Memorias de un sicario Zeta IX

* Las declaraciones ministeriales de un desertor del Sexagésimo Quinto Batallón de Infantería, devenido en matón a sueldo, encendieron las alarmas porque el nacimiento de los Zetas propició el reacomodo de las estructuras del crimen organizado, mostró las debilidades gubernamentales, exhibió (una vez más) la corrupción de los cuerpos policiales en todos sus niveles y puso en evidencia al Ejército mexicano.

 

Francisco Cruz/Especial para Nuestro Tiempo/ Última parte

Las delaciones de Karen dieron elementos para conocer por primera vez la estructura militar de Los Zetas, su nacimiento como brazo armado del cártel del Golfo, su programa de reclutamiento, su expansión por todo el país a través de pandillas locales y su capacitación castrense especial en sobrevivencia y ataque.

Por este soldado desertor del Sexagésimo Quinto Batallón de Infantería y ex policía municipal, quien habló después de ingresar al programa de testigos protegidos, fiscales de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) descifraron el nacimiento de Los Zetas como organización criminal independiente o nuevo cártel.

Las palabras kaibil, halcón, la estaca, cobra, maquila, el punto, zeta nuevo, pizza, pesador, zeta viejo, la empresa, además de los nombres de Heriberto Lazcano Lazcano, Omar Lormendez Pitalúa, Osiel Cárdenas Guillén o Miguel y Omar Treviño y alias como Tony Tormenta, El Chispa, Talibán, El Mono, Comandante Mateo, Karin, La Chichona, Meme Flores y El Cachetes se arraigaron para siempre con una violencia todavía más sangrienta y más criminal.

Cada palabra y cada delación fueron integradas a la averiguación previa PGR/SIEDO/UEIDCS/222/2005. Karen jamás sospechó que aquel septiembre de 2005 –cuando Los Zetas abochornaron y humillaron a los hermanos Beltrán Leyva– sería el último mes de su carrera criminal.

Como se narró en la octava y penúltima entrega, “ese mes, Lormendez Pitalúa mudó su residencia en Lázaro Cárdenas. En una de los viajes para buscar aparatos de aire acondicionado su estaca se perdió y sus sicarios terminaron frente a una residencia de los Beltrán Leyva. (…) Era una casa de seguridad de La Barbie, de donde se apoderaron de un cargamento de AK-47, R-15, fusiles Galil y metralletas Uzi, pistolas tipo escuadra, uniformes del Ejército, cargadores útiles y máquinas contadoras de billetes. El Jetta –del que también se apoderaron– quedó totalmente lleno de armas y uniformes. Lo que ya no cupo lo metimos a las camionetas que llevábamos”.

Los Zetas no tuvieron tiempo de transportar su valioso cargamento. Karen contó la caída a su manera: “a una indicación de Lormendez Pitalúa –alias El Pita, Z-10, El Mono o El Patas– ordenó a Karin llevar el Jetta a un lugar seguro, a la bodega que él ya sabía. Me pidió manejar, que siguiera a Karin y regresara con él. Los demás compañeros subieron al sujeto gordo al Jeep Grand Cherokee negro, que manejaba el mismo Lormendez.

“Al lado de Lormendez, como copiloto, subió Panudo –kaibil de nacionalidad guatemalteca identificado por los nombres de José María Calderón García, Édgar Geovanni Reyes López y Carlos Enrique Martínez Méndez–. En el asiento posterior se sentó La Parca, un L o cobra –conocido como Alejandro Lara y Alberto Casillas Guerrero– y al lado de éste El Trinquetes –otro kaibil de Guatemala que tenía al menos dos nombres: Juan Carlos Fuentes Castellanos y Eduardo Morales Vaidez.

“En la segunda Grand Cherokee, la gris, subieron el Karin –zeta viejo y, por tanto, comandante de la estaca, identificado por los nombres de Jesús Morales Cervantes y Karin Rivera Vega– acompañado por Cascanueces, mientras que en el asiento posterior sentaron al viejito que sacamos de la casa –cuyo nombre quedó asentado como José Cámara Soto, alias El Tío– y al lado de éste un L que respondía al sobrenombre de Cabeza de Bola.

“Emprendimos la marcha alejándonos de ese lugar. La Grand Cherokee negra siguió una ruta. La otra, la gris de Karin, fue por un camino diferente, seguida por mí en el Jetta negro lleno de armamento. Tomamos por la avenida Melchor Ocampo, hasta llegar a una bodega con un portón blanco, medio oxidado, donde nos detuvimos.

“Cascanueces bajó para abrir. Enseguida metí el Jetta. Lo dejé estacionado atrás de una Suburban azul celeste que, con anterioridad, había traído Lormendez. Me dispuse a salir de la bodega para abordar la Grand Cherokee de Karin que aguardaba frente al portón. Pero en ese momento me di cuenta que la camioneta reanudaba, de manera abrupta, su marcha, seguida por dos patrullas de la Policía Municipal de Lázaro Cárdenas.

Karen no tuvo tiempo de subir. “alcancé a jalar el portón para cerrar. Me eché a caminar por la calle, mientras escuchaba por un aparato de radio –que llevaba en la mano– con la frecuencia de los halcones, que éstos, alarmados, decían a su coordinador, un hombre conocido como El Capu, que la familia –refiriéndose a la estaca que se transportaba en la Grand Cherokee de Lormendez Pitalúa– pedía apoyo.

“Lo seguía la policía. Casi enseguida escuché que a la gris de Karin también la seguían. Seguí caminando por la calle, tratando de pasar inadvertido y de alejarme de ese lugar. Pero dos cuadras adelante, me dieron alcance dos patrullas. Los agentes me marcaron el alto y me obligaron a tirarme al suelo. Me esculcaron y me encontraron una Pietro Beretta nueve milímetros, que traía fajada a la cintura, abastecida con nueve proyectiles útiles y el radio-transmisor.

“Luego de pasearme un rato, tirado al piso de la patrulla, me llevaron a los separos de la Policía Municipal de Lázaro Cárdenas, donde se encontraban todos los demás que están detenidos. Sólo Cascanueces y Cabeza de Bola lograron escapar”.

Confirmadas las múltiples identidades o alias de Lormendez, Panudo y Trinquetes, Karen y sus cómplices fueron entregados a la Marina Armada mexicana de donde, vía aérea, los enviaron a la PGR en la Ciudad de México.

Allí, en la capital de la República, Karen empezó su relato: “por lo que respecta a la estructura operativa de la organización conocida como Los Zetas, a la que pertenecí, comandado por Heriberto Lazcano Lazcano, El Lazca, en ausencia de Osiel Cárdenas Guillén, se compone de varios niveles.

“El más bajo se denomina halcón, los ojos de la ciudad o vigilante. Luego siguen los encargados de las tiendas, de los puntos, los de productividad y más arriba se encuentra el L o Cobra, responsables de la seguridad de Los Zetas, por lo que andan armados –valga el pleonasmo– con armas cortas y largas.

“Más arriba se ubican los zetas nuevos a kaibiles, ex militares guatemaltecos que tuvieron entrenamiento especial y que siempre andan con las mejores arma, granadas, chalecos antibalas y cascos. Son, por ejemplo, los encargados de entrar primero a las casas, de revisarlas y llevar el mando en los operativos.

“Son los encargados de ejecutar a la gente porque, se supone, eso les da más fuerza y hace honor a su categoría de zetas. Incluso, en caso de enfrentamientos, los L o cobras tienen órdenes de no disparar, hasta que no lo hagan los kaibiles o hasta que éstos den la orden.

“En el caso de las detenciones, los L son los encargados de esposar al enemigo capturado, mientras los zetas nuevos o kaibiles dirigen el operativo. Fuera de los kaibiles, hay gafes –militares elite desertores del Ejército mexicano– o zetas viejos entre los que se encuentra la comandancia de la organización.

“Destacan Mateo, Mamito, Hummer, Rex, Ostos, Caprice, Tatanka, Lucky, El Paguita, Cholo, JC, Cachetes, Bedur, El Cuije, El Chispas, El Chafe, Tizoc, El Tejón –kaibil guatemalteco– El Flaco, Lormendez Pitalúa. Hasta hace un año, arriba de El Lazca, se encontraba Tony Tormenta, hermano de Osiel Cárdenas Guillén. Pero éstos se pelearon y Tony abandonó la organización.

“Aparte de los anteriores niveles, cada plaza y cada encargado tienen sus informantes propios, su contador y sus sicarios”.

 

* Autor de Tierra Narca (Planeta, 2010); Negocios de Familia, biografía no autorizada de Enrique Peña Nieto y del Grupo Atlacomulco (ed. Planeta, junio de 2009) y Cártel de Juárez (ed. Planeta, junio de 2008).

 

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