La otra Noche de Iguala

 

* Según la PGR, 43 normalistas de Ayotzinapa fueron cremados en el basurero de Cocula el 26 y 27 de septiembre del 2014. Sin embargo hay otras versiones que por lo menos narran otro tipo de ejecuciones esa noche, y que se conocen apenas un poco.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 8 de julio del 2016. Martín Alejandro Macedo Barrera, un sicario de los Guerrero Unidos, cuenta que el 26 de septiembre de septiembre del 2016 él, junto con otros, enfrentó a los normalistas de Ayotzinapa en Iguala porque sus jefes les habían dicho que entre ellos iban infiltrados del cártel morelenses de Los Rojos, encabezado por Santiago Mazari, Carrete, y que buscaba matar a los hermanos Benítez Palacios, controladores del narcomenudeo en la región.

Desde su declaración ministerial 2, enfrentar para Macedo Barrera significó acribillar a los normalistas. Y según él, fueron ellos quienes abrieron fuego primero contra los estudiantes, a quienes habían detectado cuando arribaron a la terminal de autobuses de Iguala, gracias a la red de halconeo dispersada por toda la ciudad.

-Eran muy violentos -dice Macedo Barrera refiriéndose a los jóvenes de Ayotzinapa- iban aventando piedras muy grande y además traían armas cortas tipo nueve milímetros y treinta y ocho, nuestra función consistía en vigilar que no hicieran relajo, para esto íbamos a bordo de la camioneta Ram 250, color blanco, en la camioneta íbamos cuatro personas La Mole, El Tinher, El Amarguras y yo, los cuales seguíamos de cerca los dos camiones que se dirigían al centro. Al llegar a la plaza donde estaba un evento ya que tocaba creo que La Luz Roja de San Marcos, comenzamos a escuchar que les aventaban a la gente que estaba en esa explanada piedras y hacían disparos, logrando herir a varias personas, por lo que recibí la instrucción de dispararles, por parte de Choky, los disparos que les realizamos fue en el centro de iguala, por lo cual yo traía una pistola tres ochenta, el mole una nueve milímetros, El Tinher traía una treinta y ocho especial, el amarguras una pistola calibre nueve milímetros.

Macedo era un sicario bajo las órdenes de El Choky –así lo escriben en su declaración ministerial- Eduardo Joaquín Jaimes, principal ejecutor de El Tilo, Víctor Hugo Benítez Palacios. Jaimes, escurridizo, no ha sido capturado pero todos los conocen en Iguala primero porque es uno de los más sanguinarios y después porque carteles con su rostro aparecieron la madrugada del 29 de diciembre del 2015 en las calles de la ciudad, pegados a postes y bardas, mostrando a todo color el humo del que parece estar hecho. En realidad ese volante denunciaba a El Tilo como responsable de asesinatos que llegaban hasta la no tan lejana Taxco. El Choky es un veterano en eso de ejecutar y su historia es tan larga como su lista de muertos. Fue él quien encabezó un comando que entró a la Tierra Caliente guerrerense para acabar con los comandos de la Familia Michoacana en una venganza fraguada por los hermanos Pineda Villa –la familia de María de los Ángeles Pineda, esposa del ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca- cuando asesinaron a un hermano. Reportes de la PGR también indican que El Choky había sido detenido antes por el ejército, pero nadie supo qué pasó después, porque apareció libre, caminando como si nada en su ciudad.

Ese mismo cartelito, adherido con simple diúrex a los postes del alumbrado público en las calles de Aldama, Bandera Nacional y Galeana, decía que el ex director de Seguridad Pública Municipal de Taxco, Erubiel Salado Chávez, era uno de los responsables de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa. Salado -dice el narcoboletín, porque está redactado como una nota informativa fechada el 21 de diciembre del 2015- recibe protección de una docena de policías preventivos y del actual alcalde Omar Jalil. Y remata con algo que, casi siempre que se lee, resulta verdad cuando se investiga y que dice que “la esposa de Víctor Hugo Benítez tiene un tío que es un alto mando del Ejército mexicano, pero que ya están investigando […]”. 3

El Choky era un matón pero también un busca-talentos de excelencia e identificaba a quienes podían ayudarlo como halcones primero y después como matones a sueldo. Tenía su Mustang gris sin placas y le gustaba demasiado su 9 milímetros. Al sicario Macedo Barrera lo convenció en una fiesta, cuando ambos coincidieron en una discoteca, La Iguana Loca, y uno le confesó al otro sus penurias económicas. Tampoco le costó trabajo explicar que la ruta de vigilancia que le tocaría al novato sería de El Tomatal, donde hay un retén militar, hasta el centro de la ciudad. Al otro día, luego, luego, le entregó un celular y el resto de las instrucciones. Todo se facilitaba porque el nuevo empleado de Guerreros Unidos tenía moto y haría si problemas los recorridos, buscando soldados y gobierno. El jefe inmediato de Macedo sería El Chino, un joven de 20 años que trabaja en Protección Civil de Iguala y encargado de reunir la información de todos los halcones, aunque también de pagarles porque, al fin y al cabo, halconear para dar madruguetes también era una chamba. Así, a Macedo le entregaron 7 mil pesos mensuales, una bicoca si se pregunta por el kilo de mariguana en la ciudad, que se vendía hasta en mil 800 pesos aquel año.

El paso del tiempo y las necesidades revelaron a Macedo la red de espionaje de Guerreros Unidos. Por ahí andaba El Gaby, un moreno 1.90 metros y de 25 años que se movía en motoneta pero también en una pulcra Tacoma y se armaba con una .45 y dos cuernos de chivo para lo que se ofreciera. También apareció La Vero, pequeñita de nariz respingada pero hábil con su Bewis negra, motoneta nueva de su propiedad. Conoció a El Chaky y su X-Trail arena y su pistola 9 milímetros casi al mismo tiempo que a El Mente, tan alto como El Gaby pero más joven porque apenas tenía 19 años. Macedo dice que los conoció en un almuerzo, pretexto ideal para hacer presentaciones. Había más pero quienes se cruzaron en este camino fueron El Bogar, quien vigilaba los rumbos de la colonia Guadalupe y Moreno, a quien le tocaba la ruta de la colonia El Capire. A El Cuate le asignaron la zona del Bar Jardín; a El Gordo la colonia Fermín; a El Gemelos el hotel Imperio y el aeropuerto; La Wendy andaba desde la terminal camionera al centro; La China en los rumbos de la avenida del Estudiante y Belem soplaba por la Central de Abastos. “Hay más, pero no los conozco”, dijo Macedo desmemoriado.

Otro halcón, Marco Antonio Ríos Berber, dijo en su declaración 4 que el 26 de septiembre edel 2014 a él lo había mandado El Chino a vigilar al centro de Iguala y afirma que los estudiantes estaban armados.

– Vete a halconear al centro para ver qué hacen los ayotzinapos. Ponte verga porque de los que vienen en los autobuses vienen de los contras, los Rojos, a pelear la plaza. Son pelones –le diría El Chino a Ríos, quien describe que El Gil es uno de los jefes de Los Guerreros Unidos, que vive en Pueblo Viejo y que es gallero.

– En su casa –dice- hay caballerizas y organizaba palenques cada ocho o quince días y era él quien se quedaba con todo el dinero que recaudaban los narcotraficantes de sus actividades diarias.

Todavía Ríos Berber dijo más: “Otra persona que podría decir en dónde están los estudiantes es EL COMANDANTE VALLADARES y uno que es el segundo de VALLADARES y que conozco como CARRETO, y esto lo sé y me consta porque en una ocasión agarraron a tres de los contras, los agarro EL CHOKY, y se los traspasa a la gente de EL GIL quien también pertenece a los GUERREROS UNIDOS porque ellos también están con los sicarios en Cocula, en la colonia Pueblo Viejo, y en Iguala”. Esta declaración, tomada en los interrogatorios de la PGR también recoge que los policías de Iguala José Ulises Bernabé García, Baltazar Martínez Casarrubias, Esteban Ocampo Landa, Christian Rafael Guerrero Saucedo, Emilio Torres Quezada, Juan Carlos Delgado González, Horacio Hernández García, el comandante Francisco Salgado Valladares y Hugo Salgado Wences trabajan para Los Guerreros Unidos. Lo mismo dice de dos elementos de Protección Civil, Abiel Acatitlán Peralta y Juan Carlos Beltrán Cruz.

El grupo encargado de parar a los estudiantes era el de El Choky, quien por otra parte cometió errores garrafales cuando, dicen ellos, confundieron a los futbolistas de Los Avispones con los normalistas y los acribillaron. En todo caso, esas versiones han sido desestimadas por los propios afectados, quienes denunciaron en el 2016 que un retén policiaco los obligó a detenerse en el Puente del Chipote, frente al Palacio de Justicia, y sólo ellos no pudieron avanzar, sin razón alguna. Luego, liberados, pocos kilómetros adelante fueron ametrallados y los soldados del 27 Batallón de Infantería, avisados por algunos de los familiares que acompañaban a los jóvenes futbolistas en autos particulares, fueron incapaces de reaccionar a tiempo.

El Choky, quien gasta un cuerno de chivo, “alcanzó a chingar a varios ayozinapos, ya que se estaban poniendo muy locos, una vez que se comienzan a bajar los estudiantes comienzan a correr y logramos asegurar a diecisiete, los cuales subimos a nuestras camionetas y los llevamos a la casa de seguridad de la loma donde, los matamos inmediatamente ya que no se querian someter y como eran más que nosotros choky dio la instrucción que les diéramos piso, cuando detuvimos a los ayozimapos no logramos asegurar ninguna arma pero yo claramente vi como iban armados como ocho en total. yo vi cuatro en los camiones que seguíamos y mis compañeros dijeron que igual número iban en los otros camiones. a algunos los mataron con tiro de gracia en la cabeza y a otros a golpes ya que se pusieron muy violentos cuando estaban secuestrados y para que no estuvieran chingando se decidió matarlos. creo que utilizaron la excavadora para enterrarlos en el mismo rancho que tenemos a siete de estos muchachos los quemamos por instrucción del choky, quiero señalar que una vez que se me pusieron a la vista unas fotografías de las personas que se dicen desaparecidas no reconozco a ninguno ya que inmediatamente que los subimos a las camionetas la instrucción fue cubrirlos para que nadie los viera, yo participe matando a dos de los ayozinapos, dándoles un balazo en la cabeza, y no son de los que quemamos, están enteritos la forma de matarlos fue ancados y les disparamos por un lado de la cabeza”, dice Macedo Barrera.

Esta versión coincide con la que dio el sicario Marco Antonio Ríos Berber en algunos puntos y si ha sido investigada no se sabe cuáles han sido los resultados en esa línea. Que la Procuraduría se decidiera por la macabra cremación de Cocula no tiene explicación sensata cuando se sabe que llegaron allá porque alguien, desde un teléfono sin identificar, les dio un soplo. Al otro día los investigadores revisaron ese basurero y confirmaron sus versiones. Macedo y Ríos Berber han dicho que para ellos hay 17 estudiantes muertos. Del resto dicen no saber, aunque en Iguala otras versiones cuentan el destino de los 26 que faltan pero apenas como susurros, como si alguien estuviera escuchando y cobrara venganza en quienes revelan.

Sin embargo, también Macedo hace dudar cuando dice que su jefe inmediato, El Chino, lo ha mandado a halconear la llegada de los normalistas. Y es que afirma que iban en un camión y una Urvan y que se bajaron en la esquina de Guerrero y Bandera Nacional, justo en el centro de Iguala pero en una ruta que por todas las investigaciones ha sido descalificada. Dice que los estudiantes llegaron encapuchados y se bajaron de sus transportes, que eran como 50 y que se dirigieron a la celebración de la esposa de José Luis Abarca, que dispararon sus armas y que Macedo lo sabe porque se encontraba parado afuera de la iglesia de San Francisco.

“[…] y la gente empezó a correr para refugiarse por todos lados y los ayotzinapos empezaron a robar carros para escaparse se los quitaban a la gente entre los que recuerdo fue una CRV negra y varios taxis, otros corrieron para el autobús, otros para el mercado y otros para la estrella de oro, cuando sucedió esto el CHINO ordeno que los siguiera y viera para donde jalaban y los perseguí hasta “hielos Laurita” en donde fueron alcanzados por las camionetas de la policía municipal, siendo las unidades que recuerdo haber visto la 582, 38, 03, 05, 220, 020 Y la 010, en donde iban como cinco policías por camioneta quienes les indicaron que se detuvieran, ya que les cerraban el paso, los ayotzinapos iban en una urban blanca y dos taxis y como no se detuvieron los policías hicieron disparos al aire, logrando detenerlos y a unos los bajaron de los vehículos y otros ya estaban abajo y los detuvieron a todos siendo aproximadamente como veinte ayotzinapos, y los subieron a todas las camionetas patrullas, y se los llevaron a la comandancia y supe esto porque CHINO nos mando un mensaje que los ayotzinapos estaban encerrados en la comandancia […]”.

¿Quién dice la verdad o por qué todos mienten? A Macedo le avisaron que El Choky había atrapado a tres normalistas y los había llevado a una casa en la colonia Guadalupe. Era la medianoche y los tres supuestos cautivos estaban a bordo del Mustang gris del sicario, quien se hacía acompañar de El Gaby -en su Tacoma blanca llevaba a otros 10 muchachos sometidos-, La Vero y El Mente, quienes en cónclave decidieron jalarle para el cerro.

A Macedo lo mandaron a comprar diésel, que adquirió en una gasolinera de la calle Zaragoza y alcanzó a sus amigos 20 minutos después en un cerro de la colonia Pueblo Viejo, pero cuando llegó ya los tres prisioneros de El Choky habían sido asesinados y con un disparo en la cabeza éste había ultimado a uno y El Gaby a otros dos “por andar de revoltosos”. El Choky ordenó a El Chaky cavar fosas para los muertos y El Gaby les prendió fuego hasta que los cuerpos se calcinaron. Pero todavía faltaban los otros diez que iban en la Tacoma blanca. A ellos también les dispararon y Macedo dice, muy seguro, que él mismo mató a dos, El Gaby a otro par, La Vero a uno y El Choky a otro.

– Dejamos vivos a cuatro- relata Macedo, quien dice que arrojaron los cuerpos a las fosas y El Gaby los calcinó para después tapar el hoyo con tierra y ramas. Los cuatro estudiantes sobrevivientes fueron golpeados hasta la inconciencia y amarrados a un árbol y allí los abandonaron, a las tres de la mañana del 27 de septiembre del 2014.

A Macedo le tocó descansar ese sábado y eso fue lo que hizo, desconectándose de todo. Luego, el 30 de septiembre una llamada de El Choky le informó que a los cuatro normalistas sobrevivientes ya les habían dado piso “porque todo se estaba calentando”.

 

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1 Este trabajo fue posible gracias a la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan por igual los créditos de la autoría.

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2 Declaración ministerial de Martín Alejandro Macedo Barrera integrada en el Acuerdo de Retención del 15 de octubre del 2014, dictado en contra Édgar Vieyra Pereyda, alias El Taxco, Alejandro Mota Román, alias Mota, Santiago Socorro Mazón Cedilla, Héctor Aguilar Ávalos, alias El Chambo, Verónica Bahena Cruz, Alejandro Lara García, alias El Cone; Édgar Magdaleno Navarro Cruz, alias Patachín, Leodan Fuentes Pineda, alias El Mataviejitas, Enrique Pérez Carreto y Óscar Augusto Pérez Carreto.

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3 “Colocan narcovolantes en Iguala; acusan a ‘Los Peques’ de la violencia”, por Alejandro Ortiz en el portal web Bajo Palabra, Iguala, Guerrero, 29 de diciembre del 2016. http://bajopalabra.com.mx/colocan-narcovolantes-en-iguala-acusan-a-los-peques-de-la-violencia/

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4 Marco Antonio Ríos Berber. Declaración ministerial de Marco Antonio Ríos Berber, el 16 de octubre del 2014 ante la Unidad Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada de la PGR en el expediente A.P. PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

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Cerco de sicarios

 

* La Procuraduría de Guerrero supo por sus propias indagatorias qué había pasado la Noche de Iguala, el 26 y 27 de septiembre del 2014, casi de inmediato. La PGR, que atrajo el caso días después, empantanó con sus hipótesis un camino que ya estaba avanzado y que incluso reconocía la existencia de un quinto camión horas después de los sucesos.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 22 de julio del 2016. La PGR registró un Acuerdo de Recepción de Copias Certificadas de Auto de Formal Prisión, el 17 de octubre del 2014, en la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro, desde la causa penaI 172/2014. Ese Acuerdo constataba la recepción de 193 fojas útiles como copias certificadas, que contenían los autos de formal prisión en contra de 22 policías municipales de Iguala, 19 de los cuales habían sido reconocidos por algunos normalistas de Ayotzinapa que sobrevivieron a la noche del 26 de septiembre del 2014. Los policías habían dado positivo en pruebas de rodizonato de sodio, que identifica a quien dispara un arma de fuego. El envío de esas 193 fojas fue suscrito por “el licenciado Mario Maravilla Peña, Primer Secretario de Acuerdos del Juzgado primero de Primera Instancia en materia Penal del Distrito Judicial de Tabares, la que contiene Auto de Formal Prisión, dentro de la causa penal 172/2014”.

Según ese documento, Salvador Herrera Román, Alejandro Andrade de la Cruz, Hugo Salgado Wences, Hugo Hernández Arias, Zulai Marino Rodríguez, Mario Cervantes Contreras, Baltazar Martínez Casarrubias, Nicolás Delgado Arellano, Abraham Julián Acevedo Popoca, Juan Luis Hidalgo Pérez, Iván Armando Hurtado Hernández, Fernando Delgado Sánchez, Rubén Alday Marín, Arturo Calvario Villalba, Raúl Cisneros García, Marco Antonio Ramírez Urban, Oswaldo Arturo Vázquez Castillo, José Vicencio Flores, Emilio Torres Quezada, Fausto Bruno Heredia, Miguel Ángel Hernández Morales y Margarita Contreras Castillo recibieron auto de formal prisión el 7 de octubre del 2014, por el homicidio calificado de los normalistas Daniel Solís Gallardo y Jhosiván Guerrero de la Cruz.

En las primeras horas, después de esos asesinatos, se había confundido la identidad de uno de los normalistas, a quien en vías de reconocerlo posteriormente, la entonces Procuraduría estatal de Guerrero había señalado como Jhosiván Guerrero de la Cruz. Fueron los familiares del joven muerto quienes señalarían el error y dirían que en realidad Jhosiván era Julio César Ramírez Nava.

Los dos normalistas fueron abatidos en la esquina de Periférico Norte y la calle Juan N. Álvarez, la noche del 26 de septiembre del 2014, pero a la PGR se le pasó la identidad de Ramírez Nava. “Así lo resolvió y firma el suscrito Licenciado Javier Villalobo Ramos, agente del Ministerio Público de la Federación adscrito a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada, quien actúa en forma legal con dos testigos de ley con quienes firma y da fe”, dice el papel donde dictan auto de formal prisión por el asesinato de un muchacho a quien en realidad la policía y los medios de comunicación mataron dos veces.

Los restos del normalista de Ayotzianpa, Jhosiván Guerrero de la Cruz, fueron identificados hasta el 17 de septiembre del 2015 por la Universidad de Innsbruk en Austria y la PGR corregiría ese error de identidad el 5 de octubre del 2014. Así, entre malentendidos de “buena fe”, la PGR transitó los oscuros caminos de Iguala, haciendo caso a llamadas anónimas y delaciones sin rostro que, sin embargo, nunca fueron tan exageradas como los incendios de Cocula. Mientras, en el sur del Estado de México pobladores de Luvianos, sobre todo, reportaban inusuales movilizaciones de grupos armados pertenecientes a cárteles de La Familia Michoacana y de Los Guerreros Unidos, que iban en caravana custodiando personas sometidas. Pocos se atrevieron a mirar de cerca a esas personas y quienes vieron no tendrán, al menos por ahora, más allá de su palabra, la forma de demostrar quiénes eran esos prisioneros.

El normalista Daniel Solís Gallardo era de Zihuatanejo y tenía 18 años. Le decían El Chino y era soltero. A Julio César Ramírez la PGR lo describe como delgado, de tez morena clara, cabello negro corto, frente mediana, cejas pobladas, ojos cafés claros, nariz medina recta, boca mediana, labios medianos, mentón cuadrado, sin bigote. Cuando el agente del ministerio público de Iguala llegó a la esquina de la Juan N. Álvarez y Periférico Norte, se encontró con que ya estaban allí los soldados del 27 Batallón de Infantería, además de policías estatales, resguardando el lugar.

Para ese momento –la mañana del 27 de septiembre- la circulación ya se había normalizado pero a los cadáveres los rodeaban autos siniestrados y que allí quedaron, reventados por las balas de los municipales de Iguala y Cocula. Estaba una Nissan Urvan blanca, con franjas amarillas y naranja y con placas HBF83-14 de Guerrero. También se encontraban un Chevy color arena, placas MBC-9797 del Estado de México y una moto azul tipo Scooter, de la marca Yamaha, con placas F408W. A esos autos la PGR los catalogó como indicios Uno, Dos y Tres. El Cuarto, sin embargo, era un normalista “[…] en posición de cúbito ventral con su extremidad cefálica dirigida al lado oriente, sus extremidades superiores ambas flexionadas y dirigidas hacia la cabeza, las extremidades inferiores en extensión y separadas ligeramente y hacia el lado poniente, dándose fe que dicho cadáver viste una playera de color rojo, pants color azul marino con franjas laterales en blanco y rojo, y calza huaraches de correa de color café, con orientación oeste […]”.

Tanta descripción apenas alcanzó a los peritos para ubicar en un espacio físico a quien en un principio llamaron “cadáver desconocido” y junto al cual ubicaron dos casquillos percutidos calibre .223 de la marca Águila, dorados como el oro. Casquillos, había más, y por lo menos 20 se encontraron posteriormente, demasiado pocos porque ya bomberos, policías municipales, empleados de Protección Civil y sicarios habían barrido la calle Juan N. Álvarez y la esquina de Periférico Norte, según vecinos del lugar, quienes los vieron y oyeron usar chorros de agua para, piedra por piedra, limpiar sangre y restos.

Luego, ya sobre la plancha metálica de la morgue del Servicio Médico Forense, las autoridades dijeron que ese cadáver era de tez morena, cabello negro corto, ojos café claro, entre 18 y 23 años y que tenía una “[…] herida abrasiva localizada en ángulo externo del mismo lado de 1.3 por 0.3 centímetros; entrada en hemicara derecha de 0.8 a 6 centímetros de la línea media anterior […] de las cuales se dan fe”.

En la calle y casi enseguida estaba el otro cadáver, al que marcaron como Indicio 6, que llevaba una sudadera verde, playera gris, pantalón azul y zapatos negros. Las lesiones que le causaron la muerte fueron producidas por bala, un disparo a nivel de la barbilla y otra en el tórax.

El primer cuerpo era el de Julio César Ramírez Nava y el segundo el de Daniel Solís Gallardo. Los dos eran amigos en la escuela de Ayotzinapa de Julio César Mondragón Fontes, asesinado también en Iguala, en el Camino del Andariego, en la zona industrial de aquella ciudad. Los dictámenes de necropsia de los tres fueron realizados por el médico forense perito Julio César Valladares. De Daniel Solís concluyó que murió por la herida de bala en el tórax; de Ramírez Nava dijo que su muerte se debió a un disparo que recibió en la cara y de Julio César Mondragón Fontes que la fauna local le había comido el rostro, aunque señaló que había muerto por traumatismo craneoencefálico.

Luego, los padres de Julio César Ramírez Nava precisarían sobre su hijo, al tenerlo muerto frente a ellos, como describe fríamente el reporte de la PGR: que era el tercero, que tenía 23 años, soltero y estudiaba en la Raúl Isidro Burgos. Que el 26 de septiembre había hablado con su madre, Bertha Nava, para decirle que estaba en Iguala apoyando a sus compañeros agredidos por policías y que había un muerto, pero que él estaba bien. Esa comunicación se cortó y no fue sino hasta la mañana del 29 de septiembre que la madre pudo enviar un mensaje al celular del joven y marcó dos veces, ya sin respuestas. Fue el Comité de Alumnos de Ayotzinapa el que informó a esos padres sobre un muerto y la desaparición, hasta el 30 de septiembre, de 57 alumnos.

En la morgue los esposos reconocieron a Julio César Ramírez porque tenía una cicatriz en forma de espiral en la espalda, otra en la pierna izquierda y dos en la nariz. Pero no había necesidad de marcas para saber que era su hijo, a pesar de la lesión terrible y lo amoratado que tenía el rostro.

La Fiscalía de Guerrero recabó casi de inmediato la declaración de algunos estudiantes, que narraron atropelladamente algunos hechos, como el normalista Yonifer Pedro Barrera Cardoso 2, que armó su relato desde la desgracia de haber dejado tirados a sus compañeros y no saber de más de la mitad de quienes iban con él. Escondido junto con otros en las calles o en las casas de vecinos que les dieron refugio algunas horas, los supervivientes tenían sólo jirones, restos de lo sucedido y entre todos configuraron parte de aquella noche.

Yonifer Pedro Barrera declaró el 27 de septiembre que 120 alumnos salieron de Ayotzinapa en dos camiones Estrella de Oro que tenían los normalistas en la escuela, junto con dos choferes que voluntariamente los ayudaban, rumbo a Iguala. Iban chicos de primero, segundo, tercero y cuarto grados. Dice que llegaron a las nueve de la noche  la terminal y que allí pidieron a dos choferes que llevaran otros tantos camiones a la normal, porque previamente se habían puesto de acuerdo con ellos, aclara otro estudiante, Alejandro Torres. Este chico, junto con su compañero Miguel Ángel Espino, fue uno de los primeros en afirmar que en las rutas mortales que siguieron los de Ayotzinapa había cinco camiones, meses antes de que periodistas y la PGR dieran con él y le atribuyeran importancia. Espino se salvó porque sufriría un colapso que lo sacaría del cerco de sicarios cuando una ambulancia lo condujo al hospital para que recibiera atención.

A los choferes los convencieron para ir a la normal a dejar los camiones y hacer otro viaje más, que llevaría a algunos estudiantes a un lugar de la Costa Chica, el 30 de septiembre, en una gira de prácticas. Sin precisar cuáles, dice que los camiones se metieron por la calle Juan N. Álvarez y que otros tomaron rumbo a Chilpancingo.

Entonces todo empezó a la altura del Zócalo igualteco.

Los que se metieron al centro de Iguala vieron, pocos minutos después, que la policía municipal les cerraba el paso con las patrullas 17, 18, 20 y 27. Otros estudiantes han señalado a las patrullas 3, 6, 8, 11, 16, 028 y 302, donde al final subirían a algunos normalistas.

En el camión que le tocó, Yonifer Pedro Barrera iba sentado en la parte trasera y desde allí pudo ver a 25 de sus compañeros que bajaron para hablar con los aproximadamente 30 policías, pero que nada más pisar la calle, fueron recibidos a balazos. El chofer de esa unidad arrancó y algunos de los estudiantes tuvieron que seguir a pie. Estaban en el centro de la ciudad y la columna de tres camiones avanzaba rumbo a Periférico Norte. Los chicos a pie no lograron subir nuevamente y se dispersaron en las calles siguientes. Por unos minutos, muy pocos, pareció que los policías se quedaban atrás pero de pronto, a la altura de una mini-bodega de Aurrerá, a metros de conseguir salir a ese Periférico, una patrulla volvió a salirle al paso a esa vanguardia estudiantil, cerrando el camino. Más normalistas bajaron y a pedradas ahuyentaron a los policías. Los alumnos quisieron mover la patrulla con puro esfuerzo físico y en esas estaban cuando aparecieron cinco o seis patrullas más, ha dicho Yonifer, quien a 150 metros de los uniformados ha constatados las ráfagas de metralla que los policías les dirigieron.

Se cubrieron pero el normalista Brayan Baltazar ha visto cómo a su compañero, a quien le apodan La Garra, le brota sangre de la cabeza y ha caído al piso para no moverse más.

A los chicos los camiones apenas les sirvieron de refugio. Salieron con las manos en alto “para que vieran que no teníamos nada, pero los policías siguieron disparando y vi que uno de mis compañeros estaba tirado adelante del autobús, ya herido por los disparos que habían hecho los policías, a quien pude reconocer que sólo recuerdo con el apodo del güero”, dijo por su lado Yonifer.

De primer año, El Güero estaba vivo y los normalistas gritaron a los policías para que pidieran una ambulancia. Un intento de uno de los estudiantes por acercarse al herido terminó en otra lluvia de balas. El herido debió esperar para que, de nueva cuenta, otros cuatro estudiantes intentaran ir por él. Con las manos arriba para que los policías no los atacaran, llegaron a él y lo rodearon para cubrirlo antes de que los municipales les advirtieran que se tiraran al suelo porque iban a disparar. Nada más decirlo, otra andanada hizo retroceder a los jóvenes, que regresaron a la parte trasera del camión para darse cuenta de que cada minuto que pasaba llegaban más municipales.

Para ese momento había otro estudiante herido, con un rozón a la altura del pecho.

Veinte minutos más tarde, según los cálculos de los agazapados, llegaba la ambulancia. Los chicos la escucharon desde lejos y cuando llegó grabaron la escena con sus celulares. Algunos pudieron hacerlo porque sus pilas aún tenían energía. Cómo es este país que los policías que tiroteaban a los estudiantes, quien sabe por qué, permitieron que El Güero fuera trasladado. El normalista salió del cerco porque su herida se convirtió en salvoconducto pero otros no corrieron con la misma suerte. Otro estudiante enfermo de los pulmones agravó su condición hasta un punto crítico y la petición de sus compañeros por una ambulancia sólo halló burlas de los policías. Pero al final las súplicas surtieron efecto y el enfermo fue trasladado en una patrulla.

Cómo es este país que media hora después los policías se retiraron y los normalistas salieron de su refugio. Los policías se habían ido levantando la mayoría de los casquillos percutidos. Los alumnos filmaron la sangre de los heridos, contaron los casquillos, señalándolos con piedras y vieron que el tercer camión era el que presentaba los mayores daños: sangre en la palanca de velocidades y el pasillo, vidrios destrozados y abajo, en la calle, una pared enrojecida.

Después llegó la prensa. Llegaron alumnos de apoyo desde Ayotzinapa y otras personas que, enteradas de la persecución, querían ayudar. Luis Pérez fue uno de los normalistas que se había desplazado desde Ayotzinapa tras los mensajes de ayuda de quienes ya estaban en Iguala y solicitaban apoyo. Él y otros 13 llegaron en una Urvan y en eso estaban. Los recién llegados preguntaban qué había pasado y trataban de obtener un relato más o menos claro de los sucesos.

En eso estaban.

Unos daban entrevistas y otros se consolaban buscando alguna explicación, esperando que personal de la Procuraduría llegara para recabar evidencias e iniciar diligencias. En eso, desde Periférico Norte, una nueva metralla se abatió sobre ellos. Una camioneta Lobo blanca con un hombre atrás y después un auto Ikon negro que primero disparó desde una cámara fotográfica y después, como si hubiera sido una señal, alguien abrió fuego.

El normalista Yonifer ha vuelto a su refugio entre los camiones pero ha visto cómo uno de sus compañeros ha recibido un balazo en la boca. Yonifer fue uno de los 25 que corrieron rumbo al Sanatorio Cristina llevando al nuevo herido y que terminaron refugiándose en ese hospital, después de que les fuera negada todo tipo de ayuda. Cerca de diez minutos estuvieron esperando que algún taxi llevara al herido a otro lado pero si alguno pasó no se detuvo. Mejor llegaron los soldados, ordenando a los jóvenes juntarse todos en la planta baja para cachearlos. Los militares no encontraron armas pero no permitieron a los jóvenes quedarse ahí. Yonifer dice que los soldados llamaron una ambulancia, la cual nunca llegó, y que mejor ellos, ya en la calle, pudieron localizar a 14 de sus compañeros, refugiados entre los autos estacionados y que recibieron ayuda de un vecino luego de brincar una barda y agazaparse en un terreno baldío. Estuvieron allí hasta las cinco de la mañana, cuando los encontró la policía estatal. Yonifer dice haber visto a tres normalistas muertos en la equina de Periférico Norte y Juan N. Álvarez.

Pero faltaban otros dos camiones, que habían seguido una ruta más directa rumbo a Tixtla, tomando desde la Central camionera un camino que los sacaría a la autopista Iguala-Chilpancingo. En uno de esos dos camiones iba El Pato, un normalista a cuyo celular entró una llamada de auxilio. Eran sus compañeros, los que se habían ido por el centro de Iguala, que informaban sobre los ataques y que ya había un muerto. Miedo y coraje se apoderaron de los estudiantes, quienes decidieron seguir un tramo más, pero justo enfrente del Palacio de Justica, pasando un puente, fue “cuando observamos que una camioneta de la policía municipal se encontraba atravesada, por lo que el chofer se detuvo totalmente y […] descendió de la unidad, y empezó a platicar con los policías municipales, enseguida los compañeros y yo decidimos bajarnos voluntariamente del autobús, ya abajo nos empezaron a insultar, diciéndonos “hijos de su pinche madre se van a morir como perros”, recordó el estudiante Alejandro Torres, quien junto con otros 14 muchachos iba en una unidad.

Los normalistas, a seis metros de los policías, buscaron piedras para defenderse pero éstos les aventaron la luz de sus lámparas y les apuntaron con sus armas a los pechos. La discusión subió de tono y los normalistas decidieron retroceder y corrieron 500 metros. Para ese momento la circulación ya se había normalizado y eso dio oportunidad para el escape. Se metieron al monte y poco después hallaron una casa abandonada, donde se refugiaron por unos 40 minutos, hasta que decidieron dirigirse a la caseta de cobro cercana. Esos 14 chicos fueron testigos directos de lo que les pasó a quienes no pudieron huir porque, dice el normalista Alejandro Torres, al pasar de nuevo cerca del Palacio de Justicia y los camiones detenidos por la policía, vieron desde su angustia hasta trece patrullas rodeando esos autobuses. Miraron impávidos hasta que fueron descubiertos y tres unidades, prendiendo las torretas, volvieron a perseguirlos. Metidos otra vez al monte, los jóvenes pudieron perder a sus perseguidores por media hora más, hasta que la inercia los llevó de nuevo a la carretera. Decidieron no abordar su autobús, ahora abandonado, por temor a que hubiera policías adentro. Entonces se encaminaron a la ciudad pero antes de llegar vieron que venían de frente dos patrullas municipales, una de las cuales, la número 2, era conducida por una mujer que, nada más verlos, se las arrojó encima. Los estudiantes saltaron y salieron indemnes de aquella intentona. Las patrullas se volvieron y una nueva persecución se inició, aunque esta vez sería sólo por 400 metros porque los alumnos decidieron detenerse y enfrentarlos. La respuesta de los uniformados fue una lluvia de balas, después de insultarlos. Otra vez el monte, otra vez la oscuridad para salvar la vida hasta que el sol del 27 de septiembre alumbró las veredas y los normalistas pudieron recibir ayuda de la policía estatal.

 

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1 Este trabajo se hizo con la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana, quienes, por igual, el crédito de la realización.

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2 Este reportaje está descrito desde las declaraciones de los estudiantes de Ayotzinapa presentes la noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre del 2014, Yonifer Pedro Barrera, Cornelio Copeño Cerón, Luis Uriel Gómez Avelino, Alejandro Torres Pérez, Brayan Baltazar Medina, Luis Pérez Martínez y Miguel Ángel Espino Honorato, asentadas en el Expediente 112/2014-1, contenido en la averiguación previa AP.PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

 

Conexión Iguala: la dama de rojo

 

* Es el 2013 y en Toluca una reunión entre narcotraficantes termina con una petición: que se entregue la plaza de Iguala a La Familia Michoacana y diez millones de dólares. Quienes negocian son el hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, líder de la Familia Michoacana en el Estado de México y un matrimonio de apellidos Pineda Villa. Esta es la historia de El Borrado y El MP y de la cruenta guerra entre los cárteles de los Beltrán Leyva, primero y Los Guerreros Unidos después, contra los michoacanos asentados en la Tierra Caliente o el Triángulo de la Brecha que ha dejado una estela de muertos hasta la fecha, pero que es clave para conocer a una de las familias involucradas en el levantamiento de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el 26 de septiembre del 2016.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 10 de mayo del 2016. A los narcotraficantes les sientan bien Toluca y Metepec para discutir de negocios mientras comen o hacen que toman café en las plazas comerciales más brillantes, más pulidas, sentados ahí, reflejados aunque no quieran en el mundo aspiracional de los escaparates que incluso para los outsiders es luz que encandila.

Si pueden, se fuman un cigarro mientras celebran felicitando o reclaman propiedades, rutas perdidas, trasiegos y dinero que alguien prestó y nunca regresaron. Se amenazan en rincones del tamaño de su angustia y lo robado mientras los choferes, afuera, los esperan armados no sólo de paciencia: aunque son rivales platican entre ellos mientras las cosas las deciden las sopas y los postres.

Y Toluca y Metepec gustan tanto a los narcotraficantes que muchos terminan viviendo ahí o por lo menos compran propiedades y negocios que luego acaban abandonados o asegurados cuando alguien le mete plomo a las relaciones con funcionarios y protectores. A algunos los matan y a otros los encarcelan, así es la vida que viven y mueren, pero siempre hay otros que seguirán llegando a la capital del Estado de México y su vecina millonaria para establecerse y tratar de alejarse del peligro, de las ciudades masacradas casi siempre al sur y casi siempre al lado de alguna superextractora, un megaproyecto que arrasa pueblos porque debajo hay riquezas revueltas entre el polvo.

Como en Iguala, por ejemplo.

En Toluca el café es tan malo como en otros lugares pero a cambio ofrece algo incomparable, irrechazable y que ninguna urbe podría dar, ni siquiera la Ciudad de México y es que aquí, en la amorfa ciudad donde lo mismo tiene su oficina el ex gobernador Arturo Montiel Rojas que radica el histórico futbolista José Saturnino Cardozo, o se recuerda al fallecido pintor Luis Nishizawa -quien pasaba largas temporadas en su casa-estudio-museo en el centro de la ciudad- está el poder político del país encarnado en el Grupo Atlacomulco y sus satélites, que ha gobernado por ocho décadas a los mexiquenses y desarrollado un sistema de castas y compadrazgo que le ha permitido establecerse para siempre sobre una base de sufrimiento ajeno, dolor y muerte. Ese poder está hoy en Los Pinos, depositado en su representante más débil, Enrique Peña Nieto.

Toluca no tiene tacos de canasta como los que hay en Iguala, que allá cuestan 15 pesos y eran los favoritos de los hermanos Casarrubias, dueños casi absolutos del cártel del narcotráfico Los Guerreros Unidos. Algunos de ellos, atraídos por lo impenetrables que representan las ciudades del centro se quedaron aquí por el resto de sus vidas en libertad y, aunque se piense lo contrario, lo que más extrañaban era la comida. Era tanta esa nostalgia que ordenaban hasta Iguala para que alguno de sus empleados dejara lo que estaba haciendo y se desplazara a Toluca trayendo esos tacos del tamaño de sus antojos, porque ni siquiera les importaba que llegaran marchitos a la mesa. Así como ordenaban eso, enviaban más instrucciones que Iguala también seguía al pie de  la letra, incluso en la noche sicaria de militares y gendarmes del 26 de septiembre del 2014.

Los Casarrubias se equivocaron en casi todo pero en algo siempre tuvieron razón: esos tacos que pidieron siempre fueron mejores que los de Toluca, incluso los que vendían en la calle de Juan N. Álvarez.

 

II

Fue en la capital mexiquense donde Salomón Pineda Bermúdez conoció a El Capitán cuando el primero se ocupaba en vender una de sus propiedades, ubicada en la cercana Cuajimalpa, ya en la Ciudad de México. No resultó extraño que alguien los presentara porque al fin y al cabo andaban en el mismo negocio y si no congeniaron por lo menos coincidieron. Y por eso, Pineda Bermúdez se enteró que el mentado Capitán trabajaba para un hombre apodado El Pony.

Nadie sabe si Pineda le puso atención a El Capitán en aquel primer encuentro porque ya cargaba una pena, que al principio le resultó insoportable. Y es que él y su esposa, María Leonor Villa Ortuño, habían perdido un hijo, Guadalupe, secuestrado el primero de septiembre del 2001. Se dedicaba a la comercialización de fruta y andaba por Oaxaca en esas fechas cuando alguien lo levantó. Lo peor no fue que a la familia le pidieran siete millones de pesos como rescate ni que pagaran aquella cantidad, que pocos podrían reunir aunque lo exigiera una carrera por la vida de alguien. Lo que hundió a Salomón fue el asesinato de Guadalupe, cuyo cuerpo encontraron en Tierra Blanca, Veracruz, a pesar de todo lo que hicieron para evitarlo. 2

Ese homicidio hizo también que los hermanos de Guadalupe lo pensaran poco para acercarse, con la muerte en los ojos, a otros hermanos, Alfredo y Arturo Beltrán Leyva y pedirles ayuda. Ellos, que eran feroces y estaban asociados con Joaquín El Chapo Guzmán e Ismael El Mayo Zambada aunque luego se separaron porque todos fueron traidores, vieron el suicidio reflejado en el rostro de Mario El MP y Alberto El Borrado Pineda Villa y les dijeron que sí porque la venganza era posible. La revancha completa tardaría pero se cumpliría cuando otro asesinato, esta vez el de Pablo Ortuño Pineda, El Pototo, colmaría los vasos. Entonces los Pineda enviaron a un comando para quitar de la sangre de Lupe y Pablo ese olor a rastro e infiltraron a sus tiradores para cazar “contras” de La Familia Michoacana en Zirándaro, Guerrero. Pero tuvieron una baja sensible porque el 25 de abril del 2009 el ejército apresó al jefe de aquel grupo rabioso, a quien le decían El Chuky, un antiguo jefe de halcones o zafiros de los Beltrán que operaba en las plazas de aquella entidad.

Ese Chuky, el mismo Chuky sicario del 26 de septiembre del 2014.

A Marcos Arturo Beltrán Leyva sus cercanos le dijeron siempre La Sombra y otros El Barbas, aunque él prefirió para los periódicos apodos más tiranos, de esos que habitan el espanto como el de Jefe de Jefes o La Muerte. Un día se dio cuenta que los hermanos Pineda actuaban por su cuenta y planeaban y ejecutaban sin avisar, por lo que decidió poner un alto. Consumido por las fiebres y su propia adicción a la cocaína, ordenó la ejecución de Mario en presencia de Alberto, su hermano, quien lo defendió con todas sus fuerzas pero fue inútil porque, de paso, él mismo encararía su propia suerte. El brazo del Jefe de Jefes señaló el piso y para el 9 de septiembre “el cuerpo de Alberto fue prácticamente borrado, quemado en un Avenger en medio de los plantíos color naranja oscuro, de sorgo, en Amayuca. El cadáver del MP se encontró […] en Huitzilac, en la canaleta fría de la autopista (México-Cuernavaca). Era septiembre 12” 3 y todos se dieron cuenta que “Así terminan los traidores y los secuestradores, aquí está ‘EL MP’, así terminan todos igual que este marrano. Siguen Jonathan Sido Mendoza Vega, Chui Pineda Medina, Carlos Campos ‘Comando’. EL Jefe de Jefes. Arriba Sinaloa”, porque así lo dijo el epitafio en forma de cartulina que dejaron los asesinos de Mario Pineda.

Y entonces, sin tregua, siguieron los demás, los leales a los Pineda, que aparecieron ejecutados cuando barrios y calles los escupieron cadavéricos, carcajadas desolladas en las que faltaban los ojos, las bocas.

Esa purga acabó con los pistoleros de ambos bandos y precipitó el debilitamiento de la organización, aunque los Beltrán se mantuvieron en el control un tiempo más, antes de que Arturo Beltrán encontrara el final más cruento, el 16 de diciembre del 2009, en el apartamento 201 del Edificio Elbus, en Cuernavaca, Morelos, convertido en amasijo bajo las balas de la Marina, en realidad una lección para él y para quienes quisieran llamarse jefe de jefes nada más porque sí.

Pero antes. Tuvieron que pasar ocho años desde el 2001 para que la policía se diera cuenta que los hermanos Mario y Alberto eran diferentes, por lo menos a la hora de explicar trabajos y riquezas y por eso apresaron a sus padres, el 6 de mayo del 2009, quienes estaban en una casa de seguridad en la colonia Reforma de Cuernavaca, Morelos, junto con otros doce operadores armados hasta los dientes, entre ellos su hijo, Salomón Pineda Villa, quien no se tentó el bolsillo para ofrecer a sus captores, los federales, un millón de dólares si lo dejaban ir. Quién sabe por qué no le hicieron caso y se los llevaron presos, culpables de narcotráfico, aunque eventualmente salieron por falta de pruebas. Había pasado casi una década desde la muerte horrenda de Guadalupe cuando Salomón Pineda Bermúdez estaba en Toluca y alguien le presentaba a El Capitán.

Ya para entonces Alberto y Mario estaban muertos y la recompensa por 15 millones de pesos que la PGR ofrecía por ellos fue cancelada. Pues ya para qué.

 

III

Todo se fue al diablo cuando nadie se dio cuenta en el Estado de México del feminicidio número 78 y los noticieros, el cuatro de mayo del 2016, no hablaron de eso porque había cosas más urgentes que decir. En su lugar esparcieron otro tipo de tristeza, más llevadera y entendible cuando dijeron que el equipo de futbol profesional de Toluca había sido eliminado de la Copa Libertadores por el Sao Paulo brasileño. Con ese fracaso quien también se fue al demonio fue el héroe delirante Saturnino Cardozo, despedido por él mismo en un acto que nada tuvo de heroico pero que desnudó, de mala forma, su extravío deportivo disfrazado de mala suerte. Y mientras eso pasaba también se aprobaba, aunque en la oscuridad del desinterés público, la llamada Ley Eruviel o Ley Atenco, que ponía término de una vez por todas a los derechos humanos en suelo mexiquense. Promotor de esa aberración, el gobernador priista Eruviel Ávila Villegas se desdijo cuando él solo protestó contra su propia iniciativa e hizo que los diputados locales a los que controla de cabo a rabo se inconformaran ante la Suprema Corte de Justicia, después de votarla a favor. El fondo de la Ley Eruviel favorece el saqueo de recursos naturales y de paso pone su cuota de sangre e incompetencia para legitimar el empoderamiento de las fuerzas armadas desde un Estado de Excepción. Esos mismos militares ahora opinan que la siembra de drogas y su consumo no tienen ninguna relación, y que serán cosas relativas a la salud pública. Lo mismo pasó en el 2005, cuando el entonces procurador de Justicia del Estado de México, Alfonso Navarrete Prida, opinaba que los asesinatos de mujeres eran eso, un problema de salud porque las agredidas llegaban primero a los hospitales, todavía vivas, y ahí los reportes médicos describían las lesiones pero no su origen. Para ese entonces el Edomex ya era primer lugar en homicidio de mujeres y Toluca superaba, curada en su salud de mentiras, el aullido espantoso que era Ciudad Juárez.

La Ley Atenco suprime el derecho de los ciudadanos para defender posesiones, ideas y protestas y declara que sólo la policía tiene la facultad de señalar qué o quiénes son criminales. Un Estado militarizado, no la Constitución, tendrá ese poder. Ya lo tiene, pero esta vez será legal, como dicen algunos artículos en la ficción hecha realidad de Eruviel. La pesadilla como lo cotidiano establece que los jefes policiacos decidirán qué está fuera de la ley (Artículo 16), y cuáles reuniones civiles tienen carácter de amenazantes (Artículo 15). Si las cosas fueran más allá, se autoriza el uso de armas (Artículo 19) que irán aumentando su letalidad hasta causar la muerte. En ese caso, sólo un afectado podrá denunciar si cometieron abusos. Pero con la víctima muerta, todo terminará con ella porque nadie más podrá levantar queja y no habrá proceso contra los cuerpos represores. Así será porque así lo quiso el 90 por ciento de los diputados mexiquenses que votaron a favor, legislando y corrigiendo apoyados por manuales militares que agitaban en tribuna cada vez que, juguetones y fulleros, comentaban las redacciones.

Ese poder de reprimir en manos de locos hizo gritar a algunos. “Genocidio”, dijeron las descripciones de la Teoría Crítica del siglo XX, porque “hoy día, ya debería ser claro, el estupor que provoca el fascismo no es su supuesta excepción sino, más bien, la manera en la que se normaliza y naturaliza bajo otras categorías en el presente”.4

En México, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) lo dijo de otra manera cuando investigó la acción del Estado contra movimientos estudiantiles, sociales y guerrilleros en los años 60: “se constata que el Estado mexicano, a los más altos niveles de mando, impidió, criminalizó y combatió a diversos sectores de la población que se organizaron para exigir mayor participación democrática en las decisiones que les afectaban, y de aquellos que quisieron poner coto al autoritarismo, al patrimonialismo, a las estructuras de mediación y a la opresión. El combate que el Estado emprendió en contra de estos grupos nacionales –que se organizaron en los movimientos estudiantiles, y en la insurgencia popular- se salió del marco legal e incurrió en crímenes de lesa humanidad que culminaron en masacres, desapariciones forzadas, tortura sistemática, crímenes de guerra y genocidio –al intentar destruir a este sector de la sociedad al que consideró ideológicamente como su enemigo-”.

Matanza como negocio, dice una descripción más descarnada que le acuñó un nombre a eso de ganar dinero y poder político a partir de la masacre y entonces el término de “necropolítica”, del camerunés Achille Mbembe, estudioso adelantado de Michael Focault, se fue quedando en las descripciones de la minería a cielo abierto, en los campos de cultivo arrasados por el oro y otros minerales de por lo menos Guerrero, Oaxaca y Chiapas, que de un día para otro no sirvieron para nada, ni siquiera para cultivar amapola.

Eso mismo es Lerma, donde el oro es líquido y está debajo de la carretera que el Grupo Higa del empresario Juan Armando Hinojosa construye con paciencia asesina en los bosques del pueblo de Xochicuautla llamándole progreso porque espera una ley que termine de privatizar el agua para apropiarse, también, de las fuentes que nacen en el volcán Xinantécatl.

Eso también es Toluca, una parte nada más, favorita de narcos y políticos para armar reuniones en lugares demasiado públicos, escondrijos eficaces para disimular aunque no sea necesario. Y es que tres de esas citas tuvieron lugar en mayo del 2013, la última el día 28 cuando El Capitán invitó a Salomón Pineda Bermúdez a Plaza Sendero y allí, sin preámbulos porque para qué perder tiempo, los guió –iba también Leonor, la esposa de Salomón- a un restorán donde los esperaban dos hombres. Uno, el de baja estatura, era hijo de Joaquín El Chapo Guzmán y eso lo dejó bien claro porque lo presumía como su cualidad más preciada. El otro era El Cremas, quien después haría carrera en el puerto de Acapulco.

Nadie sabe si al matrimonio lo amenazaron para quedarse pero al final se sentaron nada más para escuchar de El Pony -en realidad se llama José María Chávez Magaña- que estaba muy agradecido con el hijo de la pareja, Mario, El MP, porque por él también había podido conseguir venganza por un hermano muerto.

Pero necesitaba preguntarles unas cuantas cosas.

Que donde estaba el rancho que Mario había comprado o estaba haciendo.

Porque ahí –dijo El Pony sin medirse- porque ahí había enterrados tambos que contenían dinero, en una excavación destinada como piscina que Mario llenaría de agua para cubrir siete millones de dólares.

Y que dónde estaba el auto Chrysler 300, porque tenía joyas, oro y centenarios.

Y es que El Pony quería eso de regreso, aunque no les dijo por lo que verdaderamente iba y esa omisión, porque no eran el sitio ni la hora, abrió un silencio para respirar o dejar de hacerlo.

Esa pausa.

Ésa, que aprovecharon los esposos Pineda para decir que nada sabían, que por qué tendrían que saberlo.

Otra vez el paréntesis, el dilatado sentido del tiempo, esta vez acompañado por la espesura metálica de platos y cucharas, las risas de otras mesas y las confusas pantallas de plasma, el olor a todos los platillos que termina por sabotear el gusto propio. Y encima El Pony soltando a rajatabla que sabía de una casa en el Club de Golf San Carlos, requisada a los Pineda por la PGR y que allí estaba el Chrysler 300.

Todo era verdad. Ahí estaban casa y auto cayéndose a pedazos porque, mejor que otros, ni ese rancio fraccionamiento se salvaba de ser habitado por narcos y ladrones. Y de las joyas y centenarios mejor ni hablar. Los Pineda, de todas formas, se negaron a ir con El Pony a esa residencia y la reunión terminó entonces, tan triste como había comenzado.

Ahora todos se han ido, para pensar lo que ha pasado.

Y viene la parte difícil.

Servir el agua.

Abrir la puerta. Despedirse.

Mirar la foto, la rosa que vive y se pudre.

Este día huele a soldados y muertos por televisión.

La distante tragedia es un azul de cielo donde las nubes se ensanchan y desaparecen en la ventana de los niños. Allí se juega a la muerte con profundo desinterés y se mata sonriendo apelando a la resurrección inmediata, paz de plástico que pactan coléricos los muñecos.

En esta Delhi nueva de barro se agitan las cortinas que nunca termina de secar el sol.

Los muertos aguardan sentados en sus sillas y de sus ropas cuelgan notas de desahucio, facturas de lavanderías y tickets de compras en los supermercados.

El dialer sospecha que lo siguen y camina rumbo al parque con paso de arlequín.

Allí, sentado en una banca reparte dibujos de soles y detrás de él, en el profundo silencio del tráfico al mediodía alguien dispara, canta una canción.

A estas alturas no tiene caso no decir que Salomón Pineda Bermúdez, de 76 años, y María Leonor Villa Ortuño son los padres de María de los Ángeles Pineda Villa, esposa de José Luis Abarca, alcalde de Iguala en el 2014. Y El Pony el máximo líder de La Familia Michoacana en el Estado de México. A la sombra de éste espera turno Johnny Hurtado Olascoaga, El Señor Pez, quien más tarde y ya con su jefe preso y declarando, conducirá con mano firme, de empresario, a su Familia Michoacana hasta las entrañas de un lugar que, decían para ese entonces, era el secreto mejor guardado de la Tierra Caliente y que se llama La Suriana o quizás Campo Morado.

Y así.

 

IV

Es el sur. Es el clima del sur que no perdona, que hace al calor circular en la sangre de alguna manera venenosa y balbuceante, que reafirma o convierte y todo lo transforma. Hoy es el día siguiente, 29 de mayo del 2013, dijeron calendarios y el propio Salomón Pineda Bermúdez, quien esa fecha viajó de mañana hacia Cuernavaca, donde se sabía fuerte, más cerca del poder que quizás pudiera ayudarlos. Eso cree o eso quiere pero una llamada al celular lo saca del arrobo y ha transformado su rostro en algo que nadie reconoce. Y es que la voz de su esposa le dice –nunca se sabrá el tono de su angustia, aunque es mejor creer que era enojo- le dice que El Pony le ha marcado para exigirle cinco millones de pesos –otros dicen que eran dólares- porque esa es la cantidad que el finado Mario le ha quedado a deber a un hermano del Chapo.

Ya no hay pausas. Para qué si el aire de cualquier forma no alcanza. Es El Pony, no cualquiera, quien reclama y lo hace directamente, pues por qué andarse por las ramas. Pero ellos son los Pineda y han aprendido a pelear y aunque no lo parece están acostumbrados a la eventualidad de las tragedias. Leonor Villa ha dado un paso para tratar de arreglar sin sangre las cosas y le ha ofrecido a El Pony una propiedad –un terreno en Toluca, dirá ella después- para saldar esa deuda. No le dijeron que sí pero tampoco se negaron y por lo menos han hecho una cita para definir los términos. Esa debilidad por los espacios comerciales la pacta en un Bingo de Perisur, por la tarde. Leonor Villa Ortuño, de 62 años, acudirá puntual, acompañada de su chofer, Carlos Cerezo Salgado –quien también era su familiar- pero una cosa es ir y otra volver porque a Leonor Pineda y a su empleado los levantaron antes de que llegaran a donde iban.

 

V

Qué habrá en Iguala que la hace tan querida, tan serpiente. Qué será que desde antes, cuando se miraba desde lejos era negra y borrascosa y sin embargo definida en todo, descarnada sin razón para los extraños que pasaban frente a los dos destacamentos militares, el 27 y el 41 batallones de Infantería estacionados para siempre o por lo menos hasta que no haya nada que extraer. Qué será Iguala, embrutecida con sus tiendas de joyas que aparentan prosperidad y sus calles angostas, profundas como trampas que recorren de punta a punta sus entradas y salidas. Lo que uno recuerda de Iguala es a los soldados, abanderando revisiones y detenciones pero también el centro comercial Tamarindos, que para el 2013 ya era “un bonito lugar para hacer compras”.

Pero no lo es. No lo es.

También están los cerros, la bandera gigantesca y sobre todo el Cielo de Iguala, allá, donde van los condenados a muerte.

En esa Iguala abisal vivía María de los Ángeles Pineda Villa, cuya dirección tachonó inútilmente la PGR en sus expedientes porque toda la ciudad la señalaba. En el 2013 María de los Ángeles se enteró de inmediato del secuestro de su madre y por lo pronto decidió esperar y no hacer declaraciones públicas porque las exigencias de El Pony se habían revelado verdaderamente y dejaron de ser cualquier cosa para dar paso a una guerra declarada que ponía a Iguala en el centro de una disputa que no valía cinco millones de pesos sino que significaba el control de la plaza y la clientela de alto octanaje como las mineras cercanas. Eso, y diez millones de dólares como pago por la vida de Leonor Villa era lo que El Pony, en su faceta de negociante, había colocado sobre la mesa más peligrosa.

-Qué onda, cabrón –le dijo en el tono más fresa que encontró uno de los secuestradores de Leonor a Salomón Villa Bermúdez cuando lo llamó a su celular, el 5 de junio del 2013, para saludarlo y recordarle de pasada esos diez millones de dólares y, pues sí, la entrega de la plaza iguatleca.

Ella, la madre de La Dama de Iguala, 5 dijo a la Procuraduría del DF el 12 de junio del 2013 que el 28 de mayo de ese año –es la fecha que avalan las autoridades, también- abordó su auto, un Lincoln plateado, como a las 14:40 en compañía de su chofer, Carlos Cerezo. Iban a la cita con El Pony pero antes de llegar un auto blanco se les cerró. De ese vehículo bajó un sujeto, con una pistola en la mano, apuntándole al chofer

– No hagas nada –le dijo el gatillero a Cerezo.

“Yo iba en el asiento del copiloto y al ver a este sujeto hago bolita mi cuerpo es decir me inclino y me hago a mi lado izquierdo, por lo que este sujeto se sube a la parte trasera del vehículo Lincoln en el cual íbamos circulando, subiéndose al vehículo por la puerta trasera del lado del chofer y una vez que aborda el vehículo este sujeto nos dice que él nos indicaría por dónde nos teníamos que ir, es decir, por dónde teníamos que circular, por lo que me pongo muy nerviosa y me inclino para no ver nada y no pude (ver) por dónde circulábamos pero escuchaba que este sujeto apretaba el teclado de un teléfono como mandando texto, y este sujeto le decía a Carlos Cerezo Salgado “dale por aquí, dale por haya y vas a llegar a una pizzería y de ahí le vas a dar vuelta por el teatro de Chalco y del teatro de Calco ya está cerca el lugar donde tenemos que llegar”, recordaba ella.

Dos horas transcurrieron para que llegaran a una casa donde ya los esperaban con los zaguanes abiertos. Por fin Leonor Villa Ortuño se ha atrevido a levantar la cabeza sólo para ver que cinco pistoleros le apuntan con armas cortas. Uno de ellos le abrió la puerta y, sujetándola de la cabeza, la han empujado hacia abajo. Lo mismo hizo otro con el chofer.

– Camina –le dijeron a ella, que alcanza a ver el piso de mosaico beige imitación mármol y las escaleras por la que subirán para llegar a un cuarto donde alguien le vendará los ojos y la amarrará de pies y manos, ordenándole que se siente. Ese cuarto no tenía muebles y las paredes eran azules, y sólo era una parada intermedia. Había una ventana de cortinas viejas, cubierta por un plástico negro, pero a Leonor Villa la llevarán a otra estancia y caminará despacio porque tiene los pies amarrados. Mientras eso pasa los cinco armados le preguntarán cosas.

Para empezar el número celular de su hija, María de los Ángeles Pineda Villa y de su yermo, José Luis Abarca Velázquez.

– No los tengo –dijo ella.

– Entonces te vamos a cortar un dedo o la mano completa –le respondieron.

De todas maneras tampoco les dio los números de su esposo y el resto de su familia, aunque ellos los obtuvieron arrebatándole el celular. Lo mismo pasó con el chofer. Luego los dejaron acostados en el piso y ella dice que durmió profundamente hasta el otro día, cuando alguien la despertará para darle de comer unos huevos a la mexicana y para preguntarle otra vez, sin mayor éxito. La señora y el chofer han aguantado los interrogatorios sin decir nada, pero al tercer día las cosas cambiarán.

Uno de los secuestradores le ha presentado un texto escrito a mano y le ha ordenado aprendérselo de memoria porque la grabarán y lo pondrán en internet.

– Recuerdo que ese borrador decía: “el gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero, que él le da apoyo a un hombre que está en Acapulco de nombre Víctor Aguirre Garzón, que es su primo, que mi yerno está protegiendo a un hombre que está en Iguala de nombre Mario sin recordar el apellido”- dijo ella parafraseando esos recuerdos a la Procuraduría del Distrito Federal.

También le exigieron que diera su nombre completo, el de su esposo, el de sus hijos.

Luego la grabaron pero esa sesión resultó tormentosa porque no podía aprenderse el texto, así que, como castigo, por la noche la golpearon en costillas y espalda, la molieron a patadas desesperados más ellos porque la memoria no le ayudaba a la señora. Uno le ha colocado un cuchillo en el cuello y le dice que le cortará la cabeza si al otro día no se ha aprendido el texto. Violentos y todo, sus captores también eran comunicativos porque se desahogaron con ella explicándole que José Luis Abarca no quería entregarles Iguala y que los comandantes de la policía municipal de allá hacían lo que querían. Al chofer también le pasó lo mismo.

-El problema era ése –le confesaron casi, y como de todas maneras consiguieron lo que querían, ese video está todavía en las redes sociales.

– ¿Quién mató al MP, Mario Pineda y a El Borrado y por qué? –le pregunta una voz que apenas puede leer las preguntas que le hace a Leonor Villa Ortuño, vestida de anaranjado, sentada y balanceándose

– Arturo Beltrán Leyva, por una traición –responde ella.

– ¿A qué se dedicaba sus hijos, MP y Borrado?

– Eran colaboradores de Arturo Beltrán Leyva y se dedicaban al tráfico de drogas.

– ¿Qué es de usted el presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca Velázquez?

– Es mi yerno.

– ¿Con quién está casado el presidente municipal de Iguala y qué es de usted la esposa de él?

– Con María de los Ángeles Pineda Villa y es mi hija.

– ¿Usted conoce al gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero?

– Sí lo conozco porque mis hijos patrocinaron su campaña de diputado a gobernador.

– ¿Qué es el gobernador del líder del Cártel Independiente de Acapulco?

– Es su primo y a mí me consta.

– Diga quiénes son los que secuestran, roban y extorsionan en el estado de Guerrero, y en particular en Iguala…

Los Guerreros Unidos guiados por Mario Casarrubias.

– ¿Con quién están aliados Los Guerreros Unidos?

– Con Víctor Hugo Aguirre Garzón, líder del Cártel Independiente.

– Diga qué relación tienen Los Guerreros Unidos y el presidente de Iguala…

– Los protege  cambio de una cuota mensual de dos millones de pesos […].

– Dígame quién es El Molón

– Salomón Pineda Villa, mi hijo.

– ¿En dónde estuvo preso?

– En la prisión federal de Matamoros.

– ¿Y cuándo salió?

– Hace dos meses.

– ¿Quién dio la orden de patrocinar la campaña del gobernador Ángel Aguirre Rivero?

– Arturo Beltrán Leyva. 6

Después al chofer le preguntaron lo mismo.

Al día siguiente el chofer tendría que aprenderse otro texto, y esta vez los secuestradores no están dispuestos a ninguna concesión. Ella, vendada en el cuarto que le toca, escucha los gritos de su chofer, torturado esta vez en serio.

– […] Y él gritaba pidiendo auxilio y me imagino que estaban haciendo algo en su cuerpo porque decía: ‘¡no, porque yo soy hombre!’. Por lo que en este momento yo estaba vendada de manos ni de pies, ya que me habían quitado todas (las) vendas, incluso la de los ojos para grabar un video ya que así lo querían grabar los secuestradores, sin embargo, cuando yo empiezo a escuchar  los gritos de desesperación de Carlos Cerezo Salgado, pienso que lo van a atar y después a mí me da mucho miedo y observo en la pantalla de las cámaras de seguridad que tenían estos sujetos en el cuarto que estaban saliendo de la casa ya que escucho que dijeron ‘ya lo matamos’ y Carlos Cerezo Salgado antes de esto estaba gritando muy fuerte y los secuestradores pensaron que tal vez alguien lo había escuchado gritar y que podía llegar la policía- dijo ella en su declaración ministerial.

Entonces la mujer, de 62 años y entumida, ha decidido aventarse por la ventana de aquel segundo piso y lo ha logrado porque aquella oquedad no tenía protección. Ha caído sobre un techo de madera podrida que no la detiene pero sí amortigua porque ha tocado tierra sólo contusa. Esos golpes no le impedirán levantarse y salir para tocar las puertas de los vecinos, aunque será un taxista quien la lleve con la policía, a una cuadra de esa casa de seguridad, y que para confirmar el relato la llevará de regreso a su cautiverio de piso rosado. Ahí se da cuenta que su confinamiento tiene muros amarillos y verá, desde la patrulla que la resguarda, los dos pisos que recorrió en caída libre. También le dicen lo que ya sabía, que Carlos Cerezo está muerto y que a ella hay que llevarla a un hospital pero como en Chalco no encuentran uno con Rayos X disponibles entonces la trasladarán a Toluca. Y es allí, en Toluca, donde todo había empezado, que también todo terminará para Leonor Villa –luego se la llevarán al hospital Ángeles en la Ciudad de México- al menos esa parte de su historia porque esa ciudad reserva todavía más historias, más caminos para todos ellos.

Ahora es el 6 de junio del 2013.

Quizás que bajara el sol, que no hiciera tanto o que el viento, de pronto.

Eso. Y que el hambre se quitara.

 

VI

Es Texas, algún lugar, un pueblo sin nombre en Estados Unidos. Y se dice así porque quien cuenta esta historia es un testigo protegido encarcelado allá, a quien la PGR le ha puesto un nombre clave, Mateo, para proteger su vida, aunque ese sea protocolo dudoso cuando hasta la fecha hay un montón de homicidios que acallan a quienes delatan o declaran en casos como éste. Las cifras son confusas por tantas que son, y esto es lo que es: la declaración de un hombre apresado en Texas a quien la averiguación previa de la Procuraduría, PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014, relacionó en la investigación sobre los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. No es que Mateo tuviera algo que ver directamente, pero conocía a los hermanos Pineda Villa y pudo, por lo menos en parte, escudriñar un poco de ellos, verlos aunque sea sentados a la mesa, convivir con ellos como personas normales.

Nacido en Estados Unidos, Mateo ya estaba trabajando para los Beltrán Leyva en el 2001 y dos años después El Jefe de Jefes lo elegía para su propio séquito. En ese narco-vasallaje Mateo iba y venía entre la Ciudad de México, Morelos y Guerrero, encargado de cuidar las relaciones políticas y de gobierno que el cártel iba forjando. Eso duró hasta que a Beltrán lo cazaron los Marinos para ejecutarlo a las puertas de su departamento, en diciembre del 2009 y entonces Guerrero se perdió para ellos porque, empezando por Acapulco, cayó en manos de sicarios cuyo instinto asesino los traicionó y precipitó al Puerto -y de paso al resto de la entidad- en la enorme fosa a cielo abierto que es ahora.

Pero siempre ha sido lo mismo.

Arturo Beltrán y Mateo llegaron a Cuernavaca en el 2004, desembarcados desde Monterrey para hacerse cargo de la plaza. Allí conocieron a los hermanos Pineda Villa, quienes ya estaban en el negocio de los estupefacientes trabajado para uno de los aliados de los Beltrán, El Mayo Zambada, como encargados de recibir lanchas de cocaína provenientes de Colombia para meterlas a México. Fue por esas fechas que los Pineda se acercaron al Jefe de Jefes para pedir paro por la muerte de Lupe, el hermano querido. Pero eso, solucionado de alguna manera, fue sólo un paréntesis en las actividades de los narcotraficantes. Los hermanos Pineda eran hábiles para lo que hacían, dice Mateo, quien después de cumplir una comisión en Chiapas y Guatemala regresó a Cuernavaca para trabajar con ellos. En realidad, Mateo era una especie de enlace que entregaba a Mario El MP y Alberto El Borrado los mensajes de Arturo Beltrán para ubicar los envíos sudamericanos. Los Pineda metían los datos en una computadora y así encontraban esas coordenadas sin dificultad. Así era la vida de Mateo, oscilando entre los Pineda, Arturo Beltrán y sus encargos y las lanchas de droga que esperaban luz verde para desembarcar en los puertos guerrerenses, sobre todo de noche y en temporada de huracanes. Y esa vida le sentaba bien a Mateo, tanto que para el 2006 ya era amigo de los Pineda y los acompañaba en sus casas de seguridad de Cuernavaca.

Un día, ese año, Mateo se asomó por una de las ventanas de esa casa y vio que alguien entraba por el lado de las canchas de tenis. Alelado, vio que subía las escaleras y entraba al cuarto donde ellos estaban. Su impulso, primitivo pero sincero, recordará para siempre el vestido rojo y los tacones cimbrando aquel suelo con paso perfecto. Mateo tenía la boca abierta y de ahí le salió cualquier cosa porque a quien veía era una mujer “de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de unos cuarenta años de edad, tez blanca, de bellas facciones, cara redonda, en ese tiempo cabello largo teñido de rubio, color de ojos café, ceja poblada, nariz recta, boca regular, labios delgados, agrega que era una persona de muy buena figura y muy elegante, de bellas facciones”. 7

-¿Quién es esa buenona? –farfulló sin pensar nada, mientras la miraba entrar exuberante, elegantemente vestida.

– ¡Qué te pasa, cabrón! –le reclamó de inmediato Mario Pineda Villa– ¡es mi hermana!

Aquí va una pausa donde cabe lo que se ha dejado ir, también lo que se ha dicho y no puede ser negado, aunque no sea verdad. Aquí va, pero esa pausa ya no porque El MP ha reaccionado con la velocidad de un pistolero. El MP tenía fama de duro y la suerte o los tamaños le habían alcanzado para sobrevivir a un atentado en la carretera México-Toluca, en el 2004, cuando ametrallaron su auto el 20 de enero a la altura del Kilómetro 42 y no le pasó nada. Todos conocían esa historia y por eso Mateo se quedó frío por algunos segundos, aunque reaccionó bien, rápido. Ofreció disculpas y dijo que ella no parecía de Guerrero.

Diez años después ha olvidado fechas y nombres y puede ayudar bien poco a quienes lo interrogan, pero hay algo que ha quedado para siempre en su vida narca, sobreimpreso en el recuerdo de asesinatos y venganzas porque siempre lo cuenta, aunque no le pregunten: el vestido rojo de María de los Ángeles Pineda Villa, el beso con el que la recibieron sus hermanos y la mano que ella extendió para saludarlo.

Sin habla, Mateo se sentó a la mesa con los hermanos para discutir -si es que eso cabía para él en esos momentos- la llegada de las lanchas y la droga, que esa vez eran cinco toneladas de cocaína. No se preocupó demasiado porque los arribos eran bastante comunes y era una cuestión de rutina que se resolvía con el personal que estaba en Zihuatanejo, esperando salir a alta mar. Mateo tampoco olvida que María de los Ángeles permaneció todo el tiempo con ellos y supo de ese embarque sin inmutarse. Esperó paciente a que terminaran y, una vez despachados los negocios, tomó el control de aquella mesa para decir, primero, que estaba bien, que habían rentado muchos locales y que tenía muchas joyerías. Ella demostraba su dicho llevándoles algunos regalos que sacó ahí mismo y que eran esclavas de oro para todos los familiares. Tres horas después, agotado el oro y el cotilleo, María de los Ángeles se levantó para irse. Otra vez Mateo observó el vestido rojo desplazarse hasta el auto que la había llevado, un Bora de color claro con la cajuela abierta, donde alguien había colocado cajas para huevo, de cartón, repletas de dólares. En total había cinco.

– Hermanita, ahí está el dinero para lo que tú ya sabes. Compra lo que tú ya sabes, nos vemos, hermanita –le dijeron los Pineda en la despedida.

La mujer de rojo abordó el Bora y a Mateo no lo quedó más remedio que ponerse a trabajar, para que los embarques salieran bien. En realidad así fue y tres días después cinco toneladas de cocaína ya estaban rumbo a la Ciudad de México, donde Salomón Pineda Villa las vendería sin dificultades al mayoreo.

Mateo siguió frecuentando a los Pineda pero la dama distinguida no volvió a aparecer sino hasta diciembre del 2006, otra vez enjoyada, exhalando el encanto del oro y la ropa de marca. Otra vez se sentó con ellos y escuchó planes y operaciones para después, muy quitada de la pena, anunciar a sus hermanos que habían comprado propiedades y como ellos prestaban dinero, también había logrado el embargo de otras. Estaba feliz con sus joyerías y su centro comercial que por aquel entonces comenzaba a tomar forma y que no era otro sino el Tamarindos gigante que todavía conserva y que le permite a su familia obtener dinero de la renta de locales. Dijo que acababa de comprar una casa en El Pedregal de la Ciudad de México y que, bueno, mejor no le podía ir. Y los hermanos, que hacen negocios con ella pero que también la quieren, le han preparado una sorpresa porque en el patio espera una camioneta BMW X5 color marrón en la que ya pusieron otras cinco cajas de huevo repletas de dólares.

– Hermanita, es tu regalo de Navidad, ahí está el dinero para lo que tú tienes que hacer, salúdame a mamá- le dijo El MP a María de los Ángeles, quien se mostraba sorprendida por ese obsequio, aunque esa emoción le alcanzará para preguntar si la camioneta está blindada.

– Sí –le ha dicho el hermano antes de que ella se vaya feliz, feliz, feliz adonde tiene que irse, dejando atrás esa casa de seguridad que más bien es un refugio para el descanso porque entonces para qué las canchas de tenis, las de squash y los portones eléctricos, el jardín con árboles frutales, la alberca a la que los Pineda no le prestan atención y debe ser limpiada porque se le han acumulado residuos, el garaje donde aparcan cinco autos, repletos de cajas de cartón para huevo y, en fin, el estilo arquitectónico mexicano del segundo piso pintado de blanco y que colinda con otra casa, propiedad de los Beltrán Leyva.

Para qué tanta necedad, tanto esfuerzo sobrehumano.

 

VII

Llegará el día en que a Arturo Beltrán lo venadeen como él lo hizo con sus enemigos y el control de la plaza de Guerrero se desmorone en manos de inexpertos, simples sicarios, dijeron luego los propios asesinos de los Beltrán, sin los contactos de alto nivel que en su momento tuvo el cártel del Jefe de Jefes. Llegará el momento en que la normal de Ayotzinapa reventará a México cuando sus 43 normalistas levantados y sus tres alumnos asesinados más los civiles estúpidamente ejecutados, reflejen por fin el genocidio y se descubra que nada es lo que parece. Pero tendrán que pasar los años macerados en matanzas para esbozar una verdad que, siempre a medias, está ahí, en las narices de todos.

El 2007 fue temporada de huracanes y eso significaba para el cártel de los Beltrán que podían operar lanchas y submarinos sin dejar estelas y llamar la atención. Para abril la operación marítima para introducir droga colombiana a México se reanudaba. La historia era otra por tierra o por avión, pues esa parte del contrabando siempre estaba funcionando para que el abasto nunca se detuviera. Los Beltrán habían logrado establecer una red de transporte desde Sudamérica y Centroamérica y en México tenían compradores mayoristas que a su vez desparramaban esa mercancía en el país o en Estados Unidos.

Entonces era abril y María de los Ángeles Pineda reaparecerá fugaz en la vida de Mateo, otra vez sentado a la mesa de los Pineda, revisando coordenadas y horarios. Otra vez la elegancia en movimiento, el beso entre ella y El MP y la mano extendida para Mateo. Esta vez la hermana lleva un chofer, El Micky, para lo que se ofreciera. Aquella mesa mantenía contacto directo con El Borrado, quien coordinaba desde Zihuatanejo los desembarcos. Les dijo que estaban listas las armas, los transportes, las comidas, la gasolina y los pilotos. Las armas eran para evitar robos, no para pelear porque todo estaba arreglado con el gobierno. Entonces, todo resuelto y bajo control, María de los Ángeles ya se va porque también han terminado de cargar las cajas con dólares que siempre se lleva, aunque esta vez son tantas que el auto se asienta, imposibilitado para resistir el peso adecuadamente. No le hace, dicen.

Mateo recuerda más o menos los días festivos de aquellos fuera de la ley, sobre todo uno que los reunió en un gimnasio de Cuernavaca por Navidad, y al que acudieron los hermanos con sus familias completas, lo mismo que Arturo Beltrán. Allí, María de los Ángeles les recordó a todos la compra de la casa de El Pedregal porque las bienes raíces eran una de las ramificaciones preferidas por los Pineda. El Borrado, incluso, alguna vez le platicó a Mateo que había comprado propiedades en Tres Palos, en la región de La Laguna, al norte de México, y que después de arreglar los papeles, María de los Ángeles se encargaba de comercializar. El negocio era simple. Los Pineda levantaban y después compraban –por decirlo de alguna manera- las tierras de los secuestrados a precios de risa. Ese fue el origen de sus inversiones inmobiliarias, de la que salió una empresa que la delicada María de los Ángeles administraría para ellos.

Mateo vio a la hermana de los Pineda por última vez en el 2008, en otra fiesta de narcotraficantes, y recuerda que Arturo Beltrán bailó algunas piezas con ella. Esos fueron los años felices o los meses maravillosos que no duraron mucho. Luego vino el 2009, ése sí, el año de los huracanes que azotaron a los Pineda arrebatándoles a ellos la vida y después al Jefe de Jefes, a quien no pudo salvarlo nadie, ni siquiera él mismo. María de los Ángeles se sobrepuso y siguió pero esta vez incorporó a su desasosiego un factor, el político, que al principio le funcionó a ella y a su esposo, José Luis Abarca, y les alcanzó para tomar Iguala y quedarse con ella. El plan era conseguir Guerrero y gobernarlo pero Ayotzinapa y la masacre minera se les atravesaron en ese camino que seguían y que casi nadie había advertido antes del 26 de septiembre del 2014. El cártel de los Beltrán se dispersó y uno de sus núcleos se transformó en Los Guerreros Unidos, a los que dieron forma los sobrevivientes de aquellas catástrofes, junto con los hermanos Casarrubias.

La ruta entre Iguala y Toluca es más corta de lo que parece y esas tres horas por carretera, que siempre sabotearon los pedidos urgentes de tacos de canasta, atraviesan un paisaje sembrado de tumbas y muertos: el Pozo Meléndez, las innombrables minas de Taxco repletas de cadáveres, las rutas extremas de Pilcaya y los ríos subterráneos y cavernosos de Chontalcoatlán y la miserable prisión municipal de Tenancingo, donde languidecen 200 presos en un espacio para 140, casi todos pobres miserables y por lo menos la mitad inocentes. Y por último Toluca y Metepec con sus galerías imposibles a las cinco de la tarde o el volcán silencioso que también sirve como público sepulcro.

Y Acapulco, donde el 10 de mayo del 2016 policías de la gendarmería regalaron rosas a las madres, rosas y balas en la ciudad más peligrosa del mundo.

Abiertos los ojos alguien se desdice.

Así que esto es la muerte.

 

 

Pies de página

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1 Este reportaje pudo realizarse por las aportaciones de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan, por partes iguales, el crédito de la autoría.

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2 Averiguación Previa FAS/T3/668/13-05. México D.F., 6 de junio de 2013. Subprocuraduría de Averiguaciones Previas Centrales. Fiscalía Especial de Investigación para la Atención del Delito de Secuestro, denominada “Fuerza Antisecuestro”. Dirección “Fuerza Antisecuestro de la Policía de Investigación. Integrada en la Averiguación Previa de la Procuraduría General de la República PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014.

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3 “Beltrán Leyva: La muerte acabó con el imperio”. Diario electrónico Nuestra Mirada. Nota sin firma de la Red Social de Periodistas Iberoamericanos. Consultada el 8 de mayo del 2016. http://www.nuestramirada.org/photo/albums/beltran-leyva-la-muerte-acabo

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4 “Necropolítica. La política como trabajo de muerte”, seis de octubre del 2013. Revista Ábaco, segunda época, Volumen 4, número 78. Helena Chávez Mac Gregor, becaria del Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas Universidad Nacional Autónoma de México.

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5 Indagatoria No.:FAS//4/00668/13-05. Fiscalía Especial en Investigación para Secuestros. Agencia Investigadora del MP.: A. Unidad de Investigación No.: Unidad 3. Primer Turno. Doce de Junio del 2013.

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6 Video en la red de Youtube www.youtube.com/watch?v=4A8FsR3mAd8 consultado el 8 de mayo del 2016.

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7 Procuraduría General de la República. Subprocuraduría Jurídica y de Asuntos Internacionales. Coordinación de Asuntos Internacionales y Agregadurías, 11 de diciembre del 2014. Comparecencia de persona. Oficio DAJI/12677/14, del 9 de diciembre del 2014.

 

 

El Camperra

 

* A Raúl Núñez Salgado le decían El Camperra y a él le gustaba que lo hicieran. Dueño de la carnicería El Chambarete desde 1997, se hizo amigo de los jefes de Guerreros Unidos y pasó de simple mandadero a operar como una especie de tesorero que repartía pagos en la región, respaldado por todos los Casarrubias.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 12 de julio del 2016. A Raúl Núñez Salgado halcones y sicarios de los Guerreros Unidos en Iguala respetaban porque pagaba sus escuálidas nóminas, y le tenían más miedo porque tenía grabada una “R” en uno de sus dientes y una mujer tatuada en el hombro izquierdo, junto con la leyenda Kiko, que por su amistad con Mario Casarrubias, El Sapo Guapo, uno de los capos de aquel cártel en el 2014.

A Núñez Salgado le decían El Camperra y a él le gustaba que lo hicieran. Dueño de la carnicería El Chambarete desde 1997, se hizo amigo de los jefes de Guerreros Unidos y pasó de simple mandadero a operar como una especie de tesorero que repartía pagos en la región, respaldado por todos los Casarrubias. Los marinos lo atraparon en Acapulco, donde se hospedaba en el hotel Nilo y pasaba el tiempo apostando en un casino Play City, mientras trataba de vender 299 dosis de cocaína, el 14 de octubre del 2014, poco después del levantamiento de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Los  marinos tuvieron que pelear cuerpo a cuerpo con él para someterlo. Si lo que dicen ellos es verdad, Núñez perdió la razón y, ya dominado, se golpeaba él solo contra el metal del vehículo en el que lo llevaban, amenazando a los marinos con denunciarlos ante Derechos Humanos. De que eso haya pasado sólo se tiene la palabra de los involucrados, pero también el examen médico de El Camperra, asentado en la declaración ministerial del inculpado, el 16 de octubre del 2014 ante la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro, de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada de la Procuraduría General de la República, integrada a la averiguación previa A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/2014, que investiga la desaparición forzada de la normal Raúl Isidro Burgos.

El examen médico era parco pero elocuente. Ojos rojos, ojos morados, al igual que los párpados y atrás de las orejas. Antebrazos, hombro izquierdo y manos magulladas, así como pectorales y región infraescapular. También moretones en la región renal izquierda. Esos fueron los resultados que ese examen arrojó de quien se encargara de pagar por un tiempo las nóminas sangrientas de los Guerreros Unidos, metido para eso en el Hotel del Andariego, un hostal ubicado justo a las espaldas del Camino del Andariego, donde el normalista de Ayotzinapa Julio César Mondragón Fontes fue hallado por soldados la madrugada del 27 de septiembre del 2014, torturado, desollado y muerto.

El Camperra sabía también cómo estaban repartidas las plazas de esa zona y dijo que Gildardo López Astudillo, El Gil, se encargaba de Iguala; que a El May, un sicario que trabajó Iguala, le confiaron luego la plaza de Teloloapan; a José Luis Ramírez, El Churros, le tocaba Buenavista hasta que desertó y Taxco era controlado por El Cholo, quien después entregó ese mando a El Charal.

Si El Walter no hubiera tenido problemas con El Mochomo, José Ángel Casarrubias, todavía seguiría como jefe de Tepecoacuilco y Huitzuco, pero no fue así y El Cholo se convirtió en el dueño de aquellos lugares. El Cholo no es sino uno de los hermanos de la banda de sicarios, narcomenudistas y distribuidores de Los Peques, que operan en Iguala desde los tiempos de los Beltrán Leyva y que venden su conocimiento al mejor postor. Alejandro Palacios Benítez es a quien versiones periodísticas atribuyen también el apodo de El Patrón, y que policías de Huitzuco que se llevaron a estudiantes de Ayotzinapa enfrente del Palacio de Justica de Iguala, mencionaron como el autor de las órdenes de esas desapariciones.

Raúl Núñez dijo después, en una ampliación de su declaración 2, el 17 de octubre del 2014, que el 26 de septiembre, a las siete de la noche estaba comiendo en un local enfrente de la terminal de Iguala. Conocía a la dueña, a quien identificó como la señora Paguis. Ese lugar le sirvió de observatorio porque desde ahí pudo ver que un camión daba vuelta en Periférico para entrar a la calle de Galeana. Avanzó hasta detenerse frente a la terminal y cuando lo hizo descendieron quienes El Camperra describe como “[…] encapuchados, otros sin playera y otros paliacates en el rostro y observé que la gente que se encontraba adentro de la Central empezó a correr y observé que las personas que descendieron del autobús comenzaron a romper los vidrios de las instalaciones de la Central Camionera y atrás de ellos venían tres autobuses no recuerdo la línea pero por las ventanas se observaba que iban a bordo los estudiantes de Ayotzinapan, los cuales se fueron por la calle Galeana hacia el centro de Iguala, por lo que ya no observé hacia dónde se dirigieron y pasaron aproximadamente 8 minutos y se escucharon detonaciones de armas de fuego, por lo que me retiré del lugar […]”.

La versión de El Camperra ubica entonces cuatro camiones llegando a la terminal de Iguala y a ningún policía municipal rondando las cercanías. El relato sobre el arribo de los normalistas a esa ciudad no concuerda con ningún otro, ni tampoco con las imágenes de las cámaras de la Central, liberadas por la PGR y trasmitidas por televisión abierta, que muestran dos camiones de normalistas y a ellos bajando en tropel pero sin causar destrozos. Raúl Núñez Salgado también dijo que los Guerreros Unidos se reunían a veces con el alcalde José Luis Abarca, quien les pedía ayuda para resolver algunos problemas, como una invasión de tianguistas al zócalo de la ciudad, a principios de septiembre del 2014. En la oficina de la presidencia del ayuntamiento, Abarca les diría a Gildardo López Astudillo, El Gil, a José Luis Ramírez, El Churros y a El Camperra, que le echaran la mano para quitárselos de encima.

 

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1 Este reportaje fue realizado gracias a la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan, por partes iguales, la firma de autores.

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2 Ampliación de declaración ministerial del inculpado Raúl Núñez Salgado, alias “El Camperra”. Averiguación Previa A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

 

 

El turno de los soldados

 

* Este relato es una parte de la historia que el asesinato de Julio César Mondragón Fontes, normalista de Ayotzinapa, en Iguala, desató después del 27 de septiembre del 2014. Su teléfono celular, robado esa madrugada, arrojó una actividad posterior a esa muerte de 30 contactos, hasta el 4 de abril del 2015, que arrojan las coordenadas del Campo Militar 1A en la ciudad de México, en Lomas de Sotelo. ¿Quiénes marcaron a un equipo celular que pertenece a un asesinado? ¿Por qué al menos cuatro de ellas se ubican en ese campo y por qué otras tantas dejan coordenadas en las inmediaciones del Cisen? La trama, investigada y escrita por los reporteros Francisco Cruz, Félix Santana y Miguel Ángel Alvarado, y narrada completa en el libro La Guerra que nos Ocultan, revela una de las mayores conspiraciones de violencia y genocidio en México.

 

Francisco Cruz/ Félix Santana/ Miguel Ángel Alvarado

Toluca, México; 8 de agosto del 2016. Hace dos años, el 26 de septiembre del 2014, estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero, fueron levantados y desaparecieron en Iguala, sin que nadie pudiera explicarlo. Eran 43. Además, tres de sus compañeros murieron esa noche, cuando intentaban salir de esa ciudad junto con el resto de sus compañeros, asesinados por policías. Otras tres personas fueron victimadas porque se encontraban en el lugar incorrecto, en el momento más inoportuno.

Uno de esos tres normalistas asesinados era Julio César Mondragón Fontes, nacido en Tenancingo, Estado de México, un incipiente líder estudiantil que se preparaba para presidir, en un futuro cercano, la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM), la cual aglutina a casi 6 mil 600 estudiantes de las 16 normales rurales en funciones del país. Junto con su familia, se había trazado un plan de estudios y disciplina escolar para conseguirlo. Julio César Mondragón quería hacer historia en Ayotzinapa pero también cambiar cosas, empezando por las propias normales rurales.

Su asesinato cortó esos sueños de tajo y al mismo tiempo la familia Mondragón Mendoza fue arrojada a un abismo de crueldad, trámites burocráticos e ineficacia policiaca que empantanó el caso de Julio César mostrándoles, en carne propia, que en México se desarrolla una guerra que el gobierno ha ocultado por años.

A los 43 normalistas la PGR “los mató” desde la investigación que realizó, ubicándolos incinerados por sicarios en el basurero municipal de Cocula, Guerrero, la madrugada del 27 de septiembre y con eso pretendió cerrar el caso más relevante sobre violencia y desapariciones forzadas en la historia de México.

El homicidio de Julio César, torturado y desollado antes de morir, merecía una investigación aparte que dos años después no ha llegado a ningún lado. A Julio César la PGR lo olvidó a propósito, pero también el resto de los involucrados, por diferentes razones, hicieron lo mismo.

Eso, para empezar, aunque Julio César Mondragón siempre fue, desde el principio, la clave para responder algunas interrogantes, las más importantes, sobre lo sucedido en Iguala y la responsabilidad de los militares que esa noche patrullaron, “sin meter las manos”, la ciudad acribillada.

Eso, y el robo del teléfono del normalista, esa misma noche.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos ha dicho, en su informe sobre la muerte de Julio César, que el estudiante había filmado con su teléfono celular las balaceras de la noche del 26 de septiembre del 2014, y que costaron la vida de dos de sus compañeros, en la esquina de la Juan N. Álvarez y Periférico Norte, en la ciudad de Iguala, Guerrero. Ese teléfono celular fue robado después de que Julio César fuera asesinado en el Camino del Andariego, en la Ciudad Industrial de aquella zona.

Por otro lado, el informe final de los expertos del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes recogió una lista de los normalistas que fueron a Iguala esa jornada y que llevaban teléfonos celulares. A Julio César Mondragón Fontes no lo incluyeron en ella y dieron por sentado que el chico no llevaba aparato telefónico.

Eso significa que la CNDH, sabiendo que Julio César llevaba un teléfono, no compartió esa información con el GIEI, a quien se le ocultaron esos datos. Porque el GIEI tenía la sábana de llamadas del teléfono de Julio César, pero no sabía que pertenecía a él, pues el normalista lo había comprado recientemente, entre el 24 y 25 de septiembre del 2014, a otro estudiante, José Luis González Parral, Charra o Flaquito, y con él había reiniciado comunicación con Marisa Mendoza, su esposa.

Esas conversaciones, que abarcan los días 24, 25 y 26 de septiembre, reconstruyen en tiempo real los sucesos de Iguala desde la versión de un normalista asesinado, pues Julio César narró como pudo, bajo una lluvia de balas, a su horrorizada esposa, el paso de los estudiantes por el centro de Iguala, minuto a minuto. Las coordenadas que esa conversación arrojaron lo ubican moviéndose en la ciudad, mapeándose él mismo con precisión inapelable.

Sin embargo, ese celular de Julio César, que antes perteneció a Charra, apenas iniciaba sus registros telefónicos con la muerte del estudiante, porque la sábana de Telcel que esa compañía entregó a la PGR para su investigación, el 31 de agosto del 2015, contenía 30 actividades, la última de las cuales estaba fechada el 4 de abril del 2015.

Los expertos del GIEI, creyendo que el teléfono lo usaba Charra, obtuvieron la misma sábana telefónica, pero con una diferencia fundamental: que la fecha de corte para los registros correspondía al 30 de septiembre del 2014, cuando ese equipo, un LGL9 se conectó a internet.

El GIEI, entonces, ignoró siempre que las actividades de ese teléfono continuaron y que pertenecía a Julio, no a Charra.

Que la CNDH supiera, quién sabe cómo, que Julio César Mondragón tenía un teléfono celular y que había filmado escenas de esa noche y que no lo reportara a los expertos del GIEI, se convierte en una de las omisiones más graves. La PGR está en posesión de la sábana de llamadas con actividad hasta el 4 de abril del 2015, pero por algún motivo no reportó completos los hallazgos en ese equipo, después del 30 de septiembre del 2014, a los expertos del GIEI.

El número telefónico que Julio César Mondragón Fontes portaba el 26 de septiembre del 2014 era el 7471493586. Recordemos: era suyo porque lo había comprado a José Luis González Parral, quien aparece como titular de la línea en el documento que Telcel-Dipsa entregó a la PGR, en una Contestación de Oficio integrada en la Averiguación Previa AP-PGR-SEIDO-UEIDMS-01-2015*26-08-205, de la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro OF-SEIDO-UEIDMS-FE-D-11284-2015.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos ha sido cuestionada cada vez que que aborda un caso de la naturaleza del asesinato del normalista de Ayotzinapa, Julio César Mondragón Fontes, torturado, desollado y asesinado la madrugada del 27 de septiembre del 2014 en el Camino del Andariego, en la Ciudad Industrial de Iguala, Guerrero. Este es un crimen que puede clasificarse como de lesa humanidad y permitiría la participación de organizaciones internacionales para investigar legalmente. La CNDH atribuye ese desollamiento, la pérdida de la piel del rostro del normalista, a la acción de la fauna nociva del lugar, perros y ratas. Con el caso de Julio César Mondragón, la Comisión Nacional de Derechos Humanos cometió errores y omisiones que la propia instancia enumeró en su Comunicado de Prensa  CGCP/195/16.

El primero punto de ese comunicado sostiene que “La CNDH aclara técnica y científicamente las contradicciones y resuelve las controversias sobre las causas de la muerte del normalista Julio César Mondragón Fontes y de la ausencia de piel en su rostro y cuello. Sus peritos se reúnen con los equipos periciales del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y de la Procuraduría General de la República (PGR)”.

Sin embargo, la CNDH no acreditó ningún perito para participar en la segunda necropsia de Julio César y no pudo hacer ni una sola prueba directa sobre los restos del normalista. La información que tiene es insuficiente porque quienes practicaron esos exámenes fueron los forenses argentinos y los peritos de la PGR. Los investigadores de la CNDH solamente se reunieron con ellos, como apuntan muy bien ellos mismos: “Sus peritos se reúnen con los equipos periciales del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y de la Procuraduría General de la República (PGR)”.

Entonces, los peritos de la CNDH sólo observaron. Sólo por eso es imposible para la Comisión sostener su propia aseveración: “La dictaminación de la CNDH aborda aspectos fundamentales que no fueron considerados en las peritaciones oficiales, ni en las del EAAF y del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI)”.

De todas maneras, el reporte de la Comisión concuerda con los expertos forenses argentinos sobre la causa de la muerte de Julio César: traumatismo cráneo-encefálico y no por disparo de arma de fuego en la cabeza, como lo sugería el perito del GIEI, Francisco Etxeberria, quien señaló en su momento que “en ausencia de las partes blandas faciales y teniendo en cuenta la existencia de múltiples fracturas craneales, no se puede descartar que el agente contundente al que se atribuye la muerte sea incluso un impacto de proyectil de arma de fuego, ya que dicho trauma o traumas revisten una importante energía para haber generado fracturas irradiadas a la base del cráneo. […] Recordamos en este punto que en el cuero cabelludo conservado no se describen heridas contusas y por ello no cabe considerar que se hubieran producido golpes o traumatismos en la bóveda craneal que justifiquen el nivel de las fracturas existentes. […] Es posible que dichas fracturas se hubieran producido por el tránsito de un proyectil en la estructura ósea de la cara y base del cráneo sin lesionar el cráneo de forma directa”.

Esas balas, apuntaba el especialista, podrían ser de un rifle G3 alemán Heckler and Koch.

Lo que la CNDH no dijo fue que la segunda necropsia se hizo para, entre otras cosas, descartar la teoría de las balas del G3.

El cuarto punto de la CNDH concluye que “Julio César Mondragón Fontes fue torturado y asesinado brutalmente. Le ocasionaron 64 fracturas en 40 huesos de cráneo, cara, tórax y columna vertebral. 13 de los 14 huesos de su cara fueron fracturados. Le causaron diversas contusiones profundas en tórax y abdomen. Pese a todo, realizó maniobras de defensa”. Estas aseveraciones las refuerza con el sexto punto, donde indica que al menos fueron 11 los participantes en la muerte del normalista, incluido Víctor Hugo Benítez Palacios, uno de los miembros de Los Peques, dueños en Iguala del autolavado Los Peques y fundadores del cártel del mismo nombre, que hasta hoy controla en esa región la distribución y venta de droga. Sin tener pruebas concluyentes, la CNDH ubica a esos 11 como miembros del cártel del narcotráfico Guerreros Unidos.

Pero regresemos al quinto punto que la CNDH propone como parte de sus conclusiones, porque es uno de los más endebles, elaborado desde la sujeción que esa instancia demuestra tener cuando se trata de temas donde están involucrados militares y policías federales. La CNDH dice que “La causa de la ausencia de piel en el rostro y en el cuello de Julio César Mondragón Fontes fue la intrusión de fauna depredadora. No hubo acción humana. Su cadáver estuvo expuesto a la fauna nociva por casi 7 horas después de su muerte. […] En el caso particular, no existe ningún indicio médico forense, en el resto del cuello ni de la cara que indique un desprendimiento intencional de la piel. […] En consecuencia, para la CNDH, las lesiones de cara y cuello, incluidas de las tres pequeñas zonas en cuestión, fueron producidas por la intrusión de la fauna depredadora, de las investigaciones realizadas no derivan elementos que sustenten conclusión diversa”, informaba a la prensa José Trinidad Larrieta, de la Oficina Especial de la CNDH sobre el caso Iguala, el 11 de julio del 2016

La CNDH es desafiante. Sí, pero de cualquier lógica médica cuando afirma que el rostro fue comido por animales y que una de las pruebas que la llevan a dictaminar así es que las ropas del normalista no están manchadas de sangre. Y desglosa, sin ningún problema ético, una serie de acontecimientos que, según ellos, explicará parte de la muerte de Julio César.

Un video, una recreación interactiva apoya las palabras de José Trinidad Larrieta. Ese video contiene algunas fotos tomadas del cuerpo tirado de Julio en la terracería del Camino del Andariego, una locación ubicada en la Zona Industrial de Iguala, atrás de las oficinas regionales del SAT y del Hotel del Andariego, que da nombre a ese paraje. Ese Camino está a no más de cuatro minutos caminando de las instalaciones del C4 iguatleco, que esa noche y madrugada tenía allí dos cámaras de video asignadas, denominadas “C4”, y que nunca funcionaron.

El día que la Comisión Nacional de Derechos Humanos presentó su reporte final, no mostró todo el material fotográfico disponible y apenas se conformó con hacer paneos a las fotos menos explícitas, que resultaron tomas demasiado alejadas del cuerpo y el rostro.

La serie completa de fotografías que muestran la masacre perpetrada en el cuerpo del normalista Julio César Mondragón Fontes fueron conseguidas por Sayuri Herrera, abogada de la familia Mondragón Mendoza, y estaban en poder del perito Vicente Díaz de la Fiscalía de Guerrero, quien la mañana del 27 de septiembre del 2014 fue comisionado para retratar los restos de Julio. Guardadas en el escritorio del perito, en una USB, hasta que una orden judicial las liberara, esa serie de fotos muestra una realidad que la Comisión Nacional de Derechos Humanos conoce y omitió, o peor, pasó por alto en su investigación.

Las fotos son 13, en poder del Semanario Nuestro Tiempo y de quienes esto escriben, y sólo tres de ellas muestran tomas generales del lugar donde fue hallado Julio César. Las otras 10 son acercamientos, de los cuales tres corresponden al cuerpo entero del normalista, vestido aún, tirado en esa terracería.

Dos más registran heridas del cuerpo.

Otras dos, heridas en un brazo y una pierna.

Y otras tres son primeros planos al rostro desollado del normalista.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos no mostró al público esa totalidad, mucho menos las últimas tres fotos del rostro sin piel y prefirió una animación que no ofrece una idea, ni siquiera lejana, de la muerte que sufrió el estudiante.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos se aprovechó de la opinión pública mexicana e internacional interesada que ignoraba, hasta ahora, la existencia de esa evidencia fotográfica. La CNDH manipuló esa ausencia informativa y por eso dijo lo que quiso, como quiso y le convino porque sabía que no había nadie en el país que pudiera contradecirla. El equipo argentino de forenses, lejos, en su patria, poco pudo declarar, a excepción de su propio comunicado. El GIEI, terminado su trabajo en México, no se involucraría más allá de lo que ya ha investigado.

Sin decir que ese material existe, la CNDH se justificó desde el principio para no mostrar ni mencionar el resto de las fotos. También aprovechó para, de pasada, reavivar el rumor de que Julio César habría sido parte de una célula narcotraficante: “La CNDH estima que la exposición en medios electrónicos de comunicación masiva de una fotografía del cadáver de Julio César Mondragón Fontes representó para su familia un acto revictimizante, agravado por el hecho de que también se difundió en medios de comunicación la interpretación del supuesto desollamiento como un mensaje entre cárteles de la droga, lo que haría suponer el involucramiento de Julio César en actividades criminales […] No indica que haya sido un desprendimiento intencional de la piel […] fue por intrusión de fauna predadora, no hubo acción humana […]”, dijo Larrieta.

Pero la Comisión Nacional de Derechos Humanos no contaba que otros frentes informativos serían abiertos para conocer la historia del normalista Julio César Mondragón. La CNDH se ha prestado para que los gobiernos de todos los niveles se exculpen, al final de las investigaciones, de las responsabilidades que en algunos casos la propia CNDH les ha imputado, como sucedió con los militares participantes en la masacre de Tlatlaya, Estado de México, el 30 de junio del 2014, matanza por la que finalmente ninguno de ellos está preso o sigue proceso alguno. Carlos Fazio, experto en temas de exterminio y genocidio, señaló el 19 de julio del 2016 en un artículo, “Tlatalya, impunidad militar”, en el diario La Jornada, que “la falta de verdad y justicia que prevalece en éste y otros casos ha hecho que en vez de que las fuerzas armadas se vean obligadas a una rendición de cuentas a cargo de civiles, se haya desatado un ataque no sólo contra las víctimas sobrevivientes en Tlatlaya y sus representantes, sino incluso contra la propia CNDH, a la que se ha presionado para que se retracte de su informe y declare inocentes a los militares que intervinieron en la matanza”.

Pero las fotos.

En ellas, donde el perito de Iguala Vicente Díaz muestra acercamientos al rostro y cuello de Julio César Mondragón, se aprecia lo siguiente:

Un corte en forma de gota, en el pecho del normalista, de bordes nítidos y dirección controlada, realizado con un objeto punzocortante con las características de un bisturí. Quien hizo ese corte demuestra que tiene entrenamiento previo.

Ese corte, según cirujanos plásticos y dermatólogos, tiene una razón de ser. Y es que es una forma de asegurar que el colgajo del rostro no se rompa o se parta y pueda ser extraído en una sola pieza, con el menor daño posible. Quien diseccionó la piel de Julio César comenzó entonces desde ese corte en forma de gota, con dirección controlada y dejó cortes nítidos.

Los cortes y las lesiones de Julio César fueron interpretados por varios médicos, uno de ellos Ricardo Loewe, especialista en lesiones y muertes por tortura, quien entregó a la familia Mondragón Mendoza un estudio con conclusiones que en esa ruta de saber qué pasó, chocan de frente con las de la CNDH y con los reportes de los periciales de Iguala, firmados el 27 y 28 de septiembre de septiembre del 2014.

El trabajo de Loewe, público desde la fecha de su entrega, en agosto del 2015, dice que “Llama la atención que el agente de la PGJG concluya que el lugar donde fue levantado el cadáver de Julio César Mondragón no correspondiera al sitio de la muerte, a pesar del lago hemático que aparece junto al cadáver, como se puede apreciar en la foto 1. Este lago hemático muestra, además, que las lesiones fueron producidas en vida de la víctima. Es de importancia fundamental señalar la observación del agente de la procuraduría, de que las lesiones en cara y cuello son nítidas y fueron producidas por un agente cortante, lo que se confirma por las imágenes fotográficas N° 2.

”Este mismo documento reporta el hallazgo de equimosis (moretones) en ambos costados y el hipocondrio, que se corresponden con las imágenes fotográficas N° 3 y con el hallazgo necróptico de costillas rotas y de hematomas en el abdomen. Esto indica que la víctima recibió golpes –el informe médico legal reporta que con un objeto plano, ya sea con la empuñadura de un arma, o con una bota– que le produjeron una hemorragia interna. Digamos de paso que el lago hemático en el suelo y los hallazgos de hemorragia interna, así como del corazón “vacío” indican que una causa de la muerte, si no la más importante, fue la hemorragia.

”Vayamos al informe de la autopsia, firmada por el Dr. Carlos Alatorre y fechada el 27 de septiembre de 2014.

”El informe forense dice que el cadáver tenía “pupilas dilatadas…”, mientras que el funcionario de la PGR menciona el desprendimiento total de tejido blando de la cara, con lesiones “corto abulsivas” (sic). La falta de profesionalismo produce manifestaciones grotescas.

”Salta a la vista el punto número 3, en el que se diagnostica que la “herida” (las alteraciones post mortem no reciben el nombre de heridas; son destrucciones de tejidos, mutilaciones) de la cara y cuello fue producida post mortem. En contra de lo reportado por el agente de la PGRG, describe los bordes como “exfacelados (sic) e irregulares” y con marcas de caninos. Agrega en el punto 5 que el pabellón auricular izquierdo tenía signos de haber sido “masticado por fauna del lugar” ¿Cómo se esfacelaron cortes poco antes descritos como bordes nítidos? ¿Cómo establece el patólogo que el globo ocular fue enucleado después de la muerte de la víctima? ¿Cómo estableció el patólogo que la mutilación de cara y cuello fue producida post mortem?”.

Loewe dice lo anterior apoyado en imágenes que el equipo legal de la familia Mondragón Mendoza le hizo llegar. El médico presenta, para comparar, imágenes de cadáveres a los que animales depredadores les han comido la cara y algunas partes del cuerpo. Las diferencias entre éstas y el cuerpo de Julio César son abismales. El estudio, por otro lado, está disponible para quien lo quiera consultar en el sitio https://nuestrotiempotoluca2.wordpress.com/2016/08/07/el-informe-loewe/ del Semanario Nuestro Tiempo.

Loewe concluye que “el estudiante normalista Julio César Mondragón Fontes fue torturado y ejecutado extrajudicialmente. La mutilación de su cara corresponde a la de otras víctimas de terrorismo, supuestamente perpetrado por el “crimen organizado”. Como ya lo expresé públicamente, el cadáver de la víctima, un líder estudiantil incómodo para el sistema, fue utilizado como mensaje para quien ose oponerse a la autoridad. El punto principal de divergencia es si la mutilación fue pre o post mortem; en mi opinión, la respuesta está en el lago hemático. En cuanto al médico perito Alatorre, se hizo cómplice de la tortura al omitir su denuncia”.

Una segunda opinión, la del médico cirujano Ángel Alvarado Gutiérrez, ratifica punto por punto las opiniones de Loewe, sobre todo una de las más importantes, que la muerte de Julio César pudo deberse a la hemorragia presentada.

¿Por qué la CNDH se ha arriesgado a presentar un informe desestructurado desde su inicio?

“La dictaminación pericial de la CNDH, implicó el análisis de las constancias que obran en el expediente; un minucioso estudio metodológico de los peritajes existentes, del acervo fotográfico y de la bibliografía universal especializada en el tema; la inspección del lugar de los hechos; la asistencia, en calidad de visora, a la diligencia de exhumación y segunda necropsia al cadáver de Julio César Mondragón Fontes. La CNDH procuró contar con todos los elementos que le permitieran dilucidar científicamente cada aspecto del fallecimiento de Julio César, señaladamente, los cuestionados y controvertidos”, dijo Larrieta displicentemente.

Para la familia Mondragón Mendoza el problema central no radica en la confrontación con la CNDH, aunque es importante señalar sus errores. La familia de Julio César sabe que la razón fundamental es saber quién o quiénes mataron a su familiar, y por qué, y dejar de lado esa abstracción en la que se ha convertido el reclamo de los padres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa y de los chicos muertos esa cruenta jornada.

Porque decir que fue el Estado ya no es suficiente, aunque esta vez puede probarse que ese Estado responsable tiene nombre y apellido y se le puede demandar en instancias nacionales y extranjeras. Por eso la importancia de que asesinato de Julio César Mondragón Fontes sea considerado crimen de lesa humanidad.

Para la CNDH, el normalista Julio César Mondragón quiso escapar de la esquina de Periférico Norte y Juan N. Álvarez, cuando un comando atacó a los estudiantes por segunda vez. Líder estudiantil, participaba en asambleas de movimiento sociales en Guerrero a las que acudía como invitado, representando a su escuela, como las que realizaba ese 2014 el Movimiento Popular Guerrerense, una en Acapulco en la propia escuela normal. Orador impecable en actos públicos, de inmediato fue reconocido por luchadores sociales como Evelia Bahena, una de las pocas opositoras vivas a megaproyectos mineros en Cocula y que detuvo por cuatro años las actividades de las superminera canadiense Media Luna. “Un estudiante así no sería capaz de huir y dejar a sus compañeros en peligro”, dice ella.

Sobre esto último hay diferentes versiones que apuntan a que Julio César habría intentado escapar en el momento de la segunda balacera y en ese correr fue capturado por quienes disparaban. Pero hay otra versión, una que el propio Julio escribió de él mismo, adelantándose a lo que esa anoche podría pasar y que se la contó a su propia esposa, en tiempo real, en esa conversación que sostuvieron el 26 de septiembre del 2014, mientras los estudiantes entraban a Iguala. Julio César se había dado cuenta desde el principio que eran vigilados por las fuerzas de seguridad, por todas ellas. Pero a su esposa le dijo, sin ningún tipo de duda, que no abandonaría a sus compañeros desde que se registraron las primeras balaceras. Esta es una pequeña parte de la conversación por chat que el teléfono de Marisa Mendoza grabó para siempre con su esposo mientras éste atravesaba el centro de Iguala, junto con los tres camiones de los normalistas: Marisa tenía grabado a Julio en sus contactos como “Esposito” y ella respondía como “Marisa Mc” (Mendoza Cahuatzin, son sus apellidos completos):

26 de sep., 9:27 PM – Esposito: estan disparando amor

26 de sep., 9:30 PM – Marisa Mc: El tr ecribio en tu fab

26 de sep., 9:30 PM – Marisa Mc: Fb

26 de sep., 9:27 PM – Esposito: probablemebte pierda la vida

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc: Amor.por favot

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc: Te cuidado

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc: Tr amo y no.quiero.perdrrt

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:28 PM – Esposito: cuida a mi hijita

26 de sep., 9:28 PM – Esposito: dile que me perdone

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc: Amorrrr

26 de sep., 9:29 PM – Esposito: nos estan reprimiendo

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc: Vete de ese lugar

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc: Por favor

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:30 PM – Esposito: lo siento

26 de sep., 9:30 PM – Esposito: es tarde

26 de sep., 9:30 PM – Esposito: desmadramos una patruya

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: nos vienen correteando

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: andan disparando

26 de sep., 9:34 PM – Marisa Mc: Estas.loco si te quedas

26 de sep., 9:34 PM – Marisa Mc: Entiende q te vayas

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: cuidate y cuiada a mi hija

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: dile que la amo

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: bie

26 de sep., 9:34 PM – Marisa Mc: Julio por favor no.me.dejes asi

26 de sep., 9:35 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: cuidate

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: me voy

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: me carga la verga

26 de sep., 9:35 PM – Marisa Mc: Cuidate

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: no puedo irme

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: mis amigos estqn en peligro

26 de sep., 9:36 PM – Marisa Mc: Pero.piensa en ti ya no pienses en.loa demas

26 de sep., 9:36 PM – Marisa Mc: Por favor ya no seas.necio y vetebde ese.lugar

26 de sep., 9:36 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:39 PM – Esposito: ya amor matarona a uno

26 de sep., 9:44 PM – Marisa Mc: A uno??? Quien?? Normalista o polisia??

26 de sep., 9:42 PM – Esposito: normalosta

26 de sep., 9:48 PM – Marisa Mc: No inventes pero.esta bien o.murio???

26 de sep., 11:59 PM – Marisa Mc: Mi.amor.por favor.en.cuanto veas ewte msj avisame de que estas bien

“Están disparando, amor”, le dijo Julio César a su esposa atravesando Iguala. La pila del normalista estaba casi agotada, como él mismo le anunciaba a las 20:56, antes de que empezara todo:

26 de sep., 8:56 PM – Esposito: mi pila se me va a acabar.

Una crónica del escritor Tryno Maldonado, quizás la mejor investigación periodística realizada hasta ahora sobre el paso de los normalistas por el centro de Iguala, y recogida en el libro “Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos”, corrobora que Julio César Mondragón Fontes llegó a salvo a la esquina de Juan. N Álvarez y Periférico y que desde allí llamó por teléfono o lo intentó, aunque no se sabe a quién, pero desde uno prestado. Ni Maldonado ni la mayoría de los compañeros de Julio César supieron que éste había perdido su celular y que acababa de comprar otro. Quien ha corroborado esa compra es Israel Vázquez Vázquez, Chesman, un amigo en Ayotzinapa de Julio César, y recuerda que éste había perdido su teléfono original y la adquisición del LGL9.

Mientras los policías atacaban a los estudiantes los soldados del 27 Batallón de Infantería recorrían la ciudad. Recababan información en tiempo real porque controlaron el C4 desde el comienzo de los ataques. Nunca se ha podido comprobar la participación activa de los soldados esa noche, a pesar de que la PGR tomó declaraciones a los militares. Esas declaraciones nunca fueron liberadas a la opinión pública, pero están contenidas en los tomos 19 y 20 de la versión electrónica, sin censura, que elaboró la Procuraduría federal, en poder de los reporteros Francisco Cruz, Félix Santana y Miguel Ángel Alvarado. Los soldados acudieron ante investigadores de la PGR el 3 y 4 de diciembre del 2014, a declarar en calidad de testigos y allí narraron lo que cada uno de ellos hizo.

Esas declaraciones iniciaron en la página 295.

El subteniente de Infantería, Fabián Alejandro Pirita dijo, en la página 472 del tomo 19, disco 2, de la averiguación previa A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014, que el C4 es manejado por el Pelotón de Infantería al mando del teniente Joel Gálvez.

En la página 504, Eduardo Mota Esquivel, soldado de Infantería, declaró que fue comisionado para ver qué estaba pasando frente al Palacio de Justicia  de Iguala. Mota Esquivel es operado del Sistema de Inscripción de Archivos Arcanos, un sistema de correos electrónicos de máxima seguridad usados por el ejército mexicano. Declaró que el teniente Joel Gálvez le daba las órdenes  y que fue ese mismo Gálvez quien se quedó con las fotos que Mota Esquivel tomó de los sucesos en ese puente. Mota, después de estar allí, regresó a su cuartel y guió a los soldados en su camino para inspeccionar lo que había pasado en el puente y en el Crucero de Santa Teresa.

Pero quien comenzó a revelar las verdaderas funciones del 27 Batallón fue el soldado de Infantería Rodolfo Antonio López Aranda, y no se anduvo por las ramas: “Recuerdo que dormí aproximadamente una hora y recibo una llamada vía radio de parte del Teniente dando la instrucción que saldríamos de nueva cuenta eran aproximadamente las seis de la mañana del día veintisiete de septiembre de dos mil catorce para esa hora ya se había hecho el cambio de turno por lo que estaba al mando el Teniente Jorge Ortiz Canales, salimos dos camionetas de reacción, la segunda camioneta era tripulada por Eliel Silva Chávez el teniente me ordenó que se patrullara las calles de esta ciudad de Iguala, asimismo nos dirigimos a verificar una denuncia donde refieren que se encontraba un cuerpo sin vida de una persona de sexo masculino el cual se encontraba en una posición viendo hacia arriba, me percaté que el cadáver le habían arrancado la piel del rostro, la lengua se la habían cortado y no tenía ojos, observo que uno de los ojos se encontraba a un lado, contaba con ropa siendo ésta un pantalón de mezclilla, playera al parecer roja o blanca, tenis color blanco con negro, sin ninguna otra pertenencia, recibimos la instrucción de peinar la zona para verificar si había indicios, posteriormente mi teniente da aviso a las autoridades correspondientes para realizar el levantamiento del cuerpo, llegando elementos de la policía estatal al lugar y el Semefo, nosotros en todo momento dimos seguridad perimetral con la finalidad de que no se contaminara el lugar, siendo aproximadamente las diez de la mañana recibo la orden de parte del teniente que regresara el personal a las instalaciones del 27 Batallón de Infantería”.

Al soldado de infantería Rodolfo Antonio López Aranda, que a la una de la mañana del 27 de septiembre patrullaba las calles de Iguala e iba al hospital general para verificar los nombres de los heridos internado esa noche y que a las cinco de la mañana regresaba a su cuartel para despertar una hora más tarde para volver a las calles no dice, se le olvidó decir que desde su base militar hasta el Camino del Andariego, con tráfico y a las 12 del día, un vehículo se tarda entre 15 y 20 minutos en completar ese trayecto.

Eso no lo dice, pero a cambio señala otra cosa.

– Que refiera el declarante la función del C4 –le preguntan los de la PGR en el interrogatorio al que fue llamado.

– Son militares encubiertos que aportan información de lo que acontece en las calles, asimismo tienen el control de las cámaras de seguridad que se encuentran instaladas en la Ciudad de Iguala –respondió el soldado de Infantería Rodolfo Antonio López Aranda, a rajatabla.

Pero si el soldado López Aranda quiso decir toda la verdad, quien la dijo en realidad fue el teniente de Infantería, Joel Gálvez Santos, quien relató a los investigadores de la PGR haber recibido 9 llamadas telefónicas desde el C4 de la ciudad de Iguala entre las 19:30 del 26 de septiembre del 2014 y las 10 ó 12 horas del 27 de septiembre, en las que obtuvo información sobre todos los movimientos de los normalistas, los muertos, los heridos y por último enterarse del asesinato de Julio César Mondragón Fontes antes que nadie.

El teniente Joel Gálvez Santos apuntó en su declaración que trabajaba en el Centro de Información, Instrucción y operaciones del C4 y que sus labores “son recibir y remitir informes que recibo del C4, del gobierno del Estado. El día 26 de septiembre de 2014 me dediqué a realizar un informe durante gran parte del día, ya que se había volteado una pipa que trasladaba sustancias químicas altamente peligrosas, por lo que mi día transcurrió sin novedad y aproximadamente a las 19:30 horas del día 26 de septiembre del año 2014, recibí una llamada proveniente del C4, en específico del Sargento Cano, del cual no recuerdo su nombre completo pero era la persona que se encontraba trabajando en el C4 ese día, me informó que dos autobuses con estudiantes, específicamente normalistas de Ayotzinapa, provenientes de Chilpancingo, Guerrero, habían arribado a esta ciudad, uno de los dos autobuses se encontraba en el cruce de carreteras conocido como Rancho del Cura, mismo que se encuentra a 15 minutos de este municipio, el segundo autobús estaba en la caseta de cobros número tres del tramo carretero Iguala-Puente de Ixtla, de inmediato como en todas y en cada una de las llamadas que recibo informé a mi superior quien ese día se encontraba laborando, siendo el coronel José Rodríguez Pérez y al cuartel general de la 35 Zona Militar la cual mencioné los hechos reportados por el Sargento Cano, quien se encontraba en el C4.

Para Gálvez Rocha resulta normal que militares estén en el C4 y que desde allí comuniquen al 27 Batallón los pormenores diarios. El relato de Gálvez sobre las 9 llamadas es fundamental. El secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, ha negado repetidamente la entrada a todos para investigar los campos militares. Dos años después será difícil encontrar algo, pero lo que no puede ser borrado es la crónica del teniente Gálvez, quien hila en su declaración la segunda llamada: “[…] la recibí aproximadamente a las 21 horas mediante la cual el sargento Cano me informó que el camión que se encontraba en la caseta de cobros número tres del tramo carretero- Iguala-Puente de Ixtla, se había dirigido a la terminal de autobuses Estrella Blanca, la cual se ubica en el cruce delas calles Ignacio Manuel Altamirano con Salazar, lugar en el que los estudiantes se habían apoderado de dos autobuses de pasajeros y destruyendo otro, inmediatamente informé con el parte informativo al Coronel José Rodríguez  Pérez, de la misma forma  la 35 Zona Militar antes mencionada […]”.

La tercera llamada le llegó a Gálvez entre las 21:30 y las 22:00, dice él. Otra vez será el sargento Cano quien le diga que la policía municipal de Iguala se confrontaba con los estudiantes. El ejército supo, entonces, que a los normalistas de Ayotzinapa los atacaba la policía municipal justo cuando sucedían las primeras balaceras. El ejército, teniendo la información, decidió no intervenir aunque otros testigos referirán que tenían militares en las calles vestidos de civil y que por lo menos uno de ellos siguió a pie a los camiones de los normalistas en su ruta de la muerte rumbo al centro de Iguala.

Esa tercera llamada para Gálvez llegó entre las 21:30 y las 22:00, y le confirmaban que “[…] los normalistas les estaban tirando piedras a los policías, por lo que (el sargento Cano) ordena al soldado de nombre Eduardo Mota Esquivel que realizara un recorrido en el Periférico […]”.

El recorrido de Mota será excusa para la cuarta llamada desde el C4 al 27 Batallón. El teniente Gálvez respondió a ese reporte y narró que el soldado Mota Esquivel, en recorrido por ese Periférico letal, hizo contacto con él “[…] informándome vía telefónica, aproximadamente a las 22 horas con 30 minutos, que frente al nuevo palacio de Justicia había un autobús con los normalistas a bordo, el cual estaba rodeado por varas patrullas de la policía municipal quienes estaban encapuchados en camionetas rotuladas y el uniforme de policías municipales, así mismo que los policías ordenaban con groserías a los normalistas que se bajaran del camión de pasajeros haciendo caso omiso dichos normalistas por lo que elementos de la policía municipal arrojaron gas lacrimógeno, de la misma forma le informé al coronel José Rodríguez Pérez de los hechos de los cuales me había informado vía telefónica el soldado Mota, informé inmediatamente al personal de la 35 Zona Militar […]”.

La quinta llamada provenía, nuevamente, del C4. El sargento informaba al ejército, a las 23:10, que en el hospital general de Iguala, el Jorge Soberón Acevedo, había heridos. El teniente Gálvez informó a su superior y a la 35 Zona Militar, “[…] por lo que el coronel (Rodríguez Pérez) ordena que la fuerza de reacción salga a verificar dicha información suscitada en el hospital mencionado, regresando el teniente Vázquez, que iba al mando de esa fuerza de reacción, lo sé porque personalmente fue quien me informó que en dicho hospital se encontraban tres personas del sexo masculino heridas por impacto de arma de fuego, la primera persona presentaba de nombre Érick Santiago López, quien presentaba un disparo provocado por un proyectil de arma de fuego en el lado derecho, el segundo de nombre Andrés Daniel Martínez Hernández, quien presentaba un disparo de arma de fuego en la cabeza sin especificar el lugar exacto, esta información se le informó al coronel José Rodríguez y a la 35 Zona Militar […]”.

Si a estas alturas a los investigadores de la PGR les quedaban dudas aún de dónde se encontraba el sargento Cano, fueron resueltas por el teniente Gálvez, quien dijo, a botepronto, que “[…] La sexta llamada la recibí a las 23:40 por parte del Sargento Cano, quien se encontraba en el C4, en la cual me informó que en el entronque de la carretera federal Iguala-Chilpancingo, Santa Teresa, había vehículos que presentaban disparos de arma de fuego, informé al coronel Rodríguez de los hechos ocurridos en el entronque de Santa Teresa, en ese momento el coronel José Rodríguez le ordenó al teniente Roberto Vázquez Hernández que se trasladara a dicho lugar para verificar la información, el teniente salió para realizar el patrullaje y media hora después me informó (en la séptima llamada) que había dos taxis con impactos de arma de fuego, un autobús de la empresa Castro Tours en el cual viajaban jugadores del equipo de futbol los Avispones de Chilpancingo y que había un jugador muerto, el chofer del autobús había recibido un impacto de arma de fuego en la cabeza […]”.

Las otras dos llamadas cierran el relato de la noche más aciaga para Ayotzinapa y para Julio César Mondragón. Escueto pero conciso, el teniente Gálvez pone todos los clavos a una historia que siempre tuvo la PGR y que por sus particulares razones no dio a conocer. ¿Un asunto de seguridad nacional?

La octava llamada, dice Gálvez, “[…] la recibí aproximadamente a las una de la mañana del día 27 de septiembre del 2014, por parte del sargento Cano, quien me informa que sujetos armados habían ingresado al hospital María Cristina el cual se ubica sobre la calle Juan N. Álvarez de la colonia del mismo nombre de Iguala, Guerrero, que habían sacado a las enfermeras y se encontraban en el interior de dicho hospital armados […] La novena llamada la recibí aproximadamente entre 10 y 12 horas del día 27 de septiembre del año 2014 en la cual el sargento Cano, quien se encontraba en el C4, me informó que en la colonia Industrial se encontraba el cuerpo de una persona sin vida, ahora sé que era el normalista de nombre Julio César Mondragón Fontes, alias El Chilango, a quien le quitaron la piel en la parte del rostro, enseguida informé al coronel José Rodríguez Pérez y a la 35 Zona, siendo el coronel Rodríguez quien ordenó que saliera la fuerza de reacción al mando del teniente Ortiz Canales para verificar la información que nos había proporcionado personal que se encontraba laborando en el C4 […]”.

La participación de los soldados no concluiría allí. Todavía el coronel Rodríguez Pérez, un toluqueño comisionado al infierno de Iguala confirmaría lo dicho por sus subalternos y, más aún, proporcionaría los nombres completos de quienes estuvieron operando físicamente en el C4 la jornada del 26 y 27 de septiembre.

Y si alguien dudaba que por ser ésa una jornada excepcionalmente violenta los soldados se habían saltado los protocolos civiles, el sargento primero de Infantería, Carlos Díaz Espinoza, declaró con desparpajo que “Sé que hay personal comisionado de este 27 Batallón de Infantería (en el C4). […] Yo estuve comisionado en dicho lugar por un tiempo aproximado de 7 meses, en el año 2012”. Su trabajo, remata, era “informar a la 35 Zona Militar […] de cualquier acontecimiento de importancia, ya sea por muerte de personas o enfrentamientos generados por proyectiles de armas de fuego. Y, por último, sólo reafirma lo que ya se sabe: que esos militares en el C4 nunca rendían información a autoridades civiles.

La declaración más importante es la del coronel José Rodríguez Pérez, quien se presentó como testigo ante la agente del ministerio público de la PGR, Verenice Neria Sotelo, el 4 de diciembre del 2014, y terminó por delinear la participación del ejército en la jornada de Iguala.

De 57 años para ese entonces, Rodríguez dijo ser originario de Toluca y tener 13 meses viviendo en Iguala, en la Unidad Militar Habitacional. Dijo que su instrucción escolar era de Bachillerato y comenzó a contar, como consta en la página 366 del expediente A.P: PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014 de la Procuraduría federal.

“Como Comandante del Batallón, dentro de mis actividades realizo el adiestramiento del personal, actividades a instalaciones vitales, como son presas hidroeléctricas, tenemos bases de operaciones las cuales se encuentran en la sierra, campañas contra los enervantes, que tengo aproximadamente seiscientas personas a mi mando, que en lo que respecta a los hechos de los días 26 y 27 de septiembre del dos mil catorce quiero declarar que tuve conocimiento que había un grupo de estudiantes esta información la recibí a través del C-4 funciona de dos formas una de ellas es que solo ve las pantallas y otro tiene un monitor en el cual solo se percata de ver y escuchar las denuncias, que se reciben, sin embargo ninguna de las personas que se encuentran en el C-4 reciben directamente la información, el personal que se encuentra en el C-4 responden a los nombres de Sargento Segundo de Infantería Felipe González Cano, Cabo de Infantería Alejandro Soberanes Antonio, Soldado de Infantería David Aldegundo González Cabrera y Soldado de Infantería José Manuel Rebolledo de Laya, los elementos que corresponden a los OBIS (Órganos de Búsqueda de Información), son personas de civiles quienes nos informan de las situaciones que ocurren dentro del municipio de Iguala. Por lo que respecta al día 26 de septiembre del 2014, era conocido por los medios de comunicación que la presidenta del DIF iba a rendir un Informe de actividades además de que recibí una invitación, yo nunca acudo a ese tipo de actividades sino que mando a un representante, en este ‘caso envié a Paul Escobar López quien es Capitán Segundo de Infantería en atención a la invitación realizada por la esposa del presidente Municipal de Iguala, por lo que a  mí no me realizó ningún reporte en relación a los hechos ocurridos ese día, pues al parecer no se había presentado ninguna eventualidad, a mí, solo me realizo un informe ,de actividades, sin embargo, se había designado a una persona de nombre Ezequiel Carrera Rifas, quien es cabo de lnfantería (como persona que pertenece al OBI); a que cubriera el evento que  se iba a llevar a cabo en la plaza de las Tres Garantías, sin embargo, se le ordenan que se traslade a la Caseta de Cobro de la autopista de Iguala a Puente de Ixtla para que verificara la· información de que se encontraban los estudiantes en la caseta, de ahí, se informa que solamente se encontraban los estudiantes en la caseta boteando, información que se corrobora con el personal que se encuentra en el C-4, de ahí nos informan que un grupo de estudiantes, quienes ya venían a bordo de un camión se trasladaban a la Central de Autobuses Estrella Blanca, la que se encuentra en el Mercado, que al llegar ahí se reporta que quieren llevarse un autobús y que el personal no lo permite y comienzan a destrozar el autobús se apoderan de otros dos autobuses diferentes […]”.

El resto fue mero trámite. Rodríguez Pérez pormenorizó los eventos de aquella noche y corroboró las versiones de sus subalternos: las misiones al crucero de Santa Teresa, las “visitas” a los hospitales Cristina y Soberón Acevedo y hasta dio cuenta de los soldados que no estuvieron en Iguala por razones diversas esa jornada.

Acto seguido, como dice la Representación Social de la Federación, vinieron las preguntas, entre ellas sobresalen las siguientes:

– ¿Quién se encuentra a cargo del C-4? –pregunta la PGR al general.

– El C-4 se encuentra a cargo del Gobierno del Estado y él es el responsable de su operación –respondía el coronel.

– ¿Tiene conocimiento de cómo se encuentra integrado el C-4?

– Lo desconozco por que el responsable del C4 como lo dije anteriormente es el Gobierno del

Estado de Guerrero.

– ¿Hay personal militar en el C-4? –le preguntaban al coronel.

– Sí, cuatro personas en virtud de un convenio que se realizó con el Gobierno del Estado de Guerrero a fin de coadyuvar y apoyar a las autoridades en la seguridad, los cuales se turnan en dos elementos por turnos de veinticuatro horas, los cuales no tienen injerencia alguna técnicamente en el C4, solo son observadores- responde el coronel.

– ¿Cuál es el procedimiento de selección para el personal que se designa SEDENA para el C-4?

– No hay un procedimiento establecido, sin embargo, se selecciona al personal con las características que se consideran pertinentes que es la discreción y que sean confiables, practicándoles un examen de confianza que posteriormente se les aplica cada seis meses.

– ¿Cuántos elementos de la SEDENA, en específico del Batallón 27 se encuentran asignados al C4?

– Cuatro personas.

– ¿Qué personal de SEDENA se encontraba en las instalaciones del C-4 el día 26 de septiembre del año 2014? –le preguntaron al coronel.

– Dos elementos de nombres Soldado de Infantería DAVID ALDEGUNDO GONZÁLEZ CABRERA y Sargento Segundo de Infantería FELIPE GONZÁLEZ CANO –respondió Rodríguez Pérez.

– ¿Qué personal de SEDENA se encontraba en las instalaciones del C-4 el día 27 de septiembre  del

año 2014?

– Soldado de Infantería JOSÉ MANUEL REBOLLEDO DE LA OLLA Y Cabo de Infantería ALEJANDRO SOBERANIS ANTONIO.

– ¿A qué hora tiene la primer noticia en relación a los hechos que se estaban suscitando con los estudiantes?

– Alrededor de la diecinueve treinta horas.

– ¿A quién instruyó para que verificaran los hechos que fueron reportados por los elementos de SEDENA que se encuentran en el C-4?

– No envió a nadie pues el mismo OBI como ya lo dije en mi declaración y el mismo C4 nos sigue dando información.

– ¿Se llevan registros de los reportes emitidos por personal de SEDENA que se encuentran asignado en el C-4?

– Sí, tenemos aIgunos reportes.

– ¿Cuenta con registros del C-4 de los días 26 y 27 de septiembre, del 2014?

– No tenemos porque el responsable del C4 como lo dije es el Gobierno del Estado de Guerrero.

– ¿Desde el 26 de septiembre de 2014 se han realizado cambios respecto del personal que se  encuentra asignado al C4? –le preguntaron al general Rodríguez.

– No, el personal asignado se encuentra en apoyo y como ya lo dije para apoyar en la seguridad cuando lo solicite el gobierno del Estado- respondió el coronel.

Así, el coronel, negándolo todo, resolvió la cuestión.

 

Desde el infierno

 

Los puntos 7, 8 y 9 de las conclusiones de la CNDH refieren “8 nuevas Observaciones y Propuestas a diversas autoridades, 4 a la Procuraduría General de la República, 3 a la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) y 1 a la Fiscalía General del Estado de Guerrero. [  ] Se observa y propone a la PGR una profunda investigación de los hechos en los que la CNDH ha evidenciado que Julio César Mondragón Fontes fue denigrado, afectado en su seguridad personal, privado de la libertad, ostensiblemente dañado en su integridad física y privado del derecho a la vida. [ ] La CNDH pide a la PGR se actúe en contra de los 11 adicionales partícipes de los hechos”.

El punto 10 de la CNDH es una trampa, ni siquiera disfrazada de buenas intenciones: “Se propone a la PGR que el Dictamen Médico Forense y Criminalístico de la CNDH se ofrezca como prueba ante los Tribunales de Guerrero”.

¿Las pruebas que ofrece la CNDH, que ni siquiera un perito pudo acreditar para los estudios forenses de Julio César, serán usadas por la PGR que, por otro lado, entregó a la propia Comisión para que elaborara su dictamen?

Expertos en laberintos burocráticos, los miembros de la CNDH hicieron recomendaciones a diestra y siniestra. A los policías que investigan, a quienes atienden a los afectados, a la Fiscalía de Guerrero, a todos, excepto a los militares, a quienes ni por asomo menciona.

El último punto es solamente un remate que exige atención especial para la familia afectada, dos años después del asesinato, y que representa un chiste del que sólo la CNDH puede reírse.

La tortura, desollamiento y asesinato de Julio César Mondragón no es el fin de esa historia. Es apenas el principio de una trama que, esta vez, establece una ruta directa al infierno que representa el Campo Militar 1A, en Lomas de Sotelo, en la Ciudad de México.

Y para llegar a él sólo se necesita el teléfono celular de Julio César Mondragón, un LGL9, “demasiado equipo”, dijo él a su esposa Marisa Mendoza, el 25 de septiembre del 2014, cuando pudieron comprárselo al normalista Charra, desaparecido junto sus 42 compañeros en la llamada Noche de Iguala.

Ese teléfono es el mismo que la CNDH urge para recuperar y del que al GIEI se le negó la sábana de llamadas completa, que tiene en su poder la PGR desde mediados del 2015. Ese teléfono, que registró 30 actividades a partir del 27 de septiembre del 2016, hasta el 4 de abril del 2015. Ese mismo equipo celular que recibió 4 mensajes de dos vías, desde el interior del Campo Militar 1A, en Lomas de Sotelo, en la ciudad de México.

En octubre del 2015, después de encontrar la localización que las coordenadas arrojaban, se escribió en los apuntes que configuraron una parte del libro La guerra que nos ocultan, que “es un terreno baldío, una especie de triángulo de terracería”.

Y lo era, sólo que estaba dentro del Campo Militar 1A en la ciudad de México, en la colonia Lomas de Sotelo. Cuatro llamadas fueron realizadas desde allí, desde distintos números y a distintas horas, y siempre contactaron con el equipo celular de Julio César Mondragón Fontes, después de muerto.

La primera de esas actividades sucedió el 23 de octubre del 2014, cuando un mensaje de dos vías, marcado así por los registros de Telcel-Dipsa, entregado a la PGR el 31 de agosto del 2015, hizo contacto con el número de Julio, el 7471493586. El que llamaba lo hizo desde el 5511425164 a las 14:23:57, en las coordenadas de 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W, verificables desde el espionaje público de Google Maps y cuya localización, ya se dijo, dio el Campo Militar 1A.

La segunda actividad sucedió el 25 de octubre, desde el número 5551865625 contactando al equipo de Julio, a las 10:01:21, en las coordenadas de 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W, también desde el Campo Militar 1 A.

La tercera actividad se registró el 27 de octubre del 2014 cuando el número 5513606680 contactó al teléfono de Julio César, a las 9:57:59, desde las coordenadas de 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W, otra vez en el Campo Militar 1A.

La cuarta actividad fue el primero de diciembre del 2014 desde el número 5518155210 contactando al teléfono de Julio César con un mensaje de dos vías a las 11:40:03 desde el Campo Militar 1A, en las coordenadas 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W.

Hay más, ubicaciones cercanas por 50 metros al Cisen, por ejemplo, o llamadas desde las inmediaciones del Campo Militar referido: quien tiene en su poder ese teléfono trazó una ruta por la que, supuso, habría transitado Julio César Mondragón Fontes antes de morir y que llevó a quienes desde las sombras investigaban su pasado digital, hasta Xalpatláhuac, cerca de Ayutla de los Libres, en la región de La Montaña. El dueño original del equipo, Charra, es oriundo de Xalpatláhuac.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos erró incluso desde su supuesta buena voluntad.

Hay más. La CNDH y los soldados afirman que el lugar donde hallaron el cuerpo de Julio César estaba resguardado. Las fotos del perito Vicente Díaz dicen otra cosa. El lugar estaba asegurado pero sólo por cintas amarillas que dicen “Escena del Crimen” y “Prohibido el Paso” y no hay trazas de los soldados, que para la hora en que los peritos tomaban nota ya se habían ido. Hay, de cualquier manera, cuatro personas caminando alrededor del cuerpo de Julio César, tres hombres, dos de ellos portando armas largas y una mujer. Dos de los hombres llevan papeles en las manos. La playera negra que viste uno de ellos dice, en la espalda “No pase. Escena de crimen. Periciales”. Ese hombre lleva guantes azules y habla por teléfono celular. Los forenses llegaron al lugar del crimen a las 9:55.

A un lado del cuerpo de Julio César Mondragón está su ojo izquierdo, arrancado de cuajo, con todo y nervio óptico, que originó uno de los reclamos más fuertes de la familia, enterada hasta el 2016 que el ojo del muchacho había sido guardado en su propio pecho, cuando le practicaron la primera autopsia. Otra cosa que nadie supo responder fue el robo de la ropa que vestía Julio. Desaparecida, forma parte de los misterios que rodean la muerte del estudiante de Ayotzinapa.

Entonces, ¿a los muchachos los levantaron los soldados?

¿Quién o quiénes mataron a Julio César Mondragón Fontes?

¿Qué fue de la piel del rostro de Julio César?

¿Fueron los soldados quienes robaron el LGL9 del normalista?

¿Quién hizo contacto desde el Campo Militar 1A de la ciudad de México al equipo de Julio César cuatro veces?

Ahora es el turno de los soldados.

“Están disparando, amor”

 

* Esta es parte de la historia de cómo el normalista de Ayotzinapa, Julio César Mondragón, torturado, desollado y asesinado la madrugada del 27 de septiembre del 2014 en Iguala, Guerrero, adquirió un celular, un LGL9, con el que trazó el mapa de sus ubicaciones, desde el 25 de septiembre del 2016, y pudo, como nadie, describir lo que ocurrió la noche del 26 de septiembre. Julio se convirtió en “símbolo oculto” de Ayotzinapa y los movimiento sociales de Guerrero y el país. Héroe sin rostro, Julio y su equipo celular han descubierto algunos misterios. Esta es la historia de ese celular y del mapa que de él se desprendió, y que forma parte del libro “La guerra que nos ocultan”, editado por Planeta en el 2016.

 

Francisco Cruz/ Félix Santana/ Miguel Alvarado

Allí está Iguala de la Independencia, a cuatro horas y media de la Ciudad de México, rodeada de cerros, custodiada por una bandera gigante que apenas ondea, chorreada en el calor a la mitad del año. Sus calles, excepto las avenidas que la circundan y que allá llaman periféricos, son angostas y casi intransitables porque el comercio se desborda en ellas, sobre todo en el centro, sobre todo en la Juan N. Álvarez.

Siendo la tercera ciudad en importancia de Guerrero y cuna de la historia mexicana, es pequeña y, según el INEGI, hasta 2016 tenía 140 mil 363 habitantes, aunque son más pero no se han contado. En realidad la gente va y viene por otras razones que no tienen nada que ver con el comercio común. Ruta de narcotraficantes, es uno de los primeros puntos donde recalan los desplazados por sicarios y mineras de los pueblos de la región; también es la principal proveedora de extractoras. Debiera ser rica desde el razonamiento más superficial que ubica a esas empresas como benefactoras, derramadoras de bondades en donde llegan.

Debiera, pero no, porque para marzo de 2016 había 50 bandas peleando a muerte por Guerrero, seis de las cuales se disputaban las calles y alrededores de Iguala, incluidas dos de reciente parto: Espartanos y Tequileros, versiones recargadas de los Guerreros Unidos y La Familia Michoacana dispuestas a todo. Una guerra declarada se anunciaba en narcomantas por toda la ciudad el 28 de marzo y anticipaba el baño de sangre que ya todos conocían y que, no se sabe cuándo, terminó por instalarse en el día a día igualteco, donde era normal que personal de bomberos y Protección Civil estuviera armado para acribillar normalistas, meter cuerpos en bolsas negras, amontonarlos en el patio del ayuntamiento y limpiar a manguerazos las calles anegadas en sangre.

Lo que ha dejado el 26 de septiembre en Iguala es horror y nada más. Las costumbres cambiaron, incluso las más sencillas. Antes de ese día se podía caminar en la madrugada y algunos establecimientos jamás cerraban, a pesar de conocerse el origen narcotraficante de autoridades y policías. Otros dicen que no, que andar a esas horas era imposible en una ciudad cercada por cadáveres.

Pero ahí está Iguala, inconmovible con sus narcolaboratorios de goma de opio y fosas clandestinas en la colonia San Miguelito, donde dos esqueletos y cuatro putrefactos fueron hallados y denunciados el 10 de abril de 2014 por el subteniente Pirita del 27 Batallón de Infantería, que junto al 41 Batallón de Infantería son las fulgurantes medallas de la ciudad. Sus soldados montan día y noche dos retenes, uno en la salida a Chilpancingo, a la altura de la colonia El Tomatal, y el otro rumbo a Taxco, en el puente El Enano, que anuncia que más adelante ese control militar ha establecido un campamento.

Ahí está la esquina que hacen Periférico Norte y Juan N. Álvarez y sus dos monumentos para los normalistas caídos de Ayotzinapa, Julio César Ramírez y Daniel Solís. Todavía en enero de 2016 círculos rojos pintados en las paredes señalaban los agujeros de las balas en esa escuadra. Nadie los toca o los remienda porque a un año y medio son todavía pruebas para la PGR —que sólo encontró un casquillo cuando fue a investigar— y ni los árboles cercanos han sanado, acribillados porque la puntería de los pistoleros no encontró por suerte más cuerpos humanos

Un anuncio sobre la desaparición de los 43 todavía cuelga del poste cercano en la Juan N. Álvarez, que se adentra en la ciudad y es la ruta que siguieron los jóvenes intentando el escape. Porque quién quiere meter tres camiones de pasajeros al centro de Iguala si sabe que no podrán pasar. No se necesita mucho para entender, mirando la primera cuadra, que hasta en auto es imposible hacer buen tiempo, menos escapar si encima se quiere levantar a alguien en medio de una verbena de la presidenta del DIF, por ejemplo. Y si los policías persiguen, la única razón para meterse ahí es que el resto de las calles están bloqueadas.

También está, en el número 153 de la Juan N. Álvarez, el Hospital Cristina, apenas una construcción de dos pisos pintada de verde claro, cuyas ventanas reflejan las nubes, excepto una, rota adrede o por accidente. Allí, el 27 de septiembre de 2014, cerca de la una de la mañana estuvieron 25 estudiantes pidiendo atención y refugio. Nada consiguieron, excepto que los soldados los fotografiaran y les dijeran que tuvieran “güevos”. La PGR llegó al Cristina el 13 de noviembre de 2014 para recolectar sangre seca, muestras de tejido, cualquier cosa que los normalistas hubieran dejado, hasta envolturas de alimentos o papeles usados para contener hemorragias, pero poco pudo hacer, al menos el especialista en dactiloscópica forense Alberto Rosas Fernández, porque “el lugar no fue preservado debido a que ya había sido limpiado”, escribió en su informe con folio 82878, dentro de la carpeta central de investigaciones.

Si uno camina, si cree que puede, más adelante está el autolavado Los Peques, propiedad de los hermanos Osiel, Víctor, Mateo, Salvador y Orbelín Benítez Palacios, a quienes todos en Iguala y hasta la PGR relacionan con los Guerreros Unidos pero que ya eran viejos cuando estos llegaron. Desde siempre han controlado la distribución de droga en la región y a los Beltrán Leyva les enseñaron los recovecos que guarda la ciudad. Eran poderosos y hasta posiciones políticas tenían, como lo demostraba el síndico César Chávez Salgado en el ayuntamiento de José Luis Abarca, integrante formal de ese sicariato.

Es Iguala, desdibujada por los expedientes de la PGR, llena de pistas desperdiciadas, pasadas por alto a propósito o porque alguien ya se cansó. Y ahí sigue la ciudad, atravesada en el centro por la calle Guerrero, con su Súper Farmacia Leyva, que está abierta las 24 horas. Esa calle pasa a un lado del ayuntamiento, calcinado por un incendio desde el 22 de octubre de 2014, cuando se desquitaba la furia contra el edificio evacuado días antes. A ese palacio le cuelgan aún pintas que dicen “Ayotzi Vive” y la manta gigante donde están los muertos y sus compañeros, frente al campamento de Los Otros Desaparecidos, languideciendo de infortunio luego del asesinato de su militante más activo, Miguel Ángel Jiménez Blanco, fundador de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), el 9 de agosto de 2015. Es el mismo palacio donde activistas y defensores de derechos humanos han declarado que “el enemigo en común de toda la lucha es la minera” y donde los normalistas de Ayotzinapa protestaron el 3 de junio de 2013, junto a otras organizaciones sociales, contra José Luis Abarca por la desaparición del fundador de la Unidad Popular de Iguala, Arturo Hernández Cardona. Mientras gritaban en la calle, con el edificio desalojado, la mujer del desaparecido reconocía el cuerpo de su esposo en la morgue.

Ya los árboles adornados con el rostro de los estudiantes no impresionan a los oriundos, aunque si se puede no se pasa por ahí, por la explanada donde María de los Ángeles Pineda Villa, la ex primera dama de la ciudad, bailó la canción del “El Cangrejito Playero” en compañía de sus amigos militares mientras los normalistas entraban a la ciudad.

Ahí sigue la ciudad, impávida como la mole del Hotel del Andariego, donde los narcos se reunían a veces para repartir las ganancias mensuales, pagar a jefes sicarios y de paso a los policiacos y a algunos funcionarios locales. En los cuartos de ese hotel se encerraban Raúl Núñez Salgado, El Camperra —chofer de Mario Casarrubias, El Sapo Guapo, con su extravagante diente de oro donde alguien con mucha paciencia le grabó una “R”—, y El Pechugas para contar el dinero, guardado en sobres con el nombre de sus destinatarios y que el primero entregaba personalmente para evitar malos entendidos.

Y esos paquetes: 2 millones 200 mil pesos distribuidos cada vez —las cantidades siempre variaron— como habían acordado los capos Casarrubias. Trescientos mil pesos para El Gil, que lo dividía en las manos del subdirector de la policía de Cocula, César Nava, el verdadero jefe de esa institución —y quien el 26 y 27 de septiembre “había faltado por incapacidad médica”— y sus agentes corrompidos; 350 mil pesos al May; 80 mil pesos al Cholo y 140 mil al Walter, un traidor al preferir la jefatura de Los Rojos; y al comandante Francisco Salgado Valladares, jefe de la policía de Iguala, 600 mil pesos.

Es la Iguala en cuyas calles todavía el 30 de septiembre de 2014 las autoridades encontraron a otros 14 normalistas, con lo que la lista de desaparecidos se redujo a los 43. Deambulando por Iguala, después de las balaceras, unos habían encontrado refugio con vecinos de buen corazón y otros se habían escondido durante horas, hasta que se sintieron menos inseguros y se aventuraron para pedir ayuda. Y con su Súper Farmacia Leyva convertida en mirador para ver asesinados, la ciudad es la misma donde Julio César Mondragón Fontes, El Chilango, platicaba con su esposa Marisa Mendoza por celular, el 26 de septiembre de 2014.

—Están disparando, amor —le dijo él, a las 21:27, cuando se encontraba con sus compañeros a una cuadra del centro de Iguala.

El mensaje, redactado con la premura de quien se protege de una balacera, es la pintura del paso a paso de una de las víctimas a quien menos caso se ha hecho, la descripción del camino que lo llevará a la muerte. También representa el destino de cientos de guerrerenses y luchadores sociales en todo el país opuestos a la lógica privatizadora que impone, reprimiendo, la Federación.

Julio César, de 22 años, maestro en formación, había tenido tiempo de dedicar una canción a Marisa, “Ámame más”, del grupo juvenil Breiky, a las 15:30 de ese día, antes de partir con sus compañeros. Ella escribiría un año después en las redes sociales: “¡La sigo recordando con mucho amor! ¡Julio, te extraño! ¡Cómo hubiera querido que no llegara este día!”.

Y aunque algunos han declarado que Julio le prometió que si salía con vida dejaría la normal, la suerte estaba echada. Omar García, también estudiante de Ayotzinapa, sobreviviente de la segunda balacera y uno de los más activos mediáticamente, afirma que al joven lo mataron porque, además de todo, tuvo el valor de escupir a la cara de sus captores, aunque no ha dicho cómo se enteró.

Julio César expresaba el amor por su escuela de diversas formas, pero con Marisa pudo sincerarse y aceptar, como un niño, que Ayotzinapa era importante para él. Tanto, que murió por ayudar a sus compañeros, pudiendo echar a correr, escaparse.

—Tengo miedo de decir esto, pero me empieza a gustar vivir en la normal —le dijo a Marisa, a las 20:51 del 26 de septiembre de 2014, cuando ella le escribía desde Tlaxcala, porque estaba de vacaciones.

 

Julio César compra el LG L9

 

Al joven lo persiguieron aun después de desollarlo y siguieron sus pasos excavando en su pasado digital, lo que se sabe gracias a las coordenadas grabadas en su teléfono, robado el día de su muerte, un LG L9 que el propio Julio César consideraba “demasiado equipo”.

Él había perdido su anterior celular y estuvo una temporada sin aparato hasta que el 24 de septiembre encontró quién le vendiera uno, por mil 700 pesos. Le emocionaba volver a hablar con su mujer y planeaban reunirse en los días próximos. Quien le vendió el teléfono fue otro estudiante de Ayotzinapa, también desaparecido, Jorge Luis González Parral.

El tío de Julio César, Cuitláhuac, recuerda que ese joven ya había vendido algunos equipos entre los muchachos de la escuela. González Parral, a quien apodaban Charra, era originario del municipio de Xalpatláhuac, a 127 kilómetros de Tixtla, a una hora 53 minutos por carretera, en la Alta Montaña de Guerrero, y que no sobrepasa los 12 mil habitantes. De 21 años, Charra nunca supuso que el número que le dio a Julio César, el 7471493586, y sus actividades, registradas en una sábana de llamadas de la compañía Telcel (Radiomóvil DIPSA, S.A. de C.V.), se convertirían en un asunto de seguridad nacional.

Esa base de datos telefónica fue entregada a la PGR el 31 de agosto de 2015, cinco días después de requerirla. Allí, en las 132 hojas foliadas con el logotipo azul de Telcel, y en las que se imprimió una leyenda naranja en el centro de cada una, colocado por la PGR, que dice “CONFIDENCIAL”, el camino de Julio César se puede seguir entre combinaciones de tiempo, coordenadas y números celulares. Lo que se obtiene es que quienes descubrieron y reportaron el cadáver del estudiante, presentes en el levantamiento del cuerpo y que siempre se han declarado al margen, están más involucrados de lo que aceptan públicamente. Y esa participación, esta vez, puede probarse.

El general de división y titular de la Sedena, Salvador Cienfuegos Zepeda, negará tercamente la responsabilidad de sus soldados el 26 y 27 de septiembre porque ignora que un juez ya permitió en una ocasión a familiares de desaparecidos entrar a campos militares a buscarlos, y eso consta en el Acuerdo del Noveno Tribunal Colegiado en Materia Penal del Primer Circuito, correspondiente a la sesión del 12 de junio de 2014 sobre la Queja Penal 29/2014, con Miguel Ángel Aguilar López como magistrado ponente.

El 24 y 25 de mayo de 2007, Edmundo Reyes y Gabriel Cruz, vinculados al Ejército Popular Revolucionario (EPR), fueron detenidos por la Unidad Policiaca de Operaciones Especiales de Oaxaca y militares. La indagatoria indica que los levantados fueron llevados “de manera velada” a la Procuraduría de aquel estado y después trasladados por soldados al Campo Militar Número Uno en la Ciudad de México. A partir de ese momento se les perdió el rastro, pero los familiares consiguieron que “en términos del artículo 103 de la Ley de Amparo, se procede declarar FUNDADA la queja a fin de que el Juez Cuarto de Distrito de Amparo en Materia Penal en el Distrito Federal, deje sin efectos el auto de tres de abril de dos mil catorce, en el juicio de amparo indirecto […], 1) ordene a las autoridades responsables se trasladen a los lugares de posible detención u ocultamiento, en especial, determine la búsqueda en las principales instalaciones militares; 2) ordene a la autoridad ministerial tome comparecencia a los funcionarios de la PGR, a funcionarios estatales o mandos militares, que hubieren estado en funciones en mayo de dos mil siete, a fin de que declaren en relación a los hechos; así como ordene a las autoridades competentes informen sobre la inhumación de cadáveres en los centros de detención o zonas militares que pudieran coincidir con la de las víctimas, para en su caso practicar diligencias de identificación forense”.

Lo anterior, aunque sigue pendiente su ejecución, fue resuelto por “el Noveno Tribunal Colegiado en Materia Penal del Primer Circuito, por unanimidad de votos de los magistrados, Miguel Ángel Aguilar López (presidente y ponente), Emma Meza Fonseca y Guadalupe Olga Mejía Sánchez”, es precedente directo de que las puertas de zonas y bases militares pueden abrirse desde las leyes civiles.

El secretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos Zepeda, ni con todo el respaldo del Estado y las puertas cerradas para siempre de los cuarteles en Iguala o el lejano Campo Militar 1A de la Ciudad de México, en Lomas de Sotelo, podrá refutar los datos que Telcel recabó diligentemente y que envió a la SEIDO, para integrarlos en el expediente AP-PGR-SEIDO-UEIDMS-01-2015, y a la Unidad Especializada en Investigación en Materia de Secuestro, para el expediente SECUESTRO OF-SEIDO-UEIDMS-FE-D-11284-2015. O lo hará, pero no se sabe cómo.

Al menos cuatro mensajes de dos vías desde el celular de Julio César se encargan de demostrar que la Presidencia, la PGR y el Ejército mienten y encubren. Cienfuegos ha sostenido un discurso de furia que defiende lo que él señala como los derechos de soldados y militares de rango. Se ha empeñado en esa línea transitando todos los matices hasta llegar a lo grotesco, y cuando los investigadores del GIEI —seleccionados por la CIDH— y los padres de los desaparecidos le exigieron entrar a los campos dijo que no porque no había nada que ver.

La postura del Ejército se endureció más todavía y el vocero de Cienfuegos Zepeda, Juan Ibarrola, sentenciaba a rajatabla el 17 de enero de 2015 que “la seguridad nacional no se negocia con un grupo de culeros que controlan cuatro o cinco municipios”, frase célebre recordada por el periodista Carlos Fazio en la columna “El arriba nervioso y el abajo que se mueve”, el 19 de enero de 2015, en La Jornada. Padres e investigadores estuvieron limitados a las declaraciones de poco más de 40 soldados detalladas en el expediente de unas 54 mil fojas que sobre el caso armó la PGR.

Charra y otros dos desaparecidos son de un pueblo donde aparentemente no hay nada. Pero Xalpatláhuac, gobernado hasta 2015 por el PRD, es una de las zonas que más preocupan al Cisen y a la Presidencia porque hay guerrilla, dice el gobierno públicamente, y por eso se ha vigilado permanentemente a dos sacerdotes católicos de esa región, Mario Campos Hernández y Melitón Santillán Cruz, de la Costa Chica, a quienes relacionó con grupos insurgentes y autodefensas, pero también con Ayotzinapa.

Y es que Campos es uno de los fundadores originales de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC), el grupo de autodefensas que cuida la normal “Raúl Isidro Burgos” y que ha buscado, desde 2013, organizar a comunidades de Guerrero y Oaxaca para resistir y defenderse de la violencia. Los estudiantes nacidos en Xalpatláhuac son el hermano de Charra, Doriam González Parral, Kínder, de 19 años, y Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Chivo. Marcial Pablo Baranda, primo de los González, hacía grupo con ellos, aunque venía de la Costa Chica. Todos fueron levantados.

La “verdad histórica” del ex procurador Murillo hace de Charra protagonista de los supuestos sucesos en el basurero de Cocula, pues uno de los sicarios, al reconstruir esa versión, lo identifica llamándolo Flaquito. La filmación de la PGR lo insertó en la opinión pública poniendo su foto a cuadro mientras Agustín García Hernández, El Chereje, sicario de los Guerreros Unidos, narraba una historia que sólo Murillo le podía creer. Para el presunto asesino, Flaquito o Charra había llegado vivo al tiradero y allí el miedo lo había obligado a identificar a Bernardo Flores Alcaraz, Cochiloco, estudiante de segundo año y a quien la Federación señala de pertenecer a Los Rojos.

“Los que quedaron vivos estaban de este lado —dice El Chereje cuando lo obligan a reconstruir los hechos—. Entonces El Flaquito, que fue casi de los primeros, estaba aquí, como por aquí, y él dijo que él iba a decir, que no le hiciéramos nada. Entonces se levantó y se puso aquí… se puso aquí, estaba con las manos en la cabeza y ya comenzó a decir que el mentado Cochiloco era el que… este… el que tenía la culpa de que ellos estuvieran aquí, y que era el encargado. Entonces se le dijo que se levantara y que buscara entre los chavos que todavía estaban ahí… y este… entonces comenzó a buscar y nos dijo: él es el único que tiene el pelo largo. Y El Cochiloco estaba aquí, estaba aquí, estaba… este… sus manos en la cabeza… de esta forma, acomodado así, estaba así. Cuando lo reconoció se le hizo que se hincara, igual, de la misma manera. Pues ya se hincó y se puso aquí, igual así nomás y se puso así. Y dijo que había otro que era infiltrado, entonces igual”.

Para la PGR todos los caminos llevaban a Cocula. Si El Chereje no hubiera declarado, la PGR ya tenía listo el pretexto de una llamada anónima —de un hombre de unos 45 años—, recibida el 26 de octubre, que les allanaba el camino porque, afirmaba con la veracidad que sólo la Federación puede distinguir de las malas bromas, “respecto de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapan, ya estaban muertos” y sus restos tirados en el basurero de Cocula. Con El Chereje o sin él, el destino de las investigaciones era, literalmente, la basura.

Parte de la trama se puede armar, entenderse desde los celulares y sábanas de registros, pues ubican rastros de manera indiscutible, como sucedió con otro alumno, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Chivo, quien mandó un mensaje a su casa diciendo (transcripción literal): “mamá me puede poner una recarga me urge”, a la 1:16 del 27 de septiembre, cuando la versión de la PGR lo hacía quemándose en el basurero.

Como se relató antes, Julio César Mondragón Fontes había perdido su teléfono celular y llevaba días sin uno. No podía comunicarse a su casa ni hablar con su esposa Marisa ni con su pequeña hija, Melisa. Sin embargo, uno de sus compañeros, José Luis González Parral, Charra, ofreció venderle uno, el 24 de septiembre de 2014. Julio César probó el aparato ese mismo día y se comunicó con su esposa para decirle que alguien le vendía un equipo. Decidieron comprarlo y, al otro día, el 25, ya era dueño de un LG L9 que usaría sólo dos días, el 25 y el 26 de septiembre.

La reconstrucción del último día de Julio César desde su nuevo aparato celular comienza a las 00:36 del 26 de septiembre de 2014, cuando envió un mensaje a su pareja, que repetiría a las 04:14 y a las 09:52. Entre ellos había zozobra porque no sabían si podrían verse, como estaban planeando.

Antes de ir a Iguala, Julio César tramitaba un permiso para dejar por unos días la normal de Ayotzinapa. Ya había conseguido uno, precisamente para el 25 de septiembre, pero como era por tres días lo rechazó porque no le daría tiempo de ver a su familia.

El 26 de septiembre Telcel registró una conexión a internet en el teléfono de Julio César a las 06:56 y media docena de entradas más ese día entre las 12:15 y las 12:33. Las coordenadas de 17 grados 34 minutos 5 segundos de latitud Norte y 99 grados, 24 minutos 3 segundos de longitud Oeste ubicaron al normalista en Tixtla y muestran cómo quien posee un equipo es rastreado desde su actividad celular por la proveedora del servicio.

El trazo que generó Julio César aclara algunos pasajes de esa noche, abriendo una cloaca hacia las profundidades del Estado mexicano que sólo podía explorarse desde testimonios de sobrevivientes, inaceptables para el gobierno, sospechas o datos cruzados que terminaban en callejones sin salida. Abierto ese infierno por los registros de la compañía Telcel, cuatro contactos al teléfono del estudiante lo recorrerán hasta el fondo. Y es que la sábana de Telcel obedece a una regla sencilla: las coordenadas que se generan cuando alguien envía un mensaje de cualquier tipo, accede a internet, llama o contesta, indican su posición geográfica.

Antes, el 24 de septiembre, el estudiante se conectó con su esposa Marisa a las 19:32 y platicaron hasta las 20:35. Él avisaba que le vendían ese teléfono y que por lo pronto se lo prestaban para probarlo. Se pusieron de acuerdo y decidieron adquirirlo. A las 21:06, Charra pedía de vuelta el equipo.

—Salúdame a Melisa y esperemos que todo salga bien —escribió Julio César, despidiéndose de su familia.

En la noche del 25 de septiembre, la pareja volvió a comunicarse y Julio César avisaba feliz que ya era dueño del celular gracias al dinero que ella le había enviado para comenzar a pagarlo. Le contaba las actividades del día, por ejemplo, que a las 9:30 había acompañado al Comité de Lucha en salidas y que habían regresado tarde, cerca de las cinco y media. El programa de Telcel terminaba de registrar ese momento con un mensaje de ella a las 19:45 desde el poblado de Contla, Tlaxcala.

Después, el descanso para todos, porque al otro día debían reunir camiones para llevar a estudiantes de todo el país a la Ciudad de México. Originalmente ese compromiso no era para Ayotzinapa, pero la normal entró al quite porque la escuela designada no quiso molestar al gobierno de su entidad, con el que tenía acuerdos que no deseaba arruinar.

Así, en la tarde fresca del viernes 26 de septiembre, al terminar las labores, entre 90 y 100 jóvenes abordaban dos autobuses. Casi todos eran estudiantes de primero y subían a dos Estrella de Oro que ya estaban en la escuela. Eran los camiones 1568 y 1531.

La “Isidro Burgos” se había comprometido con la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) para conseguir 20 camiones —según la versión aceptada de la propia escuela— y trasladar a mil 300 alumnos a la Ciudad de México el 2 de octubre. Eso se había pactado en una reunión, entre el 15 y 20 de septiembre de 2014, en la normal “Emiliano Zapata” de Amilcingo, Morelos, donde participaron 13 rurales: Saucillo de Chihuahua; Aguilera de Durango; San Marcos de Zacatecas; Cañada Honda de Aguascalientes; Normal Indígena y Tiripetío de Michoacán; Tenería de Tenancingo, Estado de México; Panotla de Tlaxcala; Ayotzinapa de Guerrero; Tamazulpan de Oaxaca; Mactumactzá de Chiapas; Teteles y la propia Amilcingo.

A la normal de Tenería le había tocado conseguir el transporte, pero sus representantes declinaron porque les ataban las manos los acuerdos que esa normal llamaba “de cooperación y ayuda” con el gobierno del Estado de México. Su negativa dejaba a los de Guerrero como única opción para resolver el espinoso tema del traslado.

Ayotzinapa aceptó que los mexiquenses se hicieran a un lado sabiendo que no sería fácil cumplir. Ya no podía echarse atrás. Encima, debía proporcionar alimento y hospedaje para 100 asistentes por escuela durante tres días a partir del 30 de septiembre. Los preparativos estaban en marcha y para alojar a tantos se usarían los espacios de la normal como dormitorios gigantescos.

Según reportes del GIEI, los alumnos que vivían cerca regresarían a sus casas el sábado 27 y el domingo 28 de ese mes para ahorrar, porque habían acordado eliminar las comidas del viernes, sábado, domingo y lunes en la escuela para que los invitados pudieran alimentarse.

La Policía Federal sabía desde el 22 de septiembre que los jóvenes buscaban camiones en las ciudades vecinas, sobre todo en Chilpancingo.

Tan bien enterados estaban que el 23 habían impedido el levantamiento de unidades y reforzaban operativos en los alrededores de la escuela. Los alumnos conocían el despliegue y por eso no habían salido el 24, pero al otro día fueron a Huitzuco, donde consiguieron dos transportes.

De todas formas, el resultado era desolador para los jóvenes. No tenían nada y eso los obligaría a movilizar a tope lo que Julio César llamó “recurso humano… nosotros”, así que se decidió que para el 26 saldrían casi todos los de primer año, a quienes se les contó la generalidad del plan.

Rapados como novatada, Los Pelones, como les llamaban a los nuevos, serían llevados a su bautizo de fuego. Todos sabían que tarde o temprano tendrían que ir y no chistaron. Un alumno, Cornelio Copeño, confirmó luego la secrecía a medias en torno al viaje, coordinado por Cochiloco, El Carrillas e Iván Cisneros, quienes hicieron un primer intento por salir a las tres de la tarde, aunque esa operación fue reventada por la policía, que les impidió el paso. Los normalistas se reagruparon para intentarlo nuevamente y eligieron ir al crucero de Huitzuco, a 110 kilómetros de Tixtla y cerca de Iguala, porque ya habían tenido suerte ahí.

A las 0:37 del 26 de septiembre, Julio César informó a Marisa por chat que Ayotzinapa pretendía que los autobuses tomados también fueran usados para el 20 de noviembre. Esa perspectiva —tantos camiones— resquebrajaba los planes de la pareja para reunirse, aunque él prometía obtener permiso y salir unos días.

—Las actividades ahorita están full. Quieren 25 autobuses para la marcha. Pero ya negocié con El Acapulco, de Orden y Disciplina —decía Julio César, siempre optimista y poniendo al tanto a Marisa, maestra de una primaria en el Distrito Federal, sobre sus actividades en la normal.

Y sobre otras cosas, como el incidente de una iguana enorme:

—La atrapamos en el río, junto con unos compañeros que la querían vender, pero como soy el jefe de grupo decidí dejarla ir. La atrapé cuando bajó a tomar agua, se enojaba y quería morder, pero con una varita sostuve su cabeza y así la agarré.

Marisa reía y se espantaba ante la descripción de un animal tan grande. Le decía a su pareja que había hecho lo correcto.

La mañana del 26 de septiembre y, luego, a las 13:05, Marisa le preguntaba a Julio César dónde estaba.

—Estoy en Módulos, trabajando —respondió.

A las 15:48, Julio César recibía una llamada desde el 7541085987, proveniente de la calle Miguel Hidalgo, en Xalpatláhuac. Las coordenadas de 17 grados, un minuto y 22 segundos de latitud Norte y 99 grados, 19 minutos y 50 segundos de longitud Oeste ponían al interlocutor en una construcción que hace esquina con la calle de Tres Cruces. No se ve más desde el espionaje público de Google, usado por la PGR para ubicar coordenadas en sus investigaciones.

A las 17:31, el joven usó un rato internet. Las coordenadas de su teléfono —17 grados, 34 minutos y 5 segundos de latitud Norte y 99 grados, 24 minutos y 3 segundos de longitud Oeste— lo ubicaron en Tixtla.

A las 17:32, Julio avisaba de nuevo:

—Oye, amor, voy a salir a actividad.

Era la hora de irse y su esposa no volvería a saber de él sino hasta las 20:17, cuando el LG L9 lo registró en la dirección de Prima Romero 204, coordenadas de 18 grados, 17 minutos y 31 segundos latitud Norte y 99 grados, 27 minutos y 34 segundos de longitud Oeste, a un lado de la autopista Iguala-Acapulco.

Antes, Cochiloco había abordado el camión 1568 junto con unos 50 alumnos y Julio César, quien no formaba parte del equipo de responsables de la actividad, subía al 1531 con otros 30 compañeros, aproximadamente. De ellos, seis alumnos eran de segundo y dos de tercero. La Secretaría de Seguridad Pública precisó la salida de los estudiantes desde Ayotzinapa a las 17:59 en la tarjeta informativa 02370 y luego el C4 de Chilpancingo y todos los niveles de gobierno fueron avisados.

—¡’Ámonos, guëy; ’ámonos, güey! —se despedía Julio César de sus amigos antes de abordar el autobús, corriendo por los pasillos y gritando, con su playera roja en la mano, agitándola mientras decía adiós.

*

Ismael Vázquez Vázquez, Chesman, oriundo de Tixtla, era compañero de habitación de Julio César en el dormitorio G, donde compartían el metro cuadrado que les tocaba a cada uno de los nueve estudiantes de ese cubículo, y ese día había sido seleccionado para ir porque sabía manejar vehículos grandes. Pero al final se quedaría junto con otros 20 alumnos de primero porque no se sentía bien, por lo que asumió tareas de guardia mientras esperaba el regreso de sus compañeros. La razón principal por la que Ismael se quedaba era su madre, quien estaba enferma y por esos días acudía a tratamientos de diálisis en hospitales locales. Él estaba al pendiente de ella y se comunicaban constantemente.

Chesman había conocido a Julio César y se habían hecho amigos nada más entrar a la normal. Habían formado un grupo en el que se integraba el estudiante Daniel Solís Gallardo, que el 26 de septiembre también iría a Iguala a fin de encontrarse con los sobrevivientes de la escuela en la esquina de Juan N. Álvarez y Periférico Norte, cerca de la medianoche, pero lo que halló fue una bala con su nombre. De esa amistad sólo quedarían el recuerdo de Solís cuando donó sangre para la madre de Chesman, el 25 de septiembre, y las fotos que se habían tomado en el parque central de Tixtla, sentados los tres en una banca, por la tarde, después de tomar aguas frescas, mirando la iglesia del pueblo.

—¡‘Ámonos, guëy; ‘ámonos güey! —decía Julio César cuando se iba como brigadista para Iguala y los autobuses arrancaban bajo la lluvia, si bien había un sol esplendoroso.

*

El trazo del viaje desde el celular de Julio César se ha construido a partir de las coordenadas que su celular registró en la sábana de llamadas de Telcel, desde una conversación que el normalista sostuvo por internet con su pareja, en tiempo real, mientras se desarrollaba la masacre, declaraciones de normalistas recabadas por el GIEI, reportes telefónicos al 066 realizados esa noche, las bitácoras o listas de asistencia de quienes trabajaron ese día en el C4 y desde la tarjeta informativa 002683889 que generó el cerebro de Iguala, que siempre supo lo que estaba pasando y notificó a todas las policías y al Ejército los movimientos de los estudiantes y calló cuando sucedieron las balaceras.

A las 19:34 el equipo de Julio César lo ubicaba en el crucero de Santa Teresa, a 15 kilómetros de Iguala. Cochiloco había decidido separar los autobuses para ver si tenían suerte desde dos puntos. Él iría a la caseta de cobro de la autopista Iguala-Cuernavaca en el camión 1568, y a Julio César, en el 1531, le tocaría quedarse en el crucero. El 1568 que llegó a la caseta de Iguala se estacionó en la curva sur, a 300 metros de la garita de peaje, donde vieron tres patrullas federales, además de una motocicleta, presuntamente propiedad de agentes de inteligencia del Ejército mexicano, así como un vehículo rojo que los vigilaban.

Un militar —después se sabría quién era y qué hizo— declaró a la PGR haber realizado tareas de observación sobre los normalistas desde una moto y vestido de civil, cuando arribaron al crucero y la caseta. Esa información la envió al comandante jefe del Batallón 27 (B27), así como al cuartel de la 35 Zona Militar. Las tres patrullas federales que también estaban en la garita detuvieron entre cinco y seis autobuses que llegaban a Iguala por la caseta de cobro, provenientes de Cuernavaca; les impidieron el paso y los obligaron a regresar. Los pasajeros bajaban y atravesaban a pie la caseta. Así evitaron que las unidades fueran tomadas.

Mientras, Julio y sus amigos habían aparcado cerca de la autopista y de una torre de transmisiones de unos 30 metros de altura, a campo abierto, la “Torre del Zopilote”, donde sólo hay brechas. De todas formas no pudieron evitar la vigilancia de los federales, que habían enviado una patrulla para monitorearlos. Además de los estudiantes, sólo la Policía Federal sabía que el camión de Julio estaba ahí. Las coordenadas del joven marcaban 18 grados, 13 minutos y 56 segundos de latitud Norte y 99 grados, 31 minutos y 30 segundos de longitud Oeste, a unos 700 metros del lugar donde el equipo de futbol Los Avispones sería atacado después.

El grupo de Julio César reportaba a Cochiloco, a las 20:10, el paso del camión Costa Line 2513 con 28 pasajeros proveniente de Chilpancingo. Los estudiantes tomarían ese autobús en el crucero a Huitzuco, antes de que saliera hacia Cuernavaca por la caseta de cobro. No se puede ubicar la hora de llegada de Julio César a la Torre del Zopilote, pero a las 19:37 su grupo se movió, acercándose a Iguala mientras recibía un mensaje de su esposa.

—Estoy conectado —le dijo Julio César a las 20:17—, o se acaba mi pila o se acaba mi saldo.

—¿En dónde estás? —tecleaba Marisa.

—En la carretera Acapulco-Iguala, la Y griega.

—¿Y qué haces allá? —quiso saber Marisa.

—Estamos esperando que pase un autobús para secuestrarlo y juntando piedras para defendernos de los policías, que ya están merodeando por acá —fue la respuesta, aparecida en pantalla a las 20:21.

En tanto platicaban se desarrollaba alrededor de los estudiantes, cerrándose sobre ellos, un operativo en el que hasta bomberos e integrantes de Protección Civil estarían armados para cazarlos. Julio César lo veía, pero no se daba cuenta de la magnitud de ese despliegue.

De pronto, abrió los ojos.

Cochiloco llegó a la caseta de Iguala-Cuernavaca cerca de las 19:10 y los estudiantes que detuvieron el Costa Line 2513, cerca de las 19:40, pactaron con el chofer para entrar a Iguala y dejar a los pasajeros a una cuadra de la Terminal Camionera del Sur, antes de enfilar a Ayotzinapa. Subieron al 2513 nueve estudiantes —Vidulfo Rosales, el abogado de los padres de los 43 desaparecidos, precisaba que eran ocho; otras versiones cuentan diez— y en menos de 20 minutos estaban en la central. Pero el operador, desbaratando el trato, entró a los andenes, donde bajó de prisa pretextando que volvería. Bajó y habló con los guardias de seguridad, “que a su vez hablaban por sus teléfonos y radios”, según ha narrado el periodista norteamericano John Gibler, quien ha documentado como nadie los sucesos de aquella noche.

A las 20:35 los normalistas comprobaban que estaban encerrados y, asustados pero furiosos, rompían las ventanas del camión para salir. La policía no entró a la terminal, pero la rodeaba, escondiéndose. Los encerrados habían llamado a los grupos de Cochiloco y Julio César, y también alertaron a la normal, que no tardó en enviar dos Urban con más estudiantes, aunque tardarían casi hora y media en llegar. Siete minutos antes de las 21:00, Julio César y sus amigos volvían al camino atendiendo esa llamada de auxilio, armados de piedras y palos, preparándose para un posible enfrentamiento con municipales y guardias de la central camionera.

Cochiloco y el grupo de Julio llegaron casi al mismo tiempo, entre las 21:12 y las 21:16, y se estacionaron en las afueras de la terminal.

A las 20:56 Julio César advertía de nuevo a Marisa que pronto se quedaría sin batería. Él, abiertos ya los ojos hacia la negrura donde estaba el operativo, trasmitía escuetamente la intuición que le hacía decir, casi para él mismo, desde el lado del teléfono que le tocaba:

—Ya se armaron los madrazos —informaba a su esposa a las 21:07. Un minuto después escribía, nervioso y desolado—: Espero librarla.

El celular lo ubicaba, a las 21:23, en la avenida Álvaro Obregón número 11, cerca del Centro Joyero, propiedad del alcalde Abarca, y a una cuadra de la terminal, en la esquina de Salazar y Galeana.

La acera de Obregón 11 fue la última ubicación del joven que dio su teléfono, conectado a internet desde el 7471493586, que emitía el IMEI 35364905146988 cuando entraba a la red, y el 353649051469880 cuando mantenía otro tipo de comunicación. La última actividad que registró coordenadas entró a las 21:23, una llamada desde la calle de Ascensión 9-15, en Tixtla, que no tuvo respuesta.

Cuando llegaron a la terminal para rescatar a sus compañeros, ya estaban libres, fuera de la unidad 2513. Cochiloco decidió tomar tres autobuses ahí, dos Costa Line, el 2010, el 2510, y dejar el averiado 2513. Además, tomaron un Estrella Roja Ecotur 3278, al cual subieron 14 estudiantes.

Todo esto fue registrado por el C4 después de recibir llamadas desde el 066 que informaban la intención de los normalistas de llevarse los camiones. A las 21:26 se enviaron unidades de la policía estatal; según la declaración ante la PGJ del jefe de la policía de Iguala, Felipe Flores, se atendió una llamada a las 21:22 que informaba el secuestro de autobuses. Minutos después, a las 21:24 se había comunicado con el capitán Dorantes, de la Policía Federal, para ponerlo al tanto.

El Sistema Estatal de Información Policial de la Subdirección Estatal de Emergencias 066 y Denuncia Anónima 089 clasificó el inicio de los enfrentamientos de esa noche como “disturbio estudiantil”. A las 21:22 el 066 recibía peticiones de apoyo registradas en la tarjeta 002683889, porque “está un grupo de estudiantes ayotzinapos, los cuales se quieren introducir a la Estrella Blanca”. Dos minutos después, ese reporte llegaba a la Policía Preventiva y el policía segundo Alejandro Tenescalco Mejía se encargaba de recibirlo.

A las 21:24, otra llamada anónima confirmaba la presencia de jóvenes al 066 porque decía que “ya están de agresivos con las personas”. Pero en ese momento estaba ya en marcha un operativo contrainsurgente que justificaría cada una de las acciones policiacas contra los normalistas. Un minuto después otra llamada denunciaba: “Cuarenta jóvenes se quieren llevar autobuses con pasajeros”, y la secuencia de la tarjeta informativa registraba que la policía estatal se trasladaba a la central al mando del coordinador operativo de la zona, José Adame Bautista.

Las denuncias telefónicas siguieron. A las 21:26 “un señor” dijo que ya se llevaban dos camiones Estrella Blanca. Esto no era cierto porque no hubo ningún autobús de esas características y parecía más un informe para confundir y después justificar. A las 20:30 otra denuncia decía: “se encuentran los ayotzinapos agrediendo a la gente”, “se encuentran en el interior de la Estrella de Oro”, lo que tampoco era verdad. Unos segundos después el C4 calló y no generó comunicaciones en los siguientes 15 minutos, justamente el periodo de tiempo en el que se desarrollaba la primera balacera. Pero también calló cuando la segunda sucedía, cerca de la medianoche, junto con los asesinatos en la ciudad, y se coordinaba la desaparición de los 43 estudiantes.

El C4 elaboraba en su particular idioma la relación de hechos y registraba lo que quería y cuando quería. Los propios soldados, desde su declaración ante la PGR, aceptan que el Ejército estuvo en el C4, y que además el 27 Batallón había salido a patrullar la ciudad, siguiendo a los estudiantes con la supuesta orden de no enfrentarlos, pero reportando y testificando, tomando fotos para documentar los puntos de ataque. El Ejército no los combatió, pero tampoco ayudó a pesar de recibir información en tiempo real y apostar personal camuflado de civil.

Todos reunidos y a la espera del contingente que avanzaba desde la normal, los jóvenes sabían que era momento de irse. Tenían cinco camiones y se pusieron en marcha, aunque ya tenían encima a la policía y el operativo contrainsurgente abiertamente iniciado.

Según el sistema de videograbación de la terminal, a las 21:23 salió el Costa Line 2012 y, tres minutos después, a las 21:26, lo hacía el 2510. Cerraba la caravana el Estrella de Oro 1568. Los tres autobuses avanzaron sobre Hermenegildo Galeana rumbo a Periférico Norte, adentrándose en el corazón de Iguala.

Por su lado, el Estrella de Oro 1531 dio vuelta con dirección a Periférico Sur, lo mismo que el Estrella Roja Ecotur 3278, que salió por la parte trasera de la terminal a las 21:26, como registró el esquema del GIEI en su informe sobre los sucesos. Los cinco autobuses tomaron dos trayectorias. Tres unidades salieron al norte, sobre Galena —que más adelante se convierte en Juan N. Álvarez— y dos en ruta contraria, para tomar la carretera a Chilpancingo.

“A ellos les dicen que los llevan a Chilpancingo, nunca van a Chilpancingo. Los desvían y los llevan a Iguala […]; la intención, según los estudiantes, incluso los vivos, los que se salvaron, era interrumpir el evento donde iba a haber el supuesto, porque tampoco sé si iba a suceder o no, el supuesto lanzamiento de esta señora como candidata a la presidencia municipal, por lo menos eso les habían dicho a ellos”, sostuvo el ex procurador Jesús Murillo en una entrevista con Carmen Aristegui el 19 de octubre de 2014.3

Vidulfo Rosales afirma que para este momento llegaban patrullas municipales a la terminal con la encomienda de evitar que los estudiantes se llevaran los camiones, y que fue ahí cuando se registró el primer choque contra los policías, a quienes lanzaron piedras para ahuyentarlos. A esa hora también terminaba el baile de la señora Pineda y la multitud se desparramaba por la plaza principal.

 

 

Escuelas del diablo

 

* La historia de las escuelas normales rurales estará siempre ligada a los movimientos y luchas sociales. No es casualidad que la desaparición del modelo educativo de esas escuelas esté siempre en las agendas presidenciales como un objetivo prioritario. El estudiante de Ayotzinapa, Julio César Mondragón, paso por tres normales ante de quedarse definitivamente en Guerrero. Pero cuando ingresó a ese plantel, en Tixtla, tenía ya un plan elaborado para cambiar, desde la presidencia de la FECSM, algunos procesos que, desde su punto de vista resultaban inútiles y hasta salvajes, como los cursos propedéuticos, por ejemplo. Este es un fragmento del libro La guerra que nos ocultan, editado por Planeta en el 2016 y que narra la vida y muerte de Julio César Mondragón y cómo, además, su teléfono celular se convirtió en un asunto de seguridad nacional.

 

Francisco Cruz/ Félix Santana / Miguel Ángel Alvarado

Nadie sabe cuándo se inoculó la idea del normalismo rural en Julio César. Es cierto que dos de sus tíos son maestros, aunque Cuitláhuac no quería que estudiara esa carrera. Había querido que su sobrino estudiara en la Universidad Pedagógica Nacional, pero no logró convencerlo y tuvo que observar, desde el apoyo que podía darle, la cuidadosa búsqueda y los desencuentros estudiantiles del joven que lo encaminaron al final a Ayotzinapa. Porque para llegar a Guerrero hubo un camino, determinado por un plan personal que poco a poco tomó forma y en el que Tenería y Tiripetío fueron fundamentales.

La niñez de Julio César transcurrió junto a su hermano Lenin, menor por un año, quien lo vio crecer y pasar por la primaria “Gabino Vázquez”, la telesecundaria de San Simonito, en Tenancingo, y la preparatoria en el Colegio de Bachilleres local. La habilidad que desarrolló para aprender sistemas digitales no lo alejó de otras actividades. Atleta consumado, frontonista experto y corredor adicto, Julio César también tenía tiempo para los estudios y la familia.

Fue fácil para los Mondragón respetar su deseo por el normalismo rural. A diez minutos de su casa, en auto, está la Normal Rural de Tenería, una de las más combativas y respetadas, pero cuya demanda se ha desplomado por diversas razones.

Y estas no sólo provienen de los intentos del gobierno federal por cerrar las normales. En algunos casos, los directivos se han encargado de quebrantar el espíritu del profesorado, tal y como lo documentaron Julio César y Lenin, quienes conocieron, cada uno a su manera, lo absurdo de los exámenes propedéuticos, pero también el desaseo financiero de quienes se encargan de recabar los boteos cotidianos, por ejemplo.

Porque Tenería no es lo que parece aunque apoye causas sociales, como las de los otomíes arrasados por la carretera del Grupo Higa de Juan Armando Hinojosa, y diga desde su amargor que las fichas de inscripciones apenas llegaron a 300 en 2015, cuando cuatro años antes rebasaban las mil 200. Se quejaron y la revista Proceso los reprodujo. Dicen la verdad, pero no toda. Dicen, por ejemplo, desde un reportaje firmado por José Gil Olmos, el 19 de junio de 2015, que tienen una matrícula de 572 alumnos y que el presupuesto alcanza para lo elemental. “Se les brinda hospedaje, alberca, centro de cómputo, área académica, atención médica, peluquería, lavandería, alimentación, biblioteca, sala audiovisual y didáctica, salón de danza y auditorio […], canchas de futbol, basquetbol y volibol, taekwondo y gimnasio. No cobramos cuotas”, publica Proceso citando al vocero estudiantil de ese entonces, Yousen Aragón.

Hasta 2014 Tenería era una de las dos escuelas más favorecidas por el gobierno, que invertía 85 pesos diarios por alumno. Ayotzinapa, en contraste, era de las menos apoyadas, apenas con 50 pesos diarios. De los 400 millones de pesos aprobados para 2015 por el Congreso federal, la “Raúl Isidro Burgos” se llevó 50 millones como “compensación” por su desgracia, aunque las otras rurales también percibieron más recursos. Tuvieron que desaparecer 43 alumnos y morir asesinados tres para conseguirlo y no seguir sobreviviendo con 10 millones de pesos al año, el promedio presupuestal antes de Iguala.

Y lo que se omitió sobre Tenería lo dijo Julio César. A él no le espantaba el terrible propedéutico que, desde el punto de vista de los hermanos Mondragón, es brutal por incongruente. Después de asistir a los círculos de estudio, Julio César encaró ese propedéutico en Tenería, un horror para muchos porque los lleva al extremo de la resistencia y, más peligroso aún, al servilismo sinsentido.

A punto de desertar al tercer día del propedéutico, Julio confesaba a su hermano que los frijoles quemados y un café eran la única comida del día en esa prueba que duraba semana y media y que le daba derecho a media hora diaria de sueño y nada más, porque el tiempo no alcanzaba para los aspirantes, que ocupaban parte de esa estancia haciendo guardia a las puertas de la escuela, gritando consignas.

—¿Por qué hacer una prueba como esta? —se preguntaban los hermanos cuando aquello terminó y Julio César ya descansaba en su casa antes de comenzar el semestre.

Le contó a Lenin que le había tocado limpiar un foso con agua estancada del drenaje y que debió meterse a trabajar sin ropa adecuada. No les dieron nada, sólo usaron la única muda que les permitieron. Así, entre el miasma, a los aspirantes los pusieron a trabajar y cuando terminaron el resultado no tuvo sentido porque la fosa estaba diseñada para volver a llenarse de suciedad. Julio, dice otro de sus tíos, Cuauhtémoc, pescó una infección crónica en un pie.

—Casi abandonaba, carnal —le confesó a Lenin ya riendo—, pero me acordaba que cada vez faltaba menos y así me la llevé.

Julio César le narró a su hermano cómo era la semana y media de pruebas: empezaba a las cinco de la mañana, cuando los levantaban al grito de “¡Vienen los soldados, vienen los soldados!”, el azotar de puertas y la orden terminante de que los aspirantes se alinearan en disciplinada formación, para luego salir a correr por las calles de Tenancingo, en una ruta que para Julio César resultaba lo de menos, por su entrenamiento físico. Luego, un café y horas de estudio en los grupos asignados para esperar las pruebas físicas.

Pasado el infierno inútil para Julio César, la carga curricular fue pan comido. Cumplía si había boteos, porque se organizaban muy pocas tomas de camiones debido a los acuerdos alcanzados por la normal con el gobierno de Peña Nieto cuando, después de múltiples movilizaciones, en 2008, la escuela pactaría a fin de garantizar la entrega de 128 plazas para sus egresados y la preservación del presupuesto para la institución.

Poco después, Peña desconoció los acuerdos y, ante el inminente incumplimiento, la comunidad estudiantil inició una serie de paros escalonados que llevaron a una huelga en agosto de ese año. El 14 de septiembre, en un operativo policiaco, 400 granaderos apoyados por helicópteros rodearon la escuela para tomar las instalaciones. Ante el asalto y desalojo de los estudiantes, habitantes de cinco pueblos vecinos se movilizaron y formaron un cerco para impedir la toma de la normal. Hasta la FECSM —organización que administra al alumnado de las 16 normales rurales en el país— había convocado a otras escuelas en auxilio de Tenería. Frente a esa defensa, el gobierno mexiquense dio marcha atrás y volvió a reconocer los acuerdos.

Sin embargo, eso tuvo un costo. Los líderes estudiantiles de Tenería cedieron, por lo menos prometieron, docilidad. Garantizada la subsistencia, el gobierno del Estado de México concedió las 128 plazas para que las asignara el Comité Estudiantil en mesas de negociaciones encabezadas por los Servicios Educativos Integrados al Estado de México (SEIEM). También les mejoraron el presupuesto y por eso la normal, aun en su pobreza, no padecía como Ayotzinapa.

“Entonces, ¿por qué un propedéutico así?”, se preguntaba Julio César todavía en el examen, mientras vaciaba, literalmente con las manos o una pequeña bandeja, junto a otros, una enorme alberca a la que bastaba quitarle un tapón para que el agua se fuera sola.

El porqué lo descubrió luego.

Un año después Lenin se preparaba para su propia prueba en Tenería, siguiendo los consejos del hermano. Lo hacía bajo la advertencia de que durante el propedéutico apenas podría dormir media hora por día y que no debía despreciar el plato de frijoles acedos que le servirían. También comió lo que otros no querían porque sabía que sería su única fuente de energía. Así que contestó los exámenes y le tocó trabajar la tierra.

Bueno, si a eso se le llamaba “trabajar”, porque le dieron una pala doblada y, para cortar yerba, un machete sin filo. No dijo nada porque ya estaba consciente de aquello, pero su carácter le impidió continuar. Ese mismo día los mandó al diablo, enojado y decepcionado porque las pruebas eran todavía más dementes de lo que su hermano Julio César le había anticipado.

—¿Y ’ora, carnal? —le preguntó a Lenin cuando lo vio entrar a la casa.

—Me salí —respondió Lenin, secamente.

Ese día, el hermano menor dijo adiós al normalismo rural y eligió la carrera de administración en un tecnológico regional.

“El propedéutico no existía antes, pero tiene una razón de ser —dice el profesor Cuitláhuac, haciendo memoria—. Antes del propedéutico, Tenería era una de las escuelas más reconocidas, pero ahora, lo digo porque lo he visto, forma personas pasivas, obedientes y serviles. La práctica docente de esas personas fracasa porque, en primer lugar, ya no quieren ser maestros rurales”.

Las pruebas tienen sus antecedentes cercanos en 1997 en la Normal Rural “Luis Villarreal” de El Mexe, Hidalgo, cuando Jesús Murillo Karam era gobernador de aquella entidad y Miguel Ángel Osorio Chong era su secretario de Gobierno. Era la normal más politizada de México, pero en 1995 uno de los líderes del Comité, apodado El Pantera, había decidido secuestrar camiones y vandalizar sin razón aparente, una práctica erradicada de esa institución desde hacía algunos años.

Dos años más tarde, en 1999, llevó a los estudiantes a enfrentamientos innecesarios contra las autoridades, decididas a cerrar aquella escuela con la excusa de la violencia. La madrugada del 19 de febrero de 2000, la escuela fue tomada por 300 granaderos y al menos 700 estudiantes fueron detenidos y recluidos en diferentes prisiones. En respuesta, otros normalistas y padres de familia se organizaron para recuperarla con palos y piedras.

Enfrentaron a los policías, capturando a 68 granaderos, quienes fueron exhibidos en la plaza de la cabecera municipal junto con 15 armas largas AR-15, decenas de escopetas y lanzagranadas, varios escudos y toletes. Los estudiantes liberarían a los policías si el gobierno estatal soltaba a todos los detenidos y resolvía un pliego petitorio.

El gobierno aceptó las condiciones, amplió la matrícula, aumentó plazas para los egresados y reorganizó la estructura académica y administrativa de la escuela, asegurando la sobrevivencia de la institución durante tres años, porque en 2003 las divisiones internas de la comunidad estudiantil —alentadas y coordinadas por infiltrados del gobierno estatal— permitieron a Osorio Chong, ya como gobernador, cerrarla definitivamente. En 2005, Chong argumentó que los maestros rurales no eran necesarios.

Utilizados, infiltrados y manipulados por el gobierno estatal, los alumnos perdieron El Mexe y también ayudaron, sin querer, a establecer uno de los estereotipos más arraigados en parte de la ciudadanía mexicana: aquel que muestra a los estudiantes normalistas rurales como vándalos y parásitos que chantajean al Estado.

“Los propedéuticos no son idea de los normalistas, sino de infiltrados del mismo gobierno y usan esas pruebas para justificar el cierre de las escuelas. En Tenería ya pocos profesores son éticos, progresistas y rurales. Yo lo digo: por ahí van a cerrar las normales rurales, por los propedéuticos inhumanos”, alerta el profesor Cuitláhuac Mondragón.

Julio César se mantuvo en la normal durante dos semestres. Cumplía con todo, hasta con pedir dinero para la escuela con la esperanza de que lo recabado se usara en beneficio de ella, no obstante que externaba su desacuerdo con dicha actividad. ¿Para qué botear si el dinero iba para otros fines? Desde la visión de Julio César, Tenería no tenía necesidades apremiantes porque el gobierno del Estado de México la trataba bien con los presupuestos.

Poco a poco el enojo se le fue desbordando a Julio César y un día no pudo aguantarse. La razón de que lo expulsaran en 2010 de Tenería la relata uno de sus amigos en esa escuela, quien recuerda que en una reunión del Comité de Alumnos se daba a conocer el estado financiero. Julio César escuchaba las explicaciones y miraba las cuentas que se les entregaban a los presentes. De pronto se levantó, pidió la palabra y desde su asiento se dirigió a los que estaban al frente. Y preguntó, directo y sin rodeos, por el dinero que se había juntado para la escuela.

Se hizo el silencio. Julio César, aprovechando el paréntesis, les reventó allí a los dirigentes: “Muy comunistas, muy socialistas, y mírense, robando el dinero de la escuela”. Después abandonó el lugar.

Su salida era cuestión de tiempo. Faltaba, era cierto, y su familia, a la que nunca le dijo las verdaderas razones, atribuyó las ausencias a la muerte de su abuela Guillermina Fontes. Las faltas fueron una de las causas reglamentarias para que el Comité lo diera de baja. Pero lo cierto es que “Tenería se molestó con él porque les dijo sus verdades”, recuerda su amigo.

Cuitláhuac, su tío, hablaría con el secretario general del Comité, quien le dijo que su sobrino era apático para las actividades físicas y que además los criticaba mucho. Les echaba en cara que se faltara tanto y que “los alumnos [hicieran] mucha flojera”.

—Está bien que no haya clases, pero que Julio no lo divulgue —dijo al final Carlos Próspero, uno de los subdirectores administrativos que no movieron un dedo para ayudar al estudiante, sabiendo que las razones de la salida eran otras.

Julio César también criticó a los del Comité por vivir como ricos. En un ambiente de pobreza, los dirigentes tenían en sus habitaciones televisión por cable y gastaban en relojes caros. Fue por esos días cuando Julio César tomó la determinación de encabezar la Secretaría General de la FECSM para terminar con las prácticas antinormalistas y apoyar las verdaderas necesidades sociales.

La boleta de Julio César Mondragón Fontes en la normal mostraba buenas calificaciones. Entonces decidió probar suerte en el Distrito Federal, en la Benemérita Escuela Nacional de Maestros, pero los traslados resultaron imposibles. Cuatro horas en camiones redujeron a nada esa aventura que, sin embargo, duró seis meses. Mejor se puso a trabajar. Se alquilaba en el campo porque su fortaleza física lo ayudaba sin problemas a soportar largas jornadas. También trabajó en una tienda Oxxo y estuvo en la construcción del nuevo penal de Tenancingo, donde lo contrataron como peón.

Si bien probó suerte en un tecnológico privado de su comunidad, las colegiaturas y su vocación lo orientaban de nuevo hacia las normales. Al mismo tiempo conoció en un baile escolar a la profesora tlaxcalteca Marisa Mendoza Cahuatzin. Se hicieron novios y Julio César supo que su vocación se reafirmaba.

—No, carnal, lo mío es el normalismo y voy a regresar —le dijo a Lenin una vez.

Escogió la normal de Tiripetío, Michoacán, y se preparó para los exámenes, en 2013, que incluían otro propedéutico, aunque no al estilo de Tenería. Pero la experiencia michoacana fue más de lo mismo. Mientras se desarrollaban los exámenes, los pusieron a botear y a Julio César le tocó pedir a los tripulantes de una camioneta, “una troca tipo narco”, contaría después, cuyo conductor bajó la ventanilla para meter un billete de mil pesos en la alcancía. Julio César no supo qué hacer.

—Ahí ’stamos —le dijo el hombre, tocándose el sombrero en señal de despedida y arrancando el vehículo.

Esa jornada terminaría bien para todos, menos para Julio César, porque, reunidos más tarde y en presencia de delegados observadores de otras escuelas, entregó lo que había recolectado.

—¿Y ese dinero para dónde va? ¿Y dónde está el billete de mil pesos? —preguntó entonces Julio César.

—Tú cállate —fue la respuesta que recibió, aunque observadores de otras escuelas que estaban presentes le dieron la razón al joven.

Después, los de Tiripetío le dijeron en privado que esa pregunta le costaría la permanencia.

—Aquí no te quedas —sentenciaron.

Y así fue.

—Abrí mi bocota y los cuestioné —contó luego Julio César a su familia, cuando se hizo oficial que en Tiripetío no se quedaría.

El embarazo de Marisa y hacer vida común le exigían recursos. Volvió al trabajo, esta vez como guardia en los autobuses Caminante, en la central camionera de Observatorio, Ciudad de México, y después como custodio en el centro comercial Santa Fe, también de la capital. Pero no dejaba de ayudar en las faenas comunales en su pueblo, Tecomatlán, a las que iba sin recibir pago alguno.

“Cómo lo extrañan los delegados”, señala Afrodita, su madre, cuando recuerda el trabajo que hacía su hijo para el pueblo.

Después de Iguala nada queda del joven que levantaba a su madre a la medianoche para que le asara un plátano macho y lo acompañara a la mesa para comérselo. Nada queda de las últimas pláticas en las que el normalista encargó a su bebé con ella. “Yo ya me voy”, le decía, y ella creía que se refería simplemente a volver a la normal.

 

El objetivo: desaparecer las normales rurales

 

Se ha escrito ampliamente sobre el origen de las normales rurales. De modo que es necesario sintetizar sus rasgos más importantes para entender su contribución al proceso educativo. Se fundaron después de la Revolución y son consideradas una de sus conquistas más importantes. La educación rural tenía importancia fundamental porque la mayoría de los mexicanos se ocupaba de cuestiones agrarias: 72% de la población total vivía en el campo.1

Dado el origen del nuevo gobierno, el concepto de justicia social fue de gran relevancia en el discurso político de la época. El compromiso por la educación era otro y el objetivo era apoyar sectores históricamente excluidos. El Estado emprendió un proyecto de proporciones gigantescas para transformar la vida de campesinos e indígenas.

Fue el teórico Moisés Sáenz quien impulsó la creación de esas escuelas para reducir la brecha entre ciudad y campo, integrando a la población indígena y mestiza del México rural a la vida nacional.

Las normales rurales se desprenden de la fusión de las normales regionales y las escuelas centrales agrícolas, constituidas a principios de los años 20. Esas normales regionales formaban maestros que en poco tiempo estarían capacitados para enseñar a leer, escribir e introducir técnicas agrícolas bajo el modelo de internado mixto de 50 alumnos; funcionaban con poco presupuesto y mínima supervisión de la Secretaría de Educación Pública (SEP).

Por su parte, las escuelas centrales agrícolas se crearon en el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles como un proyecto que, con maquinaria moderna, organización cooperativista y crédito público, debía mejorar la producción del agro.

A principios de 1930 esas dos instituciones se fusionaron junto con las llamadas Misiones Culturales4 e integraron las escuelas regionales campesinas para cumplir un plan de estudios de cuatro años que formaría maestros rurales y técnicos agrícolas. Los estudiantes serían de origen campesino y la estructura cooperativa haría posible la autosuficiencia. También combatirían las necesidades de las comunidades aledañas. En 1926, las regionales campesinas se transformaron, por fin, en normales rurales y en seis años ya había 16 de ellas.

La primera estuvo en Tacámbaro, Michoacán, en 1921, y rendía cuentas a la recién creada SEP de José Vasconcelos. Fue relativamente fácil echarla a andar porque contaba con el apoyo del general Francisco J. Múgica, gobernador izquierdista, quien al año siguiente atestiguó la fundación de más rurales en su entidad en Ciudad Hidalgo, Uruapan y Huetamo. El gobierno de Múgica dedicó la mitad de su presupuesto a la educación y por eso pudo duplicar el salario mínimo de los maestros —cinco pesos diarios—, que se pagaba puntualmente cada 15 días, hecho insólito hasta entonces.

Sin embargo, la Normal Rural de Tacámbaro y otras no fueron bien vistas por los hacendados ni por el clero. Los curas las llamaban “escuelas del diablo” desde entonces. La Iglesia amenazó con excomulgar a las familias de los inscritos y comenzó a correr rumores sobre prácticas inmorales en los internados.

El normalismo rural pronto cosechó sus primeros enemigos, que desde entonces nunca lo abandonarían. Los terratenientes, las compañías mineras y las empresas forestales aliadas con el clero engañaban y amenazaban a los campesinos, haciéndolos dudar de la labor del maestro.

Tras la Guerra Cristera (1926-1929), la Normal Rural de Tacámbaro fue reubicada varias veces hasta que en 1949 se instaló en Tiripetío, en la ex hacienda de Coapa, una acción simbólica que hacía referencia al reparto agrario de la Revolución: no sólo tierras para los campesinos, educación también. El nacimiento de la primera normal rural, en su organización como en su modelo educativo, constituía un acto de justicia.

Las normales rurales se convirtieron en la única vía por la que campesinos e indígenas podían mejorar sus condiciones de vida. La relación que se estableció entre maestros y campesinos pronto fue indisoluble porque las normales eran también un centro de convivencia social donde lo mismo se iba a escuchar la radio que a despiojar niños y alimentar a los estudiantes, cuidar enfermos y hasta gestionar créditos gubernamentales. Eran espacios de influencia.

El sentido de justicia social en las normales rurales, la enseñanza práctica, la simbiosis entre escuela y comunidad, así como la castellanización de los indígenas, la educación técnica y el vínculo con el reparto agrario que impulsó el presidente Lázaro Cárdenas tuvieron un impacto fuerte y positivo en las normales. Fue con Cárdenas cuando el presupuesto para las Escuelas Regionales Campesinas se incrementaría y el número de planteles llegaría a 35.

También se preponderó el papel del maestro como líder comunitario, no sólo en términos culturales y económicos, sino políticos. Sin saber o sin entender aún las consecuencias de darle poder al maestro, se fortaleció la experiencia del autogobierno.

Razones para reprimirlas o desaparecerlas había de sobra desde la óptica de los gobiernos posteriores al de Cárdenas: educación socialista, exclusión de toda doctrina religiosa, combate al fanatismo, así como a los prejuicios.

Si bien el “sufrimiento” de las normales rurales recibió más atención a partir de 1940 con la llegada de Manuel Ávila Camacho a la Presidencia, sus problemas graves habían estallado a raíz de la expropiación petrolera, cuando cayó el presupuesto destinado a ellas. Maestros, alumnos y campesinos se organizaron para exigir tierras y mayor apoyo para combatir el deterioro de internados y escuelas.

En 1935 nació en la Central Campesina de El Roque, Guanajuato, la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM), formada por alumnos de todas las escuelas normales rurales, pero el gobierno nunca entendió la intención de esa agrupación y para 1941 el avilacamachismo la consideraba un dolor de cabeza.

En menos de dos años, la organización estudiantil y la lucha por el liderazgo del movimiento magisterial en todo el país fueron vistas como una amenaza para el gobierno y Ávila Camacho ordenó crear el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) para el servicio de la Presidencia de la República.

La respuesta presidencial también ha sido la misma desde los años 40: una campaña para acabar con a la “disidencia comunista” y la aniquilación de escuelas regionales campesinas a fin de transformarlas en escuelas prácticas de agricultura, además del cierre de planteles que apenas dejó 18 normales rurales con vida. En 1943 se separó a los estudiantes en planteles unisexuales (nueve para varones y nueve para mujeres) y en 1945 se unificó el plan de estudios junto con el de las normales urbanas.

La situación para los normalistas se agravó durante el mandato de Miguel Alemán, quien frenó la Reforma Agraria y privilegió el capital privado para crear una agricultura de alto rendimiento a costa de la sobreexplotación del campo y los campesinos.

Para los años 60 fueron cotidianas las agresiones gubernamentales, pero la organización estudiantil mantuvo sólidos los motivos fundacionales, evitó la reducción de matrículas y conservó los internados, las becas y las prácticas rurales. Los estudiantes también luchaban por mantener la educación socialista a través de los Comités de Orientación Política e Ideológica (COPI), vigentes hasta la fecha, que abordan y estudian al marxismo-leninismo para entender la realidad del país y su condición social de exclusión y discriminación.

Las normales rurales se sumaron al movimiento estudiantil de 1968, en el cual tuvieron una participación activa y destacada. Después de la represión en Tlatelolco, los normalistas recibieron uno de los golpes más brutales de su historia porque Gustavo Díaz Ordaz cerraba 15 de las 29 escuelas que había y fueron convertidas en secundarias técnicas bajo la consigna de que eran semilleros de guerrilleros y grupos armados.

La década de los 70 representó para los normalistas persecución y represión sin cuartel. En plena Guerra Sucia, emprendida por el presidente Luis Echeverría, se utilizaron como referencia violenta y enemigos del Estado imágenes de Arturo Gámiz, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, líderes comunitarios y profesores normalistas que participaron en la organización de movimientos guerrilleros.

Como se difundió la idea de que las normales rurales eran formadoras de movimientos armados y no cumplían con el papel de escuelas, el gobierno tuvo la oportunidad de mantener una política de abandono, agresión y hostilidad, obligando a la FECSM a pasar a la clandestinidad.

Y así llegaron a 1982, cuando la mayoría de las normales rurales se declaró en huelga para exigir al gobierno lo mismo que en años anteriores. La respuesta también fue la misma: ataques del Ejército y la policía.

En suma, desde 1922 se han fundado 43 normales rurales, tres centros normalistas regionales, tres normales urbanas, tres urbanas federalizadas y una normal indígena, un total de 53 escuelas, aunque nunca funcionaron al mismo tiempo y algunas fueron reubicadas o convertidas en secundarias técnicas o universidades politécnicas.

Con artimañas distintas, en 93 años el gobierno federal ha cerrado 35. Actualmente funcionan sólo 16 normales rurales, un centro normal regional y la Normal Indígena de Cherán, en Michoacán, las cuales desde 2013 atienden a una población que ronda los 6 mil 590 alumnos. Esto contrasta con el crecimiento exponencial de las normales privadas.

De acuerdo con cifras oficiales, para 2007 había 468 escuelas normales en todo el país: 287 públicas y 181 privadas que atendían a una población de 160 mil estudiantes; cinco años más tarde había 489 escuelas normales: 271 públicas y 218 privadas, con una matrícula de 134 mil alumnos. Así pues, 16 normales públicas dejaron de funcionar, y a cambio se crearon 17 privadas.

 

Los papeles abiertos de la historia

No resulta difícil comprender que los estudiantes de las normales rurales se involucraran e incluso encabezaran luchas armadas, como lo hizo Lucio Cabañas Barrientos, alumno de Ayotzinapa, secretario general de la FECSM en 1962, y quien cinco años después, en 1967, se internara en la sierra de Guerrero para fundar el Partido de los Pobres.

Su capacidad organizativa y activismo guerrillero eran monitoreados por el gobierno mexicano, el Departamento de Estado de Estados Unidos y la CIA.

Otro profesor, egresado de la Benemérita Normal para Maestros en la Ciudad de México, Genaro Vázquez Rojas, militó en el Movimiento Revolucionario del Magisterio y luego en el Movimiento de Liberación Nacional. Formó parte de la Central Campesina Independiente (CCI) y la Asociación Cívica Guerrerense (ACG) . Tras su detención y posterior fuga de la cárcel de Iguala, constituyó la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria y sus fuerzas armadas con una estrategia político-militar dirigida por él mismo.

Misael Núñez Acosta fue alumno de Tenería en Tenancingo, Estado de México, y fundador de la CNTE, que aglutina al magisterio disidente. Pero la disidencia genera una sensación de tragedia: han sido asesinados al menos 152 de sus integrantes desde su constitución.

Durante el gobierno de Vicente Fox Quesada (2000-2006) se creó la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP), la cual esclarecería crímenes de lesa humanidad cometidos por el Estado durante la Guerra Sucia. Esa intención de actuar contra los responsables de las matanzas de 1968 y 1971 quedó en eso. Sin embargo, antes de que Fox se arrepintiera hubo un avance en 2002, cuando el acervo documental del Cisen fue trasladado al Archivo General de la Nación (AGN), en la antigua cárcel de Lecumberri.

Mudaron 4 mil 223 cajas a la Galería Uno del AGN con todo y personal de Seguridad Nacional para resguardo, administración y manejo del material debido a la complejidad del archivo, conformado por más de 58 mil expedientes y un índice analítico de 5 millones de tarjetas del Departamento de Investigación Política y Social (DIPS), la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales (DGIPS) de los gobiernos priistas de 1947 a 1989.

Ahí se encuentra información sobre actores relevantes: empresarios, estudiantes, sindicalistas, artistas, intelectuales, académicos y políticos. Además, se encuentra la memoria de la Guerra Sucia contada en informes elaborados por los agentes del Estado encargados de espiar, infiltrar, detener ilegalmente, secuestrar, torturar, desaparecer y asesinar bajo el argumento de combatir cualquier indicio de organización contraria o crítica al gobierno, los “enemigos del Estado”.

En enero de 2012 se publicó la Ley Federal de Archivos, a través en la cual se establecían los plazos para reservar los “archivos históricos confidenciales” hasta por 30 años a partir del momento en que fueron creados, y por 70 años aquellos que contuvieran datos personales, catalogados como “confidenciales sensibles”.

En 2013 y 2014 se publicaron investigaciones periodísticas sobre la Guerra Sucia en las que se evidenció la brutalidad del gobierno contra organizaciones políticas, campesinas, estudiantiles o guerrilleras. Pero el acceso duró poco porque el gobierno peñista lo restringió utilizando la Ley Federal de Archivos y la Ley Federal de Transparencia y Acceso a

la Información Pública Gubernamental, reservando documentos hasta por 70 años debido a que pueden contener datos personales; es decir, torcieron la ley para evitar la consulta a pesar de no contar con información confidencial sensible que, sin embargo, desnudaba el modo de operar del Estado mexicano.

Durante la efímera apertura de los expedientes, a través de la solicitud de información con folio 0495000006008, el periodista Zósimo Camacho14 consultó más de 10 mil fojas en 31 legajos. Encontró información sobre el espionaje que el gobierno mexicano realizó a lo largo de tres décadas, en los 60, 70 y 80, de las normales rurales y la publicó en la revista Contralínea del 26 de octubre al 30 de noviembre de 2014, un mes después de Iguala.

La DFS recopilaba información con agentes de campo infiltrados en las organizaciones estudiantiles que se hacían pasar por alumnos, maestros o activistas de organizaciones sociales que obtenían nombres, apellidos y números telefónicos, pero también discursos e intervenciones de los normalistas.

La infiltración del gobierno en organizaciones estudiantiles llegó a tal grado que alentaron y financiaron al Consejo Permanente de Escuelas Normales Rurales (CPENR), dirigido por el estudiante Zenón Ramírez, para disputarle la dirección política de las escuelas a Lucio Cabañas, secretario general de la FECSM en 1963, pues de las 30 normales en funciones la FECSM controlaba 18 y el CPENR. Este último recibía apoyo político de Manuel Ortega Cervantes, dirigente del Movimiento Político de la Juventud del Movimiento de Liberación Nacional y apoyo económico de la profesora Guadalupe Ceniceros de Zavaleta, ex subdirectora de Escuelas Normales de la República, en ese momento directora de Internados de Primarias.

Pero en 1965 había movimientos que al gobierno le preocupaban más porque, de acuerdo con el informe de la DFS del 23 de septiembre de ese año, el Grupo Popular Guerrillero (GPG) —encabezado por el maestro rural Arturo Gámiz García, el líder campesino Álvaro Ríos Ramírez y el médico y profesor normalista Pablo Gómez Ramírez— coordinaba un ataque relámpago al cuartel militar en Madera, municipio rural del estado de Chihuahua. Estaba conformado por estudiantes y profesores de escuelas normales rurales y campesinos, quienes retomaban la escuela del guerrillero argentino Ernesto Che Guevara.

Esta acción es considerada una de las más importantes registradas en la historia de la insurgencia mexicana porque sacudió los cimientos del gobierno mexicano, exhibió a los caciques y latifundistas chihuahuenses y fue un detonante para la guerrilla en todo el país, pero hay información que confirma que antes, durante más de 12 meses, un grupo de 40 profesores, maestros y campesinos realizaron otras acciones, como dice la tarjeta fechada el 21 de julio de 1964, que señala que cinco agentes encabezados por Rito Caldera Zamudio habían sido comisionados para ubicar y detener a un grupo de insurgentes, los cuales sorprendieron a los policías, los rindieron y tomaron presos para después dejarlos libres. La importancia de los líderes y organizaciones estudiantiles preocupa a los mexicanos, pero también al gobierno de Estados Unidos, como consta en un informe del 14 de abril de 1966 firmado por Ángel Posada Gil, Fermín Esparza Irabién y el capitán Apolinar Ruiz Espinoza dirigido al director de la DFS, Fernando Gutiérrez Barrios. “El régimen estadounidense veía como un serio peligro a los estudiantes normalistas rurales”,16 explicaba la nota. De acuerdo con ese despacho informativo, un elemento de apellido Hoillt, de la Agencia Federal de Investigación (FBI), realizaba invitaciones al Comité Ejecutivo de la FECSM para que analizaran la propuesta de visitar Estados Unidos respaldados por becas.

Dos años antes, el 25 de febrero de 1964 un parte firmado por el agente de campo Blas García Hernández describe la coordinación entre el gobierno mexicano y el estadounidense para detener la huelga que pretendían estallar los estudiantes durante la celebración de su Congreso Nacional y la posibilidad de realizar una investigación policiaca para conocer más sobre la naturaleza de la FECSM.

Como parte de las acciones para disminuir la capacidad de movilización de la FECSM, en agosto de 1966 surgió la Federación Nacional de Normales Urbanas (FNNU). Un año después, el gobierno organizó una Asamblea Nacional de Educación Normal Rural que pretendía construir un modelo de normalismo para desaparecer los internados de las escuelas y terminar con huelgas y paros, reduciendo posibilidades de movilizaciones por alimento y hospedaje, controlar las becas e inscripciones y desapareciendo la carga política-ideológica.

La DFS compiló una gran cantidad de información sobre cada una de las escuelas, de las que sabía todo, su relación con las comunidades agrarias circunvecinas, infraestructura, número de alumnos, integrantes de los comités estudiantiles, comisariados ejidales y afiliación a la Confederación Nacional Campesina (CNC) o a la CCI, comunidades indígenas, principales cultivos, producción pecuaria y ubicación geográfica con mapas y croquis.

Simultáneamente, la Confederación de Jóvenes Mexicanos (CJM), ex aliada de la FECSM, se había unido al gobierno diazordacista y pedía la desaparición de las normales, como exhibía un desplegado publicado en El Universal el 14 de marzo de 1968. Para noviembre, cuando los alumnos regresaban de vacaciones, las normales habían sido cerradas y su mobiliario extraído. Ayotzinapa en Guerrero y Cañada Honda en Aguascalientes fueron sitiadas por el Ejército, y en otras había elementos de la 13 Zona Militar. Esta acción desató una huelga en 14 escuelas y con ello se logró abrir las 15 que el gobierno había cerrado. De todas maneras, nada terminó bien porque un año más tarde 13 escuelas fueron convertidas en Secundarias Técnicas Agropecuarias. Al intentar recuperarlas, los estudiantes se enfrentaron a contingentes de por lo menos 200 campesinos priistas respaldados por el Ejército que habían tomado las instalaciones junto con las policías locales, la DFS, el Servicio Secreto y la CNC.

Ese año la FECSM recibió el golpe más duro porque cerraron la mitad de sus escuelas. Sólo sobrevivieron aquellas en las cuales sus vecinos, la mayoría campesinos padres de los estudiantes, se solidarizaron para defenderlas. Pero el hostigamiento no se detendría y en épocas recientes una nueva andanada se desataría para alcanzar el objetivo de cerrar la totalidad de ellas.

Las normales rurales han sido condenadas a la desaparición por el gobierno federal, y Ayotzinapa por encima de todas porque representa el centro de la conciencia social en Guerrero, que también significa resistencia y organización para defender el derecho fundamental a la tierra y su riqueza que las mineras y el narcotráfico han cancelado en gran parte de México. Eso da sentido al dicho de luchadores sociales guerrerenses, Evelia Bahena entre ellos, que siempre repiten que Ayotzinapa es la razón de todo, aunque las esferas de poder busquen, y en ocasiones con desesperación, fórmulas para transformar y adecuar la realidad, incluso a través del terror.

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