Los ejemplares

* “Repudié el asesinato de Praxedis, tanto, que en la reapertura del caso ofrecí mi testimonio ante la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, dentro de la averiguación previa 7/3949/93-07; extrañamente, los funcionarios al mando de Bernardo Bátiz Vázquez, durante la Jefatura de Gobierno de Andrés Manuel López Obrador, ignoraron mi testimonio. El asesinato fue un exceso; la mafia encabezada por Caso, Peralta y Flores tenía elementos para destituir a Praxedis y proceder penalmente en su contra por saqueoal sindicato; pero alguien optó por la venganza personal”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Ambicioso y en campaña para exhibir a Praxedis, Víctor Flores mantuvo su promesa de apoyar a Miranda Servín. Lo apuraba para sacar, lo antes posible, la cuarta edición de La otra cara del líder; otro delincuente en el sindicato ferrocarrilero: “No fue ético proceder así, pero estábamos inmersos en una contienda política y en ese momento actuábamos indignados por el papel que hacía Praxedis. Sabíamos la cantidad de dinero que estaba robando con sus colaboradores, conocíamos las propiedades que adquiría, dónde comía, dónde se hospedaba —su pequeño departamento maltrecho, en la avenida Insurgentes Norte, lo había cambiado por un penthouse en Santa María la Rivera y una lujosa suite en el Hotel Pontevedra—, sabíamos a qué edecanes les había dado estatus de amantes oficiales y les había comprado un lujoso departamento. Todo. Y como parte importante de la portada publicaríamos la ficha signaléctica de Praxedis, acusado de lesiones graves y daños en propiedad ajena en 1983.

”Los primeros cinco ejemplares se los entregamos a Víctor el 1 de julio de 1993. Fue en una reunión en el Toks. Nublado y lluvioso el día, tomándonos una taza de café, vio la portada con la ficha signaléctica, una foto de Praxedis con Salinas y el secretario Caso, y la frase que sugirió. Después de una hojeada, nos dijo: ‘Ahorita se lo voy a llevar a Caso, también a Peralta’. El 3 de julio de 1993 comencé a promocionar la presentación del libro entre algunos periodistas, ferrocarrileros y políticos de diversos partidos, así como funcionarios de algunas secretarías de Estado. La venta comenzaría el 17, Día de la Nacionalización de los Ferrocarriles”.

Aunque los protagonistas prefieren olvidar esa parte, la historia siguió su curso. Todavía aquel julio de 1993, “Juan José Pulido me ofreció 200 millones de pesos: ‘Te lo digo derecho, Miranda, no queremos que saques ese pinche libro… te vamos a dar 200 millones y cada quien a la chingada, ¿cómo ves?’ No volví a aceptar una entrevista con Pulido. El 9 de julio recibí una llamada de David Guerrero, uno de los guardaespaldas de Praxedis. Me amenazaba dejándome un recado con mi hermana: ‘Dígale al escritor que no se meta con el diputado o se lo va a llevar la chingada’ […] El 14 de julio mi padre, Fernando Miranda Martínez, recibió una llamada de un Praxedis preocupado: ‘¿Qué pasó Miranda?, dile a tu hijo que no saque ese pinche libro, ya me habló Caso bien encabronado, me amenazó de muerte el pinche viejo. […] Vamos a arreglar esto, tú y yo siempre hemos sido amigos. […] Te espero mañana, a las ocho de la mañana, en el restaurante del hotel Del Prado’. La cita no se concretó. En los días anteriores Flores nos dio una fuerte cantidad, como gratificación por el tiraje: ‘Si se pone el pedo duro, (sic) no nos conocemos, ¡cabrones!’”

La madrugada del 17 de julio de 1993, Praxedis fue asesinado. “Después del homicidio, Víctor nos siguió dando gratificación para terminar de pagar la impresión. En una ocasión comentó: ‘Funcionó el pinche librito’. A partir de entonces mi padre y yo realizamos muchos trabajos de impresión y difusión para la mutualista Previsión Obrera, recomendados por Víctor. Durante este tiempo fueron directores de Previsión Obrera, Esteban Martínez, Jorge Peralta y Antonio Castellanos Tovar. Y aunque a veces no realizábamos trabajo alguno, ninguno tuvo objeciones para darnos el pago quincenal acordado. El director de Previsión Obrera del que recibimos mejor trato fue Peralta, a pesar de haberlo denunciado desde 1986. No nos decíamos nada respecto a Praxedis, pero sabíamos bien cómo estaban las cosas”.

Miranda Servín recapitula: “Repudié el asesinato de Praxedis, tanto, que en la reapertura del caso ofrecí mi testimonio ante la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, dentro de la averiguación previa 7/3949/93-07; extrañamente, los funcionarios al mando de Bernardo Bátiz Vázquez, durante la Jefatura de Gobierno de Andrés Manuel López Obrador, ignoraron mi testimonio. El asesinato fue un exceso; la mafia encabezada por Caso, Peralta y Flores tenía elementos para destituir a Praxedis y proceder penalmente en su contra por saqueoal sindicato; pero alguien optó por la venganza personal”.

Y Salvador Zarco, uno de los ferrocarrileros opositores más respetados lo ha dicho en algunas ocasiones: “Entonces se afirmó que Flores y Peralta tenían relación con ese hecho, aunque nadie levantó una denuncia por ello”.

Veinte años después y muerto el principal protagonista, es difícil conocer el impacto real del libro de Miranda, pero todavía hay testimonios de viejos obreros, ex maquinistas y ex guardavías, quienes en aquel proceso de 1992, se volcaron a votar por Praxedis cuando conocieron la portada y el contenido de La otra cara del líder. Si los sumarios —la historia de un capo sindical ferrocarrilero, y del presidio al presídium— impactaron, las imágenes hicieron más estragos. Nítida, en el centro, la ficha signaléctica en la foto que la policía le tomó a Peralta, era el convicto número 9235-61 de la Inspección General de Policía del estado de Veracruz; esa portada se amplió diez o 20 veces —un póster—, según el tamaño o la importancia de la estación de ferrocarril, para exhibir la peligrosidad del rival de Praxedis y de su cuestionado pariente Mario Vargas Saldaña.

En 1968, cuando aún le faltaban al menos dos tercios para cumplir su condena por el asesinato, con alevosía y ventaja, de su amigo, el atleta Serdán Reyes, Peralta salió de prisión gracias a su primo Vargas Saldaña, quizá el político priista más destacado en la historia moderna de Veracruz. Vargas Saldaña usó sus relaciones con el poder para hacer de lado aquel homicidio que mortificaba a la familia formada por Fausto Peralta Montero y Librada Vargas Quiroz. Liberado el primo homicida, recurrió a sus amigos en el gobierno federal para reinsertar a este en Ferrocarriles Nacionales de México.

En resumen, la historia que se contaba entre los ferrocarrileros era la siguiente. Como pasaba con muchos veracruzanos a los 15 años de edad, en 1955 el futuro de Peralta tenía un destino. Ese año el STFRM lo aceptó en una de las categorías más bajas: mensajero de patio, aunque más tarde, por recomendación de Vargas Saldaña, fue enviado al Departamento de Oficinistas de la Terminal de Veracruz, en calidad de extra y con la categoría de mensajero. Sin mucho esfuerzo, le consiguió la plaza que —hasta 1954, cuando murió— ocupó su padre Fausto Peralta Montero. De allí ascendió a boletero. En los movimientos ferrocarrileros de 1958 y 1959, Jorge había tomado una decisión: jugar al esquirol y apuntalar al grupo charro de Luis Gómez Zepeda. Pero en 1961, su vida se truncó cuando en los primeros minutos de la madrugada del 19 de octubre, en el cuarto número 5 del hotel Veracruz Courts, asesinó de dos balazos por la espalda, con una Súper Colt calibre .38 al atleta Carlos Serdán Reyes.

Protagonista del crimen del año en el estado de Veracruz, un juez del fuero común decidió detenerlo sin derecho a libertad bajo fianza. Después de un largo proceso, el 16 de octubre de 1962 el juez tercero de primera instancia, Arturo de la Llave Uriarte lo condenó a purgar 16 años de cárcel y a pagar 2 mil pesos de multa. Tres años menos obtuvo su cómplice Vicente Vilaboa Orduña, alias El Marihuano. Peralta, apenas cumplió seis de su condena, fue liberado en los primeros meses de 1968, gracias a la intervención de Vargas Saldaña, quien lo integró a su cuerpo de guardaespaldas. Al siguiente año lo reacomodó en ferrocarrilesy lo encargó personalmente con el charro Gómez Zepeda, quien lo hizo comisionado sindical y, en 1986, lo llevó a la Secretaría Nacional del sindicato.

A su salida de la cárcel, Peralta tenía un nuevo amigo: un obrero chaparrito, moreno y feo, de 33 años de edad, de barba rala, que pasaba gran parte de su vida en los patios del ferrocarril en Veracruz como llamador y cambiador de trenes. Por casi 12 años, éste había realizado la misma labor rutinaria: con una palanca cambiar el destino de los ferrocarriles. Era también un experto bailarín o, para decirlo en palabras de los viejos jarochos, era el maestro de baile de las quinceañeras del Puerto de Veracruz. Su nombre: Víctor Félix Flores Morales, un hombre tímido, sumiso, —ya luego mostraría otro rostro— que había crecido en la colonia Centro del puerto, en el 1140 de la calle Vicente Guerrero, casi esquina con Emparan. Vivía en una casa de madera y de teja —reconstruida más adelante y vigilada a través de circuito cerrado—, pero desde donde la familia entera, sus padres Faustino y Genoveva, así como sus hermanos Mercedes, Consuelo, Faustino y Ramón, alcanzaban a ver los patios ferrocarrileros.

Las aspiraciones más negras

* “El miedo a Praxedis lo hizo rodearse de un cuerpo personal de guardaespaldas formado por halcones o golpeadores ferrocarrileros que ofrecían un testimonio cristalino sobre la situación: un personaje de baja estatura, moreno, nervioso, delgado y muy sumiso —hombrecillo le llaman sus críticos—, lleno de ambiciones que habitaba en un modesto departamento de 50.65 metros cuadrados, en el condominio número 215 de la calle Guerrero en la colonia Guerrero”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Cuándo y cómo operó el cambio, sólo en el sindicato puede encontrarse la respuesta. La mayoría coincide que justo el día de su ascenso como secretario nacional, Víctor Flores, valga decir, fue la víctima indefensa —quienes lo conocen lo asocian más a la cobardía— de las iras y bromas de Praxedis, un maquinista rudo, de carácter recio, atrabancado, musculoso y violento de 1.85 metros de estatura; de rasgos negroides. Flores, el bufón, era la encarnación de los intereses y las aspiraciones más negras de dos grupos —Héroe de Nacozari y peraltista— que querían prevalecer y hacerse, malamente, del futuro de los obreros del ferrocarril. Según se cuenta, Praxedis, no pensaba mucho cuando se trataba de liarse a golpes. Resultado de esas bromas, enemistades o antipatías, apenas al llegar a la Secretaría Nacional, y Víctor a la Secretaría del Tesoro, Praxedis mandó instalar cámaras de video en las oficinas de Flores, sobre todo, en la caja fuerte, como una provocación abierta para que no robara ni un centavo y en varias ocasiones lo amenazó. Le advirtió que si lo sorprendía robando le daría una golpiza y lo enviaría a la cárcel.

”Como la platicaba —recuerdan algunos de los praxedistas—, la anécdota parecía divertida. Pero Praxedis mostraba su puño derecho, preguntando a sus guardaespaldas ¿sí o no le dije?: mira Víctor, róbate un centavo y te parto la madre, te ando dando una madriza; me vale madre que seas un pinche enano y échame a tu papá Peralta (…) con él sí me puedo dar en la madre porque somos del mismo peso. Y Víctor reconocería, en una plática que había tenido altercado de esa naturaleza”.

A mediados de 1993, en una entrevista con Miranda Servín y el padre de éste, en el restaurante Tok’s de Insurgentes y avenida San Cosme, de la ciudad de México, Flores llegó “pálido y descompuesto porque acababa de tener un enfrentamiento con Praxedis; desesperado, molesto, manifestó que ya no lo aguantaba: ‘Le voy a romper su madre’. Y nos propuso: ‘Sáquenle un libro, yo lo pago (…) a ver si así me lo quito de encima’. Sin recursos para emprender un proyecto de esa naturaleza, la idea —cuenta Fernando— me pareció aceptable; además había sido marginado luego de colaborar en la campaña electoral que lo había llevado a ocupar el máximo cargo en el sindicato ferrocarrilero y también había atestiguado su proceder corrupto y desleal en contra de los obreros. Por otro lado, me atraía la idea de volver a denunciar públicamente a otro líder nacional de este sindicato, con pruebas documentales”.

”A partir de ese momento, Víctor me proporcionó más documentación sobre los fraudes de Praxedis. Con estos datos y los que yo tenía comencé a elaborar la cuarta edición de La Otra Cara del Líder, cuya portada sugirió Víctor Flores. Se hizo cargo de todos los gastos. De enero a junio de 1993, tuvimos varias entrevistas. Le interesaba conocer el contenido y nos aportaba dinero para la impresión. Nos apremiaba para terminar. Tenía un objetivo: ‘Pinche Urraco—el socorrido sobrenombre de Praxedis—, va a valer madre, se lo va a llevar la chingada. Conocía la efectividad de publicar un libro de este tipo, lo había vivido como íntimo colaborador de Peralta; sabía que La Otra Cara del Líder—tercera edición— le había cancelado la posibilidad de llegar al Senado. Y, además, le había ocasionado tropiezos en su intento de llegar, por segunda ocasión, a secretario nacional del Sindicato Ferrocarrilero. Flores estaba montado en un potro salvaje, quería vengarse. El 1 de julio de 1993 terminamos de imprimir la cuarta edición; en la portada resaltamos la frase que Praxedis constantemente repetía: ‘Caso Lombardo es homosexual’. Víctor insistió en que se publicara en la portada, según él, si no se incluía el libro no serviría”.

Su miedo a Praxedis lo hizo rodearse de un cuerpo personal de guardaespaldas formado por halcones o golpeadores ferrocarrileros que ofrecían un testimonio cristalino sobre la situación: un personaje de baja estatura, moreno, nervioso, delgado y muy sumiso —hombrecillo le llaman sus críticos—, lleno de ambiciones que habitaba en un modesto departamento de 50.65 metros cuadrados, en el condominio número 215 de la calle Guerrero en la colonia Guerrero.

Para 1996, ya con todo el poder sindical y el apoyo del presidente Zedillo, sus adversarios le documentaron la compra de un edificio de departamentos en la colonia San Rafael, en el 165 de la calle Edison, valuado en, al menos, 5 millones de pesos. Las fastuosas residencias junto al mar propiedad de Elba Esther Gordillo Morales en San Diego, California que se han documentado con detalle, hacen ver modesto el edificio de Víctor Flores; sin embargo, confirman el deterioro del sindicalismo y ponen en evidencia la voracidad de los líderes y su complicidad con funcionarios de gobierno de los tres niveles.

Las revelaciones sobre Víctor se multiplicaron o, como dicen en el pueblo, los trapos sucios estaban lavándose fuera de casa. Se iría tejiendo una historia personal llena de datos, anécdotas y excentricidades. El Semanario, una publicación que se edita en la ciudad de México, por ejemplo, publicó: “Los departamentos —del edificio en Edison— estaban hipotecados y el dirigente ferrocarrilero saldó los adeudos al contado. En ese año, pagó en diferentes transacciones un millón 431 mil 118 pesos (folios 474776, 686358, 9441469, 9441469 del RPP).Fue la misma época en que el líder ferrocarrilero Manuel Castillo Alfaro descubrió que en el sindicato había un desfalco por 25 millones de pesos. Admite que entonces pudo constatar que Flores había sustraído en 1994 esa cantidad en varios cheques con el argumento de que serían para la campaña (presidencial) de Zedillo.

”En la Procuraduría General de la República (PGR) está archivada desde 1995 la denuncia ACO/17/DO/95 por ese hecho. No se le ha dado cauce, lo que significa que no se inició averiguación. Tampoco se le dio cauce a otras 19 demandas en contra del ciudadano Víctor Félix Flores Morales que hoy están archivadas en la PGR, de acuerdo con una fuente cercana a Averiguaciones Previas. Una de ellas, fue puesta en 2001 por la Agrupación de Jubilados Ferrocarrileros por el desvío de 500 millones de pesos de las cuotas que habían aportado durante una década. En el momento de la denuncia, José Videles Camacho, representante de los afectados, exhibió documentos que indicaban que Flores percibía un salario de 17 mil pesos a la quincena como jubilado, aunque no había trabajado más de cinco años. En tanto, los otros trabajadores alcanzaban 2 mil 500 pesos al mes.

Sin proponérselo, por lo menos no a su llegada al Distrito Federal, Víctor Flores avanzó a pasos agigantados hasta convertirse en un monstruo de mil cabezas. El asesinato de PraxedisFraustro Esquivel, la historia negra de su compadre Jorge Peralta Vargas, la crisis de representación y su condición misma de instrumento presidencial en la aplicación de política económica neoliberal lo atraparon en las páginas del libro negro de la burocracia sindical corporativa.

El saqueo

* “Praxedis tenía grandes aspiraciones de convertirse en el hombre más poderos del sindicato ferrocarrilero, siempre bajo el ala protectora del corporativismo o del sindicalismo oficialista y estaba convencido que, gracias al apoyo que recibía desde la Presidencia de la República, según él lo hacía ver, nadie se atrevería a tocarlo. Así, cuando Miranda le entregó pruebas del fraude en el que estaba involucrado el líder sindical, Flores no hizo nada”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2014.

 

Francisco Cruz Jiménez

Con la confianza desbordada, un ego que no cabía en su oficina y su destino puesto, por convencimiento personal, en las manos de la Presidencia de la República, Fraustro cometió otros desatinos. Y éstos le abrieron la puerta a la tragedia que vino después: le dio la espalda a Lorenzo Duarte, un norteño ambicioso cuyas esperanzas eran salvar de Peralta y Flores al sindicato. De entrada, lo acusó de vivales y “de méndigo saqueador. Me dejó una deuda de más de 2 mil millones de pesos. ¡Qué poca madre! Se llevó 17 coches último modelo, casi todos Topaz y dos camionetas. Ya se quería llevar la azul que tengo allá abajo. Le dije, ‘pérame tantito, déjame siquiera esa para moverme’. Le fue bien, se compró sus ranchos. […] Y, como burla, Lorenzo nada más me dejó un retrato de Caso Lombardo, aquí, atrás de mí, en el suelo, volteado hacia la pared y patas arriba, con una dedicatoria del viejo para Duarte”, rescata Miranda Servín de las pocas charlas que sostuvo con Fraustro, días después de su toma de posesión.

Sin guardar las formas, Fraustro también responsabilizó a Lorenzo Duarte de aceptar una reducción del periodo vacacional para trabajadores sindicalizados, de 30 a 10 días, así como de la modificación de la cláusula 15 para conceder más puestos de confianza a la gerencia general de la empresa y menos de escalafón a través del sindicato. A esa lista de retroceso en las prestaciones laborales, Duarte sumó otra aparentemente inofensiva: aceptó la supresión de corridas de trenes en varias rutas. Los ferrocarrileros descubrieron casi de inmediato que, en realidad, la disminución de corridas preparó el camino para que la empresa pusiera en marcha programas de reajuste masivo de personal, cuyo sinónimo es la palabra despido.

Cuidadosamente, Praxedis ocultó lo inocultable: para octubre de 1992, siete meses después de su triunfo había negociado directamente con Arsenio Farell Cubillas, titular de la Secretaría del Trabajo salinista, la desaparición de cientos de cláusulas del Contrato Colectivo de Trabajo. Y en ese tiempo fue artífice, también con ese funcionario, de la liquidación dolosa de unos 25 mil ferrocarrileros, aceptó la desaparición de los talleres de Apizaco y nunca informó qué hizo el sindicato con el 1.8 por ciento de la liquidación de quienes se acogieron —entre febrero de 1992 y julio de 1993— al obligado retiro voluntario o despido forzoso.

“La gestión de Praxedis no tuvo diferencia alguna con las que le precedieron. Su grupo de trabajo lo conformó con integrantes del grupo Héroe de Nacozari y sólo colocó a algunos ferrocarrileros de la planilla que lo apoyó, y que muy pronto se contaminaron con prácticas charriles. El sindicato no sufrió transformaciones significativas y siguió apoyando a ultranza las políticas estatales como en el caso de la modernización. Nuevamente las ilusiones democratizadoras de los ferrocarrileros disidentes al grupo Héroe de Nacozari se desvanecieron y con ello desapareció la posibilidad de la construcción de un proyecto alternativo de modernización. […] Y en la revisión contractual de 1992 se incrementa la flexibilización del contrato colectivo de trabajo. Praxedis afirmó que estaba a favor de la modernización de la empresa, por lo que aceptó la modificación de 200 cláusulas contractuales del rubro laboral, no económico”, escribió en agosto de 1994 Marco Antonio Leyva Piña, profesor de la UAM-Azcapotzalco e investigador de la revista interna El Cotidiano.

Sin duda, Praxedis Fraustro Esquivel estaba acostumbrado a proceder según le venía en gana. Y aunque no hay claridad en cuanto a algunos señalamientos de corrupción que se le hicieron porque, a su muerte, desapareció mucha documentación oficial de su oficina en el sindicato, acusaciones contra él pesaban y caían en cascada: desfalco en 1976 en la sección 19 del sindicato en Monterrey, contrabando en 1977, porrismo y agresiones en 1983, agresión y pandillerismo en 1984, agresión, gangsterismo y vejaciones en 1985. Se le acumularon como rosario. Pero tuvo una virtud, el cobijo de Lorenzo Duarte y la familia Salinas.

Si en la Secretaría de Comunicaciones y la Presidencia de la República se hicieron de la vista gorda con lo que pasaba en Ferrocarriles, Praxedis perdió el toque para seducir a sus colaboradores: Miranda Servín se convirtió en una piedra dolorosa en el zapato de la cúpula sindical: “En diciembre de 1992 dejé de trabajar en el equipo de Praxedis porque la mayoría de los compañeros que colaboramos con él para derrotar a los charros del grupo Héroe de Nacozari fuimos relegados y traicionados.

”Al llegar a la Secretaría Nacional impuso a personas desconocidas, para nosotros, en puestos relevantes que le correspondían a la Secretaría Nacional. Y en enero de 1993 le entregué a Víctor Flores, secretario nacional tesorero, pruebas documentales de un cuantioso fraude en el que estaba involucrado Praxedis. A Víctor yo lo había denunciado en varias ocasiones por actos de corrupción en el periodo de Peralta; sin embargo, accedió a entrevistarse conmigo y quise darle documentos que me habían hecho llegar sindicalistas inconformes con la nueva dirigencia”.

Praxedis tenía grandes aspiraciones de convertirse en el hombre más poderos del sindicato ferrocarrilero, siempre bajo el ala protectora del corporativismo o del sindicalismo oficialista y estaba convencido que, gracias al apoyo que recibía desde la Presidencia de la República, según él lo hacía ver, nadie se atrevería a tocarlo. Así, cuando Miranda le entregó pruebas del fraude en el que estaba involucrado el líder sindical, Flores no hizo nada. Se guardó los documentos. Ni siquiera se atrevió a solicitar al Comité Ejecutivo Nacional del STFRM que aplicara los estatutos para sancionar al secretario nacional y presentara una denuncia por fraude. “Flores —recuerda Miranda— le tenía pánico, no simple miedo a Praxedis. Nada que ver con el legislador federal priista Víctor Flores que el 1 de septiembre de 1996, agazapado en la llamada zona del Bronx en el Palacio de San Lázaro, que alberga la Cámara de Diputados, agredió a su par perredista Marco Rascón, para intentar quitarle una máscara de cerdo que este último uso para hacer mofa de la ceremonia del informe presidencial de Ernesto Zedillo. Nada que ver con aquel diputado feroz, ruidoso, de lengua vulgar, cuyos señalamientos floridos, con lenguaje de pulquero, captaron los periodistas aquel día: “¡No tienes maaadre! ¡Chinga tu madre! En aquel tiempo de 1992 y 1993, aunque era el tesorero sindical, temblaba de miedo y palidecía cuando Praxedis estaba cerca de él”.

De sus compañeros ex diputados, algunos guardan recuerdos no muy gratos que lo marcan de cuerpo entero. En una ocasión, el panista Javier Paz zarza le comentó a una reportera: “Me dijo que no me metiera en los asuntos de los trabajadores o me partiría la madre. Dos días después, en el estacionamiento del recinto legislativo me abordaron seis tipos, con armas de fuego, pretendiendo intimidarme. Iban de parte de Flores. La situación fue denunciada ante el Pleno en su oportunidad. Lo único que logró fue demostrar su debilidad; si tuviera el apoyo de los ferrocarrileros no actuaría de esa manera. Actualmente hay una corriente muy fuerte en su contra”.

Y el extinto periodista Miguel Ángel Granados Chapa lo pintó de una pieza: “Antes que nadie, Flores buscó a (Vicente) Fox (Quesada), apenas Presidente electo, para rendirle pleitesía de manera semejante a la que expresó a Zedillo. […] Flores encarna las virtudes de colaboración que un gobierno de empresarios desea para los empresarios. Aunque el funcionario lo haya negado expresamente, de esa circunstancia se desprende la conjetura, de que para ser designado líder del Congreso del Trabajo Flores cuenta con el apoyo del secretario Carlos Abascal. […] Pero, practicante del principio filosófico a Dios rogando y con el mazo dando, Abascal no se contenta con la conversión de los líderes priistas dúctiles como Flores y los que aprobaron su proyecto de reformas laborales, sino que está construyendo su propia interlocución, un nuevo sindicalismo que por su moderación pueda ser llamado, con un anglicismo detestable pero de uso avasallador, sindicalismo light”.

Un extraño accidente

* “Lorenzo Duarte tuvo su primer encuentro con el poder real apenas entregó la Secretaría Nacional. El hostigamiento y la persecución fueron sistemáticos. No lo dejaron llegar muy lejos. En condiciones extrañas y episodios llenos de múltiples versiones, grotescas algunas, inexactas la mayoría, la noche del 24 de junio de 1993, según señalamientos oficiales, murió al estrellar su automóvil contra un tráiler en el kilómetro nueve de la carretera Matamoros-Mazatlán, en el tramo Saltillo-Monterrey”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, publicado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz

Los Halcones estaban autorizados para espiar cada rincón de las secciones sindicales. Luego, en las luchas intestinas internas se dividirían. Los llamados traidores atenderían a las órdenes de Peralta. Pero siguiendo a unos u otros eran perros custodios que aterrorizaban donde les pedía su líder. Llevaban consigo órdenes concretas: rechazar cualquier negociación pacífica de los conflictos internos; y tenían un lema peculiar o peculiarmente grosero y agresivo: llegar a madrear. Se hizo habitual ver a los líderes sindicales escoltados por un séquito impresionante de Halcones o “ferrocarrileros” armados.

La labor de los golpeadores de Peralta sirvió, pero no tanto. Gómez Zepeda no sólo tenía parte del control sindical. Habría sido un suicidio político ignorar que en 1973 el presidente Luis Echeverría le había entregado Ferronales, nombrándolo gerente general, cargo que se le respetó en el sexenio siguiente de José López Portillo (1976-1982). Todavía lo aguantaron por unos meses de 1983, en el régimen de Miguel de la Madrid. En ese año se reformó el artículo 28 de la Constitución para reconocer el “carácter estratégico” de los ferrocarriles. A la larga demostraría éste ser un cambio inútil. En enero de 1995, con el ascenso presidencial de Zedillo, se aprobaron nuevas reformas al artículo en cuestión para cambiar la palabra “estratégico” a “prioritario”. El cambio tenía un significado: Zedillo abrió la puerta a empresarios, mexicanos y extranjeros, para adueñarse de una actividad histórica para el desarrollo y la seguridad nacionales.

Gómez Zepeda dio acuse de recibo, pero no señales de que pudiera perder el mando sindical. Lo tenía muy presente y lo hizo saber a algunos de sus allegados: por más apoyo que tuviera del PRI, Peralta no era Vallejo. Ni siquiera había un pequeñísimo punto de comparación. Peralta era un asesino convicto y golpeador, protegido por un poderoso primo, Mario Vargas Saldaña, insertado en la cúpula nacional priista. Además, los tentáculos de Gómez Zepeda se desperdigaban por cada rincón por donde hubiera una vía de ferrocarril tendida y una máquina arrastrando un tren. Tenía su propio cuerpo de espías. No cedería el poder sin pelear. Eso sólo lo creían Peralta y Caso. La influencia de Gómez Zepeda se hizo sentir casi de inmediato. En el proceso sucesorio de 1989, Peralta y Zepeda fueron obligados a pactar la imposición del coahuilense Lorenzo Duarte García. Y, por tres años, éste hizo malabares para atender, controlar y estudiar a los dos grupos, entendió sus debilidades y, en febrero de 1992, contra todas las costumbres establecidas, maniobró con astucia para poner en marcha el fraude con el cual anuló la victoria de Peralta e inclinó el recuento de votos al lado del diputado local neoleonés Praxedis Fraustro Esquivel.

Duarte tuvo su primer encuentro con el poder real apenas entregó la Secretaría Nacional. El hostigamiento y la persecución fueron sistemáticos. No lo dejaron llegar muy lejos. En condiciones extrañas y episodios llenos de múltiples versiones, grotescas algunas, inexactas la mayoría, la noche del 24 de junio de 1993, según señalamientos oficiales, murió al estrellar su automóvil contra un tráiler en el kilómetro nueve de la carretera Matamoros-Mazatlán, en el tramo Saltillo-Monterrey. Lo que siguió a los reportes de la Policía Federal de Caminos (PFC) y en las indagaciones posteriores fue una tragicomedia que hizo a policías, peritos, investigadores y agentes del Ministerio Público enredarse en un mar de incompetencia, argumentos peregrinos y contradicciones, mientras la familia exigía, investigaba por su lado y hacía señalamientos llenos de detalles que, como mínimo, levantaron sospechas y mostraron los boquetes de las versiones oficiales.

Testimonios de Pablo Duarte de Alejandro, hijo del finado Duarte García, enfilaron hacia un complot orquestado por la cúpula del sindicato y, en específico, represalias de Jorge Peralta y su grupo, además de venganzas del secretario Caso Lombardo por haber entregado la dirigencia sindical a Praxedis Fraustro Esquivel, en febrero de 1992. Hoy, las causas siguen ocultas, pero nadie ha logrado borrar que, dos meses después del “accidente”, Pablo alertó sobre hilos sueltos de las investigaciones oficiales, por llamarlas de alguna manera, y las coincidencias que hacían sospechar. “Caso llamó varias veces a mi papá para decirle: ‘Te voy a meter a la cárcel si no apoyas a Peralta porque son instrucciones del señor Presidente’, pero mi papá no cedió, reconoció el triunfo de Praxedis. Meses después, Caso dijo: ‘No voy a descansar hasta ver al compañero [Juan José] Pulido —gerente de Previsión Obrera— en la cárcel, y a Praxedis muerto’.

”Cada vez que mi papá se encontraba a Peralta, frente a frente, en público o en privado, éste lo amenazaba de muerte, […] hay testigos. […] El resentimiento de ellos contra mi papá se debió a que no querían que llegara alguien al sindicato que pudiera poner al descubierto sus negocios, sus corruptelas, la venta irregular de terrenos en Puebla; en Torreón, el fraude con azúcar a precios subsidiados, supuestamente para ferrocarrileros, pero que en realidad los vendió a las tiendas”.

La incógnita sobre los móviles no se ha despejado, pero en sus investigaciones y lectura del expediente, Pablo hizo otro descubrimiento que entregó a la prensa: “el tráiler que ocasionó la muerte de mi padre es propiedad del ferrocarrilero Erasmo López Villareal, que tiene fuertes nexos con Luis Gómez Zepeda, Peralta y Caso”, y quería ser de nueva cuenta presidente municipal de Ramos Arizpe, Coahuila.

Con la ayuda del PRI, pero enfundado en las filas del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), López Villareal, conocido también como El Zorro Plateado, había sido alcalde de aquella población en dos ocasiones: 1973-1975 y 1985-1987. Y en 1993 su rival más fuerte se materializaba en la persona de Lorenzo Duarte. Jesús García Calzada, operador del tráiler con el que se estrelló la camioneta de Duarte, quedó casi de inmediato en libertad condicional.

“Dar con Pablo Duarte y convencerlo para que rompiera el silencio a fin de recorrer el velo que había detrás de la muerte de su padre fue fácil. Incluso estuvo de acuerdo en que se grabaran sus revelaciones que más tarde, con su autorización, un grupo de amigos y familiares de Praxedis entregamos al periodista Salvador Corro”, escribió el 19 de noviembre de 2011 Francisco Peña Medina —en su momento jefe de prensa de Praxedis—, en la columna “Tinta en la sangre” que le publicó el portal noticioso Los círculos rojos del poder.

“Pero eso ya es historia; hoy, a 18 años de la tragedia de su padre, Pablo es otro, seducido por el poder y el dinero claudicó en sus convicciones ideológicas y familiares para aliarse con personajes que tiempo atrás despreció. En el colmo de la ignominia hizo compadre a Víctor Flores, al grado de que uno de sus hijos lleva el nombre del dirigente ferrocarrilero. […] Y no es para menos: gracias a él vive con comodidades, se pasea en camionetas de lujo, come en los mejores restaurantes y dirige lo que queda del gremio ferrocarrilero en Nuevo León, pero además sueña con ser diputado con el apoyo, claro, de su compadre, quien por cierto nada le niega”.

 

Jugosos negocios

 

Duarte García y Praxedis conocían bien a sus enemigos, pero ambos cometieron el mismo error: los desdeñaron. Jamás quisieron enterarse que la guerra era inevitable. Se sintieron poderosos e hicieron a un lado la máxima de “a los amigos es necesario tenerlos cerca, pero a los enemigos todavía más cerca”. Algunos de quienes vivieron las elecciones internas del sindicato ferrocarrilero en las que Duarte impuso a Praxedis todavía recuerdan una contienda inmoral a partir del terror y el miedo en la que lo menos indecente fueron la amenaza, la contabilidad amañada de votos, el acarreo de trabajadores y la invención de actas de votación.

Esa época es la que marca el lanzamiento de la tercera edición de La otra cara del líder. La historia de un capo sindical ferrocarrilero; del presidio al presídium, una edición de autor, prohibida en el sindicato, pero vendida clandestinamente entre los ferrocarrileros. Pagada con recursos propios para volver a exponer el lado oscuro y desconocido de Peralta, como lo había hecho en 1986, la circulación del libro corregido y aumentado se convirtió en un preámbulo inesperado del proceso electoral interno que había iniciado a mediados de 1991 y concluiría la primera semana de febrero de 1992 con los comicios internos.

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