LVIII Legislatura: legistitis y sumisión

* Miguel Carbonell, investigador y docente en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, en una ponencia titulada “Calidad de la Ley y Técnica Legislativa” advierte de este mal, legislar y legislar sin considerar la oportunidad y valor de las nuevas normas. Acusa que es un defecto de nuestro parlamentarismo y nuestros diputados responder a cada necesidad con una nueva norma, como si al solo conjuro de la ley resolviéramos en este país nuestros problemas. Y critica además que las nuevas normas y leyes carezcan de la calidad necesaria para hacerla no sólo válida sino práctica.

 

Jorge Hernández

En el primer año de gestión la actual LVIII Legislatura mexiquense mantiene con el Ejecutivo del Estado la misma relación de sumisión que, a pesar de su integración política e ideológica supuestamente plural, siempre la ha distinguido. A esta vergonzosa y lamentable condición hay que agregar ahora una desmedida e injustificable inclinación por crear a diestra y siniestra nuevas normas y leyes: una debilidad que el especialista en Derecho Constitucional Miguel Carbonell, entre otros, califica como “legistitis”.

Lo primero es casi un axioma: no necesita demostración. Desde los orígenes de nuestro modelo político, tanto en el ámbito nacional como en el estatal, el Ejecutivo siempre ha sido la figura dominante. Con la alternancia, sin embargo, aunque el presidente de la República ha visto disminuir un poco sus facultades formales y reales, en las entidades las de los gobernadores se han fortalecido constituyéndose en poco menos que señores feudales.

Nuestra experiencia, por lo demás, es significativa. Arturo Montiel en primerísimo lugar alcanzó tal relieve y poder que incluso, ya sabemos, quiso ser presidente. Su sobrino, merced a ese poder y proyección mediática, lo es. El ahora gobernador mexiquense parece empeñado en superar esas formas y poderes reales para mantener postrado al que se supone debería ser su contrapeso.

Nada más démosle seguimiento y recordemos los modos del actual mandamás en el Congreso, el presidente de la Junta de Coordinación Política, Aarón Urbina Bedolla, quien no destaca por sus escasas virtudes cívicas, intelectuales o de estadista – que el área de Comunicación Social del poder Legislativo se esfuerza, por cierto sin conseguirlo, en maximizar-, sino por sus modos harto sumisos y zalameros.

Nada más veámoslo y oigámoslo en alguna de sus giras dizque sociales –de las que alguien debería llevar la cuenta en dinero, pues se ve que gasta pero en serio- para corroborar esa voluntad de sumisión al Ejecutivo.

Entre sus dichos destacan dos. En principio, siempre asegura sin rubor alguno que sale de gira porque el gobernador se lo ha ordenado, que salga a corroborar que los diputados están “trabajando” en sus comunidades y distritos entregando apoyos en despensas, materiales de construcción y ahora tabletas electrónicas para niños y jóvenes estudiantes. Afirma que va con otros diputados para eso y después informárselo a Eruviel Ávila.

Dice también que el mérito de esos apoyos no es de los diputados, que tan sonrientes los entregan, sino del mismísimo gobernador. No importa, sigue, si son del PRI, o del PAN o del PRD o de cualquiera otro partido los diputados que los entregan, esas despensas, esos bultos de cemento, esas tabletas las manda Ávila Villegas. Sólo le falta decir que si Eruviel no quisiera no los mandaba. Poco importa que haya un Programa de Apoyo a la Comunidad (PAC) a disposición de los legisladores –que les aporta dos y medio millones de pesos por año-, si el mandatario no quiere no se los libera. Y ha de ser, porque hay que ver las cantidades que manejan los diputados del PRI y sus aliados, mientras que los pocos opositores apenas para cubrir las apariencias.

Esta es una de las caras de esa sumisión, la que convierte en poco menos que otra dependencia del Ejecutivo  al que debería ser uno de los poderes constitutivos del Estado.

La segunda característica que permea esta Legislatura, la legistitis, se refleja en las poco más de doscientas iniciativas de reforma legislativa aprobadas  en este primer año. De éstas, 6 son nuevas leyes. A este ritmo, al término de la gestión serán más de 600 reformas y 18 nuevas leyes. Esto sin mencionar que para su aprobación tres periodos ordinarios de sesiones no ha sido suficiente, sino que ha tenido que convocar a ¡seis periodos extraordinarios!

Miguel Carbonell, investigador y docente en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, en una ponencia titulada “Calidad de la Ley y Técnica Legislativa” advierte de este mal, legislar y legislar sin considerar la oportunidad y valor de las nuevas normas. Acusa que es un defecto de nuestro parlamentarismo y nuestros diputados responder a cada necesidad con una nueva norma, como si al solo conjuro de la ley resolviéramos en este país nuestros problemas. Y critica además que las nuevas normas y leyes carezcan de la calidad necesaria para hacerla no sólo válida sino práctica.

Entre los principales defectos que le apunta a las normas aprobadas sin la debida atención, señala la falta de análisis y estudio para dictaminarlas primero y someterlas al pleno después, pero sobre todo para justificar su oportunidad social; su falta de sustento financiero, es decir que nunca se acompañan de la debida proyección para su puesta en práctica, y la falta del debido análisis jurídico para evitar que choquen o se opongan a otra legislación.

En este contexto haya que apuntar que las recientemente aprobadas Ley para la Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia con Participación Ciudadana, Ley que Crea el Organismo Público Descentralizado Denominado Inspección General de las Instituciones de Seguridad Pública, Ley de Voluntad Anticipada, Ley del Agua para el Estado de México y Municipios, Ley de Contratación Pública del Estado de México y Municipios y Ley que Regula las Casas de Empeño ya se encontraban perfiladas en el marco jurídico estatal, por lo que quizás sólo había que precisar algunos temas como el de las casas de empeño.

Pero caso significativo es el de la nueva Ley del Agua, pues apenas la Legislatura anterior había aprobado una, la anterior y primera, y la actual la abrogó para pasar aquella. ¿Era necesario eliminar la primera y expedir esta nueva? La pregunta vale porque una rápida mirada de ambas dejan ver numerosas similitudes. Hubiera bastado su actualización y mejoramiento, pero abrogarla y expedir una nueva no es más que un exceso y un afán legislador injustificado.

La ley de contratación pública es caso similar. Los códigos administrativo y financiero regulaban el tema, ¿qué caso tiene sacarlo de ellos para armar una sola ley? Legistitis sin más.

Lo mismo puede decirse de algunas reformas, como la que implementa la cárcel de por vida para ciertos delitos, aprobada hace un año y ahora ampliada a más delitos. Durante su modificación no hace ni un mes, el diputado Armado Portuguez acusó primero que era un instrumento para criminalizar la pobreza, pero además una norma inútil porque al final de cuentas en un año de vigencia sólo había conseguido sentenciar a esa pena a dos delincuentes.

Ante esto cabe recordar a Montesquieu, quien advertía precisamente contra el afán de legislar por legislar, de crear leyes innecesarias que sólo terminan por debilitar a las buenas.

Pero esta es la regla en nuestro Congreso, acatar la voluntad del gobernador tenga o no razón.

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A propósito del Papa

* Escribió Negocios de Familia y Tierra Narca, dos libros que revelaron las componendas del poder en el Estado de México, el primero entre políticos que creen que los gobiernos se heredan y el segundo sobre los arreglos entre esa misma clase y el narcotráfico, brazo armado de quienes, dicen, nacieron para gobernar. Francisco Cruz, periodista de Metepec, en el Estado de México, documenta ahora al equipo que ayudó al priista Enrique Peña a obtener la presidencia del país. Su libro, Los Golden Boy’s, editado por Planeta, es imprescindible para entender cómo un personaje como el sobrino de Arturo Montiel gobierna a 115 millones de habitantes sin haber leído –dicen los malos oídos- un solo libro, entre otras cosas. Con permiso del autor, este espacio publicará semanalmente un extracto de aquella investigación.

 

Francisco Cruz

La clandestinidad en la que se han forjado los acuerdos entre el Grupo Atlacomulco y la cúpula eclesial más extremista encubre todo tipo de maquinaciones. Sólo tiene que seguirse la línea hasta 1942. La inclusión de Maximino Ruiz y Flores en el equipo de (Isidro) Fabela no fue un paso menor. Hizo emerger a esa iglesia radical como un poder paralelo. Le dio un espacio y la posicionó al frente en las campañas electorales.

Su ilustrísima tenía otras “cualidades” ocultas: el 25 mayo de 1915 apoyó en forma abierta la creación de la Unión de Católicos Mexicanos, la U, que se convirtió en el andamio de la ultraderecha mexicana, entre cuyas finalidades, aparentes e idílicas, sobresalían favorecer la presencia de la fe católica y el reinado de Cristo en México.

En papel, era como un sueño; la realidad era diferente. Un estudio —El origen de la ultraderecha en México— del doctor Yves Solís, director del Departamento de Humanidades del Tecnológico de Monterrey, campus Santa Fe, advierte: aquella sociedad secreta era, “al principio una especie de círculo de estudios sociales, pero luego encontró, en 1922, que debía ‘organizar las fuerzas de los católicos para fines electorales’. El autor concluye que la U se radicalizó y, en 1929, el papa Pío XI decretó su extinción. Organizada en comisiones, el grupo se dedicaba a mucho más que decir misa.

La U marcó, en la historia de las derechas en México, un primer acercamiento a la reintegración de la vida política, tras el fracaso del catolicismo social y su inhabilitamiento como fuerza política abierta. Si bien la U contaba con una vertiente conocida con fines espirituales y sociales, los iniciados sabían perfectamente que su objetivo era político”.

También analizaba a los candidatos en elecciones, les creaba un perfil y lo hacía público, al menos entre sus militantes. Pero además, funcionaba como un centro de información e inteligencia que se ocupaba de obras sociales, política, gobierno y hacienda, entre otras cosas. Con políticos en sus filas, a principios de los años 20, la U pronto controló ayuntamientos en Michoacán, pero también sostuvo enfrentamientos violentos con otras fuerzas. Un delegado apostólico del Vaticano, monseñor Filippi A. Gasparri, fue quien empezó a sospechar la peligrosidad de aquella organización, pues era un elemento desestabilizador, como precisa el documento que cita el Semanario Nuestro Tiempo Toluca.

“Los obispos de aquella época no compartían su punto de vista, sólo el de Veracruz, Guízar y Valencia, estaba de su lado. Y un mexiquense aparecía en escena: Maximino Ruiz y Flores, auxiliar del obispado de México. Originario de Atlacomulco, considerado por las autoridades de aquel lugar como un personaje célebre, y en un parcial recuento de su vida, recuerdan que, al morir en 1949 a los 74 años de edad, asistieron al velorio y funerales, entre una multitud, Isidro Fabela, Alfredo del Mazo (entonces gobernador), Mario Colín y todos los sacerdotes originarios de Atlacomulco.

En aquellos años, 1921, la U era tan importante para Maximino, de la cual opinaba que “su fin principal era ir ganando terreno en las elecciones, comenzando por los municipios, siguiendo por los diputados y gobernadores de los estados, hasta llegar a las cámaras de la Federación y a la misma Presidencia de la República. Todo esto sin miras bastardas ni ambición personal alguna, sino sólo por el bien de la iglesia y por ende de la patria”.

Según el doctor Yves Solís, Maximino Ruiz y Flores estaba consciente de que La Secrecía de la U no concordaba con el espíritu de la iglesia y que si el gobierno la descubría, habría graves problemas. Finalmente, él fue un actor principal cuando la guerra cristera acabó, pues, al igual que otros, negoció una conveniente paz. A las bases de la U se les puede considerar como el antecedente de grupos actuales de ultraderecha, como es el caso de El Yunque y el Opus Dei, asociados comúnmente a los panistas.

El investigador y arqueólogo Jorge Toribio Cruz Montiel, incluso relaciona a Maximino Ruiz con la masonería y la afiliación a ella de sus parientes Montiel Rojas y Peña Nieto. Pero en ese año, 1921, ingresaba al seminario otro integrante del Grupo Atlacomulco, Arturo Vélez Martínez, pariente directo de Alfredo del Mazo Vélez.

Y si Alberto Tavira, autor del libro Las mujeres de Peña, señala al aspirante como destinado al sacerdocio por su familia desde pequeño, la lista también la integran otros de Atlacomulco, como Juan Monroy o el mismo Arturo Montiel, quien según sus propias declaraciones, estudió un tiempo en el seminario. Lo cierto, precisa el semanario, es que la creación de un obispado de Atlacomulco sólo era cuestión de tiempo. Y con Arturo Vélez en el poder eclesiástico las cosas se aceleraron en 1984, con Ricardo Guízar al frente de ella. Estuvo ubicado en la diócesis de Tlalnepantla y en el 2009 fue sustituido por Carlos Aguiar Retes, cercano al panismo, pero conservó el cargo de arzobispo emérito.

Todavía en marzo del 2011, Guízar firmó una misiva pública, junto con otros obispos, cuyo mensaje aparente era invitar a votar a los mexiquenses en las elecciones para gobernador. “Nos preocupa percibir cómo se ha debilitado el tejido social. La fragmentación social, el individualismo y la apatía han introducido, en distintos ambientes de la convivencia social, la ausencia de normas, que tolera que cualquier persona haga lo que le venga en gana, con la certeza de que nadie le dirá nada”, decían los prelados.

El propio Peña, un año antes y todavía como gobernador, dijo ante el mismo Guízar que gobierno e iglesia tenían “objetivos comunes, propiciar condiciones de mejora, de paz y de tranquilidad a la ciudadanía, a la feligresía en su caso, a la grey, a la que usted esta pastoreando”.

Otro cura cercano a Peña es Florencio Armando Colín Cruz, obispo auxiliar de México, emparentado con la familia de Juan Monroy Pérez, amigo y patrocinador de Arturo Montiel. Este personaje es importante, dice Jorge Toribio, porque se coloca en un lugar estratégico que podría llevarlo a la sucesión del actual Papa, cuando éste muera.

El Papa de Atlacomulco

* Escribió Negocios de Familia y Tierra Narca, dos libros que revelaron las componendas del poder en el Estado de México, el primero entre políticos que creen que los gobiernos se heredan y el segundo sobre los arreglos entre esa misma clase y el narcotráfico, brazo armado de quienes, dicen, nacieron para gobernar. Francisco Cruz, periodista de Metepec, en el Estado de México, documenta ahora al equipo que ayudó al priista Enrique Peña a obtener la presidencia del país. Su libro, Los Golden Boy’s, editado por Planeta, es imprescindible para entender cómo un personaje como el sobrino de Arturo Montiel gobierna a 115 millones de habitantes sin haber leído –dicen los malos oídos- un solo libro, entre otras cosas. Con permiso del autor, este espacio publicará semanalmente un extracto de aquella investigación.

 

Francisco Cruz Jiménez

Las alianzas y lealtades han dado paso a especulaciones sobre si Peña pertenece a la masonería, a los Iluminati o al Opus Dei. La realidad—con tiento y con mucho cuidado— es que el círculo de los nuevos Golden Boy’s se cerró en la cúpula de la iglesia Católica mexicana con otros Golden muy cercanos a Dios o los Golden de Dios. Desde 1942, ligado al gobierno estatal y al Grupo Atlacomulco en particular, cada periodo electoral es también una oportunidad para el clero que defiende sus intereses e inclinaciones políticas como su Creador le da a entender.

Si bien es cierto que, abiertamente, no puede participar en política y menos en los procesos electorales, la iglesia Católica tiene repartidos territorios y cargos que ayudan, de manera directa e indirecta, en las aspiraciones de los atlacomulquenses. Cuando se ve bien hacia atrás, la de Peña representa la continuidad de las alianzas con la iglesia más sectaria que se tejieron durante el gobierno de Isidro Fabela Alfaro. Los masones creen que la historia les dará las herramientas para neutralizar al Opus Dei —“Obra de Dios”—, se niegan a ver que con Carlos Salinas se murió el anticlericalismo político mexicano, no aceptan que la Obra de Dios pertenece a otro extremo de la iglesia Católica y desdeñan aquellos señalamientos, bien fundamentados, de que, con sus recursos financieros, ésta tiene la capacidad de arrinconarlos, con todo y sus 33 grados, en donde quiera que se encuentren.

En otras palabras, se sorprenden cuando descubren que son enemigos ilustres y que la iglesia mantiene vivo su rechazo a los masones Benito Juárez, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. El primero, porque a través de algunas medidas —entre ellas las leyes de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos, Lerdo de desamortización de los bienes de la iglesia o sobre Libertad de Cultos, con la que la religión católica dejó de ser un monopolio o el único permitido, así como los decretos de supresión de festividades religiosas y exclaustración de monjas y frailes— logró la separación Iglesia-Estado.

A Obregón y Elías Calles, la iglesia no les perdona la persecución de curas y sus fieles, que devino en “La Cristiada” o “Guerra Cristera”. Hoy, como advierten algunos curas, fue una guerra no declarada, pero guerra al fin que propició un cisma y, por lo tanto, el debilitamiento del catolicismo, así como la consolidación de las sectas y grupos protestantes.

Tampoco se olvida que, en forma arbitraria, los masones se atribuyeron las mayores construcciones de la antigüedad, como el Arca de Noé, la Torre de Babel, las Pirámides y el Templo de Salomón. Y que, según la historia, poseen secretos para destruir a la iglesia Católica.

Si bien su influencia disminuyó en forma alarmante a partir de la llegada de Miguel de la Madrid Hurtado a la Presidencia de la República el 1 diciembre de 1982, y hoy parecen más un fantasma en la vida política mexicana, los masones insisten en que son una organización secreta anticatólica —gnósticos, dicen algunos—, de orientación filosófica, con un código moral, templos, altares, jerarquía, ritos de iniciación y fúnebres, vestimentas para sus rituales, días festivos y oraciones propias.

En el Opus Dei —una secta extremista moderna fundada el 2 de octubre de 1928 por el cura español José María Escrivá de Balaguer, la cual fue impulsada y aprobada por el Vaticano— se tiene presente que en el ritual de iniciación del grado 29 de la masonería, el iniciado pisa y escupe sobre un crucifijo, al que considera signo de destrucción y muerte oprobiosa, mientras en el del grado 30 (el Kadosh) se pisan la tiara papal y la corona real, como símbolo del repudio a su mayor enemigo, la iglesia Católica y el Estado.

Al margen de estas peligrosas enemistades se encuentra la relación entre Peña y los jerarcas de la iglesia, la cual se fortalece cada año en el opulento fraccionamiento Bosque Real de Huixquilucan donde Enrique llega para agasajar al poderoso arzobispo de la iglesia católica apostólica ortodoxa de Antioquía en México, Antonio Chedraui Tanous.

El importante motivo que los reúne —aparte de estar hermanados en el mismo interés, mantener el poder— es festejar el cumpleaños del arzobispo, quien nació el 17 de enero de 1932. Y el lunes 17 de enero de 2011—cuando Antonio Chedraui cumplía 79 años de vida—, no fue la excepción, pues una vez más, los empedrados del fraccionamiento Bosque Real en Huixquilucan, se llenaron de lujo con un desfile de celebridades políticas y grandes magnates. El festejo del jerarca ortodoxo congregó a gobernadores, legisladores y funcionarios de todos los partidos; además de empresarios, representantes de la iglesia Católica y diplomáticos que llegaron lo mismo en helicóptero que en autos y camionetas de lujo a la catedral de los santos Pedro y Pablo —de la iglesia Ortodoxa—, cuya arquitectura está asentada en un terreno donado por el gobierno mexiquense que encabezó Peña.

Ahí llegaron, entre otros invitados, la entonces primera dama estatal Angélica Rivera Hurtado —acompañada por su esposo Enrique Peña—, Norberto Rivera, la gobernadora yucateca Ivonne Aracely Ortega Pacheco, y el gobernador poblano Mario Plutarco Marín Torres —acusado públicamente de proteger a pederastas—, el magnate Carlos Slim, Marta Sahagún, Josefina Vázquez Mota —ex candidata presidencial del PAN—,Beatriz Paredes Rangel —ex lideresa nacional priista—, Alfredo del Mazo —ex alcalde de Huixquilucan—, así como los empresarios Carlos Peralta, Roberto González y Ricardo Salinas.

Con sede en Damasco, Siria, la iglesia Ortodoxa de Antioquía tiene únicamente siete arquidiócesis fuera de Siria, Líbano e Irak. En México congrega a gran parte de la influyente comunidad libanesa, la mayor avecindada en ese próspero municipio. El arzobispo Chedraui se ha caracterizado por llevar una estrecha relación con los sectores políticos y sociales de más peso en México.

Por su parte, el llamado Golden Boy nunca ha negado su filia religiosa y aunque en Toluca, la capital mexiquense, circulan toda clase de rumores y versiones sobre la formación religiosa del gobernador, acercándolo unas veces a los Legionarios de Cristo y a doctrinas de cualquier denominación, incluso a la masonería; Peña nació y creció en el seno de un hogar indisolublemente ligado a la religión que le fue inculcada por su madre, María del Perpetuo Socorro Ofelia Nieto Sánchez, una de las fieles devotas de su natal Atlacomulco, y por su padre el ex seminarista Gilberto Enrique Peña del Mazo.

Hombre muy religioso y conservador, al nuevo Presidente de México se le puede ver en los onomásticos de monseñor Onésimo Cepeda Silva —ex obispo de Ecatepec— y en la sede de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), donde anualmente es recibido para compartir “el pan y la sal” con los obispos y cardenales de todo el país. También asiste a eventos católicos de alta sociedad entre los que destacan la ordenación como obispo de Atlacomulco de monseñor Juan Odilón Martínez García y su viaje a la Santa Sede para recibir las bendiciones papales.

La buena relación con “dios” le sirvió para conseguir que, en mayo del 2009, se anulara el único obstáculo que le impedía contraer matrimonio con su entonces prometida Angélica Rivera; es decir, el matrimonio religioso de ésta con José Alberto Castro Sáenz. El 27 de noviembre de 2010, Enrique Peña y Angélica Rivera recibieron la bendición frente al altar de la catedral toluqueña.

La visita de Peña a la Santa Sede —la segunda semana de diciembre de 2009—, sirvió para que reafirmara sus lazos con la jerarquía católica y reiterara devoción y filiación hacia el Opus Dei. La relevancia de la “Obra de Dios” puede verse en el hecho de que su fundador, Escrivá de Balaguer, es parte del santoral católico desde el 6 de octubre de 2002. En otras palabras, fue canonizado no mucho tiempo después de su fallecimiento, el 26 de junio de 1975, a los 73 años de edad.

A propósito de una segunda visita, cancelada de último minuto, el periodista argentino Andrés Beltramo Álvarez escribió el 29 de abril de 2011 en una nota titulada “Juan Pablo II y la fe de Enrique Peña Nieto”: “El gobernador Enrique Peña Nieto no quiso dejar pasar una oportunidad de oro: aprovechar todos sus contactos para asistir, en primera fila, a la beatificación de Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro. Por ello puso a trabajar a su enlace con el mundo católico, Roberto Herrera Mena, coordinador de Asuntos Religiosos de su administración. Gracias a una ayudita de Televisa logró su cometido.

”Ante el interés de su jefe, Herrera apeló entonces a su vínculo clave: Antonio Berumen, famoso por ser representante de artistas como Menudo y Magneto pero que, en sus ratos libres, cultiva pacientemente sus relaciones con altos dignatarios de la iglesia. Miembro del prestigioso grupo de los Caballeros de Colón, Toño ha destacado en las coberturas que Televisa ha hecho a las diversas visitas de Juan Pablo II a México.

”En 2007 sirvió de apoyo estratégico al entonces embajador mexicano ante la Santa Sede, Luis Felipe Bravo Mena, para organizar los festejos por el XV aniversario del establecimiento de las relaciones diplomáticas entre la República Mexicana y el Estado Vaticano. La idea fue de Bravo, el apoyo logístico de Berumen y el dinero del gobierno de Jalisco. Así nació la ya famosa manifestación ‘Navidad Mexicana en el Vaticano’.

”El proyecto incluyó artesanías navideñas tapatías para regalar al Papa y, de paso, hacer publicidad a quien ponía los recursos: en este caso el gobernador Emilio González Márquez. Tan exitosa resultó la iniciativa que bien pensó Berumen en aprovecharla y la convirtió en una ‘franquicia’ a vender a los gobernadores mexicanos. Al primero que convenció fue a Peña, quien vio la oportunidad y la aprovechó. Por eso en diciembre de 2009 viajó a Roma con su entonces novia, Angélica Rivera y una numerosa comitiva (familiares incluidos).

”No contaba el gobernador con que el Centro Televisivo Vaticano dejaría abierto el micrófono de la cámara que registró su encuentro y que la frase: ‘Santidad, le presento a mi novia, pronto nos vamos a casar’ se escuchase a viva voz en los parlantes de la sala de prensa de la Sede Apostólica. Instintivamente el Papa dio una bendición y así, en un instante, se armó un revuelo nacional.

”Más allá de la nota rosa, lo cierto es que el viaje de Peña a Roma en aquella ocasión poco tuvo de religioso y sí mucho de político. Uno de los principales impulsores de la iniciativa fue el actual presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar Retes. Gracias a sus buenos oficios el gobernador no sólo fue acogido con cortesía sino que recibió un trato de deferencia extraordinaria”.

 

La obsesión

* Escribió Negocios de Familia y Tierra Narca, dos libros que revelaron las componendas del poder en el Estado de México, el primero entre políticos que creen que los gobiernos se heredan y el segundo sobre los arreglos entre esa misma clase y el narcotráfico, brazo armado de quienes, dicen, nacieron para gobernar. Francisco Cruz, periodista de Metepec, en el Estado de México, documenta ahora al equipo que ayudó al priista Enrique Peña a obtener la presidencia del país. Su libro, Los Golden Boy’s, editado por Planeta, es imprescindible para entender cómo un personaje como el sobrino de Arturo Montiel gobierna a 115 millones de habitantes sin haber leído –dicen los malos oídos- un solo libro, entre otras cosas. Con permiso del autor, este espacio publicará semanalmente un extracto de aquella investigación.

 

Francisco Cruz Jiménez

Nada se dejó al azar, Isidro Fabela también recurrió a la “ley del más fuerte”, mejor conocida como la “ley de conveniencia”, desde donde perpetró alianzas oscuras con personajes como el poderoso secretario general de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), Fidel Velázquez Sánchez, oriundo de este estado. Los acuerdos secretos con este personaje abrieron las puertas para imponer, en 1981, a Alfredo del Mazo González —tío de Peña— como gobernador mexiquense.

Acosado por las sombras del asesinato de Zárate Albarrán, la violación a las constituciones federal y local, así como la ilegalidad de su nombramiento y obligado a sofocar cualquier tipo de descontento ciudadano protesta pública que se presentara, Isidro Fabela también hizo alianzas con las camarillas del poder eclesial. Llegado el momento, la tarea de la cúpula religiosa sería deslegitimar cualquier movimiento opositor que osara cuestionar la llegada de Fabela.

Por esa razón, pactó con un paisano muy poderoso; uno de los pocos mexicanos con derecho de picaporte ante Dios: José Luis Maximino Bernardo Ruiz y Flores, un atlacomulquense conocido a secas como su Excelencia Ilustrísima Maximino Ruiz y Flores, arzobispo interino y tres veces obispo —de Chiapas, Derbe, en antigua Asia Menor, y auxiliar de la Ciudad de México—, rector del Seminario conciliar de México, gobernador de la Curia metropolitana —la arquidiócesis más importante del país—, arcediano de la Catedral metropolitana, director general de la Adoración nocturna mexicana, canónigo penitenciario de la Basílica de Guadalupe y seguidor ferviente de la teología dogmática.

Según sus biógrafos y documentos de la iglesia Católica, el 30 de noviembre de 1901 Ruiz y Flores —que no tenía parentesco con el obispo queretano Leopoldo Ruiz y Flores, también nuncio apostólico— obtuvo la distinción de ser el primer joven diácono a quien la Pontificia Universidad Mexicana condecoró con el capelo y borla de doctor en Teología sagrada. Y, un mes y medio más tarde, recibió las órdenes sacerdotales de manos del ilustrísimo doctor Próspero María Alarcón Sánchez de la Barquera.

Por la influencia de este religioso, la iglesia guardó un profundo silencio sobre el asesinato del gobernador Alfredo Zárate Albarrán, permaneció fiel al sistema y honró el arribo de una nueva élite: la gran familia atlacomulquense, encabezada por el diplomático y humanista Isidro Fabela Alfaro, circunstancia que dio tiempo a Maximino para fundar la obra de difusión del santo evangelio en la Arquidiócesis de México y convertirse en socio honorario de la Academia Mexicana de Santa María de Guadalupe —causa que luego abrazó, el ahora santo, José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei—.

Ruiz y Flores tenía muchas ambiciones y cualidades ocultas: era considerado un prelado de extrema derecha que, en 1915, aceptó, suscribió y promovió la creación de la Unión Católica Mexicana (U), una sociedad secreta de la iglesia, responsable de organizar a sus fieles seguidores para apoderarse del país, fundada por el cura Luis María Martínez, canónigo de Morelia, trigésimo segundo sucesor de Fray Juan de Zumárraga y custodio de la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac.

Convertida en una fuente real de poder bajo una concepción político-religiosa para enfrentar al Estado y “defenderse” de los revolucionarios, la U controló —de 1920 a 1925, según los estudiosos del tema— a todas las organizaciones católicas “civiles”, entre las que destacan los Caballeros de Colón, las Damas Católicas, la Asociación Nacional de Padres de Familia, el Centro Asociación de Jóvenes católicos mexicanos, la Soberana orden militar y hospitalaria de San Juan de Jerusalén, la de Rodas y la de Malta, cuyos pactos de silencio eran sellados con sangre.

Al margen de su bien ganado prestigio como revolucionario, carrancista y diplomático, Isidro Fabela también tenía sus cualidades secretas de las que muy pocos se atreven a comentar: en su momento vio con buenos ojos el movimiento fascista que Adolfo Hitler encabezaba en Alemania. Con esos antecedentes, aquella alianza fue parecida a un acto de complicidad. Fabela le dio a la iglesia Católica el acceso que reclamaba al poder y su Ilustrísima lo tomó.

Con todo lo que significó este pacto, Fabela también fue el primero en hacer negocios al amparo del poder. No sólo se hizo de empresas para acaparar la obra pública en su gobierno y abusó de su prestigio para conseguirle contratos de obra pública a uno de sus hijos adoptivos —Daniel Fabela Eisseman—, sino que preparó e introdujo en esas componendas a Hank González.

Con el ascenso de Fabela, el primero de los seis gobernadores que daría esa tierra del norte del estado de México hasta 2005 —le seguirían Del Mazo Vélez, al que impuso en 1945, Salvador Sánchez Colín (1951-1957), Alfredo del Mazo González (1981-1986) y Arturo Montiel Rojas (1999-2005)—, nació una nueva familia real mexiquense, en la que la lealtad se confundió con sumisión y complicidad.

Se trata de una élite política que “cimenta la creencia en una dinastía hereditaria”, “convirtió en principio político básico la lealtad” e “hizo de la unidad el principio fundamental de su defensa frente a la élite nacional”, advierte el periodista Rogelio Hernández Rodríguez, en su tesis doctoral Amistades, compromisos y lealtades: líderes y grupos políticos del Estado de México 1942-1993, publicada por El Colegio de México en 1998.

Hernández también destaca en su investigación la extraña solicitud de Fabela para adquirir algunos terrenos en los que estaba interesado, negocio por el cual Hank González recibió 100 mil pesos: “[…] por la pormenorizada respuesta de Hank, se advierte claramente que, al margen de la habilidad profesional de Fabela como abogado, el beneficio económico previsto dependía de las relaciones que Fabela y, en su caso, Hank tenían con funcionarios de alto nivel —del gobierno federal— oriundos del estado. […] Seguramente, como el mismo Fabela advierte en la carta, no había nada ilegal en los negocios, pero no hay duda de que el lugar privilegiado que ocupaban esos funcionarios facilitaba, con ventaja, la realización de los proyectos”.

Pragmático y simple, creyéndose destinatario del oráculo de doña Francisca Castro Montiel, en 1957 Alfredo del Mazo Vélez —ex tesorero estatal, ex secretario de Gobierno, ex gobernador, y sobrino de Isidro Fabela— se embarcó, desde la Secretaría de Recursos Hidráulicos, en una serie de maniobras muy adelantadas, por cierto, para ganar la candidatura presidencial del PRI.

Del Mazo Vélez se sintió el elegido desde que llegó a la gubernatura mexiquense en septiembre de 1945. No perdió tiempo, rompió casi de inmediato con su pariente Fabela —que no con la escuela fabelista—. Esta ruptura desató una tormenta política, pero Del Mazo ya había probado las dulzuras del poder. Por la libre, se sumó a la candidatura presidencial del veracruzano Miguel Alemán Valdés y se granjeó su amistad.

Abiertas sus ambiciones, en 1951 intentó meterse en los ánimos sucesorios de su “amigo” el presidente Alemán. Arisca y seductora, la candidatura presidencial priista le jugó su primera mala pasada, porque Alemán se la entregó en 1952 al parco, siempre zorro y también veracruzano Adolfo Tomás Ruiz Cortines.

Considerado desde 1946 un alemanista puro, Del Mazo jugó mal. Pasada la tormenta, como premio a su lealtad y a su silencio sumiso para aceptar las reglas priistas del juego sucesorio, fue enviado al Senado. Apoltronado en su escaño legislativo, aguantó paciente los seis años siguientes. Al término de su encomienda, en 1958, el presidente Adolfo López Mateos lo incorporó al gabinete como secretario de Recursos Hidráulicos, desde donde, lenta y soterradamente, concibió la construcción de su segunda fallida candidatura presidencial porque, esta vez, López Mateos se inclinó por el poblano Gustavo Díaz Ordaz.

Del Mazo nunca se recuperó. Enterado de la decisión y herido su orgullo, enfiló su auto rumbo a Toluca, de donde partió de inmediato hacia Atlacomulco para aliviar sus malquerencias presidenciales. Sobre la carretera México-Toluca, a la altura del kilómetro 45.2, volcó su auto. Según testimonios de la época, cayó en un estado depresivo permanente hasta su muerte el 19 de diciembre de 1975 en la ciudad de México.

La búsqueda de Alfredo del Mazo Vélez encarnó en una obsesión “familiar” y en ella fallaron su hijo Alfredo del Mazo González y Arturo Montiel Rojas. El primero, traicionado por su “hermano” el presidente Miguel de la Madrid Hurtado en 1988; y el segundo, obligado a renunciar a la precandidatura cuando su aliada Televisa exhibió algunos de los actos de corrupción del montielismo.

La obsesión de los políticos atlacomulquenses se prolongó hasta el primer domingo de julio de 2012. Con la fuerza de la costumbre, cobijado por la sombra de Montiel —“dinosaurio del periodo precámbrico”, como llama el periodista español Miguel Ángel Bastenier a la vieja guardia priista— a Enrique, lo hicieron entender que era el único heredero capaz para reconquistar el poder presidencial.

Echada a andar la maquinaria y mientras se reconstruía la historia oficial, entró en la dinámica la Televisa de Emilio Azcárraga Jean; luego, algunos empresarios y jerarcas de la iglesia Católica. En otras palabras y, como alertaron hacedores de opinión, en el tejido de las alianzas se involucraron fracciones de la burguesía yla oligarquía a quienes Peña les garantizó el respeto a sus inversiones y a sus proyectos establecidos en áreas estratégicas como la industria petrolera y la electricidad.

Peña Nieto es una incógnita ideológica. Nadie sabe si es de derecha o de izquierda o del centro; ni siquiera ha dado pauta para clasificarlo como un priista pragmático. Tampoco se le puede relacionar con la etiqueta del cacicazgo político peñanietista.

¿Quién conoce realmente a Peña Nieto? Muchos puntos permanecen oscuros. Sólo se sabe que la gente cercana a él es selecta, que en este grupo tiene un lugar importante la cúpula de la iglesia Católica. En ocasiones, da la impresión de que esas relaciones cuentan más que las partidistas. A sus allegados en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), por ejemplo, les pidió ayuda para llegar hasta el Papa Benedicto XVI y conseguir la bendición a su matrimonio con “La Gaviota”. También a ellos recurrió para que el Vaticano declarara inexistente, por la vía rápida, el matrimonio de ésta con “El Güero Castro”.

Los primeros Golden

* Escribió Negocios de Familia y Tierra Narca, dos libros que revelaron las componendas del poder en el Estado de México, el primero entre políticos que creen que los gobiernos se heredan y el segundo sobre los arreglos entre esa misma clase y el narcotráfico, brazo armado de quienes, dicen, nacieron para gobernar. Francisco Cruz, periodista de Metepec, en el Estado de México, documenta ahora al equipo que ayudó al priista Enrique Peña a obtener la presidencia del país. Su libro, Los Golden Boy’s, editado por Planeta, es imprescindible para entender cómo un personaje como el sobrino de Arturo Montiel gobierna a 115 millones de habitantes sin haber leído –dicen los malos oídos- un solo libro, entre otras cosas. Con permiso del autor, este espacio publicará semanalmente un extracto de aquella investigación.

 

Francisco Cruz Jiménez

La historia oficial de Peña puede tener muchas lagunas, pero se puede afirmar que cuatro acontecimientos recientes y uno muy lejano, todos de trascendencia, marcaron su desarrollo político y lo encauzaron en la búsqueda de la Presidencia de la República. El primero fue el fracaso de Montiel en 2006. Éste gastó demasiado en los medios, sobre todo en televisión, pero descuidó a su más sólido rival interno: Roberto Madrazo, quien desde la presidencia nacional priista moldeó la convocatoria para erigirse como candidato en 2006.

Segundo, los mexiquenses conocían los errores de Montiel cometidos en su paso por la gubernatura. No sólo había acusaciones de corrupción personal y familiar que explotarían en Televisa, empresa a la que Montiel entregó fuertes sumas de dinero de las arcas estatales con tal de hacerse de imagen y capital político y, al mismo tiempo, labrar los de su sobrino.

El tercer acontecimiento fundamental, aunque misterioso, fue la inclusión de Enrique en la lista de líderes mundiales juveniles que, en febrero de 2007, hizo pública el Foro Económico de Davos. Esto colocó a Peña en otra dimensión, alimentó la esperanza y le dio el impulso definitivo. Fue como un banderazo de arranque. En esa misma relación, pero años antes, se había escrito el nombre del panista Felipe Calderón Hinojosa.

Davos es la tribuna habitual de los dueños del dinero y el poder. La directriz de las agendas del neoliberalismo se escribe aquí. Por esa razón, desde este lugar algunos políticos intentan derribar, cuando las hay, las barreras del empresariado. La inclusión de Enrique Peña Nieto en esta lista fue una clara señal para los priistas de que su candidato iba por el camino correcto. Tenía 40 años de edad.

El opulento escenario suizo, convertido durante los primeros meses de cada año en la capital de la globalización, ratificó a Peña en enero de 2008 como líder mundial juvenil. El atlacomulquense se presentó ante 27 jefes de Estado, al menos 113 ministros, mil 300 directivos de grandes empresas y 340 representantes de la sociedad civil. Mejor, imposible. El significado verdadero se notaría en los siguientes años. Lo atestiguaría el país entero.

En enero de 2008, gracias al presupuesto estatal, Enrique se encargó de probar a todos los políticos priistas mexiquenses su entronización. Mediante un desembolso de 60 mil dólares, viajó a Davos con una selecta comitiva: Luis Videgaray Caso, Gerardo Ruiz Esparza, Marcela Velasco, Laura Barrera y Enrique Jacob Rocha. Ellos representaban a cada uno de los más importantes subgrupos políticos del PRI del estado de México.

Era evidente que Peña estaba montado en una gran campaña mediática para mostrarse como un político moderno, con una imagen radicalmente opuesta a la de su antecesor en el gobierno mexiquense, Arturo Montiel. Atrás de él se notaba la firme presencia de otros personajes como los ex presidentes Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo —a través de su ex secretario particular Liébano Sáenz—, así como la lideresa magisterial Elba Esther Gordillo Morales.

También se hacían esfuerzos de acercamiento y reconciliación con la familia Hank Rhon. La relación había quedado maltrecha desde diciembre de 2004, cuando el PRI mexiquense, entendiéndose éste como Montiel, obligó a Carlos Hank Rhon a renunciar a la búsqueda de la candidatura priista para gobernador, que al final se le entregó a Peña.

 

Los secretos del poder

 

La versión principesca que difunden los priistas mexiquenses y atrapa la imaginación de los nuevos simpatizantes y seguidores del presidente Peña tiene su contraparte: episodios negros, nunca desmentidos ni aclarados, cuyos efectos ocultos, de distinto tamaño e intensidad, hacen palidecer por el hecho de que cambiaron la historia mexiquense a partir del 5 de marzo de 1942.

No hay saña ni asombro. Aun si uno hace todo el esfuerzo por creer, los hechos ofrecen pocas razones para el júbilo, obligan a dar un giro inesperado y a ver la democracia reducida meramente a una materia teórica o literaria en salones de clase de alguna universidad.

Durante aquel mes de 1942 hubo quienes cuestionaron las medidas ilegales a las que recurrió el culto y refinado Isidro Fabela para imponerse como nuevo gobernador mexiquense y deshacerse de todos los funcionarios del gobierno anterior. Poco se dijo sobre la cacería de políticos emanados del Partido Socialista del Trabajo (PST), pilar para la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), con todo y su círculo rojinegro.

Mucho menos se habló de la represión ejercida sobre estudiantes universitarios que repudiaron la forma en la que Fabela fue impuesto por el presidente Ávila Camacho, y veían “mano negra” en el asesinato del gobernador Alfredo Zárate Albarrán, los cuales fueron identificados, encarcelados y fichados.

Un análisis elaborado a partir de la composición del gabinete, así como de los cambios en la Legislatura local y en los cuadros del PRI estatal muestra que el fabelismo —entendido como familiares directos y un pequeño círculo de amigos de Atlacomulco y compadres— acaparó hasta 90 por ciento de los puestos de la alta burocracia política y administrativa.

Para evitar su declive y autodestrucción, Fabela aniquiló a la clase gobernante que surgió con los hermanos revolucionarios Abundio, Margarito y Filiberto Gómez Díaz, consolidados con el obregonismo y que, a través de su Grupo Toluca, habían controlado el estado de México por dos décadas. Al término de su mandato, en 1945, el nepotismo le dio la fuerza suficiente para llevar a la gubernatura a su sobrino Alfredo del Mazo Vélez —tesorero y secretario general de Gobierno en la administración fabelista—. El fabelismo se instauró como la base del llamado Grupo Atlacomulco, hasta 1969 cuando emergió plena la figura del profesor normalista Carlos Hank González.

Gracias a la corrupción pública —como se demostró en un estudio encargado en 1942 a los abogados Enrique García Campos, Eduardo Pallares y Germán Fernández del Castillo, especialistas en derecho constitucional—, el nepotismo, compadrazgo, compra de votos, control de la prensa, amiguismo, sumisión y simulación electoral, Fabela colocó los cimientos para garantizar que, en el futuro, el grupo político de su pueblo natal cumpliera con la profecía e impusiera al presidente de la República.

Si bien queda claro que el Grupo Atlacomulco—cuyos orígenes pueden rastrearse hasta finales del siglo XIX, cuando comenzaron a controlar todos los puestos públicos del ayuntamiento de Atlacomulco— nada tuvo que ver con el atentado que le costó la vida a Zárate Albarrán, el prestigioso Fabela se dejó seducir por el poder presidencial de Manuel Ávila Camacho, quien intentaba acallar cualquier duda sobre los trágicos sucesos de aquel marzo de 1942.

Para gobernar, Fabela utilizó la llamada “ley de compensaciones familiares” y se hizo acompañar en su administración por toda su parentela encabezada por sus sobrinos Alfredo y Antonio del Mazo Vélez, Alberto Vélez Martínez, Gabriel Alfaro, Enrique González Mercado, Rafael Suárez Ocaña, Roberto Barrios Castro —a quien encargó responder uno de sus informes anuales de trabajo—, Silvano Sánchez Colín, Maximino Montiel Olmos, Fidel Montiel Saldívar y Federico Nieto. Destaca este último por su estrecho vínculo con Enrique Peña Nieto, al igual que los Del Mazo.

Más claro, ni el agua: Fabela hizo de la gubernatura un negocio familiar muy rentable. Los apellidos relacionados con su familia conforman la aristocracia que, desde hace siete décadas, condimenta los presupuestos y nóminas del gobierno estatal, las diputaciones, escaños en el Senado, regidurías, presidencias municipales y, de cuando en cuando, alguna oficina de cualquier secretaría de Estado.

También fomentó la creación de un grupo de jóvenes políticos-guapos, cuyos alumnos más destacados fueron Alfredo del Mazo Vélez y el humilde profesor normalista Carlos Hank González. Ellos fueron los primeros Golden Boy’s, aunque el término se acuñó hasta 1999, iniciado el sexenio de Arturo Montiel Rojas.

Con un PRI descompuesto y viciado, Fabela se dedicó en 1944 y 1945 a preparar la candidatura de su sobrino Del Mazo Vélez. “Cuando en las postrimerías de 1944, Adolfo López Mateos, de 34 años de edad, tuvo la oportunidad de platicar con el gobernador Fabela para plantearle asuntos relativos al Instituto Científico y Literario Autónomo (ICLA), hoy Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMex), consideró propicia la ocasión de insinuarle sus aspiraciones de gobernar el estado. El atlacomulquense entendió que el director del ICLA quería ser su sucesor y, sin más ni más, lo paró en seco, diciéndole que era comprensible su deseo, pero que él consideraba que aún estaba muy joven; que en esos momentos aún estaban vivas las actividades que había desarrollado en el movimiento vasconcelista, recomendándole finalmente que orientara su vocación de servicio al desarrollo de su municipio, Atizapán”, escribió Jorge Díaz Navarro, maestro de varias generaciones de periodistas en el Valle de Toluca, en su libro inédito, Feudalismo Político en el Estado de México.

La realidad era diferente, según confesó, en 1978 Salomón González Blanco, entonces gobernador de Chiapas, en una entrevista con Díaz Navarro: “López Mateos no pertenecía al grupo de don Isidro. Y, en cuanto a la recomendación que le hiciera de orientar su vocación de servicio a Atizapán de Zaragoza, conllevaba un vaho de discriminación”.

Como lo advierten algunos viejos periodistas mexiquenses: la intervención de Fabela, en las siguientes décadas del desarrollo político mexiquense, devino en el desmesurado enriquecimiento de ciertos grupos y sectores del valle de Toluca y Atlacomulco. Fue, a la vez, un desarrollo falso e inconsistente.

 

Tutores de la impunidad

* Escribió Negocios de Familia y Tierra Narca, dos libros que revelaron las componendas del poder en el Estado de México, el primero entre políticos que creen que los gobiernos se heredan y el segundo sobre los arreglos entre esa misma clase y el narcotráfico, brazo armado de quienes, dicen, nacieron para gobernar. Francisco Cruz, periodista de Metepec, en el Estado de México, documenta ahora al equipo que ayudó al priista Enrique Peña a obtener la presidencia del país. Su libro, Los Golden Boy’s, editado por Planeta, es imprescindible para entender cómo un personaje como el sobrino de Arturo Montiel gobierna a 115 millones de habitantes sin haber leído –dicen los malos oídos- un solo libro, entre otras cosas. Con permiso del autor, este espacio publicará semanalmente un extracto de aquella investigación.

 

Francisco Cruz Jiménez

La vida de Enrique Peña Nieto se parece mucho a la de un príncipe azul. Al menos así la ven sus simpatizantes, para quienes ésta no empezó el 20 de julio de 1966, el día que nació en la colonia Condesa del Distrito Federal o en el centro de Atlacomulco, cuna del grupo político más longevo y poderoso del país, sino el 14 de enero de 2005, cuando su nombre apareció en la prensa como candidato priista único y de unidad a la gubernatura del estado de México.

Aunque era prácticamente desconocido, especialistas en imagen confiaron en que una buena campaña de posicionamiento y luego otra de marketing lo harían un negocio redituable, y que la sola candidatura para gobernador lo colocaría fácilmente en el camino de la ruta hacia la presidencia. Así había pasado con la mayor parte de los gobernadores salidos del estado de México desde 1942.

Al momento de ese “curioso” nacimiento, Enrique tenía 39 años de edad. Y fue extraño porque, hasta antes de ese mes en el que empezaba su precampaña, muy pocos recordaban algo específico del candidato, su vida privada, sus andanzas políticas o su carrera profesional.

Todavía dos años antes, en enero de 2003, ni los vecinos de la familia en su pueblo natal le auguraban un futuro exitoso al lado de su tío, el entonces gobernador Montiel. En aquel no tan lejano 2003, Peña empezaba su campaña por una diputación local. Sólo lo acompañaba Jesús Sergio Alcántara Núñez, su suplente en la fórmula por el distrito de Atlacomulco. Muy pocos recordaban a Enrique. Acaso, lo más sobresaliente es que los viejos recordaban a su padre, el ingeniero Gilberto Enrique Peña del Mazo, y otros a su mamá, doña Socorrito. Jesús Sergio —Jesús, como le conocen por sus rumbos— era más popular.

Menos aún se atrevían a hacer algún señalamiento sobre sus quehaceres como presidente de la Legislatura mexiquense a la que había llegado en 2003 y desde donde saltó a la candidatura para ser gobernador de su estado. Acaso un puñado de periodistas en Toluca era capaz de precisar —y lo hacía con dificultad— algunas de sus tareas en el gobierno estatal. Sin embargo, no había nada qué decir sobre sus logros como legislador ni como ex secretario de Administración.

Determinado grupo, reporteros que cubrían en forma permanente las noticias del PRI estatal, apenas lo veía como un funcionario afable, muy religioso, conservador, tímido, escurridizo, dócil hasta llegar a la sumisión —un viejo priista, en toda la extensión de la palabra—, poco afecto a entrevistas y altamente preocupado por su apariencia física. Sobre todo, por su peinado y la pulcritud de su traje. No obstante, tampoco le auguraban un gran futuro político frente a los dinosaurios de su partido.

Aun así, en una entrevista con el periódico Reforma en 2005, el mismo Peña alimentó las dudas sobre su pasado: no conocía los orígenes de su familia. Ni los nombres de sus abuelos pudo mencionar al reportero Enrique Gómez. “Realmente no sé cómo se llama mi bisabuelo. Efigenia creo que se llamaba mi abuelita. Habría que buscarle, yo no lo identifico más allá de mis abuelos, quiénes son, pero tampoco me opondré a que alguien hiciera la investigación, que la trabaje y diga quiénes son”.

Apenas un pequeño grupo de periodistas insertos desde 1999 en la cobertura noticiosa de Montiel lo ubicaba como hijo del modesto ingeniero Gilberto Enrique Peña del Mazo, primo del ex gobernador mexiquense Alfredo del Mazo González. Lo más conocido era su cercanía con Montiel. En definitiva, su vida era un libro vacío en espera de ser escrito.

Con ese desconocimiento, los datos biográficos oficiales fluían a cuentagotas: Enrique, efectivamente, es hijo de Enrique Peña del Mazo y de María del Perpetuo Socorro Nieto Sánchez. Nació el 20 de julio de 1966 en Atlacomulco, municipio del norte mexiquense, aunque hay quienes señalan que, cuando nació, sus padres vivían en la ciudad de México.

El árbol genealógico familiar establece que su padre era pariente cercano de los ex gobernadores Alfredo del Mazo Vélez y Alfredo del Mazo González, padre e hijo respectivamente, ambos, a su vez, familiares del extinto Isidro Fabela Alfaro, y de su Excelencia, Arturo Vélez Martínez, primer obispo de la Diócesis de Toluca.

Del lado materno, está relacionado con el extinto gobernador Salvador Sánchez Colín. Y aunque Soco perdió el apellido por venir este de la familia materna, es descendiente directa de Constantino Enrique Nieto Montiel. En resumen, Peña —con sus hermanos Ana Cecilia, Verónica y Arturo— es parte de la numerosa parentela del ex gobernador y fallido candidato presidencial Arturo Montiel Rojas.

En los meses siguientes —del inicio de la precampaña hasta la toma de posesión el 15 de septiembre de 2005—, los priistas descubrieron con terror que Peña era un político invisible:

“El mayor de los hermanos Peña Nieto, Enrique ha sido considerado desde pequeño un ‘muñequito’. Sus vecinas y amigos de esa época —la de su nacimiento real— lo recuerdan como un niño dorado, bien acicalado, estupendamente portado, que usaba tirantes y se peinaba desde entonces con ese copetito que ha mantenido hasta la fecha y le ha granjeado tanta popularidad entre las mujeres”, escribió en marzo de 2011 el periodista Ignacio Rodríguez Reyna.

La biografía oficial tomó forma poco a poco. A mediados de la década de 1970 —cuando el primo Alfredo del Mazo González encajaba en la estima de Miguel de la Madrid, secretario de Programación y Presupuesto del presidente José López Portillo—, la familia Peña Nieto tuvo su golpe de suerte al abandonar Atlacomulco para asentarse en Toluca. Fue aquí donde Enrique terminó los grados quinto y sexto de primaria, hizo dos de secundaria —segundo y tercero, pues cursó el primero en un exclusivo internado de un pueblo de Maine, en Estados Unidos—, y la preparatoria, esta última en colegios particulares.

De allí, el joven Peña se fue directo a las aulas de la Universidad Panamericana, uno de los brazos operativos del Opus Dei en la Ciudad de México y, luego, a las del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), otro de los centros opusdeístas de reclutamiento.

Si bien se publicó en enero de 1996, La masonería y el Opus Dei en la política contemporánea mexicana, semejanzas entre el anticlericalismo y el clericalismo secretos, este estudio de los profesores Paul Rich y Guillermo de los Reyes está hoy tan vigente como entonces: “La masonería y el Opus Dei son dos de las sociedades más sospechosas en México, se piensa que con su pretendida clandestinidad encubren todo tipo de maquinaciones políticas.

”El Opus Dei es uno de los pocos movimientos católicos exitosos en México, en términos del reclutamiento de una significativa representación laica de la burguesía alta. […] Se ha sostenido en una nación donde se cree, de manera implícita, en el ‘mito de la conexión correcta’, la promesa de que, finalmente, se establecerá una sociedad proclerical orientada a combatir a los masones. […] Seguramente que una razón que explica el establecimiento exitoso del Opus Dei y la masonería en México puede ser la dificultad para hallar otro país, en donde las ceremonias cabalísticas y rituales estuviesen más integradas al liderazgo y, no obstante, menos entendidas. […]Desde el inicio de la República Mexicana, las organizaciones arcanas han sido parte de la fábrica política y del sistema de camarillas que han jugado un papel básico en la composición de la junta gobernante.

”Su coexistencia demuestra que los mexicanos ‘abrazan al mismo tiempo un arraigado anticlericalismo con una profunda religiosidad.’[…] Se achacan mutuamente ser lobos con piel de oveja. Se sienten modernas Casandras que olfatean conjuras en todos lados. […] Los miembros de ambas sociedades negarían enérgicamente que sus secretos son algo más que prudencia. […] La oscilación entre el clericalismo y el anticlericalismo, entre la religión y la seglaridad, es el corazón de la política mexicana”.

El trabajo más ingrato

* Con la mitad de los electores en contra, a Peña le toca enfrentar la realidad mexicana y aunque es obligación trabajar para mejorar los panoramas, la tradición presidencial indica que se trabaja, sí, pero para los proyectos personales que benefician al círculo cercano. El priista no es diferente a los demás. El equipo que perfila como primer gabinete lo corrobora y poco podrá hacer ante los números que deja Felipe Calderón.

 

Miguel Alvarado

Toluca. Eruviel Ávila, gobernador del Estado de México, usa el eslogan “Piensa en Grande”, una frase que intenta ser positiva pero que se queda en el terreno de lo inentendible a la hora de aplicarla a políticas públicas y resultados reales, medidos por la Federación. El Estado de México, el más rico del país, pero también el que más desigualdades presenta, termina el año con un aliado que muchos no quisieran, pues ya lo tuvieron como administrador. Enrique Peña, sobrino de Arturo Montiel y miembro distinguido del Grupo Atlacomulco, asumirá formalmente la presidencia de México el primero de diciembre en lo que se prevé sea una de las ceremonias más cortas y desangeladas. No dará la cara al público y su primer mensaje al país será trasmitido por televisión. Su equipo de asesores le ha indicado que no tiene sentido arriesgarse a una rechifla cuando se exponga en escenarios no filtrados, con asistentes que no militan en el PRI, su partido.

Con la mitad de los electores en contra, a Peña le toca enfrentar la realidad mexicana y aunque es obligación trabajar para mejorar los panoramas, la tradición presidencial indica que se trabaja, sí, pero para los proyectos personales que benefician al círculo cercano. El priista no es diferente a los demás. El equipo que perfila como primer gabinete lo corrobora y poco podrá hacer ante los números que deja Felipe Calderón.

Según el Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social del 2012, indica que el índice de subocupación entre el 2008 y 2011 es de 8.3 por ciento, que se considera demasiado alto, mientras que la tasa de desempleo es de 4.9 por ciento hasta la primera mitad del 2012. Hasta hace un año se habían perdido 199 mil 832 empleos, pero se habían creado 811 mil 384, según los registros del IMSS, 100 mil menos que en el 2010.

Hay 52 millones de pobres en el país, 3 millones más que hace dos años; 11 millones en pobreza extrema; 32 millones son calificados como vulnerables por carencias sociales y 6.5 son vulnerables por ingresos.

Además hay 23 millones de personas en rezago educativo, 35 millones no acceden a servicios de salud, 68 millones no cuentan con seguridad social, 17 millones no tienen vivienda, a 18 millones les falta servicios básicos en el hogar y 28 millones sufren de alguna carencia alimenticia. La inflación en México alcanzó 4.36 por ciento. Sin embargo, hay 52 millones de personas afiliadas al Seguro Popular.

Por otro lado, el país demanda 4 millones de nuevas viviendas, focalizadas en el sector donde se ganan dos salarios mínimos y menos, aunque paralelo a este fenómeno, también se presenta el de la casa abandonada y la reducción del espacio habitable. Hoy, en promedio, las casas de interés social tienen apenas 30 metros cuadrados. En el 2011, 1.5 pesos de cada 10 pesos se destinó para desarrollo urbano y de vivienda.

“La población indígena concentra los indicadores de pobreza y marginación más agudos y los índices más desfavorables de desarrollo humano y pobreza (PNUD, 2010). De acuerdo con la Medición de la Pobreza 2010, el 79 por ciento de los indígenas se encuentra en esta situación (40 por ciento en pobreza extrema). Además, el 64 por ciento presenta simultáneamente privación en al menos tres derechos sociales esenciales frente a 24 por ciento de la población no indígena; tan sólo un 4 por ciento de los indígenas no tiene ninguna carencia en comparación con el 26.5 por ciento de la población no indígena. En 2010, el 49 por ciento de este grupo poblacional manifestaba rezago educativo, además de que el 27 por ciento de los jóvenes indígenas mayores de 15 años es analfabeto,110 el 13 por ciento de niños y niñas entre seis y 14 años no asiste a ningún circuito escolar y sólo 70.5 por ciento de éstos tiene aptitud para leer y escribir (el porcentaje infantil más bajo, tanto rural como urbano), al tiempo que sólo el 1 por ciento de jóvenes indígenas acceden a la educación superior”, señala el estudio.

A nivel municipal, las cosas no son fáciles. El 93.4 por ciento del total de los municipios tenía más de 50 por ciento de su población sin acceso a la seguridad social; el 48 por ciento tenía más de 50 por ciento de su población con carencia por servicios básicos en la vivienda; el 17.1 por ciento tenía más de 50 por ciento de su población sin acceso a servicios de salud; el 9.2 por ciento tenía más de 50 por ciento de su población con carencia por la calidad y espacios de la vivienda; el 4 por ciento tuvo porcentajes mayores a 50 por ciento de su población con carencia de la alimentación y el 3.5 por ciento tenía más de 50 por ciento de su población con rezago educativo.

Este es el panorama que Peña deberá enfrentar, pero que no desconoce del todo. Como gobernador, administró 15 millones de habitantes y dejó números que pueden descifrar el misterio que todavía para algunos representa su presidencia. Así, la mitad de los mexiquenses presentan algún tipo de pobreza. Según el Informe de Evaluación, el del Estado de México es un caso destacado, pues aquí vive un millón 214 mil personas en pobreza extrema, lo que significa un aumento de 214 mil. Así pues, 6 millones 533 personas viven con algún tipo de pobreza. Dos millones y medio presentan algún tipo de carencias, 5 millones 293 mil 700 presentan algún tipo de carencia. El Edomex gasta mil 150 millones de pesos para despensas destinadas a adultos de más de 70 años, que alcanza para 161 mil personas que viven en pobreza extrema. La población total mayor de 70 años asciende a 370 mil personas.

Otro rubro que dibuja lo que puede ser un gobierno encabezado por Peña es el de la seguridad, donde el mexiquense apuesta por concentrar los mandos en uno solo y definir territorios o plazas apara que el narcotráfico trabaje sin daños colaterales, como los producidos en el sexenio que termina, cuando la negociación fue imposibilitada. En suma, a Peña le espera el trabajo más ingrato que un país puede ofrecer pero también la oportunidad de hacer, por una vez, las cosas correctamente, aunque para México ya no hay sueños.

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