Las Nobles Verdades

* La doctrina budista del vacío que, en cierto sentido se confunde en muchos puntos con la Noble Verdad, no es una doctrina de que nada existe, como incorrectamente podríamos ser llevados a pensar. La noción de vacío se refiere a que la realidad última de cada ser u objeto está desprovista de características propias individuales y definidas.

 

Alfredo Aveline

Universidad Bolivariana, Santiago de Chile

Redaliyc.com (extracto del original “La visión budista de la cuestión cognitiva”)

La palabra cognición se refiere aquí al proceso por el cual se desenvuelve la convicción de que algo es “verdadero”. El examen budista de la cognición puede, a su vez, ser encarado como una forma de buscar mayor libertad y distanciamiento frente a los pensamientos, opiniones y tendencias propios.

El abordaje budista de la cognición resulta, dentro del lenguaje y forma de operación mental humana, en una actitud denominada en los textos sagrados budistas de la Noble Verdad. Es de gran importancia este tema, una vez que la doctrina del vacío, punto esencial de la visión budista, elemento central de la comprensión budista unánimemente aceptada en todas las líneas, encuentra en la Noble Verdad su punto de contacto con la realidad contingente de todos los seres, objetos, propósitos, hechos materiales, hechos abstractos, psicológicos, biológicos, físicos, astronómicos. Es bajo una expresión de Noble Verdad que vamos a encontrar una armonización de la visión budista del vacío con la realidad que nos rodea.

La doctrina budista del vacío que, en cierto sentido se confunde en muchos puntos con la Noble Verdad, no es una doctrina de que nada existe, como incorrectamente podríamos ser llevados a pensar. La noción de vacío se refiere a que la realidad última de cada ser u objeto está desprovista de características propias individuales y definidas. Los objetos existen apenas en cuanto realidades convencionales, limitadas, condicionadas y contextualizadas. No existen separada e independientemente del observador. La Noble Verdad, a su vez, podría ser resumida como una actitud que resulta de la comprensión de que todo lo que es visto, es visto por la mente y que todo lo que es visto por la mente es, en verdad, la mente viéndose a sí misma, viendo las imágenes y objetos generados por ella misma. Es como está expresado en el Lankavatara Sutra, cuando se dice que “una pintura no está en la tela ni en los colores ni en las tintas”, o “los ignorantes no comprenden que lo que ven es la mente viéndose a sí misma”.

Esto no quiere decir que el mundo externo no existe efectivamente, que las cosas no existen, sino que se busca entender con claridad lo que significa decir que un cierto objeto existe o lo que significa la afirmación general de que el mundo externo existe. En este contexto, entender el significado de esas afirmaciones es conocer sus límites de validez.

La forma de trabajar los elementos de convicción que vienen a explicar y permitir la transmisión del sentido correcto de la expresión “Noble Verdad” es siempre la forma experimental. Se busca a través de experiencias vividas en procesos de imaginación, la vivencia directa de cada uno de los aspectos de la “Noble Verdad”. Aquí mencionamos este método didáctico como una característica del proceso de transmisión de la “Noble Verdad”, pero este es un método general de abordar todas las cuestiones en el budismo y el sentido real de todas las conclusiones es siempre remitido a la experiencia mental o concreta que lo generó y su comprensión no es mayor ni menor. Las palabras, así como toda forma de comunicación, nunca tendrá un valor y un significado mayor que el del valor y significado de las experiencias que las generaron.

La “Noble Verdad” es un elemento esencial en la doctrina budista porque permite una transición existencial individual de una búsqueda externa, de un camino externo en el mundo, hacia una búsqueda interna. Al comprenderse la esencia de la “Noble Verdad”, se comprende que lo que es visto externamente es siempre una proyección mental de un cúmulo de tendencias y experiencias previas, lo que en budismo es genéricamente entendido como “karma”. Es justamente este conjunto de tendencias lo que dará sentido a las experiencias e irá a conformar la realidad, que de modo enteramente automático es vista de forma nítida, palpable, vívida.

La experiencia de vivenciar “la realidad externa”, cuando es encarada de ese modo, se torna una manifestación de todo un “mundo interno inconsciente”, que es reconocido como el resultado de experiencias mentales concretas o abstractas anteriores (en la visión budista no hay diferencias entre estas dos opciones, pues toda experiencia concreta es siempre mediada por la mente siendo, en suma, una experiencia mental abstracta también). Este enfoque permite que se devele un vasto campo de estudio y trabajo donde el surgimiento de cada discriminación en la mente es visto como un resultado de la operación mental inconsciente. En este contexto la palabra “inconsciente” no tiene ningún significado esencial. La palabra no se refiere a algo que se imagina exista de modo permanente, pero en este contexto esta palabra significa solamente la actividad mental que no es vista en su proceso, pero es reconocida exclusivamente por sus resultados. Examinándose la “realidad externa” de esa forma, no se encontrará diferencia alguna entre esta “realidad externa” y la “realidad interna”. Ambas se funden, tornándose indistinguibles

Es justamente este vasto campo de estudio y trabajo el que ofrece la mejor oportunidad de contacto entre el pensamiento religioso budista y la filosofía y psicología de todos los colores, matices y orígenes. Es también ahí un punto de florecimiento de la filosofía budista, aunque no pueda ser considerada una forma de búsqueda de la verdad de la esencia última de las cosas, sino tan sólo una forma relativa, condicionada y pasajera de sistematizar conocimientos del mundo y del proceso de cognición, de modo que en la existencia de las actuales formas de operación mental condicionada, sea posible el reconocimiento de esos condicionamientos y sea entonces posible reconocer la naturaleza de la liberación. Reconocer la condición humana, la contaminación inherente a todo proceso cognitivo en la naturaleza de la liberación es todo lo que la filosofía budista pretende en cuanto filosofía. Es su límite. En este punto se inicia la práctica budista propiamente dicha que intenta la depuración de todo el condicionamiento inconsciente, de forma que la operación mental pueda venir a manifestar la completa ausencia de juegos ciegos y de condicionamientos en cuanto tal.

Se usa el término “contaminación” en el sentido de “perturbación involuntaria y automática del proceso de comprensión por el surgimiento de ideas e imágenes mentales provenientes de experiencias anteriores y que atribuyen sentidos cognitivos previamente condicionados a las experiencias sensoriales y abstractas de la mente humana”.

Aseguremos un libro en nuestra mano. Un libro es inequívocamente un libro. Podemos palparlo, abrirlo, examinar el texto. Verificamos fácilmente que existe una posición correcta para que pueda ser leído. Podemos identificar en qué lengua fue escrito, sentir la concretitud del libro. Es inequívoco.

Esta es la primera contaminación mental de la visión, lo que surge en la relación con los objetos “concretos” la que da una realidad única e inequívoca a los objetos cotidianos con los que lidiamos. Hay un célebre diálogo entre dos grandes hombres, Albert Einstein y Rabindranath Tagore que ilustra bien esta cuestión. Ocurrió en Berlín, cuando Einstein, ya un Premio Nobel de Física”, recibió en su casa al poeta y filósofo Tagore, Premio Nobel de Literatura. Conversaban los dos sobre la cuestión de la realidad del mundo concreto que vemos y Tagore utilizó el ejemplo de un libro para mostrar que aunque sea efectivamente eso, para una polilla es, de modo concreto, un manjar. Una polilla se comporta de una manera absolutamente correcta cuando se alimenta de un libro y de la misma manera nosotros, cuando se lee el libro. Las interpretaciones no se contraponen, se complementan. Un libro es aliento de polilla y alimento mental para quienes consiguen leerlo.

Esta primera forma de contaminación mental ocurre cuando interpretamos de forma automática y condicionada los estímulos sensoriales que nos alcanzan. Esta forma de contaminación es admitir que los objetos concretos que nos surgen ante los sentidos y de ahí a la mente, sean un tipo de realidad concreta preexistente con la cual nos relacionamos. Este nivel tiene dos divisiones y podemos admitir que la visión que tenemos se refiere a un mundo que existe en forma concreta e inequívoca, y por lo tanto las otras visiones son incorrectas. La segunda posibilidad es admitir que estamos lidiando con la manera correcta de ver las cosas pero existen otras posibilidades más limitadas e imperfectas y otros pueden, por operar de una forma limitada e imperfecta, llegar a otras conclusiones y asimismo usar con éxito estas interpretaciones en sus propósitos limitados. Estas conclusiones y formas de interpretar hasta pueden revelarse útiles e interesantes pero son de una calidad inferior pues la realidad es preexistente y tiene solamente una cara.

Arco iris o el halo de Buda

 

* A Lai nació en 1959 en el distrito Maerkang, al noroeste de Sichuan. Esta región, poblada en su mayoría por tibetanos, es conocida históricamente como la Tierra de los Cuatro Caciques. A Lai se graduó en la universidad normal de Maerkang, fue maestro durante cinco años y desde 1982 es editor en jefe de la revista El mundo de la ciencia y la imaginación. En los años ochenta comenzó a escribir poesía y luego prosa. Siempre ha manifestado su deseo de tomar la literatura como actividad de tiempo libre. Entre sus obras destacan la novela El polvo asentado (el título de la traducción en inglés es Amapolas rojas), galardonada en 1998 con el codiciado premio nacional de literatura Mao Dun, y la antología de ensayos Los escalones de la Tierra (2000). La crítica literaria acogió con gran entusiasmo el novedoso estilo literario de A Lai, comparándolo con los grandes escritores mundiales que representan la corriente del realismo mágico. A Lai pone gran atención en expresar la psicología de sus personajes, su vida interna y sus sentimientos.

 

Redalyc.org

Estudios de Asia y África, Vol. XLII, Núm. 3, septiembre-diciembre, 2007, pp. 675-690 (extracto). El Colegio de México.

A Lai/ Liljana Arsovska, traducción del chino e introducción.

Hoy, un día de junio de 1992, escribo estas líneas en el lugar donde esta historia ocurrió. Me encuentro en la sala del monasterio. Alrededor sólo hay silencio. Elevo la vista y miro los venados de bronce que incansablemente yacen encima del techo que cubre el gran palacio. Parados ahí, resguardan la rueda.

Sobre el pasto que me separa de esas cosas brillantes florecen un sinnúmero de minúsculas flores amarillas. En ese sitio nace un conocido río chino, el aroma del agua cristalina invade el aire fresco y puro. Sonriendo sin querer, escribí algunas palabras: “La danza de las abejas”. Al terminar sentí luz y una fuerte sacudida, escuché una misteriosa melodía que jamás supe de dónde venía.

Me hospedo en la habitación del señor Sangmudan. Cuando él partió para Estados Unidos, el comité administrativo del monasterio y el Buda viviente habían decidido convertir la habitación en un cuarto de huéspedes para estudiantes forasteros.

Todos decían que el señor Sangmudan era misterioso. Desde la secundaria se dio a conocer por su inteligencia e indolencia. La historia comenzó cuando él y sus compañeros decidieron ir a un día de campo, ya que la pradera gigante por fin había recibido al corto verano. En aquel tiempo, al señor Sangmudan le gustaban las matemáticas. Al comparar lo inmenso de la pradera con la corta duración del verano, decía:

– Caramba, ¡qué injusta proporción!

Sin saber, habían elegido un día importante para salir de día de campo. La predicción decía que el Buda, que había perecido 17 años antes, reencarnaría precisamente ahí. Cuando los estudiantes salieron, los monjes del monasterio también estaban en camino. Cabalgando caballos veloces, justo al mediodía arribaron a la orilla del lago sagrado. En la cercanía, gaviotas silvestres, blancas como la nieve, flotaban sobre el agua; a lo lejos, una columna de humo claro subía al cielo. Claro que todas eran buenas señales. Aquel día, debajo de la columna de humo un grupo de jóvenes disfrutaba de su día de campo. Una manada de caballos paseaba cerca de los muchachos. Dos estudiantes de 16 años sujetaron a dos caballos blancos y, ante la mirada de admiración de sus compañeros, cabalgaron hacia el horizonte. A las orillas del lago sagrado, uno de ellos fue reconocido como el Buda recién reencarnado.

Sangmudan regresó cabalgando solo, y con cara de tristeza le comentó a un pastor de caballos que habían elegido a su mejor amigo y no a él:

– El nuevo Buda viviente se llevó a tu caballo blanco, le diré que te reponga la pérdida.  El pastor, asombrado, tapó la boca de Sangmudan. Luego, ese joven apuesto hincado en el suelo ofreció una gran reverencia en dirección al lago sagrado. Sangmudan, aun sin ser el nuevo Buda viviente, seguía siendo un joven tranquilo y feliz.

Terminó la universidad y fue maestro de matemáticas en una secundaria. Se dejó crecer una barba bella y suave. Jamás fue un joven que buscara el placer por doquier. Su trabajo fue apreciado pero eso nunca le importó mucho.

Un día le dijo al director:

—Voy a renunciar.

El director pensó que se trataba de una broma, cuando Sangmudan añadió:

— No renuncio para ser comerciante, buscaré algún lugar para profundizar en las escrituras sagradas.

Fue así como vino a esta habitación que ahora es mía. Mandó hacer el librero que tengo a mis espaldas y poner la mesa donde me recargo. El Buda viviente, compañero y amigo de antaño, a la hora de rasurarle la cabeza pretendió no conocerlo. Sangmudan, lleno de sinceridad y sentimientos, llamando a su amigo por su nombre, le dijo:

— Te agradezco de todo corazón.

El Buda viviente me comentó:

— No sé por qué su llegada me incomodó.

— Él sí lo sabía —le respondí.

— Le dije que no era propio llamarme por mi nombre. Su barba le daba un toque de burla, así que mandé cortársela —añadió el Buda.

Sin barba, su cara destilaba honestidad. Entonces, el Buda viviente, en son de disculpa, le dijo:

— Aunque se trate de ti, deberíamos buscarte un nombre

budista.

— No necesito ningún nombre budista, no vine para que me dieras algún título honorario, sólo vine para estudiar las escrituras.

Esta respuesta, altanera y descortés, llamó la atención de Laranbagexi, el hombre más sabio de la comunidad. Gexi, después de encargarse de la instrucción del Buda viviente por más de diez años, poco a poco perdió las esperanzas en su capacidad de comprensión y en el poder de sus sentidos (indriya).

Gexi le dijo al señor Sangmudan:

— Estudie conmigo la teoría de la iluminación interna, la base y el fundamento del budismo. Sólo ella es grande, profunda e ilimitada.

Aquel día, Gexi habló acerca de la “Enseñanza del centro” de Shou Longshu; decía que las diez mil cosas y fenómenos del universo son “el vacío”, pero el vacío no es la nada. El Buda viviente oía sin comprender, pues no tenía capacidad de abstracción.

El señor Sangmudan dijo:

— Es más fácil que las matemáticas. Antes tú no las entendías y te ponías nervioso. Después de eso, el Buda viviente se rehusó a estudiar con el señor Sangmudan. Y el señor Sangmudan, por su lado, sentado en el lugar donde yo estoy ahora, abrió todos los libros, incluso aquellos que Laranbagexi no había leído a fondo. Los rayos del sol entraban por la ventana iluminando las palabras escritas con letras doradas. Sangmudan, sonriendo, se puso lentes de sol, el brillo instantáneamente desapareció y en el papel sólo quedó la sabiduría susurrando.

Lamentándose, comentó:

– En este mundo no hay quien pueda terminar de leer estos libros llenos de sabiduría que a su vez la echan a perder.

Gexi, por su lado, estaba preocupado; el Buda viviente se había negado a estudiar filosofía; su interés ahora estaba centrado en la medicina, pues su habitación estaba llena de mapas y esquemas de los canales de acupuntura.

Justo ese día, cuando el señor Sangmudan pensaba que nadie podía agotar todas las obras clásicas existentes, Gexi entró. Suspirando, comentó:

— Tu talento demuestra que aquel día nos equivocamos al elegir.

— A mí no me interesa ser Buda viviente.

— Lo sé, en aquel tiempo tampoco querías serlo. Aquel día dos jóvenes hermosos montando a caballo aparecieron en la orilla del lago sagrado. Los monjes que creían en la predicción no supieron a quién elegir. Sangmudan se alejó cabalgando. El señor Sangmudan envolvió los sutras en seda amarilla, los colocó en el librero y dijo:

— Vamos a verlo. —Antes de salir, tomó la mochila que llevaba al llegar al monasterio, cerró con llave y se puso el reloj de oro que hacía tiempo había guardado. Las manecillas se detuvieron en alguna hora de dos años atrás. Gexi preguntó:

— ¿Qué haces?

El señor Sangmudan, sin responder, caminó con grandes pasos hacia el gran palacio. Al llegar a la puerta, Gexi pensó en pedirle que se detuviera, pues había decidido que ya que un monasterio sólo tenía un Buda viviente de alto rango, y él no podía ser sustituido, entonces más le valía proteger su autoridad. Antes de verlo, había que anunciar la llegada. El señor Sangmudan entró sin miramientos. Gexi, parado afuera de la puerta, miraba los rayos del sol iluminar las flores sobre las que unas abejas silvestres de muchos colores sacudían sus alas transparentes. En ese instante, el Buda viviente y el señor Sangmudan, hombro con hombro, salieron del palacio. El Buda viviente mientras caminaba ordenaba a su séquito buscar una radio:

— El reloj de oro del señor Sangmudan necesita la hora del mundo terrenal de Beijing.

Un joven monje corrió con pasos minúsculos. El Buda viviente, el señor Sangmudan y Gexi, contemplando los rayos del sol, miraban las nubes de formas cambiantes. El monje regresó, nuevamente corriendo con pasos minúsculos, e imitando la voz fuerte del locutor, dijo:

— Según el último reporte, son las dieciséis en punto, hora de Beijing.

Los tres rieron. Cuando Sangmudan ajustaba el reloj, el Buda viviente extendió la mano y, sin tocarle el hombro, pretendió darle una palmadita. Giró y entró al palacio. En el cercano bosque de cipreses unos monjes tocaban la trompeta (suona). Gexi apenas se dio cuenta de que el señor Sangmudan dejaría al monasterio. Con la mochila al hombro, el señor Sangmudan comentó:

— Es un lugar hermoso. He ido también a tu pueblo, allí también hay mucha belleza; en los veranos las abejas cantan su alegría.

Charlando y caminando ya habían salido del muro que rodeaba al monasterio, el agua limpia fluía en el arroyo. El señor Sangmudan gritó:

—Aaa, haa… —y en un abrir y cerrar de ojos, saltó desnudo al arroyo.

Ese hombre de sabiduría profunda jugaba en aguas superficiales.

— Gulugulugulu —emitía sonidos de un potro. Al sumergir la cabeza, sólo su ancha espalda se asomaba. Parecía un pez. Abruptamente se irguió y sacudiendo la cabeza gritaba. Las gotas de agua en su frente formaron una niebla plateada. En ese instante el mundo se detuvo. Aunque los pájaros seguían cantando y el viento se paseaba de una orilla a la otra, el mundo entero se había detenido por un instante. Laranbagexi vio cómo la neblina sobre la cabeza de Sangmudan, iluminada por los rayos inclinados de la tarde, se transformaba en un arco iris.

— ¡Cielos! ¡Es el halo de Buda!

Se le ablandaron las rodillas y poco le faltó para caer hincado ante el hombre que nadaba alegremente. El arco iris desapareció en ese instante. El tiempo comenzó a fluir. El señor Sangmudan, como si nada, salió a la orilla y se puso a brincar para secarse. En los alrededores, los lamas, que habían interrumpido su clase, observaban la escena. El viento jugaba con sus enormes y solemnes túnicas moradas que, mecidas por el viento, fiu, fiu, fiu, parecían incontables banderas. Mientras escribía eso, una sombra cubrió los brillantes rayos de sol. Gexi vino de visita. Tomamos queso y té mientras le leía mi escrito.

— Ah, ya sé por dónde vas, al parecer quieres escribir sobre los caballos.

No se dieron cuenta cuando dos caballos cruzaron entre los montículos. Uno con jinete y el otro solo; su lomo brillaba con el sol. Nadie vio venir a los caballos rojos porque todos observaban a Sangmudan ponerse, una por una, las prendas del otro mundo. Se puso el reloj y lo acercó al oído. Se dio la vuelta y vio a los caballos parados en la otra orilla del estrecho arroyo. Saludando al jinete, Sangmudan comentó:

— ¡Qué puntual eres!

El jinete, estirando el cuerpo, contestó:

— Suba por favor, hasta las diez podremos llegar al sitio donde lo esperará su vehículo.

— ¡Qué bien! Pasaremos las orillas del lago bajo el brillo de la luna.

El señor Sangmudan, montado en un caballo rojo, se fue sin siquiera voltear atrás. El viento, tin, tin, tin, hacía girar las ruedas (knot) del muro que rodeaba al monasterio. Rayos dorados iluminaban al mundo. Laranbagexi, siguiendo los rayos, regresó al monasterio. Al pasar por la puerta del palacio, vio en las escaleras al Buda viviente que miraba hacia el horizonte. Vestía una camisa amarrilla. Sin querer, Gexi pensó:

— Aquello que da autoridad no es la sabiduría sino el título.

Gexi extendió la mano:

— Son su semanario y su túnica.

— ¿Sangmudan de veras se fue?

Gexi no respondió, su mirada voló por encima de la cabeza del Buda, y se estacionó en el mágico laúd de la diosa de la música. Dentro del budismo, esa doncella es la diosa de la poesía. Contemplando a la dama, Gexi sintió la necesidad de componer un poema sobre el arco iris o el halo de Buda. En ese instante oyó un sonido de cuerda. La diosa tocó su laúd. Sólo era el sonido de una cuerda cuyo repicar, sin embargo, duró largo rato, suave y transparente, parecía ser producto de la iluminación instantánea, o tal vez sólo era el ruido de las alas de unas abejas que jugaban entre las flores. Mucho tiempo después ese sonido aún retumbaba en los oídos de Laranbagexi.

 

La danza de las abejas

 

Aún no llegaba el otoño cuando escuchamos la noticia de que el señor Sangmudan había obtenido el grado de Doctor en la capital.

Las noticias seguro eran algo exageradas. Se decía que Sangmudan, a la hora de la disertación doctoral, no contestó ninguna pregunta de los sinodales. Los mitos tejían a un personaje agudo que solía comentar:

— Sus preguntas son fáciles pero también difíciles de responder.

Si no me creen, dejen que el parado les pregunte algo a los sentados. Sea como fuere, el señor Sangmudan ya escribió un libro acerca de la metodología sofista del budismo, llenando con el grado de Doctor un hueco en su formación académica. Una comparación inundó el aire; pensemos que el Instituto de la Doctrina Secreta de la Manifestación del Monasterio es la universidad, y Gexi es el Doctor. Gexi pensó que él también era Doctor, un Doctor que obtuvo su título académico después de haber agotado todos los libros. Suspiró:

— ¡Su talento es impecable!

— ¡Zhaxibandian! —dijo el Buda viviente.

Zhaxibandian era un simple nombre, pero en ese caso era el nombre del protector del Monasterio. Algunos escritos que preservaban y difundían la sabiduría budista decían:

– Todos los espacios que rodean la montaña nevada, donde crece la cebada y donde pastan búfalos, son nuestros territorios. Durante los siglos de transmisión del budismo, en esos territorios han aparecido muchos personajes sagrados. Muchas bestias y ogros fueron tomados como protectores. Hace trescientos años, Zhaxibandian era Gexi y también era Doctor. Tenía demasiado conocimiento y demasiadas dudas. Tomó el camino equivocado, y al morir no pudo convertirse en Buda, sólo llegó a ser ogro. El Buda viviente de aquellos tiempos, repleto de méritos y virtudes, lo acogió y le asignó la tarea de proteger las escrituras sagradas.

— ¿Aquel día el señor Sangmudan dijo algo? —preguntó el Buda viviente.

— ¿Qué día?

— El día que partió.

— Me preguntó si en esta estación mi pueblo estaba más bello que aquí.

— ¿Y tú qué opinas de eso?

— Las flores abren un poco antes y hay más abejas.

— Ho, ho, ho…

El decimonoveno Buda viviente de ese monasterio había dicho “ho” en son de insatisfacción. Gexi decidió no comentarle el asunto del arco iris o el halo de Buda. En ese momento prometió jamás decírselo. Luego los días se apaciguaron. Al Buda viviente le dio por estudiar, sin Sangmudan a lado afloró su capacidad de comprensión. El tiempo y la convivencia acercó a la gente, la hermosa estación voló de las praderas, las flores caídas se transformaron en copos de nieve que cubrían la virgen tierra dorada; por ningún lado se asomaba la desolación. Entre el monasterio y la ciudad de Sangmudan no había correo. A pesar de eso, las noticias llegaban. Supieron que el señor Sangmudan estudiaba un idioma mágico que podía asignar sonidos a todas las letras del mundo. Además escribía un libro acerca de la iluminación interna y las técnicas de cultivo de los lamas. Y eso justo lo había aprendido con Laranbagexi. Aquel libro que se tejía en la lejanía atormentaba e interrumpía las meditaciones de Gexi. Pensó que también debería escribir un libro así. Pero muchos monjes lo seguían, incluso el Buda viviente, ahora más sensible que antes, estaba sediento por aprender. No tuvo más remedio que seguir guiándolos entre los sutras.

Las flores caían cuando la nieve se aproximó. Por eso entre la nieve aún se asomaba el aroma de flores. Por encima de las voces de los discípulos que recitaban los sutras, flotaba un sonido suave. Todos levantaron la cabeza para seguir las huellas de ese sonido misterioso. Las miradas se centraron en la diosa del mural. Sin embargo, sólo Gexi vio la abeja que volaba entre las largas cortinas. Nadie desconocía aquél sonido. Esas abejas coloridas sólo crecían entre la pradera; su casa eran los hoyos pegados a la raíz del pasto. Al parecer esa abeja no pudo resguardarse antes de la nieve y por eso llegó a cantar ahí.

Gexi sin querer suspiró:

— ¡Qué hermoso!

Los discípulos con una sola voz exclamaron:

— ¡Qué hermoso!

Todos dijeron ¡qué hermoso!, en lugar de ¡milagro!, ¡milagro!, pues les salió de las entrañas. Rayos de sol perforaron la ventana y entraron desde lo alto iluminando sus caras. A las espaldas de los rayos caían copos de nieve. Gexi, sentado en los aposentos (fazuo) cubiertos de seda dorada, cerró los ojos ensimismado. No se extrañó al ver al hombre con el arco iris en la cabeza, pero aquel hombre súbitamente se escondió. Gexi vio a otro hombre —tal vez se vio a sí mismo pasear entre las flores; sus manos destilaban aroma a miel, de sus pies descalzos emanaba aroma de flores.

¡La danza de las abejas!

Laranbagexi sólo oyó un estampido violento. ¡Su ojo de la sabiduría por fin se había abierto! Sintió cómo las pesadas paredes del palacio desaparecían y su túnica flotaba como agua; su cuerpo estaba en medio de la nieve inmaculada; los copos caían enfrente, atrás, afuera y adentro de su cuerpo. Y las abejas danzaban, la melodía se transformaba en asiento de loto que lentamente lo elevaba hacia el espacio.

 

La pesadilla del señor Sangmudan

 

Durante todo el invierno Gexi se recluyó en el estudio. Cuando en la primavera apareció ante los demás, su aspecto era diferente y misterioso; en medio de su frente, ahora más amplia y brillante, un pico parecido a un cuerno emitía luz. No sólo su aspecto cambió, su comportamiento también era más suave que antes. Ya no aspiraba a ser el maestro de todos, ya no era tan rígido con sus discípulos.

El Buda viviente comentó:

— Gexi antes hablaba largo y tendido.

Gexi le respondió:

— Vi al señor Sangmudan.

— ¿Regresará pronto?

El Buda viviente se dio cuenta de que extrañaba a Sangmudan, mas no sabía si era por su deseo de regresar al mundo real o porque Sangmudan ya era Doctor. Vio ante sus ojos la escena de antaño, un grupo de jóvenes en su día de campo. ¿De dónde salieron aquellos dos caballos blancos? Eran tan blancos, suaves y elegantes, seguro que no eran de este mundo. En aquella época ellos no imaginaban lo que pasaría, sólo eran dos jóvenes inocentes, llenos de alegría y entusiasmo, que montaron a los caballos y volaron hacia el lago sagrado de color zafiro celestial.

La superficie del lago, quieta y azul, parecía un pedazo de cielo que hubiera caído a la Tierra. Los dos jóvenes soltaron gritos de alegría.

— Aún oigo nuestros gritos de aquel día —me dijo el Buda

viviente.

Todos los días venía a verme con su cara solemne, cálida y misteriosa. Lo acompañaba un monje hermoso que con mucho cuidado cargaba un vaso de leche. El Buda viviente me ofrecía la leche y me miraba vaciar el vaso. Después yo soplaba en el vaso y escuchaba el eco del mundo. Luego me preguntaba:

— ¿Cómo va tu escrito?

— Con sus gritos festejaron la belleza del paisaje.

— Nosotros, el señor Sangmudan y yo, soltamos gritos y los monjes se asomaron.

Los lamas, como soldados enterrados, salieron del bosque de pequeñas azaleas. Tal vez el intenso aroma a flores hizo que se tambalearan como borrachos. Dijeron estar inmensamente felices por haber encontrado a su caudillo. Los lamas habían recibido la señal: el decimosexto Buda viviente que muchos años antes dejó de existir, ya había reencarnado; el decimoséptimo sería un joven hermoso que aparecería en las orillas del lago sagrado montado en un caballo blanco. Se hincaron enfrente de los caballos golpeando el pasto con sus cabezas. Al levantarlas abruptamente, se pasmaron. Ante sus ojos tenían a dos jóvenes montados en dos caballos blancos. Todo lo demás coincidía con la señal: las flores desprendían aromas misteriosos y las gaviotas volaban sobre el lago. Tenían que elegir sólo a uno. Laranbagexi extendió la mano para señalar al joven que parecía más inteligente y hermoso. Pero Sangmudan sujetó las riendas y emitió un estruendoso “¡no!” El galopar de un caballo sacudió las orillas del lago. Y luego la inmensa sombrilla amarilla se extendió sobre la cabeza de ese nuevo Buda viviente. Bajo la protección de aquella sombrilla, el joven había emprendido un camino que jamás imaginara: la senda del monje.

El Buda viviente con gran serenidad me contaba el pasado, claro que escondió algunos pasajes embarazosos. Siempre con el tono solemne de un líder espiritual, me decía:

— Me consuela saber que el señor Sangmudan es Doctor, rezaré mucho por él.

No podía decirle ni sí ni no, sólo me limité a sonreír cuando él añadió:

— Sinceramente lo extraño.

A Gexi le decía lo mismo.

— Verás que en 12 días llegará —comentó Gexi.

El señor Sangmudan regresó en la madrugada del decimotercer día. Traía una carpa, bolsa de dormir, aparato fotográfico y comida enlatada. Ya no se hospedó en este cuarto; extendió su carpa en las afueras del monasterio, sobre el pasto lleno de hongos. Sangmudan había cambiado, ya no se parecía al joven de antaño, muy inteligente y despreocupado. Tal vez porque ya era Doctor del Estado. Recibió en su carpa al Buda viviente y a Gexi con unas latas de fruta; había peras, lichis, piña y cerezas.

Traía un gorro de sombra larga y le tomaba fotos a todo: a las estatuas, los murales, los instrumentos sagrados y a todos los utensilios. El resto del tiempo, sentado encima de la caja de latas, escribía un libro. El Buda viviente aprovechó su ausencia para conocer el título: Entre la tierra y el cielo. Mi corta vida como lama. Así que él había regresado para siempre al mundo real; caminó hacia el cielo por un rato pero luego volvió. Un calor intenso invadió el corazón del Buda. Por la noche, el Buda viviente fue a visitarlo. Su amigo de antaño estaba dormido. Un fuerte aroma a frutas, que emanaba de las latas que Sangmudan había abierto, cubría su carpa. La luna iluminaba su rostro.

Parecía que los sueños de aquel hombre feliz no eran serenos. Sus cejas estaban tensas, por lo que el Buda viviente decidió rezar por él. Sangmudan suspiró y su frente se extendió.

De regreso, el rocío mojó los pies del Buda. Al día siguiente, el Buda viviente se dirigió de nuevo a la carpa. Sangmudan no estaba. El Buda viviente, recordando las travesuras de antaño, buscó piedras del tamaño de un puño y las puso debajo de la bolsa de dormir. Gexi vio todo. Había dicho que el Buda viviente ya estaba cerca de la Iluminación. Dijo eso el día que compartieron los alimentos.

El señor Sangmudan regresó diciendo que anoche había tenido un mal sueño: soñó que el Buda viviente le pegaba, puñetazo tras puñetazo.

Gexi sonrió.

El Buda viviente le tiró un golpe:

— ¿Fue así?

— No me dolía pero sí me pegabas.

Gexi le dijo:

— Me parece que nuevamente nos dejarás.

— Sí —Sangmudan agachó la cabeza—, me voy.

Después de un largo silencio, el Buda viviente dijo:

— Antes yo tenía el mismo sueño.

En esos días Sangmudan ponía debajo de sus mantas algún objeto y cuando su amigo sentía el dolor, soñaba que alguien le pegaba. Al escuchar eso, Sangmudan comprendió todo y se sonrojó.

El Buda le dijo:

— Dejaré que tomes foto de algo que jamás ha sido fotografiado.

Sabes que no dejamos que nadie vea al protector de nuestro monasterio.

El Buda abrió una puerta donde colgaba un cuadro bordado. Los rayos del sol se postraron sobre cuatro máscaras. Las cuatro caras representaban al mismo hombre, era Gexizhaxibandian, el hombre que a causa de su gran sabiduría y sus excesivas dudas jamás pudo ser Buda. Los rostros terroríficos de las tres máscaras representaban al guardia del monasterio, la cuarta representaba su verdadero aspecto. A diferencia del Buda viviente, Sangmudan nunca llegó a compararse con Zhaxibandian; sin embargo, sí sabía cómo se había convertido en protector del monasterio. Al enfocar su objetivo a través de la mirilla, la mirada interrogante de aquella máscara sacudió su corazón.

El señor Sangmudan partía a tierras lejanas. Llevando consigo todo lo que estos lugares le dieron, iría al extranjero para enseñar los misterios de la filosofía oriental. Cargaba también un leve sentimiento de haber cometido una traición.

En la despedida, el Buda viviente le dijo:

— Te acompañaré algunos pasos.

Laranbagexi, con aspecto aún más misterioso que antes, sentado ahí sonreía. Mirando fijamente a los rayos del sol, parecía una estatua. A la hora de inclinarse con gran reverencia hacia su benefactor, el señor Sangmudan sintió el aroma y la suavidad del pasto. En la carpa, el Buda viviente sacó las piedras que yacían debajo de las mantas diciendo:

— Ya no te pegaré.

Los dos amigos de antaño soltaron carcajadas al unísono. Llegada la noche Sangmudan no podía dormir. Al conciliar el sueño no lograba serenidad, pues sentía agua sobre su cuerpo. Despertaba y veía la luz de la luna. Nuevamente concilió el sueño y tuvo una pesadilla. Vio a la Luna pesada como un molino caer del cielo y aplastarlo, un destello y la Luna se convirtió en la cara de Zhaxibandian, el protector del monasterio.

El traidor de hacía trescientos años le gritaba a su colega traidor de trescientos años después:

— ¡Denle duro!

Muchos puños se descargaron por su espalda. Uno, tras otro, tras otro… En el sueño, él salía continuamente de la bolsa de dormir y se erguía, pero los puños lo golpeaban aún más duro. El señor Sangmudan, ese hombre alegre y arrogante, en el sueño aullaba pidiendo clemencia. El Buda viviente, caminando sobre la luz de la luna, rescató de aquella pesadilla a su amigo de antaño.

En esas tierras crecían hongos. Esa noche, debido a la densa niebla en el aire, los hongos comenzaron a romper la tierra para asomarse. El pequeño racimo de hongos que crecía justo debajo de la bolsa de dormir del señor Sangmudan, era el responsable de su pesadilla. El Buda viviente y el señor Sangmudan prendieron una fogata y unos instantes después el aire se llenó del aroma dulce a leche y hongos tatemados.

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