¿Qué cambia con la elección presidencial?

* Mientras que en las elecciones de Grecia el Partido Conservador ganó por una mínima diferencia de menos de tres puntos frente al que se declaró de izquierda y no se registró ningún problema, en México la permanencia y profundización de dicha guerra, si bien durante los últimos tres meses se registraron modificaciones en la proporción de votos para los candidatos, sin embargo, no modificó sustancialmente la tendencia promedio que arroja la mayoría de las encuestas serias elaboradas por las casas de prestigio del país.

 

Adrián Sotelo/ Rebelión

A unos cuantos días de que se celebren los comicios presidenciales en México “todo se vale” —como en las artes marciales— la guerra sucia, las campañas negras, los videos, los acarreos y la compra de conciencias, las injurias y mentiras, así como las acusaciones y todo tipo de ataques entre los candidatos y sus partidos políticos que han subido de tono y multiplicado como estrategia con miras a obtener el máximo número de votos el día 01 de julio de 2012. Y es de esperar que esto arrecie conforme se acerca el día fatal.

Mientras que en las elecciones de Grecia el Partido Conservador ganó por una mínima diferencia de menos de tres puntos frente al que se declaró de izquierda y no se registró ningún problema, en México la permanencia y profundización de dicha guerra, si bien durante los últimos tres meses se registraron modificaciones en la proporción de votos para los candidatos, sin embargo, no modificó sustancialmente la tendencia promedio que arroja la mayoría de las encuestas serias elaboradas por las casas de prestigio del país y que presentan un esquema con un puntero que anda alrededor del 44% de las preferencias, un segundo lugar que ocupa, de muy lejos, el candidato de las llamadas “izquierdas” con 28 puntos seguido de la candidata del PAN que marca un “empate técnico” con éste en algunas encuestas, mientras que otras la ubican en un lastimoso tercer lugar. Por partidos se mantiene en primer lugar el PRI, seguido del PRD y en la última posición el PAN.

Es evidente que nadie ha aceptado estas cifras ni mucho menos cuando no los favorecen, de tal manera que se dice que la mejor “prueba” será el resultado numérico que arrojen las urnas. Lo que es obvio. Sin embargo, cada uno de los candidatos, por su lado, se declara “ganador” por ser quien encabeza el “mejor” proyecto de gobierno, pero el de las izquierdas, como hace seis años, ya se apresura a prevenir un inminente “fraude electoral” que quedaría “comprobado” en el caso de que no obtuviera el triunfo y de que el IFE no lo declarara “ganador”.

Obviamente que esto ha despertado toda una polémica entre sus partidarios y los opositores que aducen que esta cantaleta del fraude es sólo una artimaña para justificar una jornada de protestas y movilizaciones poselectorales ante su “inminente derrota” como ocurrió en 2006, cuando dicho candidato se autoproclamó “presidente electo” después de las elecciones, al mismo tiempo que calificó al presidente electo como un “presidente espurio”.

Lo cierto es que las promesas, propuestas y proyectos que los candidatos han presentado en sus respectivas campañas a lo largo de tres meses no dejan de ser un refrito de temas como la seguridad, la creación de empleos y la reducción de la pobreza, las reformas estructurales que en todos los casos son verdaderas reformas neoliberales; el combate a la corrupción, la transparencia, etc. etc. Cuestiones que, como han observado distintos analistas y comentaristas del proceso electoral, carecen de una explicación sustancial por parte de los candidatos y de sus equipos de campaña acerca de cómo van a lograr esos objetivos que, en el fondo, ni les interesa esclarecer. Y aquí está el meollo del asunto, en la medida en que, como hemos dicho en otras ocasiones, lo común a los cuatro candidatos que contienden por la presidencia de la República es que todos, incluyendo al de las autodenominadas “izquierdas”, dejan intocado el sistema capitalista dependiente mexicano (que ni siquiera mencionan por su nombre) y sólo se ubican en la superficie de los problemas estructurales de dicho sistema.

El régimen de acumulación capitalista neoliberal dependiente, en el caso de los candidatos del PRI, del PAN y del PANAL se profundiza mediante distintos mecanismos como son las reformas neoliberales en el campo energético —incluyendo prioritariamente la energía eléctrica y la industria petrolera—, fiscal y laboral, y se modifica formalmente en el caso de las propuestas del candidato de la “izquierda” cuyos ejes de campaña han sido el combate a la corrupción —tal y como han pregonado todos los presidentes del PRI desde Miguel de la Madrid—y un presunto e ininteligible “cambio verdadero” que no expresa su significado, ni mucho menos hacia dónde se dirige el cambio. Solamente se esbozan ideas muy generales como “reducir el salario de la alta burocracia” para que con ello se “generen” un millón 200 mil empleos cada año —¿precarios y sin derechos?— y crezca la economía a un ritmo promedio anual de 6%, meta ésta última extremadamente difícil de cumplir a la luz de la profunda crisis estructural y financiera del capitalismo mundial que, por cierto, ya afecta a economías poderosas como China y la India.

El mecanismo de ese “cambio” está centrado en el “combate a la corrupción” en un país cuyo régimen político ancestral y permanente es justamente la corrupción, las componendas y compromisos entre las distintas fuerzas políticas y del Estado, y del cual participan todos los partidos y todos los miembros de la partidocracia, incluyendo a los de las autonombradas izquierdas que se han enriquecido gracias a las prebendas y al usufructo individual y sectario de los puestos públicos a costa del erario, particularmente, en la capital de la República donde, por cierto, se confirma la hegemonía del partido único en la Asamblea de Representantes debido a que para la próxima elección a la jefatura del gobierno del DF, el candidato izquierdista supera 70% de las preferencias electorales en un contexto donde la “oposición” (PRI-PAN) sólo existe como un emblemático símbolo de la “democracia”.

Mientras que la candidata del PAN ya indica algunos de los nombres de personajes que integrarán su gabinete, y el del PRI anuncia sin tapujos que de ganar la presidencia incluirá a un ex-general del ejército colombiano y ex-jefe de la Policía Nacional de ese país como “asesor externo” para combatir al narcotráfico en México, el de las “izquierdas” fue el primero que anunció un vetusto gabinete integrado por “distinguidas personalidades” entre las que figuran el ex-Secretario de Salud y ex-Rector de la UNAM (Juan Ramón de la Fuente) que fue impuesto por el presidente priísta Ernesto Zedillo en este último puesto justamente para planear y ejecutar la represión y la ruptura de la huelga del movimiento estudiantil de 1999-2000 encabezado por el Consejo General de Huelga (CGH) en contubernio con el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y que culminó con la ruptura de la huelga y el encarcelamiento de cientos de estudiantes, muchos de los cuales purgaron prisión durante seis meses por el “delito” de luchar por una educación pública, laica, gratuita y popular.

Siendo uno de los movimientos estudiantiles más importantes del siglo XX —después el movimiento estudiantil-popular de 1968 y de 1971— sin embargo, esta lucha del CGH no mereció ni una palabra, ni una alusión por parte del colectivo estudiantil anti-peña (“Yo Soy 132”) y de franca orientación perredista que surgió en una universidad privada a raíz de una visita del candidato priista a la misma. Por supuesto, esto se explica debido al evidente involucramiento de ese colectivo con la campaña de un candidato cuyo partido fue cómplice en la represión y la disolución de la huelga estudiantil.

Es curioso también mencionar que ese colectivo, mientras reivindicó un acontecimiento ocurrido en 2006 donde las fuerzas represivas del gobierno federal conjuntamente con las de Estado de México reprimieron a los campesinos de San Salvador Atenco, no hubiera siquiera mencionado dos acontecimientos recientes que explican la represión tanto por el gobierno federal como por parte de gobiernos perredistas y priistas.

En el primer caso, en el Estado de Guerrero con un gobierno perredista, fueron asesinados dos estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa que forma profesores para dar clases en las zonas marginadas de ese Estado que es uno de los más pobres del país. Los estudiantes normalistas enarbolaban un Pliego Petitorio para demandar al gobierno estatal mantener la licenciatura de educación primaria, aumentar la matrícula de 140 a 170 estudiantes y otorgar plazas a los egresados. Pero a pesar de que previamente el gobierno se comprometió a otorgar 88 plazas de las que sólo se han hecho efectivas 58, desató la represión.

El segundo acontecimiento corresponde al Estado de Michoacán en relación con el movimiento estudiantil de ese estado y que fue violentamente reprimido por el gobierno estatal de extracción priista que desencadenó el encarcelamiento de varios compañeros y dirigentes que exigían al gobierno realizar mejoras en las Casas del Estudiante.

Ambos acontecimientos ocurren en el contexto del proceso electoral y resulta “sorprendente” que tanto las “izquierdas” como el colectivo “Yo Soy132”, no dedicaran una sola palabra a estos acontecimientos represivos y sangrientos y que, más bien, canalicen su acción a demandar una absurda “democratización de los medios de comunicación” y contra el “duopolio televisivo” que comandan Televisa y TV Azteca. Acción que al dejar a las fuerza del mercado la “solución” para incrementar la competencia a través de la creación de nuevas cadenas televisivas, termina por favorece a los grandes capitales que operan en la rama. Al mismo tiempo dicho colectivo se inclinó por una infértil y virulenta oposición al candidato priista lógicamente en apoyo implícito al candidato de las autonombradas izquierdas que ha sido quien ha esgrimido las mismas consignas y demandas que hoy enarbolan esos grupos estudiantiles.

De antemano podemos descartar que el próximo gobierno, sí surge del PRI o del PAN, vaya a resolver los problemas estructurales de la economía y mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la gran mayoría de la población. Por el contrario, como advertimos, se encaminan a profundizar el actual patrón de acumulación y reproducción del capital de factura neoliberal que es concordante con la dinámica del desarrollo de las fuerzas del mercado, de los intereses del gran capital nacional y extranjero y de los procesos de obtención de ganancias extraordinarias para los grupos empresariales asentados en el capital ficticio que privilegia la especulación y el desarrollo de las bolsas de valores en todo el mundo y en México en franco detrimento del crecimiento y del mismo desarrollo capitalista de corte keynesiano

Muchos sectores se han ilusionado con un triunfo de la “izquierda”; creen que de esta forma se resolverán sus problemas y sus demandas. Sin embargo, no perciben que al igual que el PT de Lula en Brasil, AMLO desde que proclamó su “República amorosa” —vs. su “república des-amorosa y rijosa del 2006—, ha venido entretejiendo una maraña de alianzas y compromisos con fracciones de la burguesía, la oligarquía y el empresariado a quienes les ha garantizado respetar sus inversiones, incluso de los proyectos ya establecidos en áreas consideradas estratégicas como la industria petrolera y de la electricidad.

Además no se percibe que el proyecto promovido por las izquierdas es un remedo del viejo capitalismo tripartito mexicano sustentado en la articulación entre Estado, capital y el llamado “sector social”, y que entró en crisis desde mediados de la década de los años sesenta del siglo pasado. Ahora es resucitado como un presunto “nuevo proyecto” que garantiza el “cambio verdadero” que, como ya dijimos, ninguno de los documentos de la campaña explica su significado, ni qué es y cómo se va a cambiar y para qué; ni mucho menos qué es lo que va a surgir en vez del “modelo” actual neoliberal; sobre todo, sin transformar al mismo tiempo la estructura del capitalismo y su régimen político.

Aquí radica el límite histórico-estructural de la “República amorosa” que no deja de ser una espléndida parodia que recuerda las elucubraciones del pensamiento utópico francés del siglo XVIII, pero en su versión de farsa.

 

* Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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Peña, debate y guerra sucia

* “Administrar el tiempo” hasta 72 horas antes de la cita en las urnas, es la tarea de tareas de Peña Nieto y sus estrategas electorales. Administración que, paradójicamente, implica rehuir las definiciones y los compromisos, por más que en 2005 firmó más de 600 en el Estado de México, presuma en una campaña televisiva que los cumplió a cabalidad, aunque el Partido Acción Nacional exhibe lo contrario, y ahora amenace con firmar muchos más compromisos ante notario público en todo el país.

 

Eduardo Ibarra Aguirre

Resulta comprensible la conducta del puntero en las preferencias ciudadanas de acuerdo a la mayoría de las casas encuestadoras, Enrique Peña, para negarse a participar más allá de los dos debates organizados por el Instituto Federal Electoral, por medio de su Consejo General.

“Administrar el tiempo” hasta 72 horas antes de la cita en las urnas, es la tarea de tareas de Peña Nieto y sus estrategas electorales. Administración que, paradójicamente, implica rehuir las definiciones y los compromisos, por más que en 2005 firmó más de 600 en el Estado de México, presuma en una campaña televisiva que los cumplió a cabalidad, aunque el Partido Acción Nacional exhibe lo contrario, y ahora amenace con firmar muchos más compromisos ante notario público en todo el país. Trabajo habrá para los señores que dan fe pública.

Mas el candidato del “poder de su firma”, como pregonaba aquella campaña de una casa de agiotistas, estrenó anuncios televisivos y radiofónicos la semana pasada para respaldar a sus aliados de la franquicia familiar denominada Partido Verde. También uno propio y que podría indicar que a Peña empieza a hacerle alguna mella su conducta de rehuir otros debates que no sean los dos oficiales, a pesar del evidente calor que le brinda Televisa y todas, absolutamente todas, sus estrellas periodísticas e intelectuales.

En el nuevo anuncio, Enrique Peña alude a la guerra sucia de 2006 que dividió a los mexicanos, asegura que él no será partícipe en 2012 de una nueva versión que confronte a los ciudadanos y remata con el ya clásico “cumpliré”, como si él fuera el ícono mexicano para honrar la palabra empeñada.

Por más que los anuncios en televisión y radio sean muy breves, pero los transmitan con harta frecuencia, el de Atlacomulco que durante la campaña presidencial anterior gobernaba el Estado de México no dijo ni “pío” cuando Dick Morris y Antonio Solá Reche –imagólogos estadunidense y español, respectivamente– pusieron en juego a todo volumen la belicosa estrategia “Andrés Manuel López Obrador es un peligro para México”.

Probablemente no le competía al gobernador Peña Nieto, pero sí a su partido y al candidato, Roberto Madrazo Pintado, quienes no sólo hicieron mutis, sino reconocieron el “triunfo” de Calderón al día siguiente de los comicios, cuando las autoridades electorales tardaron meses.

La historia partir del 1 de diciembre de 2006 es conocida. Felipe Calderón “tomó posesión de la Presidencia de la República gracias a nosotros”, le recuerdan con cinismo y una fuerte dosis de chantaje prohombres del Partido Revolucionario Institucional, uno de los cuales, Manlio Fabio Beltrones, cogobernó México e incluso no faltaron analistas que lo consideraron vicepresidente del país. Operó el fenómeno del “Anpri” como desde hace una docena de años, comúnmente denominado PRIAN. Y a la vista no existen razones de peso para que deje de reeditarse el primer domingo de julio.

No es mala coartada para rehuir el debate con sus adversarios la de “no dividir a los mexicanos”, que lo están como nunca y no precisamente por motivos partidistas y electorales, sino sobre todo sociales y económicos, pero se equivocaron los asesores y propagandistas de Peña Nieto –uno de ellos me asegura: “descubrirás un nuevo Enrique, el polemista, porque lo estamos preparando”– al esgrimir la guerra sucia de 2006 que con su silencio cómplice apoyó, cuando el concepto y la práctica gubernamentales, policiaca y militar, se pueden asociar con la criminal estrategia de los presidentes priistas de los años 70 y 80 del siglo pasado para aplastar a sus impugnadores políticos y sociales, a los guerrilleros y hasta a los disidentes al interior del oficialismo.

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