Pasado presidencial

* “La ejecución de los escoltas de la familia Peña Pretelini, la muerte de Mónica Pretelini y las llamadas interceptadas por la PGR pertenecen al anecdotario o la historia política de una entidad que, en el sexenio de Peña, vio pasar a cuatro titulares de la Procuraduría de Justicia: Alfonso Navarrete Prida, Abel Villicaña Estrada, Alberto Bazbaz Sacal y Alfredo Castillo Cervantes—. Con dos, Navarrete y Castillo, insertos en 2012 en el equipo presidencial peñista”, escribe el periodista Francisco Cruz en su libro Los Golden Boy’s, editado por Planeta en el 2012 y al cual pertenece este texto.

 

Francisco Cruz Jiménez

Transcurría la mañana del 11 de enero (del 2007) cuando fuentes extraoficiales confirmaron que, en los primeros minutos de la madrugada de ese jueves, Mónica Pretelini de Peña, en ese entonces esposa del gobernador mexiquense, Enrique Peña Nieto, había muerto a los 44 años de edad. La noticia estremeció y puso a la expectativa a todo el país. Encabezado por Peña, el gobierno del Estado de México calló deliberadamente y no hizo nada por aclarar rumores de todos los calibres —incluidos uno sobre suicidio y otro sobre homicidio—, ni las contradicciones que se hicieron públicas y se convirtieron en una fuente inagotable de especulaciones que aún persiguen a Peña.

Seis años después, nadie sabe a ciencia cierta qué sucedió. No lo saben ni siquiera los médicos que la atendieron aquella noche en la Cruz Roja, ni los empleados del Centro Médico de Toluca —en Metepec— y del Instituto de Seguridad Social del Estado de México y Municipios (ISSEMyM), a quienes se les preguntó insistentemente si allí se encontraba internada una persona de apellido Pretelini, debido a que muchos sabían que, antes del traslado a la Ciudad de México, en esos tres lugares se había atendido a la esposa del gobernador. Sin embargo, el tiempo se ha encargado de diseminar y alimentar las dudas en torno al súbito fallecimiento.

Miguel Alvarado escribió el 11 de enero de 2009 en el semanario Nuestro Tiempo: “La vida de Peña se convulsionó a partir de entonces, epilépticamente desgarrada. Pero el luto no duró mucho. Pronto estaba de vuelta, tratando muy a su manera la administración estatal. El nombre de Mónica pronto fue sustituido y una larga lista de aspirantas [sic] al DIF estatal apareció en la agenda del llamado Viudo de Oro”.

En el sótano quedaron los recuerdos de Mónica, sus reclamos por las aventuras extramaritales de Peña y los secretos de una enfermedad desconocida. No obstante, su muerte no ha dejado de ser un amasijo de secretos mal guardados, mezclados con habladurías que el tiempo y el manejo que de ellos hizo el ex gobernador la han mantenido vigente. Todavía, más allá del simple morbo que representa ver sufrir a una familia por cuestiones del corazón, falta conocer el desenlace de historias paralelas, tal es el caso del asesinato de los guardias que cuidaban la seguridad de la familia Peña-Pretelini, una pista poco explorada, al menos en lo periodístico.

El atentado ocurrió la noche del 10 de mayo de 2007 y cobró la vida de los agentes mexiquenses Roberto Delgado Nabor, Erick Rey López Sosa, Guillermo Ortega Serrano y Fermín Esquivel Almazán —de 24, 37, 34 y 35 años de edad, respectivamente—, todos elementos de élite y  confianza comisionados por la Agencia de Seguridad Estatal.

Pequeños detalles contenidos en documentos de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) —archivados en juzgados federales o agencias del Ministerio Público a los que se tiene acceso en los primeros días de enero de 2012— muestran, entre otras cosas, por qué las autoridades mexiquenses se apresuraron a declarar, anticipándose a las autoridades judiciales veracruzanas, que los cuatro guardaespaldas de la familia Peña Pretelini fueron víctimas de matones al servicio del narcotráfico.

Ciertamente, el atentado estuvo a cargo de los capos del crimen organizado —como declaró Humberto Benítez Treviño, secretario general de Gobierno en esos tiempos— la noche en que los escoltas de Peña resguardaban la seguridad de sus hijos Paulina, Alejandro y Nicole, quienes vacacionaban en el puerto acompañados por su abuelos maternos Hugo Pretelini y Olga Sáenz, además de Claudia, hermana de Mónica. Pero se omitió decir quién había dado la orden, así como los intereses que se movían detrás.

Muertos los cuatro escoltas, los asesinos se perdieron en la zona turística del puerto. El caso quedó enterrado en los panteones de Zinacantepec y Toluca junto con los cuerpos, ya sin vida, de los cuatro agentes. Mientras  a los familiares se les consoló  con 370 mil pesos de seguros  y una compensación por cada uno de los muertos, a cambio de discreción. Todos callaron, pero muy pocos repararon en que Fermín Esquivel era una de las pocas personas que conocía detalles de la vida matrimonial de Enrique Peña y Mónica Pretelini porque su comisión oficial con la pareja no había comenzado el día de su asesinato, sino que llevaba varios años trabajando como escolta de la familia.

El asesinato terminó por perderse en una maraña burocrática judicial a partir del lunes 20 de mayo de 2008, cuando un comando de encapuchados irrumpió en un domicilio de la avenida 16 de Septiembre en Luvianos —un pequeño municipio al sur del estado, sumido en la pobreza y bajo el dominio de El Chapo Guzmán, Los Zetas y La Familia Michoacana—, y ejecutó al maestro Ranferi González Peña, un supervisor escolar de zona de cuarenta y cinco años de edad, considerado hasta ese momento cabecilla de los asesinos a sueldo de La Familia.

El homicidio fue perpetrado con, al menos, una decena de descargas de armas de fuego de alto poder. Los asesinos encapuchados —quienes vestían uniformes negros con las siglas de la Agencia Federal de Investigaciones  (AFI) y la Agencia de Seguridad Estatal  (ASE)— abordaron dos camionetas que los esperaban y huyeron. Pero cuando la familia de la víctima aún no salía del estupor, regresaron por el cadáver y lo metieron en uno de los vehículos. De allí se dirigieron a una casa de materiales, donde secuestraron al arquitecto Ranferi González Rodríguez, hijo de González Peña.

Aunque sólo se habló de dos camionetas, vecinos de la familia recuerdan que, a las ocho y diez de la mañana, por la avenida 16 de Septiembre apareció un convoy, instaló un retén en dos esquinas y, en un par de minutos, unos cinco sicarios descendieron de dos camionetas con vidrios polarizados, irrumpieron en el domicilio de González Peña y lo asesinaron, frente a su madre y dos de sus hermanas, de nueve y diez años de edad, respectivamente.

En las calles de Luvianos nadie habla. Se respira el miedo. Pero todavía se recuerda que, en los días previos a la ejecución y al secuestro, allegados al maestro Ranferi —hermano de Alberto González Peña, El Coronel, jefe de una célula de Los Zetas en la zona, desde donde lo ascendieron a Veracruz— abrieron la boca y alardearon sobre algunas propiedades “liberadas” luego de una incursión al puerto de Veracruz para silenciar a un grupo de agentes del Estado de México.

La segunda semana de enero de 2012, un documento abrió nuevas interrogantes. Perdida en un expediente sobre delincuencia organizada, de más de cinco mil fojas, en la averiguación previa PGR/SIEDO/UEIDCS/231/2008, aparece la transcripción de llamadas —de un teléfono intervenido—, en las que un par de narcotraficantes da a conocer pormenores de la ejecución de los cuatro escoltas de la familia Peña Pretelini. Las llamadas se transcriben en 42 hojas tamaño oficio y, desde el inicio, ponen de manifiesto  que se trata del Estado de México.

Aunque prácticamente en cada una de las páginas se hace alusión a la entidad mexiquense, es al llegar a las primeras líneas de la página 14 cuando aparece pleno el tema de la ejecución de los cuatro escoltas de la familia Peña Pretelini:

—Nada más Manzur. Hay la posibilidad de que se vaya a Veracruz. Pero con este, Miguel [Fidel] Herrera, lo pidió para allá por una chamba especial que se hizo para el gobernador [Peña].

—Ajá, ajá. —responde Eduardo.

—Entonces pues, le dan en la madre a los de seguridad de Peña Nieto.

—Sí, sí, sí. —lacónica es la respuesta de Eduardo.

Más claro, ni el agua, Peña había echado mano de sus otros aliados para concluir con el caso de su esposa Mónica, pues, con el asesinato de Fermín Esquivel, se borró la posibilidad de reconstruir cualquier momento de su vida al lado de Peña.

La ejecución de los escoltas de la familia Peña Pretelini, la muerte de Mónica Pretelini y las llamadas interceptadas por la PGR pertenecen al anecdotario o la historia política de una entidad que, en el sexenio de Peña, vio pasar a cuatro titulares de la Procuraduría de Justicia: Alfonso Navarrete Prida, Abel Villicaña Estrada, Alberto Bazbaz Sacal y Alfredo Castillo Cervantes—. Con dos, Navarrete y Castillo, insertos en 2012 en el equipo presidencial peñista.

Pero, más allá del brillo que puede dar un llamado para unirse al equipo presidencial, hay otras caras ocultas que comenzaron a ser visibles a través de la ley del plomo y de una extraña prosperidad que sólo se nota en las organizaciones criminales que se han asentado en una entidad en la que se tiene por costumbre negar la violencia, como si los mexiquenses fueran ciegos o no la vivieran en carne propia.

Aunque los temas no salen a la luz pública, el peñanietismo dejó oscuros pendientes a su paso por la entidad: la venganza e imposición del régimen de terror a través de corporaciones policiacas estatales, la criminalización de movimientos sociales e invención de delitos a sus líderes —destacan los ejemplos de Ignacio del Valle Medina, Juan Carlos Estrada Romero, Julio César Espinoza Ramos, y el del activista y defensor de indígenas mazahuas Santiago Pérez Alvarado—, o las cuatro exoneraciones endilgadas a Montiel.

A toda esta maraña de corrupción, muertes inexplicables, venganzas, feminicidios, se puede sumar otra,  igual de interesante, que tiene que ver con la extraña  “desaparición” —entre la noche del domingo  21 y la madrugada del 22 de marzo de 2010— de la niña Paulette Gebara Farah. Caso que se integra con las turbias investigaciones sobre su supuesta “aparición”, nueve días después, así como las razones de su muerte. Sombras de duda han quedado desde entonces, por más estudios científicos que la Procuraduría se afanó en difundir.

Amistades de nómina

* Como funcionario público y diputado, Peña descubrió que su atractivo personal sustituía en lo inmediato otras capacidades. Montiel también se dio cuenta y le propuso trabajar para conseguir, si se podía, la candidatura presidencial. El proyecto empezó a cuajar. Ya nadie se acuerda de que su camino siguió los mismos pasos que su antecesor, el ex gobernador Arturo Montiel, quien se enfrentó a políticos tan indecentes como él, pero más listos. Este es un fragmento del libro Los Golden Boy’s, escrito por Francisco Cruz y editad por Planeta en el 2012.

 

Francisco Cruz Jiménez

Como gobernador, Peña también otorgó la Secretaría de Comunicaciones a uno de los personajes emblemáticos delmacistas: Gerardo Ruiz Esparza. En 1997, éste fue el coordinador general de la desastrosa campaña electoral de Alfredo del Mazo González en el Distrito Federal. En la Secretaría de Energía, Minas e Industria Paraestatal fue su asesor especial, y en 1987, cuando Del Mazo le heredó la gubernatura a Alfredo Baranda García, lo impuso como secretario general de Gobierno.

Peña se llevó a su estimada prima Carolina Monroy del Mazo (sobrina consentida de Del Mazo González) a ocupar cargos tan disímbolos como la dirección general del Instituto Mexiquense de Cultura o la del Instituto de Seguridad Social del Estado de México y sus Municipios (ISSEMyM), así como la de Radio y Televisión Mexiquense. Para cerrar la pinza, o para compensar y mantener quieta a la familia, también le concedió la Coordinación General de Comunicación Social a otro delmacista: David López Gutiérrez.

Según reza el dicho, “él los hace y ellos se juntan”, pues se juntaron: a Ernesto Javier Némer Álvarez, esposo de Carolina Monroy y quien, como ella, había perdido los comicios cuando disputó la alcaldía de Metepec en 2000, tampoco le fue mal. Peña lo amparó con todo y familia. Gracias al parentesco, había sido secretario de Administración en el sexenio de Montiel. Peña lo nombró secretario de Desarrollo Social, una especie de supersecretario, y en la nómina del gobierno no sólo se respetaron las quincenas de su esposa, sino las de una decena de sus familiares, ubicados en puestos públicos clave.

La lista es larga, pero el primer día de gobierno en 2005 los hilos se movieron para integrar a su hermano Manuel Némer Álvarez a la dirección general de Administración y Finanzas de la Secretaría de Educación, Cultura y Bienestar Social. En sus manos quedó parte del destino de 80 mil educadores agrupados en el Sindicato de Maestros al Servicio del Estado de México (SMSEM), a disposición de las filas del PRI.

Si se habla del campo de la rentabilidad política o, lo que es lo mismo, de los parientes con ganancias y utilidades conjuntas, su primo Luis Felipe Némer fue puesto al frente de la Dirección de Administración y Finanzas de los Servicios de Educación Integrados (SEIEM), que tiene el control de otros 50 mil maestros de la sección XXXVI del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), encabezado por la maestra Elba Esther Gordillo Morales. Cuando los educadores mexiquenses ponen en duda el poder de esta sección, sólo se les recuerda que de allí salió Gordillo Morales.

Villamil en su libro antes mencionado argumenta que Azcárraga y Peña sellaron su alianza la primera semana de febrero de 2006, cuatro meses y medio después de que el atlacomulquense juramentara como gobernador del Estado de México. Pero si en la política la forma es tan importante como el fondo, el mismo periodista encontró que el pacto entre ambos se remontaba hasta octubre de 2005, a través de una serie de acuerdos publicitarios.

Sin fuerza política ni capacidad de movilización —ni siquiera en el estado de México, donde había serios cuestionamientos por la forma sucia e inmoral en la que fue impuesto en la gubernatura—, la incipiente alianza dio a Televisa la confianza para lanzar, desde Toluca, la capital mexiquense, una campaña de posicionamiento de marca que lo situaría como “el bonito de Televisa”. Fue un movimiento de tablero de ajedrez porque acaparó para Peña la atención nacional.

Pocos comentarios hubo de asombro. Y pocos se atrevieron a cuestionar a Televisa y,  menos todavía, se detuvieron a analizar el papel que jugarían el ex presidente Salinas, Montiel y Alfredo del Mazo, además de algunos personajes encumbrados por el salinismo, entre ellos la lideresa magisterial Elba Esther Gordillo Morales, el dirigente sindical petrolero Carlos Romero Deschamps, el político yucateco Emilio Gamboa Patrón y el tecnócrata Pedro Aspe Armella.

Bajo la sombra de Televisa, así como de la protección y asesoramiento de algunos personajes de la vieja política negra priista, se puso a buen resguardo otro pasado que se comenta en pequeños clubes y algunas reuniones de amigos.

Miguel Alvarado, el periodista toluqueño que más ha escrito sobre el nuevo Presidente recuerda que, de joven, Enrique siempre fue melancólico. Quienes lo trataron hace más de 20 años recuerdan de él su buen carácter y su propensión a obedecer y servir a los demás, pero también su soledad, que lo obligaba a separarse de los grupos que se formaban en las reuniones familiares en Atlacomulco, donde acudían las familias Montiel, Del Mazo, Velasco, Peña, Colín, Vélez y Monroy.

Sólo el tiempo y, lo fundamental, su posterior inclusión al círculo selecto de Arturo Montiel y, por lo tanto, la cúpula del Grupo Atlacomulco, cambiaron su carácter. Poco a poco, lo fueron acostumbrando a los apegos del poder. Su carrera política no sería la misma si no perteneciera al Grupo Atlacomulco, esa organización fantasmal tan negada siempre y tan viva como nunca, invisible, que puede comprobarse por tres tipos de relaciones: empresarial, de parentesco y compadrazgo.

Se sabe que el padre de Enrique, Gilberto Enrique Peña del Mazo, desaprobaba que su hijo se involucrara laboralmente con el grupo de Montiel, aunque aceptaba las decisiones del vástago. Muy conservador y ferviente católico, habría preferido ver a su hijo convertido en cura y amparado en el poder eclesial. La vocación religiosa, dicen los viejos atlacomulquenses, no se pierde en un país profundamente católico como México.

Como funcionario público y diputado, Peña descubrió que su atractivo personal sustituía en lo inmediato otras capacidades. Montiel también se dio cuenta y le propuso trabajar para conseguir, si se podía, la candidatura presidencial. El proyecto empezó a cuajar. Ya nadie se acuerda de que su camino siguió los mismos pasos que su antecesor, el ex gobernador Arturo Montiel, quien se enfrentó a políticos tan indecentes como él, pero más listos.

En aquel tiempo, como dicen las Escrituras, Roberto Madrazo destruyó para siempre la carrera de Arturo Montiel, a quien sus cercanos colaboradores calificaron en su momento de “tonto” e “inseguro”, como narró en su momento el ex presidente estatal del PRI, Isidro Pastor Medrano, citado por Alvarado en una análisis que publicó en el semanario Nuestro Tiempo Toluca.

“Pastor —precisa—, el segundo hombre con más poder dentro del montielismo, consideraba a su ex jefe Montiel como un tipo falto del empuje para orquestar, ni siquiera, una negociación con capitalistas extranjeros, pues no entendía los términos en los que se le hablaba cuando le presentaban las estrategias de inversión y mercado.

”Dice que a veces debía intervenir su ex esposa, la francesa Maude Versini, para enderezar las sinrazones del ex mandatario y mantener las relaciones comerciales. Así, el propio Pastor no cree ni tantito que Montiel hubiera sido capaz de organizar, y menos concluir, el misterioso asesinato del maestro de ping-pong de la ex primera dama mexiquense —Mario Palacios Montarcé ejecutado de un balzo en la cabeza el 21 de noviembre de 2003, de quien se rumoraba que era amante de Versini—, y una pre-campaña lo suficientemente inteligente como para llegar a la Presidencia de la República en 2006.

”Alguna vez comentó que Peña es una calca de su propio tío y que también es incapaz de planes maquiavélicos para beneficiar a sus allegados. Alguien está detrás de ellos. Y se ubica a la figura de Carlos Salinas. Otros, como el investigador Jorge Toribio Cruz Montiel, coinciden en parte con Pastor, pero añade además que los propios priistas se daban cuenta de aquella actitud ambiciosa en extremo de Montiel, acompañada de cierto grado de incapacidad, lo que redundaría en una especie de caos incontrolable, pues Arturo sacaría de la jugada, y de los negocios, a las planas tradicionales de aquel partido que participa de chanchullos y beneficios.

”Pero todos los políticos hacen lo mismo. ¿Por qué a Peña no le funcionaría una campaña adelantadísima soportada incluso en una atlacomulquense profecía que lo ubicaba al frente del país? Peña usa todos los medios para darse publicidad. Paga por salir al aire como nunca antes pagó ningún otro gobernador mexiquense. Pero la administración de Montiel le enseñó aquello.

”La memoria no alcanza para recordar que un recuento del 24 de enero de 2006 situaba al ya desgraciado Arturo como el aspirante presidencial priista que más promocionales pagó, con un total de 5 mil 220. Nadie recuerda qué decía, si iba en mangas de camisa o si su dicción era menos obtusa. Nadie recuerda su lema de precampaña ni aquella enorme sonrisa enmarcada por ojos pequeños y el pelo encanecido. Hoy su sobrino sigue el camino, pero lo recorre de diferente manera aunque el final sea el mismo”.

A partir de 2005, a Peña le costó mucho lidiar con aquello que no tuviera que ver con su imagen ni con guiones establecidos. Era bien sabido que no le gusta leer, como lo recordó el periodista Álvaro Delgado, de la revista Proceso, en la crónica de un encuentro con Manuel Espino, ex presidente nacional del PAN, en 2008 cuando le regaló a Enrique su libro, Señal de alerta, sobre el lado sórdido del legislador sonorense Manlio Fabio Beltrones Rivera, le contestó: “La verdad es que no me gusta leer. Voy a pedirle a mis asesores que me hagan unas tarjetas con lo más importante”, arengó Peña.

De pronto, algunos “sicarios” informativos de Televisa parecen crucificar a Peña en algunos segmentos noticiosos. Lo mismo sucede cuando ocupan espacios en las páginas de diarios de circulación “nacional”, aunque la palabra sólo signifique que se editan en el Distrito Federal. La trampa radica en que se siga hablando, bien o mal y se resalten algunas cualidades del verdadero Golden Boy, como su apostura rígida, su “enorme” popularidad —ya luego las firmas encuestadoras darían en qué pensar—, lo bien vestido que va o lo bien que le sienta a La Gaviota el apodo de Primera Dama de la nación.

Y se desliza, como no queriendo, algún problema del Estado de México, alguna coyuntura que por allí aparece. Nada que no se pueda resolver con una declaración. Peña tiene razón cuando cree que una campaña negra se orquesta en su contra, aunque sabe que el principal promotor de ella es él mismo.

  • Calendario

    • marzo 2017
      L M X J V S D
      « Ago    
       12345
      6789101112
      13141516171819
      20212223242526
      2728293031  
  • Buscar