Los beneficios de la humillación

* Fuera el de caballo, el de carga maletas o el de golpeador, el trato vejatorio y la humillación le dejaron enormes beneficios a Víctor Flores, un veracruzano que nació el 6 de marzo de 1939 y cuyo futuro, de no haber aparecido Peralta, era de confinamiento en los patios del ferrocarril. De su modesto puesto de llamador de tripulación y cambiador de trenes pasó a guardacrucero de planta y, desde allí, su protector lo colocó en su primer puesto sindical: presidente de los Juegos Inter obreros en Veracruz y, casi de inmediato, representante sindical de la Sección 28. Nada lo detendría”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013 y al cual pertenece este extracto.

 

Francisco Cruz Jiménez

Hay quienes aseguran que Víctor Flores entró a trabajar a Ferronales cuando tenía 15 años de edad —en 1954—, aunque viejos registros de la empresa fechan su ingreso el 10 de julio de 1960, a los 21 años. A partir del 17 de mayo de 1995 —cuando desde la Presidencia de la República se operó su llegada a la Secretaría Nacional del STFRM—, ocupó el puesto 6918 como jefe de patio, cargo con el que fue jubilado el 6 de septiembre de 1999.

A finales de marzo de 2006, cuando el periódico El Universal intentaba armar un perfil de Flores, sus vecinas Carmen Machorro y su hija María Inés le dijeron que cuando Flores trabajó como llamador en ferrocarriles, acudía a las casas de los ferrocarrileros para informarles a qué hora se tenían que presentar a laborar. Jugaba futbol con los hijos de Carmen. “Era un prietito simpático, no guapo. […] Siempre fue un buen muchacho, era maestro de baile para Quince Años”. Y Petra Gutiérrez López, una de sus alumnas quinceañeras, recordó que, durante un mes, le enseñó a bailar el Danubio Azul y el Vals de las Flores. “No me cobró nada porque era amigo de mi madrina. Enseñaba bien, pero de aquel gran Víctor ya no hay nada, luego se amafió con Jorge Peralta”.

Publicado en la edición del 2 de abril de 2006, uno de los párrafos del perfil es muy esclarecedor: “El hombrecillo —como lo han descrito varías crónicas por su baja estatura—, una vez encumbrado, se iría hacia donde el barco del poder, sin importar quién fuera su capitán. Una sola anécdota daría muestras de su escaso temple como líder obrero. El 4 de julio de 2000, dos días después de que Vicente Fox había sido proclamado presidente, Flores lo interceptó en un hotel y al estilo del Patrullero 777 que protagonizó Cantinflas , le dijo: ‘¡A sus órdenes, señor!’, sólo le faltó decirle jefe. Así se condujo”.

Sólo Víctor y Jorge saben cómo trabaron amistad, pero, cuando a este último lo transfirieron a la estación de Buenavista como poderoso delegado sindical, se jaló a Víctor como secretario, chalán, carga maletas, golpeador, compañero de parrandas, hombre de confianza y, lo más importante, como niñera para que se encargara del cuidado de uno de sus hijos de 6 años de edad. Era el hombre de confianza. Viejos sindicalistas todavía recuerdan hoy cuando, en sus berrinches, muy a menudo, el niño Peralta, quien de vez en cuando llegaba a la oficinas sindicales acompañando a su papá, pedía a gritos a su caballo.

—¡Quiero a Víctor! Solía gritar el niño y el mismo Jorge lo llamaba.

—¡Víctor, Víctor jijo de la chingada!, en dónde andas metido que el niño te quiere montar. Atento, dócil y complaciente, humillado, Víctor nunca desoyó el llamado del patrón. Siempre estuvo allí. Tenía entonces 47 años de edad. Y en aquel 1986 confió su futuro a la suerte y a las amistades del influyente primo priista de Jorge Peralta.

—Hínquese, cabrón.

—Más abajo papá, más abajo.

—Ahora sí, brinque cabrón, y que relinche el caballo. Con el niño a la espalda, golpeándole y picándole las costillas con los talones, Víctor comenzaba sus saltos grotescos y, desde luego, a relinchar. Divertido, Jorge Peralta Vargas contemplaba la conjunción caballo-jinete.

Fuera el de caballo, el de carga maletas o el de golpeador, el trato vejatorio y la humillación le dejaron enormes beneficios a Víctor Flores, un veracruzano que nació el 6 de marzo de 1939 y cuyo futuro, de no haber aparecido Peralta, era de confinamiento en los patios del ferrocarril. De su modesto puesto de llamador de tripulación y cambiador de trenes pasó a guardacrucero de planta y, desde allí, su protector lo colocó en su primer puesto sindical: presidente de los Juegos Inter obreros en Veracruz y, casi de inmediato, representante sindical de la Sección 28. Nada lo detendría, de la mano de Peralta en 1976 fue nombrado secretario general de Ajustes por Trenes de la Sección 28. En 1977, coordinador Nacional de Escalafones y, ese mismo año, auxiliar del secretario nacional, Jesús Martínez Gortari. Este líder respondía a las órdenes del cacique Gómez Zepeda y, desde luego, de Peralta, cuyo primo, Vargas Saldaña, desde 1972 se había encaramado a la cúpula del poder como uno de los hombres de confianza del también veracruzano Jesús Reyes Heroles, el pensador e ideólogo más notable de la historia del PRI.

En un abrir y cerrar de ojos, Víctor —quien a los 33 años de edad, en 1972— veía su vida languidecer como mandadero y peón de los ferrocarrileros— confió su futuro al de Jorge Peralta Vargas. Si fue premonición o golpe de suerte no importa ya, desesperado porque en los patios rieleros veracruzanos su destino quedó marcado como llamador de tripulación y guardacrucero, palabras elegantes para las de mozo-mensajero y cambiador de vías, el poder se convirtió en una obsesión. La disciplina incondicional hacia Peralta le fueron útiles y escaló.

Flores empezó a construir así su propio futuro. Audaz como parecía su apuesta por Peralta, la vida lo recompensó: su carrera ha sido próspera e igual pasó a la arena política en las filas del Partido Revolucionario Institucional. Según los datos que entregó a la Cámara de Diputados, a los 35 años de edad lo hicieron dirigente del sector juvenil en el puerto de Veracruz y, tres años después, en 1997, presidente del sector obrero municipal de Veracruz. Ese mismo año se integró a la LVII Legislatura federal como diputado; en 2000 la dirigencia priista lo llevó como senador suplente, aunque en 2003 de nueva cuenta obtuvo una diputación federal.

En noviembre de 2012, Flores, un fiel soldado del viejo PRI, lo hizo de nuevo: se reeligió por seis años más como líder nacional de los ferrocarrileros. Si los cumple completos, como parece, al final de su periodo tendrá 78 años de edad. Pocos han vuelto a recordar al jovencito aquel, al maestro de vals que gustaba de sentirse el Elvis Presley de Veracruz.

Los ejemplares

* “Repudié el asesinato de Praxedis, tanto, que en la reapertura del caso ofrecí mi testimonio ante la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, dentro de la averiguación previa 7/3949/93-07; extrañamente, los funcionarios al mando de Bernardo Bátiz Vázquez, durante la Jefatura de Gobierno de Andrés Manuel López Obrador, ignoraron mi testimonio. El asesinato fue un exceso; la mafia encabezada por Caso, Peralta y Flores tenía elementos para destituir a Praxedis y proceder penalmente en su contra por saqueoal sindicato; pero alguien optó por la venganza personal”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Ambicioso y en campaña para exhibir a Praxedis, Víctor Flores mantuvo su promesa de apoyar a Miranda Servín. Lo apuraba para sacar, lo antes posible, la cuarta edición de La otra cara del líder; otro delincuente en el sindicato ferrocarrilero: “No fue ético proceder así, pero estábamos inmersos en una contienda política y en ese momento actuábamos indignados por el papel que hacía Praxedis. Sabíamos la cantidad de dinero que estaba robando con sus colaboradores, conocíamos las propiedades que adquiría, dónde comía, dónde se hospedaba —su pequeño departamento maltrecho, en la avenida Insurgentes Norte, lo había cambiado por un penthouse en Santa María la Rivera y una lujosa suite en el Hotel Pontevedra—, sabíamos a qué edecanes les había dado estatus de amantes oficiales y les había comprado un lujoso departamento. Todo. Y como parte importante de la portada publicaríamos la ficha signaléctica de Praxedis, acusado de lesiones graves y daños en propiedad ajena en 1983.

”Los primeros cinco ejemplares se los entregamos a Víctor el 1 de julio de 1993. Fue en una reunión en el Toks. Nublado y lluvioso el día, tomándonos una taza de café, vio la portada con la ficha signaléctica, una foto de Praxedis con Salinas y el secretario Caso, y la frase que sugirió. Después de una hojeada, nos dijo: ‘Ahorita se lo voy a llevar a Caso, también a Peralta’. El 3 de julio de 1993 comencé a promocionar la presentación del libro entre algunos periodistas, ferrocarrileros y políticos de diversos partidos, así como funcionarios de algunas secretarías de Estado. La venta comenzaría el 17, Día de la Nacionalización de los Ferrocarriles”.

Aunque los protagonistas prefieren olvidar esa parte, la historia siguió su curso. Todavía aquel julio de 1993, “Juan José Pulido me ofreció 200 millones de pesos: ‘Te lo digo derecho, Miranda, no queremos que saques ese pinche libro… te vamos a dar 200 millones y cada quien a la chingada, ¿cómo ves?’ No volví a aceptar una entrevista con Pulido. El 9 de julio recibí una llamada de David Guerrero, uno de los guardaespaldas de Praxedis. Me amenazaba dejándome un recado con mi hermana: ‘Dígale al escritor que no se meta con el diputado o se lo va a llevar la chingada’ […] El 14 de julio mi padre, Fernando Miranda Martínez, recibió una llamada de un Praxedis preocupado: ‘¿Qué pasó Miranda?, dile a tu hijo que no saque ese pinche libro, ya me habló Caso bien encabronado, me amenazó de muerte el pinche viejo. […] Vamos a arreglar esto, tú y yo siempre hemos sido amigos. […] Te espero mañana, a las ocho de la mañana, en el restaurante del hotel Del Prado’. La cita no se concretó. En los días anteriores Flores nos dio una fuerte cantidad, como gratificación por el tiraje: ‘Si se pone el pedo duro, (sic) no nos conocemos, ¡cabrones!’”

La madrugada del 17 de julio de 1993, Praxedis fue asesinado. “Después del homicidio, Víctor nos siguió dando gratificación para terminar de pagar la impresión. En una ocasión comentó: ‘Funcionó el pinche librito’. A partir de entonces mi padre y yo realizamos muchos trabajos de impresión y difusión para la mutualista Previsión Obrera, recomendados por Víctor. Durante este tiempo fueron directores de Previsión Obrera, Esteban Martínez, Jorge Peralta y Antonio Castellanos Tovar. Y aunque a veces no realizábamos trabajo alguno, ninguno tuvo objeciones para darnos el pago quincenal acordado. El director de Previsión Obrera del que recibimos mejor trato fue Peralta, a pesar de haberlo denunciado desde 1986. No nos decíamos nada respecto a Praxedis, pero sabíamos bien cómo estaban las cosas”.

Miranda Servín recapitula: “Repudié el asesinato de Praxedis, tanto, que en la reapertura del caso ofrecí mi testimonio ante la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, dentro de la averiguación previa 7/3949/93-07; extrañamente, los funcionarios al mando de Bernardo Bátiz Vázquez, durante la Jefatura de Gobierno de Andrés Manuel López Obrador, ignoraron mi testimonio. El asesinato fue un exceso; la mafia encabezada por Caso, Peralta y Flores tenía elementos para destituir a Praxedis y proceder penalmente en su contra por saqueoal sindicato; pero alguien optó por la venganza personal”.

Y Salvador Zarco, uno de los ferrocarrileros opositores más respetados lo ha dicho en algunas ocasiones: “Entonces se afirmó que Flores y Peralta tenían relación con ese hecho, aunque nadie levantó una denuncia por ello”.

Veinte años después y muerto el principal protagonista, es difícil conocer el impacto real del libro de Miranda, pero todavía hay testimonios de viejos obreros, ex maquinistas y ex guardavías, quienes en aquel proceso de 1992, se volcaron a votar por Praxedis cuando conocieron la portada y el contenido de La otra cara del líder. Si los sumarios —la historia de un capo sindical ferrocarrilero, y del presidio al presídium— impactaron, las imágenes hicieron más estragos. Nítida, en el centro, la ficha signaléctica en la foto que la policía le tomó a Peralta, era el convicto número 9235-61 de la Inspección General de Policía del estado de Veracruz; esa portada se amplió diez o 20 veces —un póster—, según el tamaño o la importancia de la estación de ferrocarril, para exhibir la peligrosidad del rival de Praxedis y de su cuestionado pariente Mario Vargas Saldaña.

En 1968, cuando aún le faltaban al menos dos tercios para cumplir su condena por el asesinato, con alevosía y ventaja, de su amigo, el atleta Serdán Reyes, Peralta salió de prisión gracias a su primo Vargas Saldaña, quizá el político priista más destacado en la historia moderna de Veracruz. Vargas Saldaña usó sus relaciones con el poder para hacer de lado aquel homicidio que mortificaba a la familia formada por Fausto Peralta Montero y Librada Vargas Quiroz. Liberado el primo homicida, recurrió a sus amigos en el gobierno federal para reinsertar a este en Ferrocarriles Nacionales de México.

En resumen, la historia que se contaba entre los ferrocarrileros era la siguiente. Como pasaba con muchos veracruzanos a los 15 años de edad, en 1955 el futuro de Peralta tenía un destino. Ese año el STFRM lo aceptó en una de las categorías más bajas: mensajero de patio, aunque más tarde, por recomendación de Vargas Saldaña, fue enviado al Departamento de Oficinistas de la Terminal de Veracruz, en calidad de extra y con la categoría de mensajero. Sin mucho esfuerzo, le consiguió la plaza que —hasta 1954, cuando murió— ocupó su padre Fausto Peralta Montero. De allí ascendió a boletero. En los movimientos ferrocarrileros de 1958 y 1959, Jorge había tomado una decisión: jugar al esquirol y apuntalar al grupo charro de Luis Gómez Zepeda. Pero en 1961, su vida se truncó cuando en los primeros minutos de la madrugada del 19 de octubre, en el cuarto número 5 del hotel Veracruz Courts, asesinó de dos balazos por la espalda, con una Súper Colt calibre .38 al atleta Carlos Serdán Reyes.

Protagonista del crimen del año en el estado de Veracruz, un juez del fuero común decidió detenerlo sin derecho a libertad bajo fianza. Después de un largo proceso, el 16 de octubre de 1962 el juez tercero de primera instancia, Arturo de la Llave Uriarte lo condenó a purgar 16 años de cárcel y a pagar 2 mil pesos de multa. Tres años menos obtuvo su cómplice Vicente Vilaboa Orduña, alias El Marihuano. Peralta, apenas cumplió seis de su condena, fue liberado en los primeros meses de 1968, gracias a la intervención de Vargas Saldaña, quien lo integró a su cuerpo de guardaespaldas. Al siguiente año lo reacomodó en ferrocarrilesy lo encargó personalmente con el charro Gómez Zepeda, quien lo hizo comisionado sindical y, en 1986, lo llevó a la Secretaría Nacional del sindicato.

A su salida de la cárcel, Peralta tenía un nuevo amigo: un obrero chaparrito, moreno y feo, de 33 años de edad, de barba rala, que pasaba gran parte de su vida en los patios del ferrocarril en Veracruz como llamador y cambiador de trenes. Por casi 12 años, éste había realizado la misma labor rutinaria: con una palanca cambiar el destino de los ferrocarriles. Era también un experto bailarín o, para decirlo en palabras de los viejos jarochos, era el maestro de baile de las quinceañeras del Puerto de Veracruz. Su nombre: Víctor Félix Flores Morales, un hombre tímido, sumiso, —ya luego mostraría otro rostro— que había crecido en la colonia Centro del puerto, en el 1140 de la calle Vicente Guerrero, casi esquina con Emparan. Vivía en una casa de madera y de teja —reconstruida más adelante y vigilada a través de circuito cerrado—, pero desde donde la familia entera, sus padres Faustino y Genoveva, así como sus hermanos Mercedes, Consuelo, Faustino y Ramón, alcanzaban a ver los patios ferrocarrileros.

Juego sucio

* “El 3 de febrero de 1992, en el salón Adolfo López Mateos de Los Pinos, Carlos Salinas de Gortari le dio posesión a Praxedis Fraustro Esquivel como nuevo secretario nacional del Sindicato Ferrocarrilero. Caso, Peralta y el resto de la planilla Héroe de Nacozari guardaron silencio. Ninguno habría osado ir contra una decisión presidencial. Por primera vez, después de casi cinco décadas, al Sindicato Ferrocarrilero llegaba un candidato marginado por el grupo de Gómez Zepeda. Tal “insolencia” quedó registrada puntualmente”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz

Fue algo inusual o el auténtico símbolo del cinismo y del poder, porque ese 17 de julio personeros del charrismo se reunieron casi clandestinamente con el jubilado Antonio Castellanos Tovar para comunicarle que —como títere de un teatro guiñol— cubriría, a partir de ese día, y hasta febrero de 1995, el interinato en la Secretaría Nacional. Y así sucedió: en febrero de 1995 Flores tomó el lugar de Praxedis. Todos los obreros, al menos los que podían decir algo, olvidaron que, por su condición de jubilado, el octogenario Castellanos estaba impedido para ocupar la Secretaría Nacional.

Entre conjeturas y suposiciones, aquel julio de 1993 la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal detuvo y consignó a seis personas. Pero se centró en Efraín García Torres y Vicente Valencia Saavedra —secretario particular el primero; maquinista y cercano colaborador de Praxedis el segundo—, enviados al Reclusorio Preventivo Norte como responsables intelectuales del atentado.

Las autoridades no dieron tiempo para pensar en las causas, conocer a los protagonistas ni analizar consecuencias. Por eso, ni los familiares, ni el abogado de Praxedis y, mucho menos, el gremio creyeron tales versiones. Ninguno de los dos se beneficiaba con la ejecución de su líder. Ambos saldrían políticamente muertos. El encono en el sindicato iba mucho más allá de ellos, eran dos peones en una batalla de gigantes: Praxedis, un delincuente encarcelado por agresión, pandillerismo y allanamiento, pero, según se supo en ese momento, apuntalado por familiares del presidente Carlos Salinas; y el ex convicto Peralta, quien contaba con el apoyo incondicional de Caso, así como del grupo Héroe de Nacozari y su primo Mario Vargas Saldaña, uno de los sabios de la política nacional priista, quien, por cierto, lo había rescatado de la cárcel.

En el camino, o más bien en las investigaciones por el crimen, también se involucró a un ejecutivo del Banco Mexicano Somex, y luego a otros del Banco Obrero, quienes, en aparente complicidad, permitían a Praxedis hacer jugosos retiros de las arcas sindicales falsificando firmas. García y Valencia fueron liberados un año más tarde. Estatutariamente, a quien le correspondía ocupar la Secretaría Nacional era a León Guerrero Cholula, suplente de Praxedis y en ese momento Tesorero de Previsión Obrera, además de, ya se descubriría, viejo amigo de Peralta y Flores. Nunca se atrevió a reclamar el puesto.

Con muchas interrogantes que persisten y presunciones jamás atendidas sobre una conspiración de alto nivel, de la historia sobre las extrañas circunstancias en las que “se mató” Lorenzo Duarte García y la ejecución de Praxedis Fraustro no volvió a saberse mayor cosa, aunque, en menos de un mes, dejaron un boquete en Ferrocarriles. Al deshacerse por completo la planilla Solidaridad, los pocos colaboradores y amigos de Fraustro fueron marginados, enviados a trabajar.

Aunque no hay comparación ninguna entre ellos, después del encarcelamiento de Vallejo, éste fue el más duro golpe al sindicalismo ferrocarrilero. Olfateando lo que podría venir, Fernando Miranda intentó responder quién era Praxedis. Y, al hacerlo, se adelantó, sin querer, a la historia porque hurgó en el pasado y delineó el primer perfil de Víctor Flores, el viejo bailarín y maestro de vals en el puerto de Veracruz. Si bien quedó marcado al escribir por encargo La otra cara del líder. Otro delincuente en el sindicato; Caso Lombardo es homosexual, Fernando aceptó compartir su historia para Los amos de la mafia sindical.

“Durante los meses de octubre, noviembre y diciembre de 1991 y enero de 1992 tuvo lugar un proceso muy controvertido y particular, decidido en una segunda vuelta, en el sindicato: dos ex convictos se disputaban la Secretaría Nacional. Peralta, quien había ocupado ese cargo en el trienio 1986-1989; y Praxedis, dirigente de la Sección 19, en Monterrey, Nuevo León. El primero, convicto por el asesinato del atleta Carlos Serdán Reyes, en el puerto de Veracruz; el segundo, ex interno en un penal de Monterrey por el delito de lesiones y daños en propiedad ajena. Dos pájaros de cuenta. El primero, candidato del oficialismo empresarial o gobiernista; y el segundo, aspirante independiente a través de la planilla Solidaridad o Comisión Nacional Ferrocarrilera”, y del secretario nacional saliente Lorenzo Duarte García.

Y eso de independiente es un decir porque, en 1980, Fraustro se hizo enemigo gratuito del grupo Héroe de Nacozari, con todo y Gómez Zepeda, tras no darle su apoyo para ganar una regiduría en Monterrey. Desde luego, Gómez Zepeda lo marginó en su primer intento por llegar a la Secretaría General de la sección ferrocarrilera en la misma ciudad. En venganza, Fraustro formó un grupo de choque, sembró terror y desde allí se catapultó a la dirigencia de los rieleros de Nuevo León.

No puede negarse que la primera parte de la elección en febrero de 1992 la ganó Peralta. Empero, Lorenzo Duarte García no se durmió. Nadie pudo explicarse por qué, pero tomó como cruzada personal la defensa electoral de Praxedis e hizo lo que pocos pensaban: en algunas reuniones dramáticas para dirimir controversias, intercambiar acusaciones, contraacusaciones y lavar el cochinero, sacó a la luz pública episodios oscuros —guardados celosamente en su memoria— del pasado de Peralta. Y los utilizó bien porque documentó y demostró un enorme fraude electoral coordinado por el grupo Héroe de Nacozari, por personajes allegados a Caso Lombardo y los peraltistas, quienes recibieron asesoría del PRI. Sintiéndose traicionados, Peralta, Caso y los cabecillas de Héroe de Nacozari sacaron las uñas. Acorralado, el coahuilense Duarte se moría de la risa.

Con mucha habilidad, libró amenazas de muerte que le llegaban casi a diario, capoteó discusiones violentísimas, no aceptó tratos despectivos, que para eso era dirigente nacional, y, por abajo del agua, montó un operativo especial para repetir los comicios. Y en esa segunda vuelta haría ganar a Praxedis. Duarte demostró que los gomezetistas eran muy vulnerables, pero, por su pasado, Jorge Peralta Vargas era todavía más débil. El 3 de febrero de 1992, en el salón Adolfo López Mateos de Los Pinos, Carlos Salinas de Gortari le dio posesión a Praxedis Fraustro Esquivel como nuevo secretario nacional del Sindicato Ferrocarrilero. Caso, Peralta y el resto de la planilla Héroe de Nacozari guardaron silencio. Ninguno habría osado ir contra una decisión presidencial. Por primera vez, después de casi cinco décadas, al Sindicato Ferrocarrilero llegaba un candidato marginado por el grupo de Gómez Zepeda. Tal “insolencia” quedó registrada puntualmente.

Duarte, quien conocía muy bien a Jorge Peralta Vargas porque durante la dirigencia de éste entre 1986 y 1989 fungió como presidente de la Comisión Nacional de Vigilancia y Fiscalización, había tomado una decisión socarrona: enfrentar a Peralta —a pesar de que lo consideraba un matón de la más baja calaña o criminal callejero— y Caso para tratar de quedar bien con la familia del presidente de la República. Eso sería más provechoso para su futuro político en el PRI. Dio, pues, pasó con guarache.

Cuándo y cómo recibió llamados de familiares del presidente Salinas, y quiénes eran éstos, sólo él lo supo y, literalmente, se llevó su secreto a la tumba. Pero, salvo en la peor de las circunstancias, no permitiría la segunda llegada de Jorge Peralta a la Secretaría Nacional del sindicato. Veinte años después, muertos los dos principales protagonistas, la reconstrucción de algunos episodios se complica; hay una disparidad en las narraciones que ocultan un fin premeditado, pero, en las negociaciones postelectorales y el recuento de votos de la segunda vuelta de los comicios internos de febrero de 1992, Duarte y Praxedis no se percataron de sus errores cuando cedieron a Peralta, Caso y Gómez Zepeda casi todas las restantes secretarías del Comité Ejecutivo. Praxedis se sentía satisfecho; confiaba en que, una vez sentado en la Secretaría Nacional, tendría fuerza para deshacerse de todos sus enemigos.

Creía que algunos otros se convertirían en sus marionetas. Por eso, entre otras, tomó la decisión de ceder el resto del Comité Nacional. Pero la más importante, por los recursos que manejaba, fue la Secretaría del Tesoro sindical, que quedó en manos de Víctor Flores, el paisano y hombre de confianza de Peralta, quizás el único peraltista de cepa. Como premio a su ingenuidad, además de la Secretaría Nacional, a Praxedis le cedieron el manejo de Previsión Obrera, en la que colocó a su gran amigo incondicional Juan José Pulido Rodríguez. También le dejaron imponer a su suplente en las elecciones, León Guerrero Cholula, como tesorero de esa mutualista rielera. No les soltaron nada más. Sin llegar de nueva cuenta a la Secretaría Nacional, Peralta proclamó su victoria. Acotado, Praxedis llegó al poder absoluto sin la posibilidad real de ejercer todo el poder.

Un extraño accidente

* “Lorenzo Duarte tuvo su primer encuentro con el poder real apenas entregó la Secretaría Nacional. El hostigamiento y la persecución fueron sistemáticos. No lo dejaron llegar muy lejos. En condiciones extrañas y episodios llenos de múltiples versiones, grotescas algunas, inexactas la mayoría, la noche del 24 de junio de 1993, según señalamientos oficiales, murió al estrellar su automóvil contra un tráiler en el kilómetro nueve de la carretera Matamoros-Mazatlán, en el tramo Saltillo-Monterrey”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, publicado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz

Los Halcones estaban autorizados para espiar cada rincón de las secciones sindicales. Luego, en las luchas intestinas internas se dividirían. Los llamados traidores atenderían a las órdenes de Peralta. Pero siguiendo a unos u otros eran perros custodios que aterrorizaban donde les pedía su líder. Llevaban consigo órdenes concretas: rechazar cualquier negociación pacífica de los conflictos internos; y tenían un lema peculiar o peculiarmente grosero y agresivo: llegar a madrear. Se hizo habitual ver a los líderes sindicales escoltados por un séquito impresionante de Halcones o “ferrocarrileros” armados.

La labor de los golpeadores de Peralta sirvió, pero no tanto. Gómez Zepeda no sólo tenía parte del control sindical. Habría sido un suicidio político ignorar que en 1973 el presidente Luis Echeverría le había entregado Ferronales, nombrándolo gerente general, cargo que se le respetó en el sexenio siguiente de José López Portillo (1976-1982). Todavía lo aguantaron por unos meses de 1983, en el régimen de Miguel de la Madrid. En ese año se reformó el artículo 28 de la Constitución para reconocer el “carácter estratégico” de los ferrocarriles. A la larga demostraría éste ser un cambio inútil. En enero de 1995, con el ascenso presidencial de Zedillo, se aprobaron nuevas reformas al artículo en cuestión para cambiar la palabra “estratégico” a “prioritario”. El cambio tenía un significado: Zedillo abrió la puerta a empresarios, mexicanos y extranjeros, para adueñarse de una actividad histórica para el desarrollo y la seguridad nacionales.

Gómez Zepeda dio acuse de recibo, pero no señales de que pudiera perder el mando sindical. Lo tenía muy presente y lo hizo saber a algunos de sus allegados: por más apoyo que tuviera del PRI, Peralta no era Vallejo. Ni siquiera había un pequeñísimo punto de comparación. Peralta era un asesino convicto y golpeador, protegido por un poderoso primo, Mario Vargas Saldaña, insertado en la cúpula nacional priista. Además, los tentáculos de Gómez Zepeda se desperdigaban por cada rincón por donde hubiera una vía de ferrocarril tendida y una máquina arrastrando un tren. Tenía su propio cuerpo de espías. No cedería el poder sin pelear. Eso sólo lo creían Peralta y Caso. La influencia de Gómez Zepeda se hizo sentir casi de inmediato. En el proceso sucesorio de 1989, Peralta y Zepeda fueron obligados a pactar la imposición del coahuilense Lorenzo Duarte García. Y, por tres años, éste hizo malabares para atender, controlar y estudiar a los dos grupos, entendió sus debilidades y, en febrero de 1992, contra todas las costumbres establecidas, maniobró con astucia para poner en marcha el fraude con el cual anuló la victoria de Peralta e inclinó el recuento de votos al lado del diputado local neoleonés Praxedis Fraustro Esquivel.

Duarte tuvo su primer encuentro con el poder real apenas entregó la Secretaría Nacional. El hostigamiento y la persecución fueron sistemáticos. No lo dejaron llegar muy lejos. En condiciones extrañas y episodios llenos de múltiples versiones, grotescas algunas, inexactas la mayoría, la noche del 24 de junio de 1993, según señalamientos oficiales, murió al estrellar su automóvil contra un tráiler en el kilómetro nueve de la carretera Matamoros-Mazatlán, en el tramo Saltillo-Monterrey. Lo que siguió a los reportes de la Policía Federal de Caminos (PFC) y en las indagaciones posteriores fue una tragicomedia que hizo a policías, peritos, investigadores y agentes del Ministerio Público enredarse en un mar de incompetencia, argumentos peregrinos y contradicciones, mientras la familia exigía, investigaba por su lado y hacía señalamientos llenos de detalles que, como mínimo, levantaron sospechas y mostraron los boquetes de las versiones oficiales.

Testimonios de Pablo Duarte de Alejandro, hijo del finado Duarte García, enfilaron hacia un complot orquestado por la cúpula del sindicato y, en específico, represalias de Jorge Peralta y su grupo, además de venganzas del secretario Caso Lombardo por haber entregado la dirigencia sindical a Praxedis Fraustro Esquivel, en febrero de 1992. Hoy, las causas siguen ocultas, pero nadie ha logrado borrar que, dos meses después del “accidente”, Pablo alertó sobre hilos sueltos de las investigaciones oficiales, por llamarlas de alguna manera, y las coincidencias que hacían sospechar. “Caso llamó varias veces a mi papá para decirle: ‘Te voy a meter a la cárcel si no apoyas a Peralta porque son instrucciones del señor Presidente’, pero mi papá no cedió, reconoció el triunfo de Praxedis. Meses después, Caso dijo: ‘No voy a descansar hasta ver al compañero [Juan José] Pulido —gerente de Previsión Obrera— en la cárcel, y a Praxedis muerto’.

”Cada vez que mi papá se encontraba a Peralta, frente a frente, en público o en privado, éste lo amenazaba de muerte, […] hay testigos. […] El resentimiento de ellos contra mi papá se debió a que no querían que llegara alguien al sindicato que pudiera poner al descubierto sus negocios, sus corruptelas, la venta irregular de terrenos en Puebla; en Torreón, el fraude con azúcar a precios subsidiados, supuestamente para ferrocarrileros, pero que en realidad los vendió a las tiendas”.

La incógnita sobre los móviles no se ha despejado, pero en sus investigaciones y lectura del expediente, Pablo hizo otro descubrimiento que entregó a la prensa: “el tráiler que ocasionó la muerte de mi padre es propiedad del ferrocarrilero Erasmo López Villareal, que tiene fuertes nexos con Luis Gómez Zepeda, Peralta y Caso”, y quería ser de nueva cuenta presidente municipal de Ramos Arizpe, Coahuila.

Con la ayuda del PRI, pero enfundado en las filas del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), López Villareal, conocido también como El Zorro Plateado, había sido alcalde de aquella población en dos ocasiones: 1973-1975 y 1985-1987. Y en 1993 su rival más fuerte se materializaba en la persona de Lorenzo Duarte. Jesús García Calzada, operador del tráiler con el que se estrelló la camioneta de Duarte, quedó casi de inmediato en libertad condicional.

“Dar con Pablo Duarte y convencerlo para que rompiera el silencio a fin de recorrer el velo que había detrás de la muerte de su padre fue fácil. Incluso estuvo de acuerdo en que se grabaran sus revelaciones que más tarde, con su autorización, un grupo de amigos y familiares de Praxedis entregamos al periodista Salvador Corro”, escribió el 19 de noviembre de 2011 Francisco Peña Medina —en su momento jefe de prensa de Praxedis—, en la columna “Tinta en la sangre” que le publicó el portal noticioso Los círculos rojos del poder.

“Pero eso ya es historia; hoy, a 18 años de la tragedia de su padre, Pablo es otro, seducido por el poder y el dinero claudicó en sus convicciones ideológicas y familiares para aliarse con personajes que tiempo atrás despreció. En el colmo de la ignominia hizo compadre a Víctor Flores, al grado de que uno de sus hijos lleva el nombre del dirigente ferrocarrilero. […] Y no es para menos: gracias a él vive con comodidades, se pasea en camionetas de lujo, come en los mejores restaurantes y dirige lo que queda del gremio ferrocarrilero en Nuevo León, pero además sueña con ser diputado con el apoyo, claro, de su compadre, quien por cierto nada le niega”.

 

Jugosos negocios

 

Duarte García y Praxedis conocían bien a sus enemigos, pero ambos cometieron el mismo error: los desdeñaron. Jamás quisieron enterarse que la guerra era inevitable. Se sintieron poderosos e hicieron a un lado la máxima de “a los amigos es necesario tenerlos cerca, pero a los enemigos todavía más cerca”. Algunos de quienes vivieron las elecciones internas del sindicato ferrocarrilero en las que Duarte impuso a Praxedis todavía recuerdan una contienda inmoral a partir del terror y el miedo en la que lo menos indecente fueron la amenaza, la contabilidad amañada de votos, el acarreo de trabajadores y la invención de actas de votación.

Esa época es la que marca el lanzamiento de la tercera edición de La otra cara del líder. La historia de un capo sindical ferrocarrilero; del presidio al presídium, una edición de autor, prohibida en el sindicato, pero vendida clandestinamente entre los ferrocarrileros. Pagada con recursos propios para volver a exponer el lado oscuro y desconocido de Peralta, como lo había hecho en 1986, la circulación del libro corregido y aumentado se convirtió en un preámbulo inesperado del proceso electoral interno que había iniciado a mediados de 1991 y concluiría la primera semana de febrero de 1992 con los comicios internos.

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