“Un Cabrio así, bonito…”

* Toluca y su Metepec artrópoda, incómoda, encimosa, no distingue ya los límites. Hace diez años, resultaría impensable encontrar a seis descuartizados en sendas bolsas plásticas, en las calles de aquel municipio. O hace 20 años, nadie sugería que los fraccionamientos a medio construir serían albergue de narcotraficantes. Hoy, 75 de éstos cumplen sin dificultades esa función, y a todos les resulta lo más natural. Metepec esconde sus historias.

 

Miguel Alvarado

Toluca tiene su historia negra. Aquella de todos los días que no recogen los medios públicos pero sí el griterío de sirenas policiacas o los silencios interrumpidos por detonaciones a cualquier hora. La ciudad, antes trágica por tranquila, ha encontrado el camino de su propia definición pero no puede contarlo. Lo recorre a ciegas, a la vista de todos, pero esa historia se desvanece porque carece de fuente oficial. Los hechos, aunque sucedan, no existen pues no hay una denuncia de por medio ni el fedatario tiene credibilidad a falta de acreditaciones selladas.

Así, la violenta espiral de la ciudad provocada por narcos, ladrones o sicosis se lleva con ella algunas respuestas, partes del rompecabezas que fragmenta en cárteles las calles, en bandas las zonas libres. El precio por pasar inadvertido es a veces la propia vida. Uno se asoma y no ve nada. Los mismos árboles, las avenidas deterioradas, los portales casi eternos y negocios abiertos. Los burócratas en taxis o los autos de clase media que apenas alcanzan para el disimulo. Los centros comerciales, tan grandes y perdidos en la inutilidad de miles de cosas, plásticas y brillantes, acogen cualquier producto pero también son sitios de reunión para otro comercio.

Un hombre en El Seminario, una colonia de Toluca, espera afuera de un taller a que le entreguen su auto. Tiene toda la mañana con el mecánico y ha decidido quedarse hasta que todo quede según su parecer. Mientras, camina. Da cortos paseos en el pedazo de banqueta que da nombre a la avenida Laguna del Volcán, que atraviesa de principio a fin aquel barrio. Decide calmarse y toma asiento dentro del taller, en cualquier lugar. Mientras lo hace, dos autos se estacionan, a unos metros. Observa a tres jóvenes, morenos, como lo indica el estereotipo del hombre malo. Uno de ellos aborda el auto de los otros y los saludan. Estrechan las manos luego de complicados movimientos, como un código, una danza aérea que más bien parece un teatro de sombras. Luego, enciendes los cigarros y platican. El hombre en el taller mira de puro aburrido aquella representación, una más, que le recuerda el tiempo perdido entre fierros oxidados y noticieros populares. Observa, perdido en los detalles de los autos. Un Cabrio, bonito, recordaría después, y un Jetta no tan viejo pero con el descuido a flor de lámina. Pronto se olvida de los tres hombres, hasta que de reojo observa que manotean y se empujan. Discuten, no cabe duda, y se gritan. Una discusión entre amigos pero el estereotipo no lo decepciona. Morenos y altos, jóvenes menores de treinta años, tal vez hasta listos. Uno de ellos, el más enojado, se baja del Jetta luego de mentarles la madre. La seña es inconfundible, universal y le sirve para azotar la puerta, caminar hacia el Cabrio. Antes de que llegue, uno de los ofendidos baja también pero no camina, no hay necesidad. Lleva ya su pistolita, que a la distancia parece un juguete, una escuadra negra pero brillante. Apunta sin cuidado, sin remordimiento, seguro de sí y dispara una vez. Otra. Una más. Luego sube al auto, le dice algo a su compañero, parece que ríen o al menos se ponen de acuerdo. Así arrancan, despacio, como si fueran a la tienda, a una cita de negocios y llevaran el tiempo sobrado.

El hombre en el taller ha visto todo, al igual que el mecánico. Están allí, parados, detrás de la puerta y lo han visto todo, como si verlo fuera suficiente para entender, ayudar. Observan cómo el herido camina tres pasos todavía, al estilo de las películas y luego se derrumba en la calle, junto a la acera y su carro, un Cabrio así, así, bonito, recordable.

Todavía tiene fueras para arrastrase y llevarse las manos a la garganta. Las estira y mira pero los ojos ya no le alcanzan. Boquea. Su alberca, su piscina, su pecera se ha roto para siempre y deja escapar por tres agujeros el contenido vital. Ocupa los últimos segundos para balbucir pero nada importa ya. Después el silencio, los autos pasando, las avenidas deterioradas, los árboles mismos, la gente rodeando, primero de lejos y luego cercana, tanto que casi toca la muerte. Los testigos cierran el taller. Es mejor, dicen, aunque el carro salga mañana o cualquier otro día. Nadie quiere declarar porque además nunca ha servido de nada.

Desde que Enrique Peña asumió la presidencia, el Edomex es una referencia para quienes se preguntan cómo será la administración del líder visible del Grupo Atlacomulco. Hasta el 2010, presentaba una tasa de feminicidios de 12.2 por cada 100 mil habitantes, según datos del PAN, lo cual la ubica por encima de Ciudad Juárez. A mediados de enero en el 2013, El Seminario registró al menos cinco asesinatos. El 25 de enero de este año se denunciaron 12 homicidios en 2 días y aunque luego se capturaron a presuntos responsables, Toluca fue ubicada a nivel nacional en los niveles de Ciudad Victoria, en Tamaulipas, o Acapulco, en Guerrero.

Tamaulipas, por ejemplo, se ha convertido en un estado dominado por los Zetas y por el Cártel del Golfo. Todos los niveles de gobierno están infiltrados y la única forma de difundir lo que sucede es por las redes sociales. Una de ellas, el muro en Facebook “Valor por Tamaulipas”, recoge los sucesos relacionados a la seguridad casi en tiempo real, gracias a la denuncia anónima de usuarios y con actualmente 160 mil seguidores, que publican extractos como los siguientes:

“Altamira.- Un dato confiable: “cada miércoles de la terminal de petróleos en Altamira, Tamps, sale un barco lleno de petróleo robado y con delincuentes a bordo hacia USA y regresa a los 6 ó 7 días, pero con gasolina que se transporta y es usada para ellos”, o también temas sobre la línea fronteriza, como “Reynosa: confirmen sobre tráfico de personas: la gente que bajaba de los autobuses por la carretera de San Fernando ya no se los llevan por Waldos, ahora se los llevan en Elektra… Explorer roja como a las 5 pm; eran más de 10 los que se llevaron”. Los administradores d Valor Por Tamaulipas, en el sitio http://www.facebook.com/ValorPorTamaulipas?fref=ts, fueron amenazados por los cárteles, que ofrecieron 600 mil pesos por informes para capturarlos, a ellos o a sus familias.

Peña, mientras tanto, ejecuta desde la presidencia mexicana actos malabares. Cumple los compromisos de campaña, aquellos que lo llevaron al poder. No sólo hay empresarios o grupos político en espera, sino que un ejército de comprometidos será incrustado en las filas del federalismo al estilo Atlacomulco. Un ejemplo sucede en la Secretaría de Desarrollo, encabezada por la perredista Rosario Robles, y en donde se preparan más de 2 mil 200 despidos, que abrirán la oportunidad para los aliados del peñismo. Sucede así en todas las dependencias, mientras el Ejecutivo celebra como puede el onomástico del ejército e Isidro Pastor, enemigo político declarado de Peña y Montiel, encuentra acomodo como secretario de Desarrollo Metropolitano en la entidad. Legitimadas las alianzas, a Peña no le queda sino cumplir con su propio papel. Giras oropeladas por el extranjero y discursos de buena voluntad son repetidos hasta el cansancio en los medios. La vida de Enrique es un paralelismo cruel entre las verdades del país y quien dicen gobernarlo.

Peña, amado por muchos pero señalado por más, prepara desde ya su sucesor y por lo pronto mete en la baraja del 2018 a Manuel Velasco, el desmayado gobernador de Chiapas y a Luis Videgaray en la línea de sustitución directa en el Estado de México, donde Eruviel Ávila ha sido aislado hasta de sus más elementales funciones. Enriquecido pero reducido a la máxima pobreza política, Eruviel entiende que no lo que queda más que hacer y esperará, obediente, la decisión presidencial.

Pero Toluca y su Metepec artrópoda, incómoda, encimosa, no distingue ya los límites. Hace diez años, resultaría impensable encontrar a seis descuartizados en sendas bolsas plásticas, en las calles de aquel municipio. O hace 20 años, nadie sugería que los fraccionamientos a medio construir serían albergue de narcotraficantes. Hoy, 75 de éstos cumplen sin dificultades esa función, y a todos les resulta lo más natural. Metepec esconde sus historias, como aquella donde se asegura que en laza Galerías, el complejo comercial más grande del valle de Toluca, aparecieron 16 menores de edad ejecutados, precisamente el día del Amor y la Amistad, el 14 de febrero del 2013. Nadie lo supo y los observadores no acreditados no lo pueden probar. La leyenda negra del Día de San Valentín ni siquiera se asienta en el récord de los federales, encargado del caso, ni tampoco en la manta dejada en algún lugar de aquel complejo y que nada más decía que “muere Peña o muere el pueblo”. ¿Quiénes son los enemigos del presidente en esta realidad de ciencia ficción?

Los tigres de Luvianos

* La zona sur del Estado de México, conocida como el Triángulo de la Brecha o Tierra Caliente, hace frontera con Michoacán y Guerrero en uno de los climas y terrenos más agrestes de la localidad debido a las altas temperaturas pero también a la montañosa geografía que la rodea. El clima caluroso ha alcanzado hasta para municipios como Valle de Bravo, un centro turístico internacional desde hace años. Ahí, luego de que el turismo tomara el control económico del lugar, también el narco llegó para extorsionar, secuestrar y hasta gestionar trabajos realizados en otras regiones.

Miguel Alvarado

Un habitante del municipio de Tejupilco observa sentado en la plaza de su pueblo el paso de un convoy del ejército mexicano. Algunos jeeps y camiones de redilas con soldados atrás avanzan despacio por la carretera, que parte en dos la población y avanza hacia los entronques de Luvianos, Bejucos, Otzoloapan y Zacazonopan.

“Aquí todos saben quiénes son los narcos. Son de La Familia y trabajan desde que les ganaron la plaza a los Zetas y los Pelones. Los de la policía y los militares casi siempre se han hecho tarugos. Si todos los del gobierno municipal tienen que estar con ellos para que no les pase nada. Aquí nadie denuncia nada porque a nadie le conviene. Los narcos ni son de aquí. Unos sí, porque los han jalado para trabajar pero al principio había muchos de fuera”, asegura el poblador, quien afirma que nada ha cambiado, que todos trabajan o hacen sus actividades como siempre y que se puede vivir siempre y cuando no se metan con los narcos, que a veces pasan con sus camionetas. “Hasta los polis los saludan. Luego, cuando salen los del ayuntamiento a alguna cosa, también a ellos saludan”, dice riéndose mientras se levanta y toma rumbo hacia su casa, atrás de la vieja iglesia del pueblo.

La zona sur del Estado de México, conocida como el Triángulo de la Brecha o Tierra Caliente, hace frontera con Michoacán y Guerrero en uno de los climas y terrenos más agrestes de la localidad debido a las altas temperaturas pero también a la montañosa geografía que la rodea. El clima caluroso ha alcanzado hasta para municipios como Valle de Bravo, un centro turístico internacional desde hace años. Ahí, luego de que el turismo tomara el control económico del lugar, también el narco llegó para extorsionar, secuestrar y hasta gestionar trabajos realizados en otras regiones.

Tierra Caliente es, desde hace mucho, paso de drogas hacia otros puntos de la república. Su ubicación, incluida la sierra de Nanchititla, es una fortaleza natural que protege demasiado bien a quien quiere esconderse allá. La región sureña es también una de las más pobres del Edomex y es exportadora de indocumentados hacia Estados Unidos o las grandes urbes del país. Las tierras son abandonadas y producen poco, pero el fenómeno del narco ha cambiado la cara de algunos municipios como Luvianos, donde hasta hace unos años el panorama era el de la miseria acostumbrada. Hoy, grandes caserones y hasta las calles pavimentadas se observan allí. Se han abierto bodegas para materiales de construcción y las fachadas de las casas han sido reparadas. Una extraña combinación arquitectónica ha transformado el lugar. Estatuas de águilas y caballos conviven entre casas con torres de observación y enormes zaguanes pintados de color pastel. Cerca de allí, el balneario Las Lomas espera paciente la llegada de visitantes. Casi arruinado hace dos años porque la carretera hacia allá no se terminaba, sobrevivía de los propios habitantes de la región pues el turismo había sido advertido sobre la peligrosidad. Pero si Las Lomas pudo recuperarse medianamente, en Luvianos, un pueblo de 8 mil 146 habitantes, se construyeron tres enormes salones de fiestas, con capacidades para mil asistentes. Allí se organizan los convivios regionales pero nadie sabe cómo pudieron levantarse, aunque a nadie le interesa porque no quieren problemas. Se limitan a asistir cuando son invitados. Luvianos es uno de los ejemplos de cómo los pueblos sureños han cambiado gracias al narcotráfico, que ha tomado en sus manos leyes y gobiernos para imponer una paz forzada que le permita trabajar sin discusión ni problema. Otros municipios de la zona como Otzoloapan, Zacazonapan, Amatepec y Tlatlaya han resentido el fenómeno de otra manera. Tierras abandonadas u ocupadas por extraños y tarifas para mantener comercios y poder vivir sin problemas se convirtieron en prácticas habituales. Muchos huyeron o se fueron en busca de mejores tiempos pero otros se adaptaron. Ni siquiera enfrentamientos mortales como los registrados en Caja del Agua entre el 2009 y el 2010 los desarraigan. Primero, el 1 del julio del 2009, Pelones y Familia chocaban entre sí en aquella comunidad, paso obligado de la droga hacia Guerrero y Michoacán. Siete sicarios detenidos, camionetas de lujo, motos y hasta 25 armas largas decomisó la antigua policía mexiquense, ASE, que intervino en plena balacera. Una versión señala 12 narcos muertos y dos policías heridos en una yerta que busca ejecutar al líder criminal Osiel Jaramillo.

Catorce días después, otra vez en Caja de Agua, una emboscada arrojaba dos personas ejecutadas y la movilización de 80 policías de la ASE. Era un nuevo enfrentamiento entre quienes peleaban la región pero tampoco en esa ocasión se confirmó la muerte de Jaramillo. Sin embargo, el ataque involucraba granadas de fragmentación. Era cuestión de tiempo para que Osiel cayera abatido y el 23 de octubre de ese mismo año pero en el centro de Luvianos, aparecía muerto junto con otra persona, con 49 impactos de bala en su cuerpo. El crimen era emblemático pero ejemplar, porque los cuerpos fueron colocados con premeditación frente a una tienda de materiales de construcción, propiedad de la familia González Peña, que un año antes había visto cómo Ranferi González Peña era asesinado en su propia casa y un hijo de éste secuestrado para no volver a saberse de él. La Familia Michoacana limpiaba el territorio pero también vengaba a sus caídos y si algunos líderes habían muerto, pronto se apoderarían de toda la región. Buscaban al verdadero jefe, Albert González, conocido como El Tigre, comandante en jefe de los Zetas en Luvianos. Ranferi, Jaramillo y El Tigre tenían un historial delictivo que los ligaba con actividades ilegales que el gobierno mexiquense conocía. El escritor Francisco Cruz, coautor del libro Negocios de Familia para editorial Planeta, ubica a estos González en su investigación: “…La imagen de Esquivel se fue difuminando hasta desaparecer, y el asesinato terminó por perderse en una maraña burocrática judicial a partir del lunes 20 de mayo de 2008, cuando un comando de encapuchados irrumpió en un domicilio sobre la avenida 16 de Septiembre en Luvianos —un pequeño municipio al sur del estado, sumido en la pobreza y controlado por el imperio de El Chapo Guzmán— y ejecutó al maestro Ranferi González Peña, un supervisor escolar de zona de cuarenta y cinco años de edad, considerado hasta ese momento cabecilla de los asesinos a sueldo de La Familia, una de las dos organizaciones que controlan el crimen organizado en el Estado de México. El homicidio fue perpetrado con al menos una decena de descargas de armas de fuego de alto poder, los asesinos encapuchados —quienes vestían uniformes negros con las siglas de las Agencia Federal de Investigaciones (AFI) y de la de Seguridad Estatal (ASE)— abordaron dos camionetas que los esperaban y huyeron. Y cuando la familia de la víctima aún no salía del estupor, regresaron, levantaron el cadáver y lo metieron en uno de los vehículos. Luego enfilaron por una de las calles en dirección a una casa de materiales, donde secuestraron al arquitecto Ranferi González Rodríguez, hijo de González Peña.

Aunque sólo se habló de dos camionetas, vecinos de la familia Ranferi recuerdan que, a las ocho y diez de la mañana, por la 16 de septiembre apareció un convoy, instaló un retén en dos esquinas sobre la cabecera municipal y, en un par de minutos, unos cinco sicarios descendieron de dos camionetas con vidrios polarizados, irrumpieron en el domicilio de los Ranferi y asesinaron al maestro, frente a su madre y dos de sus hermanas, de nueve y diez años de edad. En las calles de Luvianos nadie habla. Se respira el miedo, pero todavía se recuerda que, en los días previos a la ejecución y al secuestro, allegados al maestro Ranferi —hermano de Alberto González Peña, El Coronel, presunto lugarteniente de una célula de Los Zetas en la zona— abrieron la boca y alardearon sobre algunas propiedades “liberadas” luego de una incursión al puerto de Veracruz para silenciar a un grupo de agentes del Estado de México”.

Tigre o Coronel, también cayó, aunque en manos de la policía federal y dos años después, el 25 de junio del 2011. Su nombre completo era Albert González Peña o Franco Bueno Peña y para ese año se encargaba de la plaza de Veracruz para los Zetas. Pocos se dieron cuenta de que era el mismo que había operado en tierras mexiquenses. Pero ya no importaba. Poco a poco la historia y su entramado dejaron paso a otras, más sangrientas y no menos importantes.

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