La otra Noche de Iguala

 

* Según la PGR, 43 normalistas de Ayotzinapa fueron cremados en el basurero de Cocula el 26 y 27 de septiembre del 2014. Sin embargo hay otras versiones que por lo menos narran otro tipo de ejecuciones esa noche, y que se conocen apenas un poco.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 8 de julio del 2016. Martín Alejandro Macedo Barrera, un sicario de los Guerrero Unidos, cuenta que el 26 de septiembre de septiembre del 2016 él, junto con otros, enfrentó a los normalistas de Ayotzinapa en Iguala porque sus jefes les habían dicho que entre ellos iban infiltrados del cártel morelenses de Los Rojos, encabezado por Santiago Mazari, Carrete, y que buscaba matar a los hermanos Benítez Palacios, controladores del narcomenudeo en la región.

Desde su declaración ministerial 2, enfrentar para Macedo Barrera significó acribillar a los normalistas. Y según él, fueron ellos quienes abrieron fuego primero contra los estudiantes, a quienes habían detectado cuando arribaron a la terminal de autobuses de Iguala, gracias a la red de halconeo dispersada por toda la ciudad.

-Eran muy violentos -dice Macedo Barrera refiriéndose a los jóvenes de Ayotzinapa- iban aventando piedras muy grande y además traían armas cortas tipo nueve milímetros y treinta y ocho, nuestra función consistía en vigilar que no hicieran relajo, para esto íbamos a bordo de la camioneta Ram 250, color blanco, en la camioneta íbamos cuatro personas La Mole, El Tinher, El Amarguras y yo, los cuales seguíamos de cerca los dos camiones que se dirigían al centro. Al llegar a la plaza donde estaba un evento ya que tocaba creo que La Luz Roja de San Marcos, comenzamos a escuchar que les aventaban a la gente que estaba en esa explanada piedras y hacían disparos, logrando herir a varias personas, por lo que recibí la instrucción de dispararles, por parte de Choky, los disparos que les realizamos fue en el centro de iguala, por lo cual yo traía una pistola tres ochenta, el mole una nueve milímetros, El Tinher traía una treinta y ocho especial, el amarguras una pistola calibre nueve milímetros.

Macedo era un sicario bajo las órdenes de El Choky –así lo escriben en su declaración ministerial- Eduardo Joaquín Jaimes, principal ejecutor de El Tilo, Víctor Hugo Benítez Palacios. Jaimes, escurridizo, no ha sido capturado pero todos los conocen en Iguala primero porque es uno de los más sanguinarios y después porque carteles con su rostro aparecieron la madrugada del 29 de diciembre del 2015 en las calles de la ciudad, pegados a postes y bardas, mostrando a todo color el humo del que parece estar hecho. En realidad ese volante denunciaba a El Tilo como responsable de asesinatos que llegaban hasta la no tan lejana Taxco. El Choky es un veterano en eso de ejecutar y su historia es tan larga como su lista de muertos. Fue él quien encabezó un comando que entró a la Tierra Caliente guerrerense para acabar con los comandos de la Familia Michoacana en una venganza fraguada por los hermanos Pineda Villa –la familia de María de los Ángeles Pineda, esposa del ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca- cuando asesinaron a un hermano. Reportes de la PGR también indican que El Choky había sido detenido antes por el ejército, pero nadie supo qué pasó después, porque apareció libre, caminando como si nada en su ciudad.

Ese mismo cartelito, adherido con simple diúrex a los postes del alumbrado público en las calles de Aldama, Bandera Nacional y Galeana, decía que el ex director de Seguridad Pública Municipal de Taxco, Erubiel Salado Chávez, era uno de los responsables de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa. Salado -dice el narcoboletín, porque está redactado como una nota informativa fechada el 21 de diciembre del 2015- recibe protección de una docena de policías preventivos y del actual alcalde Omar Jalil. Y remata con algo que, casi siempre que se lee, resulta verdad cuando se investiga y que dice que “la esposa de Víctor Hugo Benítez tiene un tío que es un alto mando del Ejército mexicano, pero que ya están investigando […]”. 3

El Choky era un matón pero también un busca-talentos de excelencia e identificaba a quienes podían ayudarlo como halcones primero y después como matones a sueldo. Tenía su Mustang gris sin placas y le gustaba demasiado su 9 milímetros. Al sicario Macedo Barrera lo convenció en una fiesta, cuando ambos coincidieron en una discoteca, La Iguana Loca, y uno le confesó al otro sus penurias económicas. Tampoco le costó trabajo explicar que la ruta de vigilancia que le tocaría al novato sería de El Tomatal, donde hay un retén militar, hasta el centro de la ciudad. Al otro día, luego, luego, le entregó un celular y el resto de las instrucciones. Todo se facilitaba porque el nuevo empleado de Guerreros Unidos tenía moto y haría si problemas los recorridos, buscando soldados y gobierno. El jefe inmediato de Macedo sería El Chino, un joven de 20 años que trabaja en Protección Civil de Iguala y encargado de reunir la información de todos los halcones, aunque también de pagarles porque, al fin y al cabo, halconear para dar madruguetes también era una chamba. Así, a Macedo le entregaron 7 mil pesos mensuales, una bicoca si se pregunta por el kilo de mariguana en la ciudad, que se vendía hasta en mil 800 pesos aquel año.

El paso del tiempo y las necesidades revelaron a Macedo la red de espionaje de Guerreros Unidos. Por ahí andaba El Gaby, un moreno 1.90 metros y de 25 años que se movía en motoneta pero también en una pulcra Tacoma y se armaba con una .45 y dos cuernos de chivo para lo que se ofreciera. También apareció La Vero, pequeñita de nariz respingada pero hábil con su Bewis negra, motoneta nueva de su propiedad. Conoció a El Chaky y su X-Trail arena y su pistola 9 milímetros casi al mismo tiempo que a El Mente, tan alto como El Gaby pero más joven porque apenas tenía 19 años. Macedo dice que los conoció en un almuerzo, pretexto ideal para hacer presentaciones. Había más pero quienes se cruzaron en este camino fueron El Bogar, quien vigilaba los rumbos de la colonia Guadalupe y Moreno, a quien le tocaba la ruta de la colonia El Capire. A El Cuate le asignaron la zona del Bar Jardín; a El Gordo la colonia Fermín; a El Gemelos el hotel Imperio y el aeropuerto; La Wendy andaba desde la terminal camionera al centro; La China en los rumbos de la avenida del Estudiante y Belem soplaba por la Central de Abastos. “Hay más, pero no los conozco”, dijo Macedo desmemoriado.

Otro halcón, Marco Antonio Ríos Berber, dijo en su declaración 4 que el 26 de septiembre edel 2014 a él lo había mandado El Chino a vigilar al centro de Iguala y afirma que los estudiantes estaban armados.

– Vete a halconear al centro para ver qué hacen los ayotzinapos. Ponte verga porque de los que vienen en los autobuses vienen de los contras, los Rojos, a pelear la plaza. Son pelones –le diría El Chino a Ríos, quien describe que El Gil es uno de los jefes de Los Guerreros Unidos, que vive en Pueblo Viejo y que es gallero.

– En su casa –dice- hay caballerizas y organizaba palenques cada ocho o quince días y era él quien se quedaba con todo el dinero que recaudaban los narcotraficantes de sus actividades diarias.

Todavía Ríos Berber dijo más: “Otra persona que podría decir en dónde están los estudiantes es EL COMANDANTE VALLADARES y uno que es el segundo de VALLADARES y que conozco como CARRETO, y esto lo sé y me consta porque en una ocasión agarraron a tres de los contras, los agarro EL CHOKY, y se los traspasa a la gente de EL GIL quien también pertenece a los GUERREROS UNIDOS porque ellos también están con los sicarios en Cocula, en la colonia Pueblo Viejo, y en Iguala”. Esta declaración, tomada en los interrogatorios de la PGR también recoge que los policías de Iguala José Ulises Bernabé García, Baltazar Martínez Casarrubias, Esteban Ocampo Landa, Christian Rafael Guerrero Saucedo, Emilio Torres Quezada, Juan Carlos Delgado González, Horacio Hernández García, el comandante Francisco Salgado Valladares y Hugo Salgado Wences trabajan para Los Guerreros Unidos. Lo mismo dice de dos elementos de Protección Civil, Abiel Acatitlán Peralta y Juan Carlos Beltrán Cruz.

El grupo encargado de parar a los estudiantes era el de El Choky, quien por otra parte cometió errores garrafales cuando, dicen ellos, confundieron a los futbolistas de Los Avispones con los normalistas y los acribillaron. En todo caso, esas versiones han sido desestimadas por los propios afectados, quienes denunciaron en el 2016 que un retén policiaco los obligó a detenerse en el Puente del Chipote, frente al Palacio de Justicia, y sólo ellos no pudieron avanzar, sin razón alguna. Luego, liberados, pocos kilómetros adelante fueron ametrallados y los soldados del 27 Batallón de Infantería, avisados por algunos de los familiares que acompañaban a los jóvenes futbolistas en autos particulares, fueron incapaces de reaccionar a tiempo.

El Choky, quien gasta un cuerno de chivo, “alcanzó a chingar a varios ayozinapos, ya que se estaban poniendo muy locos, una vez que se comienzan a bajar los estudiantes comienzan a correr y logramos asegurar a diecisiete, los cuales subimos a nuestras camionetas y los llevamos a la casa de seguridad de la loma donde, los matamos inmediatamente ya que no se querian someter y como eran más que nosotros choky dio la instrucción que les diéramos piso, cuando detuvimos a los ayozimapos no logramos asegurar ninguna arma pero yo claramente vi como iban armados como ocho en total. yo vi cuatro en los camiones que seguíamos y mis compañeros dijeron que igual número iban en los otros camiones. a algunos los mataron con tiro de gracia en la cabeza y a otros a golpes ya que se pusieron muy violentos cuando estaban secuestrados y para que no estuvieran chingando se decidió matarlos. creo que utilizaron la excavadora para enterrarlos en el mismo rancho que tenemos a siete de estos muchachos los quemamos por instrucción del choky, quiero señalar que una vez que se me pusieron a la vista unas fotografías de las personas que se dicen desaparecidas no reconozco a ninguno ya que inmediatamente que los subimos a las camionetas la instrucción fue cubrirlos para que nadie los viera, yo participe matando a dos de los ayozinapos, dándoles un balazo en la cabeza, y no son de los que quemamos, están enteritos la forma de matarlos fue ancados y les disparamos por un lado de la cabeza”, dice Macedo Barrera.

Esta versión coincide con la que dio el sicario Marco Antonio Ríos Berber en algunos puntos y si ha sido investigada no se sabe cuáles han sido los resultados en esa línea. Que la Procuraduría se decidiera por la macabra cremación de Cocula no tiene explicación sensata cuando se sabe que llegaron allá porque alguien, desde un teléfono sin identificar, les dio un soplo. Al otro día los investigadores revisaron ese basurero y confirmaron sus versiones. Macedo y Ríos Berber han dicho que para ellos hay 17 estudiantes muertos. Del resto dicen no saber, aunque en Iguala otras versiones cuentan el destino de los 26 que faltan pero apenas como susurros, como si alguien estuviera escuchando y cobrara venganza en quienes revelan.

Sin embargo, también Macedo hace dudar cuando dice que su jefe inmediato, El Chino, lo ha mandado a halconear la llegada de los normalistas. Y es que afirma que iban en un camión y una Urvan y que se bajaron en la esquina de Guerrero y Bandera Nacional, justo en el centro de Iguala pero en una ruta que por todas las investigaciones ha sido descalificada. Dice que los estudiantes llegaron encapuchados y se bajaron de sus transportes, que eran como 50 y que se dirigieron a la celebración de la esposa de José Luis Abarca, que dispararon sus armas y que Macedo lo sabe porque se encontraba parado afuera de la iglesia de San Francisco.

“[…] y la gente empezó a correr para refugiarse por todos lados y los ayotzinapos empezaron a robar carros para escaparse se los quitaban a la gente entre los que recuerdo fue una CRV negra y varios taxis, otros corrieron para el autobús, otros para el mercado y otros para la estrella de oro, cuando sucedió esto el CHINO ordeno que los siguiera y viera para donde jalaban y los perseguí hasta “hielos Laurita” en donde fueron alcanzados por las camionetas de la policía municipal, siendo las unidades que recuerdo haber visto la 582, 38, 03, 05, 220, 020 Y la 010, en donde iban como cinco policías por camioneta quienes les indicaron que se detuvieran, ya que les cerraban el paso, los ayotzinapos iban en una urban blanca y dos taxis y como no se detuvieron los policías hicieron disparos al aire, logrando detenerlos y a unos los bajaron de los vehículos y otros ya estaban abajo y los detuvieron a todos siendo aproximadamente como veinte ayotzinapos, y los subieron a todas las camionetas patrullas, y se los llevaron a la comandancia y supe esto porque CHINO nos mando un mensaje que los ayotzinapos estaban encerrados en la comandancia […]”.

¿Quién dice la verdad o por qué todos mienten? A Macedo le avisaron que El Choky había atrapado a tres normalistas y los había llevado a una casa en la colonia Guadalupe. Era la medianoche y los tres supuestos cautivos estaban a bordo del Mustang gris del sicario, quien se hacía acompañar de El Gaby -en su Tacoma blanca llevaba a otros 10 muchachos sometidos-, La Vero y El Mente, quienes en cónclave decidieron jalarle para el cerro.

A Macedo lo mandaron a comprar diésel, que adquirió en una gasolinera de la calle Zaragoza y alcanzó a sus amigos 20 minutos después en un cerro de la colonia Pueblo Viejo, pero cuando llegó ya los tres prisioneros de El Choky habían sido asesinados y con un disparo en la cabeza éste había ultimado a uno y El Gaby a otros dos “por andar de revoltosos”. El Choky ordenó a El Chaky cavar fosas para los muertos y El Gaby les prendió fuego hasta que los cuerpos se calcinaron. Pero todavía faltaban los otros diez que iban en la Tacoma blanca. A ellos también les dispararon y Macedo dice, muy seguro, que él mismo mató a dos, El Gaby a otro par, La Vero a uno y El Choky a otro.

– Dejamos vivos a cuatro- relata Macedo, quien dice que arrojaron los cuerpos a las fosas y El Gaby los calcinó para después tapar el hoyo con tierra y ramas. Los cuatro estudiantes sobrevivientes fueron golpeados hasta la inconciencia y amarrados a un árbol y allí los abandonaron, a las tres de la mañana del 27 de septiembre del 2014.

A Macedo le tocó descansar ese sábado y eso fue lo que hizo, desconectándose de todo. Luego, el 30 de septiembre una llamada de El Choky le informó que a los cuatro normalistas sobrevivientes ya les habían dado piso “porque todo se estaba calentando”.

 

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1 Este trabajo fue posible gracias a la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan por igual los créditos de la autoría.

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2 Declaración ministerial de Martín Alejandro Macedo Barrera integrada en el Acuerdo de Retención del 15 de octubre del 2014, dictado en contra Édgar Vieyra Pereyda, alias El Taxco, Alejandro Mota Román, alias Mota, Santiago Socorro Mazón Cedilla, Héctor Aguilar Ávalos, alias El Chambo, Verónica Bahena Cruz, Alejandro Lara García, alias El Cone; Édgar Magdaleno Navarro Cruz, alias Patachín, Leodan Fuentes Pineda, alias El Mataviejitas, Enrique Pérez Carreto y Óscar Augusto Pérez Carreto.

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3 “Colocan narcovolantes en Iguala; acusan a ‘Los Peques’ de la violencia”, por Alejandro Ortiz en el portal web Bajo Palabra, Iguala, Guerrero, 29 de diciembre del 2016. http://bajopalabra.com.mx/colocan-narcovolantes-en-iguala-acusan-a-los-peques-de-la-violencia/

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4 Marco Antonio Ríos Berber. Declaración ministerial de Marco Antonio Ríos Berber, el 16 de octubre del 2014 ante la Unidad Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada de la PGR en el expediente A.P. PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

Cerco de sicarios

 

* La Procuraduría de Guerrero supo por sus propias indagatorias qué había pasado la Noche de Iguala, el 26 y 27 de septiembre del 2014, casi de inmediato. La PGR, que atrajo el caso días después, empantanó con sus hipótesis un camino que ya estaba avanzado y que incluso reconocía la existencia de un quinto camión horas después de los sucesos.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 22 de julio del 2016. La PGR registró un Acuerdo de Recepción de Copias Certificadas de Auto de Formal Prisión, el 17 de octubre del 2014, en la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro, desde la causa penaI 172/2014. Ese Acuerdo constataba la recepción de 193 fojas útiles como copias certificadas, que contenían los autos de formal prisión en contra de 22 policías municipales de Iguala, 19 de los cuales habían sido reconocidos por algunos normalistas de Ayotzinapa que sobrevivieron a la noche del 26 de septiembre del 2014. Los policías habían dado positivo en pruebas de rodizonato de sodio, que identifica a quien dispara un arma de fuego. El envío de esas 193 fojas fue suscrito por “el licenciado Mario Maravilla Peña, Primer Secretario de Acuerdos del Juzgado primero de Primera Instancia en materia Penal del Distrito Judicial de Tabares, la que contiene Auto de Formal Prisión, dentro de la causa penal 172/2014”.

Según ese documento, Salvador Herrera Román, Alejandro Andrade de la Cruz, Hugo Salgado Wences, Hugo Hernández Arias, Zulai Marino Rodríguez, Mario Cervantes Contreras, Baltazar Martínez Casarrubias, Nicolás Delgado Arellano, Abraham Julián Acevedo Popoca, Juan Luis Hidalgo Pérez, Iván Armando Hurtado Hernández, Fernando Delgado Sánchez, Rubén Alday Marín, Arturo Calvario Villalba, Raúl Cisneros García, Marco Antonio Ramírez Urban, Oswaldo Arturo Vázquez Castillo, José Vicencio Flores, Emilio Torres Quezada, Fausto Bruno Heredia, Miguel Ángel Hernández Morales y Margarita Contreras Castillo recibieron auto de formal prisión el 7 de octubre del 2014, por el homicidio calificado de los normalistas Daniel Solís Gallardo y Jhosiván Guerrero de la Cruz.

En las primeras horas, después de esos asesinatos, se había confundido la identidad de uno de los normalistas, a quien en vías de reconocerlo posteriormente, la entonces Procuraduría estatal de Guerrero había señalado como Jhosiván Guerrero de la Cruz. Fueron los familiares del joven muerto quienes señalarían el error y dirían que en realidad Jhosiván era Julio César Ramírez Nava.

Los dos normalistas fueron abatidos en la esquina de Periférico Norte y la calle Juan N. Álvarez, la noche del 26 de septiembre del 2014, pero a la PGR se le pasó la identidad de Ramírez Nava. “Así lo resolvió y firma el suscrito Licenciado Javier Villalobo Ramos, agente del Ministerio Público de la Federación adscrito a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada, quien actúa en forma legal con dos testigos de ley con quienes firma y da fe”, dice el papel donde dictan auto de formal prisión por el asesinato de un muchacho a quien en realidad la policía y los medios de comunicación mataron dos veces.

Los restos del normalista de Ayotzianpa, Jhosiván Guerrero de la Cruz, fueron identificados hasta el 17 de septiembre del 2015 por la Universidad de Innsbruk en Austria y la PGR corregiría ese error de identidad el 5 de octubre del 2014. Así, entre malentendidos de “buena fe”, la PGR transitó los oscuros caminos de Iguala, haciendo caso a llamadas anónimas y delaciones sin rostro que, sin embargo, nunca fueron tan exageradas como los incendios de Cocula. Mientras, en el sur del Estado de México pobladores de Luvianos, sobre todo, reportaban inusuales movilizaciones de grupos armados pertenecientes a cárteles de La Familia Michoacana y de Los Guerreros Unidos, que iban en caravana custodiando personas sometidas. Pocos se atrevieron a mirar de cerca a esas personas y quienes vieron no tendrán, al menos por ahora, más allá de su palabra, la forma de demostrar quiénes eran esos prisioneros.

El normalista Daniel Solís Gallardo era de Zihuatanejo y tenía 18 años. Le decían El Chino y era soltero. A Julio César Ramírez la PGR lo describe como delgado, de tez morena clara, cabello negro corto, frente mediana, cejas pobladas, ojos cafés claros, nariz medina recta, boca mediana, labios medianos, mentón cuadrado, sin bigote. Cuando el agente del ministerio público de Iguala llegó a la esquina de la Juan N. Álvarez y Periférico Norte, se encontró con que ya estaban allí los soldados del 27 Batallón de Infantería, además de policías estatales, resguardando el lugar.

Para ese momento –la mañana del 27 de septiembre- la circulación ya se había normalizado pero a los cadáveres los rodeaban autos siniestrados y que allí quedaron, reventados por las balas de los municipales de Iguala y Cocula. Estaba una Nissan Urvan blanca, con franjas amarillas y naranja y con placas HBF83-14 de Guerrero. También se encontraban un Chevy color arena, placas MBC-9797 del Estado de México y una moto azul tipo Scooter, de la marca Yamaha, con placas F408W. A esos autos la PGR los catalogó como indicios Uno, Dos y Tres. El Cuarto, sin embargo, era un normalista “[…] en posición de cúbito ventral con su extremidad cefálica dirigida al lado oriente, sus extremidades superiores ambas flexionadas y dirigidas hacia la cabeza, las extremidades inferiores en extensión y separadas ligeramente y hacia el lado poniente, dándose fe que dicho cadáver viste una playera de color rojo, pants color azul marino con franjas laterales en blanco y rojo, y calza huaraches de correa de color café, con orientación oeste […]”.

Tanta descripción apenas alcanzó a los peritos para ubicar en un espacio físico a quien en un principio llamaron “cadáver desconocido” y junto al cual ubicaron dos casquillos percutidos calibre .223 de la marca Águila, dorados como el oro. Casquillos, había más, y por lo menos 20 se encontraron posteriormente, demasiado pocos porque ya bomberos, policías municipales, empleados de Protección Civil y sicarios habían barrido la calle Juan N. Álvarez y la esquina de Periférico Norte, según vecinos del lugar, quienes los vieron y oyeron usar chorros de agua para, piedra por piedra, limpiar sangre y restos.

Luego, ya sobre la plancha metálica de la morgue del Servicio Médico Forense, las autoridades dijeron que ese cadáver era de tez morena, cabello negro corto, ojos café claro, entre 18 y 23 años y que tenía una “[…] herida abrasiva localizada en ángulo externo del mismo lado de 1.3 por 0.3 centímetros; entrada en hemicara derecha de 0.8 a 6 centímetros de la línea media anterior […] de las cuales se dan fe”.

En la calle y casi enseguida estaba el otro cadáver, al que marcaron como Indicio 6, que llevaba una sudadera verde, playera gris, pantalón azul y zapatos negros. Las lesiones que le causaron la muerte fueron producidas por bala, un disparo a nivel de la barbilla y otra en el tórax.

El primer cuerpo era el de Julio César Ramírez Nava y el segundo el de Daniel Solís Gallardo. Los dos eran amigos en la escuela de Ayotzinapa de Julio César Mondragón Fontes, asesinado también en Iguala, en el Camino del Andariego, en la zona industrial de aquella ciudad. Los dictámenes de necropsia de los tres fueron realizados por el médico forense perito Julio César Valladares. De Daniel Solís concluyó que murió por la herida de bala en el tórax; de Ramírez Nava dijo que su muerte se debió a un disparo que recibió en la cara y de Julio César Mondragón Fontes que la fauna local le había comido el rostro, aunque señaló que había muerto por traumatismo craneoencefálico.

Luego, los padres de Julio César Ramírez Nava precisarían sobre su hijo, al tenerlo muerto frente a ellos, como describe fríamente el reporte de la PGR: que era el tercero, que tenía 23 años, soltero y estudiaba en la Raúl Isidro Burgos. Que el 26 de septiembre había hablado con su madre, Bertha Nava, para decirle que estaba en Iguala apoyando a sus compañeros agredidos por policías y que había un muerto, pero que él estaba bien. Esa comunicación se cortó y no fue sino hasta la mañana del 29 de septiembre que la madre pudo enviar un mensaje al celular del joven y marcó dos veces, ya sin respuestas. Fue el Comité de Alumnos de Ayotzinapa el que informó a esos padres sobre un muerto y la desaparición, hasta el 30 de septiembre, de 57 alumnos.

En la morgue los esposos reconocieron a Julio César Ramírez porque tenía una cicatriz en forma de espiral en la espalda, otra en la pierna izquierda y dos en la nariz. Pero no había necesidad de marcas para saber que era su hijo, a pesar de la lesión terrible y lo amoratado que tenía el rostro.

La Fiscalía de Guerrero recabó casi de inmediato la declaración de algunos estudiantes, que narraron atropelladamente algunos hechos, como el normalista Yonifer Pedro Barrera Cardoso 2, que armó su relato desde la desgracia de haber dejado tirados a sus compañeros y no saber de más de la mitad de quienes iban con él. Escondido junto con otros en las calles o en las casas de vecinos que les dieron refugio algunas horas, los supervivientes tenían sólo jirones, restos de lo sucedido y entre todos configuraron parte de aquella noche.

Yonifer Pedro Barrera declaró el 27 de septiembre que 120 alumnos salieron de Ayotzinapa en dos camiones Estrella de Oro que tenían los normalistas en la escuela, junto con dos choferes que voluntariamente los ayudaban, rumbo a Iguala. Iban chicos de primero, segundo, tercero y cuarto grados. Dice que llegaron a las nueve de la noche  la terminal y que allí pidieron a dos choferes que llevaran otros tantos camiones a la normal, porque previamente se habían puesto de acuerdo con ellos, aclara otro estudiante, Alejandro Torres. Este chico, junto con su compañero Miguel Ángel Espino, fue uno de los primeros en afirmar que en las rutas mortales que siguieron los de Ayotzinapa había cinco camiones, meses antes de que periodistas y la PGR dieran con él y le atribuyeran importancia. Espino se salvó porque sufriría un colapso que lo sacaría del cerco de sicarios cuando una ambulancia lo condujo al hospital para que recibiera atención.

A los choferes los convencieron para ir a la normal a dejar los camiones y hacer otro viaje más, que llevaría a algunos estudiantes a un lugar de la Costa Chica, el 30 de septiembre, en una gira de prácticas. Sin precisar cuáles, dice que los camiones se metieron por la calle Juan N. Álvarez y que otros tomaron rumbo a Chilpancingo.

Entonces todo empezó a la altura del Zócalo igualteco.

Los que se metieron al centro de Iguala vieron, pocos minutos después, que la policía municipal les cerraba el paso con las patrullas 17, 18, 20 y 27. Otros estudiantes han señalado a las patrullas 3, 6, 8, 11, 16, 028 y 302, donde al final subirían a algunos normalistas.

En el camión que le tocó, Yonifer Pedro Barrera iba sentado en la parte trasera y desde allí pudo ver a 25 de sus compañeros que bajaron para hablar con los aproximadamente 30 policías, pero que nada más pisar la calle, fueron recibidos a balazos. El chofer de esa unidad arrancó y algunos de los estudiantes tuvieron que seguir a pie. Estaban en el centro de la ciudad y la columna de tres camiones avanzaba rumbo a Periférico Norte. Los chicos a pie no lograron subir nuevamente y se dispersaron en las calles siguientes. Por unos minutos, muy pocos, pareció que los policías se quedaban atrás pero de pronto, a la altura de una mini-bodega de Aurrerá, a metros de conseguir salir a ese Periférico, una patrulla volvió a salirle al paso a esa vanguardia estudiantil, cerrando el camino. Más normalistas bajaron y a pedradas ahuyentaron a los policías. Los alumnos quisieron mover la patrulla con puro esfuerzo físico y en esas estaban cuando aparecieron cinco o seis patrullas más, ha dicho Yonifer, quien a 150 metros de los uniformados ha constatados las ráfagas de metralla que los policías les dirigieron.

Se cubrieron pero el normalista Brayan Baltazar ha visto cómo a su compañero, a quien le apodan La Garra, le brota sangre de la cabeza y ha caído al piso para no moverse más.

A los chicos los camiones apenas les sirvieron de refugio. Salieron con las manos en alto “para que vieran que no teníamos nada, pero los policías siguieron disparando y vi que uno de mis compañeros estaba tirado adelante del autobús, ya herido por los disparos que habían hecho los policías, a quien pude reconocer que sólo recuerdo con el apodo del güero”, dijo por su lado Yonifer.

De primer año, El Güero estaba vivo y los normalistas gritaron a los policías para que pidieran una ambulancia. Un intento de uno de los estudiantes por acercarse al herido terminó en otra lluvia de balas. El herido debió esperar para que, de nueva cuenta, otros cuatro estudiantes intentaran ir por él. Con las manos arriba para que los policías no los atacaran, llegaron a él y lo rodearon para cubrirlo antes de que los municipales les advirtieran que se tiraran al suelo porque iban a disparar. Nada más decirlo, otra andanada hizo retroceder a los jóvenes, que regresaron a la parte trasera del camión para darse cuenta de que cada minuto que pasaba llegaban más municipales.

Para ese momento había otro estudiante herido, con un rozón a la altura del pecho.

Veinte minutos más tarde, según los cálculos de los agazapados, llegaba la ambulancia. Los chicos la escucharon desde lejos y cuando llegó grabaron la escena con sus celulares. Algunos pudieron hacerlo porque sus pilas aún tenían energía. Cómo es este país que los policías que tiroteaban a los estudiantes, quien sabe por qué, permitieron que El Güero fuera trasladado. El normalista salió del cerco porque su herida se convirtió en salvoconducto pero otros no corrieron con la misma suerte. Otro estudiante enfermo de los pulmones agravó su condición hasta un punto crítico y la petición de sus compañeros por una ambulancia sólo halló burlas de los policías. Pero al final las súplicas surtieron efecto y el enfermo fue trasladado en una patrulla.

Cómo es este país que media hora después los policías se retiraron y los normalistas salieron de su refugio. Los policías se habían ido levantando la mayoría de los casquillos percutidos. Los alumnos filmaron la sangre de los heridos, contaron los casquillos, señalándolos con piedras y vieron que el tercer camión era el que presentaba los mayores daños: sangre en la palanca de velocidades y el pasillo, vidrios destrozados y abajo, en la calle, una pared enrojecida.

Después llegó la prensa. Llegaron alumnos de apoyo desde Ayotzinapa y otras personas que, enteradas de la persecución, querían ayudar. Luis Pérez fue uno de los normalistas que se había desplazado desde Ayotzinapa tras los mensajes de ayuda de quienes ya estaban en Iguala y solicitaban apoyo. Él y otros 13 llegaron en una Urvan y en eso estaban. Los recién llegados preguntaban qué había pasado y trataban de obtener un relato más o menos claro de los sucesos.

En eso estaban.

Unos daban entrevistas y otros se consolaban buscando alguna explicación, esperando que personal de la Procuraduría llegara para recabar evidencias e iniciar diligencias. En eso, desde Periférico Norte, una nueva metralla se abatió sobre ellos. Una camioneta Lobo blanca con un hombre atrás y después un auto Ikon negro que primero disparó desde una cámara fotográfica y después, como si hubiera sido una señal, alguien abrió fuego.

El normalista Yonifer ha vuelto a su refugio entre los camiones pero ha visto cómo uno de sus compañeros ha recibido un balazo en la boca. Yonifer fue uno de los 25 que corrieron rumbo al Sanatorio Cristina llevando al nuevo herido y que terminaron refugiándose en ese hospital, después de que les fuera negada todo tipo de ayuda. Cerca de diez minutos estuvieron esperando que algún taxi llevara al herido a otro lado pero si alguno pasó no se detuvo. Mejor llegaron los soldados, ordenando a los jóvenes juntarse todos en la planta baja para cachearlos. Los militares no encontraron armas pero no permitieron a los jóvenes quedarse ahí. Yonifer dice que los soldados llamaron una ambulancia, la cual nunca llegó, y que mejor ellos, ya en la calle, pudieron localizar a 14 de sus compañeros, refugiados entre los autos estacionados y que recibieron ayuda de un vecino luego de brincar una barda y agazaparse en un terreno baldío. Estuvieron allí hasta las cinco de la mañana, cuando los encontró la policía estatal. Yonifer dice haber visto a tres normalistas muertos en la equina de Periférico Norte y Juan N. Álvarez.

Pero faltaban otros dos camiones, que habían seguido una ruta más directa rumbo a Tixtla, tomando desde la Central camionera un camino que los sacaría a la autopista Iguala-Chilpancingo. En uno de esos dos camiones iba El Pato, un normalista a cuyo celular entró una llamada de auxilio. Eran sus compañeros, los que se habían ido por el centro de Iguala, que informaban sobre los ataques y que ya había un muerto. Miedo y coraje se apoderaron de los estudiantes, quienes decidieron seguir un tramo más, pero justo enfrente del Palacio de Justica, pasando un puente, fue “cuando observamos que una camioneta de la policía municipal se encontraba atravesada, por lo que el chofer se detuvo totalmente y […] descendió de la unidad, y empezó a platicar con los policías municipales, enseguida los compañeros y yo decidimos bajarnos voluntariamente del autobús, ya abajo nos empezaron a insultar, diciéndonos “hijos de su pinche madre se van a morir como perros”, recordó el estudiante Alejandro Torres, quien junto con otros 14 muchachos iba en una unidad.

Los normalistas, a seis metros de los policías, buscaron piedras para defenderse pero éstos les aventaron la luz de sus lámparas y les apuntaron con sus armas a los pechos. La discusión subió de tono y los normalistas decidieron retroceder y corrieron 500 metros. Para ese momento la circulación ya se había normalizado y eso dio oportunidad para el escape. Se metieron al monte y poco después hallaron una casa abandonada, donde se refugiaron por unos 40 minutos, hasta que decidieron dirigirse a la caseta de cobro cercana. Esos 14 chicos fueron testigos directos de lo que les pasó a quienes no pudieron huir porque, dice el normalista Alejandro Torres, al pasar de nuevo cerca del Palacio de Justicia y los camiones detenidos por la policía, vieron desde su angustia hasta trece patrullas rodeando esos autobuses. Miraron impávidos hasta que fueron descubiertos y tres unidades, prendiendo las torretas, volvieron a perseguirlos. Metidos otra vez al monte, los jóvenes pudieron perder a sus perseguidores por media hora más, hasta que la inercia los llevó de nuevo a la carretera. Decidieron no abordar su autobús, ahora abandonado, por temor a que hubiera policías adentro. Entonces se encaminaron a la ciudad pero antes de llegar vieron que venían de frente dos patrullas municipales, una de las cuales, la número 2, era conducida por una mujer que, nada más verlos, se las arrojó encima. Los estudiantes saltaron y salieron indemnes de aquella intentona. Las patrullas se volvieron y una nueva persecución se inició, aunque esta vez sería sólo por 400 metros porque los alumnos decidieron detenerse y enfrentarlos. La respuesta de los uniformados fue una lluvia de balas, después de insultarlos. Otra vez el monte, otra vez la oscuridad para salvar la vida hasta que el sol del 27 de septiembre alumbró las veredas y los normalistas pudieron recibir ayuda de la policía estatal.

 

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1 Este trabajo se hizo con la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana, quienes, por igual, el crédito de la realización.

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2 Este reportaje está descrito desde las declaraciones de los estudiantes de Ayotzinapa presentes la noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre del 2014, Yonifer Pedro Barrera, Cornelio Copeño Cerón, Luis Uriel Gómez Avelino, Alejandro Torres Pérez, Brayan Baltazar Medina, Luis Pérez Martínez y Miguel Ángel Espino Honorato, asentadas en el Expediente 112/2014-1, contenido en la averiguación previa AP.PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

 

Conexión Iguala: la dama de rojo

 

* Es el 2013 y en Toluca una reunión entre narcotraficantes termina con una petición: que se entregue la plaza de Iguala a La Familia Michoacana y diez millones de dólares. Quienes negocian son el hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, líder de la Familia Michoacana en el Estado de México y un matrimonio de apellidos Pineda Villa. Esta es la historia de El Borrado y El MP y de la cruenta guerra entre los cárteles de los Beltrán Leyva, primero y Los Guerreros Unidos después, contra los michoacanos asentados en la Tierra Caliente o el Triángulo de la Brecha que ha dejado una estela de muertos hasta la fecha, pero que es clave para conocer a una de las familias involucradas en el levantamiento de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el 26 de septiembre del 2016.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 10 de mayo del 2016. A los narcotraficantes les sientan bien Toluca y Metepec para discutir de negocios mientras comen o hacen que toman café en las plazas comerciales más brillantes, más pulidas, sentados ahí, reflejados aunque no quieran en el mundo aspiracional de los escaparates que incluso para los outsiders es luz que encandila.

Si pueden, se fuman un cigarro mientras celebran felicitando o reclaman propiedades, rutas perdidas, trasiegos y dinero que alguien prestó y nunca regresaron. Se amenazan en rincones del tamaño de su angustia y lo robado mientras los choferes, afuera, los esperan armados no sólo de paciencia: aunque son rivales platican entre ellos mientras las cosas las deciden las sopas y los postres.

Y Toluca y Metepec gustan tanto a los narcotraficantes que muchos terminan viviendo ahí o por lo menos compran propiedades y negocios que luego acaban abandonados o asegurados cuando alguien le mete plomo a las relaciones con funcionarios y protectores. A algunos los matan y a otros los encarcelan, así es la vida que viven y mueren, pero siempre hay otros que seguirán llegando a la capital del Estado de México y su vecina millonaria para establecerse y tratar de alejarse del peligro, de las ciudades masacradas casi siempre al sur y casi siempre al lado de alguna superextractora, un megaproyecto que arrasa pueblos porque debajo hay riquezas revueltas entre el polvo.

Como en Iguala, por ejemplo.

En Toluca el café es tan malo como en otros lugares pero a cambio ofrece algo incomparable, irrechazable y que ninguna urbe podría dar, ni siquiera la Ciudad de México y es que aquí, en la amorfa ciudad donde lo mismo tiene su oficina el ex gobernador Arturo Montiel Rojas que radica el histórico futbolista José Saturnino Cardozo, o se recuerda al fallecido pintor Luis Nishizawa -quien pasaba largas temporadas en su casa-estudio-museo en el centro de la ciudad- está el poder político del país encarnado en el Grupo Atlacomulco y sus satélites, que ha gobernado por ocho décadas a los mexiquenses y desarrollado un sistema de castas y compadrazgo que le ha permitido establecerse para siempre sobre una base de sufrimiento ajeno, dolor y muerte. Ese poder está hoy en Los Pinos, depositado en su representante más débil, Enrique Peña Nieto.

Toluca no tiene tacos de canasta como los que hay en Iguala, que allá cuestan 15 pesos y eran los favoritos de los hermanos Casarrubias, dueños casi absolutos del cártel del narcotráfico Los Guerreros Unidos. Algunos de ellos, atraídos por lo impenetrables que representan las ciudades del centro se quedaron aquí por el resto de sus vidas en libertad y, aunque se piense lo contrario, lo que más extrañaban era la comida. Era tanta esa nostalgia que ordenaban hasta Iguala para que alguno de sus empleados dejara lo que estaba haciendo y se desplazara a Toluca trayendo esos tacos del tamaño de sus antojos, porque ni siquiera les importaba que llegaran marchitos a la mesa. Así como ordenaban eso, enviaban más instrucciones que Iguala también seguía al pie de  la letra, incluso en la noche sicaria de militares y gendarmes del 26 de septiembre del 2014.

Los Casarrubias se equivocaron en casi todo pero en algo siempre tuvieron razón: esos tacos que pidieron siempre fueron mejores que los de Toluca, incluso los que vendían en la calle de Juan N. Álvarez.

 

II

Fue en la capital mexiquense donde Salomón Pineda Bermúdez conoció a El Capitán cuando el primero se ocupaba en vender una de sus propiedades, ubicada en la cercana Cuajimalpa, ya en la Ciudad de México. No resultó extraño que alguien los presentara porque al fin y al cabo andaban en el mismo negocio y si no congeniaron por lo menos coincidieron. Y por eso, Pineda Bermúdez se enteró que el mentado Capitán trabajaba para un hombre apodado El Pony.

Nadie sabe si Pineda le puso atención a El Capitán en aquel primer encuentro porque ya cargaba una pena, que al principio le resultó insoportable. Y es que él y su esposa, María Leonor Villa Ortuño, habían perdido un hijo, Guadalupe, secuestrado el primero de septiembre del 2001. Se dedicaba a la comercialización de fruta y andaba por Oaxaca en esas fechas cuando alguien lo levantó. Lo peor no fue que a la familia le pidieran siete millones de pesos como rescate ni que pagaran aquella cantidad, que pocos podrían reunir aunque lo exigiera una carrera por la vida de alguien. Lo que hundió a Salomón fue el asesinato de Guadalupe, cuyo cuerpo encontraron en Tierra Blanca, Veracruz, a pesar de todo lo que hicieron para evitarlo. 2

Ese homicidio hizo también que los hermanos de Guadalupe lo pensaran poco para acercarse, con la muerte en los ojos, a otros hermanos, Alfredo y Arturo Beltrán Leyva y pedirles ayuda. Ellos, que eran feroces y estaban asociados con Joaquín El Chapo Guzmán e Ismael El Mayo Zambada aunque luego se separaron porque todos fueron traidores, vieron el suicidio reflejado en el rostro de Mario El MP y Alberto El Borrado Pineda Villa y les dijeron que sí porque la venganza era posible. La revancha completa tardaría pero se cumpliría cuando otro asesinato, esta vez el de Pablo Ortuño Pineda, El Pototo, colmaría los vasos. Entonces los Pineda enviaron a un comando para quitar de la sangre de Lupe y Pablo ese olor a rastro e infiltraron a sus tiradores para cazar “contras” de La Familia Michoacana en Zirándaro, Guerrero. Pero tuvieron una baja sensible porque el 25 de abril del 2009 el ejército apresó al jefe de aquel grupo rabioso, a quien le decían El Chuky, un antiguo jefe de halcones o zafiros de los Beltrán que operaba en las plazas de aquella entidad.

Ese Chuky, el mismo Chuky sicario del 26 de septiembre del 2014.

A Marcos Arturo Beltrán Leyva sus cercanos le dijeron siempre La Sombra y otros El Barbas, aunque él prefirió para los periódicos apodos más tiranos, de esos que habitan el espanto como el de Jefe de Jefes o La Muerte. Un día se dio cuenta que los hermanos Pineda actuaban por su cuenta y planeaban y ejecutaban sin avisar, por lo que decidió poner un alto. Consumido por las fiebres y su propia adicción a la cocaína, ordenó la ejecución de Mario en presencia de Alberto, su hermano, quien lo defendió con todas sus fuerzas pero fue inútil porque, de paso, él mismo encararía su propia suerte. El brazo del Jefe de Jefes señaló el piso y para el 9 de septiembre “el cuerpo de Alberto fue prácticamente borrado, quemado en un Avenger en medio de los plantíos color naranja oscuro, de sorgo, en Amayuca. El cadáver del MP se encontró […] en Huitzilac, en la canaleta fría de la autopista (México-Cuernavaca). Era septiembre 12” 3 y todos se dieron cuenta que “Así terminan los traidores y los secuestradores, aquí está ‘EL MP’, así terminan todos igual que este marrano. Siguen Jonathan Sido Mendoza Vega, Chui Pineda Medina, Carlos Campos ‘Comando’. EL Jefe de Jefes. Arriba Sinaloa”, porque así lo dijo el epitafio en forma de cartulina que dejaron los asesinos de Mario Pineda.

Y entonces, sin tregua, siguieron los demás, los leales a los Pineda, que aparecieron ejecutados cuando barrios y calles los escupieron cadavéricos, carcajadas desolladas en las que faltaban los ojos, las bocas.

Esa purga acabó con los pistoleros de ambos bandos y precipitó el debilitamiento de la organización, aunque los Beltrán se mantuvieron en el control un tiempo más, antes de que Arturo Beltrán encontrara el final más cruento, el 16 de diciembre del 2009, en el apartamento 201 del Edificio Elbus, en Cuernavaca, Morelos, convertido en amasijo bajo las balas de la Marina, en realidad una lección para él y para quienes quisieran llamarse jefe de jefes nada más porque sí.

Pero antes. Tuvieron que pasar ocho años desde el 2001 para que la policía se diera cuenta que los hermanos Mario y Alberto eran diferentes, por lo menos a la hora de explicar trabajos y riquezas y por eso apresaron a sus padres, el 6 de mayo del 2009, quienes estaban en una casa de seguridad en la colonia Reforma de Cuernavaca, Morelos, junto con otros doce operadores armados hasta los dientes, entre ellos su hijo, Salomón Pineda Villa, quien no se tentó el bolsillo para ofrecer a sus captores, los federales, un millón de dólares si lo dejaban ir. Quién sabe por qué no le hicieron caso y se los llevaron presos, culpables de narcotráfico, aunque eventualmente salieron por falta de pruebas. Había pasado casi una década desde la muerte horrenda de Guadalupe cuando Salomón Pineda Bermúdez estaba en Toluca y alguien le presentaba a El Capitán.

Ya para entonces Alberto y Mario estaban muertos y la recompensa por 15 millones de pesos que la PGR ofrecía por ellos fue cancelada. Pues ya para qué.

 

III

Todo se fue al diablo cuando nadie se dio cuenta en el Estado de México del feminicidio número 78 y los noticieros, el cuatro de mayo del 2016, no hablaron de eso porque había cosas más urgentes que decir. En su lugar esparcieron otro tipo de tristeza, más llevadera y entendible cuando dijeron que el equipo de futbol profesional de Toluca había sido eliminado de la Copa Libertadores por el Sao Paulo brasileño. Con ese fracaso quien también se fue al demonio fue el héroe delirante Saturnino Cardozo, despedido por él mismo en un acto que nada tuvo de heroico pero que desnudó, de mala forma, su extravío deportivo disfrazado de mala suerte. Y mientras eso pasaba también se aprobaba, aunque en la oscuridad del desinterés público, la llamada Ley Eruviel o Ley Atenco, que ponía término de una vez por todas a los derechos humanos en suelo mexiquense. Promotor de esa aberración, el gobernador priista Eruviel Ávila Villegas se desdijo cuando él solo protestó contra su propia iniciativa e hizo que los diputados locales a los que controla de cabo a rabo se inconformaran ante la Suprema Corte de Justicia, después de votarla a favor. El fondo de la Ley Eruviel favorece el saqueo de recursos naturales y de paso pone su cuota de sangre e incompetencia para legitimar el empoderamiento de las fuerzas armadas desde un Estado de Excepción. Esos mismos militares ahora opinan que la siembra de drogas y su consumo no tienen ninguna relación, y que serán cosas relativas a la salud pública. Lo mismo pasó en el 2005, cuando el entonces procurador de Justicia del Estado de México, Alfonso Navarrete Prida, opinaba que los asesinatos de mujeres eran eso, un problema de salud porque las agredidas llegaban primero a los hospitales, todavía vivas, y ahí los reportes médicos describían las lesiones pero no su origen. Para ese entonces el Edomex ya era primer lugar en homicidio de mujeres y Toluca superaba, curada en su salud de mentiras, el aullido espantoso que era Ciudad Juárez.

La Ley Atenco suprime el derecho de los ciudadanos para defender posesiones, ideas y protestas y declara que sólo la policía tiene la facultad de señalar qué o quiénes son criminales. Un Estado militarizado, no la Constitución, tendrá ese poder. Ya lo tiene, pero esta vez será legal, como dicen algunos artículos en la ficción hecha realidad de Eruviel. La pesadilla como lo cotidiano establece que los jefes policiacos decidirán qué está fuera de la ley (Artículo 16), y cuáles reuniones civiles tienen carácter de amenazantes (Artículo 15). Si las cosas fueran más allá, se autoriza el uso de armas (Artículo 19) que irán aumentando su letalidad hasta causar la muerte. En ese caso, sólo un afectado podrá denunciar si cometieron abusos. Pero con la víctima muerta, todo terminará con ella porque nadie más podrá levantar queja y no habrá proceso contra los cuerpos represores. Así será porque así lo quiso el 90 por ciento de los diputados mexiquenses que votaron a favor, legislando y corrigiendo apoyados por manuales militares que agitaban en tribuna cada vez que, juguetones y fulleros, comentaban las redacciones.

Ese poder de reprimir en manos de locos hizo gritar a algunos. “Genocidio”, dijeron las descripciones de la Teoría Crítica del siglo XX, porque “hoy día, ya debería ser claro, el estupor que provoca el fascismo no es su supuesta excepción sino, más bien, la manera en la que se normaliza y naturaliza bajo otras categorías en el presente”.4

En México, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) lo dijo de otra manera cuando investigó la acción del Estado contra movimientos estudiantiles, sociales y guerrilleros en los años 60: “se constata que el Estado mexicano, a los más altos niveles de mando, impidió, criminalizó y combatió a diversos sectores de la población que se organizaron para exigir mayor participación democrática en las decisiones que les afectaban, y de aquellos que quisieron poner coto al autoritarismo, al patrimonialismo, a las estructuras de mediación y a la opresión. El combate que el Estado emprendió en contra de estos grupos nacionales –que se organizaron en los movimientos estudiantiles, y en la insurgencia popular- se salió del marco legal e incurrió en crímenes de lesa humanidad que culminaron en masacres, desapariciones forzadas, tortura sistemática, crímenes de guerra y genocidio –al intentar destruir a este sector de la sociedad al que consideró ideológicamente como su enemigo-”.

Matanza como negocio, dice una descripción más descarnada que le acuñó un nombre a eso de ganar dinero y poder político a partir de la masacre y entonces el término de “necropolítica”, del camerunés Achille Mbembe, estudioso adelantado de Michael Focault, se fue quedando en las descripciones de la minería a cielo abierto, en los campos de cultivo arrasados por el oro y otros minerales de por lo menos Guerrero, Oaxaca y Chiapas, que de un día para otro no sirvieron para nada, ni siquiera para cultivar amapola.

Eso mismo es Lerma, donde el oro es líquido y está debajo de la carretera que el Grupo Higa del empresario Juan Armando Hinojosa construye con paciencia asesina en los bosques del pueblo de Xochicuautla llamándole progreso porque espera una ley que termine de privatizar el agua para apropiarse, también, de las fuentes que nacen en el volcán Xinantécatl.

Eso también es Toluca, una parte nada más, favorita de narcos y políticos para armar reuniones en lugares demasiado públicos, escondrijos eficaces para disimular aunque no sea necesario. Y es que tres de esas citas tuvieron lugar en mayo del 2013, la última el día 28 cuando El Capitán invitó a Salomón Pineda Bermúdez a Plaza Sendero y allí, sin preámbulos porque para qué perder tiempo, los guió –iba también Leonor, la esposa de Salomón- a un restorán donde los esperaban dos hombres. Uno, el de baja estatura, era hijo de Joaquín El Chapo Guzmán y eso lo dejó bien claro porque lo presumía como su cualidad más preciada. El otro era El Cremas, quien después haría carrera en el puerto de Acapulco.

Nadie sabe si al matrimonio lo amenazaron para quedarse pero al final se sentaron nada más para escuchar de El Pony -en realidad se llama José María Chávez Magaña- que estaba muy agradecido con el hijo de la pareja, Mario, El MP, porque por él también había podido conseguir venganza por un hermano muerto.

Pero necesitaba preguntarles unas cuantas cosas.

Que donde estaba el rancho que Mario había comprado o estaba haciendo.

Porque ahí –dijo El Pony sin medirse- porque ahí había enterrados tambos que contenían dinero, en una excavación destinada como piscina que Mario llenaría de agua para cubrir siete millones de dólares.

Y que dónde estaba el auto Chrysler 300, porque tenía joyas, oro y centenarios.

Y es que El Pony quería eso de regreso, aunque no les dijo por lo que verdaderamente iba y esa omisión, porque no eran el sitio ni la hora, abrió un silencio para respirar o dejar de hacerlo.

Esa pausa.

Ésa, que aprovecharon los esposos Pineda para decir que nada sabían, que por qué tendrían que saberlo.

Otra vez el paréntesis, el dilatado sentido del tiempo, esta vez acompañado por la espesura metálica de platos y cucharas, las risas de otras mesas y las confusas pantallas de plasma, el olor a todos los platillos que termina por sabotear el gusto propio. Y encima El Pony soltando a rajatabla que sabía de una casa en el Club de Golf San Carlos, requisada a los Pineda por la PGR y que allí estaba el Chrysler 300.

Todo era verdad. Ahí estaban casa y auto cayéndose a pedazos porque, mejor que otros, ni ese rancio fraccionamiento se salvaba de ser habitado por narcos y ladrones. Y de las joyas y centenarios mejor ni hablar. Los Pineda, de todas formas, se negaron a ir con El Pony a esa residencia y la reunión terminó entonces, tan triste como había comenzado.

Ahora todos se han ido, para pensar lo que ha pasado.

Y viene la parte difícil.

Servir el agua.

Abrir la puerta. Despedirse.

Mirar la foto, la rosa que vive y se pudre.

Este día huele a soldados y muertos por televisión.

La distante tragedia es un azul de cielo donde las nubes se ensanchan y desaparecen en la ventana de los niños. Allí se juega a la muerte con profundo desinterés y se mata sonriendo apelando a la resurrección inmediata, paz de plástico que pactan coléricos los muñecos.

En esta Delhi nueva de barro se agitan las cortinas que nunca termina de secar el sol.

Los muertos aguardan sentados en sus sillas y de sus ropas cuelgan notas de desahucio, facturas de lavanderías y tickets de compras en los supermercados.

El dialer sospecha que lo siguen y camina rumbo al parque con paso de arlequín.

Allí, sentado en una banca reparte dibujos de soles y detrás de él, en el profundo silencio del tráfico al mediodía alguien dispara, canta una canción.

A estas alturas no tiene caso no decir que Salomón Pineda Bermúdez, de 76 años, y María Leonor Villa Ortuño son los padres de María de los Ángeles Pineda Villa, esposa de José Luis Abarca, alcalde de Iguala en el 2014. Y El Pony el máximo líder de La Familia Michoacana en el Estado de México. A la sombra de éste espera turno Johnny Hurtado Olascoaga, El Señor Pez, quien más tarde y ya con su jefe preso y declarando, conducirá con mano firme, de empresario, a su Familia Michoacana hasta las entrañas de un lugar que, decían para ese entonces, era el secreto mejor guardado de la Tierra Caliente y que se llama La Suriana o quizás Campo Morado.

Y así.

 

IV

Es el sur. Es el clima del sur que no perdona, que hace al calor circular en la sangre de alguna manera venenosa y balbuceante, que reafirma o convierte y todo lo transforma. Hoy es el día siguiente, 29 de mayo del 2013, dijeron calendarios y el propio Salomón Pineda Bermúdez, quien esa fecha viajó de mañana hacia Cuernavaca, donde se sabía fuerte, más cerca del poder que quizás pudiera ayudarlos. Eso cree o eso quiere pero una llamada al celular lo saca del arrobo y ha transformado su rostro en algo que nadie reconoce. Y es que la voz de su esposa le dice –nunca se sabrá el tono de su angustia, aunque es mejor creer que era enojo- le dice que El Pony le ha marcado para exigirle cinco millones de pesos –otros dicen que eran dólares- porque esa es la cantidad que el finado Mario le ha quedado a deber a un hermano del Chapo.

Ya no hay pausas. Para qué si el aire de cualquier forma no alcanza. Es El Pony, no cualquiera, quien reclama y lo hace directamente, pues por qué andarse por las ramas. Pero ellos son los Pineda y han aprendido a pelear y aunque no lo parece están acostumbrados a la eventualidad de las tragedias. Leonor Villa ha dado un paso para tratar de arreglar sin sangre las cosas y le ha ofrecido a El Pony una propiedad –un terreno en Toluca, dirá ella después- para saldar esa deuda. No le dijeron que sí pero tampoco se negaron y por lo menos han hecho una cita para definir los términos. Esa debilidad por los espacios comerciales la pacta en un Bingo de Perisur, por la tarde. Leonor Villa Ortuño, de 62 años, acudirá puntual, acompañada de su chofer, Carlos Cerezo Salgado –quien también era su familiar- pero una cosa es ir y otra volver porque a Leonor Pineda y a su empleado los levantaron antes de que llegaran a donde iban.

 

V

Qué habrá en Iguala que la hace tan querida, tan serpiente. Qué será que desde antes, cuando se miraba desde lejos era negra y borrascosa y sin embargo definida en todo, descarnada sin razón para los extraños que pasaban frente a los dos destacamentos militares, el 27 y el 41 batallones de Infantería estacionados para siempre o por lo menos hasta que no haya nada que extraer. Qué será Iguala, embrutecida con sus tiendas de joyas que aparentan prosperidad y sus calles angostas, profundas como trampas que recorren de punta a punta sus entradas y salidas. Lo que uno recuerda de Iguala es a los soldados, abanderando revisiones y detenciones pero también el centro comercial Tamarindos, que para el 2013 ya era “un bonito lugar para hacer compras”.

Pero no lo es. No lo es.

También están los cerros, la bandera gigantesca y sobre todo el Cielo de Iguala, allá, donde van los condenados a muerte.

En esa Iguala abisal vivía María de los Ángeles Pineda Villa, cuya dirección tachonó inútilmente la PGR en sus expedientes porque toda la ciudad la señalaba. En el 2013 María de los Ángeles se enteró de inmediato del secuestro de su madre y por lo pronto decidió esperar y no hacer declaraciones públicas porque las exigencias de El Pony se habían revelado verdaderamente y dejaron de ser cualquier cosa para dar paso a una guerra declarada que ponía a Iguala en el centro de una disputa que no valía cinco millones de pesos sino que significaba el control de la plaza y la clientela de alto octanaje como las mineras cercanas. Eso, y diez millones de dólares como pago por la vida de Leonor Villa era lo que El Pony, en su faceta de negociante, había colocado sobre la mesa más peligrosa.

-Qué onda, cabrón –le dijo en el tono más fresa que encontró uno de los secuestradores de Leonor a Salomón Villa Bermúdez cuando lo llamó a su celular, el 5 de junio del 2013, para saludarlo y recordarle de pasada esos diez millones de dólares y, pues sí, la entrega de la plaza iguatleca.

Ella, la madre de La Dama de Iguala, 5 dijo a la Procuraduría del DF el 12 de junio del 2013 que el 28 de mayo de ese año –es la fecha que avalan las autoridades, también- abordó su auto, un Lincoln plateado, como a las 14:40 en compañía de su chofer, Carlos Cerezo. Iban a la cita con El Pony pero antes de llegar un auto blanco se les cerró. De ese vehículo bajó un sujeto, con una pistola en la mano, apuntándole al chofer

– No hagas nada –le dijo el gatillero a Cerezo.

“Yo iba en el asiento del copiloto y al ver a este sujeto hago bolita mi cuerpo es decir me inclino y me hago a mi lado izquierdo, por lo que este sujeto se sube a la parte trasera del vehículo Lincoln en el cual íbamos circulando, subiéndose al vehículo por la puerta trasera del lado del chofer y una vez que aborda el vehículo este sujeto nos dice que él nos indicaría por dónde nos teníamos que ir, es decir, por dónde teníamos que circular, por lo que me pongo muy nerviosa y me inclino para no ver nada y no pude (ver) por dónde circulábamos pero escuchaba que este sujeto apretaba el teclado de un teléfono como mandando texto, y este sujeto le decía a Carlos Cerezo Salgado “dale por aquí, dale por haya y vas a llegar a una pizzería y de ahí le vas a dar vuelta por el teatro de Chalco y del teatro de Calco ya está cerca el lugar donde tenemos que llegar”, recordaba ella.

Dos horas transcurrieron para que llegaran a una casa donde ya los esperaban con los zaguanes abiertos. Por fin Leonor Villa Ortuño se ha atrevido a levantar la cabeza sólo para ver que cinco pistoleros le apuntan con armas cortas. Uno de ellos le abrió la puerta y, sujetándola de la cabeza, la han empujado hacia abajo. Lo mismo hizo otro con el chofer.

– Camina –le dijeron a ella, que alcanza a ver el piso de mosaico beige imitación mármol y las escaleras por la que subirán para llegar a un cuarto donde alguien le vendará los ojos y la amarrará de pies y manos, ordenándole que se siente. Ese cuarto no tenía muebles y las paredes eran azules, y sólo era una parada intermedia. Había una ventana de cortinas viejas, cubierta por un plástico negro, pero a Leonor Villa la llevarán a otra estancia y caminará despacio porque tiene los pies amarrados. Mientras eso pasa los cinco armados le preguntarán cosas.

Para empezar el número celular de su hija, María de los Ángeles Pineda Villa y de su yermo, José Luis Abarca Velázquez.

– No los tengo –dijo ella.

– Entonces te vamos a cortar un dedo o la mano completa –le respondieron.

De todas maneras tampoco les dio los números de su esposo y el resto de su familia, aunque ellos los obtuvieron arrebatándole el celular. Lo mismo pasó con el chofer. Luego los dejaron acostados en el piso y ella dice que durmió profundamente hasta el otro día, cuando alguien la despertará para darle de comer unos huevos a la mexicana y para preguntarle otra vez, sin mayor éxito. La señora y el chofer han aguantado los interrogatorios sin decir nada, pero al tercer día las cosas cambiarán.

Uno de los secuestradores le ha presentado un texto escrito a mano y le ha ordenado aprendérselo de memoria porque la grabarán y lo pondrán en internet.

– Recuerdo que ese borrador decía: “el gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero, que él le da apoyo a un hombre que está en Acapulco de nombre Víctor Aguirre Garzón, que es su primo, que mi yerno está protegiendo a un hombre que está en Iguala de nombre Mario sin recordar el apellido”- dijo ella parafraseando esos recuerdos a la Procuraduría del Distrito Federal.

También le exigieron que diera su nombre completo, el de su esposo, el de sus hijos.

Luego la grabaron pero esa sesión resultó tormentosa porque no podía aprenderse el texto, así que, como castigo, por la noche la golpearon en costillas y espalda, la molieron a patadas desesperados más ellos porque la memoria no le ayudaba a la señora. Uno le ha colocado un cuchillo en el cuello y le dice que le cortará la cabeza si al otro día no se ha aprendido el texto. Violentos y todo, sus captores también eran comunicativos porque se desahogaron con ella explicándole que José Luis Abarca no quería entregarles Iguala y que los comandantes de la policía municipal de allá hacían lo que querían. Al chofer también le pasó lo mismo.

-El problema era ése –le confesaron casi, y como de todas maneras consiguieron lo que querían, ese video está todavía en las redes sociales.

– ¿Quién mató al MP, Mario Pineda y a El Borrado y por qué? –le pregunta una voz que apenas puede leer las preguntas que le hace a Leonor Villa Ortuño, vestida de anaranjado, sentada y balanceándose

– Arturo Beltrán Leyva, por una traición –responde ella.

– ¿A qué se dedicaba sus hijos, MP y Borrado?

– Eran colaboradores de Arturo Beltrán Leyva y se dedicaban al tráfico de drogas.

– ¿Qué es de usted el presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca Velázquez?

– Es mi yerno.

– ¿Con quién está casado el presidente municipal de Iguala y qué es de usted la esposa de él?

– Con María de los Ángeles Pineda Villa y es mi hija.

– ¿Usted conoce al gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero?

– Sí lo conozco porque mis hijos patrocinaron su campaña de diputado a gobernador.

– ¿Qué es el gobernador del líder del Cártel Independiente de Acapulco?

– Es su primo y a mí me consta.

– Diga quiénes son los que secuestran, roban y extorsionan en el estado de Guerrero, y en particular en Iguala…

Los Guerreros Unidos guiados por Mario Casarrubias.

– ¿Con quién están aliados Los Guerreros Unidos?

– Con Víctor Hugo Aguirre Garzón, líder del Cártel Independiente.

– Diga qué relación tienen Los Guerreros Unidos y el presidente de Iguala…

– Los protege  cambio de una cuota mensual de dos millones de pesos […].

– Dígame quién es El Molón

– Salomón Pineda Villa, mi hijo.

– ¿En dónde estuvo preso?

– En la prisión federal de Matamoros.

– ¿Y cuándo salió?

– Hace dos meses.

– ¿Quién dio la orden de patrocinar la campaña del gobernador Ángel Aguirre Rivero?

– Arturo Beltrán Leyva. 6

Después al chofer le preguntaron lo mismo.

Al día siguiente el chofer tendría que aprenderse otro texto, y esta vez los secuestradores no están dispuestos a ninguna concesión. Ella, vendada en el cuarto que le toca, escucha los gritos de su chofer, torturado esta vez en serio.

– […] Y él gritaba pidiendo auxilio y me imagino que estaban haciendo algo en su cuerpo porque decía: ‘¡no, porque yo soy hombre!’. Por lo que en este momento yo estaba vendada de manos ni de pies, ya que me habían quitado todas (las) vendas, incluso la de los ojos para grabar un video ya que así lo querían grabar los secuestradores, sin embargo, cuando yo empiezo a escuchar  los gritos de desesperación de Carlos Cerezo Salgado, pienso que lo van a atar y después a mí me da mucho miedo y observo en la pantalla de las cámaras de seguridad que tenían estos sujetos en el cuarto que estaban saliendo de la casa ya que escucho que dijeron ‘ya lo matamos’ y Carlos Cerezo Salgado antes de esto estaba gritando muy fuerte y los secuestradores pensaron que tal vez alguien lo había escuchado gritar y que podía llegar la policía- dijo ella en su declaración ministerial.

Entonces la mujer, de 62 años y entumida, ha decidido aventarse por la ventana de aquel segundo piso y lo ha logrado porque aquella oquedad no tenía protección. Ha caído sobre un techo de madera podrida que no la detiene pero sí amortigua porque ha tocado tierra sólo contusa. Esos golpes no le impedirán levantarse y salir para tocar las puertas de los vecinos, aunque será un taxista quien la lleve con la policía, a una cuadra de esa casa de seguridad, y que para confirmar el relato la llevará de regreso a su cautiverio de piso rosado. Ahí se da cuenta que su confinamiento tiene muros amarillos y verá, desde la patrulla que la resguarda, los dos pisos que recorrió en caída libre. También le dicen lo que ya sabía, que Carlos Cerezo está muerto y que a ella hay que llevarla a un hospital pero como en Chalco no encuentran uno con Rayos X disponibles entonces la trasladarán a Toluca. Y es allí, en Toluca, donde todo había empezado, que también todo terminará para Leonor Villa –luego se la llevarán al hospital Ángeles en la Ciudad de México- al menos esa parte de su historia porque esa ciudad reserva todavía más historias, más caminos para todos ellos.

Ahora es el 6 de junio del 2013.

Quizás que bajara el sol, que no hiciera tanto o que el viento, de pronto.

Eso. Y que el hambre se quitara.

 

VI

Es Texas, algún lugar, un pueblo sin nombre en Estados Unidos. Y se dice así porque quien cuenta esta historia es un testigo protegido encarcelado allá, a quien la PGR le ha puesto un nombre clave, Mateo, para proteger su vida, aunque ese sea protocolo dudoso cuando hasta la fecha hay un montón de homicidios que acallan a quienes delatan o declaran en casos como éste. Las cifras son confusas por tantas que son, y esto es lo que es: la declaración de un hombre apresado en Texas a quien la averiguación previa de la Procuraduría, PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014, relacionó en la investigación sobre los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. No es que Mateo tuviera algo que ver directamente, pero conocía a los hermanos Pineda Villa y pudo, por lo menos en parte, escudriñar un poco de ellos, verlos aunque sea sentados a la mesa, convivir con ellos como personas normales.

Nacido en Estados Unidos, Mateo ya estaba trabajando para los Beltrán Leyva en el 2001 y dos años después El Jefe de Jefes lo elegía para su propio séquito. En ese narco-vasallaje Mateo iba y venía entre la Ciudad de México, Morelos y Guerrero, encargado de cuidar las relaciones políticas y de gobierno que el cártel iba forjando. Eso duró hasta que a Beltrán lo cazaron los Marinos para ejecutarlo a las puertas de su departamento, en diciembre del 2009 y entonces Guerrero se perdió para ellos porque, empezando por Acapulco, cayó en manos de sicarios cuyo instinto asesino los traicionó y precipitó al Puerto -y de paso al resto de la entidad- en la enorme fosa a cielo abierto que es ahora.

Pero siempre ha sido lo mismo.

Arturo Beltrán y Mateo llegaron a Cuernavaca en el 2004, desembarcados desde Monterrey para hacerse cargo de la plaza. Allí conocieron a los hermanos Pineda Villa, quienes ya estaban en el negocio de los estupefacientes trabajado para uno de los aliados de los Beltrán, El Mayo Zambada, como encargados de recibir lanchas de cocaína provenientes de Colombia para meterlas a México. Fue por esas fechas que los Pineda se acercaron al Jefe de Jefes para pedir paro por la muerte de Lupe, el hermano querido. Pero eso, solucionado de alguna manera, fue sólo un paréntesis en las actividades de los narcotraficantes. Los hermanos Pineda eran hábiles para lo que hacían, dice Mateo, quien después de cumplir una comisión en Chiapas y Guatemala regresó a Cuernavaca para trabajar con ellos. En realidad, Mateo era una especie de enlace que entregaba a Mario El MP y Alberto El Borrado los mensajes de Arturo Beltrán para ubicar los envíos sudamericanos. Los Pineda metían los datos en una computadora y así encontraban esas coordenadas sin dificultad. Así era la vida de Mateo, oscilando entre los Pineda, Arturo Beltrán y sus encargos y las lanchas de droga que esperaban luz verde para desembarcar en los puertos guerrerenses, sobre todo de noche y en temporada de huracanes. Y esa vida le sentaba bien a Mateo, tanto que para el 2006 ya era amigo de los Pineda y los acompañaba en sus casas de seguridad de Cuernavaca.

Un día, ese año, Mateo se asomó por una de las ventanas de esa casa y vio que alguien entraba por el lado de las canchas de tenis. Alelado, vio que subía las escaleras y entraba al cuarto donde ellos estaban. Su impulso, primitivo pero sincero, recordará para siempre el vestido rojo y los tacones cimbrando aquel suelo con paso perfecto. Mateo tenía la boca abierta y de ahí le salió cualquier cosa porque a quien veía era una mujer “de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de unos cuarenta años de edad, tez blanca, de bellas facciones, cara redonda, en ese tiempo cabello largo teñido de rubio, color de ojos café, ceja poblada, nariz recta, boca regular, labios delgados, agrega que era una persona de muy buena figura y muy elegante, de bellas facciones”. 7

-¿Quién es esa buenona? –farfulló sin pensar nada, mientras la miraba entrar exuberante, elegantemente vestida.

– ¡Qué te pasa, cabrón! –le reclamó de inmediato Mario Pineda Villa– ¡es mi hermana!

Aquí va una pausa donde cabe lo que se ha dejado ir, también lo que se ha dicho y no puede ser negado, aunque no sea verdad. Aquí va, pero esa pausa ya no porque El MP ha reaccionado con la velocidad de un pistolero. El MP tenía fama de duro y la suerte o los tamaños le habían alcanzado para sobrevivir a un atentado en la carretera México-Toluca, en el 2004, cuando ametrallaron su auto el 20 de enero a la altura del Kilómetro 42 y no le pasó nada. Todos conocían esa historia y por eso Mateo se quedó frío por algunos segundos, aunque reaccionó bien, rápido. Ofreció disculpas y dijo que ella no parecía de Guerrero.

Diez años después ha olvidado fechas y nombres y puede ayudar bien poco a quienes lo interrogan, pero hay algo que ha quedado para siempre en su vida narca, sobreimpreso en el recuerdo de asesinatos y venganzas porque siempre lo cuenta, aunque no le pregunten: el vestido rojo de María de los Ángeles Pineda Villa, el beso con el que la recibieron sus hermanos y la mano que ella extendió para saludarlo.

Sin habla, Mateo se sentó a la mesa con los hermanos para discutir -si es que eso cabía para él en esos momentos- la llegada de las lanchas y la droga, que esa vez eran cinco toneladas de cocaína. No se preocupó demasiado porque los arribos eran bastante comunes y era una cuestión de rutina que se resolvía con el personal que estaba en Zihuatanejo, esperando salir a alta mar. Mateo tampoco olvida que María de los Ángeles permaneció todo el tiempo con ellos y supo de ese embarque sin inmutarse. Esperó paciente a que terminaran y, una vez despachados los negocios, tomó el control de aquella mesa para decir, primero, que estaba bien, que habían rentado muchos locales y que tenía muchas joyerías. Ella demostraba su dicho llevándoles algunos regalos que sacó ahí mismo y que eran esclavas de oro para todos los familiares. Tres horas después, agotado el oro y el cotilleo, María de los Ángeles se levantó para irse. Otra vez Mateo observó el vestido rojo desplazarse hasta el auto que la había llevado, un Bora de color claro con la cajuela abierta, donde alguien había colocado cajas para huevo, de cartón, repletas de dólares. En total había cinco.

– Hermanita, ahí está el dinero para lo que tú ya sabes. Compra lo que tú ya sabes, nos vemos, hermanita –le dijeron los Pineda en la despedida.

La mujer de rojo abordó el Bora y a Mateo no lo quedó más remedio que ponerse a trabajar, para que los embarques salieran bien. En realidad así fue y tres días después cinco toneladas de cocaína ya estaban rumbo a la Ciudad de México, donde Salomón Pineda Villa las vendería sin dificultades al mayoreo.

Mateo siguió frecuentando a los Pineda pero la dama distinguida no volvió a aparecer sino hasta diciembre del 2006, otra vez enjoyada, exhalando el encanto del oro y la ropa de marca. Otra vez se sentó con ellos y escuchó planes y operaciones para después, muy quitada de la pena, anunciar a sus hermanos que habían comprado propiedades y como ellos prestaban dinero, también había logrado el embargo de otras. Estaba feliz con sus joyerías y su centro comercial que por aquel entonces comenzaba a tomar forma y que no era otro sino el Tamarindos gigante que todavía conserva y que le permite a su familia obtener dinero de la renta de locales. Dijo que acababa de comprar una casa en El Pedregal de la Ciudad de México y que, bueno, mejor no le podía ir. Y los hermanos, que hacen negocios con ella pero que también la quieren, le han preparado una sorpresa porque en el patio espera una camioneta BMW X5 color marrón en la que ya pusieron otras cinco cajas de huevo repletas de dólares.

– Hermanita, es tu regalo de Navidad, ahí está el dinero para lo que tú tienes que hacer, salúdame a mamá- le dijo El MP a María de los Ángeles, quien se mostraba sorprendida por ese obsequio, aunque esa emoción le alcanzará para preguntar si la camioneta está blindada.

– Sí –le ha dicho el hermano antes de que ella se vaya feliz, feliz, feliz adonde tiene que irse, dejando atrás esa casa de seguridad que más bien es un refugio para el descanso porque entonces para qué las canchas de tenis, las de squash y los portones eléctricos, el jardín con árboles frutales, la alberca a la que los Pineda no le prestan atención y debe ser limpiada porque se le han acumulado residuos, el garaje donde aparcan cinco autos, repletos de cajas de cartón para huevo y, en fin, el estilo arquitectónico mexicano del segundo piso pintado de blanco y que colinda con otra casa, propiedad de los Beltrán Leyva.

Para qué tanta necedad, tanto esfuerzo sobrehumano.

 

VII

Llegará el día en que a Arturo Beltrán lo venadeen como él lo hizo con sus enemigos y el control de la plaza de Guerrero se desmorone en manos de inexpertos, simples sicarios, dijeron luego los propios asesinos de los Beltrán, sin los contactos de alto nivel que en su momento tuvo el cártel del Jefe de Jefes. Llegará el momento en que la normal de Ayotzinapa reventará a México cuando sus 43 normalistas levantados y sus tres alumnos asesinados más los civiles estúpidamente ejecutados, reflejen por fin el genocidio y se descubra que nada es lo que parece. Pero tendrán que pasar los años macerados en matanzas para esbozar una verdad que, siempre a medias, está ahí, en las narices de todos.

El 2007 fue temporada de huracanes y eso significaba para el cártel de los Beltrán que podían operar lanchas y submarinos sin dejar estelas y llamar la atención. Para abril la operación marítima para introducir droga colombiana a México se reanudaba. La historia era otra por tierra o por avión, pues esa parte del contrabando siempre estaba funcionando para que el abasto nunca se detuviera. Los Beltrán habían logrado establecer una red de transporte desde Sudamérica y Centroamérica y en México tenían compradores mayoristas que a su vez desparramaban esa mercancía en el país o en Estados Unidos.

Entonces era abril y María de los Ángeles Pineda reaparecerá fugaz en la vida de Mateo, otra vez sentado a la mesa de los Pineda, revisando coordenadas y horarios. Otra vez la elegancia en movimiento, el beso entre ella y El MP y la mano extendida para Mateo. Esta vez la hermana lleva un chofer, El Micky, para lo que se ofreciera. Aquella mesa mantenía contacto directo con El Borrado, quien coordinaba desde Zihuatanejo los desembarcos. Les dijo que estaban listas las armas, los transportes, las comidas, la gasolina y los pilotos. Las armas eran para evitar robos, no para pelear porque todo estaba arreglado con el gobierno. Entonces, todo resuelto y bajo control, María de los Ángeles ya se va porque también han terminado de cargar las cajas con dólares que siempre se lleva, aunque esta vez son tantas que el auto se asienta, imposibilitado para resistir el peso adecuadamente. No le hace, dicen.

Mateo recuerda más o menos los días festivos de aquellos fuera de la ley, sobre todo uno que los reunió en un gimnasio de Cuernavaca por Navidad, y al que acudieron los hermanos con sus familias completas, lo mismo que Arturo Beltrán. Allí, María de los Ángeles les recordó a todos la compra de la casa de El Pedregal porque las bienes raíces eran una de las ramificaciones preferidas por los Pineda. El Borrado, incluso, alguna vez le platicó a Mateo que había comprado propiedades en Tres Palos, en la región de La Laguna, al norte de México, y que después de arreglar los papeles, María de los Ángeles se encargaba de comercializar. El negocio era simple. Los Pineda levantaban y después compraban –por decirlo de alguna manera- las tierras de los secuestrados a precios de risa. Ese fue el origen de sus inversiones inmobiliarias, de la que salió una empresa que la delicada María de los Ángeles administraría para ellos.

Mateo vio a la hermana de los Pineda por última vez en el 2008, en otra fiesta de narcotraficantes, y recuerda que Arturo Beltrán bailó algunas piezas con ella. Esos fueron los años felices o los meses maravillosos que no duraron mucho. Luego vino el 2009, ése sí, el año de los huracanes que azotaron a los Pineda arrebatándoles a ellos la vida y después al Jefe de Jefes, a quien no pudo salvarlo nadie, ni siquiera él mismo. María de los Ángeles se sobrepuso y siguió pero esta vez incorporó a su desasosiego un factor, el político, que al principio le funcionó a ella y a su esposo, José Luis Abarca, y les alcanzó para tomar Iguala y quedarse con ella. El plan era conseguir Guerrero y gobernarlo pero Ayotzinapa y la masacre minera se les atravesaron en ese camino que seguían y que casi nadie había advertido antes del 26 de septiembre del 2014. El cártel de los Beltrán se dispersó y uno de sus núcleos se transformó en Los Guerreros Unidos, a los que dieron forma los sobrevivientes de aquellas catástrofes, junto con los hermanos Casarrubias.

La ruta entre Iguala y Toluca es más corta de lo que parece y esas tres horas por carretera, que siempre sabotearon los pedidos urgentes de tacos de canasta, atraviesan un paisaje sembrado de tumbas y muertos: el Pozo Meléndez, las innombrables minas de Taxco repletas de cadáveres, las rutas extremas de Pilcaya y los ríos subterráneos y cavernosos de Chontalcoatlán y la miserable prisión municipal de Tenancingo, donde languidecen 200 presos en un espacio para 140, casi todos pobres miserables y por lo menos la mitad inocentes. Y por último Toluca y Metepec con sus galerías imposibles a las cinco de la tarde o el volcán silencioso que también sirve como público sepulcro.

Y Acapulco, donde el 10 de mayo del 2016 policías de la gendarmería regalaron rosas a las madres, rosas y balas en la ciudad más peligrosa del mundo.

Abiertos los ojos alguien se desdice.

Así que esto es la muerte.

 

 

Pies de página

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1 Este reportaje pudo realizarse por las aportaciones de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan, por partes iguales, el crédito de la autoría.

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2 Averiguación Previa FAS/T3/668/13-05. México D.F., 6 de junio de 2013. Subprocuraduría de Averiguaciones Previas Centrales. Fiscalía Especial de Investigación para la Atención del Delito de Secuestro, denominada “Fuerza Antisecuestro”. Dirección “Fuerza Antisecuestro de la Policía de Investigación. Integrada en la Averiguación Previa de la Procuraduría General de la República PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014.

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3 “Beltrán Leyva: La muerte acabó con el imperio”. Diario electrónico Nuestra Mirada. Nota sin firma de la Red Social de Periodistas Iberoamericanos. Consultada el 8 de mayo del 2016. http://www.nuestramirada.org/photo/albums/beltran-leyva-la-muerte-acabo

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4 “Necropolítica. La política como trabajo de muerte”, seis de octubre del 2013. Revista Ábaco, segunda época, Volumen 4, número 78. Helena Chávez Mac Gregor, becaria del Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas Universidad Nacional Autónoma de México.

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5 Indagatoria No.:FAS//4/00668/13-05. Fiscalía Especial en Investigación para Secuestros. Agencia Investigadora del MP.: A. Unidad de Investigación No.: Unidad 3. Primer Turno. Doce de Junio del 2013.

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6 Video en la red de Youtube www.youtube.com/watch?v=4A8FsR3mAd8 consultado el 8 de mayo del 2016.

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7 Procuraduría General de la República. Subprocuraduría Jurídica y de Asuntos Internacionales. Coordinación de Asuntos Internacionales y Agregadurías, 11 de diciembre del 2014. Comparecencia de persona. Oficio DAJI/12677/14, del 9 de diciembre del 2014.

 

 

El Camperra

 

* A Raúl Núñez Salgado le decían El Camperra y a él le gustaba que lo hicieran. Dueño de la carnicería El Chambarete desde 1997, se hizo amigo de los jefes de Guerreros Unidos y pasó de simple mandadero a operar como una especie de tesorero que repartía pagos en la región, respaldado por todos los Casarrubias.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 12 de julio del 2016. A Raúl Núñez Salgado halcones y sicarios de los Guerreros Unidos en Iguala respetaban porque pagaba sus escuálidas nóminas, y le tenían más miedo porque tenía grabada una “R” en uno de sus dientes y una mujer tatuada en el hombro izquierdo, junto con la leyenda Kiko, que por su amistad con Mario Casarrubias, El Sapo Guapo, uno de los capos de aquel cártel en el 2014.

A Núñez Salgado le decían El Camperra y a él le gustaba que lo hicieran. Dueño de la carnicería El Chambarete desde 1997, se hizo amigo de los jefes de Guerreros Unidos y pasó de simple mandadero a operar como una especie de tesorero que repartía pagos en la región, respaldado por todos los Casarrubias. Los marinos lo atraparon en Acapulco, donde se hospedaba en el hotel Nilo y pasaba el tiempo apostando en un casino Play City, mientras trataba de vender 299 dosis de cocaína, el 14 de octubre del 2014, poco después del levantamiento de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Los  marinos tuvieron que pelear cuerpo a cuerpo con él para someterlo. Si lo que dicen ellos es verdad, Núñez perdió la razón y, ya dominado, se golpeaba él solo contra el metal del vehículo en el que lo llevaban, amenazando a los marinos con denunciarlos ante Derechos Humanos. De que eso haya pasado sólo se tiene la palabra de los involucrados, pero también el examen médico de El Camperra, asentado en la declaración ministerial del inculpado, el 16 de octubre del 2014 ante la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro, de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada de la Procuraduría General de la República, integrada a la averiguación previa A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/2014, que investiga la desaparición forzada de la normal Raúl Isidro Burgos.

El examen médico era parco pero elocuente. Ojos rojos, ojos morados, al igual que los párpados y atrás de las orejas. Antebrazos, hombro izquierdo y manos magulladas, así como pectorales y región infraescapular. También moretones en la región renal izquierda. Esos fueron los resultados que ese examen arrojó de quien se encargara de pagar por un tiempo las nóminas sangrientas de los Guerreros Unidos, metido para eso en el Hotel del Andariego, un hostal ubicado justo a las espaldas del Camino del Andariego, donde el normalista de Ayotzinapa Julio César Mondragón Fontes fue hallado por soldados la madrugada del 27 de septiembre del 2014, torturado, desollado y muerto.

El Camperra sabía también cómo estaban repartidas las plazas de esa zona y dijo que Gildardo López Astudillo, El Gil, se encargaba de Iguala; que a El May, un sicario que trabajó Iguala, le confiaron luego la plaza de Teloloapan; a José Luis Ramírez, El Churros, le tocaba Buenavista hasta que desertó y Taxco era controlado por El Cholo, quien después entregó ese mando a El Charal.

Si El Walter no hubiera tenido problemas con El Mochomo, José Ángel Casarrubias, todavía seguiría como jefe de Tepecoacuilco y Huitzuco, pero no fue así y El Cholo se convirtió en el dueño de aquellos lugares. El Cholo no es sino uno de los hermanos de la banda de sicarios, narcomenudistas y distribuidores de Los Peques, que operan en Iguala desde los tiempos de los Beltrán Leyva y que venden su conocimiento al mejor postor. Alejandro Palacios Benítez es a quien versiones periodísticas atribuyen también el apodo de El Patrón, y que policías de Huitzuco que se llevaron a estudiantes de Ayotzinapa enfrente del Palacio de Justica de Iguala, mencionaron como el autor de las órdenes de esas desapariciones.

Raúl Núñez dijo después, en una ampliación de su declaración 2, el 17 de octubre del 2014, que el 26 de septiembre, a las siete de la noche estaba comiendo en un local enfrente de la terminal de Iguala. Conocía a la dueña, a quien identificó como la señora Paguis. Ese lugar le sirvió de observatorio porque desde ahí pudo ver que un camión daba vuelta en Periférico para entrar a la calle de Galeana. Avanzó hasta detenerse frente a la terminal y cuando lo hizo descendieron quienes El Camperra describe como “[…] encapuchados, otros sin playera y otros paliacates en el rostro y observé que la gente que se encontraba adentro de la Central empezó a correr y observé que las personas que descendieron del autobús comenzaron a romper los vidrios de las instalaciones de la Central Camionera y atrás de ellos venían tres autobuses no recuerdo la línea pero por las ventanas se observaba que iban a bordo los estudiantes de Ayotzinapan, los cuales se fueron por la calle Galeana hacia el centro de Iguala, por lo que ya no observé hacia dónde se dirigieron y pasaron aproximadamente 8 minutos y se escucharon detonaciones de armas de fuego, por lo que me retiré del lugar […]”.

La versión de El Camperra ubica entonces cuatro camiones llegando a la terminal de Iguala y a ningún policía municipal rondando las cercanías. El relato sobre el arribo de los normalistas a esa ciudad no concuerda con ningún otro, ni tampoco con las imágenes de las cámaras de la Central, liberadas por la PGR y trasmitidas por televisión abierta, que muestran dos camiones de normalistas y a ellos bajando en tropel pero sin causar destrozos. Raúl Núñez Salgado también dijo que los Guerreros Unidos se reunían a veces con el alcalde José Luis Abarca, quien les pedía ayuda para resolver algunos problemas, como una invasión de tianguistas al zócalo de la ciudad, a principios de septiembre del 2014. En la oficina de la presidencia del ayuntamiento, Abarca les diría a Gildardo López Astudillo, El Gil, a José Luis Ramírez, El Churros y a El Camperra, que le echaran la mano para quitárselos de encima.

 

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1 Este reportaje fue realizado gracias a la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan, por partes iguales, la firma de autores.

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2 Ampliación de declaración ministerial del inculpado Raúl Núñez Salgado, alias “El Camperra”. Averiguación Previa A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

 

 

Narcoestado

* – Entonces llegaron los helicópteros. Nadie llegó por la carretera. No hubo soldados ni vimos a nadie. Eran nada más los helicópteros, los que les dicen los G3.

Llegaron y los sobrevolaron, zopilotes de incomprensible tecnología, uno de ellos con una cruz negra cruzándole la entraña, como un espolón. Reunidos en ese círculo de basura los hombres observaron, petrificados, esa muerte voladora. No corrieron. Para qué. Los campesinos, mejor dicho uno de ellos, quiso ver. Allá lejos bajaron los brazos, agrupados. Otros los levantaron mientras el aire, el fantástico viento les volaba las gorras, les ametrallaba los rifles. Uno de los helicópteros, el de la cruz negra, abrió fuego, casi con desdén.

 

Miguel Alvarado

Polvo convertido en calle, la avenida gris transitada por taxistas escleróticos deteniéndose junto a cada gente, pedigüeños, para preguntar la hora, saludándose con afecto, compartiendo un cigarro, la hora equivocada para ir a comer.

Es el tiempo de la muerte por calor o por asfixia que proponen las bocas del volcán, donde vuelan los restos de los hombres desollados. Aquí caminan los que no tienen remedio, los que saben que van a morir o van a matar y los que van a morir sonríen transversales mientras en un puño sostienen los diarios o los restos de una medalla, un chocolate apenas mordisqueado.

Se observan desde lejos las víctimas, sus amantes sicarios antes de hacer contacto en las profundas superficies de los ojos. Calibran el aire y escuchan la puerta que se astilla, el agua y el vaso que la contiene y miden la distancia donde una mano y su torpeza la derraman. Afuera, por esa ventana del restorán pasa un hombre cargando un bulto, sube las escaleras, se detiene un momento midiendo el siguiente paso y retrocede.

Los ojos se afilan. Alguien saca el arma y dispara como vio que lo hacían en televisión. Le gusta el ruido, la explosión que siente su mano flaca que sacude y que lo obliga a dar un paso atrás, embarrándose de mierda en el movimiento que rasga la ceniza y el miedo

el polvo

lo absurdo

lo aburrido que resultará buscar para el Narcoestado en los archivos las fotos de un cuerpo, la boca abierta de la niña como si oliera

oliera ridículamente una flor.

 

Ellos ganan si me olvido de ti.

 

II

En México, país productor y exportador de droga, la simulación de la democracia incluye también la limpieza racial, la mutilación étnica por grupos paramilitares o escuadrones de la muerte, como ejemplifican los Guerreros Unidos, el minicártel del narcotráfico usado para masacrar a los normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, pero también para enfrentar a la población mexicana, acuchillarla en una innecesaria guerra civil, escondida la responsabilidad del actual gobierno federal, el del mexiquense Enrique Peña Nieto, que ni siquiera puede responder cómo su esposa, la actriz de Televisa, Angélica Rivera, ha adquirido una casa valuada en 86 millones de pesos sin trabajar.

También se ha perdido de vista que los militares mandan. Que en México el poder político es una mascarada vuelto negocio que genera cientos de millones de dólares. Un teatro doloroso, una película snuff en cuyo reparto aparece el nombre de cada uno de los ciudadanos inscritos en listas nominales.

En Tlatlaya, Estado de México, 22 personas, la mayoría jóvenes de entre 15 y 23 años fueron ejecutados por el 102 batallón del ejército mexicano el 30 de junio del 2014. Según el dicho de esas fuerzas armadas, legalizadas, esos jóvenes eran sicarios, narcotraficantes  que se encontraban en una bodega. Otras versiones señalan que los jóvenes estaban relacionados con grupos de autodefensa guerrerense y que se preparaban para enfrentar desde sus comunidades a los comandos de narcotraficantes de la Tierra Caliente compartida por el Estado de México, Guerrero y Michoacán. Ellos necesitaban armas y ese batallón podría vendérselas, porque lo había hecho con otros grupos, incluidos los criminales que al mismo tiempo combatía, pero la madrugada pactada para la transacción algo salió mal y los jóvenes murieron allí. Una versión más apunta que ese grupo efectivamente era de narcotraficantes y que efectuaría la compra-venta de armas con el ejército. El informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos apunta que ese grupo de la bodega era liderado por dos hombres, mayores de 30 años, quienes consiguieron escapar de aquella matanza porque salieron con las manos en alto, pero una vez fuera, echaron a correr y a pesar de ser perseguidos por un militar armado, lograron llegar a una camioneta que los estaba esperando y en ella fugarse. El informe de la Comisión no proporciona los nombres de los implicados, a pesar de conocerlos, ni tampoco el del grupo delictivo involucrado pero uno de esos dos fugados, según la CNDH era llamado “Comandante”.

Esta tercera versión ubicaría al narcotraficante Johnny Hurtado Olascoaga, “El Mojarro”, líder de La Familia Michoacana en el sur mexiquense y uno de los principales infiltradores del batallón 102. Hurtado habría entregado a tres de sus hombres al ejército, porque trabajaban para los Guerreros Unidos dentro del Estado de México.

Los abusos del ejército, la “privación” ilegal de la vida, como calificó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos a los homicidios del ejército, fueron certificados incluso con el horror que se esperaba en el relato, pero sirvió de puente que, días después, desembocó en la masacre de Iguala contra los estudiantes de Ayotzinapa.

El matiz cambió. El ejército, a pesar de sí mismo, de la desgracia de su inhumanidad, encontró en Tlatlaya un molde heroico, puro, ante la desinformación patológica, la escasa capacidad reflexiva en la sociedad que se polarizaba como si el tema abordara un partido de futbol. Pareciera que el principal exterminador de mexicanos, el ejército y el batallón 102, nunca hubiera sido infiltrado por cárteles como los de La Familia Michoacana y el sicario Johnny Hurtado Olascoaga, “El Mojarro”, un escurridizo narcotraficante de la Tierra Caliente que encabeza aún los restos de la organización fundada por Servando Gómez, “La Tuta”, usado para destazar Michoacán al frente de otro grupo paramilitar con actividad narcotraficante, Los Caballeros Templarios.

La corrupción del 102 está documentada. La protección del cártel de La Familia Michoacana está documentada, al igual que la inacción del 27 batallón en Iguala, al que el procurador general, Jesús Murillo Karam exculpó: qué hubiera pasado si el ejército hubiera actuado, diría como respuesta. Esos soldados se dedicaron a mirar y cuando todo concluyó, impidieron que los estudiantes sobrevivientes en Iguala recibieran atención médica.

En Tlatlaya, un día después de esa primera matanza, al gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, se le fue la lengua. Primero felicitó a los responsables de aquel “operativo”. La fe ciega en quienes portan las armas, se enfundan el uniforme a sabiendas de las cadenas de mando. El gobernador mexiquense no es ignorante. Conoce a fondo los impedimentos que lo atan.

Mientras felicitaba por los asesinatos, al mismo tiempo su Procuraduría de Justicia mexiquense torturaba premeditadamente a las tres sobrevivientes de aquella masacre para cuadrar el trabajo de los militares. Luego, la investigación parcializada de la CNDH desviaba la culpa hacia los soldados rasos. No hubo uno solo mando importante castigado. La recomendación de la CNDH fue tomada por la administración de Ávila por el lado más cómodo. Según él, se indemnizará a las víctimas. Ávila supo desde el principio, así como sabe de la existencia de escuadrones de la muerte, de otro tipo, pero al fin y al cabo exterminadores, en el valle de México, concretamente en Ecatepec, que elevan al nivel de genocidio los asesinatos de mujeres y civiles en el municipio que él encabezó ya dos veces como presidente municipal. Ávila sabe que su Estado de México es una fosa mucho más pestilente, más dramática que las 200 halladas en los últimos años en Guerrero y que una guerra invisible se libra contra población indefensa. El Estado de México es el tercer lugar nacional de desapariciones con mil 554 casos reconocidos de manera oficial desde el 2011, pero las autoridades hacen lo imposible por silenciar las denuncias. Las cifras no oficiales rebasan cualquier aproximación y en esas desapariciones y asesinatos están inmiscuidos militares y policías. Al gobierno estatal se le avecina un escándalo de proporciones mayúsculas. La negativa de la Alerta de Género por parte de Ávila; la negativa para hablar sobre los feminicidios no es casualidad. Policías y mandos del Estado de México están implicados de manera directa.

A los cárteles de Guerreros Unidos y de los Templarios se les ubica como escuadrones de exterminio entrenados por la propia milicia. Usan el terror para ahuyentar a la población y tienen el apoyo de la autoridad civil. A esa autoridad civil, representada por ejemplo por Jesús Murillo, actual procurador general de Justicia de la PGR, le toca justificar la atrocidad de este Narcoestado militarizado.

Ahora el presidente mexicano Enrique Peña, llegado de una absurda vuelta por China y Australia, que lo ubicó en el centro de una pira en México, ésta sí, real, y que lo sigue calcinando, abusa de ese poder pero elige la frase más ominosa: “no dejaremos de agotar toda instancia de diálogo, acercamiento y de apertura para evitar el uso de la fuerza para restablecer el orden, es el último recurso, pero el Estado está legítimamente facultado para hacer uso del mismo cuando se ha agotado cualquier otro mecanismo para restablecer el orden”. Desde Cuautitlán Izcalli, el 18 de noviembre del 2014, arropado por acarreados mexiquenses, entre ellos el propio Ávila Villegas, Peña apuntaba que su esposa, Rivera, explicaría lo de la casa de 7 millones dólares para darle énfasis a lo que le importaba en realidad: que veía grupos que querían desestabilizar a su gobierno. No dijo cuáles. No dijo para qué. La advertencia estaba servida como un plato frío, antes de la gigantesca marcha del 20 de noviembre.

Peña, agente de ventas en el extranjero para sus reformas energéticas, verdadero motivo de la gira asiática, es un representante del absolutismo. Así ha gobernado al Edomex su grupo, el de Atlacomulco, acostumbrado a que nada se le ponga enfrente. Compartir el poder con los militares no es problema para ellos. La desaparición de los normalistas es una provocación de ese Narcoestado prohijado por los de Atlacomulco y sus ramificaciones, que incluye la bastardización de los partidos y el nacimiento de personajes como José Luis Abarca, por ejemplo.

Estas provocaciones tienen uno de sus orígenes en el Estado de México. El libro “Tierra Narca”, del periodista Francisco Cruz, ya lo hizo y narra cómo en la administración de Arturo Montiel (1999-2005). El sur mexiquense, el Triángulo de la Brecha se ha construido cadáver sobre cadáver y poco a poco transformó ese entorno, formado por microscópicos municipios, en un principado con leyes propias, gobiernos intestinos y territorios ampliados, siempre en disputa que alcanzaron su zona de influencia incluso hasta Iguala y absorbió todo el estado de Morelos. Ese mismo gabinete, que ayudó a Montiel y a Peña a administrar esa Tierra Narca, es el mismo que habita Los Pinos.

Las autoridades civiles serían rebasadas de inmediato, apenas caricaturas de un poder público menoscabado y si alguien quería tener control sobre el narcotráfico debía tener poder armado. Nadie, ni la policía, lo tenían. Sólo el ejército, las fuerzas armadas. El pacto importante era con ellos. Los capos, en un principio figuras temidas pero también emanadas del pueblo, identificados con esa “plebe” que señala tan didácticamente Paulina Peña, una de las hijas del presidente mexicano, pronto sucumbirían. No serían más que operadores con salarios inmensurables, enjabonados, perfumados en sangre pero prescindibles. Las fuerzas armadas siempre los consintieron. Siempre hubo un límite invisible. Después, la muerte.

La desaparición de los normalistas, el 26 de septiembre del 2014, expuso un grado de descomposición inimaginable en el país. Los políticos fueron relegados por la sociedad pero ésta, obligada a salir a la calle y bajo la amenaza desde la presidencia, que prevé desde ya el diálogo agotado, no tiene defensa.

Está expuesta.

En la calle.

 

III

El Tribunal Permanente de los Pueblos documenta en México, desde 1988, una creciente criminalización contra la sociedad mexicana desde el Estado hasta la fecha. Este Tribunal, integrado por el obispo de Saltillo, Raúl Vera; el magistrado francés Philippe Texier; el economista alemán Elmar Altvater; la periodista Luciana Castellina; la sobreviviente a la dictadura argentina de los años setenta, Graciela Daleo; la escritora tica Graciela Daleo; el investigador argentino Daniel Feierstein; el investigador español Juan Hernández Zubizarreta; el médico español Carlos Martín Beristain; el abogado español Antoni Pigrau Solé; la activista mexicana Silvia Rodríguez y el procurador italiano Nello Rossi, concluye que México es un abastecedor que no puede fallar al mercado norteamericano y europeo y eso incluye el ámbito de las drogas y los recursos energéticos y naturales. Así, “Resulta simbólico en este contexto, la desaparición del ejido expresamente pedida por el TLCAN aun antes de su discusión y aprobación; y de la sustracción de los derechos de los pueblos indígenas a la tierra comunal. De este modo se abre la puerta a la pérdida del uso colectivo de la tierra, principio y base fundamental de la organización social de México”.

Pero esa descomposición de la base fundamental social tiene números: tres de cuatro trabajadores son informales en el país; 40 mil millones de dólares son producto de actividades relacionadas con el narcotráfico; 22 mil millones de dólares son producto de remesas enviadas por migrantes y combinadas alcanza el 40 por ciento del PIB. Según el estudio, la riqueza en México está directamente relacionada con el sufrimiento del pueblo y con la eliminación de los “perdedores”. El desarme del Estado mexicano ante las trasnacionales significa también la cancelación de la identidad, la pérdida de la soberanía y las legitimidades. “El vaciamiento del Estado está siendo llevado hasta el límite por el gobierno de Peña Nieto que por entrega, omisión o impotencia va renunciando a la soberanía en todos los ámbitos”, dice el texto.

El miedo es la principal arma del Estado contra su propia sociedad. La desarticula y desde allí la desanima. El estudio apunta 37 mil ejecuciones extrajudiciales en la administración del expresidente panista Felipe Calderón, pero también documenta el exterminio:

“En las Audiencias se han recordado, entre otros, los casos de la masacres de Ocosingo, San Cristóbal y Chicomuselo Chiapas (durante enero de 1994 y en 1995), la masacre de Aguas Blancas, en Guerrero (28 de junio de 1995), la masacre de Acteal, Chiapas (22 de diciembre de 1997), la masacre del Charco, Guerrero (7 de junio de 1998), la masacre del Bosque en Chiapas (10 de junio de 1998).

“Otros ataques contra grupos se han dado a lo largo del tiempo mostrando una línea de continuidad, como, entre otros, la represión y los asesinatos de Atenco (2001 y 2006), la represión y al movimiento magisterial en Oaxaca y la posterior represión al movimiento popular de Oaxaca con más de 20 asesinatos (a lo largo de 2006), la represión contra las comunidades indígenas de Cherán y Ostula, Michoacán, con más de 10 asesinados (entre 2011 y 2012), así como la represión a la lucha contra minera canadiense, San José del Progreso, Oaxaca con dos asesinados y varios heridos (durante 2012).

“Otras masacres no parecen tener una autoría estatal inmediata, como las de 72 migrantes centroamericanos y sudamericanos que fueron ejecutados en el municipio de San Fernando, Tamaulipas (2010); o el caso de los 49 cadáveres decapitados y mutilados, abandonados en una carretera que conecta Monterrey con la frontera de Estados Unidos (2012); o los 18 cuerpos encontrados en una zona turística cerca de Guadalajara (2012); o los 23 cadáveres que aparecieron decapitados o colgados de un puente en la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo (2012), entre otros hechos similares.

“Sí tiene una autoría estatal, más recientemente. La masacre en la comunidad rural de San Pedro Limón, en el municipio de Tlatlaya, Estado de México, en que fueron asesinados 22 personas el 30 de junio de este mismo año 2014”.

 

IV

Es abril, tiempo de siembra y ya son las cinco, apenas momento de levantarse, otear para saber si hay calor y comerse algo. Hoy se siembra y mañana habrá boda, se casan los novios y la fiesta será esa extensión de la tierra que atraerá a los lejanos devolviéndolos por algunas horas a este verde desierto.

El tiempo aquí se mide con otros relojes. Ya se sabe que para llegar a las lomas de este día hay que pasar por donde está la virgen. Los campesinos salen de Zacazonapan y toman el camino a San Martín, que también se llama Otzoloapan y allí donde uno empieza a subir y puede voltear, ve a Zacazonapan extendido como una cazuela. Bueno, allí está la señora y allí se llama La Virgencita. Allí se detiene uno y camina rumbo al monte, saliéndose del camino.

Esa señora es una estatua y a veces le llevan flores o los que pasan le ponen algo, pero siempre tiene un obsequio para que sepa que se acuerdan de ella. También hay un basurero, no allí mismo, pero cerca, porque crecen como enraizados al pueblo, como sucede con los lugares enclavados en esos climas casi selváticos, como los de Cocula, en Iguala o en Luvianos o en Tlatlaya. Porque dónde se tira la basura. Ellos, los que llegaron, ellos tiran la basura donde ponen sus campamentos. Por eso, cuando no se ven, se busca la basura y se sabe que andan cerca.

El tiempo corre y los que siembran y los que viven en el pueblo ya terminaron por acostumbrarse a la presencia de los extraños, que un día aparecieron y así nada más, con un grito, porque así fue -con un grito- sometieron a los policías municipales y a sus débiles autoridades.

– Vas y te paras y les gritas. Y se te doblan. Y ellos llegaron gritando y armados. Sucios, malencarados, como salidos del suelo, trepados en camionetas -dicen los que los vieron entrar a Zacazonapan, Luvianos, Bejucos, San Martín, Tlatlaya.

Como salidos de las raíces.

– No eran de aquí pero tampoco eran de tan lejos, como de Morelos o de Guerrero. Acá de Huetamo. Sólo los mandos tenían acentos del norte. Y en una región como la de Tierra Caliente todo está conectado. Iguala, por ejemplo. Ayotzinapa. Los batallones del ejército, por ejemplo. El 102 y el 27.

Ese abril del 2014 los campesinos de Zacazonapan sembraban las lomas, suaves ondulaciones sobre aquella virgen cuidadora de caminos que hasta el momento no había evitado enfrentamientos anteriores y matanzas entre sicarios y militares. O entre sicarios nada más, porque pronto los pobladores aprendieron que narcotraficantes, policías, autoridades y militares estaban en el mismo bando y ese lado no era el suyo. Daba lo mismo que estuvieran los Zetas, La Familia, los Pelones, últimamente los Templarios y por fin Guerreros Unidos.

– Entonces llegaron, no recordamos cuándo y con un grito tomaron el control de la policía. Luego lo mismo hicieron con los alcaldes y comenzaron a cobrar protección, cuotas. Casi siempre se podía pagar, aunque a veces no. El negocio no era ése, y había otras gentes que pensábamos al principio que venían por la mina de oro que hay en Zacazonapan. Pero tampoco era por eso.

Los nuevos administradores, narcos de La Familia, enseñaron una nueva forma de vida. Implantaron poco a poco un terror sistemático al que, de manera natural, aquella región se adaptó. Tanto, que de pronto la gente se encontraba saludando a aquellos que vivían en campamentos, en las zonas cercanas a los pueblos y que sólo acudían a ellos para comprar cosas o para asuntos que, luego se enteraban, tenía que ver con muertos como nunca antes se había visto.

Porque muertos ya había. Y se mataban y todo, pero no así.

Y esos de La Familia se hicieron llamar “las verdaderas autoridades”.

También se acostumbraron a las bases militares, a un cuartel militar en Luvianos y a la presencia de helicópteros de alta tecnología, que en aquella región del Estado de México los identificaban como G3, que llegaron hace dos años, cuando mucho. Los Black Hawk, famosos en México por una película, “La Caída del Halcón Negro”, que relata una ficticia batalla en la ciudad de Mogadisio, Somalia, entre marines y rangers norteamericanos y habitantes.

Las brechas como de fuego de la Tierra Caliente son laberinto. Los zopilotes se posan sobre los cadáveres de los animales y los desojan todo el día. Los hemos visto. Los hemos apedreado pero no se inmutan. Los huesos blanqueados por el sol y luego por las lluvias se quedan allí hasta hacerse polvo, algo como ceniza mientras los buitres vuelan buscando más cuerpos, la rapiña que los mantiene en el aire. Hace calor y hay días en que hay un zumbido que no es el viento. Disparos. Ni truenos.

Ellos, los que llegaron, tiran la basura donde ponen sus campamentos. Por eso, cuando no se ven, se busca la basura y se sabe que andan cerca. O se busca a los zopilotes. Porque abajo hay basura.

 

V

– Eran sucios, muy cochinos. Siempre había un tiradero en los parajes donde tenían estacionadas sus trocas, como en círculos. Latas de comida, bolsas de plástico, botellas, todo un basural y ni modo de decirles algo. Luego nos volteaban a ver.

– Buenos días.

– Buenos.

Y ya. Todo seguía. Uno pagaba o se iba o se moría. Y ellos cobraban y se mataban o se iban. Y los guachos a’i andaban, iban a Huetamo en Michoacán y se daban sus vueltas por Tejupilco y por Valle de Bravo y nomás veían y se estaban quietos. Los guachos volaban su helicóptero, su G3. A ése todos le tenían miedo, pero no miedo, sino terror porque ya sabían que su vuelo era nada más para matar y nunca fallaba.

Para marzo del 2014 ya se habían registrado tres enfrentamientos en la zona de Zacazonapan. Pero todos habían sido escaramuzas comparadas con las verdaderas matanzas, ocurridas los dos años anteriores. Una, la del paraje de La Estancia en Luvianos, entre La Familia Michoacana y Caballeros Templarios, dejó 32 muertos. Otros dos, en el paraje de Caja de Agua, al menos 50 muertos cada uno. Ése era el saldo hasta diciembre del 2013, aunque no se acepta oficialmente desde la milicia ni desde el gobierno del Estado de México. Tampoco es que sean 50 muertos por batalla. Es apenas el cálculo de los habitantes.

Ese 25 de abril del 2014 el tiempo se medía de manera distinta. Al mediodía, un poco antes, los campesinos se tomaron un respiro. Llegados a las lomas, el silencio los sumergió en la contemplación monosilábica. “Ya vámonos”, dijo uno. Pero aquello llegó tarde o la frase y la mirada lejana fueron sólo una manera de pasar aquellos minutos para entender que no debían moverse, que la hora y el sitio no estaban equivocados.

Recordaron que esa mañana La Virgencita no les ofreció ni la pétrea sombra de una nube. Que antes de llegar pasaron el campamento aquel de los fuereños, con sus latas y su basura, ubicado también en una de las lomas, descubierto, sin árboles que lo rodeara, pero más abajo.

– Buenas.

– Buenas. Y oiga, véndannos agua. No queremos ir a Zacazonapan. A’i luego nos ponemos de acuerdo.

Que pasada del guaje al bote, derramados algunos litros, esa agua sería la última para aquellos forasteros siempre a las vivas, de ojos enrojecidos, de ojos hasta en las espaldas, de corazón escondido, de trabajos imperdonables.

A ellos, a los de bajo, el zumbido les llegó tarde. Los primeros en oírlo fueron los campesinos, que buscaron un resquicio donde agacharse, apenas el pecho a tierra. Pero abajo no se dieron cuenta de lo que se les venía encima sino hasta que fue demasiado tarde. Y es que se saludaban todos los días pero también les cobraban y a veces les metían el miedo. Y nadie les avisó.

O más bien les avisó un zumbido.

 

VI

– Entonces llegaron los helicópteros. Nadie llegó por la carretera. No hubo soldados ni vimos a nadie. Eran nada más los helicópteros, los que les dicen los G3.

Llegaron y los sobrevolaron, zopilotes de incomprensible tecnología, uno de ellos con una cruz negra cruzándole la entraña, como un espolón. Reunidos en ese círculo de basura los hombres observaron, petrificados, esa muerte voladora. No corrieron. Para qué. Los campesinos, mejor dicho uno de ellos, quiso ver. Allá lejos bajaron los brazos, agrupados. Otros los levantaron mientras el aire, el fantástico viento les volaba las gorras, les ametrallaba los rifles.

Uno de los helicópteros, el de la cruz negra, abrió fuego, casi con desdén.

Ni siquiera la muerte sobreviene tan silenciosa.

Casi 30 personas cayeron al mismo tiempo en ese silencio ametrallado. Eso lo dice un hombre asustado que mira al piso cuando lo narra y no sabe pero tampoco importa.

Y entonces cuántos son demasiados.

Tres minutos, casi menos, duró aquella batalla. Nadie disparó de regreso. Correr para qué. El helicóptero se replegó una vez confirmada la inacción de los cuerpos, diría el lenguaje de la CNDH si tuviera conocimiento. Luego, otro helicóptero se detuvo en aquel soplo siniestro y aterrizó para llevarse los cuerpos en varios viajes.

– Y yo me pregunto si esos que no tiraban la basura en su lugar serán algunos de los que aparecieron en las fosas, ahora con lo de Guerrero.

Al otro día fue la boda, porque lo prometido en Tierra Caliente debe cumplirse a pesar de los Black Hawk.

El lunes, puntualmente, otros forasteros, igual de sucios y con la mirada perdida pero los ojos en las espaldas pasaron a cobrar las cuotas habituales.

 

VII

“El 20 de noviembre del 2014, Enrique Peña nombró general de división a Alejandro Saavedra Hernández, comandante de la 35 Zona Militar de Chilpancigo, responsable del 27 Batallón de Infantería, al que normalistas de Ayotzinapa acusan de haberlos detenido y vejado cuando intentaban ir en auxilio de sus compañeros ahora desaparecidos, la noche del 27 de septiembre pasado”, dice el semanario Proceso.

Narcotrama

* La detención de Mario Casarrubias Salgado en el 2014 supuso para “Guerreros Unidos” un reacomodo en su organigrama. Casarrubias, alias “El Sapo Guapo”, trabajaba junto con sus hermanos Ángel, Sidronio y Adrián, quienes controlaban el narcomenudeo en puntos estratégicos de Guerrero. En Iguala, por ejemplo. Allí, pandilleros llamado “Los Peques” tenían ese encargo. Otras pandillas hacían lo mismo, como “Los Tilos”. Según informes policiacos, a uno de los hermanos Casarrubias Salgado le apodan “Chucky” o “Chino”, no se sabe a cuál.

 

Miguel Alvarado

I

“En el Edomex hay cosas más importantes que atender” (que investigar feminicidios), contestó el gobernador Eruviel Ávila a afectados y manifestantes que le preguntaron cuándo.

Cuándo es, después de todo, una palabra peligrosa.

La tarde del 13 de octubre del 2014 el diputado local mexiquense, el perredista Octavio Martínez denunciaba que en el río de Los Remedios o canal de La Compañía, dragado por un mandato judicial de la Procuraduría estatal, se hallaban los cuerpos de 21 personas, 16 de ellos de mujeres. Minutos después, el secretario de Gobierno estatal, José Manzur, desmentía a Martínez, presidente de la Comisión de Seguridad Pública en la LVIII Legislatura. “Son restos de animales”, dijo el funcionario, muy seguro, casi seco, con un desdén profesional ensayado desde que era agente del ministerio público en Tejupilco, hace unas decenas de años.

Al otro día Martínez respondía al gobierno del Estado de México y anunciaba la intención de crear de una comisión de seguridad que integrara a la ONU junto con un dictamen pericial desincorporado del gobierno estatal sobre los restos humanos hallados. Pero no eran 21 los cuerpos. Según la organización civil Solidaridad por las Familias, representada por David Mancera, los cadáveres son 46. Lo que sí contó la PGJEM fueron los huesos, 6 mil 962, milimétricamente clasificados, ordenados y embolsados, listos para su estudio o análisis que, en un lugar como el Estado de México, puede demorar sexenios. El dragado del canal fue, casi, una casualidad, ordenado después de la detención de un militar acusado de asesinato, “El Mili”, y que había arrojado dos cuerpos al río.

Feminicidios y desapariciones en el Estado de México están relacionados pero las investigaciones no arrojan ninguna luz. Martínez cree que en Ecatepec, tierra de Eruviel Ávila y Tecámac, tierra de Aarón Urbina, presidente de la Junta de Coordinación Política en la Cámara local y aspirante a la gubernatura del Edomex, se cometieron 16 feminicidios que corresponderían a los cuerpos hallados.

El canal de La Compañía es una fosa común y nadie, antes, se había tomado la molestia de dragarlo porque se sabe de antemano lo que va a encontrarse. Ese panteón supera en todo a la tragedia de Guerrero y sus 38 fosas y 200 cadáveres, descubiertos con horror y paciencia, pero a fuerza, desde el 2005.

El periodista Enrique Gómez pone algunos números respecto a las desapariciones reportadas de manera oficial en el Estado de México, obtenidos de la propia Procuraduría estatal.

En el 2011 hay mil 250 casos, en el 2012, mil 554 y en el 2013 mil 527. Estos tres años representan la administración de Eruviel Ávila, un hombre que usa el eslogan “En Grande” para promocionar su actividad pública. En total, los tres años de Ávila reportan 4 mil 331 desaparecidos, además de los 922 casos de feminicidios, herencia de la administración peñista, del 2005 al 2011.

 

II

Toluca, la capital política del Grupo Atlacomulco, desarrolla sus actividades en la apariencia de lo próspero, lo tranquilo. Pero la ciudad esconde un infierno similar al de otras ciudades. Gobiernos corrompidos por el narco, secuestros, asesinatos, robos, se desarrollan a la sombra de la vida cotidiana y en algunos casos la suplantan.

Hace años se gesta el cambio violento. En el 2007 la ciudad era quinto lugar nacional en delitos no denunciados de manera oficial y para inicios del 2014 la entidad era la que más secuestros registraba, con 537. Hoy es segundo lugar estatal, sólo por debajo de Ecatepec, que por su parte es segundo lugar nacional, después de Acapulco.

Para el actual cuerpo edilicio, encabezado por la alcaldesa priista Martha Hilda González, la inseguridad es una cuestión de percepción y crímenes y ejecuciones sólo suceden en municipios alejados, casi fuera del mapa, como Tlatlaya y sus 22 muertos, “ejecutados por tres soldados”, según otra percepción, la de la PGR.

La segunda semana de octubre del 2014 el ayuntamiento de Toluca rindió homenaje al Ejército mexicano anclado en la 22 Zona Militar y del cual depende el Batallón 102 estacionado en San Miguel Ixtapan, en Tejupilco. Ese batallón participó en la matanza de Tlatlaya, el 30 de junio del 2014.

A las autoridades municipales se les pasó por alto aquel detalle y con finura premiaron a los soldados por la implementación de 95 comedores comunitarios en Toluca. El reconocimiento lo recibió el nuevo encargado de la Zona Militar, el general de Brigada José Ricardo Bárcenas Rosiles, en sustitución del general José Luis Sánchez León, responsable, entre otras unidades, del cuestionado 102. Bárcenas fue declarado visitante distinguido de la ciudad.

¿Cuál es el mensaje?

 

III

El batallón 102 anclado en Tejupilco había sido infiltrado por el narcotráfico. Johny Hurtado Olascoaga, “El Mojarro”, de La Familia, logró pagar un equipo de 52 soldados que le informaban sobre movimientos de las tropas. Ese batallón también fue involucrado en otras irregularidades, incluida la de Tlatlaya. Allí, el 30 de junio del 2014, la versión que avaló, aplaudió, festinó y divulgó públicamente el gobernador Eruviel Ávila señala que los soldados se enfrentaron en un  tiroteo a 22 narcotraficantes, relacionados en ese momento con los Guerreros Unidos, abatiéndolos a todos. Liberó a tres mujeres, secuestradas, y un militar fue herido en el combate. Luego se supo otra cosa.

 

IV

El batallón 27, con sede en Iguala fue involucrado en el ataque a los normalistas por un testigo, Omar, estudiante de primer semestre en Ayotzinapa. Su versión es clara. Los militares se limitaron a ver cómo el grupo armado atacaba el camión de un equipo de futbol profesional, Avispones, donde murió baleado un jugador. Los militares no ayudaron a ningún herido. Antes les tomaron fotografías a estudiantes caídos y algunos que se quedaron a ayudar a sus compañeros. Los militares fueron custodios de la escena pero no movieron un dedo. “Cuando llegamos a las inmediaciones de la plaza, huyendo de los balazos, el ejército ya estaba patrullando. Nos jalan y nos retienen. Nos decían: ‘Cállense, cállense, ustedes se lo buscaron. Quería ponerse con hombrecitos, pues ahora éntrenle, éntrenle y aguántense’”, dice la versión del estudiante.

 

V

La muerte de Benjamín Mondragón, “El Benjamón”, uno de los líderes de los Guerreros Unidos, supone que se llevó con él los secretos de lo sucedido con los normalistas desaparecidos. Salido de la nada en el 2011 para morir de inmediato, Benjamín Mondragón se batió a tiros hasta la muerte,  a las dos de la mañana del 14 de octubre, en una colonia de Cuernavaca, en Morelos, cuando la policía federal lo cercó junto con sus acompañantes. “A’í se ven”, dicen que dijo el narcotraficante antes de suicidarse, cuando vio que su batalla estaba perdida. Se le liga con la muerte del hijo del escritor Javier Sicilia. Todo, según la policía federal. Guerreros Unidos fue fundado por El “Tilde”, Clotilde Toribio Rentería, capturado en el 2012. Fue liderado por Mario Casarrubias, también detenido en el 2014. Después asumió como cabeza Salomón Pineda Villa, hermano María de los Ángeles Pineda Villa, esposa de José Luis Abarca, alcalde de Iguala. Salomón también fue capturado.

Actualmente la Federación asume que lo dirige un hombre apodado “El Chucky”. En la pequeña Cuernavaca se asegura que uno de los cabecillas es Federico Figueroa, hermano del cantante Joan Sebastian y primos del ex gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa.

Pero Mondragón militaba en el narcotráfico al menos desde el 2010, cuando fue señalado por grupos rivales de robar armas, traficar droga y autopartes y pertenecer a grupos de Édgar Villarreal, “La Barbie”. El núcleo de Mondragón estaba relacionado también con autoridades policiacas de Cuernavaca.

 

VI

La Tierra Caliente es zona guerrillera y algunos creen observar ese factor en los hechos de Iguala. De cualquier manera, algunos grupos han declarado públicamente. El Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente, ERPI, llama a crear una Brigada Popular de Ajusticiamiento 26 de Septiembre para combatir a los Guerreros Unidos, al Estado corrupto y hace cómplice a Nueva Izquierda, del PRD, de los narcos.

El Ejército Popular Revolucionario calificó el levantamiento de estudiantes como un crimen de Estado y afirma que los jóvenes son torturados en campos militares o paramilitares de Guerrero.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Liberación del Pueblo, FAR-LP, en el 2013 denunciaron represión federal a activistas sociales relacionados con grupos de autodefensa en Guerrero y catalogaron como objetico militar a cualquier empresa extranjera que se instale en México derivado de las reformas energéticas impulsadas por el presidente Peña Nieto.

Uno más, Milicias Populares ¡Basta Ya!, llama a resistir y combatir excesos como los de Tlatlaya y Ayotzinapa.

José Antonio Ortega, entrevistado por el reportero Arturo Ángel considera que el secuestro de los jóvenes podría ser un mensaje de Guerreros Unidos al ERPI, enemigo del narco.

El periodista Francisco Cruz, autor de los libros Tierra Narca y La Biografía no Autorizada de Enrique Peña, sostiene la posibilidad de que los muertos en Tlatlaya hayan pertenecido a grupos guerrilleros.

Un artículo de José Antonio Rivera y María Idalia Gómez publicado en el 2013 reseña que los Templarios habían enrolado entre 50 y 60 militantes del ERPI en actividades del narco en zonas que abracan desde el sur mexiquense hasta Coyuca de Benítez en Guerrero. El reclutamiento, dicen los autores, fue posible gracias a la muerte del erpista “comandante Ramiro”, que debilitó a la guerrilla. Los nuevos templarios tendrían la obligación de abrir, cuidar y pelear por nuevos corredores para el trasiego de goma de amapola, mariguana y heroína, producida en la sierra de Guerrero. Una gran cantidad de familias fueron expulsadas de regiones que comprendían municipios como Arcelia, de donde serían originarios los ejecutados por el ejército en Tlatlaya. En Guerrero se han identificado 26 cárteles operando, dice la reportera Nancy Flores para la revista Contralínea.

Un reporte de la PGR, “Células Delictivas con Presencia en el País”, ubica a 80 grupos en México. A los Templarios los ubica con actividad en el Edomex y Michoacán. Una célula de esa organización es la de Los Troyanos, que opera en el valle de Toluca y que informes federales la relacionan con la policía estatal y “actividades especiales” para la Secretaría de Seguridad Ciudadana.

 

VII

En Tlatlaya, una versión periodística señala que un hombre de alto rango del ejército habría interrogado a los 22 supuestos narcotraficantes, luego de rendidos y desarmados y antes de ser fusilados. Este hombre, pregunta en una columna el diario local Alfa, podría ser el comandante Carlos Manual García Laine, Capitán Segundo de Infantería del 102 Batallón de Infantería de San Miguel Ixtapan.

De ese militar se sabe poco o nada, excepto que de vez en cuando aparecía en actos oficiales acompañando a funcionarios como Eduardo Gasca, secretario estatal de Desarrollo Agropecuario en diciembre del 2013 en Zacazonapan, durante la conmemoración del centenario del ejército e inauguración de obras públicas. Nadie sabe dónde se encuentra García Laine pero ya no está en el batallón 102.

 

VIII

Guerreros Unidos es liderado por un hombre sin identidad. Las fuerzas federales solamente saben su apodo, “El Chucky”. Los propios informes policiacos y redes sociales ubican a dos “chuckys”. Uno vive en Puente de Ixtla, Morelos. Se llama Carlos Quezada pero no queda claro para quién trabaja. Por un lado se le ubica con “Los Rojos”, liderados por Santiago Mazari Miranda desde el estado de Morelos, alias “Carrete” y por otro con Guerreros Unidos, cuya zona de influencia abarca desde Iguala hasta Toluca. El otro “Chucky” sí está ubicado en el bando de los “Guerreros Unidos” y se mueve en Iguala.

Los “Guerreros Unidos”, hasta el 26 de septiembre ley absoluta en Iguala, son escisión de los Beltrán Leyva, igual que “Los Rojos” y pelean por el control absoluto de la zona. En guerra contra los “Templarios” y la “Familia Michoacana”, ubican al hermano del cantante Joan Sebastian, Federico Figueroa como uno de sus líderes, pero también como controlador o patrón de la policía en Iguala y Amacuzac, Morelos, de donde es originario Santiago Mazari, líder de “Los Rojos”.

La detención de Mario Casarrubias Salgado en el 2014 supuso para “Guerreros Unidos” un reacomodo en su organigrama. Casarrubias, alias “El Sapo Guapo”, trabajaba junto con sus hermanos Ángel, Sidronio y Adrián, quienes controlaban el narcomenudeo en puntos estratégicos de Guerrero. En Iguala, por ejemplo. Allí, pandilleros llamado “Los Peques” tenían ese encargo. Otras pandillas hacían lo mismo, como “Los Tilos”. Según informes policiacos, a uno de los hermanos Casarrubias Salgado le apodan “Chucky” o “Chino”, no se sabe a cuál.

 

IX

El periodista Ezequiel Flores escribe para Proceso, el 11 de octubre del 2014, que “Los Peques” controlan la zona donde los normalistas fueron atacados. Que luego de la desaparición de los estudiantes, “Los Peques” salieron de Iguala, con el conocimiento de autoridades civiles y militares, y se instalaron en el poblado de Carrizalillo, municipio de Eduardo Neri, donde permanecen y donde no han llegado los operativos de búsqueda. El reportero proporciona nombres: “los hermanos Víctor “El Oso”; Mateo “El Gordo” y Salvador “El Chava” Benítez Palacios, propietarios del autolavado Los Peques, ubicado sobre la calle Juan N. Álvarez, participaron junto policías municipales en el ataque y detención de normalistas”.

Otro grupo involucrado es el de “Los Tilos”, que firmaron dos narcomantaa junto con Guerreros Unidos exigiendo la liberación de los 22 policías presos en Nayarit acusados de participar en el levantamiento de los normalistas. Una de ellas dice:

“Gobierno corrupto regresen a nuestros policías municipales si no lo hacen vamos a empezar a matar GENTE INOCENTE y también del GOBIERNO, no porque se anden haciendo pendejos aquí en IGUALA nos van a agarrar, nos pelan la verga junto con nuestros presidentes y directores porque ellos son nuestra GENTE GOBIERNO ILUSO que por eso tenemos plazas TAXCO, Huitzuca, Ixtapan de la Sal, Teloloapan y Apaxtla putos mugrosos asalariados.

“LA GUERRA COMIENZA

“ATTE LOS TILOS Y GUERREROS UNIDOS”.

 

X

“Los Rojos” son un brazo narcopolítico que se mueven sin ser molestados en el pequeño estado morelenses. Su líder entendió las ventajas de los aliados pero también las filias. Las traiciones en política y narcotráfico son parecidas.

La narcotrama de la familia Mazari ha funcionado hasta el momento. Informes policiacos lo relacionan con la plurinominal diputada local por Jojutla, Morelos, la priista Rosalina Mazari Espín, quien resultaría tía del narcotraficante. Ella busca la presidencia municipal de Puente de Ixtla en las próximas elecciones. “Carrete” también es sobrino del diputado Alfonso Miranda Gallegos, del Partido del Trabajo, ex alcalde de Amacuzac, municipio colindante con Guerrero pero también corredor de droga, paso de secuestradores y ladrones de autos. Lo complementan municipios como Cuautla, Tlaltizapán, Tlalquitenango y Zacatepec, todos tierra roja. A Miranda Gallegos se le promueve desafuero para juzgarlo. Un primo del “Carrete”, Jorge Mazari, buscaría también la alcaldía de Amacuzac. En el sur de Morelos la Familia Michoacana ha sido exterminada. Otros políticos, como el diputado priista Matías Nazario, es señalado por tener amistad con el líder narcotraficante.

Al “Carrete” también lo apodan “El 8 de Sonoyta” o “El Señor de los Caballos” y hasta un corrido tiene, compuesto por Larry Hernández, un cantante de “corridos alterados” junto con El Komander, famoso en el norte de México.

 

XI

¿Calentar la plaza es lo que pasa en Iguala?

Así, entonces, se registran actos criminales en una ciudad o territorio. El gobierno federal envía a fuerzas policiales y militares. Los criminales se retiran, abandonan el lugar. Las fuerzas de seguridad se van. Otras organizaciones ocupan la plaza abandonada.

¿Para quién se calienta la plaza?

Es sólo ver lo inmediato. ¿Hay algo inmediato en una guerra? Los muertos y la violencia, una batalla sin frentes que se desplaza desde puntos concreto, relacionados entre sí, con similares actividades y en las que se ejecutarán proyectos. Una zona donde la limpieza social es necesaria si se quieren cumplir contrato con trasnacionales. Guerrero, Michoacán, Estado de México y Morelos forman un superestado donde se cultiva y eclosiona el camino de la barbarie pero que conduce hacia alguna parte. Narcos, guerrilleros, políticos, militares, riqueza natural, compañías extranjeras, estudiantes normalistas de izquierda y ciudadanos en medio, que sólo ven los resultados de ese caldo y tal vez ni eso, chocan y sobreviven –si bien les va-.

Un Golpe de Estado se desarrolla en México, a la vista de todos. El ejército se desplaza por el país con la excusa de combatir narcotraficantes. La Presidencia se ocupa en vender recursos naturales pero envía tenebrosos mensajes de descontrol, sumisión ante las fuerzas armadas.

Los narcoestados de México, Guerrero, Michoacán y Morelos enseñan que los pobladores de México pelean entre sí, como si el vecino o el de al lado fuera culpable de algo que ni siquiera se sabe nombrar. Entre narcotraficantes o secuestradores se exterminan porque consideran competencia a los rivales. Pero siempre asesinan a las tropas. Nunca a los generales. Pasa lo mismo entre la clase política y los verdaderos dueños de los cárteles. El exterminio mexicano lo realiza otro mexicano, tan miserable como el que mata.

 

XII

Publica el portal Sin Embargo MX un texto de Francisco Ortiz Pinchetti:

“El 30 de diciembre de 1960, el entonces gobernador Caballero Aburto ordenó a la policía estatal disolver a balazos una protesta estudiantil en Chilpancingo. Hubo 19 muertos. El 20 de agosto de 1967, alrededor de 800 campesinos que intentaron tomar la sede de la Unión de Productores de Copra de Guerrero fueron acribillados por policías judiciales, guardias blancas y pistoleros dejando un saldo de 38 personas muertas y más de 100 heridas”.

Los 43 estudiantes de Ayotzinapa no aparecen. Las primeras cuatro fosas no contenían sus cuerpos y el horror se profundizó. Los 28 cuerpos encontrados no tienen nombre, pasado ni futuro. Otras 15 fosas fueron descubiertas entre el 11 y el 16 de octubre.

Fosa común

* La masacre de normalistas en Iguala es el resultado de años de corrupción y represión en México. Lo mismo que los 22 ejecutados en Tlatlaya, los hechos responden a las decisiones tomadas durante años por la clase política, una sola con el crimen organizado y que toma decisiones desde la lógica del asesinato.

 

Miguel Alvarado

A principios de octubre del 2014, el presidente de México, Enrique Peña, afirmaba que había bajado en 87.5 por ciento el número de recomendaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos a las fuerzas armadas. La matanza de 22 personas en San Pedro Limón, Tlatlaya, Estado de México, había sucedido el 30 de junio del 2014, quince días antes de que se difundieran esas estadísticas. En esa ejecución, que la Federación después matizó cargando la culpa total a tres soldados, la Comisión Nacional de Derechos Humanos actuó como siempre lo hacen las comisiones mexicanas. Su postura oficial fue la de reconocer que hubo graves violaciones a los derechos humanos. Ninguna cosa más. Luego de una semana viviendo en las instalaciones de la Normal Rural de Ayotzinapa, los estudiantes les exigieron a los de la CNDH salir del plantel. Los escoltaron hasta las puertas y desde allí los vieron partir en dos autos y una camioneta. Los estudiantes no confían en ellos. Esa misma Comisión ha encabezado otras dos investigaciones por ataques a normalistas.

 

II

Los derechos humanos en la administración de Peña Nieto funcionan así. Lo mismo sucedió en el 2006, cuando la policía estatal se enfrentó en San Salvador Atenco al Frente de Pueblo en Defensa de la Tierra. Hubo más de doscientos detenidos y dos muertos. La Comisión Estatal de Derechos Humanos nunca pudo establecer independencia del gobierno peñista y nunca, por mediación de la instancia, alguien pudo obtener algún resultado. Human Rights Watch acusa que a EPN le interesa más la apariencia que reconocer la gravedad de la inseguridad en el país. Peña dijo, el 30 de septiembre, cuatro días después de la masacre en Guerrero, que el asunto era problema de Iguala.

 

III

Peña construyó esa candidatura presidencial desde el cobijo de su tío, el ex gobernador priista del Edomex, Arturo Montiel, miembro del Grupo Atlacomulco, en el 2005. Un año después comenzaba a fraguar la llegada del equipo político a la presidencia, sueño acariciado por décadas que ni Carlos Hank ni Alfredo del Mazo González habían cumplido. El Grupo Atlacomulco ya había revelado que el poder es un negocio que involucra al clero, al empresariado, a los políticos y al crimen organizado. Y que la clase política no estaba dispuesta a trabajar en otro esquema, desde el partido que fuera. A Peña, esa precampaña desde el 2006 le costó unos 700 millones de pesos al año, casi todos otorgados a Televisa, que le armó un escenario de novela y coloreó su materia gris con crayolas de estadista. El dinero provino de fondos públicos, facturado como publicidad y difusión de obra.

 

IV

En la matanza de Tlatlaya, hay tres soldados presos que actuaron por su cuenta, según la versión del procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, quien sabía que le reclamarían por la evidente inconsistencia, similar, por ejemplo, a la solución final del caso de la niña Paulette, muerta en Huixquilucan en el 2010 y de la que dijo el entonces procurador Alfredo Castillo, estaba debajo del colchón. Así, con la previsión en el discurso, dijo que “los enfrentamientos ya se habían dado. Ya había muchos muertos, muchos heridos”. La última misión de los tres soldados fue exorcizar a todo su batallón, el 102 estacionado en San Miguel Ixtapan, Tejupilco, y acusado por años de haber sido infiltrado por el narcotráfico, por el cártel de La Familia Michoacana, que organizó con al menos 52 soldados una red de informantes que pagaba el líder regional de los narcos, Johnny Hurtado Olascoaga, “El Mojarro”, con residencia en Arcelia, Guerrero, a una hora de Iguala.

 

IV

Enrique Peña canceló una gira por Guerrero. A cambio, se dejó fotografiar paseando por la ciudad de México con los príncipes de Japón, Akishino y la princesa Kiko, el 6 de octubre, a quienes atendió en el protocolo de la buena educación. También voló a Baja California Sur, el 7 de octubre, donde los damnificados por el huracán Odile lo apapacharon sonrientes y le agradecieron el apoyo federal. Al menos los que salieron en las fotos. Al tema de Ayotzinapa, Guerrero, los seis muertos y los 43 normalistas desaparecidos, Peña Nieto le dedicó cerca de 4 minutos en público, también el 7 de octubre. En Monterrey, el 8 de octubre, se tomaba fotos con militantes, muy sonriente y su hija, Paulina Peña, visitaba Europa en compañía de sus amigas, vigiladas por el Estado Mayor Presidencial, en viaje de placer.

 

V

No es necesario que organizaciones internacionales declaren que México vive una guerra interna, la más cruenta de su historia. Todos las ven desarrollarse frente a uno, en la calle, a plena vista, a uno metros, al lado, en uno mismo. De todas maneras algunos números confirman un escenario así.

240 mil muertos aunque apenas 120 mil reconocidos oficialmente.

30 mil 780 ejecutados en el periodo peñista.

27 mil desaparecidos, aunque apenas 8 mil reconocidos.

 

VI

Por fin los gobiernos mexicanos aceptan lo que son. Narcopolíticos, en todos los niveles, gobiernan un país e imponen las reglas, sus decisiones sólo reflejan eso. No hay truco. Un narcopolítico genera narcopolítica. El libro del periodista Francisco Cruz, “Tierra Narca”, reveló desde el 2010 el grado de pudrición en la élite gobernante del Estado de México, donde nunca ha habido un Ejecutivo que no sea priista. Escribe que “las proyecciones más confiables estiman que el Estado de México tuvo en el 2005 un subregistro de dos millones de delitos… la cifra negra (delitos no denunciados en el Estado de México está en alrededor de 85 por ciento, según la Sexta Encuesta Nacional sobre Inseguridad, que en octubre de 2009 hizo pública el Instituto Ciudadano de Estudios sobre Inseguridad (ICESI). Los números de Peña como gobernador son tan infames como los que obtiene como presidente. El reportero Agustín Germán Márquez obtenía para el diario local Alfa, las cifras más importantes.

Secuestro, homicidio y violación habían incrementado 21 por ciento entre 2005 y 2007.

Feminicidios y homicidios dolosos de mujeres subieron 17 por ciento entre 2006 y 2007.

El número de víctimas por cada 100 mil habitantes fue de 10 mil 200, según la Sexta Encuesta.

Esto, durante el gobierno de Enrique Peña.

No se puede hablar de fracaso. Los gobiernos de México siempre han trabajado para obtener el escenario que se vive ahora. Ya lo consiguieron.

El Estado mexicano es, en suma, el crimen organizado.

 

VII

A la Tierra Caliente que comparten Michoacán, Guerrero y el Estado de México se le debe agregar el estado de Morelos. Se obtiene un principado, independiente, donde las reglas son otras, como otras las autoridades. El alcalde perredista de Iguala, José Luis Abarca, es el responsable directo del asesinato de 6 normalistas y la desaparición de otros 43. Pequeño de estatura, más pequeño que Peña Nieto, casado con una mujer dominante, María de los Ángeles Pineda Villa, es también heredera de toda una familia del narcotráfico. Sus hermanos, Marco Alberto Pineda Villa y Marco Antonio Pineda Villa, pertenecía al cártel de los Beltrán Leyva y fueron abatidos en el 2009. Pero esa familia construyó de la nada su imperio. Propiedades como joyerías, edificios y centros comerciales atestiguaron el crecimiento económico de los esposos a la sombra, también, de la suegra del alcalde fugado, María Leonor Villa Orduño, y de otro de sus hijos, Salomón Pineda Villa, “El Molón”, dueño de la plaza de Iguala para el cártel de los Guerreros Unidos, grupo surgido de las remanencias de los Beltrán Leyva y que fue operado por Mario Casarrubias, “El Sapo Guapo”, desde Morelos.

 

VIII

El narcoalcalde Abarca se retrató públicamente con cuanta personalidad se le atravesaba en el camino. El presidente de México, Peña; el dirigente nacional del PRD, Carlos Navarrete; el diputado guerrerense Óscar Díaz Bello; Armando Ríos Piter, diputado federal perredista y con Andrés Manuel López Obrador, para hacerse publicidad en las elecciones que lo llevaron a la alcaldía. La esposa, María Pineda, también lo hacía y posaba junto al gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, a quien también se le involucra con el narcotráfico por medio de uno de sus primos, Víctor Aguirre, “El Feo”, quien controla Acapulco.

 

IX

Las fotos son lo de menos. Un hombre que se ha decidido a salir de la nada es capaz de cualquier cosa. José Luis Abarca Velázquez es acusado de secuestrar y matar a un militante perredista. Incluso hay un testigo que sobrevivió a un cautiverio que terminó con la vida del líder de la Unidad Popular de Guerrero, Arturo Hernández Cardona, el 30 de mayo del 2013. En total, eran ocho los levantados por el alcalde, quien había sido denunciado por tres de ellos y recibido duras críticas. El ingeniero Arturo Hernández Cardona, Félix Rafael Bandera Román, Ángel Román Ramírez, Héctor Arrollo Delgado, Efraín Amantes Luna, Gregorio Dante Cervantes, Nicolás Mendoza Villa, quien finalmente pudo contar el crimen y Jimmy Castrejón, todos de la Unidad Popular, fueron plagiados en plena carretera.

 

X

“Nos trasladaron agachados a un lugar desconocido. Sólo sé que era campo porque no íbamos vendados, a este lugar llegó una persona a interrogarnos, misma que escribía todo en hojas blancas, nos preguntó nuestros nombres, y direcciones y la de nuestra familia, cuatro hombres armados con Cuernos de Chivos nos estuvieron cuidando esa noche, uno de ellos nos golpeaba con un machete largo, un látigo de alambre y una tabla en forma de una paleta.

“Ahí nos tuvieron toda la noche. Al día siguiente, treinta y uno de mayo, nos cuidaron ya diez hombres que portaban armas largas, por la mañana nos siguieron pegando. Alrededor de las seis de la tarde dos hombres cavaron una fosa. Ya muy noche llegaron tres personas, de los cuales conozco y conocí a dos y si me las ponen enfrente las puedo señalar y son: el presidente municipal, de nombre José Luis Abarca Velázquez; el secretario de Seguridad Pública y otra persona que no conozco, todas ellas con una cerveza barrilito en la mano. El presidente José Luis Abarca Velázquez ordena a las personas que nos cuidaban que nos torturen, al término de nuestra tortura el presidente municipal se dirigió al ingeniero Arturo Hernández Cardona, diciéndole: “Qué tanto estás chingando con el abono, me voy a dar el gusto de matarte”. Al ingeniero Arturo lo siguieron torturando y aproximadamente diez minutos después el director de la Policía Municipal levanta del suelo al ingeniero Arturo y se lo llevaron a la fosa que estaba más o menos a 10 metros de donde nos tenían y es el presidente municipal Abarca Velázquez quien le da un escopetazo en la cara y otro en el pecho y lo dejaron tirado en la fosa, comenzó a llover y no lo taparon, quedó descubierto.

“El compañero Félix Rafael Bandera Román, al tratar de escapar fue ejecutado, lo sé y me consta porque tres de las personas que nos vigilaban trajeron de regreso el cuerpo. Esa noche nos volvieron a interrogar, preguntándonos nuestras direcciones, nuestra relación con el ingeniero Arturo Hernández Cardona y nuestra participación en la Unidad Popular. Desde ese momento se dedicaron a amenazarnos, sólo decían entre ellos que tenían que esperar para ejecutarnos, se dedicaron a excavar fosas, alrededor de las 10 de la noche reciben una llamada y se escucha la orden de que “se debía de destapar los depósitos y sacar los cuerpos, porque ya se puso cabrón”. Desenterraron al ingeniero Arturo Hernández Carmona y a Félix Rafael Bandera Román, metieron los cuerpos en una camioneta Cherocky, nos trasladaron a la camioneta donde estaban los cuerpos y nos metieron encima de ellos, nos llevaron cerca de Mezcala y nos tiraron a todos, ahí matan a Ángel Román Ramírez, disparándonos dos personas con armas largas y todos corrimos al monte”.

 

XI

“Julia” sobrevivió a la matanza de Tlatlaya pero vio morir a su hija, asesinada por alguno de esos tres soldados que, dice la PGR, mataron a casi todos. “Julia” culpó a los soldados y contó la historia a medios extranjeros. Hoy la PGR dice que “Julia”, testigo protegido, tiene al menos dos versiones sobre los mismos hechos. “Pero no varía mucho los hechos”, dice el titular de la dependencia, Jesús Murillo.

 

XII

Los estudiantes de la Normal Raúl Isidro Burgos en Ayotzinapa se dirigían el 26 de septiembre del 2014 a la plaza de las Tres Garantías, donde la dueña de Iguala pero además presidenta del DIF estatal, María Pineda, rendiría su informe de labores. “Quiero invitarlos a que hoy me acompañen a mi segundo informe de actividades en punto de las 6 de la tarde”, decía el último mensaje en facebook de la presidenta, que subía una foto con el escenario ya dispuesto. La policía fue enviada a detener a los estudiantes pero en lugar de eso abrió fuego contra ellos. Y quien ordenó dispararles fue el director de Seguridad Pública municipal, Francisco Salgado Valladares. Luego, un sicario apodado “El Chucky”, quien trabaja para Guerreros Unidos y opera en el estado de Morelos determinó asesinarlos. La trama de Iguala es similar a la de Tlatlaya. Los responsables directos de los asesinatos serán “El Chucky” y sus narco-policías, como lo fueron los tres soldados en el Estado de México. En la lista de presos no habrá ningún político o alto mando.

 

XIII

José Luis Abarca es amigo de Lázaro Mazón Alonzo, senador perredista hasta el 2012 y alcalde de Iguala en dos periodos, 1996-1999 y 2002-2005. Político finalmente, es ahora secretario estatal de Salud en Guerrero y hace poco se deshacía en elogios por Abarca Velázquez y su mujer. Es también el abanderado de Andrés Manuel López Obrador, presidente del partido Movimiento de Regeneración Nacional, para las elecciones de gobernador en aquel estado. “Es el mejor”, dijo AMLO de Mazón. “Es el mejor”, dijo Mazón de Abarca.

 

XIV

Iñaki Blanco, fiscal de Guerrero, dijo que del “Chucky” sólo se conocía su apodo.

 

XV

Pero si el gobierno de Guerrero ni la Federación o los militares tienen idea de cómo se llama “El Chucky”, un blog en internet puede darles una pista. El sitio “Morelos narconoticias” http://jojunarco.blogspot.mx, se dedica a subir información relacionada con el narcotráfico en Morelos, que siempre va de la mano de secuestros, extorsiones, asesinatos y detenciones. No hay nada que no esté en otros medios, excepto su singular área de comentarios, usada como ring de combate verbal por los propios sicarios y narcotraficantes, grandes y pequeños. Todos se amenazan y se ostentan como los más rudos, poderosos. No hay tregua en las calles pero tampoco en las redes sociales. Allí se revelan direcciones y apodos, se avisa a los amigos o socios, se ponen los nombres de familiares y amantes; se develan rutas, alianzas y traiciones y “El Chucky” es uno de los personajes más comentados. Según el foro, “El Chucky” se llama Carlos Roberto Quezada.

 

XVI

“¿Cómo es que 4 sicarios están detenidos y no hallan al Chucky? Verga. Q c desconoce el nombre “Carlos Roberto Quezada” aista eL nombre d este perro vive en pte de ixtla. Trabaja para Carrete, Pinche gobierno comprado esta asiendo pedo Xq su familia esta protestando… si no, no isiseran nada cada dia muere gente. Ayer encontraron a una señora encpbihad con un msj donde esta la prensa? En iguala? Xq? Xq son 43 desaparecidos a no mamen tienen q ser un chingo para llamar su atención son mamadas.. Carlos Quezada alias el chucky trabaja para santiago mazari alias el carrete… chuky vive en la calle argentina frente a la estancia de niños cocoy … col norte. De pte de ixtla”, es el mensaje que se deja en el foro con la dirección http://jojunarco.blogspot.mx/2014/10/emite-epr-comunicado-sobre-caso.html#comment-form, al pie de un comunicado o pronunciamiento del Ejército Popular Revolucionario.

 

XVII

“El Chucky”, ya mencionado por las autoridades como el ejecutor de los asesinatos de los normalistas, es el brazo sicario de Santiago Mazarí, “El Carrete”, líder de “Los Rojos” y sobrino del diputado local por Morelos, Alfonso Miranda Gallegos, quien a principios de octubre del 2014 solicitó un amparo para no ser detenido. La trama es complicada. “Guerreros Unidos” domina Iguala y el enmarcado político del PRD, mientras que “Los Rojos”, para quienes trabajaría “El Chucky”, habrían asesinado a los normalistas.

 

XVIII

Leonor Villa Ortuño, suegra del alcalde José Luis Abarca aparece en un video cuando supuestamente había sido secuestrada. Vendada de manos y ojos, la madre de María de los Ángeles Pineda Villa relata, bajo amenaza, que su yerno protegía a Guerreros Unidos a cambio de 2 millones de pesos mensuales. La trama de relaciones se complica, desde luego, pero no es imposible de seguir, como una mala telenovela en la que incluso aparece el nombre de Federico Figueroa, hermano del cantante Joan Sebastian o José Manuel Figueroa, primos-hermanos del ex gobernador Rubén Figueroa.

Federico Figueroa es mencionado en el submundo de las narcorredes como el sucesor de Mario Casarrubias Salgado al frente de los Guerreros Unidos en Morelos.

A Mario Casarrubias Salgado lo llaman “El Sapo” o “El Sapo Guapo” y fue detenido en Toluca en un operativo encabezado por la Marina, el 30 de abril del 2014. Casarrubias era escolta de los Beltrán Leyva y trabajó algún tiempo en Chicago, donde halló la manera de encontrar protección de norteamericanos para transportar droga en tráileres desde México. Era uno de los más importantes proveedores de heroína. Un video circulaba en redes sociales y desde allí un hombre llamado Carlos Campos Hernández, “El Comando”, vinculaba a funcionarios del Estado de México con el grupo de Casarrubias. Entre algunos, menciona al alcalde de Ixtapan de la Sal, Ignacio Ávila Navarrete, a quien ubica como compadre Casarrubias, quien usó la misma estrategia que Johnny Hurtado para comprar información a soldados pertenecientes a los batallones 27 y 35.

En el 2013, Casarrubias peleaba contra los Caballeros Templarios por el control del sur mexiquense y esa guerra, invisibilizada por las autoridades, se extendía desde Tejupilco hasta Iguala y Telolalpan, en Guerrero, e involucraba a municipios de Morelos y Michoacán, además de una precaria alianza con la Familia Michoacana, dirigida en ese entonces por José María Chávez Magaña o Leobigildo Arellano Pérez, “El Pony”; Héctor García, “El Player”; Pablo Jaimes Castrejón, “La Marrana”, jefe de plaza en Tlatlaya y el propio Hurtado, “El Mojarro”. Jaimes fue abatido en Luvianos, en agosto del 2014, por el ejército.

Héctor García, “El Player”, está involucrado en el levantón y asesinato del alcalde -del PT y Convergencia- de Zacualpan, José Eduviges Nava, municipio mexiquense, el 19 de agosto del 2011, cuyo cuerpo apareció en Guerrero. Las primeras investigaciones condujeron a la captura de Sergio Aguirre Pérez, “El Chino”, jefe de plaza de Tejupilco para La Familia, quien dijo tener vínculos con José Luis Muñoz Álvarez, comandante de la Secretaría de Seguridad Ciudadana y a quien se le pagaban 50 mil dólares como sobornos. De aquella alianza contra los Templarios, permanecen libres “El Mojarro” y “El Player”.

Fue Mario Casarrubias quien consolidó el poder de los Guerreros Unidos y logró crear desde Morelos, un corredor natural hacia el valle de México, un emporio capaz de pelear por el control de la Tierra Caliente y que actualmente libra batallas por esa plaza contra el cártel de “Los Rojos”. Johnny Hurtado, “El Mojarro”, desde Arcelia, Guerrero, pelea todavía contra Templarios, Guerreros Unidos, Rojos y el ejército. Doce fosas clandestinas habían sido localizadas en Morelos hasta este año. La ciudad más cercana a Arcelia es Iguala y es un paso de droga usado por los cárteles en el sur. San Pedro Limón era, hasta principios de este año, uno de los centros de reunión de La Familia Michoacana.

 

XIX

Unas semanas antes de la matanza de Tlatlaya, Hurtado y su grupo se enfrentaban a soldados, que lo buscan aún por la muerte de un teniente de la Marina, Arturo Uriel Acosta Martínez, asesinado por pistoleros de La Familia en abril del 2014 en el poblado de Liberaltepec, Guerrero. Los encuentros contra el ejército incluyeron poblados del Estado de México, como San Pedro Limón en Tlatlaya y otros de Amatepec.

 

XX

El Ejército Popular Revolucionario, EPR, también tomó postura luego de la matanza de Iguala, desde un comunicado emitido antes de encontrarse fosas clandestinas donde estarían los cuerpos de algunos de los desaparecidos.

“Los 43 normalistas que permanecen en desaparición forzada están siendo torturados en los cuarteles de la policía federal, instalaciones del ejército y la marina como sucedió en la represión del 28 de abril y el 15 de octubre de 2012 en Michoacán, cuando los mantuvieron desaparecidos temporalmente en las instalaciones de la academia de policía donde fueron también brutalmente torturados. Constituye una cínica burla la declaración del gobierno estatal al afirmar que se “abocará” a su localización, porque es de todos sabido y existen evidencias fehacientes de que fue la fuerza policíaco-paramilitar quien se los llevó, operativo realizado coordinadamente entre policía municipal, estatal, federal, ejército, marina y paramilitares.

“Los misteriosos “civiles armados y encapuchados” que perpetraron parte de esta masacre en realidad son elementos activos de las fuerzas policiaco-militares realizando acciones de paramilitarismo. Es grotesco sostener la tesis de la infiltración del crimen organizado para endosar este crimen de lesa humanidad a la “delincuencia organizada”, dicha afirmación constituye una burda maniobra política para diluir la responsabilidad del Estado y garantizar impunidad a los criminales materiales e intelectuales.

“Especulaciones dolosas promovidas por el Estado mexicano y difundidas perversamente por “sesudos analistas” y funcionarios públicos. La tesis del Estado Fallido,  independientemente de su modalidad con la que se pretende “justificar” la supuesta violencia generalizada, por la “delincuencia organizada” y el narcotráfico se encuentra circunscrita dentro de la doctrina de la guerra contrainsurgente dictada desde el imperialismo norteamericano.

“La masacre de Iguala es la expresión fiel del grado de terrorismo de Estado con el cual se trata de imponer de forma incuestionable la criminalización de la protesta popular bajo la mascarada e instrumento jurídico de “regular” marchas, plantones y la protesta popular, para evitar que “actos violentos” como los ocurridos en Ayotzinapan vuelvan a suceder. La detención de 22 policías municipales no garantiza justicia para nuestro pueblo, por el contrario es una maniobra recurrente para administrar y prolongar la impunidad, porque enseguida salen libres, como es el caso de los policías federales que asesinaron, el 12 de diciembre de 2011, a dos normalistas también de Ayotzinapan, esos criminales hoy gozan de libertad y completa impunidad”.

 

XXI

El periodista Francisco Cruz, autor de los “libros Tierra Narca”, “El Cártel de Juárez” y “Los Juniors del Poder” sostiene la posibilidad de que los muertos de Tlatlaya pudieran pertenecer a grupos guerrilleros, como las Fuerzas Armadas Revolucionarias-Liberación del Pueblo (FAR-LP), surgidas en el 2013 y que denunciaba tácticas de represión social de la Federación contra organizaciones civiles. También postularon que cualquier compañía petrolera extranjera que se asentara en México sería tomada como “objetivo militar”. Tienen su zona de influencia en Tlatlaya y Arcelia

Está ligada a los grupos de autodefensa fundados por Nestora Salgado en Guerrero, actualmente presa en Tepic pero coordinadora de la Policía Comunitaria de Olinalá, Guerrero, el antecedente directo de las Autodefensas michoacanas encabezadas por José Manuel Mireles. Para Francisco Cruz, los militares creían que los 22 ejecutados en Tlatlaya pertenecían a la guerrilla. El gobernador del Edomex, Eruviel Ávila, el caso de Tlatlaya es un muro de silencio que para él está en manos de otras jurisdicciones.

 

XXII

El alcalde de Iguala se llama José Luis Abarca Velázquez. El alcalde de Tlatlaya se llama Ariel Mora Abarca y pertenecen al PRD. Este último dice que no es primo del guerrerense y quiere ser, próximamente, diputado local.

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