El amigo Luis

* Se había puesto en marcha un proceso ultraselectivo para armarle el equipo propio a Peña Nieto. Bien intencionadas algunas, maliciosas la mayoría, las filtraciones permitieron vislumbrar las alianzas internas para garantizar la lealtad plena al proyecto presidencial, mientras especialistas en marketing y asesores de imagen —en su mayoría de Televisa— colocaban el producto, o la marca, en el mercado nacional. Sobre los eventuales reclutas hubo muchos nombres, pero muy pocos elegidos. El primero en la lista de los nuevos Golden Boy’s —amigos y funcionarios responsables de tomar decisiones políticas, económicas y financieras, cualesquiera que éstas sean— fue el de Luis Enrique Miranda Nava. Este texto es parte del libro escrito por el periodista Francisco Cruz, Los Golden Boy’s, editado por Planeta en el 2012

 

Francisco Cruz Jiménez

Durante los meses que siguieron a la toma de posesión de Peña Nieto como gobernador —15 de septiembre de 2005—, y al fatídico, para Montiel, 10 de octubre, fue un secreto el funcionamiento del equipo peñanietista. Luego, a finales de 2006 la indiscreción de un funcionario del PRI permitió saber que el Grupo Atlacomulco, con Montiel a la cabeza, preparaba un reacomodo con visos de revancha para iniciar, una vez más, la conquista de la elusiva candidatura presidencial.

Se había puesto en marcha un proceso ultraselectivo para armarle el equipo propio a Peña Nieto. Bien intencionadas algunas, maliciosas la mayoría, las filtraciones permitieron vislumbrar las alianzas internas para garantizar la lealtad plena al proyecto presidencial, mientras especialistas en marketing y asesores de imagen —en su mayoría de Televisa— colocaban el producto, o la marca, en el mercado nacional.

Sobre los eventuales reclutas hubo muchos nombres, pero muy pocos elegidos. El primero en la lista de los nuevos Golden Boy’s —amigos y funcionarios responsables de tomar decisiones políticas, económicas y financieras, cualesquiera que éstas sean— fue el de Luis Enrique Miranda Nava. Esa situación hizo a Miranda intocable. Al lado de María Elena Barrera Tapia, es considerado el único amigo de Peña. Los une una amistad sólida. Ellos, con Luis Videgaray, son el corazón del equipo.

Ciertamente la carrera de los tres está unida por Montiel, quien los amalgamó en los originales Golden Boy’s, pero también es cierto que todos ellos —Peña, Miranda y Barrera—tenían amistad antes de integrarse al gabinete estatal montielista, mucho antes de que el ahora presidente estuviera en camino de convertirse en una estrella más de Televisa.

Enrique Gómez y Abel Barajas escribieron el 15 de abril de 2008 en el periódico Reforma: “Miranda, quien entró al gabinete de Montiel cuando tenía 35 años, inició en la Coordinación Jurídica del gobierno estatal, de donde pasó a la Subsecretaría de Asuntos Jurídicos. Luego ocupó la Secretaría de Administración y, en 2003, llegó a la de Finanzas, tras fusionarla con la anterior dependencia. […] Los Golden Boy’s ya vislumbraban el salto para el siguiente gobierno”.

Considerado uno de los hombres más controvertidos de la política mexiquense, Miranda convirtió la causa de Peña en una obsesión. Retrospectivamente, hay elementos para afirmar que, en dos ocasiones, ha caído hasta el fondo y, en ambas, estuvo allí la mano salvadora de su amigo.

En 2005, escribieron Gómez y Barajas, “salió a la luz pública que Miranda Nava estaba en la trama de intermediarios y prestanombres de Montiel para adquirir bienes inmuebles. De acuerdo con documentos del Registro Público de la Propiedad de Tenancingo, el 6 de mayo de 2002 Miranda compró a Kurt Andrea Visetti Vogelbach y Patricia Ruth Visetti, tres predios en el municipio de Tonatico, por un valor de 3.8 millones de pesos. Pasados 19 días, Miranda se los vendió al mismo precio a Montiel”. Adquiridos, los tres terrenos se unificaron en una sola propiedad de 6 mil 539 metros cuadrados. La casa ocupa la mitad de la manzana y cuenta con tres conjuntos construidos, amplios jardines y una alberca.

Para que no hubiera dudas, el periódico Reforma transcribió los documentos oficiales: “Luis Enrique Miranda Nava vende, y el señor Arturo Montiel Rojas compra y adquiere para sus hijos Arturo y Juan Pablo Montiel Yáñez en copropiedad y en partes iguales la nuda propiedad del inmueble, indica el asiento 1066 de la Sección 1, Volumen 64 del Libro Primero del Registro Público. La finca se ubica en la esquina de las avenidas Miguel Hidalgo y Álvaro Obregón, Barrio de Santa María Norte, en el paraje denominado Tempantitla, a unos 3 kilómetros del municipio de Ixtapan de la Sal, en el sur del Edomex. Los señores Arturo Montiel Yáñez y Juan Pablo Montiel Yáñez donan y transmiten a título gratuito a la señora Paula María de Jesús Yáñez Villegas la nuda propiedad respecto del terreno con casa habitación ubicada en el paraje denominado Tempantitla, se indica en el volumen 67, libro primero de la sección primera del Registro Público de Tenancingo”.

Las relaciones Miranda-Peña-Montiel se estrecharon todavía más. Miranda fue nombrado nuevo secretario de Finanzas. Le fue mejor porque su nueva dependencia absorbió las Secretarías de Planeación y  Administración que dejaba pendiente Peña, al registrarse como candidato a diputado local por un distrito de su natal Atlacomulco para el periodo 2003-2006. A Miranda le crearon una supersecretaría.

Unos meses después de los señalamientos, pasada la tormenta de las acusaciones y asentado en su nueva supersecretaría, desde las oficinas del gobernador Peña salió la solicitud para hacerlo candidato a la presidencia municipal de Toluca. Algunas crónicas de los periódicos locales reflejan la situación:

“Marzo de 2006. Luis Miranda revisa por enésima vez los resultados. Su cara, casi siempre de pocos amigos, se contrae y deja poco a la imaginación. Atrás quedaron las reuniones multitudinarias con transportistas, aquel baile con integrantes de la tercera edad que lo captó intentando pasos imposibles. La derrota estaba anunciada. El panista Juan Rodolfo Sánchez Gómez comería, meses después, tacos de canasta con el alcalde saliente, Armando Enríquez, en las obras viales de Alfredo del Mazo, comenzando así el tercer periodo azul al frente de la capital mexiquense. Miranda desaparecería del escenario político, refugiándose en Ixtapan de la Sal.

”Hijo de Luis Miranda Cardozo, ex presidente del Tribunal Superior de Justicia, Miranda obtuvo 85 mil 778 votos, contra 128 mil del panista Sánchez. Miranda Nava se sumó a la lista de candidatos tricolores derrotados por el PAN. Alberto Curi perdió contra Juan Carlos Núñez Armas en 2000, y Armando Enríquez venció a Ernesto Monroy Yurrieta.

”En 2006, la derrota de Miranda no pudo ser evitada pese a que el candidato priista fue quien más gastó en el proceso electoral, según reporte del Instituto Electoral del Estado de México (IEEM), que aseguró que en los primeros 15 días Miranda tuvo 667 spots”.

El enclaustramiento en Ixtapan fue efímero. El 28 de septiembre de 2007, Peña lo nombró subsecretario General de Gobierno bajo las órdenes de Humberto Benítez Treviño. Diecinueve meses más tarde, el 1 de abril de 2009, asumió como la titularidad de dicha Secretaría, en sustitución del hankista Benítez Treviño, enviado como candidato a una diputación federal.

“El caso de Miranda es especial, además de amigo personal de Peña, conoce el manejo de las cuentas y la deuda pública, pues se encargó —con Luis Videgaray Caso, a la sazón ejecutivo estrella de la empresa Protego de Pedro Aspe Armella— de renegociar la deuda mexiquense en el sexenio montielista.

”El nombramiento puso a Miranda, si bien ilusoriamente, en la línea de sucesión del propio Peña, junto a Videgaray, quien al inicio del gobierno peñanietista fue contratado como secretario de Finanzas—.

”Al enfrentar Montiel acusaciones por enriquecimiento ilícito, Miranda fue arrastrado en las investigaciones contra el ex mandatario y su familia, un ex colaborador y 13 ex diputados locales, a quienes el perredista José Luis Cortés Trejo, décimo quinto regidor en Tlalnepantla, acusó de recibir 25 millones de pesos cada uno por aprobar las cuentas públicas e iniciativas de aquella administración. Miguel Sámano, ex secretario particular de Montiel, y Carlos Rello Lara, ex secretario de Desarrollo Económico también fueron implicados.”

Los escándalos exaltaron a Montiel, cuyo saldo superó los alcances de su sofisticada esposa francesa Maude Versini y de sus hijos: el sábado 29 de octubre de 2005, Cortés presentó una segunda denuncia de hechos, con folio 069490. Montiel y su familia fueron acusados de incurrir en enriquecimiento ilícito, peculado, uso indebido de atribuciones y lavado de dinero, pero se pidió indagar también a Luis Enrique Miranda Nava, secretario montielista de Finanzas, Administración y Planeación, así como al padre de éste, Luis Miranda Cardoso, ex presidente del Tribunal Superior de Justicia, como prestanombres de Montiel. La denuncia cargó contra casi toda la familia Miranda Nava: Javier, Ana Rosa, José Javier, Gabriel, Alfredo, Armando, Felipe, María Estela, María de los Ángeles, Pedro, Rubén, Salud y Enrique, así como María del Carmen Miranda Nava de Mercado y Roberta Miranda Cardoso.

El caso de las acusaciones presentadas por Cortés Trejo en 2005 tuvo un nuevo episodio durante 2006: había documentado, al menos, 123 propiedades a nombre de los Miranda Nava y Miranda Cardoso, pero que, en realidad, pertenecían a los Montiel. Las autoridades estatales lo arroparon con una exoneración y Peña lo reintegró a la nómina gubernamental en la Subsecretaría de Gobierno para, más tarde incorporarlo a la Secretaría de Gobierno, el segundo puesto más importante de la administración estatal.

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Sólo personal autorizado

* El Estado de México es, desde el 1 de julio de 2012, la tierra prometida. Y han empezado a tejer sueños de que, al término de su encargo como presidente de la República, Enrique despachará en otra oficina principal, como la de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Nada les parece demasiado grande o México les ha quedado muy pequeño. Este extracto es parte del último libro del periodista y escritor Francisco Cruz, Los Golden Boy’s, editado por Planeta.

 

Francisco Cruz

Predomina el ánimo festivo en el Estado de México. Los priistas están convencidos de que si Enrique Peña quiere alcanzar una estrella, sólo necesita estirar la mano; profesan la creencia de que nada hay de extraño en amalgamar política, negocios y religión; sospechan —y lo tienen de cierto— que detrás de la reconquista presidencial está la mano negra de Arturo Montiel, Carlos Salinas, Alfredo del Mazo, la cúpula de la iglesia Católica y Emilio Azcárraga Jean, pero nada les amarga la “victoria”. Suya sienten la casa presidencial.

No se trata de un optimismo abstracto. Para ellos, el Estado de México es, desde el 1 de julio de 2012, la tierra prometida. Y han empezado a tejer sueños de que, al término de su encargo como presidente de la República, Enrique despachará en otra oficina principal, como la de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Nada les parece demasiado grande o México les ha quedado muy pequeño.

Puede probarse un rosario de operaciones irregulares en el recorrido que empezó en 2005, pero despiden con cajas destempladas a quienes hablen sobre la bien fundamentada sospecha de que en los derroches de campaña, además de cuentas bancarias repletas de dinero, se escondieron y triangularon recursos de dudosa procedencia o de empresarios, gobiernos estatales, altos e influyentes burócratas de los estados, viejos políticos priistas e hijos de estos convertidos en intermediarios para maquinar un escandaloso fraude electoral.

El periodista Jenaro Villamil, de la revista Proceso, en su artículo “Peña Nieto, lo anacrónico como moderno” lo escribe de la siguiente manera: “Montiel es el jefe máximo de esta aventura que dejó inconclusa en 2006. A nadie le preocupa porque Televisa, juez y parte en el escándalo de corrupción montielista, ahora es la gran plataforma para que Peña y el Grupo Atlacomulco puedan retornar al viejo proyecto”.

Adoptado en 2005 por Azcárraga, accionista mayor de Televisa, gracias a las generosas sumas de dinero que el gobierno mexiquense destinaba para exaltar su imagen como candidato a gobernador, luego en el cargo y, por último, como candidato presidencial, Peña no sólo tuvo éxito entre los círculos selectos del poder, sino entre un empresariado urgido de alguien que mantuviera la hegemonía del capital y ampliara el horizonte de sus ganancias.

Los adjetivos para exaltar la personalidad se multiplicaron. Dio para futbol, telenovelas, revistas del corazón, transmisiones de un discutible contenido cómico y programas de información o segmentos de opinión sesgados que se ofrecen en señal abierta. Ninguno escapó a la dosis de simpleza que, con todo empeño, las televisoras dotan a sus producciones. Por lo mismo, no puede hablarse de una casualidad entre marketing, Peña y la campaña electoral que terminó con los comicios presidenciales.

Con Televisa como su centro gravitacional, Enrique fue visto como un “líder” nato. Y empezó a ocupar espacios privilegiados en los noticieros de la televisora, corporación dedicada a la política a través de la exposición mediática de determinados personajes. Hacía mucho que la televisión había encontrado en la elaboración de “contenidos chatarra” un nicho de mercado que le proporcionaba enormes cantidades de dinero.

Desde hace años, los productos más nocivos para el mexicano promedio son TV Azteca y Televisa. Allí es donde Peña se cobijó, encontró a unos aliados poderosos que parecen decidir la vida del mexicano por encima de cualquier gobierno o forma de organización. Televisa construyó primero a los mexiquenses, y luego a todos los mexicanos, un nuevo “héroe” de dimensiones insospechadas, un guapo en toda la extensión de la palabra—un baby face, como lo bautizaron los cartonistas Helguera y Hernández—.

Tras la paulatina difusión de su imagen, el vergonzoso retiro de Montiel como precandidato presidencial, y las campañas negras contra Andrés Manuel López Obrador, el despegue llegó en forma “natural”. Sin embargo, había algunas razones de fondo que, valga la expresión, todo mundo quería ocultar: Peña gobernaba el estado más poblado del país, con 15.2 millones de habitantes, pero también manejaba un presupuesto anual cercano a 100 mil millones de pesos que aumentaba en forma desmesurada. Para 2012 se ubicaba ya en $165, 642’ 766, 034.00 pesos o, para leerlo mejor, 165 mil 642 millones 766 mil pesos con 34 centavos, sin contar las participaciones extraordinarias de los excedentes petroleros.

Ni siquiera le hacían sombra los recursos del Distrito Federal, la capital mexicana que desde 1999 gobierna la izquierda. La cantidad de ingresos que aportaban los contribuyentes mexiquenses y el destino que se dio a muchos de ellos —publicidad directa y triangulada— puso en evidencia la estrecha vinculación política entre Emilio Azcárraga Jean y Peña —o los recursos del Estado de México, que para el caso era lo mismo—.

Aunque los priistas se hacen de la vista gorda, pocos creyeron que esa unión tuviera un origen distinto al de los dineros públicos. En 2005, apenas consumado el primer trimestre de su gobierno, Peña pactaba una ambiciosa estrategia de publicidad por un total de 742 millones de pesos que incluía, además de tiempo aire, asesoría en materia política y de comunicación a cargo de las empresas intermediarias Tv Promo y Radar Servicios Especializado.

El contrato, ampliamente divulgado y documentado por Jenaro Villamil —en su libro Si yo fuera Presidente. El reality show de Peña Nieto, Grijalbo, 2009— se firmó a finales de 2005 y presenta las rúbricas del titular de Comunicación Social mexiquense, David López, y de la representante de TV Promo y Radar Servicios Especializados, Jessica de la Madrid. El documento revela que se trató de una estrategia de publicidad por 742 millones de pesos, de los cuales 691 millones se destinarían a la publicidad televisiva y el resto a asesoría política y de comunicación.

Luego entró en escena la “ventaja” electoral —poco más de 10 millones de potenciales votantes—, el amparo de Salinas y, por último, la empresarial: el Estado de México cuenta con 90 parques y zonas industriales, dos de las cuales se encuentran entre los tres corredores más ricos e importantes del país: el Toluca-Lerma y el Naucalpan-Tlalnepantla.

No era ningún secreto que, desde que ganaron la Presidencia de la República en 2000, los panistas habían perdido credibilidad. Para 2007, cuando ya se sentía con fuerza la bota militar de Felipe Calderón, el país entraba en una espiral de muertos y estallaba una de las peores crisis económicas. También se había descubierto que los panistas estaban transformados en una viva imagen del PRI, el de los negocios sucios y ocultos, el del nepotismo y el compadrazgo, el de la simulación y la tranza.

Años más tarde —20 de agosto de 2012—, un informe interno de la dirigencia nacional del PAN entregado a la revista electrónica Reporte Índigo asentaría: “En el comportamiento de los panistas no aplica la fuerza de las ideas, sino la fuerza del interés, la nómina y el poder. Se perdió la responsabilidad ética ante el juicio ciudadano, algunos comités del PAN han caído en malas prácticas del PRI. […] Se disfrazan, eluden o minimizan los problemas. Se han tolerado actos de corrupción de militantes y funcionarios panistas. Existe manipulación de los procesos internos, se permite la democracia simulada. […] Funcionarios hacen negocios desde el gobierno. […] Hay comportamientos públicos vergonzosos e ilegales que quedan impunes. […] El gobierno federal tiene un exceso de funcionarios priistas. […] Ayuntamientos y legisladores panistas están cooptados por el crimen organizado. [Y] en algunos lugares seguimos pagando a los representantes de casilla, movilización e incluso pagamos el voto”.

Para 2006, la lectura era clara: Calderón llegó a la Presidencia porque el izquierdista López Obrador no encajaba en los planes de los poderes fácticos. Y desde el Estado de México algunas familias poderosas hicieron guiños. Enrique Peña Nieto podía y debía convertirse en el hombre clave para mantener el proyecto neoliberal que se impuso en el régimen presidencial de Miguel de la Madrid Hurtado y se consolidó en el de Carlos Salinas de Gortari.

Institucionalizadas las viejas prácticas corruptas priistas en el PAN —que mostraron todo su esplendor con la burda imposición de los michoacanos Germán Martínez Cázares y José César Nava Vázquez, como presidentes del PAN, así como la escandalosa impunidad de Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública, o los documentados excesos y abusos de Margarita Zavala y Felipe Calderón—, el Estado de México sedujo a las élites del poder.

La pérdida de confianza en los panistas mostró que el Estado de México nunca fue una entidad cualquiera: magnates, empresarios, industriales, obispos, arzobispos, cardenales, banqueros, comerciantes, intelectuales e investigadores “redescubrieron” qué representa y por qué el Grupo Atlacomulco se convirtió en el más longevo y poderoso clan político familiar de México.

Aunque sólo la conocían por encimita, la prensa habló maravillada, y maravillas, de la entidad que gobernaba Peña y su desarrollo empresarial. Las anécdotas sobre él, como personaje, también empezaron a aparecer. “Es político, pero si fuera deportista, Peña sería el novato revelación de la temporada”, escribió Inti Vargas el 12 de abril de 2005, en una biografía resumida que publicó en el periódico Reforma […] “Siempre ha cuidado su imagen, una apariencia de muy bueno, de muy propio, explica una ex compañera de clases, yo creo que siempre quiso ser gobernador y encontró quién lo apoyara. […] Nació en Atlacomulco y vivió ahí sus primeros años, hasta que su papá, también llamado Enrique, fue director de Compañía de Luz y Fuerza del Centro y la familia se mudó a Toluca. […] Aquí lo conocimos como ‘Enriquito’ […] La estabilidad familiar es uno de sus activos. […] Está casado desde hace 10 años con Mónica Pretelini, con quien tiene tres hijos, los únicos a quien contesta el teléfono todo el tiempo, aunque se encuentre en reuniones privadas. Puede estar en el evento más importante, pero si uno de sus hijos trae las agujetas desatadas, se detiene a amarrarlas, es muy hogareño, muy apegado a su familia.”

Peña, pues, se transformó en el verdadero Golden Boy y el Estado de México en territorio de ambición porque allí se asientan familias de empresarios poderosos. Es el caso de los Hank Rhon, dueños de los grupos Financiero Interacciones y Hermes, establecidos en su amurallada fortaleza de Santiago Tianguistenco y que tuvieron su origen en el humilde y oscuro profesor Carlos Mario Hank González, quien al amparo del gobierno se alzó como uno de los políticos-empresarios más poderosos de México.

La apuesta con los empresarios tampoco era nueva. Éstos tenían razones para confiar. La historia respaldaba cualquier aseveración o, mejor, borraba cualquier duda que pudiera surgir. A partir de marzo de 1942, Isidro Fabela y Alfredo del Mazo Vélez, por ejemplo, sellaron una alianza sólida con Luis Gutiérrez Dosal, “famoso” acaparador del maíz, azúcar y alcohol del Valle de Toluca. Gutiérrez Dosal tenía, además, otros atractivos muy conocidos porque era un personaje cercano a los generales y coroneles de la zona militar.

Según se sabe, Gutiérrez Dosal tenía su centro de operaciones en la hacienda Doña Rosa, que se convertiría en oficinas y almacenes de la delegación estatal de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo), la cual era vigilada por soldados. La sola presencia de los militares representaba un mensaje claro en el sentido de que nadie se metería en los negocios del español Gutiérrez Dosal.

Jugando en el tablero de relaciones que se podían tejer contra los panistas y que nunca verían una alternativa en López Obrador, el atractivo de Hank era mayor por su parentesco con el banquero neoleonés Roberto González Barrera —quien murió el 25 de agosto de 2012, víctima de cáncer pancreático—, suegro de Carlos Hank Rhon.

Presidente del Grupo Maseca o Gruma, González Barrera tenía un segundo atractivo nada despreciable, debido a que su gran salto en los negocios, pero los negocios de a- de- veras, se dio durante el sexenio salinista. En 2005 controlaba una buena parte de la industria del maíz desde el sur de Estados Unidos hasta Centroamérica. Oficialmente, operaba en 13 países de Latinoamérica, Europa, Asia y Oceanía, además del sur de Estados Unidos y México.

También era propietario de Grupo Financiero Banorte, el único corporativo bancario con capital ciento por ciento mexicano. Los priistas mexiquenses esperaban que, con el apoyo de González Barrera, se diera, en automático, el de sus cuatro hijos: Roberto, Juan y Bertha González Moreno, y Roberto González Alcalá.

Como lo estableció en 2010 el libro Tierra narca, el Estado de México, refugio de los grandes capos del narcotráfico, “desde Atlacomulco y Acambay, la familia Alcántara controla a través del Grupo IAMSA al menos 8 mil unidades de autotransporte en 22 estados, que cada año movilizan a unos 260 millones de pasajeros en 70 rutas nacionales.

Los Alcántara manejan un conglomerado —cuya semilla se sembró en los gobiernos priistas de los atlacomulquenses Isidro Fabela Alfaro y Alfredo del Mazo Vélez, antepasados de Peña— que opera, entre otros, Grupo Toluca, Flecha Roja, Ómnibus de México, Flecha Amarilla, Enlaces Terrestres Nacionales (ETN), Primera Plus y Autobuses del Noreste.

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