Guerrero: la montaña en pedazos

* Sopla el humo en la cocina y enciende el fogón en un minuto. Mira sus manos Margarita en ese filo amaizado de la tarde y su marido, ebrio de mezcal, se sienta a la mesa esperando la comida. Pronto llegan las demás. Las niñas, las hijas del hombre, no pierden la compostura y amasan, acostumbradas, una torre de tortillas con el hambre en los ojos.

 

Miguel Alvarado

 

I

Pienso en Emilia, que mira a la gente sin zapatos en las calles de Zamora o Bogotá, quizás en Nueva York y les da dinero para que hagan algo. A veces les compra calcetines, unas medias, pero no siempre puede y su corazón se atora en las ranuras de la banqueta mientras observa pies como barcos encallados en un mar de asbesto. No los toca porque no puede aunque ha hecho el intento. Prefiere no tocarlos porque esa elongación de arrugas y callos la obligaría a quitarse su calzado, entregarlo, y la suavidad de la tarde o la mañana, según se mire al sol, no sería suficiente para que ella camine así.

Emilia o tú tendrían muchos zapatos que repartir en la montaña de Guerrero, donde los pies descalzos son amarillos como el oro porque así es el color de las polvaredas, del camino que se traza entre las grietas y el barranco que termina, de noche, en un vacío de plantas y murmullos pero nunca siniestro y que sube, siempre va subiendo mientras un río, allá en lo hondo, el Balsas, arremete en días de lluvia contra puentes y forasteros. Es frontera ese río, l’agua turbia que si la miro es espejo para el cerro y cuando la oigo es viento, un rumor que inclusive dice tu nombre.

Vine a Guerrero buscando la muerte como si fuera un deber, equivocado y ciego, atisbando la bala, el secuestro, queriendo prolongar una tragedia que ni siquiera entiendo. Y sólo hubo el cielo, mil montes en sucesión de ola y gente sin zapatos que nada sabe de lo que sucede abajo, donde terminan los bosques y comienza la verdadera pobreza que sí calza, que sí viste, que sí come pero que asesina nada más mirarla. La montaña de Guerrero es un lugar para que uno viva para siempre allí.

Porque abajo en la planicie es el infierno. Chilpancingo, Iguala, Ayotzinapa, Ayutla son aros donde están dios y las cosas de dios y sus hombres amados y los que van de reporteros miran de perfil, con las manos retorcidas mientras se hacen los valientes, queriendo convertirse en personas útiles que no sólo miren, escriban, opinen, tomen fotos de los vivos y de los que van a morir. Los que viven allá tienen la cara quemada y hablan poco pero ríen, les emociona el futbol y trabajan en lo que pueden. Hacen la comida y se toman el agua paladeando desde el vaso. Usan huaraches o chanclas y sus pies son amplios y fuertes, desbastados, pulidos en la obsidiana de una flecha. Aquí es fácil confundirse. Hasta aquí es mejor dejarlo, hasta que uno sepa si podremos estrechar las manos, aprender a tirar, encararse a la policía y luego sentarse con la familia a tomar el fresco mientras las sillas rechinan, alumbradas a veces por las puntas de unos cigarros que nadie compra pero de los que siempre hay. Y todos hablan despacio en la ausencia de internet, del timbre que luego llama porque hay un correo, o nada más da la hora.

Y cómo te fue. Cómo le hiciste para volver si no hay transporte.

Porque las casetas están tomadas y las pérdidas resultan enormes, desde octubre del 2014, para la empresa que controla los peajes. Son los Alcántara, primos de Peña Nieto para variar, los dueños de esas concesiones y constructores de terminales, inventores de líneas camioneras. Son los dueños de la Estrella de Oro, los autobuses en los que viajaban los estudiantes de Ayotzinapa y que se usan también para llevar goma de opio a la frontera con Estados Unidos, en Tamaulipas.

Pero ese desgarro urbanizado está unido como costura practicada en un cuerpo y es una herida que recorre Guerrero desde la llanura hacia sus costas, haciendo zetas y recuadros, a veces hoja rayada por un niño, y que encuentra sus límites en las raíces de las montañas, en Ayutla, donde 10 mil habitantes han tomado el control de la seguridad pública patrullando como autodefensas las calles erizadas de metralla. Pasan junto a uno, caminando, armados y uniformados mientras los soldados controlan los accesos. Pero éstos, los militares, han instalado cercos selectivos. No revisan a todos ni tampoco lo hacen bien. Saben a quiénes detener y permanecen a pie de carretera ejerciendo una autoridad que aplican solamente de nombre. Sólo intimidan y para la gente eso es suficiente. Allí, en Ayutla, a hora y media del mar, comienza la subida, el descarado abismo que exige la vida si alguien se equivoca.

Y entonces a dónde vas. Para allá es Iguala.

– ¿A dónde vas?

– Allá adelante.

– ¿De dónde vienes?

– De México.

– ¿Y qué es lo que buscas?

Otra vez la pedrería de la sangre, el enjoyado charco de los muertos y sus cantos airados desde las narcofosas, que en este lugar son flores ordinarias, siniestros manojos, 500 arriates que restallan bajo el sol cortado en los racimos polinizados de una flor y su maíz.

Llegamos a Iguala a las 2 de la tarde. Sólo estuvimos de pasada pasando los retenes. Y en la radio de la enorme camioneta, una Tacoma incontrolable cargada de droguería y medicinas, el miedo que uno abandera se trasmite en hertzios, en el balbuceo de una canción. “Dejo encendido el televisor desde que empieza a anochecer hasta que araña nuevamente el sol. El objetivo es no pensar, no pensar en ti, ni un segundo en ti, verte dormir y no pensar en ti”.

Emilia, tus niños sin zapatos no están salvo pero hoy no hace frío y te digo que pisarán las arenas de mi mano. Habrá dulces por lo menos y un cuento donde vuelan las aves y aluza el sol, sin morir en la yerba a las seis de la tarde.

 

II

Sopla el humo en la cocina y enciende el fogón en un minuto. Mira sus manos Margarita en ese filo amaizado de la tarde y su marido, ebrio de mezcal, se sienta a la mesa esperando la comida. Pronto llegan las demás. Las niñas, las hijas del hombre, no pierden la compostura y amasan, acostumbradas, una torre de tortillas con el hambre en los ojos.

– Ellas –dice como dicen los de Aguatordillo- son mis hijas y quieren estudiar enfermería. Pero hay que caminar 12 horas al pueblo donde está la escuela y no tengo dinero.

Las niñas avientan las manos al fuego y su madre les ayuda. Ordena la estancia en una mirada, mientras excluye al hombre en esa bondad de sombras y ocote pero su aliento la obliga a nadar en sus ojos para sacarle la verdad.

¿Por qué estás aquí, entre los perros y las gallinas que se meten en las piernas?

A Margarita le duelen los dientes desde hace un año. El dolor se le hizo una costra tan grande como sus labios y la falda azul que se puso para consultar a los doctores, venidos desde México y que en una hora terminaron su dotación de medicina. Sólo quedan placebos, los paracetamoles guardados en un montón de bolsas que repartirán de todas maneras, aunque sea nada más para apaciguar el llanto por unas horas. Margarita ya tiene sus cajas y sus ojos se le cierran con un sueño de humo que se le avienta en la cara. Qué sueñas, Margarita, que no quieres pensar lo que ocurrirá mañana.

Pero el fogón. Pero las niñas. Y el marido que habla español a medias, aunque su tlapaneco, música fermentada que viene del abismo y se arrastra por el pueblo en el silencio de los plátanos, insiste un canto para él.

– Es mi esposa, mírala, le duelen los dientes y ya no quiere comer lo que no está blandito-. Pasa la vista por la cocina envolviéndola en su mirada de dueño, de amo del tizne y lo inmediato, guardando cada objeto en la sangre de los ojos, reventados y amarillos, que restriega sin memoria, en espera de una noche que no llega, que no termina por cerrarse. Una olla sin pobreza contiene el agua de los quelites, la comida de ahora y de mañana y de pasado mañana. Aplana un error en la geografía del piso en esa tierra, en la esquina donde nace una mancha y hasta aplasta el aire con un silbido.

Después llega la sopa, un plato de quelites todavía colgando de sus ramas.

El hombre duerme con los ojos abiertos pero las mujeres, sabiéndolo así como es y será, le perdonan todo porque lo quieren. Eso dicen, mientras muerden una de las tortillas que han sobrado.

 

III

Mueve la mano izquierda nadando en la profunda morgue de la calle, marchito en la sangre de sus amigos, que iban donde iba él, buscando o huyendo de los federales cuando se los encontró de frente. Le dieron tiempo para detener la camioneta y salir, con las armas listas, primero apuntando al cielo, luego a las piernas y al final contra su propia adversidad. Esa, su danza macabra, fue ejecutada con la calma de un náufrago mientras nubes metálicas le perforaban los brazos, le penetraban el cuerpo como si fueran balas.

Luego movió el brazo derecho, que despegó de la sangre con la gravedad que reviste la derrota. Miró el brazo, agitándolo en la negación de todo lo acordado, sin echarse para atrás.

Y es que ese muerto todavía respira.

Los vecinos dijeron que eran gente del pueblo, pacíficos, que nada tenían que ver con los sicarios y la muerte que, ahora, de todas maneras, cargan como amuletos contra el dolor. Se burlaron de los policías, del jefe de ellos, quien sostuvo hasta el final la mirada, soportó el insulto pero al cabo, quebrado como los muertos que ya subían en camionetas, tuvo que retirarse y oler a horcajadas, como si fuera ropa recién lavada, el aire seco de Apatzingán, en la mera Tierra Caliente michoacana.

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Los juegos del hambre: la historia de los comedores comunitarios en el Edomex

* La delegación federal de la Secretaría de Desarrollo Social, encargada de Comedores Comunitarios, adeuda cuatro meses de salarios a todos los coordinadores del programa, desde agosto y lo que va de diciembre del 2014. Los sueldos que los empleados reclaman sin éxito van desde los 6 mil 800 pesos hasta los 18 mil mensuales. Las personas afectadas, de 450 a 500, desde operativos hasta administrativos, repartidas por todo el territorio mexiquense, trabajan hasta la fecha sin contrato alguno y la razón que el delegado de la Sedesol, Edmundo Rafael Ranero Barrera, anteriormente subsecretario de Operación del Transporte estatal, les da para no pagar es la más simple de todas: “no hay dinero”.

 

Miguel Alvarado

El programa federal Comedores Comunitarios que se desarrolla dentro del proyecto Cruzada Contra el Hambre es uno de los más emblemáticos de la administración del presidente mexicano Enrique Peña. El programa ha sido promocionado a nivel nacional como uno de los más exitosos pero al menos en el Edomex la realidad es otra.

Esa batalla contra el hambre es librada con recursos que empleados y voluntarios ponen de su propia bolsa. En todo el país este programa abrió espacios comunitarios para apoyar a los sectores sociales más desprotegidos, pero en tierras mexiquenses ha sido intervenido por autoridades municipales, como sucede en Metepec, donde la alcaldesa priista, Carolina Monroy, esposa de Ernesto Némer, subsecretario federal de Desarrollo Social, justamente la dependencia que desarrolla y opera los comedores, ha involucrado a personas que el ayuntamiento tiene inscritas en otro proyecto municipal, el Programa Metepequense de Seguridad Alimentaria, ProMesa. Monroy es, además, prima de sangre del presidente Peña Nieto.

También, la delegación federal de la Secretaría de Desarrollo Social, encargada de Comedores Comunitarios, adeuda cuatro meses de salarios a todos los coordinadores del programa, desde agosto y lo que va de diciembre del 2014. Los sueldos que los empleados reclaman sin éxito van desde los 6 mil 800 pesos hasta los 18 mil mensuales.

Las personas afectadas, de 450 a 500, desde operativos hasta administrativos, repartidas por todo el territorio mexiquense, trabajan hasta la fecha sin contrato alguno y la razón que el delegado de la Sedesol, Edmundo Rafael Ranero Barrera, anteriormente subsecretario de Operación del Transporte estatal, les da para no pagar es la más simple de todas: “no hay dinero”. Los empleados, sin embargo, deben seguir laborando porque es la única manera que les ofrecen para exigir un pago posterior, que además ha sido condicionado al cumplimiento de exigencias que en un inicio no estaban estipuladas. La delegación de Sedesol tiene recursos económicos que llegan puntuales desde la Federación, pero el rubro destinado a los salarios se pierde en algún lugar de la burocracia que administra el hambre en suelo mexiquense. Los empleados sin salario aseguran que, a estas alturas, pesa ya una amenaza para darlos de baja sin que puedan cobrar los adeudos. Una última reunión entre trabajadores y autoridades apenas pudo esbozar la promesa de un pago entre el 15 y el 18 de diciembre, aunque se les advirtió que solamente noviembre y diciembre serían liquidados.

Ese impago misterioso, llevado a la práctica hasta sus últimas consecuencias, ha generado que los comedores se transformen en cocinas económicas de carácter privado, donde los mismos empleados cobran las comidas hasta en 18 pesos “porque esa es la única manera que tenemos para sobrevivir”. Esa comida, que en los establecimientos del valle de México alcanza hasta 30 pesos por persona, tiene un valor al público, de origen, de 5 pesos, pues es parte de un programa subsidiado. Pero quienes venden la comida, por otra parte no gastan en ella, porque los insumos no han fallado y la Federación los suministra cada 30 días. Así, los salarios retenidos desde la Sedesol pervierten un programa que, dicen los mismos coordinadores, es bondadoso y está perfectamente armado.

Los afectados denuncian un fraude a partir de la retención de sus pagos, primero porque las razones que se les dan para no entregárselos son absurdas y después porque no hay ninguna bancarrota ni anuncio oficial que indique que el programa se haya detenido o perdido los fondos. En el Estado de México existen 957 comedores, coordinados a nivel estatal por Alfredo Sánchez Víquez, quien llegó en octubre del 2014, enviado desde la Subsecretaría del Transporte, donde era jefe de la Unidad de Movilidad Urbana. El cambio para Ranero y Sánchez fue drástico y los afectados entienden que los enviaron a “contener” los reclamos por salarios y otras irregularidades.

“Si negociaba con lo peor de lo peor del transporte público, y les ganaba, ¿qué podemos esperar nosotros?”, apunta uno de los demandantes. La presión es tal que muchos ya se han ido, sin cobrar.

“Yo quiero pagarles, pero…”, les dice Ranero cada vez que hablan del tema.

Los 957 comedores están ubicados en 19 regiones y atienden, de lunes a viernes, un promedio de 240 servicios diarios, la mitad en la mañana y la otra a la hora de comer. Cada servicio, con un costo de 5 a 10 pesos, está dirigido a población con características bien definidas: niños de hasta 11 años, discapacitados, embarazadas, adultos mayores de 65 años y personas en pobreza extrema. Los comedores son atendidos por voluntarios a cambio de comer allí y de que tres de sus familiares acudan también, sin costo. En general, forman equipos de hasta 5 personas que trabajan una semana al mes. Cada comedor, entonces, tiene 4 equipos de hasta cinco elementos aunque eso varía. Las cocineras y los jefes de Comedor tienen un horario de 6 de la mañana a 5 de la tarde, aunque es flexible. Por ser voluntarios, no reciben ningún salario. En total, se reparten 229 mil 680 raciones diarias en toda la entidad.

Unas 500 personas son las que colaboran con Sedesol en los comedores comunitarios, divididas en las cuatro figuras que marca el programa: empleados regionales, municipales promotores y microrregionales. Un promotor, por ejemplo, debe tener 5 comedores para hacer válido su cargo y optar al pago. Pero no todos cumplen ese requisito. Algunos tiene cuatro, y a pesar de que se trabaja, la Sedesol advierte que no pagará. Ese condicionamiento en el pago se deriva también de la desinformación. Los empleados desconocen, a estas alturas, cuáles son los requisitos exactos que exigen en la delegación. Al principio eran 12 los formatos requeridos pero al paso de los meses se “inventaron” otros. La idea estaba establecida: no pagar.

– La instrucción directa es ésa. Así nos dijeron los nuevos administradores, “háganle como quieran”. Eso nos dijo Víctor Calvillo, director general de Participación Social –apunta uno de los afectados.

La delegación de la Sedesol cambió recientemente a sus funcionarios y el programa se vio en apuros. Primero estaba Fernando Alberto García Cuevas, quien asumió su encargo en febrero del 2013. Duró allí 20 meses y su salida obedeció a acuerdos políticos entre el PRI mexiquense, el gobierno estatal y la propia Federación, que preparan ya las elecciones intermedias del 2015.

Una reunión en Zumpango, hace pocos meses, perfilaba ya los problemas que ahora arrastra el programa. García Cuevas todavía estaba al frente de la Sedesol y reclamaba los pagos atrasados.

– Este problema de los comedores se tiene que arreglar y, si no, yo aquí pongo mi renuncia –dijo el ex delegado.

– Si alguna renuncia debía estar aquí, es la de Víctor Calvillo –fue la respuesta de los representantes de Rosario Robles, secretaria federal de Desarrollo Social. Un primer pago llegó en abril del 2014, pero fue el único dinero que han visto los empleados.

Otra reunión desembocó más o menos en lo mismo. “Señores, su pago ya está, pero deben llenar una carpeta con información”. Al final el trámite se convirtió en un laberinto burocrático que en lugar de allanar el camino lo cerró todavía más y obligó a una degradación escalafonaria que algunos aceptaron a cambio de quedarse.

Hubo a quienes sí se les pago. Gente de Ecatepec, Cuautitlán Izcalli, por ejemplo, fueron los primeros y únicos beneficiados. A ellos se les pagó, sí, pero hasta en eso hubo irregularidades porque en Ecatepec no se ha abierto ningún comedor.

– Eso sí, hay pagos para la gente que dice trabajar allá por instrucción del gobernador del Edomex, Eruviel Ávila –aseguran. A ellos les pagaron seis meses. Pero esa estructura, la de Ecatepec, desapareció de inmediato, nada más cobrar, se desintegró.

Los quejosos recibieron un adelanto entre junio y julio del 2014 que se pactó como viáticos y gastos a comprobar. Así se firmaron esas entregas y así están las pólizas. Pero el nuevo delegado argumenta ahora que se trata de un préstamo solamente “y que ahora tenemos que pagar”.

La Sedesol no es cualquier delegación. Desde allí se operan los programas federales para la entidad más poblada del país, que concentra poco más de 15 millones de habitantes, la mitad de ellos, según el INEGI, ubicados en algún tipo de pobreza. En febrero del 2013 la tierra de Peña Nieto se colocaba dentro del grupo de cuatro estados que experimentaron un crecimiento en la pobreza. Oaxaca, Guerrero y Chiapas, según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) son los otros socios de este club de la miseria. En el 2012, el Edomex tenía 6.7 millones de pobres y un año más tarde había 7.32 millones. El porcentaje de la población en pobreza para la entidad era, en el 2010, del 42.9 por ciento. En el 2012 fue de 45.3 por ciento.

Según el propio García Cuevas, el presupuesto que la delegación de la Sedesol en el Edomex ejercía, en el 2013, era de 5 mil 300 millones de pesos pero con la inclusión de los 125 municipios al Fondo de Aportaciones a la Infraestructura Social Municipal (FIS), la partida aumentó y en el 2014 se operaron 10 mil millones de pesos “para mover los indicadores de pobreza”, aseguraba García en febrero del 2014. En conjunto, los gobierno del Estado de México y la Federación han invertido más de 6 mil millones de pesos en programas contra el hambre integrados en la Cruzada Nacional Contra el Hambre, afirmaba Ávila Villegas.

El Edomex, uno de los estados más ricos y productivos del país es, desde los conteos de la Federación, también uno de los más depauperados. Los números, en contraste con los discursos públicos de los tres niveles de gobierno, juegan un papel preponderante para el 2015, cuando haya elecciones en la entidad y el dispendio en campañas alcance, como históricamente lo hace, proporciones de ficción. Ese dinero, el del dispendio, deberá provenir de alguna parte.

Las ecuaciones que mezclan pobreza y comicios en programas sociales son perfectas. Quienes tienen más pobres también obtienen mayores recursos federales y estatales y pueden negociar aumentos. Cuna del Grupo Atlacomulco, enclave político de Peña Nieto, no es casualidad que el Edomex tenga, desde esas estadísticas, a la mitad de la población clasificada como pobre.

En medio de la corrupción imperante, el programa de Comedores Comunitarios toma ya un sesgo electoral, pero las pérdidas son incuantificables y los propios coordinadores saben que ese proyecto se cae por falta de capacitación y porque ha llegado a trabajar allí gente que no tiene idea de cómo operar. Las irregularidades se presentan hasta en la renta de las oficinas de la Sedesol, en realidad una casa-habitación ubicada en la calle Francisco del Paso Castañeda 107, en la colonia Universidad.

– Están pagando, junto con un anexo para estacionamiento que está a tres cuadras, 92 mil pesos al mes. Es una casa, enorme, sí, pero en la zona la renta no pasaría de la mitad. Está en una zona donde el uso de suelo es habitacional pero la usan para oficinas, no está adaptada y eso ya tiene consecuencias pues se ha quemado la acometida de electricidad por no tener la instalación adecuada. La gente que trabaja allí está sentada en un barril de pólvora porque las instalaciones son de tabla-roca. Se puede quemar todo. García Cuevas supo de ese riesgo.

– ¿De quién es esa casa?

– El dueño de la casa se llama Gordillo, Carlos Gordillo. Es un cuate que tiene un auto Lamborghini, el único auto así que anda por aquí.

Los afectados consideran que los nuevos delegados, Ranero y Víquez, hacen, literalmente, lo que se les pega la gana e involucran a un personaje más, Tania Pérez Olguín, sobre quien recae la nueva estructura. Sedesol, dicen, exprime a la gente, que a estas alturas no abre algunos comedores.

El poder de Pérez es absoluto en la nueva administración a pesar de no conocer la estructura. El primer comedor que se abrió se ubicó en Pueblo Nuevo, San José del Rincón, inaugurado por Peña Nieto y atestiguó la incapacidad de Pérez Olguín. Quince días después de inaugurado, fue y se enfrentó con los que allá trabajan.

– Este comedor, si quiero, lo cierro porque yo soy autoridad –dijo la funcionaria de Sedesol.

El conflicto generó deserciones; consta en reportes la conducta de Pérez, a quien califican como el terror del programa.

 

Un botín político

 

El proyecto de los Comedores en el Edomex comenzó sin un techo presupuestal y el testimonio de las propias cocineras de comedores en Metepec lo confirma. “Nosotras llegamos cuando no había nada, sólo el local vacío. No teníamos ni siquiera servilletas. Nosotras compramos cosas, acondicionamos y aguantamos por un tiempo para que esto funcione. Todavía le hacemos así”.

La Sedesol no venía a experimentar pues había registros de aperturas en Guerrero, Chiapas y Michoacán. Aun con eso, ni siquiera había un reglamento. Y si lo hubo, nadie lo leyó. Así, sabían de la importancia de pagar los servicios, por ejemplo, de la Secretaría de la Defensa Nacional o capacitaciones. A ellos sí les pagaron. Eran pagos importantes, de hasta millón y medio de pesos. Pero para las personas no hubo nada, ni siquiera viáticos.

La Sedesol nunca hizo ningún tipo de contrato con los afectados, todos los acuerdos han sido de palabra y podría desconocerlos en cualquier momento. La Secretaría del Trabajo no ayuda porque no hay constancias en papel. A eso se debe que una mayoría haya decidido abandonar el empleo.  La promesa inicial de Peña Nieto era abrir 2 mil comedores. Pero el impago detuvo todo.

– Nos quedamos en 957 comedores –dice otro de los demandantes –pero se empiezan a convertir en botín político. Y hay lugares, como es el caso específico de Toluca y Zincantepec donde no hay ninguna persona de Sedesol. En este último municipio sucede así.

– ¿Sedesol “abandona” o entrega la operación a los municipios?

– En el caso que narro, en Zina, pregunté primero quién era el representante de Sedesol y me dijeron: “nadie, todos somos del municipio”. No podía estar ese tipo de personas administrando el comedor. Y resulta que el jefe de ellos era la directora de Desarrollo Social municipal, Eloísa Contreras Archundia, quien en lo legal es el enlace entre el municipio y el programa Cruzada Contra el Hambre, pero no puede actuar como “administradora”.

Al menos en Toluca y Zinacantepec pusieron algunos comedores en locales donde operaban ya cocinas económicas. De lunes a viernes estaba el programa pero los fines de semana aprovechaban lo que había para venderlo. Y eso siguió creciendo. Hay comedores que ya se volvieron cocinas económicas porque quienes tendrían que supervisar no han cobrado sus salarios.

Los usuarios más frecuentes son los niños, por encima de los adultos y lo que se cobra, 5 ó 10 pesos funciona como cuota de recuperación. Ese precio se decide en una Asamblea. Sin embargo, las cuentas no salen. Los comedores que se volvieron cocinas económicas cobran 18 pesos por comida y usan esa diferencia monetaria para la gente que trabaja, pero nada se aplica para el comedor, que además ya se adapta para todo el público. Si nadie supervisa, nadie se entera, al menos de manera oficial. La mayoría de los comedores ya son negocios personales.

“La idea de los comedores -dice otro de los inconformes- está inspirada en una de Lula da Silva en Brasil, aunque allá eran para todos”. Y es que la gente, aunque no esté en la clasificación de Sedesol, ya reclama. “¿Por qué no voy a comer? Soy mexicano y es mi derecho. Ahí nosotros no podemos echarnos encima a la gente, porque además son nuestros vecinos”.

Luego de casi un año de abiertos los comedores, al menos la mitad en el Edomex está en esas condiciones de “negocios privados” y el esfuerzo que se hizo para levantar el programa ha quedado rebasado. El fenómeno se presentó primero en el valle de México y pronto el ejemplo se extendió. En Atlacomulco, la tierra del presidente Peña, hay denuncias por robo de abasto y cambios de sedes sin previo aviso pero eso no impidió que se abrieran 300 comedores en la región, incluyendo Ixtlahuaca, Acambay, San José, Progreso, entre otros. El valle de Toluca tiene unos 129 comedores. En el valle de México hay más de 200.

Sobre el control del abasto, un tema por el cual los trabajadores han sido amenazados de castigo, la Sedesol no toma en cuenta las raciones que consumen los voluntarios ni los tres familiares que cada uno de ellos tiene derecho a alimentar. Las raciones, por supuesto, aumentan. Los inventarios de la Sedesol no cuadran con sus propias órdenes. Los coordinadores tienen prohibido comer en los comunitarios pero cuando se cumplen cuatro meses de impagos, acuden al servicio por necesidad.

Pero el mensaje que se le envía a la opinión pública es distinto. La delegación escoge “cinco comedores de éxito”, los mejor organizados. Allí se envía a Televisa, por ejemplo, y filmaba para pasar las imágenes, luego, en los noticieros de aquella empresa.

Los empleados sin cobrar ironizan que la Sedesol se preocupa por los desposeídos, pero no por sus trabajadores. “No tenemos seguro social, hacemos recorridos a comunidades lejanas con recursos propios pero no hay respaldo de la delegación, nunca se nos dio”.

 

Triangulas o cuello

 

Todavía una irregularidad más esperaba a quienes aceptaron trabajar el programa y consistía en triangular los pagos. Así, el salario asignado originalmente lo compartieron con sus jefes.

– La estructura de Sedesol consta de 19 regiones y dentro de ellas nos asignaron una categoría, un puesto y un salario. Cada una de las 19 regiones tuvo un coordinador de programa federal, con un sueldo pagado por Sedesol. Ellos trabajaban programas para adultos mayores, para jefas de familia y microrregiones, entre otros. Ya tenían una coordinación, antes de que iniciara Comedores y se les asignó una región con nosotros. Para que ellos pudieran cobrar, primero a nosotros nos dieron un nombramiento como coordinadores regionales, que es nuestro cargo. El dinero que nosotros cobramos se lo tenemos que dar al coordinador de Área. Para esto se consiguieron prestanombres, para que nosotros pudiéramos también cobrar.

– ¿Los servidores públicos que ya trabajaban para Sedesol comenzaron a recibir dos salarios?

– Sí, el que ya tenían por su cargo y responsabilidades originales, y el que venía de nosotros, en el programa de Comedores. Claro que el salario más alto era el que ellos recibían por su trabajo inicial. En algunos casos esos coordinadores nos apoyaban directamente con vehículos o dinero para traslados pero en otras regiones los coordinadores no ayudaron en nada.

– ¿Cuál es la cantidad que se llevan esas personas por el trabajo de ustedes?

– El salario más alto en el programa de Comedores, que es el de coordinador regional, es de 18 mil 200 pesos mensuales. El siguiente salario es de 16 mil 800, netos, sin ninguna prestación. El salario más bajo que tenemos es el de los promotores, de 6 mil 800 pesos mensuales. Trabajamos de lunes a viernes, no tenemos hora de entrada ni de salida. Cuando se abren los comedores llegamos a las seis de la mañana y salimos a las siete u ocho de la noche. Estamos por honorarios.

– ¿Cuáles son las condiciones laborales en las que se encuentran ustedes ahora?

– De incertidumbre. No nos dicen si se nos va a pagar pero sí que sigamos. Y lo hacemos, pero con nuestro dinero.

– ¿Cuántos comedores se han cerrado?

– Ninguno todavía, pero siguen operando con recursos de los propios empleados y de las voluntarias. Nosotros supervisamos sus actividades. Ahora llevamos cuatro meses sin cobro, pero la primera vez fueron seis meses. Seguimos porque tenemos la esperanza de que se nos pague. Las personas que comen y pagan la cuota de recuperación hacen posible que los comedores no se caigan, porque con ese dinero se compran los insumos, el gas. Esto les sucede a todos, en mayor o menor proporción.

Otro ejemplo de fugas de dinero o pagos indebidos son los equipos de trabajo “particulares” de las autoridades encargadas, como sucedió con un mini-staff que armó Alberto García Cuevas y cuyos cheques se obtendrían de los presupuestos de los comedores. También hay administrativos a quienes se les dio la indicación de cobrar de esas partidas. La mayoría de estos “externos”, dicen los afectados, provienen de la estructura estatal del PRI.

– Hubo coordinadores regionales que no tenían promotores, o muy pocos. Entonces les dijeron que juntaran gente, la que fuera, para justificar sus pagos. Si un promotor iba a cobrar 24 mil pesos, debía entregar 14 mil pesos a sus coordinadores de Área –apuntan.

La triangulación del dinero estaba bien proyectada. Se reportaban 10 promotores cuando en realidad había tres, y los siete que faltaban se inventaban. Ni siquiera hay una cifra real de trabajadores porque fueron manipuladas por los coordinadores de Área.

– A cada región se le asignó un coordinador de Área, 19 en total, que funcionaba como enlace, entre otras cosas, con autoridades locales. Ellos cobraron con la triangulación del dinero.

 

Los comedores

 

Dos de los comedores en Metepec están ubicados dentro de parques públicos, en pequeños salones de no más de 4 por 7 metros cuadrados. Lonas rojas o blancas anuncian el programa. Tres mesas de plástico para 18 lugares esperan la hora de la comida. En el centro de ellas, un pequeño letrero recuerda a los asistentes los buenos modales. “Es desagradable comer en mesa y silla sucias. Limpia por favor cuando termines de tomar tus alimentos”. El único adorno de ese comedor es la foto de la alcaldesa de Metepec, Carolina Monroy, que observa desde su marco la llegada de los beneficiados.

En el saloncito debe caber todo, desde la cocina hasta las mesas para los usuarios. Las cocineras, son tres, son voluntarias y acuden sin salario alguno desde las seis de la mañana en jornadas de 11 horas, una semana de cada mes. Otras dos personas, administrativas, completan ese equipo. A pesar de no tener pagos, pueden llevar a comer a tres de sus familiares diariamente y ellas mismas comer allí, además de juntar una despensa con los sobrantes del abasto. En esa sede trabajan 31 voluntarias.

– En general atendemos a todo tipo de personas, además de las que se marcan en el programa. Vienen por algún motivo. No podemos dejar de atenderlas y se les cobra lo mismo. Aquí servimos unas 220 raciones diarias –señala una de las voluntarias, quien acepta que a estas alturas se necesita una “motivación para las cocineras, no un pago pero sí apoyo”.

Ese equipo trabaja en una cocina que no está totalmente adecuada y que debe hacer espacio incluso para tanque de gas, que no encuentran un lugar afuera. Las mujeres se han adaptado y entre los alimentos y las enormes ollas se organizan eficazmente.

– Para el desayuno damos leche, pan, algún tipo de guisado y en la tarde se ofrece arroz, otro guisado y agua.

– ¿Tienen algún tipo de desabasto?

– No, nunca. Estamos funcionando desde julio del 2014. La tesorera recaba el dinero y ella compra verduras, fruta, pan.

Los usuarios no caben en el local y optan por comer afuera, en las bancas que se encuentran en el mismo parque.

Otro testimonio afirma que los equipos de comedores se van apenas se dan cuenta de la dureza del trabajo. Las cocineras, incluso, deben ayudar a descargar los camiones que transportan el abasto. Los encargados de los comedores consideran que el gobierno no sabe cómo se está trabajando, que desde un principio no capacitó a la mayoría y también que ha faltado a los acuerdos previos, como apoyarlos con otro de tipo de programas. Incluso pidieron papeles para Mujeres que Logran en Grande, del gobierno mexiquense, pero nada se ha concretado, ni siquiera un curso de primeros auxilios.

– El programa es bueno, muy bueno, pero sin un marco de operación adecuado. Ya se están cerrando algunos comedores, como sucede en la comunidad de San Lucas Tunco, también en Metepec. Hay comedores que no tienen ni siquiera una tarja, como sucede en el del Hípico, (una colonia de Toluca). Es increíble que la gente que nos coordina no tenga salario. Si a ellos, que son los jefes, no les apoyan, nosotros no podemos esperar nada –dice una de las encargadas.

– ¿Cómo inició la operación del comedor que atiende?

– Como voluntarias hicimos una cooperación de 100 pesos cada una, para echarlo a andar. Juntamos 700 pesos y con ese dinero se compró verdura, tortillas… compramos el gas, cada tanque cuesta 700 pesos; escobas, jergas, trapos, jabón, eso no viene en el suministro.

– ¿Ustedes abrieron el programa federal con su dinero?

– Sí, con nuestro dinero, que recuperamos después pero de las mismas cuotas o pagos por la comida, de los cinco pesos. Y se sigue comprando. Nosotras tenemos cuotas de recuperación muy bajas. A veces sólo podemos dar de comer huevo en salsa verde. Incluso pongo mi coche para traer algunas cosas.

– Entonces la comida no alcanza…

– Así es. Las raciones completas servidas, al día, son unas sesenta.

– ¿Por qué trabaja en el comedor?

– Primero tuve tiempo pero después porque vi la problemática de la gente. El comedor funciona por la gente, no tanto por el apoyo del Estado.

Las opiniones de encargadas de otros comedores no varían. Pero uno de ellos, también en Metepec, revela que el ayuntamiento de ese lugar se involucra en el manejo del programa federal.

– La presidencia municipal de Metepec nos prometió apoyos –dice una de las encargadas del comedor –pero no se nos ha dado nada. Sabemos que a otros comedores les han dado utensilios. Afirman que el ayuntamiento debe ser informado hasta de la falta de tazas e incluso sobre quién se encarga de abrir el local, que prestó Metepec previo acuerdo con la Sedesol.

– ¿Por qué el ayuntamiento se involucró en un programa federal?

– Una vez vinieron al comedor y organizaron una junta. Argumentan que el salón es propiedad municipal. La persona que lo cuida está designada por el ayuntamiento de Carolina Monroy. Aquí el ayuntamiento mueve todo y colocó a su gente. Hay un programa llamado ProMesa, donde se reparten despensas y las vocales de ese programa fueron impuestas en Comedores por la alcaldía. Algo tan simple como poner una puerta para cuidar los insumos debe pasar por el ayuntamiento pero lo peor es que no lo hacen. Nos ponen trabas para que operemos un proyecto federal. Ellos no cobran desde Comedores pero no les hace falta, aunque se crea un conflicto de intereses. Como el ayuntamiento maneja el comedor, no quiere pedir apoyos a Sedesol o reportar carencias. Les dirían algo. Pero esas personas involucradas con el ayuntamiento reciben apoyos desde el ProMesa. Tampoco nosotras podemos arreglar nuestro lugar porque hasta de que ponemos un clavo toman registros fotográficos. Esas personas nos abandonan. Ahorita no están porque se fueron al Informe de Monroy (2 de diciembre). Si no van, les quitan sus apoyos. Están desintegrando el proyecto del presidente de la república.

– ¿Han hablado con Carolina Monroy?

– La presidenta nos pone trabas para hablar con Sedesol. Dice que no se puede. Pero hablamos con un encargado de Sedesol directamente y nos dijo que nos la saltemos. Y es que el ayuntamiento dio la orden de recoger el dinero de las ventas por comida. Eso se denunció a Sedesol, que dijo que no entregáramos ese dinero. El ayuntamiento nos pide oficios para todo, así que todo debe estar registrado.

– ¿El ayuntamiento interviene en el resto de los comedores de Metepec?

– Sí, en todos interviene. Mi hija, de ocho años, de pronto pregunta que por qué no se invita a Carolina “para venga a comer soya con nosotros”.

La versión de que beneficiarios del programa municipal ProMesa están involucrados en el manejo de los comedores la confirman ellos mismos, que operan un tercer establecimiento en Metepec.

– Somos de ProMesa y apoyamos porque desde ahí nos envían, nos pidieron apoyo para que se echara a andar el comedor.

– ¿Ustedes tienen salario?

– No tenemos ninguna ayuda, pero de todas maneras prestamos dinero para comprar verduras y lo que se ocupe. Luego lo recuperamos, pero no debería ser así. Siempre hay abasto pero ahora ha bajado. Traen menor cantidades, pues dicen que es para 21 días cuando al principio Sedesol decía que era para 30. Nosotros terminamos poniendo lo que falta –relata otra encargada- quien afirma que han estado cambiando también las marcas de los proveedores. “La leche era Alpura y ahora es de Liconsa. Los atunes eran Herdez en aceite y ahora son de marca libre, de agua”.

La intervención de los comedores por el ayuntamiento de Carolina Monroy, esposa de Ernesto Nemer, es un ejemplo de cómo un programa federal es echado a pique. La batalla contra el hambre, diseñada desde la peor de las ópticas y luego tomada como botín, es el ejemplo de una guerra perdida que ni siquiera ha librado sus batallas.

Guerras invisibles

* El miércoles 7 de mayo a las 10 de la mañana las 31 organizaciones que operan en Toluca habían citado a sus miembros en la zona de la Terminal para marchar al centro de la ciudad y exigir la destitución de César Coronel, director de la Unidad de Verificación Administrativa. Según él, “ya existen suficientes áreas donde se permite desarrollar esa actividad, como son los 23 tianguis, siete mercados, además las áreas de tolerancia como escuelas e iglesias”, y los comerciantes sin permiso se deben retirar por cuestiones de orden.

 

Miguel Alvarado
“Mi abuelo también fue comerciante y conozco cuál es la vida que llevan quienes se enfocan a este trabajo porque parte de mi infancia la pasé en un mercado”, decía Martha Hilda González Calderón en el 2012, en plena campaña electoral que la llevaría a ocupar la presidencia municipal de la capital del Estado de México.
Pero eso ha quedado atrás. González no es mercader ni tampoco ambulante. Y si es verdad lo que dice, las lecciones recibidas fueron otras. La policía municipal patrulla Valle Verde, el área de la Terminal de Toluca. Pero no busca criminales o narcotiendas, ni siquiera auxiliar a alguien en apuros. La orden del día es vigilar que los comerciantes ambulantes no instalen sus puestos en ninguna de las calles aledañas. Para eso implementó un operativo policiaco que cerró calles y pasajes desde el 6 de mayo. El gobierno municipal de Toluca, capital del Estado de México decidió esta administración que el ambulantaje estaría prohibido en el primer cuadro de la ciudad y algunas zonas con gran afluencia. Fuera del primer cuadro las ventas en la calle no representan prácticamente nada. Para los comerciantes populares, el año y medio de gobierno de González Calderón lo traducen con una sola palabra: represión.
El miércoles 7 de mayo a las 10 de la mañana las 31 organizaciones que operan en Toluca habían citado a sus miembros en la zona de la Terminal para marchar al centro de la ciudad y exigir la destitución de César Coronel, director de la Unidad de Verificación Administrativa. Según él, “ya existen suficientes áreas donde se permite desarrollar esa actividad, como son los 23 tianguis, siete mercados, además las áreas de tolerancia como escuelas e iglesias”, y los comerciantes sin permiso se deben retirar por cuestiones de orden. Según él y la alcaldesa, que el comercio impida caminar por aceras y obligue a hacerlo por el arroyo vehicular puede causar desastres inimaginables. Acepta sin embargo que la cantidad de comerciantes en las calles es incuantificable. Pero esa es la postura pública y la explicación tan endeble como duros los operativos. Detrás del desalojo se encuentran intereses por millones de pesos pero además un botín político a la venta y que siempre ha sido determinante en tiempos electorales. Las próximas elecciones en el Edomex serán en el 2015 y ya se prepara al votante cautivo, entre ellos el del comercio callejero.
No es tan fácil negociar cuando el personal de Coronel se excede en su trabajo. Es verdad que decomisan mercancía, pero también es cierto que cuando el afectado va a reclamarla, le entregan el 25 por ciento del total requisado. Han golpeado a los ambulantes y los líderes tampoco se han salvado de la persecución. A estas alturas las organizaciones están prácticamente cercadas en lo económico, pues no hay dinero que alcance para poder sobrevivir. Para ellos las cuentas son muy simples. De cada cinco pesos, uno es para el policía, otro para el inspector, uno para el vendedor y dos para el que provee la mercancía. El problema es que hay que vender.
El comercio en las calles deja dividendos millonarios. Solamente las cuotas en el mercado Juárez generan 3.2 millones de pesos al mes. Coronel considera que este tipo de comercio tiene apenas 30 ó 40 años pero olvida que la práctica existe desde la primera sociedad organizada. Es el elemental trueque ahora con dinero e intereses políticos en medio. Los ambulantes de Toluca saben que los inspectores, a quienes señalan como “ése de la chamarra roja y los dos que están junto a él”, se ensañan. Hay otro, cuentan, que se mete a los baños a sacar a las indígenas, que se refugian en ellos cuando hay operativos. “Él mismo las arrastra afuera”.
Sólo se cumple con el Bando. Las órdenes están impresas. Pero los comerciantes cada vez obtienen menos ingresos. Según ellos, de todas maneras deben pagar impuestos ante Hacienda, requisito indispensable, además, para ser credencializados y obtener un espacio de venta. El error de Martha Hilda González fue prometer mucho a un sector cuya actividad pública puede reventar una ciudad como Toluca. González es una política a la vieja usanza. Con poco tacto, recurre a la técnica y mientras soslaya los principales problemas de la ciudad, la inseguridad y el desempleo, por otro lado construye una especie de utopía al nombrar Toluca “municipio educador” y pretender construir edificios innecesarios si se comparan con lo esencial. La postura del municipio es clara. No hay espacios para ambulantes en los lugares donde la venta tradicionalmente está garantizada. Y esta postura durará hasta el momento de elegir bando electoral.
Por lo pronto 26 de las 31 organizaciones marcharon el 8 de mayo. La llegada de estudiantes de Tenería los reforzaría pero esta manifestación, abierta confrontación con Martha Hilda González, los pondría cara a cara con la fuerza policiaca. Una guerra de baja intensidad se libra en México. Toluca no es la excepción. Los más desprotegidos, los pobres, son el blanco de una especie de batalla racial contra los estratos “invisibles”, la pobreza. Pareciera que la mejor forma de acabar con ella es exterminar a los pobres. La intención de meter orden económico, legalizar de alguna manera ingresos adquiere brutalidad en el camino. No hay violencia contra las empresas multinacionales o el trust mexicano de la telecomunicación, por ejemplo. Las prácticas en la cúpula incuban la corrupción, que corre hacia abajo por sus propios caminos. Las tácticas de intimidación están ligadas a los sistemas de producción y los grandes capitales, propiedad o sociedad de políticos. El ciudadano en México es un moderno esclavo que trabaja para unos cuantos y garantiza su propia sobrevivencia sólo por unos días. El trabajo se coinvierte en una condena y la lucha por espacios, dinero y comida en una guerra entre los propios trabajadores, legalizados o no.
El contingente ambulante reunió 400 personas, unos 50 niños entre ellas. Allí mismo prepararon mantas y cartulinas, organizaron a los participantes, dieron orden a las consignas, arengaron. Todo eso debajo de un módulo de policía y junto a un enorme Mando Municipal. Marchas como éstas tienen diversos objetivos. Los comerciantes los tuvieron claros desde el principio. Uno, el oficial, era exigir la destitución del director César Coronel, pero los reales, los posibles eran otros.
“Mira, la cosa es que las pinches autoridades nunca nos van a hacer caso si no les conviene. Eso es una ley que hemos aprendido a base de putazos y hasta de cárcel. Muchos líderes hemos sido encarcelados y otros que andan por aquí con nosotros tienen demandas hasta por secuestro, todas inventadas o acomodadas por las autoridades para tener una excusa y chingarnos. La cosa es que las marchas no sirven de nada. ¿A poco crees que Eruviel Ávila nos va a recibir nada más porque hacemos una pinche marcha? Tampoco Martha Hilda lo va a hacer. Tampoco van a destituir a nadie. ¿Entonces? La hacemos porque de pronto hay que recordarles, y que les tiemblen los güevos aunque sea poquito, pero la razón fundamental es la venta”, dice una de las líderes mientras camina al frente de sus comerciantes.
Casi todos los participantes llevan mercancía. Ya saben qué hacer cuando se llegue al centro de la ciudad. Mientras unos gritan las consignas y exigen recepción, los otros se esparcirán por las calles aledañas y harán el tendido. Los carros de las papas van delante, acompañados de los fruteros. Luego, los que venden en el suelo. Por ahí, los eloteros, los dulceros y niñas con cajas de cigarros. El camino es también propicio. La venta se produce y hasta entre ellos se compran.
Mientras, una compañía de la policía montada pasa ominosa junto a los comerciantes. Nadie dice nada. Todos callan para verlos. Los policías tampoco dicen nada. Los radios apagados, sólo se escucha el tráfico y el trote de los animales sobre el cemento. Una policía toma fotos con un celular a las mantas que ya se han desplegado. Algunos se burlan de ella y piden a los presentes posar “pal feis”. Ella corre rápidamente al refugio de una patrulla, estacionada cerca del sitio de reunión.
El contingente espera la señal de los líderes, quienes esperan la última pieza en el rompecabezas, la llegada de los estudiantes de Tenería, que apenas llegan en número de 20. Hay más camiones en camino, pero tardan demasiado. La marcha se pone en movimiento.

La crisis de Palmillas

Las explicaciones sobre las prohibiciones para vender en la calle son endebles. También lo son los paliativos implementados por el gobierno municipal. Pequeñas plazas comerciales con minilocales para una cantidad incuantificable de vendedores es descabellada. “Nos toca usarla una hora cada uno”, dice una de las líderes, “pero además no nos ayudaron con la renta como dijeron y no se vende nada desde allí”.
También los comerciantes establecidos del primer cuadro están enojados con el gobierno porque ha puesto trabas a sus operaciones. Si una licencia falta, la clausura es inmediata, lo cual significa una aplicación ciega de la ley. Pero ya aplicada, las condiciones para adquirir los permisos son imposibles. La burocracia no permite que se reabra, al menos no de inmediato. Las pérdidas debido a protocolos innecesarios las pérdidas son cuantiosas. La llegada de ambulantes al primer cuadro, en la marcha, confronta a los negocios con la autoridad, a la que recuerdan que es mejor un espacio para todos y no una invasión de este tipo.
Pero los espacios existen. El reclamado director Coronel tiene razón en cuanto al número de tianguis y mercados, pero su información es parcial. En el 2006 uno de los tianguis más grandes del país fue desalojado por el alcalde panista Juan Rodolfo Sánchez Gómez. Ese tianguis tenía éxito porque estaba junto a la terminal camionera y era accesible en todos los sentidos de transporte. Ocasionaba un enorme congestionamiento pero la derrama económica era importante.
Cerrada la explanada y transformada luego en una especie de parque que hasta la fecha sigue en construcción, a los comerciantes se les reubicó en Palmillas, a unos 15 kilómetros. Allí se otorgaron espacios y se repartió la superficie, pero no a todos les tocó un lugar.
Ese predio fue vendido al ayuntamiento por Mayolo del Mazo Alcántara, de cuyos apellidos se desprende toda una red de “negocios de familia” y que revela cómo la línea sanguínea del presidente Enrique Peña Nieto ha gobernado el Edomex por más de 8 décadas.
El apellido Monroy tiene un peso especial en el Estado de México. Originarios de Atlacomulco, los integrantes de esa familia han trabajado por años en los círculos cercanos del poder estatal. El padre de Carolina Monroy, por ejemplo, era hermano de Juan Monroy, el principal socio y patrocinador de Arturo Montiel hace años. A Juan se le mencionaba en su tiempo como el principal sucesor del ex gobernador Jorge Jiménez Cantú, en su tiempo, quien a su vez era protegido y aliado del profesor Carlos Hank González. La madre de Carolina Monroy, Ofelia del Mazo Alcántara, es hermana de Mayolo de Mazo Alcántara, empresario y político mexiquense que trabaja en el sector del transporte y es copropietario de agencias de automóviles pero también de líneas camioneras. El apellido Del Mazo en la rama de los Monroy se liga al de los ex gobernadores Alfredo del Mazo Vélez, Del Mazo González y el del ex alcalde de Huixquilucan, Alfredo del Mazo Maza, actual director de Banobras. Pero también los Alcántara son dueños de la Terminal camionera de Toluca y construyeron además la central de Observatorio. Siempre han ocupado cargos políticos relacionados con el transporte.
“Ese terreno de Palmillas es ejidal. No sé cómo pudo venderlo Mayolo del Mazo al ayuntamiento. En todo caso hay una irregularidad. Pero ésta continúa porque el municipio cobra a los tianguistas cuando el uso de suelo no ha sido cambiado. Eso es un fraude”, dice otro líder ambulante que participa en la marcha
Tiene razón. Aquel espacio en Palmillas está prácticamente lleno. Sólo hay lugar para unos 400 comerciantes más, pero éstos demandan mil 600, que en las condiciones actuales son imposibles de ubicar. El ayuntamiento de Toluca gasta más en mantener aquel mercado que en lo que gana por cuotas y otras cosas. No le conviene tenerlo pues es una inversión que no genera ganancias para el municipio. La alcaldesa Martha Hilda ha dicho a los ambulantes que habrá un fondo por 30 millones de pesos, proveniente del Ramo 33 y estatal, para generar una estructura física en Palmillas, remodelándolo para tener un verdadero mercado. Pero los ambulantes alertan que no es viable nada porque el dinero nunca es bien administrado.
“Hace un año metieron un millón y medio de pesos pero lo que hicieron, se los comprobamos, no ascendía ni a 250 mil pesos. ¿Dónde está el resto del dinero?”, afirman los líderes, quienes exigen al municipio formar junto con ellos un comité para auditar ese fondo.
El ayuntamiento había entregado permisos para puestos en la parte posterior de Palmillas, en un terreno donde los gobiernos tiraban chatarra y autos inservibles. Pero resultó ser de la familia Manzur, con peso político histórico, y que se opuso a la presencia de los comerciantes. Lo mismo sucedió en otro espacio, éste perteneciente a la familia León, propietarios de grúas.
Las mejoras en el mercado de Palmillas fueron promesa de campaña de González Calderón, quien prometió uno de los más modernos del país para Toluca a cambio del voto ambulante, que en ese tianguis congrega a unos 10 mil comerciantes. González, sin embargo, no debe ignorar que en ese lugar apenas el 10 por ciento de ellos vive en la capital mexiquense.
El mismo proyecto lo han tenido todos los alcaldes en los últimos 25 años, como el mismo Sánchez Gómez, el del desalojo, quien había destinado 150 millones de pesos para habilitar el mercado. Nunca se hizo.
Si un negocio no deja, se cierra. Y esa es la lógica hasta del ayuntamiento. Palmillas, dicen los ambulantes, está destinado a desaparecer más temprano que tarde porque esa zona y hasta el entronque del sistema ferroviario ha sido prometido y vendido a grandes empresas como Liverpool, Walmart o Coppel, que ya inician la construcción de almacenes previendo que allí, además de todo, se edificará la nueva Bombonera, el estadio de futbol para el equipo profesional de la ciudad. La venta de terrenos ha sido confirmada por ejidatarios, quienes todavía viven en sus propiedades pero en calidad de “cuidadores”.
Si levantar un emporio comercial en la zona más pobre de Toluca se concreta, los ambulantes estarán en las mismas. Esta vez no habrá espacio para ellos en ninguna parte, excepto en las afueras del municipio. A ellos se les ha dicho que podrían ser enviados a Colinas del Sol, en los límites con Almoloya de Juárez, a 40 minutos de la ciudad en auto. A nadie le conviene. Pero Palmillas parece condenado al fracaso si no se modifican sus rutinas. Es un tianguis enorme pero que sólo se usa dos veces por semana y que además ha sido invadido por el narcotráfico, que ha visto en los ambulantes al grupo ideal para pagar cuotas de manera permanente.
La marcha del 8 de mayo transcurrió en calma. Y no fue sino hasta entrada la tarde que algunos se enteraron de que los alumnos de Tenería, que llegaron luego, habían causado desórdenes en la Terminal minutos después de que los comerciantes llegaran al centro. Dese Chalma habían secuestrado 22 camiones y dañado 13 unidades. A Toluca llegaron armados de palos y tubos pero la policía les impidió el paso. De todas maneras capturaron otras 23 unidades para regresar a Tenancingo. El saldo fue de cinco detenidos.
– ¿Ya sabe lo que pasó en la terminal?
– Ya, sí. Desde anoche.
– ¿Cómo?
– Pues por eso estamos aquí a salvo, por los de Tenería. Ya, vamos a seguir con esto.

La cuadratura del Tao

* En el 2005 cada enganchador o “buen samaritano” controlaba a 7 niños en promedio, que le generaban entre todos unos 700 pesos diarios. Hoy la cuota diaria ha subido casi al doble. El DIF estatal asegura que hay 90 niños trabajando a pesar de que las autoridades municipales de pronto niegan su presencia, como lo hizo sistemáticamente la ex alcaldesa priista María Elena Barrera.

 

Miguel Alvarado

Se asomó a la ventana y no vio nada. Estaba lloviendo y la calle apenas era la mancha pétrea reflejada en el cristal. Habían pagado el pasaje, ocho pesos cada uno, para recorrer de punta a punta aquella ruta luego de trabajar en un crucero por 8 horas. A él le fue bien. A su amigo no, porque no se había aguantado la sed y compró dos refrescos. Dos. A trece peses cada uno. No iba a entregar buenas cuentas pero como su enganchador es buena onda no está preocupado. Los niños son parte de un sistema de subempleados que mueve una industria en la que casi nadie piensa. El control comercial de calles y cruceros es una de las empresas informales más redituables de Toluca. Allí, en la calle se calcula que trabajan unos 100 niños, más los que los acompañan, otro tanto igual, aunque no desempeñan labor alguna, sólo están de apoyo y aprenden, aunque son pequeños y el destino de la mayoría no siempre se cumple en esta ciudad.

Un estudio realizado en el 2006 por Jaciel Montoya señala que la actividad más desarrollada por los niños de la calle es la venta de chicles, con 34 por ciento del total ocupacional, seguido por limpiar parabrisas, con 24 por ciento. Según Montoya, la mayoría de los niños proviene de municipios rurales y permanece hasta 5 años en la misma situación. Crecen pero sólo cambia su denominación. Se vuelve adultos, comerciantes informales o, en el peor de los casos, delincuentes.

Los dos niños en el camión observan el pegote de Stereo Joya y preguntan qué es aquello. Mientras uno se cambia el suéter y se pone ropa limpia que saca de una maleta porque su mamá lo recogerá en la bajada, el otro le dice que es una tienda de grabadoras y luego se suelta riendo. Mira a la cámara y pregunta que si la foto es para saber cómo son.

– No. Son para saber cómo soy yo.

– ¿Y cómo eres?

– Pues como ustedes, ahorita como ustedes.

– ¿Y luego?

– No sé. Tampoco me interesa. ¿A ti?

– No, no sé, no entiendo, pero eso qué. Hay muchas cosas que me interesan, pero nomás que termine de trabajar. No me gusta la escuela pero en la calle aprendo un chingo de madres. Nosotros no pasamos hambres ni fríos porque nuestros papás nos dan cobijas y comida y el que nos cuida nos da más comida después. Si se le olvida, podemos comprar cosas, como hoy- dice el más grande mientras es observado por su amigo. Se llaman Jorge y El Chava. Así se dicen. Uno tiene 12 años y el otro dice que siete. Uno lleva 120 pesos y el otro 70, lo que ganaron en la jornada. Las cosas casi siempre resultan así.

El estudio de Montoya, realizado para la colección Papeles de Población, de la UAEM, dice que en el 2005 cada enganchador o “buen samaritano” controlaba a 7 niños en promedio, que le generaban entre todos unos 700 pesos diarios. Hoy la cuota diaria ha subido casi al doble. El DIF estatal asegura que hay 90 niños trabajando a pesar de que las autoridades municipales de pronto niegan su presencia, como lo hizo sistemáticamente la ex alcaldesa priista María Elena Barrera.

Cuadras adelante sube otro niño al camión. Apenas son las cinco de la tarde y la jornada para él ha terminado. Tiene 6 años y viste una chamarra café y gorra contra el frío. Trae una caja de chicles, que intenta vender entre los pasajeros sin ninguna suerte. Luego se sienta y se permite ver la ciudad por la ventana. Él es otro de los que deben llegar con sus familias para entregar dinero y los productos sobrantes. Los niños saben qué hacen, dónde están, cómo los utilizan y conocen el valor de las monedas. Para ellos el viaje de regreso es una sucesión de imágenes, ventanas que les permiten acceso o los corre a madrazos. Es lo mismo las puertas de un parque que las entrañas de una oficina donde un contador hace los números diarios. Esa ventana, la del contador, es la opción educativa en la que uno cree que se prepara pero accede, de manera casi automática y sin sentir, a obligaciones laborales, sociales, hacendarias, casi todas inútiles. Allí se refuerzan los estereotipos del Mickey Mouse que todos llevamos dentro pero también, en contadas ocasiones, se vislumbra la antítesis, murallas de fuego donde arden oscuros ratones de orejas rojas, a la izquierda. Al final, un día, uno entiende que es lo mismo, que no merecen ni el reojo los extremos perversos. Al final las marchas contra los gobiernos se parecen demasiado a victorias futboleras celebradas en El Ángel, en la fuente del Águila. De las revoluciones ni hablar. Los pobres no las hacen pero las ejecutan y de cualquier manera el mundo sigue su marcha. Los honores para los muertos y las gestas –los gestos, más bien- para los vivos son remedos oscurísimos que laberintean en compactas programaciones al servicio de alguien, tan malo como Dios, tan humano como el Diablo.

Pero mejor que estudien porque la calle no es un buen lugar y en todo caso las oficinas, los cubículos al menos no son peligrosos. No tanto, aunque de todas maneras la cárcel, el barrote invisible del mundo acristalado de la producción, sirve lo mismo para adentro que para afuera. La diferencia, si la hay, deberá descubrirla el niño, el alumno, el profesional o quien se siente detrás de un innecesario escaparate a contar dinero, facturar para otros o para sí, de nueve de la mañana a diez de la noche, con una hora para comer y baño con toallitas de papel marrón.

Detrás de la ventana ocurre todo. Cuadrado Tao, giratoria suerte, mutación invariable, intrascendencia de la mayor importancia. La muerte a la vuelta de la esquina, en una caja de chicles o gotas que arrugan la lluvia a las cuatro de la noche, es respuesta que a todos cuestiona.

Parada ahí, esperando porque sí, en el lugar que le corresponde desde siempre la mujer se envuelve en su rebozo y se une al mundo que no la quiere o necesita, pasa por un lado y se pierde en dos movimiento de manos, como una cuenta por pagar. La ancianidad es niñez alrevesada, quizás peor porque no hay vuelta atrás. Peor cuando hay que estar bajo la lluvia, detrás del cristal, por fuera, siempre por fuera, fuego lúgubre atornillado en la mandíbula inferior.

La vuelta es una casa de paredes enormes por donde pasa el tren, aullido a las cinco de la mañana y las 10 de la noche, religiosamente, que pasa, como la misa, inalterable en su trayectoria, que lleva o eso parece, a vivos y muertos por igual.

La ventana asoma al jardín en un disturbio de bárbaros vegetales, como si cayeran en cuenta de la epifanía matinal, asunción del barrio que conserva hasta la basura para sobrevivir otro día. Toluca y sus ventanas es la misma madre aleatoria, matlazincas engallados arrastrando su fru-frú, acodados en pupitres no aptos para clases donde se enseña inglés como lengua madre y mántricos padresnuestros o santísimas vírgenes. La pobreza extrema no paga impuestos pero tiene celador, a veces dios o su digital reflejo en televisión.

Y es que el fracaso sabe a jugo de naranja, a dos refrescos de trece pesos más tapita plástica con premio incluido.

 

Paletas de hielo

* El Informe de Pobreza y Evaluación en el Estado de México en el 2012, del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, dice de la entidad que “con respecto de las 32 entidades, ocupó el lugar 17 en porcentaje de población en pobreza y el 15 en porcentaje de población en pobreza extrema. Por lo tanto, se ubica dentro de las 15 entidades con mayor pobreza extrema en el país”, refiriéndose a datos recabados en el 2010.

 

Miguel Alvarado

Vende paletas en el centro de San Felipe del Progreso. Se llama Laura y tiene 33 años, apenas la edad suficiente para parecerse a lo que nunca quiso. Tiene cuatro hijos y su esposo es campesino pero a veces sale del municipio, cuando le ofrecen trabajo. Acepta lo que sea, con tal de ganar dinero y sostener a la familia, pero también gasta mucho en otras cosas. Vive en las afueras de la cabecera municipal, donde tiene un terreno sobre el que construyeron ellos mismos. La estructura de su casa tiene todos los materiales: piedra, cemento, láminas de asbestos y metálicas, adobe, plástico, madera, pero está dividido debidamente porque el terreno era grande y aprovecharon el espacio. Una estancia para la sala y el comedor, otra para la cocina y dos habitaciones con catres les bastan por ahora, aunque no hay sala. Hay sillas plegables con anuncios de cerveza y una mesa de aluminio. En un rincón, un mueble que alberga sarapes también tiene una televisión, caja voluminosa que todo el día está encendida en los canales de señal abierta, con más ruidos que imágenes. De cualquier manera, el rincón de la tele es el más visitado por todos, aunque eso no impide que cada quién realice sus tareas asignadas. El baño está afuera, una letrina. No falta el agua ni la luz y algunos vecinos hasta tienen Sky, para ver los partidos de futbol y las telenovelas sin contratiempos. “Sólo cuando llueve nos falla”, dice entre sonrisas uno de los vecinos, sentado con ella en el jardín central de la cabecera municipal.

Los niños tienen 10, 9, 5 y un año respectivamente. Los más grandes van a la escuela de la localidad, una primaria de tiempo completo para indígenas que los retiene hasta las cuatro de la tarde. Allí, señala la madre, se supone que les darían de comer, “pero luego dicen que no tienen dinero y come hasta que llegan a la casa. Porque no les damos dinero, tienen que aguantarse, como todos nosotros, mientras hacemos nuestras obligaciones”.

El tercero la acompaña a veces a vender las paletas, que lleva en un pequeño carrito blanco que empuja por las calles del centro de San Felipe y aprovecha los días de acarreos políticos y fiestas para venderlas. “Los carritos los alquilan en las paleterías del centro, y al final nos dan una parte de lo que vendamos. Siempre vendemos, pero a veces es muy poquito”.

El niño, quemado por el sol, come una paleta. Es la segunda en 15 minutos, pero le ayuda para aguantar la jornada. Viste sencillamente: un viejo pant´s azul con rayas blancas, zapatos negros, una enorme chamarra azul marino y playera roja. Se recarga en el carrito blanco mientras sostiene la paleta, anaranjada, derretida sobre él. Su madre carga al más pequeño. Con el rebozo lo amarra a sus espaldas y allí lo transporta. No puede dejarlo solo. El niño, a esa hora, apenas se da cuenta de lo que sucede pues dormita con los ojos abiertos, envuelto en una ropa de rayas azules y verdes que lo asan literalmente. Nada lo protege del sol, aunque la madre se preocupa por echarle encima una de las puntas del rebozo. Ella empuja el carro al mismo tiempo que lleva una caja de cartón de La Moderna con conos de galleta para los helados. El otro niño la acompaña, cabizbajo, siempre junto a ella. La madre se cubre del sol con un gorro tejido y se viste con un saco gris para hombre y una camisa blanca de rayas, con diseño varonil. Sujeta su cabello con una trenza de caballo. Habla poco, en español pero también domina el mazahua. Laura no sabe escribir, pero considera que no lo necesita. Piensa que el futuro no es para ella, sino para los niños, quienes deberán salir del pueblo si quieren tener una profesión, aunque ella misma apunta que lo dice sólo por decirlo. Los números parecen darle parte de la razón a la madre, pues apenas 26 por ciento de esa población sabe leer y escribir y para un cuerpo de más de 100 mil habitantes la condición parece encerrarlos en aquella zona, creciendo para adentro. Mantienen vivas todas sus tradiciones y saben que el español es su segundo idioma. Por eso, casi todas las tiendas tienen dos letreros, un en mazahua y el otro, más pequeño en español.

Pero si Laura habla dos idiomas, aunque no escribe ninguno, no significa que el municipio presente bonanza. Nunca se ha caracterizado por su riqueza, y no porque no se trabaje.

El Informe de Pobreza y Evaluación en el Estado de México en el 2012, del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, dice de la entidad que “con respecto de las 32 entidades, ocupó el lugar 17 en porcentaje de población en pobreza y el 15 en porcentaje de población en pobreza extrema. Por lo tanto, se ubica dentro de las 15 entidades con mayor pobreza extrema en el país”, refiriéndose a datos recabados en el 2010.

El escenario que venden los gobiernos se parece más a un cliché de telenovela que a la cotidianeidad que desaparecen de un plumazo cuando se contrastas cifras. Por ejemplo, desconcierta que según el estudio, en 85 de los 125 municipios (68 por ciento) más de la mitad de la población viva en situación de pobreza. Más aún, que cuatro de los municipios aparentemente más ricos y productivos albergan al mayor número de personas pobres, porque Ecatepec, lugar de nacimiento del gobernador Eruviel Ávila, tiene 723 mil 559 pobres, el 40 por ciento de su población; Neza, 462 mil 405 pobres, 38 por ciento de sus habitantes; Toluca, 407 mil 691 pobres que representan el 41.8 por ciento de su población y Naucalpan, con 264 mil 41 pobres, el 32 por ciento.

Pero los anteriores municipios sólo encabezan una lista con habitantes en pobreza, así, a secas. Porque hay otra división que clasifica la “pobreza extrema”. En ella, dice el Coneval, San Felipe del Progreso descolla sin competencia cuando registra a 43 mil 958 pobres extremos, el 43.4 de su población total. El gobernador mexiquense no se inmuta por los números y su interpretación pública apunta a una disminución de la pobreza extrema, cobijado en los mismos datos del Coneval: “la población en situación de pobreza extrema disminuyó, al pasar de 8.6 por ciento en 2010 a 5.8 por ciento en 2012; la carencia por acceso a la alimentación bajó de 31.6 por ciento a 17.7 por ciento; el rezago educativo descendió de 18.5 por ciento a 15.4; la carencia por acceso a los servicios de salud disminuyó de 30.7 a 25.3 por ciento; las carencias por calidad y espacios de la vivienda y de acceso a servicios básicos en las mismas, se redujeron de 12.9 a 10.2 por ciento y de 15.9 a 11.5 por ciento”.

Para Ávila la pobreza no tiene rostro y para Laura la pobreza carece de números, excepto cuando hay que pagar.

– Tengo algunos apoyos, todos los programas que pone el gobierno los trato de aprovechar y me inscribo. Me dan unos cuatro o cinco, no sé ni  cómo se llaman pero sólo espero a que me toque, porque ponen luego avisos en el ayuntamiento o cuando uno se inscribe le dicen dónde y cuándo recogerlos. Nomás una vez me han pedido que vote por el PRI. Pero la mayoría estamos igual. Unos trabajan más que otros, porque los hombres toman mucho y dejan de trabajar o los corren. Estamos acostumbrados a trabajar desde chicos y la escuela no nos sirve de gran cosa. Bueno, aquí nos sentimos a gusto, aunque sea vendiendo paletas”, dice Laura, mientras cobra una de limón a un transeúnte. No se queja, sabe que para ella es un ejercicio inútil y tiene el tiempo encima.

– Es que luego uno les tiene que creer a los alcaldes y los que quedan como autoridad. Que ya sabemos que prometen y no hacen nada o construyen cosas que parecen caprichos de ellos. Nunca hay trabajo, eso sí, pero siempre hay comilonas cuando leen sus informes. Luego invitan a los que están en una lista y hasta nos llevamos las carnitas y lo que sobra de los refrescos. Yo siempre vengo, aunque no me inviten.

Siempre priista, San Felipe del Progreso tiene en contraste una universidad, la Intercultural que, dice su publicidad, está al servicio de hablantes de mazahua, náhuatl, otomí, matlatzinca, y ocuilteco-tlahuica y oferta las carreras de comunicación intercultural, desarrollo sustentable, lengua y cultura, arte y diseño, enfermería y salud intercultural, pero para Laura no significa nada. “Necesitaríamos dinero para esa escuela, ¿tú les vas a pagar lo que ellos necesiten?”, dice, con el cajón de conos en las manos, observando a una familia que come tacos sentada en una banca del zócalo municipal. “La vemos de lejos y unos que conocemos mandan a sus hijos. Pero ésos tienen tiendas y hacen negocios hasta con los ayuntamiento”.

En un día bueno, Laura gana 100 pesos por la venta de paletas, pero debe entregar una parte a los proveedores, como pago por usar el carrito. Le alcanza, dice, para comer dos veces al día y para sus hijos, porque completa el gasto con lo que su marido gana y los programas. “A veces quisiera sentarme aquí y que alguien me viniera a vender una paleta, nada más para saber qué se siente que la atiendan a una”, dice, mientras observa a su niño devorar otra paleta, la tercera en menos de 40 minutos.

Hambre

* Cifras del Inegi ubican 2 mil 905 homicidios en el Edomex nada más durante los primeros seis meses del 2012, matizado sin embargo por el porcentaje de 18 asesinatos por cada 100 mil habitantes, que comparado con los 77 que registra Guerrero, adquiere su correcta dimensión. De cualquier forma la estadística oficial, desde el gobierno federal de Enrique Peña, avala aquel primer lugar. Las dos cifras, con todos los contrastes que pueden tener, tienen más significado político que social. De este último, la abstracción evita a la mayoría tener una lectura reflexiva, que no impide, por otra parte, que esa pobreza numérica se viva en carne propia.  

 

Miguel Alvarado

Miguel Ángel Ramos Martínez, coordinador operativo de la Coordinación General de Comunicación Social, dice que las cifras sobre pobreza en el Estado de México tienen mala leche y presentan una visión tendenciosa acerca de la administración de Eruviel Ávila. No es casualidad, sin embrago, que en las mismas fechas se presenten dos datos importantes. El primero, que 45.3 por ciento de los mexiquenses vivan en algún tipo de pobreza, según cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), y que el Edomex sea primer lugar nacional en homicidios, según el Inegi. Ramos Martínez, finalmente portavoz de la versión oficial, acepta que hay pobres, pero que no lo son tanto. Y repite los datos desde la perspectiva gubernamental avalados por Ávila, a quien le esperan 30 días de cuestionamientos pues se a por hecha su salida de la gubernatura, a pesar de que él mismo se ha encargado de difundir lo contrario. Si no se va, Ávila tiene ante sí las cifras federales que indican el rumbo de su administración. La interpretación, cualquiera que sea, no puede borrar la evidente pobreza que cada municipio sortea como puede. La cifra federal relata que la pobreza creció 2.4 por ciento en esta entidad.

Por su parte, cifras del Inegi ubican 2 mil 905 homicidios en el Edomex nada más durante los primeros seis meses del 2012, matizado sin embargo por el porcentaje de 18 asesinatos por cada 100 mil habitantes, que comparado con los 77 que registra Guerrero, adquiere su correcta dimensión. De cualquier forma la estadística oficial, desde el gobierno federal de Enrique Peña, avala aquel primer lugar. Las dos cifras, con todos los contrastes que pueden tener, tienen más significado político que social. De este último, la abstracción evita a la mayoría tener una lectura reflexiva, que no impide, por otra parte, que esa pobreza numérica se viva en carne propia.

Mientras Ramos Martínez considera que “la información del Coneval ciertamente habla de un crecimiento en la conocida como pobreza moderada… debido a que se abatió en 2.8 por ciento la pobreza extrema… entonces eso que están observando como “crece” (sic) es en realidad una mejoría en el extremo”, los casos individualizados relatan realidades opacadas por los promedios. Un ejemplo es el negocio de Pedro Cruz, de 80 años, quien posee un a péquela tienda en San Pablo Autopan y que atiende junto con su esposa, de la misma edad. Ellos invirtieron 5 mil pesos, hace pocos años, para comprar mercancía e iniciar el negocio que significa su única entrada y que hasta el momento los sostiene. Hoy, luego de casi cinco años de batallar, no han conseguido consolidar su inversión y apenas las cuentas les salen para volver a adquirir productos. La ganancia es de unos cuantos cientos de pesos, apenas 700 al mes. Cruz y su esposa, quienes viven con sus hijos en la casa familiar, asegura que no podría sobrevivir si no fuera por el apoyo de sus parientes, quienes deben pagar comidas y servicios del hogar con sus propios trabajos.

Un ex presidente estatal priista, Fernando Alberto García Cuevas, hoy delegado de la federal Secretaría de Desarrollo Social, donde es subsecretario Ernesto Nemer, ex secretario de Desarrollo Social en el Edomex, avala las cifras de pobreza. Los funcionarios, activos en los sexenios de Arturo Montiel y Enrique Peña, no se avergüenzan de descalificar los resultados de sus propios trabajos. La desmemoria social está de su lado. Eruviel Ávila no podría, el solo y aunque quisiera, arrastrar a a la entidad hasta los lugares de miseria que ocupa sin heredar los factores. La pobreza es herencia de los anteriores gobiernos y resultado, sobre todo, de los últimos 20 años. García Cuevas también apunta que los 32 municipios registrados en la Cruzada Nacional Contra el Hambre, pero no puede dejar de lado a los miserables históricos y que se ubican en el sur mexiquense: Luvianos, Sultepec, Tejupilco y los de mayoría indígena, San Felipe del Progreso y San José del Rincón.

México, el gobierno peñista pues, justifica esta crisis generalizada con más números y apunta que la inflación en México lo ubica en el segundo lugar dentro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Y como todo está conectado y el tema del petróleo podrá ser ventilado debido a los costos que tiene producir un barril, -60 dólares para el país, y en venta a 100- también lo mexiquense se cuela por ahí. La política peñanietista es la misma que se aplicó por seis años en el Edomex y por ello se sabe el rumbo y los resultados que dará esa administración a nivel nacional. El montielismo dejó claras lecciones, sospechosas cuentas por pagar y el mensaje de impunidad, pues todo se puede.

María Luisa Hernández tiene un puesto de gorditas y quesadillas en Paseo Tollocan. Todas las mañanas lo instala, cerca de las 9, y se retira entre 5 y 6 de la tarde. Siempre vende toda su mercancía porque tiene clientes que acuden a ella desde hace 10 años, pero dice que los últimos dos años no ha podido ganar lo que antes. Y es que para ella todo ha subido. Desde lo elemental, la masa para sus tortillas y el aceite, hasta los pocos refresco que enfría en una enorme tinaja de lámina. Las quesadillas cuestan 12 pesos cada una, un precio que no todos están dispuestos a pagar. Anciana, tiene dos acompañantes, familiares suyos, quienes hacen parte del trabajo. El negocio debe rendir para tres, quienes comparten los gastos. El comercio ambulante se ha convertido en una opción para quienes no tiene empleo fijo o no les es suficiente. Además de las esquinas y los cruceros, las colonias que antes eran exclusivamente habitacionales ya aceptan estos negocios. Camellones y las propias casas se han transformado en cafés, expendios de comida y tamaleros, garnacheros, dulceros y hasta lavacarros se colocan en las aceras en espera del cliente. Trabajo hay, también ingenio. Pero el dinero no circula. Este panorama se refleja en otras esferas. Pequeñas y medianas empresas que hacían la mayor parte de sus negocios como proveedores del gobierno estatal han cerrado al menos parcialmente en la ciudad. Los contratos existen pero se otorgan a pocos. La derrama no llega, el dinero es retirado, al menos de la entidad. Los anuncios de Eruviel sobre trabajo y  la misma pobreza representan la postura de su gobierno y la percepción que la ciudadanía tiene de él. Luego de seis años de monstruosa exposición mediática con Peña Nieto, algunas de las pocas mediciones que el elector tiene a la mano para valorar a Ávila, obra pública, discursos y apariciones, reflejan solamente zonas grises, abandono político y diferencias con quienes se supone, son sus jefes y le ayudaron para ganar las elecciones. El pago de favores no ha terminado y la salida de Eruviel representaría esa confirmación. Con Ávila no hay apapacho presidencial y si lo hubo se ha terminado. Así lo indican los 870 mil mexiquenses miserables, cerca del 10 por ciento de la población total, confirmados por la Federación y los 7 millones 712 mil pobres, cifra que aumenta sondeos del 2012.

Ávila interpreta al revés, casi discreto, y desde San Antonio la Isla afirma que ese mismo Coneval conforma la reducción de la pobreza extrema y el rezago educativo y de paso concede crédito, más de dientes para afuera, a la administración peñista. “Son buenos datos, buenas noticias, quieren decir que las acciones que impulsó la pasada administración estatal y las que hemos llevado a cabo en estos dos años de gobierno, a través de las Acciones por la Educación, Acciones por la Mujer, acciones en beneficio de la salud y los apoyos al campo están funcionando, pero para esto tenemos que trabajar, tenemos que redoblar el esfuerzo, impulsar programas como los que estamos llevando a cabo hoy día. Desde luego todavía más para poder superar estas cifras, siempre de la mano, siempre en coordinación con el gobierno federal”, dice en el comunicado oficial. Luego pone sus cifras: “la población en situación de pobreza extrema disminuyó, al pasar de 8.6 por ciento en 2010 a 5.8 por ciento en 2012;  la carencia por acceso a la alimentación bajó de 31.6 por ciento a 17.7 por ciento; el rezago educativo descendió de 18.5 por ciento a 15.4; la carencia por acceso a los servicios de salud disminuyó de 30.7 a 25.3 por ciento; las carencias por calidad y espacios de la vivienda y de acceso a servicios básicos en las mismas, se redujeron de 12.9 a 10.2 por ciento y de 15.9 a 11.5 por ciento, respectivamente”.

Acerca de los homicidios, poco ha cambiado el panorama desde enero del 2013. Los diarios locales Alfa y Tres PM reportan 7 ejecuciones en menos de 24 horas en el valle de México, entre el 30 y 31 de julio y una larga lista de robos, desfalcos y plagios sin resolver, como el del joven Carlos Eduardo, levantado hace 5 meses en el centro de la ciudad. Las investigaciones de la PGJEM no han obtenido resultado alguno y el reclamo del padre, Alfredo Martínez, a Miguel Ángel Contreras Nieto, procurador estatal, es público y desolador. Paradójicamente Contreras, que no puede con todos los crímenes, encuentra tiempo sin embargo para escribir cuentos y en las librerías de Toluca, como El Laberinto, circula su pequeño volumen, “Violetas para Luisa”, en una coqueta presentación y recomendado por figuras televisivas locales como Anayanssi Moreno.

El vocero gubernamental de Eruviel Ávila, Miguel Ángel Ramos Martínez tiene razón. La cifras del Coneval son tendenciosas no porque mientan, sino porque, precisamente, dicen la verdad.

Los abandonados

* “Si uno quiere conoce una zona miserable debe ir a La Y. Pero no es nada más pobre. Es también un lugar peligroso donde desafortunadamente la policía es la principal extorsionadora. Es en lugares como esos donde la idea de la autodefensa toma forma. No es una idea propia, es verdad, pero no tiene que serlo para nos funcione. La vimos en otros estados, en Guerrero, Michoacán o Oaxaca. Yo no sé cómo están allá organizados, pero aquí es muy simple. Quienes tienen dinero, que son muchos, prefieren contratar a sicarios que pagarles la protección”.

 

Miguel Alvarado

La zona norte de Toluca es una de las más inseguras del municipio. También es una de las más abandonadas por las autoridades, cuyos planes de apoyo comprenden la construcción de una deportiva y la canalización de programas sociales, pero nada más. Esta región, que ocupa el 25 por ciento del territorio, es habitada por una mayoría otomí y todavía es semirural, aunque la urbanización ya la alcanza. Pero “Autopan, Cuexcontitlán y Huichochitlán no son delegaciones pobres. Están abandonadas por las autoridades”, apunta Javier, habitante de San Andrés Cuexcontitlán, quien además pertenece a uno de los tres grupos de autodefensa civil que surgieron hace un mes y que ahora recorren las calles de ese poblado.

Y San Andrés, famoso en el municipio por las fiestas de enero donde la población se disfraza y baila durante tres días a su patrono, ahora destaca por la inseguridad y el desaseo de sus delegados. Apenas hace un mes, aquella región amaneció poblada de mantas que advertía a visitantes y curiosos que “te estamos vigilando”, “vamos a linchar a los ladrones y violadores”.

El fenómeno de las mantas no es nuevo, pero tampoco tiene tanto en la zona. Curiosamente, quienes usaron las mantas para comunicar sus mensajes fueron los Caballeros Templarios, un cártel relativamente nuevo en el valle de Toluca, y que pelea una guerra silenciosa con La Familia en el sur mexiquense. El 14 de noviembre del 2012, quince narcomantas fueron recogidas por la policía estatal en distintos puntos de Toluca, uno de los cuales era la colonia Aviación, en Autopan. Según los agentes, contenían mensajes dirigidos al entonces presidente Felipe Calderón. Antes, en esa especial dinámica de utilizar lonas en lugar de ponerse de acuerdo de manera directa, las autoridades de seguridad acostumbraron a los pobladores a leer sus avisos. La policía, tradicionalmente inoperante en aquellos rumbos, ponía especial énfasis en que se conocieran los números de denuncias anónimas no sólo en la región norte de la capital, sino en la entidad.

Los pobladores entendieron el mensaje. Las mantas parecían la mejor vía. Estaban en las principales calles y mostraban una tenebrosa realidad.

– Este fin de semana Cuexcontitlán amaneció lleno de mantas con avisos de la comunidad contra los delincuentes. Son amenazas directas para quienes tienen la intención de cometer algún crimen o dañar bienes ajenos –dice el mismo Javier, mientras observa una de ellas.

– ¿Y cómo toma esos mensajes la gente?

– Mejor que los de Autopan. Allá están enojados por lo mismo. Son nuestros vecinos, podemos llegar caminando a sus comunidades, pero la diferencia con nosotros es que no estamos dispuestos a esperar. Tenemos autoridades incompetentes que no saben lo que pasa por aquí. El otro día hubo una reunión con los delegados y se les preguntó por los grupos de autodefensa. Ellos fueron los últimos en saber que ya había tres grupos patrullando las calles de San Andrés. Pero eso sí, son los primeros en apuntarse para los programas de ayuda.

– ¿Qué quieren los habitantes de Cuexcontitlán?

– Pues que se controle la inseguridad, primero. Que las autoridades no vengan a decir tonterías, como hizo la alcaldesa Martha (Hilda González Calderón) hace un mes o dos. Y por último, queremos gobernarnos nosotros mismos. Nuestros pueblos no le interesan al gobierno de Toluca. Y tenemos ejemplos con municipios donde hay otomíes, como San Felipe del Progreso o El Oro, donde se les da mejor trato y los incluyen. Eso queremos. Un gobierno que nos represente, concluye Javier.

La alcaldesa priista Martha Hilda González Calderón visita poco esta zona. Pero cuando lo hace, las cosas no le salen como ella quisiera. Primero, una accidentada elección de autoridades auxiliares ventiló las deferencias de la administración municipal con los poderes tradicionales de la zona norte. Las protestas de los habitantes no se hicieron esperar. Bloqueos carreteros y finalmente un amago de revuelta obligaron a la presidenta a reunirse con los inconformes. Allí se enteró del trasfondo. Los habitantes querían separarse de Toluca porque el municipio no destina recursos para ellos y, si lo hace, se quedan en manos de los delegados.

La idea no es un chantaje. Tiene décadas rondando por aquellas delegaciones, pero apenas ha encontrado el eco suficiente para tener aceptación generalizada. Esta inquietud separatista hace presión también por el lado de la inseguridad. Según pobladores, el narcotráfico se ha filtrado en esa zona, aunque la usa como dormitorio, todavía, pero eso promueve asaltos, violaciones y secuestros.

“Hace poco a un niño lo asaltaron para robarle su celular. Está vivo pero su pronóstico indica que no la libra. También asaltos a comercios y abuso de autoridad, sobre todo esto último. A veces pensamos que los policías ayudan a los delincuentes y ellos mismos nos extorsionan, como sucede en la colonia Llano de la Y”, dice Javier mientras termina de escribir un programa que prevé un sistema de defensa apoyado en el uso de silbatos.

El Llano de la Y es una colonia de San Andrés Cuexcontitlán que hace límites con el muncipio de  Xonacatlán. Por años ese territorio ha estado en disputa, pero sólo en tiempos electorales, cuando los operadores políticos llegan a repartir dádivas y promesas. El resto del tiempo, abandonado, es más bien uno de los cinturones de miseria que Toluca desarrolla en silencio pero a la sombra de las ciudades industriales o los grandes centros comerciales. El Llano es una colonia perdida, de unos 2 mil 500 habitantes que habitan casas de cartón a medio terminar y transitan calles sin pavimento, convertidas en ríos en época de lluvia. Allí nadie vive de día. Por la noche, los habitantes regresan para constatar que en cualquier lugar se puede estar si uno se adapta. En las viviendas hay luz y agua para todos, pero las tomas son clandestinas o al menos no entran en el presupuesto municipal. Afuera, en la calle, todo permanece a oscuras. Allí ni los diablitos alumbran.

– Si uno quiere conoce una zona miserable debe ir a La Y. Pero no es nada más pobre. Es también un lugar peligroso donde desafortunadamente la policía es la principal extorsionadora. Es en lugares como esos donde la idea de la autodefensa toma forma. No es una idea propia, es verdad, pero no tiene que serlo para nos funcione. La vimos en otros estados, en Guerrero, Michoacán o Oaxaca. Yo no sé cómo están allá organizados, pero aquí es muy simple. Quienes tienen dinero, que son muchos, prefieren contratar a sicarios que pagarles la protección –apunta Javier.

– ¿Hay mercenarios en Cuexcontitlán?

– Pues sí, porque los sicarios están al servicio de quienes les paguen. Los que tienen dinero y son extorsionados por el narco o por quien sea, los contratan y forman grupos de defensa. Aunque esto de contratar sucede poco. Más bien, lo que pasa es que se organizan los extorsionados y salen a las calles a patrullar y a defender a sus familias y patrimonio. Hasta ahora no ha habido enfrentamientos ni se ha detenido a nadie, pero no falta mucho –señala Javier.

Y es verdad. A las nueve de la noche, aunque no todos los días, un grupo de hombres vestidos de negro salen a caminar las calles de Cuexcontiltán. Usan gorras negras y paliacates en el rostro, pero los vecinos saben quiénes son., No hay secreto en una comunidad tan pequeña y exacerbada. En la mano llevan palos o machetes pero Javier asegura que todos traen armas de fuego, algunos cuchillos entre las ropas. Caminan juntos y se comunican por celulares. Javier confía en que su propuesta de usar silbatos sea aceptada.

– Es que no vamos a poder enfrentar a todos. Algunos criminales andan en grupos tan grandes como los nuestros, y ellos sí van a matar. Mejor, en caso de que alguno los vea, debe usar el silbato para alertar al otro. Es un sistema de vigilancia por cuadras, casi, casi, donde nos avisamos de esa forma para que el delincuente sea perseguido y detenido a donde quiera que vaya. Ya tenemos experiencia con asesinos y plagiarios, que vienen a San Andrés a hacer de las suyas. Por ejemplo, una vez me tocó ver al Gordo, un delincuente local, que iba caminado por aquí cerca. Atrás de él venían otros dos subidos en un taxi, con una persona más. Todos iban drogados o ebrios, menos la persona que te digo. En un momento, ellos la bajaron y la llevaron a las milpas cercanas, de donde ya no salieron. Yo me fui pero al otro día salió en los periódicos que habían encontrado un muerto y un taxi robado. Era la persona que yo había visto, la de las milpas. No puedo denunciar con las autoridades… bueno, en primera no harían caso. Luego me meto en líos porque tengo que ir a declarar y nadie me asegura que la policía no los proteja. Mejor los grupos.

– ¿Están dispuestos a castigar a los que detengan?

– ¿Así como lincharlos o golpearlos? Pues… yo digo que no, pero luego, cuando sucede, uno nunca sabe. Los habitantes están hartos, eso sí, y ellos podrían hacerlo porque están desesperados.

– Entonces, la policía…

– Hay policías, a veces uno en cada esquina, cuando vienen las autoridades, pero nunca atienden las emergencias ni los llamados. Prefieren extorsionar parejas.

– ¿Y estos grupos de autodefensa están de acuerdo con la separación de Toluca?

– Primero quieren resolver lo más urgente, pero sí, aunque ese tema lo tratamos luego.

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