Los beneficios de la humillación

* Fuera el de caballo, el de carga maletas o el de golpeador, el trato vejatorio y la humillación le dejaron enormes beneficios a Víctor Flores, un veracruzano que nació el 6 de marzo de 1939 y cuyo futuro, de no haber aparecido Peralta, era de confinamiento en los patios del ferrocarril. De su modesto puesto de llamador de tripulación y cambiador de trenes pasó a guardacrucero de planta y, desde allí, su protector lo colocó en su primer puesto sindical: presidente de los Juegos Inter obreros en Veracruz y, casi de inmediato, representante sindical de la Sección 28. Nada lo detendría”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013 y al cual pertenece este extracto.

 

Francisco Cruz Jiménez

Hay quienes aseguran que Víctor Flores entró a trabajar a Ferronales cuando tenía 15 años de edad —en 1954—, aunque viejos registros de la empresa fechan su ingreso el 10 de julio de 1960, a los 21 años. A partir del 17 de mayo de 1995 —cuando desde la Presidencia de la República se operó su llegada a la Secretaría Nacional del STFRM—, ocupó el puesto 6918 como jefe de patio, cargo con el que fue jubilado el 6 de septiembre de 1999.

A finales de marzo de 2006, cuando el periódico El Universal intentaba armar un perfil de Flores, sus vecinas Carmen Machorro y su hija María Inés le dijeron que cuando Flores trabajó como llamador en ferrocarriles, acudía a las casas de los ferrocarrileros para informarles a qué hora se tenían que presentar a laborar. Jugaba futbol con los hijos de Carmen. “Era un prietito simpático, no guapo. […] Siempre fue un buen muchacho, era maestro de baile para Quince Años”. Y Petra Gutiérrez López, una de sus alumnas quinceañeras, recordó que, durante un mes, le enseñó a bailar el Danubio Azul y el Vals de las Flores. “No me cobró nada porque era amigo de mi madrina. Enseñaba bien, pero de aquel gran Víctor ya no hay nada, luego se amafió con Jorge Peralta”.

Publicado en la edición del 2 de abril de 2006, uno de los párrafos del perfil es muy esclarecedor: “El hombrecillo —como lo han descrito varías crónicas por su baja estatura—, una vez encumbrado, se iría hacia donde el barco del poder, sin importar quién fuera su capitán. Una sola anécdota daría muestras de su escaso temple como líder obrero. El 4 de julio de 2000, dos días después de que Vicente Fox había sido proclamado presidente, Flores lo interceptó en un hotel y al estilo del Patrullero 777 que protagonizó Cantinflas , le dijo: ‘¡A sus órdenes, señor!’, sólo le faltó decirle jefe. Así se condujo”.

Sólo Víctor y Jorge saben cómo trabaron amistad, pero, cuando a este último lo transfirieron a la estación de Buenavista como poderoso delegado sindical, se jaló a Víctor como secretario, chalán, carga maletas, golpeador, compañero de parrandas, hombre de confianza y, lo más importante, como niñera para que se encargara del cuidado de uno de sus hijos de 6 años de edad. Era el hombre de confianza. Viejos sindicalistas todavía recuerdan hoy cuando, en sus berrinches, muy a menudo, el niño Peralta, quien de vez en cuando llegaba a la oficinas sindicales acompañando a su papá, pedía a gritos a su caballo.

—¡Quiero a Víctor! Solía gritar el niño y el mismo Jorge lo llamaba.

—¡Víctor, Víctor jijo de la chingada!, en dónde andas metido que el niño te quiere montar. Atento, dócil y complaciente, humillado, Víctor nunca desoyó el llamado del patrón. Siempre estuvo allí. Tenía entonces 47 años de edad. Y en aquel 1986 confió su futuro a la suerte y a las amistades del influyente primo priista de Jorge Peralta.

—Hínquese, cabrón.

—Más abajo papá, más abajo.

—Ahora sí, brinque cabrón, y que relinche el caballo. Con el niño a la espalda, golpeándole y picándole las costillas con los talones, Víctor comenzaba sus saltos grotescos y, desde luego, a relinchar. Divertido, Jorge Peralta Vargas contemplaba la conjunción caballo-jinete.

Fuera el de caballo, el de carga maletas o el de golpeador, el trato vejatorio y la humillación le dejaron enormes beneficios a Víctor Flores, un veracruzano que nació el 6 de marzo de 1939 y cuyo futuro, de no haber aparecido Peralta, era de confinamiento en los patios del ferrocarril. De su modesto puesto de llamador de tripulación y cambiador de trenes pasó a guardacrucero de planta y, desde allí, su protector lo colocó en su primer puesto sindical: presidente de los Juegos Inter obreros en Veracruz y, casi de inmediato, representante sindical de la Sección 28. Nada lo detendría, de la mano de Peralta en 1976 fue nombrado secretario general de Ajustes por Trenes de la Sección 28. En 1977, coordinador Nacional de Escalafones y, ese mismo año, auxiliar del secretario nacional, Jesús Martínez Gortari. Este líder respondía a las órdenes del cacique Gómez Zepeda y, desde luego, de Peralta, cuyo primo, Vargas Saldaña, desde 1972 se había encaramado a la cúpula del poder como uno de los hombres de confianza del también veracruzano Jesús Reyes Heroles, el pensador e ideólogo más notable de la historia del PRI.

En un abrir y cerrar de ojos, Víctor —quien a los 33 años de edad, en 1972— veía su vida languidecer como mandadero y peón de los ferrocarrileros— confió su futuro al de Jorge Peralta Vargas. Si fue premonición o golpe de suerte no importa ya, desesperado porque en los patios rieleros veracruzanos su destino quedó marcado como llamador de tripulación y guardacrucero, palabras elegantes para las de mozo-mensajero y cambiador de vías, el poder se convirtió en una obsesión. La disciplina incondicional hacia Peralta le fueron útiles y escaló.

Flores empezó a construir así su propio futuro. Audaz como parecía su apuesta por Peralta, la vida lo recompensó: su carrera ha sido próspera e igual pasó a la arena política en las filas del Partido Revolucionario Institucional. Según los datos que entregó a la Cámara de Diputados, a los 35 años de edad lo hicieron dirigente del sector juvenil en el puerto de Veracruz y, tres años después, en 1997, presidente del sector obrero municipal de Veracruz. Ese mismo año se integró a la LVII Legislatura federal como diputado; en 2000 la dirigencia priista lo llevó como senador suplente, aunque en 2003 de nueva cuenta obtuvo una diputación federal.

En noviembre de 2012, Flores, un fiel soldado del viejo PRI, lo hizo de nuevo: se reeligió por seis años más como líder nacional de los ferrocarrileros. Si los cumple completos, como parece, al final de su periodo tendrá 78 años de edad. Pocos han vuelto a recordar al jovencito aquel, al maestro de vals que gustaba de sentirse el Elvis Presley de Veracruz.

Las aspiraciones más negras

* “El miedo a Praxedis lo hizo rodearse de un cuerpo personal de guardaespaldas formado por halcones o golpeadores ferrocarrileros que ofrecían un testimonio cristalino sobre la situación: un personaje de baja estatura, moreno, nervioso, delgado y muy sumiso —hombrecillo le llaman sus críticos—, lleno de ambiciones que habitaba en un modesto departamento de 50.65 metros cuadrados, en el condominio número 215 de la calle Guerrero en la colonia Guerrero”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Cuándo y cómo operó el cambio, sólo en el sindicato puede encontrarse la respuesta. La mayoría coincide que justo el día de su ascenso como secretario nacional, Víctor Flores, valga decir, fue la víctima indefensa —quienes lo conocen lo asocian más a la cobardía— de las iras y bromas de Praxedis, un maquinista rudo, de carácter recio, atrabancado, musculoso y violento de 1.85 metros de estatura; de rasgos negroides. Flores, el bufón, era la encarnación de los intereses y las aspiraciones más negras de dos grupos —Héroe de Nacozari y peraltista— que querían prevalecer y hacerse, malamente, del futuro de los obreros del ferrocarril. Según se cuenta, Praxedis, no pensaba mucho cuando se trataba de liarse a golpes. Resultado de esas bromas, enemistades o antipatías, apenas al llegar a la Secretaría Nacional, y Víctor a la Secretaría del Tesoro, Praxedis mandó instalar cámaras de video en las oficinas de Flores, sobre todo, en la caja fuerte, como una provocación abierta para que no robara ni un centavo y en varias ocasiones lo amenazó. Le advirtió que si lo sorprendía robando le daría una golpiza y lo enviaría a la cárcel.

”Como la platicaba —recuerdan algunos de los praxedistas—, la anécdota parecía divertida. Pero Praxedis mostraba su puño derecho, preguntando a sus guardaespaldas ¿sí o no le dije?: mira Víctor, róbate un centavo y te parto la madre, te ando dando una madriza; me vale madre que seas un pinche enano y échame a tu papá Peralta (…) con él sí me puedo dar en la madre porque somos del mismo peso. Y Víctor reconocería, en una plática que había tenido altercado de esa naturaleza”.

A mediados de 1993, en una entrevista con Miranda Servín y el padre de éste, en el restaurante Tok’s de Insurgentes y avenida San Cosme, de la ciudad de México, Flores llegó “pálido y descompuesto porque acababa de tener un enfrentamiento con Praxedis; desesperado, molesto, manifestó que ya no lo aguantaba: ‘Le voy a romper su madre’. Y nos propuso: ‘Sáquenle un libro, yo lo pago (…) a ver si así me lo quito de encima’. Sin recursos para emprender un proyecto de esa naturaleza, la idea —cuenta Fernando— me pareció aceptable; además había sido marginado luego de colaborar en la campaña electoral que lo había llevado a ocupar el máximo cargo en el sindicato ferrocarrilero y también había atestiguado su proceder corrupto y desleal en contra de los obreros. Por otro lado, me atraía la idea de volver a denunciar públicamente a otro líder nacional de este sindicato, con pruebas documentales”.

”A partir de ese momento, Víctor me proporcionó más documentación sobre los fraudes de Praxedis. Con estos datos y los que yo tenía comencé a elaborar la cuarta edición de La Otra Cara del Líder, cuya portada sugirió Víctor Flores. Se hizo cargo de todos los gastos. De enero a junio de 1993, tuvimos varias entrevistas. Le interesaba conocer el contenido y nos aportaba dinero para la impresión. Nos apremiaba para terminar. Tenía un objetivo: ‘Pinche Urraco—el socorrido sobrenombre de Praxedis—, va a valer madre, se lo va a llevar la chingada. Conocía la efectividad de publicar un libro de este tipo, lo había vivido como íntimo colaborador de Peralta; sabía que La Otra Cara del Líder—tercera edición— le había cancelado la posibilidad de llegar al Senado. Y, además, le había ocasionado tropiezos en su intento de llegar, por segunda ocasión, a secretario nacional del Sindicato Ferrocarrilero. Flores estaba montado en un potro salvaje, quería vengarse. El 1 de julio de 1993 terminamos de imprimir la cuarta edición; en la portada resaltamos la frase que Praxedis constantemente repetía: ‘Caso Lombardo es homosexual’. Víctor insistió en que se publicara en la portada, según él, si no se incluía el libro no serviría”.

Su miedo a Praxedis lo hizo rodearse de un cuerpo personal de guardaespaldas formado por halcones o golpeadores ferrocarrileros que ofrecían un testimonio cristalino sobre la situación: un personaje de baja estatura, moreno, nervioso, delgado y muy sumiso —hombrecillo le llaman sus críticos—, lleno de ambiciones que habitaba en un modesto departamento de 50.65 metros cuadrados, en el condominio número 215 de la calle Guerrero en la colonia Guerrero.

Para 1996, ya con todo el poder sindical y el apoyo del presidente Zedillo, sus adversarios le documentaron la compra de un edificio de departamentos en la colonia San Rafael, en el 165 de la calle Edison, valuado en, al menos, 5 millones de pesos. Las fastuosas residencias junto al mar propiedad de Elba Esther Gordillo Morales en San Diego, California que se han documentado con detalle, hacen ver modesto el edificio de Víctor Flores; sin embargo, confirman el deterioro del sindicalismo y ponen en evidencia la voracidad de los líderes y su complicidad con funcionarios de gobierno de los tres niveles.

Las revelaciones sobre Víctor se multiplicaron o, como dicen en el pueblo, los trapos sucios estaban lavándose fuera de casa. Se iría tejiendo una historia personal llena de datos, anécdotas y excentricidades. El Semanario, una publicación que se edita en la ciudad de México, por ejemplo, publicó: “Los departamentos —del edificio en Edison— estaban hipotecados y el dirigente ferrocarrilero saldó los adeudos al contado. En ese año, pagó en diferentes transacciones un millón 431 mil 118 pesos (folios 474776, 686358, 9441469, 9441469 del RPP).Fue la misma época en que el líder ferrocarrilero Manuel Castillo Alfaro descubrió que en el sindicato había un desfalco por 25 millones de pesos. Admite que entonces pudo constatar que Flores había sustraído en 1994 esa cantidad en varios cheques con el argumento de que serían para la campaña (presidencial) de Zedillo.

”En la Procuraduría General de la República (PGR) está archivada desde 1995 la denuncia ACO/17/DO/95 por ese hecho. No se le ha dado cauce, lo que significa que no se inició averiguación. Tampoco se le dio cauce a otras 19 demandas en contra del ciudadano Víctor Félix Flores Morales que hoy están archivadas en la PGR, de acuerdo con una fuente cercana a Averiguaciones Previas. Una de ellas, fue puesta en 2001 por la Agrupación de Jubilados Ferrocarrileros por el desvío de 500 millones de pesos de las cuotas que habían aportado durante una década. En el momento de la denuncia, José Videles Camacho, representante de los afectados, exhibió documentos que indicaban que Flores percibía un salario de 17 mil pesos a la quincena como jubilado, aunque no había trabajado más de cinco años. En tanto, los otros trabajadores alcanzaban 2 mil 500 pesos al mes.

Sin proponérselo, por lo menos no a su llegada al Distrito Federal, Víctor Flores avanzó a pasos agigantados hasta convertirse en un monstruo de mil cabezas. El asesinato de PraxedisFraustro Esquivel, la historia negra de su compadre Jorge Peralta Vargas, la crisis de representación y su condición misma de instrumento presidencial en la aplicación de política económica neoliberal lo atraparon en las páginas del libro negro de la burocracia sindical corporativa.

Juego sucio

* “El 3 de febrero de 1992, en el salón Adolfo López Mateos de Los Pinos, Carlos Salinas de Gortari le dio posesión a Praxedis Fraustro Esquivel como nuevo secretario nacional del Sindicato Ferrocarrilero. Caso, Peralta y el resto de la planilla Héroe de Nacozari guardaron silencio. Ninguno habría osado ir contra una decisión presidencial. Por primera vez, después de casi cinco décadas, al Sindicato Ferrocarrilero llegaba un candidato marginado por el grupo de Gómez Zepeda. Tal “insolencia” quedó registrada puntualmente”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz

Fue algo inusual o el auténtico símbolo del cinismo y del poder, porque ese 17 de julio personeros del charrismo se reunieron casi clandestinamente con el jubilado Antonio Castellanos Tovar para comunicarle que —como títere de un teatro guiñol— cubriría, a partir de ese día, y hasta febrero de 1995, el interinato en la Secretaría Nacional. Y así sucedió: en febrero de 1995 Flores tomó el lugar de Praxedis. Todos los obreros, al menos los que podían decir algo, olvidaron que, por su condición de jubilado, el octogenario Castellanos estaba impedido para ocupar la Secretaría Nacional.

Entre conjeturas y suposiciones, aquel julio de 1993 la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal detuvo y consignó a seis personas. Pero se centró en Efraín García Torres y Vicente Valencia Saavedra —secretario particular el primero; maquinista y cercano colaborador de Praxedis el segundo—, enviados al Reclusorio Preventivo Norte como responsables intelectuales del atentado.

Las autoridades no dieron tiempo para pensar en las causas, conocer a los protagonistas ni analizar consecuencias. Por eso, ni los familiares, ni el abogado de Praxedis y, mucho menos, el gremio creyeron tales versiones. Ninguno de los dos se beneficiaba con la ejecución de su líder. Ambos saldrían políticamente muertos. El encono en el sindicato iba mucho más allá de ellos, eran dos peones en una batalla de gigantes: Praxedis, un delincuente encarcelado por agresión, pandillerismo y allanamiento, pero, según se supo en ese momento, apuntalado por familiares del presidente Carlos Salinas; y el ex convicto Peralta, quien contaba con el apoyo incondicional de Caso, así como del grupo Héroe de Nacozari y su primo Mario Vargas Saldaña, uno de los sabios de la política nacional priista, quien, por cierto, lo había rescatado de la cárcel.

En el camino, o más bien en las investigaciones por el crimen, también se involucró a un ejecutivo del Banco Mexicano Somex, y luego a otros del Banco Obrero, quienes, en aparente complicidad, permitían a Praxedis hacer jugosos retiros de las arcas sindicales falsificando firmas. García y Valencia fueron liberados un año más tarde. Estatutariamente, a quien le correspondía ocupar la Secretaría Nacional era a León Guerrero Cholula, suplente de Praxedis y en ese momento Tesorero de Previsión Obrera, además de, ya se descubriría, viejo amigo de Peralta y Flores. Nunca se atrevió a reclamar el puesto.

Con muchas interrogantes que persisten y presunciones jamás atendidas sobre una conspiración de alto nivel, de la historia sobre las extrañas circunstancias en las que “se mató” Lorenzo Duarte García y la ejecución de Praxedis Fraustro no volvió a saberse mayor cosa, aunque, en menos de un mes, dejaron un boquete en Ferrocarriles. Al deshacerse por completo la planilla Solidaridad, los pocos colaboradores y amigos de Fraustro fueron marginados, enviados a trabajar.

Aunque no hay comparación ninguna entre ellos, después del encarcelamiento de Vallejo, éste fue el más duro golpe al sindicalismo ferrocarrilero. Olfateando lo que podría venir, Fernando Miranda intentó responder quién era Praxedis. Y, al hacerlo, se adelantó, sin querer, a la historia porque hurgó en el pasado y delineó el primer perfil de Víctor Flores, el viejo bailarín y maestro de vals en el puerto de Veracruz. Si bien quedó marcado al escribir por encargo La otra cara del líder. Otro delincuente en el sindicato; Caso Lombardo es homosexual, Fernando aceptó compartir su historia para Los amos de la mafia sindical.

“Durante los meses de octubre, noviembre y diciembre de 1991 y enero de 1992 tuvo lugar un proceso muy controvertido y particular, decidido en una segunda vuelta, en el sindicato: dos ex convictos se disputaban la Secretaría Nacional. Peralta, quien había ocupado ese cargo en el trienio 1986-1989; y Praxedis, dirigente de la Sección 19, en Monterrey, Nuevo León. El primero, convicto por el asesinato del atleta Carlos Serdán Reyes, en el puerto de Veracruz; el segundo, ex interno en un penal de Monterrey por el delito de lesiones y daños en propiedad ajena. Dos pájaros de cuenta. El primero, candidato del oficialismo empresarial o gobiernista; y el segundo, aspirante independiente a través de la planilla Solidaridad o Comisión Nacional Ferrocarrilera”, y del secretario nacional saliente Lorenzo Duarte García.

Y eso de independiente es un decir porque, en 1980, Fraustro se hizo enemigo gratuito del grupo Héroe de Nacozari, con todo y Gómez Zepeda, tras no darle su apoyo para ganar una regiduría en Monterrey. Desde luego, Gómez Zepeda lo marginó en su primer intento por llegar a la Secretaría General de la sección ferrocarrilera en la misma ciudad. En venganza, Fraustro formó un grupo de choque, sembró terror y desde allí se catapultó a la dirigencia de los rieleros de Nuevo León.

No puede negarse que la primera parte de la elección en febrero de 1992 la ganó Peralta. Empero, Lorenzo Duarte García no se durmió. Nadie pudo explicarse por qué, pero tomó como cruzada personal la defensa electoral de Praxedis e hizo lo que pocos pensaban: en algunas reuniones dramáticas para dirimir controversias, intercambiar acusaciones, contraacusaciones y lavar el cochinero, sacó a la luz pública episodios oscuros —guardados celosamente en su memoria— del pasado de Peralta. Y los utilizó bien porque documentó y demostró un enorme fraude electoral coordinado por el grupo Héroe de Nacozari, por personajes allegados a Caso Lombardo y los peraltistas, quienes recibieron asesoría del PRI. Sintiéndose traicionados, Peralta, Caso y los cabecillas de Héroe de Nacozari sacaron las uñas. Acorralado, el coahuilense Duarte se moría de la risa.

Con mucha habilidad, libró amenazas de muerte que le llegaban casi a diario, capoteó discusiones violentísimas, no aceptó tratos despectivos, que para eso era dirigente nacional, y, por abajo del agua, montó un operativo especial para repetir los comicios. Y en esa segunda vuelta haría ganar a Praxedis. Duarte demostró que los gomezetistas eran muy vulnerables, pero, por su pasado, Jorge Peralta Vargas era todavía más débil. El 3 de febrero de 1992, en el salón Adolfo López Mateos de Los Pinos, Carlos Salinas de Gortari le dio posesión a Praxedis Fraustro Esquivel como nuevo secretario nacional del Sindicato Ferrocarrilero. Caso, Peralta y el resto de la planilla Héroe de Nacozari guardaron silencio. Ninguno habría osado ir contra una decisión presidencial. Por primera vez, después de casi cinco décadas, al Sindicato Ferrocarrilero llegaba un candidato marginado por el grupo de Gómez Zepeda. Tal “insolencia” quedó registrada puntualmente.

Duarte, quien conocía muy bien a Jorge Peralta Vargas porque durante la dirigencia de éste entre 1986 y 1989 fungió como presidente de la Comisión Nacional de Vigilancia y Fiscalización, había tomado una decisión socarrona: enfrentar a Peralta —a pesar de que lo consideraba un matón de la más baja calaña o criminal callejero— y Caso para tratar de quedar bien con la familia del presidente de la República. Eso sería más provechoso para su futuro político en el PRI. Dio, pues, pasó con guarache.

Cuándo y cómo recibió llamados de familiares del presidente Salinas, y quiénes eran éstos, sólo él lo supo y, literalmente, se llevó su secreto a la tumba. Pero, salvo en la peor de las circunstancias, no permitiría la segunda llegada de Jorge Peralta a la Secretaría Nacional del sindicato. Veinte años después, muertos los dos principales protagonistas, la reconstrucción de algunos episodios se complica; hay una disparidad en las narraciones que ocultan un fin premeditado, pero, en las negociaciones postelectorales y el recuento de votos de la segunda vuelta de los comicios internos de febrero de 1992, Duarte y Praxedis no se percataron de sus errores cuando cedieron a Peralta, Caso y Gómez Zepeda casi todas las restantes secretarías del Comité Ejecutivo. Praxedis se sentía satisfecho; confiaba en que, una vez sentado en la Secretaría Nacional, tendría fuerza para deshacerse de todos sus enemigos.

Creía que algunos otros se convertirían en sus marionetas. Por eso, entre otras, tomó la decisión de ceder el resto del Comité Nacional. Pero la más importante, por los recursos que manejaba, fue la Secretaría del Tesoro sindical, que quedó en manos de Víctor Flores, el paisano y hombre de confianza de Peralta, quizás el único peraltista de cepa. Como premio a su ingenuidad, además de la Secretaría Nacional, a Praxedis le cedieron el manejo de Previsión Obrera, en la que colocó a su gran amigo incondicional Juan José Pulido Rodríguez. También le dejaron imponer a su suplente en las elecciones, León Guerrero Cholula, como tesorero de esa mutualista rielera. No les soltaron nada más. Sin llegar de nueva cuenta a la Secretaría Nacional, Peralta proclamó su victoria. Acotado, Praxedis llegó al poder absoluto sin la posibilidad real de ejercer todo el poder.

Un imperio propio

* “La otra cara del líder no es sólo la sumatoria de problemas espectaculares en el sindicato, ni de las ambiciones de sus líderes o la connivencia con funcionarios del gobierno federal; en efecto, hasta finales de 1985, Flores prefería parecer invisible. Era un hombre misterioso. Su personalidad todavía constituía un enigma. Su mayor virtud: vivir a la sombra de su maestro Jorge Peralta Vargas, en ese entonces líder del sindicato ferrocarrilero”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, publicado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

“Miranda Servín ha denunciado las amenazas que contra su padre, Fernando Miranda Martínez, habría proferido el ex líder ferrocarrilero Jorge Peralta Vargas, cuya historia sindical forma parte del tenebroso entramado del que finalmente resultó como producto más conocido el actual dirigente ferroviario Víctor Flores. Miranda es compositor y ha producido de manera independiente el disco Por la avenida Insurgentes, y además ha escrito el libro La otra cara del líder, en el que se relatan las peripecias judiciales y políticas de Peralta. […] Temeroso de que contra él y su familia se pudiesen reproducir los episodios de homicidios sangrientos y actos porriles que caracterizan el actuar de los líderes rieleros actuales, Miranda Servín investigó el quehacer de Peralta y encontró que desde años atrás ocupa una oficina en Cuauhtémoc 1138, en la Ciudad de México, en cuyo teléfono se contestan las llamadas diciendo que allí es la Unidad de Información del secretario de Comunicaciones y Transportes, que en esa fecha era Carlos Ruiz Sacristán. Tal versión ya había sido conocida por esta columna, aunque sin precisión de número de teléfono y de domicilio. En el esquema de cooptaciones, la SCT habría adjudicado oficina, personal y prerrogativas al sombrío personaje que sigue teniendo influencia sustancial en el manejo de los asuntos ferrocarrileros”, escribió el martes 23 de julio de 1998 Julio Hernández López en su columna “Astilleros”, que publica en el periódico La Jornada.

La otra cara del líder no es sólo la sumatoria de problemas espectaculares en el sindicato, ni de las ambiciones de sus líderes o la connivencia con funcionarios del gobierno federal; en efecto, hasta finales de 1985, Flores prefería parecer invisible. Era un hombre misterioso. Su personalidad todavía constituía un enigma. Su mayor virtud: vivir a la sombra de su maestro Jorge Peralta Vargas, en ese entonces líder del sindicato ferrocarrilero. Le profesaba, según recuerdan viejos trabajadores, no sólo lealtad, sino obediencia ciega porque así podía llegar a un puesto mejor, y aguantó continuos actos de humillación de su parte porque a finales de la década de 1960 lo rescató de un puesto degradante o una de las plazas más bajas en el escalafón de Ferrocarriles en Veracruz, lo incorporó a su equipo de colaboradores, lo hizo su hombre de confianza y, finalmente, lo sacó de Veracruz para incorporarlo al comité nacional del sindicato, en el Distrito Federal. Miranda llamó la atención: “Una vez que llegó a la Secretaría Nacional, para cubrir el trienio 1986-1989, Peralta se rodeó de ‘obreros’ incondicionales de pasado dudoso.

”Destacaban León Martínez Pérez, acusado de victimar a un niño; Raúl García Zamudio, del grupo Halcones Ferrocarrileros; Rodolfo Jiménez, especialista en el manejo oscuro de las cuotas sindicales; Gabriel Pedroza, El verdugo de las casas, mote ganado en la dirigencia 1983-1986 por su habilidad para esquilmar trabajadores a través de la entrega de vivienda; Jorge Oropeza Vázquez, con las mismas cualidades que el anterior; José Luis Yáñez Montoya, sobre quien pesaban acusaciones de apropiarse ilegalmente de las cuotas en la Sección 16; y, ‘uno de los favoritos, José Márquez González, de la 15’, a quien se le achacaban habilidades especiales para engañar a los trabajadores.

”Pero el consentido es Víctor Flores, primer vocal del Comité Nacional de Vigilancia, encargado de controlar el ingreso de obreros cuando se abren escalafones […] exigiendo, por plaza, entre 200 mil y 250 mil pesos. […] Por cambio de especialidad pide entre 80 mil y 100 mil pesos, como sucedió en la Sección 12, Jalapa, su natal Veracruz, donde hizo una considerable fortuna, extorsionando. […] Los mismos obreros son testigos del enriquecimiento inexplicable de Peralta y Flores, quienes hacen ostentación de coches último modelo que, antes, estaban lejos de adquirir. […] El 9 de octubre de 1986 se presentó a la casa de mi padre, Fernando Miranda Martínez, una persona —identificada como Roque Lara— para pedirle que sirviera de intermediario conmigo, para convencerme de que no saliera la segunda edición de La otra cara del líder […] a cambio de 25 millones de pesos. […] Argumentó que lo habían enviado Peralta y Flores”.

El tono y las intervenciones de Peralta cambiaron a partir del 3 de febrero de 1986, cuando llegó a la Secretaría Nacional bajo la protección del “líder” vitalicio Gómez Zepeda. Apenas tomó posesión creó un clima de desconfianza y reforzó el apoyo a un grupo interno de choque conocido como Halcones Ferrocarrileros creado por Luis Gómez Zepeda, una mofa del cuerpo paramilitar-policiaco responsable de sofocar movimientos estudiantiles, auspiciado y financiado por el presidente Luis Echeverría Álvarez, en la década de 1970. Peralta tenía sus razones: había pactado una alianza clandestina con el director general de Ferronales, Andrés Caso Lombardo, para fracturar la poderosa corriente de su protector Gómez Zepeda.

Abierto el flanco de la deslealtad gremial o consumada la traición, para 1987 el enfrentamiento Peralta-Gómez Zepeda era evidente. Hasta El Rielero se filtraron en parodia —los ferrocarrileros volvieron la vista a las oficinas de Caso y Peralta— acusaciones contra el líder “vitalicio”: y pensar que una vez en ti creyeron / y un caudal de los charros fuiste tú / y hoy te vemos Gómez Z cómo robas / y hoy los mata de tristeza tu traición / y a qué debo dime entonces tus trinquetes / y a quién compras disimulo pa’ robar / y si dice la verdad viejo ratero / de seguro al frescobote vas a dar. El acuerdo de Peralta con Caso le permitiría al primero levantar un imperio propio, a través de una camarilla que tomaría el nombre de Democracia Sindical. Financiados por la tesorería sindical, los Halcones se encargarían de aplastar a la oposición; además, serían puestos a disposición del Partido Revolucionario Institucional, como sucedió en los hechos, para enfrentar a la disidencia que, en 1987, tomó forma en la Corriente Democrática.

Los Halcones estaban autorizados para espiar cada rincón de las secciones sindicales. Luego, en las luchas intestinas internas se dividirían. Los llamados traidores atenderían a las órdenes de Peralta. Pero siguiendo a unos u otros eran perros custodios que aterrorizaban donde les pedía su líder. Llevaban consigo órdenes concretas: rechazar cualquier negociación pacífica de los conflictos internos; y tenían un lema peculiar o peculiarmente grosero y agresivo: llegar a madrear. Se hizo habitual ver a los líderes sindicales escoltados por un séquito impresionante de Halcones o “ferrocarrileros” armados.

La labor de los golpeadores de Peralta sirvió, pero no tanto. Gómez Zepeda no sólo tenía parte del control sindical. Habría sido un suicidio político ignorar que en 1973 el presidente Luis Echeverría le había entregado Ferronales, nombrándolo gerente general, cargo que se le respetó en el sexenio siguiente de José López Portillo (1976-1982). Todavía lo aguantaron por unos meses de 1983, en el régimen de Miguel de la Madrid. En ese año se reformó el artículo 28 de la Constitución para reconocer el “carácter estratégico” de los ferrocarriles. A la larga demostraría éste ser un cambio inútil. En enero de 1995, con el ascenso presidencial de Zedillo, se aprobaron nuevas reformas al artículo en cuestión para cambiar la palabra “estratégico” a “prioritario”. El cambio tenía un significado: Zedillo abrió la puerta a empresarios, mexicanos y extranjeros, para adueñarse de una actividad histórica para el desarrollo y la seguridad nacionales.

El líder vitalicio

“Todos se robaban a todos y todos robaban a la empresa. Ferronales —empresa en la que los requisitos de ingreso fundamentales eran el parentesco o derecho de sangre, el más importante y que dio nacimiento a la llamada realeza ferrocarrilera, recomendación del líder sindical, compadrazgo, “parentesco” matrimonial y, de cuando en cuando porque tenía a su disposición personal 101 de las 711 plazas de confianza, el dedazo directo de la Gerencia General”, escribe el periodistas Francisco Cruz en su libro, Los Amos de la Mafia Sindical, publicad por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Amparado en la protección de los secretarios de Comunicaciones, Luis Gómez Zepeda se había tomado otras “pequeñas” licencias, como desaparecer el sistema de talleres de fundición para hacerse de un negocio personal con la chatarra de los ferrocarriles —de motores de las máquinas a las vías—. En el saqueo, escribió Leyva Piña, “algunos trabajadores participan como ‘hormiguitas’, poco a poquito se llevan lo que consideran que ‘está mal puesto’, desde alambre, estopa, instrumentos de trabajo, todo lo que sea posible para compensarse los bajos salarios. También es frecuente que los empleados de la vigilancia estén en complicidad con bandas de delincuentes para atracar los furgones de carga”.

Todos se robaban a todos y todos robaban a la empresa. Ferronales —empresa en la que los requisitos de ingreso fundamentales eran el parentesco o derecho de sangre, el más importante y que dio nacimiento a la llamada realeza ferrocarrilera, recomendación del líder sindical, compadrazgo, “parentesco” matrimonial y, de cuando en cuando porque tenía a su disposición personal 101 de las 711 plazas de confianza, el dedazo directo de la Gerencia General— fue aceptando como normales las prácticas corruptas desde el liderazgo sindical y administrativo, o desde la plaza en la categoría más baja del escalafón hasta la de más alta remuneración. Entre sindicalizados y de confianza, la corrupción era vista como una especie de complementación económica, una esperanza de vida. Como en ninguna otra empresa aplicaba el señalamiento “la corrupción somos todos”.

Por esa malsana normalidad nadie quiso mirar al pasado cuando en febrero de 1986 fue impuesto, en la Secretaría Nacional del Sindicato, un asesino convicto. Los oscuros hilos que tejen esta historia son contados por Fernando Miranda Servín en su libro La otra cara del líder. La historia de un capo sindical ferrocarrilero, de 1992, que dio paso en 1993 a La otra cara del líder. Otro delincuente en el sindicato, cuya edición fue financiada en su totalidad por el propio Víctor Flores, en aquella época el ambicioso tesorero del STFRM. A este libro seguiría, en 2006, el proyecto inconcluso de Un asesino en el sindicato, texto que, por falta de editores, fue dado a conocer al público a través de un blog en Internet con el mismo nombre. En este último documento, el autor reconocería y confesaría cómo y por qué aceptó escribir por encargo contra el entonces dirigente Praxedis Fraustro Esquivel, víctima en 1993 de un atentado con arma de fuego.

Hoy, ya sereno, amable como es desde siempre y en una vivienda modesta, muy alejado de la política sindical ferrocarrilera, Fernando acepta que no está muy orgulloso con la presentación de aquel texto en el que, “a petición de Víctor Flores”, hizo en la portada dos señalamientos mordaces y violentos que impactaron directo en los de por sí endebles cimientos ferrocarrileros y sacaron a la superficie el desbarajuste sindical: “Caso Lombardo —titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes— es homosexual: dice Praxedis Fraustro” y “otro delincuente en el sindicato ferrocarrilero”.

Bajo la premisa de que haber escrito un libro por encargo suele convertirse en un bumerán, Miranda Servín no se esconde ni agacha la cara: “cometí errores, es cierto; no estoy orgulloso de eso; sin embargo, pese a todos los señalamientos que me hicieron y siguen haciendo —traición, chantaje y extorsión, entre otros; además de una lista interminable de calificativos— ninguno de los líderes sindicales ni los ferrocarrileros me acusó de mentir. Por el contrario, el libro vendió y vendió muy bien porque la información salió de los obreros, porque estuve en las entrañas del sindicato y porque entre mediados de 1991 y principios de 1992 viví una contienda interna en la que dos delincuentes se disputaron la Secretaría Nacional.

”En la primera, segunda y tercera edición exhibí las corruptelas de la mafia sindical ferrocarrilera gomezetista, que, hasta ese momento, había ostentado el control absoluto de este sindicato. Luego, invitado por el mismo Praxedis, colaboré en su equipo de campaña ayudándole a redactar su plataforma política y algunos de sus discursos. Le ganamos al grupo charro de Gómez Zepeda, pero el esperado cambio nunca llegó, ya que Praxedis resultó ser igual que los anteriores secretarios y este hecho también lo expuse en la cuarta edición corregida y aumentada de La otra cara del líder.

”Pueden acusarme de ser mal escritor, de inconsistencias en la redacción y en las secuencias verbales, de haber acomodado mal la denuncia pública e incluso de usar un lenguaje poco apropiado, pero, transcurridos 20 años desde la primera aparición de estos libros de autor, nadie ha dicho que mentí. Ni siquiera se descalificó aquella polémica cita sobre Caso Lombardo. Todo estuvo apoyado en documentos internos del sindicato, que me proporcionaron ferrocarrileros cansados de la rapiña de la cúpula sindical”, sazonada por la presencia de un Víctor Flores que se elevaría hasta convertirse en el líder que es hoy.

Las luchas sórdidas del sindicato han acaparado muchas páginas de la prensa mexicana que validan la posición de Fernando: a fines de agosto de 1993, dos meses después de la aparición de la cuarta edición de La otra cara del líder, se hicieron señalamientos y acusaciones públicas para indagar a Gómez Zepeda, líder vitalicio del grupo Héroe de Nacozari y que de 1946 a 1992 —con la breve interrupción de Vallejo entre junio de 1958 y marzo de 1959— controló al sindicato ferrocarrilero; al veracruzano Peralta, líder de 1986 a 1989; y al secretario salinista de Comunicaciones y Transportes, Andrés Caso Lombardo, “ante la sospecha de que alguno o todos ellos pudieran tener” alguna responsabilidad en el atentado que costó la vida a Praxedis, como publicó la revista Proceso el día 23 en el reportaje “En el sindicato ferrocarrilero, disputa por el poder y la riqueza; trasfondo de la muerte de los líderes Lorenzo Duarte y Praxedis Fraustro”.

Enrique Isaac Fraustro, hijo del asesinado dirigente; Jesús Godoy Alvarado, jefe de seguridad; Francisco Peña Medina, responsable de prensa, y el abogado Juan Medardo Pérez cuestionaron el resultado de las investigaciones oficiales y aportaron informes para que la policía capturara a los verdaderos responsables del crimen. Enrique Isaac fue un poco más nítido en sus declaraciones a la revista: “Desde 1986, cuando Peralta Vargas fue secretario general del STFRM, una persona le dijo a mi papá que Víctor Flores había llegado de Monterrey con instrucciones de matarlo. Mi papá decidió presentar la denuncia, en la que responsabilizó a Peralta de lo que le pasara a él y a su familia”. Las declaraciones de Isaac Fraustro quedaron sepultadas en una maraña burocrática-judicial que avanzó poco, por no decir nada, en la investigación. Por otro lado, la peligrosidad de Peralta ha sido ratificada por muchos otros testimonios.

Lleno de sospechas

* “El proceso de privatización y el otorgamiento de concesiones a empresas privadas para operar el ferrocarril no pudieron ser más calamitoso para los trabajadores. A decir verdad, con el apoyo de dirigentes como Jorge Peralta Vargas, Lorenzo Duarte García, Praxedis Fraustro Esquivel, Antonio Castellanos Tovar y Víctor Flores, el neoliberalismo, que se puso en marcha durante el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado (del 1 de diciembre de 1982 al 30 de noviembre de 1988), resultó una herramienta eficaz para minar, lenta e inevitablemente, a los ferrocarrileros”, apunta el periodista Francisco Cruz en su libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

En 1995, izada en todo lo alto la bandera del neoliberalismo económico, en un proceso turbio y ciertamente anunciado desde julio de 1993, Víctor Flores llegó a la Secretaría Nacional y se puso en marcha el programa por el que el gobierno entregó Ferrocarriles Nacionales de México (Ferronales o FNM) a la iniciativa privada. Ese año, el ferrocarril histórico murió, fue privatizado y en 1997 se suspendió el servicio de pasajeros. El ferrocarril se descarriló en medio de la ineptitud y la corrupción. Triste e irónica la herencia: desmantelamiento de talleres; pueblos fantasma; abandono de estaciones que por décadas sirvieron de tránsito al tren de carga y pasajeros —Ciudad Ixtepec, Empalme, Benjamín Hill—; fogoneros, auditores, maquinistas, despachadores, guardavías, carpinteros, garroteros y electricistas en el desempleo. Y el control de 20 mil 687 kilómetros de vías en manos de cinco grupos empresariales: Ferrovalle, con Ferrocarril y Terminal Valle de México; Ferromex, Pacífico Norte; Ferrosur, Sureste; FIT, Istmo de Tehuantepec, y Kansas City Southern de México S.A. de C.V. (antes TFM), Noreste.

La complicidad de la dirigencia encabezada por Flores permitió a Zedillo cumplir con los lineamientos del Banco Mundial (BM) que promovía la privatización en todos los países del llamado Tercer Mundo. Según señalaba, el ferrocarril debía ser concentrado y operado en su totalidad por el sector privado para cumplir con la apertura que promulgaba el libre comercio. Las presiones del organismo se habían dejado sentir desde mayo de 1992, cuando una comitiva encabezada por el analista financiero Zvi Raanan, el ingeniero José Baigorria y el economista Robin Carruthers sugirió que Ferronales adoptara un programa para racionalizar y modernizar el sistema ferroviario mexicano. Los primeros pasos se darían a través de la subcontratación de talleres y algunos servicios. Dócil y adelantándose a los deseos presidenciales, el sindicato aceptó modificar el contrato colectivo de trabajo.

Como la de muchas otras privatizaciones entre el salinato y el zedillismo, la historia de la liquidación de Ferronales está plagada de puntos oscuros y sólo algunas verdades: las primeras subcontrataciones se reportaron en mayo de 1994. Talleres de Monterrey, el Valle de México y Xalapa se entregaron a la firma francesa-inglesa GEC-Alsthom. Nada detuvo el proceso: un mes más tarde el consorcio Gimco —dedicado a la operación de talleres de reparación y mantenimiento de locomotoras y carros de ferrocarril, que incluía a la firma canadiense VMV— operaba talleres de Chihuahua y Torreón, donde presta servicios a locomotoras propiedad de Ferromex. En noviembre de 1999, Gimco puso en marcha un proceso, que concluyó en enero 2000, para deshacerse de todas sus acciones de capital social —menos una—. Los estadounidenses entrarían por San Luis Potosí y Acámbaro, Michoacán, a través de Morrison Knudsen, y se suprimieron los talleres de la región Benjamín Hill, en el estado de Sonora.

Verdad también es que, después de más de dos años de largas e interminables discusiones, acalorados debates sobre la privatización, el cambio de patrón era un hecho y lo trabajadores fueron obligados a renunciar, aceptar el retiro voluntario o jubilarse. En cualquiera de los casos, los que se quedaran perderían su antigüedad y sus históricas condiciones de trabajo al ser recontratados por los nuevos empresarios. No había nada peor; bueno, sí, según las amenazas que les llegaban por todos lados: el desempleo, porque serían incluidos en una lista negra si se negaban a firmar algunos documentos a su sindicato. En algunas secciones, como en la 8 de Empalme, Sonora, los 3 mil 700 sindicalizados se decidieron por el paro. Y estallaron en huelga. Fue una victoria parcial de los trabajadores, pero no hubo marcha atrás. La privatización era un hecho.

En esta primerísima etapa, 8 mil trabajadores quedaron desempleados. La gran oleada de la privatización llegó en marzo de 1996 con la primera concesión —o permiso especial del gobierno federal a empresarios privados para operar ferrocarriles— por 50 años; el gobierno zedillista recibió unos mil 400 millones de dólares. La dirigencia florista se convirtió en un aliado muy eficaz de las privatizaciones, partidaria de la empresa estatal, simpatizante de los nuevos patrones y una muy pobre defensora de los sindicalizados. Desde entonces, ha formado una mano de obra dócil y maleable al capricho de los empresarios.

El proceso de privatización y el otorgamiento de concesiones a empresas privadas para operar el ferrocarril no pudieron ser más calamitoso para los trabajadores. A decir verdad, con el apoyo de dirigentes como Jorge Peralta Vargas, Lorenzo Duarte García, Praxedis Fraustro Esquivel, Antonio Castellanos Tovar y Víctor Flores, el neoliberalismo, que se puso en marcha durante el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado (del 1 de diciembre de 1982 al 30 de noviembre de 1988), resultó una herramienta eficaz para minar, lenta e inevitablemente, a los ferrocarrileros. De la Madrid aceptó todas las políticas impuestas por los organismos financieros internacionales. Se comprometió a no conceder ningún aumento salarial a los trabajadores.

Y en ese proceso que se prolongó durante 18 años o tres sexenios —De la Madrid, Salinas y Zedillo, aunque los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón seguirían por el mismo camino—, los sindicatos corporativistas renunciaron, de nueva cuenta, a sus derechos. Los trabajadores quedaron a la deriva. En ese contexto, durante los primeros años de la década de 1990, Ferronales vivió una lucha muy violenta por el control de un sindicato que históricamente se articulaba en políticas clientelares y había pasado por etapas en las que la gerencia de la empresa y la Secretaría General del sindicato —cuyos nombramientos salían desde la Presidencia de la República— eran cabecillas de bandas internas dedicadas al robo de piezas, la rapiña, el hurto de equipaje. El director gerente y el líder controlaban una empresa que ellos mismos se encargaban de saquear. Valgan las palabras, eran ladrones con licencia gubernamental. Todo lo que se decía de Ferrocarriles era verdad. Era una copia de las buenas y malas películas de gángsters producidas por Hollywood.

“El robo es una de las prácticas empresariales más comunes y extendida hacia algunos trabajadores de confianza y de base, que afectan la productividad y, por ende, la rentabilidad de la empresa. Tan sólo en el periódico El Rielero aparecen 60 artículos relacionados con la corrupción o robo empresarial en el periodo 1970-1980. Es precisamente el periodo administrativo de Gómez Zepeda. [Y] una de las prácticas corruptas empresariales más frecuentes se realiza con la adquisición de locomotoras”, escribió Marco Antonio Leyva Piña, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Unidad Iztapalapa.

En su estudio Poder y dominación en Ferrocarriles Nacionales de México 1970-1988, que se publicaría en 1995 como libro patrocinado por la universidad y la fundación Friedrich Ebert Stiftung, Leyva Piña cuenta cómo en 1978 Gómez Z adquirió, con opción a compra en cinco años, 37 máquinas usadas, pero al llegar a México, “muchas tuvieron que ir directamente al taller porque eran de desecho. […] Gómez Z, es el mejor cliente que los gringos han tenido para guardar chatarra”. En 1972 El Rielero daba cuenta también de cómo, en San Luis Potosí —y sólo era una imagen de lo que pasaba en el resto del país—, trabajos que podían ser ejecutados por los trabajadores de planta eran enviados a talleres particulares. “El subgerente, ingeniero Roberto Méndez, mandaba a reparar las armaduras eléctricas, motores de tracción y generadores principales para ser embobinados en un taller de su propiedad. Y Ferrocarriles compraba, a particulares, las zapatas, cuando la planta de Aguascalientes —donde podían fabricarse— trabajaba al 50 por ciento de su capacidad”.

Crónica de una quiebra anunciada

* “Desde el 1 de febrero de 1995, el ahora septuagenario Flores engalana una deshonrosa galería de dirigentes que se arrebujan en los vicios del sindicalismo, las componendas internas de los partidos políticos o el desaliño de los puestos públicos, y en la que destacan como actores principales Joaquín Hernández Galicia, Jorge Peralta Vargas, Eduardo Rivas Aguilar, Miguel Ángel Yudico Colín, Francisco Vega Hernández, Gilberto Muñoz Mosqueda y Antonio Reyes”, escribe el periodista Francisco Cruz Jiménez en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz
Ajustado a los intereses del charrismo sindical y a la desproporcionada repartición de la riqueza —a manos llenas para líderes, y mendrugos para el trabajador—, el nombre de Víctor Flores está rodeado por secretos a voces, referencias de abuso, insinuaciones sobre crímenes, denuncias públicas de corrupción, compra de periodistas y gansterismo. Su imagen como líder del sindicato ferrocarrilero ha quedado detenida en los vericuetos del poder y una maraña de complicidades; en términos rieleros, sortea el camino de tierra fangosa, cascajo, durmientes apolillados y residuos de cualquier abandonado taller de trenes. Muchos desean acabar con el reinado de este viejo bailarín, maestro de vals, que forjó su ascenso al más puro estilo priista y lo robusteció durante el gobierno de los panistas Vicente Fox Quesada y Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, pero nadie se atreve a hacerlo.
Desde el 1 de febrero de 1995, el ahora septuagenario Flores engalana una deshonrosa galería de dirigentes que se arrebujan en los vicios del sindicalismo, las componendas internas de los partidos políticos o el desaliño de los puestos públicos, y en la que destacan como actores principales Joaquín Hernández Galicia, Jorge Peralta Vargas, Eduardo Rivas Aguilar, Miguel Ángel Yudico Colín, Francisco Vega Hernández, Gilberto Muñoz Mosqueda y Antonio Reyes; además de los histriónicos y desaparecidos Fidel Velázquez Sánchez, Leonardo La Güera Rodríguez Alcaine, Napoleón Gómez Sada, Nezahualcóyotl de la Vega García, Sebastián Guzmán Cabrera, Salvador Barragán Camacho, Luis Gómez Zepeda y el folclórico Jesús Díaz de León.
De estatura baja, moreno, bravucón, despótico, de figura desaliñada —cuyo rostro picado, como de piña, y apariencia corporal distan mucho de los jóvenes bonitos, telegénicos, del nuevo PRI— y vestir a veces disparatado por sus particulares combinaciones de camisas de seda, Flores ha dado mucho de qué hablar. Confeccionando, cual si fuera sastre, su liderazgo a la medida del presidente en turno, como una sombra lo persiguen cientos de denuncias —los números han llegado hasta 15 mil— presentadas por ferrocarrileros, quienes lo involucran en desvíos multimillonarios de los fondos de liquidación de Ferrocarriles Nacionales. Su credibilidad está en duda desde antes de ascender a la Secretaría Nacional. A partir de entonces enfrenta acusaciones por malversación y enriquecimiento ilícito.
Nadie en su sano juicio le pediría una rendición de cuentas ni sostendría una discusión teórica sobre lo que ha pasado en su sindicato en los últimos 30 años. Y nada parece exagerado cuando se habla de él, se le cuestiona o se le critica. No ha tenido reparos para lucir en la muñeca del brazo derecho, por ejemplo, relojes costosísimos. Una de tantas anécdotas —plasmada para la historia en fotografías de algunos diarios— narra cómo, durante la ratificación de Joaquín Gamboa Pascoe como presidente del Congreso del Trabajo, en 2009, Flores lució uno de la prestigiosa marca Vacheron Constantin con correa de piel, bisel y caja en oro amarillo, máscara de turquesa, valuado en 50 mil dólares. A pesar del hermetismo judicial, se sabe que al menos se han presentados dos denuncias legales por malversación de fondos.
Y ferrocarrileros jubilados le han documentado, en diversas épocas y al mismo tiempo, la propiedad de seis automóviles para uso personal: de Mercedes-Benz a Jaguar, camionetas Lincoln, Land Rover, Ford Expedition y Suburban.
Hasta el cuestionado dirigente minero Napoleón Gómez Urrutia, prófugo de la justicia y autoexiliado en Canadá, y Francisco Hernández Juárez, virrey de los telefonistas, lo han cuestionado. Jesús Ortega Martínez, ex presidente del Partido de la Revolución Democrática (PRD), demandó a Flores en mayo de 2003 por desviar 600 millones de pesos de las pensiones de los obreros para la campaña presidencial de Ernesto Zedillo en 1995; y los trabajadores lo denunciaron públicamente por el mismo delito, pero para la campaña presidencial de Francisco Labastida Ochoa en 2000. También se le ha acusado por los delitos de fraude, abuso de confianza, discriminación relacionada con derechos laborales y amenazas.
En 2005, el líder del STFRM fue acusado de aprovechar el proceso de liquidación de Ferrocarriles para despojar a los jubilados de más de 30 mil millones de pesos y saquear los fondos que tenían ahorrados desde 1936 en la sociedad mutualista Previsión Obrera que desapareció, quebrada, en 1998. Valga decir que fue ésta la crónica de una quiebra anunciada con mucha anticipación. Una revisión que llevó a cabo la Comisión Nacional de Seguros y Fianzas (CNSF) durante la primera semana de octubre de 1986 encontró que había un faltante preliminar superior a 32 mil millones de pesos en las reservas técnicas.
El manejo de los recursos fue siempre un caos. Flores y sus antecesores no supieron cómo administrarlos o, de plano, se dedicaron a utilizarlos para otros fines. Se calcula, por ejemplo, que el sindicato se lleva unos 40 millones de pesos al año —unos 19 millones de pesos por cuotas y otra cantidad similar en honorarios del Fideicomiso
Ferronalesjub, una figura fiduciaria creada con dinero de los ferrocarrileros—. Si ha de confiarse en los números oficiales, el STFRM tiene unos 81 mil afiliados, de los cuales sólo poco más de 23 mil están en activo y 57 mil jubilados. Hasta 1992, antes de que empezaran los programas de retiro voluntario, el sindicato contaba con 120 mil trabajadores. Y en menos de dos sexenios —Carlos Salinas y Ernesto Zedillo—, la planta laboral se redujo de 100 mil trabajadores a 15 mil —algunos ponen el número en 30 mil, pero sin las prestaciones ni la seguridad que tenían hasta antes de 1995—. El contrato colectivo de más de 2 mil páginas se cortó a menos de 100, mientras el número de cláusulas pasó de 3 mil 35 a sólo 208 en 1996 y, una década más tarde, bajó a 38. Aunque los socios jubilados cuentan con un representante nacional y pueden participar en las asambleas, y a pesar de que son mayoría y pagan sus cuotas sindicales puntualmente, no tienen derecho a voto. Por eso, Flores y su equipo tienen asegurada, hasta 2018, su injerencia en el fondo de pensiones.
La CNSF levantó un acta en la cual se hace constar que hasta diciembre de 1995 el sindicato había sacado de la sociedad mutualista más de 22 mil millones de pesos mediante préstamos, algunos dedicados a apoyar campañas priistas. Así, en agosto de 1994, siendo Flores tesorero del sindicato, recibió 900 mil pesos para “promoción del voto ciudadano” con motivo de las elecciones federales de ese año. Cada vez que el entonces presidente Zedillo visitaba el sindicato se sacaban recursos del fondo mutualista para organizar la bienvenida a su “jefe”, el Ejecutivo en turno, y otros encuentros similares, advirtieron Fabiola Martínez y Andrea Becerril, en un amplio reportaje que publicaron en la edición del 4 de octubre en el periódico La Jornada.
La marca distintiva de Ferrocarriles Nacionales es y ha sido el escándalo. Pero en septiembre de 2010 los jubilados enfrentaron, quizás, su momento más dramático cuando se enteraron de que los líderes del sindicato se habían acabado el dinero para el pago vitalicio de pensiones y jubilaciones de los trabajadores, depositado en el llamado Fideicomiso Ferronalesjub 5012-6, proyectado para cubrir pagos hasta 2032 y que contaba con un monto de 19 mil 568 millones 961 mil 329 pesos. En otras palabras, estaba a un paso de la bancarrota y necesitaba, de emergencia, fondos gubernamentales. Por extrañas razones —mucho se atribuyó al agradecimiento del entonces presidente Felipe Calderón Hinojosa porque Flores le mantuvo a raya a los ferrocarrileros—, las secretarías de Hacienda y Comunicaciones aceptaron cubrir el déficit de 15 mil 699 millones de pesos.
El periódico Reforma dio a conocer en su edición del 20 de septiembre de aquel año que “según una auditoría practicada a dicho fondo, creado en 1997, sólo se han destinado 4 millones de pesos mensuales al pago de pensiones y jubilaciones. […] Unos 220 millones de pesos mensuales han sido utilizados en prestaciones de los fideicomisarios, gastos de administración, honorarios e impuestos. También se ha detectado el pago a ferrocarrileros ya muertos. […] Los jubilados han denunciado a la dirigencia por fraude y desvío del fideicomiso. En un oficio enviado a Hacienda el 28 de julio de 2010, legisladores solicitan que se atiendan las recomendaciones que formuló la Auditoría Superior de la Federación (ASF), dentro de las revisiones a las Cuentas Públicas de 2004 y 2007, respecto al fideicomiso. […] La ASF detectó en 2004 que no se acreditó el pago de pensiones del orden de 17.1 millones de pesos por 111 jubilados con edad mayor a 98 años. […] En el análisis de 2007, la ASF observó un déficit de 13 mil 817 millones 800 mil pesos”.

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