Sólo personal autorizado

* El Estado de México es, desde el 1 de julio de 2012, la tierra prometida. Y han empezado a tejer sueños de que, al término de su encargo como presidente de la República, Enrique despachará en otra oficina principal, como la de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Nada les parece demasiado grande o México les ha quedado muy pequeño. Este extracto es parte del último libro del periodista y escritor Francisco Cruz, Los Golden Boy’s, editado por Planeta.

 

Francisco Cruz

Predomina el ánimo festivo en el Estado de México. Los priistas están convencidos de que si Enrique Peña quiere alcanzar una estrella, sólo necesita estirar la mano; profesan la creencia de que nada hay de extraño en amalgamar política, negocios y religión; sospechan —y lo tienen de cierto— que detrás de la reconquista presidencial está la mano negra de Arturo Montiel, Carlos Salinas, Alfredo del Mazo, la cúpula de la iglesia Católica y Emilio Azcárraga Jean, pero nada les amarga la “victoria”. Suya sienten la casa presidencial.

No se trata de un optimismo abstracto. Para ellos, el Estado de México es, desde el 1 de julio de 2012, la tierra prometida. Y han empezado a tejer sueños de que, al término de su encargo como presidente de la República, Enrique despachará en otra oficina principal, como la de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Nada les parece demasiado grande o México les ha quedado muy pequeño.

Puede probarse un rosario de operaciones irregulares en el recorrido que empezó en 2005, pero despiden con cajas destempladas a quienes hablen sobre la bien fundamentada sospecha de que en los derroches de campaña, además de cuentas bancarias repletas de dinero, se escondieron y triangularon recursos de dudosa procedencia o de empresarios, gobiernos estatales, altos e influyentes burócratas de los estados, viejos políticos priistas e hijos de estos convertidos en intermediarios para maquinar un escandaloso fraude electoral.

El periodista Jenaro Villamil, de la revista Proceso, en su artículo “Peña Nieto, lo anacrónico como moderno” lo escribe de la siguiente manera: “Montiel es el jefe máximo de esta aventura que dejó inconclusa en 2006. A nadie le preocupa porque Televisa, juez y parte en el escándalo de corrupción montielista, ahora es la gran plataforma para que Peña y el Grupo Atlacomulco puedan retornar al viejo proyecto”.

Adoptado en 2005 por Azcárraga, accionista mayor de Televisa, gracias a las generosas sumas de dinero que el gobierno mexiquense destinaba para exaltar su imagen como candidato a gobernador, luego en el cargo y, por último, como candidato presidencial, Peña no sólo tuvo éxito entre los círculos selectos del poder, sino entre un empresariado urgido de alguien que mantuviera la hegemonía del capital y ampliara el horizonte de sus ganancias.

Los adjetivos para exaltar la personalidad se multiplicaron. Dio para futbol, telenovelas, revistas del corazón, transmisiones de un discutible contenido cómico y programas de información o segmentos de opinión sesgados que se ofrecen en señal abierta. Ninguno escapó a la dosis de simpleza que, con todo empeño, las televisoras dotan a sus producciones. Por lo mismo, no puede hablarse de una casualidad entre marketing, Peña y la campaña electoral que terminó con los comicios presidenciales.

Con Televisa como su centro gravitacional, Enrique fue visto como un “líder” nato. Y empezó a ocupar espacios privilegiados en los noticieros de la televisora, corporación dedicada a la política a través de la exposición mediática de determinados personajes. Hacía mucho que la televisión había encontrado en la elaboración de “contenidos chatarra” un nicho de mercado que le proporcionaba enormes cantidades de dinero.

Desde hace años, los productos más nocivos para el mexicano promedio son TV Azteca y Televisa. Allí es donde Peña se cobijó, encontró a unos aliados poderosos que parecen decidir la vida del mexicano por encima de cualquier gobierno o forma de organización. Televisa construyó primero a los mexiquenses, y luego a todos los mexicanos, un nuevo “héroe” de dimensiones insospechadas, un guapo en toda la extensión de la palabra—un baby face, como lo bautizaron los cartonistas Helguera y Hernández—.

Tras la paulatina difusión de su imagen, el vergonzoso retiro de Montiel como precandidato presidencial, y las campañas negras contra Andrés Manuel López Obrador, el despegue llegó en forma “natural”. Sin embargo, había algunas razones de fondo que, valga la expresión, todo mundo quería ocultar: Peña gobernaba el estado más poblado del país, con 15.2 millones de habitantes, pero también manejaba un presupuesto anual cercano a 100 mil millones de pesos que aumentaba en forma desmesurada. Para 2012 se ubicaba ya en $165, 642’ 766, 034.00 pesos o, para leerlo mejor, 165 mil 642 millones 766 mil pesos con 34 centavos, sin contar las participaciones extraordinarias de los excedentes petroleros.

Ni siquiera le hacían sombra los recursos del Distrito Federal, la capital mexicana que desde 1999 gobierna la izquierda. La cantidad de ingresos que aportaban los contribuyentes mexiquenses y el destino que se dio a muchos de ellos —publicidad directa y triangulada— puso en evidencia la estrecha vinculación política entre Emilio Azcárraga Jean y Peña —o los recursos del Estado de México, que para el caso era lo mismo—.

Aunque los priistas se hacen de la vista gorda, pocos creyeron que esa unión tuviera un origen distinto al de los dineros públicos. En 2005, apenas consumado el primer trimestre de su gobierno, Peña pactaba una ambiciosa estrategia de publicidad por un total de 742 millones de pesos que incluía, además de tiempo aire, asesoría en materia política y de comunicación a cargo de las empresas intermediarias Tv Promo y Radar Servicios Especializado.

El contrato, ampliamente divulgado y documentado por Jenaro Villamil —en su libro Si yo fuera Presidente. El reality show de Peña Nieto, Grijalbo, 2009— se firmó a finales de 2005 y presenta las rúbricas del titular de Comunicación Social mexiquense, David López, y de la representante de TV Promo y Radar Servicios Especializados, Jessica de la Madrid. El documento revela que se trató de una estrategia de publicidad por 742 millones de pesos, de los cuales 691 millones se destinarían a la publicidad televisiva y el resto a asesoría política y de comunicación.

Luego entró en escena la “ventaja” electoral —poco más de 10 millones de potenciales votantes—, el amparo de Salinas y, por último, la empresarial: el Estado de México cuenta con 90 parques y zonas industriales, dos de las cuales se encuentran entre los tres corredores más ricos e importantes del país: el Toluca-Lerma y el Naucalpan-Tlalnepantla.

No era ningún secreto que, desde que ganaron la Presidencia de la República en 2000, los panistas habían perdido credibilidad. Para 2007, cuando ya se sentía con fuerza la bota militar de Felipe Calderón, el país entraba en una espiral de muertos y estallaba una de las peores crisis económicas. También se había descubierto que los panistas estaban transformados en una viva imagen del PRI, el de los negocios sucios y ocultos, el del nepotismo y el compadrazgo, el de la simulación y la tranza.

Años más tarde —20 de agosto de 2012—, un informe interno de la dirigencia nacional del PAN entregado a la revista electrónica Reporte Índigo asentaría: “En el comportamiento de los panistas no aplica la fuerza de las ideas, sino la fuerza del interés, la nómina y el poder. Se perdió la responsabilidad ética ante el juicio ciudadano, algunos comités del PAN han caído en malas prácticas del PRI. […] Se disfrazan, eluden o minimizan los problemas. Se han tolerado actos de corrupción de militantes y funcionarios panistas. Existe manipulación de los procesos internos, se permite la democracia simulada. […] Funcionarios hacen negocios desde el gobierno. […] Hay comportamientos públicos vergonzosos e ilegales que quedan impunes. […] El gobierno federal tiene un exceso de funcionarios priistas. […] Ayuntamientos y legisladores panistas están cooptados por el crimen organizado. [Y] en algunos lugares seguimos pagando a los representantes de casilla, movilización e incluso pagamos el voto”.

Para 2006, la lectura era clara: Calderón llegó a la Presidencia porque el izquierdista López Obrador no encajaba en los planes de los poderes fácticos. Y desde el Estado de México algunas familias poderosas hicieron guiños. Enrique Peña Nieto podía y debía convertirse en el hombre clave para mantener el proyecto neoliberal que se impuso en el régimen presidencial de Miguel de la Madrid Hurtado y se consolidó en el de Carlos Salinas de Gortari.

Institucionalizadas las viejas prácticas corruptas priistas en el PAN —que mostraron todo su esplendor con la burda imposición de los michoacanos Germán Martínez Cázares y José César Nava Vázquez, como presidentes del PAN, así como la escandalosa impunidad de Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública, o los documentados excesos y abusos de Margarita Zavala y Felipe Calderón—, el Estado de México sedujo a las élites del poder.

La pérdida de confianza en los panistas mostró que el Estado de México nunca fue una entidad cualquiera: magnates, empresarios, industriales, obispos, arzobispos, cardenales, banqueros, comerciantes, intelectuales e investigadores “redescubrieron” qué representa y por qué el Grupo Atlacomulco se convirtió en el más longevo y poderoso clan político familiar de México.

Aunque sólo la conocían por encimita, la prensa habló maravillada, y maravillas, de la entidad que gobernaba Peña y su desarrollo empresarial. Las anécdotas sobre él, como personaje, también empezaron a aparecer. “Es político, pero si fuera deportista, Peña sería el novato revelación de la temporada”, escribió Inti Vargas el 12 de abril de 2005, en una biografía resumida que publicó en el periódico Reforma […] “Siempre ha cuidado su imagen, una apariencia de muy bueno, de muy propio, explica una ex compañera de clases, yo creo que siempre quiso ser gobernador y encontró quién lo apoyara. […] Nació en Atlacomulco y vivió ahí sus primeros años, hasta que su papá, también llamado Enrique, fue director de Compañía de Luz y Fuerza del Centro y la familia se mudó a Toluca. […] Aquí lo conocimos como ‘Enriquito’ […] La estabilidad familiar es uno de sus activos. […] Está casado desde hace 10 años con Mónica Pretelini, con quien tiene tres hijos, los únicos a quien contesta el teléfono todo el tiempo, aunque se encuentre en reuniones privadas. Puede estar en el evento más importante, pero si uno de sus hijos trae las agujetas desatadas, se detiene a amarrarlas, es muy hogareño, muy apegado a su familia.”

Peña, pues, se transformó en el verdadero Golden Boy y el Estado de México en territorio de ambición porque allí se asientan familias de empresarios poderosos. Es el caso de los Hank Rhon, dueños de los grupos Financiero Interacciones y Hermes, establecidos en su amurallada fortaleza de Santiago Tianguistenco y que tuvieron su origen en el humilde y oscuro profesor Carlos Mario Hank González, quien al amparo del gobierno se alzó como uno de los políticos-empresarios más poderosos de México.

La apuesta con los empresarios tampoco era nueva. Éstos tenían razones para confiar. La historia respaldaba cualquier aseveración o, mejor, borraba cualquier duda que pudiera surgir. A partir de marzo de 1942, Isidro Fabela y Alfredo del Mazo Vélez, por ejemplo, sellaron una alianza sólida con Luis Gutiérrez Dosal, “famoso” acaparador del maíz, azúcar y alcohol del Valle de Toluca. Gutiérrez Dosal tenía, además, otros atractivos muy conocidos porque era un personaje cercano a los generales y coroneles de la zona militar.

Según se sabe, Gutiérrez Dosal tenía su centro de operaciones en la hacienda Doña Rosa, que se convertiría en oficinas y almacenes de la delegación estatal de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo), la cual era vigilada por soldados. La sola presencia de los militares representaba un mensaje claro en el sentido de que nadie se metería en los negocios del español Gutiérrez Dosal.

Jugando en el tablero de relaciones que se podían tejer contra los panistas y que nunca verían una alternativa en López Obrador, el atractivo de Hank era mayor por su parentesco con el banquero neoleonés Roberto González Barrera —quien murió el 25 de agosto de 2012, víctima de cáncer pancreático—, suegro de Carlos Hank Rhon.

Presidente del Grupo Maseca o Gruma, González Barrera tenía un segundo atractivo nada despreciable, debido a que su gran salto en los negocios, pero los negocios de a- de- veras, se dio durante el sexenio salinista. En 2005 controlaba una buena parte de la industria del maíz desde el sur de Estados Unidos hasta Centroamérica. Oficialmente, operaba en 13 países de Latinoamérica, Europa, Asia y Oceanía, además del sur de Estados Unidos y México.

También era propietario de Grupo Financiero Banorte, el único corporativo bancario con capital ciento por ciento mexicano. Los priistas mexiquenses esperaban que, con el apoyo de González Barrera, se diera, en automático, el de sus cuatro hijos: Roberto, Juan y Bertha González Moreno, y Roberto González Alcalá.

Como lo estableció en 2010 el libro Tierra narca, el Estado de México, refugio de los grandes capos del narcotráfico, “desde Atlacomulco y Acambay, la familia Alcántara controla a través del Grupo IAMSA al menos 8 mil unidades de autotransporte en 22 estados, que cada año movilizan a unos 260 millones de pasajeros en 70 rutas nacionales.

Los Alcántara manejan un conglomerado —cuya semilla se sembró en los gobiernos priistas de los atlacomulquenses Isidro Fabela Alfaro y Alfredo del Mazo Vélez, antepasados de Peña— que opera, entre otros, Grupo Toluca, Flecha Roja, Ómnibus de México, Flecha Amarilla, Enlaces Terrestres Nacionales (ETN), Primera Plus y Autobuses del Noreste.

Sin factura, por favor

* El modelo de campaña que se eligió para que Peña obtuviera la presidencia es el mismo que desde hace 70 años utiliza el PRI. La época electoral es en realidad un enorme negocio que mueve miles de millones de pesos, algunos de procedencia ilegal y que tiene como cereza la obtención del poder y un presupuesto inimaginable.

 

Miguel Alvarado

Eran las 4 de la tarde del viernes primero de junio del 2012. Una junta secreta se realizaba en el PRI del Estado de México, en la sede de las oficinas tricolores de Toluca, en la calle de Alfredo del Mazo, símbolo de tres integrantes del enjoyado Grupo Atlacomulco, impulsor político de la carrera pública de Enrique Peña, fantasmal puntero en encuestas que lo colocan en el primer lugar umbo a la presidencia de Los Pinos.

Esa reunión tenía como objetivo operar las órdenes provenientes del PRI nacional para recuperar el terreno que el aspirante había perdido. Un estudio interno revelaba la catástrofe. Peña sería tercer lugar en las encuestas si el voto duro no funcionaba el primero de julio. Así, en uno de los salones de aquella bodega-edificio donde despachara alguna vez Arturo Montiel como presidente del Comité Directivo Estatal, un grupo de operadores sin nombre ni rostro conocido, implementó la campaña. Cerca de mil millones de pesos se moverían desde la capital del Estado de México y serían encauzados a la compra de utilitarios. De buenas a primeras, impresores y vendedores de publicidad se encontraron con pedidos urgentes, casi imposibles, pero multimillonarios: 6 millones de playeras blancas, por 60 millones de pesos; 3 millones de pelotitas antiestrés por 18 millones de pesos, 170 mil lonas con el rostro del candidato por 10 millones de pesos, 5 millones de bolsas ecológicas por 25 millones de pesos, un número indeterminado de ceniceros, de la marca Tokai y al final, todavía el 14 de junio, cualquier cosa que tuviera impresa la imagen del esposo de La Gaviota.

Esos pedidos quebraron los mercados. El Edomex fue incapaz de responder a la disparatada demanda pero también el resto del país, cuyas fábricas y proveedores reportaban las mismas, absurdas cantidades. Algunas ciudades de plano se negaron a cotizar, pues el PRI les ha quedado mal en pagos, pero sobre todo porque “es para un partido de ladrones”, decían los comerciantes, que desdeñaban pagos en efectivo y sin obligación de entregar facturas. Finalmente, los productos fueron encontrados en el norte del país y transportados en tráileres a bodegas diseminadas por la ciudad.

El modelo de campaña que se eligió para que Peña obtuviera la presidencia es el mismo que desde hace 70 años utiliza el PRI. La época electoral es en realidad un enorme negocio que mueve miles de millones de pesos, algunos de procedencia ilegal y que tiene como cereza la obtención del poder y un presupuesto inimaginable.

Las giras electoreras representan la cristalización de un plan que se proyecta con años de anticipo y que se adapta de acuerdo a las personales necesidades de los protagonistas. El presupuesto que el PRI tuvo, para los comicios federales, fue de 537 millones 269 mil 854 pesos, más el del Verde Ecologista, de 156 millones 507 mil 101 pesos.

El 14 de junio, el diario Reforma destapaba que un empresario estadounidense, José Aquino, demandó a Enrique Peña por un supuesto fraude que alcanzaba 56 millones de dólares, cometido en California por el equipo de campaña del de Atlacomulco, concretamente Luis Videgaray, coordinador general, David López, coordinador de Comunicación, el empresario Alejandro Carrillo Garza Sada, Hugo Vigues, dueño de aviones cuya sede se encuentra en Toluca, Luis Miranda, ex secretario general de Gobierno en el sexenio de Peña como gobernador, Erwin Lino, ex secretario particular de Enrique Peña, José Carrillo Chontkowsky y Roberto Calleja, vocero del PRI y ex funcionario del gobierno mexiquense. La demanda es la EDCV12-920 VAP DTBx.

Aquino es dueño de la empresa Frontera Television Networks y había conseguido con el PRI un contrato por 56 millones de dólares para publicidades por una campaña de imagen, pero nunca recibió el dinero a pesar de un contrato firmado y sí, en cambio, encontró amenazas de uno de los empresarios involucrados, quien le dijo que los fondos “procedían de empresas relacionadas con el narco”. Sin dinero no hubo campaña pero tampoco le devolvieron los documentos originales, firmados por las partes. Aquino supone que pudieron usarse para cobrar los 56 millones.

La periodista Carmen Aristegui reproducía que “el empresario solicitó que, en caso de no prosperar el proyecto propagandístico de Peña Nieto, se le devolvieran los contratos, o en caso contrario, emprendería acciones legales. Ante esa decisión, el empresario Alejandro Carrillo Garza Sada -socio de Jiramos, SA la empresa con la que Aquino firmó el contrato- le advirtió: “más vale que no haga nada porque hasta le voy a prohibir que entre a México y le voy a quitar su empresa”.

También dijo que el empresario Hugo Viguesm aquel de los aviones en Toluca, lo amenazó: “tengan cuidado porque este dinero viene de ciertos grupos, viene de empresas relacionadas con el narco, y si hacen mucho ruido pues tengan mucho cuidado porque esto puede ser muy peligroso para ustedes”.

Una empresa, Jiramos SA, de Carrillo, habría firmado el contrato con FTN, pero luego se decidió que en lugar de promocionales, a Peña se le venderían vuelos en jet. Los 56 millones de dólares se esfumaron, no así los problemas para Aquino, quien no quiere nada con el narco y exige le regresen los papeles firmados. El empresario norteamericano cree que los nombres de los colaboradores cercanos de Peña fueron usados para beneficio de Alejandro Carrillo.

De José Ponce de Aquino se sabe que tiene orígenes mexicanos, pero el resto de los involucrados tienen un pasado vistoso. Luis Videgaray, a quien se le involucra en el caso por una llamada que hiciera Luis Miranda, frente a Aquino, para consultarlo sobre los contratos, es hoy coordinador de la campaña de Peña, pero fue el encargado de la reingeniería de la deuda pública mexiquense, en la administración de Arturo Montiel, que había contratado al despacho Protego, propiedad de Pedro Aspe, para que transformara los pesos en Unidades de Inversión. El secretario de Finanzas de Montiel era Luis Miranda Nava, mencionado también por el empresario Aquino. Luego se convirtió en el asesor estrella de Montiel y con Peña fue nombrado secretario de Finanzas, luego diputado federal y por último coordinador de campaña. Se le recuerda por su carácter irascible y su trato déspota ante los medios locales, que lo bautizaron como Harry Potter, porque era un mago de las finanzas. Era uno de los mencionados para suceder a Peña en la gubernatura.

Sobre Luis Miranda, las cosas son más oscuras. Hijo de Luis Miranda Cardozo, ex presidente del Tribunal Superior de Justicia, fue secretario de Finanzas de Montiel y secretario de Gobierno de Peña. Perdió una elección, que lo colocaría en la alcaldía de Toluca, cuando en las giras locales destacaba más su rostro agrio, oscurecido, que las palabras que discursaba. Amigo personal del gobernador Enrique Peña y del ex mandatario Montiel, conocedor de los manejos de cuentas y deudas públicas, negociador con la empresa Protego, de Pedro Aspe y miembro original de los Golden Boy´s, grupo de jóvenes impulsado por Montiel para ocupar cargos clave en su administración, era el primero en la línea sucesoria del propio ex gobernador, junto a Luis Videgaray. Al enfrentar Montiel acusaciones por enriquecimiento ilícito, Miranda fue arrastrado en las investigaciones contra el ex mandatario junto con la familia de Arturo, un ex colaborador y 13 ex diputados locales, a quienes el regidor perredista por Tlalnepantla, José Luis Cortés, acusó de recibir 25 millones de pesos cada uno por aprobar las cuentas públicas e iniciativas de aquella administración. Miguel Sámano, ex secretario particular de Montiel y Carlos Rello, ex secretario de Desarrollo Económico también fueron implicados.

A Miranda se le imputó participar en desvío de recursos, lavado de dinero y delincuencia organizada al prestar su nombre para que Montiel comprara inmuebles. Se le documentaron hasta 123 propiedades en el Edomex a nombre de sus familiares

El 13 de enero del 2006, la Procuraduría estatal, dirigida por Alfonso Navarrete Prida y quien está inscrito por Huixquilucan para competir por una diputación federal en el 2009, exoneró a Montiel, la familia de éste y al propio Miranda Nava. Fue señalado de ser prestanombres de Montiel para al menos la compra de un inmueble en Tonatico.

Erwin Lino fue secretario particular de Peña cuando gobernador. Cosniderado el más poderos dentro del círculo del candidato, fue el encargado de la realización de los Foros Biarritz en Valle de Bravo cuando fueron usados por Montiel para preparar su precampaña presidencial, estuvo también al frente de la Dirección General de la Micro y Pequeña Empresa en el 2004. Representaba a Peña en actos políticos y en el 2011 participaba ya en la integración de la Comisión Política Permanente del Consejo Político Nacional del PRI que eligió el método de elección para apuntalar a Peña en su aspirantía. Es señalado, junto con Luis Miranda Nava, como uno de los operadores que echó por la boda la alianza política que pretendía unir a panistas y perredistas en el 2009 para competir en las elecciones de aquel año en el Edomex y que pretendía frenar el poder político e influencias del peñismo. Siempre mantuvo bajo perfil público pero es uno de los más activos operadores políticos. Se le considera experto en temas del campo y está políticamente ligado al apellido Velasco, concretamente el de Héctor Velasco Monroy, líder cenecista en el Estado de México y emparentado con las familias de Atlacomulco que dan sustento político a Peña Nieto.

David López es el comunicador de cabecera del Grupo Atlacomulco. Encabezó la primera dirección de Radio y Televisión Mexiquense y era coordinador de Comunicación en la precampaña de Alfredo del Mazo para la presidencia, en 1998, carrera que perdió ante Carlos Salinas. López es identificado con el Chilorio Power, un grupo de voceros con sueldo de secretarios de Estado que coordinan agendas para políticos del corte de Peña. López es identificado como el negociador directo de campañas de publicidad con Televisa y TV Azteca. Su hijo, del mismo nombre, hace campaña para una diputación local por Metepec, donde fue alcalde suplente y sexto regidor.

Peña y su PRI respondieron como se esperaba. Una “vulgar extorsión”, dijeron y se deslindaron del empresario Garza Sada.

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