Detrás del misterio

* Desde su llegada a México, la lucha libre fue estereotipada como salvaje y absurda,  proveniente de sectores medios y bajos, que iba de la mano con la farándula (una ocupación considerada pecaminosa) y poco digna en la valoración de las escalas sociales. Así, la máscara fue la manera que muchos encontraron para luchar sin recibir críticas o rechazo social.

 

Yanet Sánchez

Capaz de otorgar poder, superioridad y misterio; es la que cubre a héroes y villanos permitiéndoles caminar por las calles como cualquiera, pasar inadvertidos después de ser los más admirados y los más odiados en batalla. Es una válvula de escape transformadora; magia irónica que diferencia y al mismo tiempo se refleja en quienes comparten las emociones más visibles; que oculta una parte de la persona mientras descubre al personaje. Insignia de cultura, habilidad e identidad. Perderla es un riesgo apasionante y quitarla un trofeo ambicionado. No parecía tener defectos pero, como todo, se convirtió en una marca y un precio que hace sustituible al ser humano.

“La principal seña de identidad de la lucha libre en México es la máscara… parte esencial en la creación de los personajes que confiere un sentido único, una intencionalidad; rodeando al luchador de un halo de misterio. Las máscaras son el bien más preciado que puede tener un luchador, y no hay mayor deshonra que perderla en una lucha de apuesta”, escribe Julio Crespo en su trabajo ‘Máscaras a través del tiempo’.

El primer enmascarado fue el norteamericano Ciclón McKey, cuyo personaje llegó a México en los años 30 y fue nombrado Maravilla Enmascarada. Jesús Velásquez, El Murciélago Enmascarado, fue el primer mexicano en dar credibilidad a su personaje mediante una careta que aterrorizaba al público de las arenas de lucha. Desde entonces, la máscara logra colocarse como un elemento distintivo de este deporte-espectáculo por los significados que adquirió con el paso de los años para luchadores, aficionados y empresarios.

El antropólogo e investigador universitario, Juan Luis Ramírez Torres, cuenta que por los años 60’s y 70’s, los que se enmascaraban eran principalmente luchadores que emigraban de provincia a la ciudad de México. Para ellos, el hecho de no mostrar su rostro era una manera de defenderse de la discriminación por su origen indígena, su tono de piel y sus rasgos. Regularmente, usaban una máscara que denotaba fuerza y esto les permitía “reivindicar” su imagen y personalidad, al mismo tiempo que proyectaban una identidad en los espectadores de similares orígenes.

Al incrementar la popularidad de este rostro fabricado, los empresarios de la lucha libre vieron en él un negocio atractivo capaz de superar las cualidades del deportista. Tal como afirma Ramírez Torres, “…en estos días es más fácil vender una máscara que un luchador; porque incluso se puede falsificar cambiando a la persona siempre y cuando tenga la máscara. Muestra de esto han sido las figuras del Hijo del Santo, el Hijo de Blue Demon, el Hijo del Tinieblas… donde lo que se sigue vendiendo es la máscara, no las cualidades del luchador”.

Pero detrás del contexto que envuelve las razones para utilizar este segundo rostro, están implicados los sentidos que cada luchador le atribuye. Al respecto, en la Universidad Autónoma del Estado de México, Juan Carlos Rivera y Carlos Alberto Torres compilaron dentro de una investigación una serie de declaraciones hechas por luchadores profesionales en las que expresaban los motivos que los habían llevado a decidir enmascararse.

Desde su llegada a México, la lucha libre fue estereotipada como salvaje y absurda,  proveniente de sectores medios y bajos, que iba de la mano con la farándula (una ocupación considerada pecaminosa) y poco digna en la valoración de las escalas sociales. Así, la máscara fue la manera que muchos encontraron para luchar sin recibir críticas o rechazo social.

“Desde que comencé, luché enmascarado tal vez por la impotencia o la vergüenza al fracaso o de que mis amistades me vieran hacer el ridículo”, afirmó Canek, mientras la luchadora Zuleyma, habló sobre ocultar su labor a su familia: “cuando mis padres se oponían, utilicé la máscara pues no quería que se enteraran”.

Pero la mayoría de los luchadores que aparecen en la investigación ven la utilización de este elemento como la posibilidad de tener una vida privada, de ser anónimos cuando lo consideren necesario para realizar sus actividades cotidianas y desempeñar su rol de luchadores solo en el ring.

Mil Máscaras declaró: “tengo la ventaja que no tiene un actor de cine o televisión, pues me quito la máscara y no saben quién soy… mantengo una vida privada normal”.

El Hijo del Santo dice experimentar la sensación de tener una doble vida por ser enmascarado: “cuando me pongo la máscara me siento alguien, siento que soy el Hijo del Santo, famoso, querido… sin máscara no soy nadie… nadie me conoce en la calle. Pero me siento a gusto porque tengo privacidad… realmente sí, se viven dos personalidades distintas”.

Quizá estas dos personalidades de las que hablan son parte del atractivo de la lucha libre, pues en México esta disciplina es admirada principalmente por niños que ven en los actores del ring, verdaderas historias de superhéroes igual que versiones mexicanas de Batman o Superman; lo que está en pugna en el ring es el conflicto de los buenos contra los malos, es decir, el héroe contra el villano.

Otro elemento que hace atractiva a la máscara es el misterio. Esto lo saben luchadores como Blue Demon, Octagón y Pierroth, quienes argumentan que la máscara forma parte de una incógnita que acerca a la gente por la curiosidad de descubrir a quien se oculta debajo de ella.

Perder este misterio significa el fin de la trayectoria del personaje, aunque no necesariamente del luchador, porque una vez revelado su rostro en el ring puede volver a cubrirse después de tres años, pero lograr que el público vuelva a interesarse en la misma o en otra cara, posiblemente sea un reto. El antropólogo Juan Luis Ramírez, explica por qué:

“Poco  antes de la muerte de Santo, en un programa televisivo se levanta la máscara y se le ve medio rostro; a pesar de eso, sus aficionados en el fondo no querían descubrir su cara, porque eso lo hubiera desmitificado. Hace poco, se dijo que de una de las películas de vampiras, creo, se hizo una versión de corte sexual donde parece ser que hay escenas de cama de este luchador con alguna de las actrices y el encabezado de una de las notas que lo comentaba decía: ‘Pues ni tan Santo’. Es decir, cuando un luchador se muestra humanizado, incluso en lo sexual, pierde gracia y fuerza, por eso no se le podía desenmascarar. Cuando un luchador es descubierto, se acaba. La fuerza radica en el misterio.

Aunque es necesario considerar que perder o conservar la máscara no es garantía del interés de una nueva generación de aficionados a la lucha, se trata de un complejo mecanismo de actitudes y preparación escénica del personaje. Ahora ya es común que cuando un luchador pierde la máscara, tiene como recurso inmediato maquillarse, pero eso no sustituirá nunca el talento ni mucho la subyugante personalidad que muy pocos poseen. [leyendasdelring.galeon.com]

Para quienes no ven a su máscara como el modo de evitar ser figuras públicas totalmente o como un gancho para atraer audiencia, ser descubiertos durante una noche de pelea podría significar un golpe más fuerte, por eso es que muchos se han retirado tras un evento así.

“Al principio no, pues empecé a luchar sin máscara, luego fue como si Fuerza Guerrera se fuera apropiando de mi persona. A través del tiempo así se va haciendo la personalidad del luchador, con la costumbre se le va tomando cariño a la máscara. Si perdiera mi incógnita, considero que perdería una parte de mi personalidad…”, confiesa Fuerza Guerrera.

“Mi máscara trae un sol, un sol que representa el brillo, el nacimiento de cosas nuevas de la lucha libre que aparece y desaparece; es lo que aparece en el cuadrilátero y luego se desvanece. La máscara es como una forma de darle vida al equipo porque trae algo mágico, algo que llama la atención a la afición, de la cultura popular para el pueblo. El diseño de mi máscara yo lo hice inspirado en mis ídolos como Villano Tercero”, revela el luchador local Destello Boy.

Para los que no la usan, representa una presea ambicionada, tener una en sus manos significa el triunfo sobre el rival. “El Santo fue la leyenda más grande que ha existido dentro de la lucha libre y sigue igual. Así que me pesaría mucho acabar con su leyenda, pero ya tengo el lugar reservado para su máscara en la sala de mis trofeos”, asegura el Perro Aguayo.

Ahora los tiempos están transformándose y el interés por el mitificado luchador sin rostro humano ha cambiado en función de las decisiones del mercado y de la ideología del país hegemónico. En la lucha estadounidense es posible ver claramente que la atracción principal se está volcando a la imagen, como califica el investigador universitario, se está dando a estos deportistas una carga erótico-anatómica que tal vez pretenda atraer al público femenino.

“Posiblemente, así como a la ‘Barbie’ la hacen bonita para que el papá varón se la compre a su hija porque en esta compra simbólicamente el papá posee su belleza, en el caso de la lucha libre es mamá a la que satisface el mercado de estos luchadores para el juego del niño varón. Hoy en día, hay miles de hogares comandados por mujeres, entonces son quienes tienen la posibilidad de comprarle la cajita de luchadores al niño y hay que hacer un juguete atractivo para la mamá”.

Aunque aquí en México, desde hace tiempo se recurre a valores como la masculinidad y la belleza (observemos a las edecanes o a luchadores como el 1000% Guapo),  aún no se rebasa la aceptación que representan las máscaras.

Esperemos que la WWE no obtenga gran eco en la lucha libre mexicana, pues podría perderse la imagen de la que es reconocida como uno de los mejores espectáculos de lucha libre en el mundo. Esta actividad en México como muchos otros deportes, depende de las decisiones de empresarios, pero también del interés de los aficionados.

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Las reglas del salvajismo

* Se cree que la lucha libre fue introducido a México durante la intervención francesa, en 1863. Y en  1910 llegó la compañía del campeón italiano Giovanni Relesevitch al teatro Principal; ese mismo año llegó al teatro Colón la del famoso Antonio Fournier con luchadores como Conde Koma y Nabutaka, que instauraron un lucrativo negocio en México.

 

Andrés Villarreal Martínez

Si hiciéramos un recuento del hombre desde que apareció, pensaríamos que, como cualquier otro ser en la faz de la tierra, tuvo que luchar para conseguir alimento y por  territorio.

La lucha libre tiene sus orígenes como práctica social en las civilizaciones más antiguas,  como la egipcia, babilonia, griega y romana. Pero eran como las conocemos hoy, encuentros sangrientos donde se mostraba hombría pero también salvajismo.

Hay registros de ella en una serie de pinturas egipcias de hace más de 5 mil años. Ahí se  podía vencer en un combate por sumisión rompiéndole los dedos, uno a uno, al contrario. También en América las civilizaciones prehispánicas tenían rituales donde se organizaban peleas entre los guerreros, como en la azteca, donde la sangre derramada era ofrecida a los dioses.

Con el paso del tiempo la lucha encontró algunas reglas y con ello podrían ser el deporte más antiguo que ha practicado el hombre por la misma naturaleza de su creación e instinto de supervivencia.

Cuando los Juegos Olímpicos hicieron su aparición se consideró importante que la lucha fuera incluida y se volvió uno de los elementos centrales de las justas. La lucha grecorromana se percibía como la verdadera reencarnación de la lucha griega y la lucha romana de la Antigüedad.

Se cree que este deporte fue introducido a México durante la intervención francesa, en 1863. Y en  1910 llegó la compañía del campeón italiano Giovanni Relesevitch al teatro Principal; ese mismo año llegó al teatro Colón la del famoso Antonio Fournier con luchadores como Conde Koma y Nabutaka, que instauraron un lucrativo negocio en México. En 1921 llegó Constand le Marin y junto a su compañía presentó al León Navarro, campeón medio de Europa en épocas pasadas. Vinieron también el rumano Sond y otros. Dos años después volvió a México trayendo al japonés Kawamula, quien junto con Hércules Sampson, actuó en el Frontón Nacional. En 1930 vino George Gadfrey, famoso negro que había sido boxeador, acompañado del Sargento Russell.

Todo eso abría una ventana a la lucha libre pero fue con Salvador Lutteroth González que llegó para quedarse, con la ayuda de Francisco Flores. Lutteroth en 1929 era inspector de Hacienda pero presenció un encuentro en el Liberty Hall de El Paso, Texas y fue tanto su gusto por ese deporte que no pudo olvidar la imagen de uno de los gladiadores, Gus Papas.

Cuado Lutteroth regresó a México, formó la Empresa Mundial de Lucha Libre (EMLL), antecesora de la Comisión Mundial de Lucha Libre (CMLL) y trata de instaurarla en las arenas de box pero no es apoyado. Cuando al fin lo logra, trae a algunos luchadores como Chino Achiu, el norteamericano Bobby Sampson, el irlandés Cyclone Makey y el mexicano Yaqui Joe. La empresa que manejaba a los luchadores quería que les dieran mas espacios o se los llevarían. Pero la suerte tocó a Lutteroth, y ganó la lotería justo en un aniversario de su empresa. De ahí en adelante la lucha libre comenzó a crecer y llegó a ser uno de los deportes favoritos de la gente, llegando a colocarse por un tiempo a la par del futbol.

El 2 de abril de l943 se inauguró el Coliseo y comenzaron las luchas con enmascarados a los cuales la gente veía como héroes, que enfrentaban villanos (los rudos). Las máscaras hacían creer a los espectadores que quienes estaban en el cuadrilátero no eran personas comunes que tenían habilidades extraordinarias y que podrían luchar contra criaturas monstruosas y saldrían victoriosos. Es en este contexto que surge uno de los más grandes ídolos de la lucha libre, Santo. Grandes luchadores hicieron historia usando máscaras para dar ese toque místico. El primer encapuchado en tierras mexicanas fue Luis Núñez, “El Enmascarado”, aunque algunos dicen que fue Gordon “Ciclón Mackay”.

La primera campeona nacional de lucha libre fue Estela Molina, quien desarrolló un pique con la extranjera Vicky Williams, hasta llegar a un enfrentamiento de campeonato en el Toreo de Cuatro Caminos el 23 de diciembre de 1979. Las gladiadoras se enfrentaban en esta plaza porque en el Distrito Federal se encontraba vetada la lucha femenil.

En México las empresas han sido parte fundamental del desarrollo de este deporte, pues se encargan de crear la trayectoria deportiva de los luchadores. Entre las principales empresas se encuentran el Consejo Mundial de Lucha Libre CMLL, Asistencia Asesoría y Administración AAA, International Wrestling Revolution Group IWRG y Alianza Universal de Lucha Libre ULL.

La lucha libre mexicana con tres caídas sin límite de tiempo está caracterizada por sus estilos de sumisiones rápidas y acrobacias elevadas. No obstante, ahora se ve en decadencia, pues las televisoras parecen prestarle más atención a lo extranjero, como a la WWW o RAW.

“A veces ni para los curitas se saca”

* La máscara siempre ha sido parte de la lucha libre, aunque hay quienes se pintan la cara o se dejan el cabello largo. Destello Boy usa una máscara que él mismo diseñó, la cual tiene un sol en la frente que simboliza el destello que un día vio en el cielo, un 24 de diciembre. Era la esperanza y el resplandor que nace cuando sube al ring y que se desvanece cuando termina el combate.

 

Andrés Villarreal Martínez

“Arriba del cuadrilátero es una chamba, es un trabajo, como el carpintero o  el albañil, debes estar en coordinación con el otro, aunque a veces ni para los curitas se saca”, confiesa Destello Boy, enmascarado de la lucha libre profesional en Toluca, quien lamenta que el interés por ella esté desapareciendo, pues “ahora son pura novela, como la WWE y RAW. Se está perdiendo el respeto por este deporte”.

Y es que los espacios profesionales para practicarla también desaparecen. Antes este deporte se trasmitía por tele pero en la actualidad no hay lugares fijos para presentarse, se tiene que ir de pueblo en pueblo, a pelear a los quioscos.

La Arena Toluca, a dos cuadras de la Alameda, era bien reconocida porque grandes peleadores estuvieron allí, hubo grandes combates y despedidas de luchadores como El Perro Aguayo, Marvel, El Gato Blanco, ídolos locales e internacionales. El gimnasio Agustín Millán ahora es el único lugar estable donde se presenta la lucha libre, pues en el 2002 la Arena Toluca desapareció dejando pocas alternativas.

Destello Boy se inició en la lucha libre a los 17 años, animado por un regalo de su padre, quien le dio la fotografía de la última pelea de Javier Hernández “Oro”, a la que él asistió en 1990, a la edad de un año, en la antigua Arena Toluca. Debutó como profesional con el consentimiento de sus padres poco antes de cumplir 18 años, aunque un año antes ya combatía sin que ellos se enteraran.

“En mi debut tenía nervios por tanta gente, hay algunos que gritan, te abuchean, hasta te insultan. Se siente muy feo y uno tiene que trabajar y hacer perfectas las cosas que en el entrenamiento no te salían bien porque ahí sólo hay una oportunidad”.

En el Estado de México como en el Distrito Federal, la Comisión de Box y Lucha otorga el permiso que avala a los luchadores profesionales, y la edad para iniciar en este deporte va desde los nueve o diez años, sin embargo, hay quienes comienzan desde más pequeños por tradición familiar. La lucha, para algunos, es una forma de sobrevivir. No importa la escolaridad, pues hay quienes tienen doctorados o maestrías y otros ni estudios o llegaron hasta la secundaria. Todos encuentran en el deporte una forma de vivir honradamente, luchando e interactuando con la gente.

– La interacción con la gente es algo muy bueno, pero algunas veces se pierde con la intervención de luchadores extranjeros que no tienen respeto y se burlan aventando tortillas a las gradas e insultando al público, recalca Destello, quien considera importante la creación de normas que busquen que las luchas tengan respeto y profesionalidad, pues ahora ya incluyen artículos que pueden dañar a contrincantes como sillas, alambre de púas o lámparas de neón y se olvidan de la lucha limpia, cuerpo a cuerpo.

Muy pocos luchadores son los que pueden impulsar su carrera solos -dice Destello un tanto desilusionado al ver que solo quieren vender imagen y no el deporte-. Es necesaria la ayuda de un patrocinador y el ascenso de los luchadores a las grandes ligas. Sin embargo existen familias de luchadores que acaparan los espacios y las peleas estelares,  forman grupos tan fuertes que controlan este deporte.

“Las empresas de lucha libre se convierten en mafias y para poder ascender y tener mejores peleas necesitas tener buenas mafias, debes tener algún padrino, un contacto que te ayude a progresar como luchador”, afirma.

Al tocar el tema de la violencia en la lucha libre, Destello marcó las diferencias entre las peleas callejeras y los que se hace arriba en un cuadrilátero. “La lucha clásica y la callejera son diferentes. La segunda tuvo la modalidad de sin límite de tiempo y sin réferi, puedes meter bates y fauls, todo es permitido, solo el rendimiento físico es lo que va a determinar la pelea”. 

Este deporte exige un buen entrenamiento, no sólo para poder pelear sino para presentar todo un espectáculo. También hay algunos se olvidan de él, como sucedió en algunas de las primeras peleas de Destello. La lucha no es juego o pantomima, es algo que se vive, se siente y se sufre. “La pelea más difícil fue una acá, en Toluca, yo contra Maverick y Pierruquito contra Shukersito. Y Pudor Negro contra Serpiente Azteca. Ese día, como éramos chavos nuevos nos dieron bautizo arriba, ellos iban a lo que iban y nos dejaron bien sangrados. En otra lucha con Rey Guepardo en Veracruz, contra los Lonjes Mocos, nos dejaron también bien sangrados, nos golpearon con lámparas de neón en la espalda, fue de lo más difícil que me ha tocado porque casi me bajé llorando, pero lo que pensaba era que si ya me dieron esta madrina, sería un motivo de superación para que después no pase lo mismo”.

Muy pocas peleas cuentan con un médico para atender a los lesionados y en caso de accidentes mayores todos los gastos corren por cuenta del luchador herido. Por eso Destello no ve la lucha como su único camino, también es estudiante de la licenciatura de Sociología en la Universidad Autónoma del Estado de México, pues considera que tanto la preparación física como la intelectual ayudan a tener una forma de vida saludable. “La lucha libre para mí es un hobbie, para mantener la salud, pero me gustaría pertenecer al CMLL, por eso busco dar lo mejor de mí, tanto en la universidad como en la lucha libre”.

En cuanto a la lucha libre femenil considera a las peleadoras un gran ejemplo para los peleadores hombres, que a veces buscan vender su imagen, como “Latin Lover”, expulsado de la AAA y que para regresar al cuadrilátero tuvo que perder su nombre quedando como “Lover”. Reconoce igual a los luchadores mini, categoría que se le da a los de menos de 1.65 metros de altura, pues se esfuerzan más y realizan peleas llamativas. También existen las mascotas, luchadores que llegan a medir 90 centímetros  o un metro, como Alebrije Cuije y Monster Chucky.

Las mujeres peleadoras sólo tienen una empresa que les permite crecer en el mundo de las luchas, que es la LLF. “Tienen derecho, igual que los hombres, algunos las siguen, otros no. A lo mejor antes la mujer era para el hogar, pero ahora pueden trabajar y tiene los mismo derechos y obligaciones que el hombre, las mujeres a veces dan todo, sacan nuevas llaves o vuelos que no se ven en la lucha libre de los hombres para poder demostrarle a la gente que ellas también pueden, y abrirse camino en este deporte”.

Ellas pueden luchar con los hombres en algunas modalidades, como la de relevos mixtos o los relevos de locura, que integran a un luchador mini, un exótico, una mujer y un luchador normal.

La máscara siempre ha sido parte de la lucha libre, aunque hay quienes se pintan la cara o se dejan el cabello largo. Destello Boy usa una máscara que él mismo diseñó, la cual tiene un sol en la frente que simboliza el destello que un día vio en el cielo, un 24 de diciembre. Era la esperanza y el resplandor que nace cuando sube al ring y que se desvanece cuando termina el combate.

Unas de cal, otras de Arena

* En opinión de “Dragón de Fuego”, uno de los principales exponentes y el promotor principal de la ALPEM, la importancia de la lucha libre como espacio de entretenimiento se ha perdido, la televisión ha hecho que este entretenimiento se reduzca a una simple imagen, por lo que el televidente no percibe el daño sufrido por los luchadores y su entrenamiento, elementos que se perciben fácilmente si se ve en vivo.

 

Javier Millán

Bajo las faldas del Nevado de Toluca, algunos se dedican al comercio, otros son padres de familia, unos cuantos son estudiantes y otros hasta periodistas. Pero esos hombres  cuya existencia puede pasar desapercibida para el resto de los ciudadanos que habitan Toluca, son luchadores que una que otra vez suben al ring a dar un gran espectáculo manteniendo a varios ojos atentos a las maravillas y la fortalezas de los hombres, cuya identidad se mantiene anónima.

Durante de la década de los 60’s la lucha libre comenzó a crecer en esta localidad, sin embargo era más común poder ubicar los encuentros de boxeo que se daban en espacios como el gimnasio “Agustín Millán”, donde ahora también se ocupa como lugar de exhibición de encuentros del pancracio. No fue sino hasta que se abrió la Arena Toluca cuando la lucha libre empezó a tener visibilidad en este territorio mexiquense, estigmatizada como un espacio exclusivo para la realización de este espectáculo.

Durante esta década existieron varios luchadores que tuvieron una incidencia importante en los territorios toluqueños, esparciendo popularidad entre los citadinos que apenas empezaban a darse cuenta del espectáculo que envolvía a la entidad.

Los Villanos I y II, fueron luchadores muy populares. Sus máscaras iguales, con una cruz en el rostro y la historia familiar que los motivó a trabajar juntos fueron elementos imprescindibles para poder dejar huella en la historia del deporte.

Los hermanos Díaz Mendoza alcanzaron popularidad desde su contratación por la empresa EMLL (Empresa Mexicana de Lucha Libre), que los consolidó como el mejor equipo por pareja, mostrando sus habilidades por el Distrito Federal y el Estado de México.

Su constante dependencia emocional y física que los complementaba arriba del ring fue quizá lo que desmoronó esta dinastía fraternal, luego de que la muerte alcanzara a Villano I  en los años 60’s. El desánimo invadió la mente y el corazón de su hermano, Villano II y como consecuencia decidió abandonar el ring para siempre. En su lugar prefirió ser maestro de lucha en los gimnasios Centro Social Aragón, en Tepito y en la Arena Toluca.

Todos los luchadores que en los años 90 empezaron a cobrar fama en la empresa mexicana de lucha UWA (Universal Wrestling Asociation), El Cóndor, Zorro Plateado y Scorpio fueron instruidos bajo las enseñanzas del Villano II, pionero en Toluca al dejar sus enseñanzas en los luchadores locales. Paralela a la época “villana”, otros grupos existieron durante los años 60’s y 70’s en Toluca. “El Ausente” y “El Hombre sin Rostro” eran algunos de los que mostraban sus habilidades no sólo en Toluca, también en San Cristóbal y Valle de Bravo.

Toluca tenía su propia arena, que fue inaugurada el 31 de octubre de 1968, pero luego de temporadas exitosas un desacuerdo entre dueños y arrendatarios cerró para siempre el local en el 2002. Hoy la mítica Arena Toluca es un templo religioso cristiano.

En los 70’s la Arena Toluca fue cerrada y aunque las razones siguen siendo controversiales e inciertas, es un hecho que el carácter de clandestino y la lucha libre femenil fundamentaron la clausura de este espacio.

Un ejemplo de esto ocurrió el 3 de marzo de 1970, cuando se presentó una petición por parte del vicepresidente de la Comisión de Box y Lucha, José Bravo Ortiz a Benjamín Flores Granados, comisionado de la entidad, argumentando que en el Estado de México se encontraban prohibidos los encuentros de exhibición y de lucha libre de mujeres, ocasionando la suspensión del espectáculo programado para el 5 de marzo del mismo año.

 

El renacer

 

Actualmente, la lucha libre en Toluca no carece de popularidad. Sus grandes exponentes se fundamentan en las tres asociaciones existente en esta ciudad: ULPEM (Unión de Luchadores Profesionales del Estado de México) encabezado por el luchador “Estrella 2000”; ALPEM (Asociación de Luchadores Profesionales del Estado de México) comandado por Máscara Negra y Coliseo Gym, cuya batuta cae en las manos de Slayer.

En opinión de “Dragón de Fuego”, uno de los principales exponentes y el promotor principal de la ALPEM, la importancia de la lucha libre como espacio de entretenimiento se ha perdido, la televisión ha hecho que este entretenimiento se reduzca a una simple imagen, por lo que el televidente no percibe el daño sufrido por los luchadores y su entrenamiento, elementos que se perciben fácilmente si se ve en vivo. “La lucha libre es para hombres, la adrenalina te lleva a dar el 100 por ciento de tu esfuerzo, hay que levantarse para seguir luchando”.  Y aunque los luchadores sean mucho más vistosos en la televisión, “Dragón de Fuego” afirma que en Toluca existen tan buenos elementos como cualquier otro que se muestra en televisión, e incluso hasta igual de fuertes; la ALPEM tiene varios luchadores con un peso de arriba de 100 kilos de pura masa muscular.

El Monje Loco, Los Gemelos Fantásticos y Slayer son los luchadores que más impacto tienen dentro de esta Asociación de Lucha; aparte de los 100 elementos activos de Michoacán, Hidalgo y Distrito Federal. La ALPEM también tiene convenios con CMLL y AAA para intercambiar luchadores como “El Elegido”, “Alan Stone” y “Mister Niebla”.

Todo esto hace que el sueño de volver a abrir la Arena Toluca o crear un espacio exclusivo para la exhibición de lucha sea posible para esta organización, que exige demasiado a los que quieren incorporarse a sus filas; física y mentalmente. “Dragón de Fuego” asegura que la disciplina es un factor importante para poder ser un buen luchador. Aun así es necesario el apoyo económico de una empresa para poder sacar adelante esta clase de espectáculos familiares, que permiten al público desahogarse y reír por lo teatral y chusco que resultan las actuaciones de los luchadores.

 

El consumo de artículos

 

Pedro Ramos, dueño de la tienda de artículos de lucha libre “Leonardo Kids” en la ciudad de Toluca, inició su negocio hace 2 años con la esperanza de que fuera sustentable. En realidad así fue, su tienda está llena de artículos de la WWE única y exclusivamente, pues él considera que los artículos de la lucha libre mexicana no se venden en Toluca, a diferencia de lo que ocurre en el DF, donde los productos extranjeros escasean. Esto se debe a que la exhibición de la lucha nacional es más frecuente en esta ciudad al contar con la Arena México, dónde cada semana hay luchas que se transmiten en televisión.

El dueño también tiene en cuenta que la clientela en Toluca tiene en mente a luchadores como John Cena y Randy Orton, el primero uno de los nombres que más le deja ganancias, olvidando por completo a los luchadores mexicanos que también pelean en Estados Unidos, Rey Mysterio, Alberto del Río y el recién llegado “Sin Cara”.

“Para que esto no ocurra es necesario empezar a promover la lucha libre mexicana en Toluca, de otra forma la gente seguirá prefiriendo lo que ve en televisión”; dice el comerciante.

La lucha libre en Toluca tiene potencial para crecer y darse a conocer a nivel nacional, pero el apoyo económico es fundamental. Como luchador profesional no se gana mucho dinero, la mayoría de las empresas no remunerar bien a los luchadores y algunas llegan a pagar 50 pesos, si bien les va. Algunas como la ALPEM otorgan 500 pesos a cada luchador. Muchos luchadores toluqueños se ven obligados a recurrir a otro trabajo, escondidos en sus empleos de comerciantes, profesionistas o empresarios, ocultando sus habilidades a los ojos de una sociedad que sólo los percibe cuando están arriba del cuadrilátero.

 

¡Los rudos, los rudos, los rudos!

* Un ring de 2 metros de altura aproximadamente, colocado en el parque La Loma, Metepec, cuatro torres para las lámparas que alumbrarían el mismo y una lona colocada improvisada y apresuradamente a la entrada, anunciaba “Función de lucha libre, hoy a las 7:00 pm. Evento gratuito”.

 

Elizabeth Bañuelos

Era la calle, en una tarde anochecida en que el viento corría y el frío aquejaba a todos por igual. Esto no era impedimento ni para los pequeños, ansiosos y emocionados por lo que estaba por acontecer.

Un ring de 2 metros de altura aproximadamente, colocado en el parque La Loma, Metepec, cuatro torres para las lámparas que alumbrarían el mismo y una lona colocada improvisada y apresuradamente a la entrada, anunciaba “Función de lucha libre, hoy a las 7:00 pm. Evento gratuito”.

Aunque nadie conocía la cartelera que se presentaría, los asistentes estaban a la expectativa. Todos los luchadores eran del Valle de Toluca para los tres combates, dos de parejas y una de  tercias.

El programa empezó con media hora de retraso, pero esto permitió que un número mayor de personas se reuniera. En su mayoría eran niños y se encontraban parados alrededor del ring. Uno que otro estaba trepado en alguna torre para poder ver mejor.

Como no había sillas, los adultos permanecían de pie, pendientes de sus pequeños. Todo se prolongó aproximadamente 2 horas, algunos optaron por una banca o buscaron algún lugar para sentarse.

La primera lucha comenzó y al grito de “¡técnicos, técnicos!” mostraban su apoyo por su bando favorito. Esto hacía enfurecer al equipo contrario, los rudos, llevándolos a gritarle al público “¡bola de mugrosos!” lo que inmediatamente provocaba la respuesta del mismo, un chiflido de esos que hacen alusión a la mamá del otro.

La lucha continuó al ritmo de maromas, saltos y planchas; los niños seguían enfureciendo a los rudos con los gritos y porras a favor de los contrarios. Estos no se dejaban y respondían subiéndose a las cuerdas y diciéndole a los asistentes: “¡arriba el América!” o “¡muertos de hambre!”.

Todo siguió así hasta que concluyó la primera caída, que favoreció a los técnicos. Para la segunda, el réferi sería pieza fundamental, pues pasó por alto un foul en contra de los técnicos, lo que aprovecharon bien los rudos y así obtuvieron la victoria. Los técnicos y el público estaban enfurecidos. Ahora no le silbaban sólo a los rudos, el réferi se había convertido en el nuevo enemigo y acreedor a múltiples insultos.

Algo inesperado sucedió y un elemento del bando rudo le tiró una fuerte patada al réferi, que lo llevó a la lona, así que las preferencias de éste cambiaron y empezó a favorecer a los contrincantes; en la tercera caída el triunfo fue para los técnicos.

Para la segunda lucha volvieron a aparecer las parejas de luchadores, técnicos y rudos, pero en la primera un elemento del bando técnico se lesionó y uno de los luchadores de la pelea anterior tuvo que reemplazarlo, curiosamente del bando opuesto, de los rudos, que continuaban poniéndole emoción al encuentro. Los gritos de “¡arriba el América!, ¡bola de mugrosos, nacos muertos de hambre!” volvieron a aparecer por uno y otro lado.

El réferi volvió a ser protagonista e interactuaba con el público pidiéndole su opinión acerca de lo que debería marcar o no. Resultaron ganadores los rudos con todo y el montón de abucheos e insultos que se llevaron.

A la mitad de esta pelea, el frío comenzó a aquejar más que antes y como la primera lucha se prolongó poco más de media hora, algunas personas se comenzaron a ir. Otros prefirieron comprar algo en los puestos de elotes, tacos, frituras, dulces y refrescos.

Para el último encuentro, los integrantes de ambos equipos (rudos y técnicos) se tardaron en aparecer. Mientras tanto, el equipo de sonido amenizó con algunas canciones para entretener a los asistentes. Cuando finalmente aparecieron los luchadores la gente comenzó a aplaudir a los técnicos y a abuchear a los rudos. Hicieron uso de golpes, llaves, planchas y saltos para llamar la atención y ganarse el agrado del respetable. Era la lucha estelar y los luchadores eran más profesionales y hacían mayor uso de la técnica que de la actuación.

La pelea duró 30 minutos pero al final los técnicos resultaron ganadores. La gente comenzó a retirarse pero algunos aprovecharon la ocasión para tomarse una foto o pedirle un autógrafo a alguno de los luchadores que participaron en este evento.

Resulta curioso que al preguntarles a algunos niños acerca de sus favoritos, ellos responden que a los buenos, haciendo alusión a los rudos. Posiblemente en ello radica la popularidad de éstos y de la misma lucha libre, el bien y el mal, por lo que no importa el nombre del luchador, sólo el bando al que pertenece.

Algunos luchadores del bando rudo llevan el nombre de algún monstruo o demonio, además de que en sus máscaras el color rojo, los cuernos y las caras diabólicas son muy comunes, haciendo alusión al mal.

 

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