en esa forma  –tristemente epitafio– casi glosa brevísima, metáfora incesante de alguien arrojado a amar, a vivir en el tamiz de la mejor libertad cernudiana, el retrato de Guillermo se agiganta, valiente, insobornable.

 

* http://hangar-sergio.blogspot.mx

Las monedas de Patria o Muerte

Miguel Alvarado

Esa vez, el reflejo en la tinta y el olor a mariguana hacían brillar las piernas.

No eran suficientes las calles y las mentiras para mi cara doblegada.

Una fruta y los autos, uno tras otro, cargaban incienso y los ojos reventaban sueño.

No importa que no recuerde el marasmo negro que revolotea lejano: yo tenía sed.

Alguien buscaba mujeres para mí.

Casi todas eran africanas y leían carteles rojos

las monedas de Patria o Muerte

el mar tieso, vociferado.

 

Mis brazos no se elevaron dentre la multitud de manos que se ofrecían a guiarme y quedé solo, escondido.

Era que el día se alargaba dejándome llegar

intocable

detrás de la española y su pasaporte azul.

No aprendí el nombre de los pueblos por los que pasaba porque eran borrascas bajo la lluvia y

 

La tormenta se anunció por la radio pero la gente

bordeando el Horcasitas

derramaba sus pertenencias en pedazos de oro y chocolate.

Verlos me hizo bien

aunque de todas formas estaba triste.

Era julio y alguien se arañaba la espalda, recargada en la pared o lo creía, lo volvía cierto.

También llegó la hora, aunque me quedé lo más que pude, antes de subir a la balsa, empinada por el río.

Veinte mil dólares en las calcetas no evitaron que los pies se mojaran, que lo demás fuera un golpe de cartas, el verde canto de la selva.

 

Era el monte, miseria incendiada.

Y Aura, callada por el ron, como un cigarro.

Envuelto en mis andrajos, sueño la vida violenta

el temor aburrido.

No tuve calor, pero el ruido del remo, las galletas…

Puedo dormir porque está ella.

Viene conmigo y no pregunta nada,

no pregunta nada, perdonen ustedes y ha vivido mi vida en el fondo más pálido.

En esa época tenía dieciséis años.

Ella buscaba casa y yo le abrí la puerta, porque era el amor.

A veces mira desde el vano y su voz tiembla.

La encontré sentada en las piedras, con la mirada clavada, filosa.

Parece la mujer prometida

 

un ebrio                                                      en la noche

 

donde somos felices.

 

Pero está nublado.

Una risa ahoga la casa.

Las tías.

¿Qué mueca las envuelve que las pone de rodillas?

Puede que todo empiece ahí, pero no hay manera de saber, y no quiero.

 

 

El polvo                  la lluvia                  la cancha húmeda y débil

 

una pelota, el mundo era una pelota y no había voces en los cuartos.

 

Sólo por lástima

 

por pena

 

por amor

 

porque era un niño

 

miraba sin importarme las figuras inclinadas sobre la comida.

Hay un sentido para este mariposeo que ni la leche ni el pan, olor a

 

 

madre

 

tan agrio

 

caliente

 

van a quitarme de la piel.

 

Hago como tú.

Me cobro.

Me cobro.

 

Ayer, el otro martes estaba solo, aún con el pelo negro.

Enfrente, los chorros del agua crecen apenas y canta su lengua dulce y venenosa.

Haz tu oficio, hasta que termine el día y podamos mirar sin cuidado.

La cosa es que di la vuelta y regresé por el mismo camino, con el agua salada empalada en el sol

 

-pequeño, mi niño pequeño-

 

y al final de todo, lo peor es un hombre con una mujer dentro.

 

Me asfixio en este olor a tierra húmeda, a cerro.

Tengo mojado el nombre abierto de tus ojos.

Eres de barro, un ídolo, dorada.

Haz lo que todas, amor, ya basta.

 

 

Los golpes, retumbos de la casa que no quisieron irse, miran con su ojo triste de buey -volteo

 

tabique

aliento

 

¿por qué no llueve?

 

Al otro lado está la partera doblada por la mitad.

Le gusta saber que estoy bien y me lleva comida una vez a la semana.

En eso no cambias, como tampoco la mentira que pongo en tus ojos.

Te dije que trabajo, que gano mi propio dinero, que tus libros son menos que basura y tú preguntas qué te has hecho.

Nada que la punta de una aguja, un cigarro no puedan resolver.

A ver mañana qué inventas, para saberlo todo.

En todo caso, la ventana abierta a la puesta del sol.

 

Tonta, tontita

no importa que lo ido traiga rumores, otras cosas y se desborden

espumas en colores todas las tonterías, tonta, tontita, que escurren a los llorados.

 

 

“Hasta mañana”

tu risa de oreja a oreja, de cabo a rabo

fermento de abeja, renovado constante.

 

No debo romper las puertas, sería impropio.

Y con lo bien que van las cosas.

 

Las puertas están rotas y las cosas van mal.

Es un hoyo que atraviesa dos láminas y tiene el tamaño de un bebé.

¿Por qué cantan los pájaros?

No es, lo sé, pero no aguantaba el dolor al mirarte y penetrar a Eva.

¿Por qué?

(Y Aura, porque esta es la paz).

seguros todos

con las manos amarradas.

Eran ricos o tenían miedo.

Más abajo, una tarjeta postal y una línea se acurrucan, golondrinos y

palomas.

Y Aura, callada más que las piedras.

No se puede.

Es inútil, no estoy solo. Solo, en un membrillo, cascarado para adentro, derretido por el trópico.

El pan con leche se derrite en mi boca mientras miras la historia de Alicia ahogada en la taza del té.

El maldito George

* Parado en el borde, por encima de la orilla, miraba remolinos que astillaban las piedras y el polvo y se preguntaba sin responder. El día comenzaba tarde, sujeto a fuerzas invisibles que lo ataban a la luz filosa de la noche y lo obligaba a arrastrar los pies, como si estuviera ausente. Una sensación de podredumbre le allanaba los caminos. Pudo elegir mientras las palomas, esta vez las de verdad, volaban lejanas en desorden y se posaban en los tejados, porque la ciudad era de barro y todavía los techos amparaban la certeza de quien se cree a salvo al traspasar su casa. 

 

Miguel Alvarado

El aire pasaba entre los dedos de aquella mano incendiada, iluminada en manojos de haces eléctricos provenientes del espacio y los gritos y los sueños y los reclamos. Luego, como un limón azucarado, el viento calló pero no hubo silencio. Todavía las columnas humanas esperaron que algo pasara y explicara las sinrazones de la paloma y la brevedad.

Parado en el borde, por encima de la orilla, miraba remolinos que astillaban las piedras y el polvo y se preguntaba sin responder. El día comenzaba tarde, sujeto a fuerzas invisibles que lo ataban a la luz filosa de la noche y lo obligaba a arrastrar los pies, como si estuviera ausente. Una sensación de podredumbre le allanaba los caminos. Pudo elegir mientras las palomas, esta vez las de verdad, volaban lejanas en desorden y se posaban en los tejados, porque la ciudad era de barro y todavía los techos amparaban la certeza de quien se cree a salvo al traspasar su casa.

Avanzó como pudo entre sombras vegetales, con moscas siguiéndole amancebadas en zumbidos de espanto, sumergidas hasta sus tuétanos, empollando hijos ajenos en su propia carne, reventadas en pacífica combustión mientras el hambre las mataba.

El hambre. Era una forma de llamar a aquello. Esa angustia liminal rodeaba litoralmente el cuerpo lodoso, apenas doblado que le sostenía. El agua corría encementada por el arroyo que decidió seguir, nada más para ver las mariposas y los poblados cercanos.

Rodó la piedra y pisó en ella. Movió las piernas y caminó salpicando el agua con su voluble sangre. Se detuvo. Buscó en sus bolsas y encontró un caramelo, envoltura naranja que en la camisa deslizaba su semilla de fru-frú y la abrió. Enjoyada transparencia, casi pudo probarla aunque en su boca se anidaron para siempre los sabores de la muerte.

Apenas ayer estaba sentado al borde de su cama, a las cuatro de la noche, con la oreja pegada a la pared y las manos enterradas en la almohada. Atestiguaba el otro lado del derrumbe en el silencio desusado del invierno. Las cosas caían, rompiendo los sueños de vecinos y mascotas. Nada más el silencio, decidió salir, abrir la puerta, ya vestido por si acaso. Apoyó la mano en la oscuridad, como pez fuera del agua y avanzó con los ojos cerrados. Pisó, lo supo, delicados huesos regados por arterias abundantes y pateó maravillado calaveras que no miraban desde el cuenco gris.

Avanzó, pues, con paso desusado y la congoja enfiestada. Se asomó a la calle, donde lámparas públicas le enseñaron las reglas de la vida. Encontró en el suelo, al desviar el rostro, las marcas de una guerra que no quería sobrevivientes y que a mordidas soterraba a los caídos de ese campo sin batalla.

Corrió como pudo mientras su sombra se alargaba en bocacalles, perdida en el horror anticipado de lo infecto. Quiso tomar aliento y el aire de la madrugada le golpeó los pulmones. Respiró azulado como absenta o belladona y feliz y tranquilo se dejó roer carpos y cúbitos. Algo estaba detrás de él. Algo estaba en él. Algo había comido de él y ya pensaba como otro, como si ese algo fuera un no sé qué que quedara balbuciendo.

Luego, sobresaltado pero libre, pudo entrar a la iglesia de San Juan de la Cruz, donde se arrodilló casi humano para revisar un cuerpo que ya no era suyo. Contuvo como pudo aquella pereza que le invadía y le ordenaba dormir y limpió aquel rabioso desgarre mientras tomaba las monedas regadas de las alcancías, creyendo todavía que tendrían utilidad.

Salió cuando pudo. La ciudad se alejaba de él, ennegrecida además por la epifanía de la carne. Pronto quiso desnudarse, regalar la ropa a los muertos que ya la ocupaban con urgencia y caminó desangrado en el recuerdo de fiestas y saraos, en la paz serena de soles y lunas.

Más tarde, cuando apenas se distinguía la autopista, los aullidos de un tal Morrison despertaron al viajero. Caminaba pero no lo sabía, pues un barco de cristal navegaba por su memoria aserrando con ebrio filo las marítimas septentriones de neuronas desenchufadas.

Lloró porque esperaba el sol, pero ni aquella radio fantasma logró desentumirlo. Lloró porque ya nada le dolía y comprendió, astuto pero depravado que estaba muerto y que tenía hambre. Despierta, despierta, se dijo como en trance mientras el mundo se convertía en una escena de Breccia, un informe para ciegos que ni siquiera ellos podrían haber leído. Se dejó llevar por aquel trombo que lo ensimismaba y dejó en paredes la mitad de sí mismo, elemento prescindible ya de cualquier cosmos o judería, trepadora planta que se enreda en la superficie del desaliento y el deshábito convertido en disciplina.

Así, asomado al otro lado de la vida pudo ver desintegrado el amasijo del átomo elemental. Entendió, con los ojos escurridos en su cara montañosa, que esta vez no habría segundas oportunidades pero también que no importaban. Y como al dejo, sus manos llenas de certeza dudaron cuando mordió la dura costra de un hombre ensimismado, reflejo suyo, imagen cierta de apenas unas horas y que ahora se escondía en un ádyton profanado pero inaccesible, sostenido por cartílagos innecesarios.

En la ciudad, un hombre compra flores para su casa -que sea la de todos- y prepara café para la esposa enferma, que le espera en cama hace horas, delirante de fiebre, podrida de amor.

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