Herencia maldita

* “En una ocasión me mandó llamar el presidente Gustavo Díaz Ordaz y me dijo: ‘A ver Napoleón, tengo dos nombres para candidato a Presidente; quiero que me digas quién reúne los requisitos según tú y es tu candidato’. Don Napoleón mencionó uno y el Presidente dijo: ‘Es una buena elección, es un buen hombre, pero es el otro que está apuntado’”, escribe el periodista Francisco Cruz Jiménez en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Napoleón Gómez Urrutia es, quizás, el único líder en el mundo que controla y dirige un sindicato millonario y poderoso a larga distancia a través de telegramas, llamadas telefónicas, teleconferencias, transmisiones vía Internet o, como bromean algunos de sus agremiados, señales de humo y hasta telepatía desde su autoexilio en la cosmopolita Vancouver, en la costa pacífica de Canadá. Después de fracasar como funcionario público, Gómez Urrutia alcanzó el poder y la fama a través de una forma peculiar, pero muy socorrida en la política mexicana, la vía hereditaria; fue la suya una sucesión dinástica; y el gobierno panista, empeñado en una larga e inútil persecución política, hizo de él un héroe por error.

Antes de llegar al drama personal que lo arrastró con toda la familia, obligándolo a huir y refugiarse, primero clandestinamente, en Canadá, la historia nueva de este líder a control remoto empezó a fraguarse en las primeras semanas de 2000 y tiene dos capítulos centrales. El primero, el largo litigio —con varias órdenes de captura— por el supuesto uso indebido de un fideicomiso de 55 millones de dólares que debía repartirse, equitativamente, entre un determinado grupo de trabajadores, y que incluyó acusaciones de fraude contra 10 mil mineros; y, el segundo, el del 19 de febrero de 2006, con la explosión en una mina de carbón en San Juan de Sabinas, en la región de Nueva Rosita del estado de Coahuila, propiedad del Grupo México, un conglomerado de empresas líder del ramo, que dejó un saldo de 65 trabajadores muertos.

Ésta es una larga historia con pasajes turbios del sindicalismo mexicano: enfermo, testarudo e impredecible, a sus 86 años de edad Napoleón Gómez Sada hizo una propuesta, temeraria para los optimistas; magistral, según colaboradores cercanos; movimiento indecoroso y grotesco, cuestionaron otros. Estaba dispuesto a jugar todo su capital político con tal de imponer a su hijo Gómez Urrutia —Napito, El Junior, El Heredero o Napoleón II— como líder de la Secretaría General del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM).

Escueto, el tema se deslizó de una forma sugerente, deslucida o grosera, según se le quiera plantear, porque, apenas iniciado enero del año 2000, en el organigrama sindical, que luego se reprodujo en la contraportada de la revista del gremio, apareció por primera vez, con una inscripción justo abajo y al lado izquierdo de la imagen de Gómez Sada y su “etiqueta” de secretario general, la fotografía a color de Napoleón II —El de Sangre Azul, El Tránsfuga o El Minero con Suerte lo llamarían también— con su nuevo cargo de secretario general suplente. Gracias a la nueva asignación, Gómez Urrutia adquiría el poder para entrometerse en asuntos, fuentes y contactos —empresariales, políticos y laborales— de su padre; pero, sobre todo, ganaba el derecho a negociar libremente contratos colectivos de trabajo, así como llevar personalmente las relaciones entre el sindicato que le estaban heredando, la Secretaría del Trabajo y la Junta de Conciliación y Arbitraje.

Viejos mineros y analistas de firmas consultoras especializadas, entre ellas Kroll, quienes vivieron, estudiaron o investigaron el proceso, todavía lo recuerdan: “La fotografía de Napito, en la contraportada de la revista, se destacaba y contrastaba por ser la única en color, como si le hubiera extraído la energía a las imágenes blanco y negro del resto de los secretarios generales del Comité Ejecutivo Nacional de Gómez Sada; representaban éstas lo viejo contra la modernidad, la sofisticación y la elegancia de Gómez Urrutia, vestido con casimir inglés u Óscar de la Renta; contrario a los 365 dirigentes sindicales —25 del Comité Nacional; 100 delegados especiales por sección; 170 secretarios seccionales, y 70 comisionados—, fue presentado como un economista talentoso, capaz de enfrentar y entender el lenguaje tecnócrata o neoporfirista que dominaba desde 1982 la política mexicana, con el ascenso de Miguel de la Madrid a la Presidencia de la República”.

En todos hay una coincidencia: “Sus estudios lo avalaban: mención honorífica en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); maestría y doctorado, Oxford —una de las instituciones más antiguas de Gran Bretaña—, y un posgrado en la Universidad de Berlín, en Alemania. Por esos días también rodó como bola de fuego su paso por la dirección-gerencia o dirección general de la Casa de Moneda —de 1979 a 1992—, a mediados del sexenio del presidente José López Portillo, respetado por el sucesor de éste, De la Madrid, y que había dejado hasta el segundo año del gobierno de Carlos Salinas de Gortari; se le promocionaba, además, como presidente del consejo y director de la empresa Grupo Zeta Consultores, Napito —quien odió desde niño ese sobrenombre— representaba el arma mágica para enfrentar a los enemigos de los mineros, externos y domésticos”.

Abiertos y puestos los ases sobre la mesa, el viejo Napoleón —desconfiando de sus colaboradores cercanos, a quienes veía como buitres esperando su muerte para arrebatarle el poder que detentaba celosamente desde 1960— torpemente ocultó que aquélla era una medida de emergencia ante la maldición del desempleo político priista que había caído sobre su junior. Como intentando tapar el sol con un dedo, el octogenario se reservó el hecho de que, en 1992, el secretario salinista de Hacienda, Pedro Aspe Armella, despidió al elegante y estudiado Napito por irregularidades en la Casa de Moneda —entidad de la Secretaría de Hacienda responsable de la producción de la moneda mexicana de cuño corriente—. Si bien nunca se presentó una denuncia formal, la destitución fue humillante porque Gómez Urrutia se enteró hasta la trágica mañana aquella cuando llegó su relevo a echarlo de la Dirección General. Políticamente lo estaban desterrando de la cúpula del poder.

Gómez Sada estaba enojado porque sintió el despido de su hijo como una traición por parte del Partido Revolucionario Institucional después de haber puesto a su servicio, por más de tres décadas, a la cúpula sindical minera. Durante este tiempo se había empeñado, y logrado con éxito, servir ciegamente al sistema presidencial, inclinándose de igual modo ante la dirigencia del partido, al grado que cuando pudo aspirar a la gubernatura de Nuevo León declinó ese honor. Según sus palabras, retomadas por algunos escritores, periodistas y ex colaboradores, como las que se leyeron el 11 de octubre de 2009 durante la conmemoración del octavo aniversario de su muerte y que se publicaron en Carta Minera, el órgano oficial del sindicato.

“En una ocasión me mandó llamar el presidente Gustavo Díaz Ordaz y me dijo: ‘A ver Napoleón, tengo dos nombres para candidato a Presidente; quiero que me digas quién reúne los requisitos según tú y es tu candidato’. Don Napoleón mencionó uno y el Presidente dijo: ‘Es una buena elección, es un buen hombre, pero es el otro que está apuntado’”.

Durante las ceremonias para conmemorar cada aniversario de su muerte, sus ex colaboradores recuerdan otros pasajes: “Nos platicó que, en otra ocasión, era tiempo de designar candidato del partido para gobernador de Nuevo León, y el presidente Luis Echeverría lo mandó a traer: ‘Mire, don Napoleón, en esa lista quedan dos nombres, quiero que borre uno y el que quede ése será el gobernador’. […] Uno era el de él y el otro de Eduardo Elizondo. […] Don Napoleón borró su nombre, declinando, como lo hacen los grandes hombres, la oportunidad de ser gobernador”.

En fin, aquejado por viejas enfermedades que le impedían reintegrarse a sus labores habituales, desde finales de 1992 había trazado una estrategia para demostrar su insólita habilidad de sobrevivencia en el sistema que lo encumbró, y, de paso, vengarse de aquellos que marginaban a su vástago. Sin papeleo de por medio, le abrió a Napito las puertas del sindicato al nombrarlo asesor. La medida tenía dos objetivos: le evitaba humillarse ante el presidente Carlos Salinas o cualquiera de sus funcionarios que, en el gabinete o en el PRI, habían defenestrado a su hijo; y le daba tiempo para preparar cambios en la cúpula del sindicato, del cual era socio fundador. Si nunca había tenido necesidad de hacerlo, a los 78 años bien podía tomarse el tiempo necesario para pensar en su sucesión.

El Barco Ebrio

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Enrique Peña. Ex gobernador del Estado de México entre el 2005 y el 2011, y ahora presidente de México, cree que hay un complot para desestabilizar a su gobierno. Miembro de un grupo que ha negado siempre que se le pregunta y al que pertenece la clase política mexiquense y empresarial, el Atlacomulco, Peña fue educado para obedecer extrañas reglas internas, al igual que su tío, Arturo Montiel y otros cinco parientes, todos ex gobernadores mexiquenses. También fue educado para el menosprecio de la sociedad, para la confabulación. Si se quiere ver el futuro de México, basta ver los números que dejó en el Estado de México, darse una vuelta por la miserable tierra que es el valle de México, observar al actual gobernador del Edomex, Eruviel Ávila Villegas, poner atención a César Cámacho, a Emilio Chuayffet, al propio Montiel Rojas.

 

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El doctor Eruviel Ávila, quien se niega a implementar la alerta de género por feminicidios en el Estado de México y de paso cierra la boca cada vez que se menciona ese tema en lo público, tiene sus razones. Porque así, mirado a la ligera, que no la implemente, que su gobierno se niegue a investigar los cientos de casos denunciados, que lo único que diga que hay cosas más importantes que atender, es estúpido. Pero ya investigado sigue resultando estúpido pero también aterrador, macabro.

 

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El doctor Ávila Villegas sabe que los 922 casos de feminicidios o los 532 que otras cifras le adjudican a la entidad no son todos y que apenas representan la punta visible de un problema que él y su gobierno valoran pero no desde el sufrimiento de la población, sino por las implicaciones que significan para su imagen. Y es que esas implicaciones, así nada más por encimita, involucran al valle de México, Ecatepec sobre todo, donde a diario desaparece una mujer.

 

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Datos de la regidora perredista de Naucalpan, Lucina Cortés Cornejo, indican 7 mil 745 feminicidios en la entidad en nueve años.

 

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Pero esas ejecuciones también son, apenas, el escaparate por donde uno comienza a mirar. Es sencillo. La alerta de género exigida a Eruviel Ávila y a su administración abrirá investigaciones públicas que ubicarán a quienes están involucrados en esas desapariciones y muertes. En esos procesos macabros, pues.

 

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Y quienes mayormente están involucrados en esa industria de horror son policías de todos los niveles, quienes al mismo tiempo trafican con enervantes, secuestran y se coluden con todo tipo de actividades ilegales, incluyendo el narcotráfico y el homicidio. Las carpetas de averiguaciones previas están plagadas con esos nombres. Son las famosas “mañas”. Los mismos esquemas que operan en Cocula o Iguala. Igualitos.

 

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El doctor Ávila está poco dispuesto a aceptar y encima a investigar a su propia policía y después a enjuiciarla, procesarla, castigarla. Prefiere irse por la fácil. Ese es parte del Estado Fallido de Peña Nieto, la heredad del Grupo Atlacomulco y de quienes les hacen el juego por las razones que sean. Nadie dice que Ávila o Peña empuñen las armas y vandalicen. Ni falta les hace. Pero ese Estado, administrado y operado de esa manera, agrede hasta el asesinato.

 

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Los complots que señala Peña Nieto los fabricó él y su Grupo y luego se pusieron en medio. El tráfico de droga, por ejemplo, no se ha detenido un solo minuto ni ha bajado un solo cadáver el conteo de asesinatos. Ávila, en el Edomex, gobierna su propia fosa común, la más grande del país, pues es en el principio la extensión equivalente al valle de México. Ni siquiera consideremos al resto de la entidad. El terrorismo de Estado lo generan las propias instituciones de seguridad pública, con órdenes o sin ellas. Con objetivos establecidos o sin ellos.

 

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Al doctor Eruviel todavía se le viene encima la masacre de Tlatlaya, un tema que por su lado considera un caso cerrado, ejecutado, muerto, indemnizado. Se equivoca. El 24 de noviembre del 2014, una manifestación de jóvenes en la Cámara local contra la develación de una placa que agradecía a la Armada sus servicios a México y cuestionaba el tema de Tlatlaya fue impedida por la seguridad interna de esa instancia. Les arrebataron sus pancartas. No pasó a mayores pero el sur del Estado de México, el norte de Guerrero es más que una serie de fosas para el mexiquense Peña, para el ecatepense Eruviel. ¿De verdad puede enfermar alguien de poder? ¿Se ven como Peña? ¿Cómo Salinas? ¿Cómo Obama? ¿En qué creen esas personas? Por lo pronto, el procurador del Edomex, Alejandro Gómez, anuncia que no dejará su cargo, al menos no por el tema de Tlatlaya.

El Edomex tendrá su Ayotzinapa. Ya lo tiene. Ya huele.

 

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“Datos  de la Subprocuraduría para la Atención de Delitos Vinculados con la Violencia de Género, en lo que va del 2014, en el tema de feminicidios, sólo existen 41 denuncias, 22 en trámite, 19 judicializadas, 13 vinculaciones, y una sola sentencia”, dice el diario local en Toluca, Tres PM.

 

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Manuel Camacho Solís está enfermo. Tiene cáncer, en fase terminal y descansa en su casa, en compañía de su familia.

 

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El senador Alejandro Encinas se va del PRD. Las diferencias con aquella dirigencia nacional son irreconciliables. Esa salida la hará pública pronto. Irá con Morena y será, si no pasa nada extraño, el candidato a la gubernatura por el Estado de México. Sí, una vez más. Morena, por cierto, planifica los próximos comicios, los de 2015. Prevé tres escenarios y en el mejor de ellos, un millón de votos. Nada mal, pero también prevén el desastre. El PRI, por su lado, prepara los lonches  y sus tradicionales vales en Soriana, sus quinientos pesos.

 

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Pero si al doctor Eruviel se le complica lo de los feminicios, hay que reconocer que tiene su lado chido. Amable, pues, buena onda, y nos ofrece dos notas dignas de comentarse. La primera es que uno de sus hijos, el joven Raúl Ávila, hace su debut como actor, con apenas 24 años de edad, en Cadena Tres, una canal que produce una serie llamada “Amor sin reserva”. Para juzgar su trabajo habrá que ver esa producción, pero por lo pronto el chico dice, según una nota de la gran revista Tv y Novelas, que nuca quiso seguir los pasos de su papá. “Desde pequeño estuve en las campañas apoyando a mi papá en todo, pero nunca me llamó la atención todo este mundo de la política. Mi hermana estudió derecho y a ella le latió mucho estudiar lo mismo que mi papá y mi mamá. Yo siempre supe que quería estar en este lugar y ahora que lo veo materializado me doy cuenta que no estaba nada perdido. Es difícil y es muy largo el camino, pero ahí vamos”. La información completa en este link: http://htl.li/ERnKj

 

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Otra de las frivolidades, buena onda, pues, que regala el doctor Ávila es la donación al Teletón de don Emilio Azcárraga, uno de los desestabilizadores más prominentes y respetables de este país, desde su tiendita, Televisa. Ávila, a mediados de año, hacía un recuento sobre la ayuda otorgada a los centro del Teletón famoso y les pasaba lista a “los dos centros de Rehabilitación Infantil Teletón, en Tlalnepantla y Nezahualcóyotl, la Universidad Teletón y el Centro Autismo Teletón (CAT)”. Luego soltaba los números: “61.5 millones de pesos al CAT, en respuesta al compromiso adquirido para hacer una aportación anual de 20.5 millones, desde su creación en 2012; la entrega de 33 viviendas a familias de menores con esta enfermedad, así como un apoyo mensual de 500 pesos y una canasta alimentaria a 400 niños con este padecimiento”.

Que no pase desapercibido en tiempos de amor y paz.

Fuerzas armadas: la advertencia

* Recibe la Marina reconocimiento del gobierno eruvielista y desde el Congreso del Estado de México advierte a quienes “desestabilizan al país”.

 

Jorge Hernández

El almirante secretario de Marina del gobierno federal, Vidal Francisco Soberón Sanz, reiteró la “advertencia”  a los grupos “violentos” de combatirlos por atentar contra la seguridad y tranquilidad de la población, durante su participación en la sesión solemne de la LVIII Legislatura mexiquense para llevar a cabo la develación en los “Muros de Honor” del recinto legislativo, de la leyenda con letras de oro “A la Armada de México en el Centenario de la Gesta Heroica del Puerto de Veracruz el  21 de abril de 1914”.

Tras las intervenciones del presidente de la Directiva en este 7º Periodo Ordinario de Sesiones, el panista Alonso Adrián Juárez Jiménez, y el gobernador Eruviel Ávila Villegas, quien hizo a la Legislatura la propuesta de realizar esta inscripción, el secretario de Marina señaló que “debemos unir esfuerzos   y sumar voluntades para combatir juntos todo aquello que atente contra los intereses supremos de la nación, todo aquello que lastime las aspiraciones legítimas de un pueblo que se esfuerza dignamente por tener un mejor futuro”.

La inscripción de esta leyenda fue presentada por el Congreso estatal apenas la semana pasada, y votada sin trámite de análisis y dictamen en comisiones legislativas. En esa ocasión el legislador Octavio Martínez Vargas, quien se opuso a su aprobación, denunció que se trataba de una provocación del Ejecutivo, ya que la participación de las fuerzas armadas del país en la lucha contra la delincuencia ha generado violaciones a los derechos humanos y múltiples agravios a la población.

Este diputado y los del PT, Óscar González Yáñez y Norberto Morales Poblete, así como el de Movimiento Ciudadano Higinio Martínez Miranda no asistieron a dicha sesión solemne.

En la ceremonia, Ávila Villegas se sumó a las expresiones de un día anterior del almirante, en la ceremonia oficial por el 193 Aniversario de la Armada que encabezó el presidente Enrique Peña Nieto, cuando condenó la violencia de algunos manifestantes que demandan la aparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos y la renuncia de Peña Nieto.

Entonces condenó también los actos “mezquinos” de quienes “enmascarados y en grupos minoritarios laceran a la sociedad”. En esta ceremonia en Toluca advirtió además que “mantendremos la guardia en alto y seguiremos dando lo mejor de nosotros mismos en cada operación que realicemos”.

De manera sorpresiva, el panista Juárez Jiménez reconoció el trabajo de las fuerzas armadas en el combate a la inseguridad, pero también demandó justicia en el caso Ayotzinapa: “Esta soberanía, dijo, no es ni ciega ni sorda, por eso desde la trinchera de la paz, el diálogo y la institucionalidad nos sumamos a las voces que demandan paz, respeto y principalmente que exigen justicia, porque ¡todos somos Ayotzinapa, todos somos México!”.

Ya nos quitaron todo

Miguel Alvarado

 

Uno

Se comienza por el nombre de Uno. Así empieza la cuenta. Uno. Puede ser cualquiera. Hombre o mujer pero en este caso mexicanos. Allí está ese Uno, desparecido, pero allí está, presente mirando desde una foto, el nombre mismo, reclamando mudamente a través de otros. Los demás, los otros Uno que no pueden (podemos) o no saben (sabemos) expresarse (expresarnos) de todas maneras están (estamos). Se miran los zapatos (nos miramos), las arrugas del suelo, las sombras que acuchillan.

 

Dos

Julio César Mondragón tuvo que morirse para que otros, por fin, se dieran cuenta de que México es una bandera negra, sin águila. Tuvo que morirse, aguantar que lo desollaran vivo, que le quitaran los ojos. Nadie sabe para qué sirve una marcha de un millón de personas pero casi todos entienden que sin marcha no habrá nada en el porvenir. Julio César Mondragón, normalista de Ayotzinapa, es un muerto confirmado en un cementerio de proporciones inauditas, todavía por descubrir.

 

Tres

Tus muertos, los míos, los nuestros. Los que estamos, queremos vivir en paz. A las cinco de la tarde del 20 de noviembre del 2014 apenas hay 10 mil personas reunidas en el Ángel de Reforma. Nadie reclama nada porque nadie es acarreado. Nadie ha recibido ni siquiera un chicle por estar. Nadie encabeza. Nadie organiza. Todo va perfectamente.

 

Cuatro

Por la mañana las redes sociales publicaban fotos de militares vestidos de civil viajando al Zócalo del DF. Un enfrentamiento entre embozados, a los que la televisión llama anarquistas, preocupa. La tele los difunde. Lolita Ayala, Milenio, las cadenas de Televisa y TV Azteca están muy preocupados. “Mejor no vaya a la marcha, es muy peligroso”, dicen los locutores a las dos de la tarde mientras pasan las imágenes. Cientos de granaderos se “defienden” de los violentísimos enmascarados. Al mismo tiempo, civiles publican en redes sociales a militares en el Zócalo y en los estacionamientos subterráneos del palacio nacional. Pero es así. Los embozados son policías o militares. O en el último de los casos son contratados, están en la nómina de los gobiernos. La violencia del Estado contra el Estado. Es una inversión al estilo Peña Nieto. Los anarquistas fabricados son rudos y están entrenados. Tienen acondicionamiento físico y aprovechan los momentos, los paréntesis, para manipular. Ellos son la excusa para criminalizar las protestas, para cargar contra los manifestantes. Son la raíz del miedo en la calle. El Estado madreándose a sí mismo para poner el ejemplo y justificar lo que viene. Hay fuego, vuelan las bombas Molotov arrojadas con destreza de gendarmería, aunque no dañan a nadie. Es pirotecnia, escenario de una telenovela, como las que le gustan a la Primera Dama.

 

Cinco

- ¡Nos vemos en la tarde, zorra! –gritaba por la mañana uno de los soldados a una mujer que tomaba fotos de esos camiones repletos de vergonzosa soldadesca.

 

Seis

El Ángel, sede para ritual de vanidades, frívolo círculo usado para vitorear al América o las más heroicas derrotas de Televisa Deportes, esta vez es lo que debe ser. Nadie les dice que deben llevar cruces, simples, de papel y pararse en las escalinatas. Allí forman, sin querer, un panteón viviente, joven y pujante ni que entonen el pase de lista. Del uno al cuarenta y tres. Entonan, no gritan. La mayoría de esas cruces de carne son jóvenes, no mayores de 25 años. A esas cruces les alcanza para decir “Fuera PRI”, “Corrupto EPN”, Renuncia EPN” o “Nos faltan 43”.

 

Siete

No es que Peña sea nada más inepto, que lo es. Se le juntó todo. Concediendo que él toma las decisiones, quiere gobernar México como lo hizo desde Toluca. La “colombianización”, la “balcanización”, para México significan, además, otra cosa. Genocidio, limpieza étnica, limpieza social, división de castas. ¿Eso como se llama? El Grupo Atlacomulco, esa entelequia, representa hoy, aquí, ahora, el fracaso de todos los partidos políticos, de todos los políticos. Representa el permanente baño de sangre. Peña es un símbolo y es responsable. Es un hombre que ha dejado que hagan de él un papalote. Pero no es el único.

 

Ocho

Antes de las seis de la tarde la multitud es incontable. Llegan los camiones que transportan a los padres de los normalistas de Ayotzinapa. Llegan sus compañeros. La gente les abre paso. Dos camionetas encabezarán la ruta hasta el Zócalo cuando todavía hay luz. Los padres se bajan y caminan entre la gente, que los recibe con aplausos. Nadie grita, nadie dice “ése es mi líder” ni compone arengas ingeniosas como “Enrique, bombón te quiero en mi colchón”, que usaba Peña en sus múltiples campañas populacheras.

Nada. Sólo aplausos.

 

Nueve

Pero ellos, los padres, apenas miran. Caminan con sus camisas blancas y sus gorras y sombreros con los ojos así, como un lago y en los pómulos la dureza de no dormir. A veces lo miran a uno. Y uno sabe, aunque sí.

Son el reflejo.

 

Diez

Detrás de ellos están los estudiantes. Los normalistas. Desde la televisión dicen las “lolitas”, las “adelas”, los “joaquines” que son vándalos.

 

Once

Los jóvenes sobrevivientes de la normal Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, en Guerrero, caminan detrás de los padres.

 

Doce

“México huele a muerte. Hijo, mientras no pueda enterrarte, voy a seguir buscándote”, dice la pancarta de una mujer, que despliega cuanto puede. Sus manos tienen las uñas pintadas de rojo y sus aretes, de oscura plata, terminan de bordar el sombrero negro que la cubre.

Por encima de su cabeza, una bandera negra intenta ondear.

Ella está en silla de ruedas y camina por encima del agua.

Pero no hay viento.

 

Trece

“Queridos hijos: el profundo dolor que nos causa su desaparición será transformado en una lucha constante para exigir que nunca más sean silenciadas sus voces, encarcelados sus sueños ni mutilados sus cuerpos. Las mujeres no parimos hijos para que sean asesinados”.

 

Catorce

Amada Selene: no te hubieran gustado las banderas negras ni siquiera porque el águila resalta más y las tunas se ven más verdes o azules, según el modelo usado. Sé que hubieras caminado con los padres de los chicos y gritado las consignas, cantado las canciones, donado la ropa, entregado despensas, destinado dinero. Abrazado. Besado. Llorado. Golpeado.

Ellos ganan si me olvido de ti.

 

Quince

Una gorra del Ché. El 43 trazado con pintura blanca en la cara de algunos. La foto de Miguel Ángel Mendoza Zacarías. Los granaderos representados en una manta blanca, apenas borrones infantiles. Cientos de manos alzadas atravesadas por redes, cardumen humano de extremidades rojas y miles de pancartas blancas. La avanzada está a kilómetros y a su paso quedan las pintas. “Fuera Peña”, coinciden casi todas.

 

Dieciséis

A un joven normalista lo acompaña su madre. El muchacho mide casi 1.80 metros y viste una sudadera azul, pantalón de mezclilla. Usa paliacate rojo y las grecas blancas le surcan donde la tela le cubre el rostro. Sólo sus ojos quedan descubiertos. La sudadera tiene una capucha azul. Cubre su cabeza con un casco de ciclista y lleva en la mano un mazo de madera, sobre el cual ha escrito que “nos faltan 43”.

 

Diecisiete

Hoy, decir cansado, suponerse cansado es referirse de inmediato al minúsculo procurador Jesús Murillo Karam y sus desastrosos desaseos mentales, sus omisiones asesinas. Los ojos descubiertos del muchacho miran la lejanía de la avenida Reforma, la culebra que pronto tendrá 2 millones de patas y respira. La madre le sostiene la mochila y le cuida el flanco. Él debe tener 20 años y su madre unos 40. Ella aprieta la boca por un momento y luego sonríe. Luego le dice “órale”.

 

Dieciocho

El grito lo lleva abajo, escrito en letras rojas, en un papel café de cuatro metros que le ayudan a llevar. Dice “grito” en letras rojas, claras y lo sostiene con una mano. En la otra lleva una cruz con las fotos de Karen Joanna, Jessica Lucero y Marianne Luna. Están muertas o desaparecidas.

Ella tiene rojas las manos, de tanto gritar con los puños.

 

Diecinueve.

Vienen los caballos. Vienen los de Atenco. “A esos los madrearon bien cabrón”, dice uno a una extranjera que los mira. “No, no recuerdo cómo o por qué. Pero los madrearon y ora quieren poner un aeropuerto en sus tierras”.

 

Veinte

El río humano es kilométrico. Una hora después de la partida, todavía no terminan los contingentes de salir del Ángel. Desde arriba ese cárnico río es amarillo y sus islas son moradas.

 

Veintiuno

Ella está parada a un lado, en las riberas del agua humana. Llora despacio, vestida de negro, sosteniendo algunos periódicos en la mano. Ella aparece en las fotos. El titular dice “Denuncia vecina abuso policiaco”. Ella misma, enojada o preocupada en esa foto, llora hasta que alguien la ve. Su pulsera roja, de plástico, se agita apenas cuando mueve las manos y cuenta que la policía la quiere matar por haber hablado. Abre la boca, tragada ya por la noche y las luces a sus espaldas. Los corporativos, pétreos, salvajes, salvaguardados por vallas metálicas de tres metros de altura, la miran con sus ojos aventanados, atestiguan el paso de la Nación Peña Nieto.

Ella dice: me quieren matar.

Y dice. Y sigue diciendo mientras llora.

 

Veintidós

Los normalistas de Ayotzinapa marchan en orden. Apenas son unos cuantos, no más de 30 aunque parecen más por la bulla que hacen. Cuatro líneas de siete muchachos, a lo sumo. Llevan los escudos policiacos, esos transparentes que los granaderos ocupan cuando cargan en las manifestaciones. Todos usan cascos para la cabeza. Algunos, rodilleras y cubren la mitad de sus rostros con paliacates de colores. No se parecen a los que atacan con bombas incendiarias a los policías. No son tan altos. Ni viejos. Sólo estudian y tratan de vivir.

 

Veintitrés

Y claro, cambiar el país. Pues de eso se trata.

Le gritan de todo a Peña Nieto.

Pero sus ojos. Allí habitan algunas respuestas. Que otros los describan, reproduzcan sus frases. Las mismas fotos los dibujen. Es un honor caminar a su lado.

Uno no podría caminar así al lado de un pelotón policiaco. O de Murillo Karam. O de Peña.

 

Veinticuatro

A la altura de Bellas Artes se unen familias. Aparecen los niños, se desvanecen los colores. Hay rubios y morenos y se mezclan y todo eso. Caminan en calma. No hay un solo empujón. Las pancartas siguen desplegadas y el Zócalo está a la vista aunque las calles se estrechan porque las vallas metálicas las cierran.

 

Veinticinco

El contingente da vuelta en Eje Central. Los muros impiden el paso por Madero. En ese momento ruidos como mazazos hacen voltear a los caminantes. Las vallas sobre Madero, una a una y en un santiamén, se derrumban.

 

Veintiséis

- ¡No se acerquen, es una provocación! –gritan desde la oscuridad del contingente, que se abre como si un cuchillo, aunque una columna ya se dirige al boquete. Allí, hombres a rape terminan de destrozar aquellos muros mientras se aseguran de que se les tomen fotos. En cinco minutos los hacen trizas y se incorporan, sin correr y con una bandera blanca pintada con espray morado, sobre Madero, rumbo al Zócalo. Repentinamente, dos o tres jóvenes, pequeños y delgados que han estado allí, observando nada más, arengan porque sí:

- ¡Vénganse por acá, la calle está abierta!

Desde las sombras, también aparece un grupo de personas, que se encadenan entre ellos para impedir el paso.

- ¡No hay paso. Es una provocación! –gritan sobre todo las mujeres, que así impiden que una parte del contingente se desvíe. Por detrás, sin embargo, los mismos jóvenes siguen el griterío. La multitud no se engancha. El milagro sucede y la cadena humana se mantiene firme el tiempo necesario. A los alborotadores se los traga la calle recién abierta. De todas maneras, la Cinco de Mayo parece una ratonera.

 

Veintisiete

Un hombre hace señas con las manos levantas. Ora señala acá. Dos dedos, la vista a la derecha. La mano izquierda en el hombro derecho. Tres dedos. Luego las cambia. Otros le responden de la misma forma y las señales se trasmiten por esa calle abierta. Un joven ondea su bandera negra, pero esta vez los bordes brillan. “Estado Fascista”, se lee pintarrajeado en una de las vallas sobrevivientes.

 

Veintiocho

Calles adelante los que derribaron las vallas se incorporan al grueso de la marcha. Nadie les dice nada pero les hacen el vacío. Su bandera blanca y morada los señala. Una de las torres de la Catedral marca iluminada esa metáfora de destino que significa el centro de la ciudad más grande del mundo. ¿Nueva York? ¿Tokyo? Hoy, este es el centro del mundo.

 

Veintinueve

En el Zócalo se ha quemado ya la imagen de Peña Nieto y ni siquiera la mitad de la marcha ha podido ingresar. A estas alturas ya calculan un millón de asistentes. Nadie sabe cómo contar, excepto la conductora de Televisa, Adela Micha, quien dice por adela que unos 25 mil manifestantes, sí, se manifiestan. Y luego sonríe.

 

Treinta

Lo que sigue podría ser una hermosa mañana, como esa del 3 de octubre de 1968, soleada y muchas gracias porque algunos seguimos respirando. ¿Verdad, Jacobo Zabludowsky?

 

Treinta y uno

Es Tenochtitlan sitiada, hambreada, diezmada por la peste y los españoles, alumbrada por miles de antorchas y la certeza absoluta de la muerte por lanza. Es esa misma la que ahora, esta noche, observa casi reverente cómo ese títere de Peña es colocado en medio de la plaza a oscuras y alguien le prende fuego. La gente grita y su alarido es gozo pero también es lo otro, porque es inevitable recordar la pira que ardió por 16 horas en el basurero de Cocula en Guerrero y que Murillo Karam vende al mundo como verdad científica. Él, casi analfabeta, un político a lo sumo, dice que los 43 que faltan ardieron hasta las cenizas y que sus dientes se desintegran si se tocan. Qué minúsculo se le recuerda en este otro fuego, en la antigua Tenochtitlan, caída hasta lo último, cuando la muerte ya no tuvo ningún valor.

 

Treinta y dos

Peña arde y se consume pronto. La hoguera primordial lo devora vudú y hasta el Campo Marte, la Zona Militar Número Uno, donde lo cuidan los “guachos”, le llegan los reportes.

Pero qué le dirían los señores soldados, con ese tacto al estilo Tlatlaya.

Lo están quemando, señor.

Pero no se apure. No durará mucho. El suyo es un muñeco de cartón.

Ya se le cayó la cabeza, señor, ahora rueda por la plancha del Zócalo y le toman fotos.

¿Un refresco, señor?

Qué le dirían.

No, eso no fue así.

A esta hora México-Tenochtitlan está hasta la madre de sacrificios humanos.

 

Treinta y tres

Algunos llevan veladoras y bailan. Los modernos rituales deben cumplirse porque “el que no brinque es Peña, el que no brinque es Peña” y la calle entonces se ondula por unos segundo y las risas rebotan en los palacios de los tiempos de la Colonia. Los espectros de Jerónimo de Aguilar y su compadre Cortés, a la luz de las irreverencias, se proyectan cada vez más ominosos. El carácter de Peña es inversamente proporcional a la imagen que Televisa le ha construido. Hay que voltear al tenebroso Estado de México. “No se metan con el Estado de México”, les dicen los editores del diario Reforma a sus reporteros.

 

Treinta y cuatro

Y este Narcoestado que no encuentra otro sustento que venderse a sí mismo, está por reventar. Habrá señales. La primera será la huelga generalizada, que se avizora a la vuelta de la esquina. La paralización de la economía, el temible down sistemático, controlado desde la negrura de Obama y sus asesores terminará por derrumbar la nación de Enrique.

A lo lejos, las sirenas rompen el ritmo a los pies estudiantiles que azotan las vallas en Cinco de Mayo.

 

Treinta y cinco

El más temible de los carteles es un “Fuera Peña” con la imagen del presidente y sus ojos arrancados, como comidos por los buitres. Ahora, el nacido en Acambay o la colonia Condesa o Atlacomulco o Toluca, ya no importa, deambula por el Zócalo, enceguecido.

El más temible de los carteles.

El más temible de los cárteles.

 

Treinta y seis

Alguien disfrazado de muerte recorre las calles con un letrero que dice “México”. No va con el contingente pero sí por las banquetas, encapuchado, con la cara pintada de blanco, como una calavera. Apenas se nota porque procura pasar por detrás de quienes ya forman un muro. Se desliza y toca con cuidado las espaldas para que algunos, al menos, sientan ese roce. Eso es México a las ocho de la noche. El roce de un muerto a las espaldas de alguien.

 

Treinta y siete

Los chicos pateaban las murallas y en sus cuerpos asomaban los mensajes.

 

Treinta y ocho

No había nadie que lo defendiera, que dijera, bueno, dénle chance, ya verán cómo no es lo que parece, cómo no es así. No había nadie. Se entiende que en la calle no aparecieran, pero ni siquiera en la comodidad del facebook.

 

Treinta y nueve

“La calle es de quien la trabaja”.

 

Cuarenta

Luego hablaron los padres, los alumnos, llegados ya a las puertas del palacio. Atrás de ellos, del templete instalado, una hilera de policías aguardaba. Allí los descubrió la muchedumbre. La mayoría ni cuenta se dio. Los de Guerrero siguieron hablando. Algunos los escucharon, otros no, porque ese millón que marchaba, apenas alcanzaría a llegar antes de las nueve y media de la noche, justo cuando los padres huérfanos terminaban, cuando los policías comenzaban las detenciones.

 

Cuarenta y uno

Una ola humana se desató. Desde arriba se veía una cascada de luces moviéndose por la plancha del Zócalo Los policías cargaron y golpearon a diestra y siniestra. Les valió madre que hubiera niños. Así, la detención arbitraria de 31 personas, casi todos estudiantes, casi todos menores de 30 años, derivó luego en la consignación de 11 de ellos, acusados de terrorismo contra el Estado.

 

Cuarenta y dos

Ellos, incluido un chileno, fueron enviados a penales de Veracruz y Nayarit. Los nuevos terroristas fueron puestos tras las rejas en menos de 48 horas mientras Murillo no puede encontrar a los 43 normalistas, luego de dos meses de búsqueda. Tampoco puede encontrar ni capturar a todos los culpables y piensa hacer creer a todo un país una versión sólo apta para el Grupo Atlacomulco. Murillo y su PGR observan el retraso mental sospechado, confirmado. Su Narcoestado, su Narcoestado Terrorista encarcela ciudadanos que parados, que miran una tarima, la noche del 20 de noviembre del 2014.

 

Cuarenta y tres

Enrique Peña es un símbolo, un copete, por así decirlo. En un Estado totalitario como es México, donde el poder militar es el que manda, su caída no representaría nada. Al borde de la guerra civil, México no sabe qué sucederá, excepto que será saqueado o invadido. De todas maneras sus muertos superan ya a cualquier guerra contemporánea en el mundo. Yo sí creo que todavía falta lo peor y pienso en esa frase callejera, repetida por todos los medios.

Ya nos quitaron todo, incluso el miedo.

Narcoestado

* – Entonces llegaron los helicópteros. Nadie llegó por la carretera. No hubo soldados ni vimos a nadie. Eran nada más los helicópteros, los que les dicen los G3.

Llegaron y los sobrevolaron, zopilotes de incomprensible tecnología, uno de ellos con una cruz negra cruzándole la entraña, como un espolón. Reunidos en ese círculo de basura los hombres observaron, petrificados, esa muerte voladora. No corrieron. Para qué. Los campesinos, mejor dicho uno de ellos, quiso ver. Allá lejos bajaron los brazos, agrupados. Otros los levantaron mientras el aire, el fantástico viento les volaba las gorras, les ametrallaba los rifles. Uno de los helicópteros, el de la cruz negra, abrió fuego, casi con desdén.

 

Miguel Alvarado

Polvo convertido en calle, la avenida gris transitada por taxistas escleróticos deteniéndose junto a cada gente, pedigüeños, para preguntar la hora, saludándose con afecto, compartiendo un cigarro, la hora equivocada para ir a comer.

Es el tiempo de la muerte por calor o por asfixia que proponen las bocas del volcán, donde vuelan los restos de los hombres desollados. Aquí caminan los que no tienen remedio, los que saben que van a morir o van a matar y los que van a morir sonríen transversales mientras en un puño sostienen los diarios o los restos de una medalla, un chocolate apenas mordisqueado.

Se observan desde lejos las víctimas, sus amantes sicarios antes de hacer contacto en las profundas superficies de los ojos. Calibran el aire y escuchan la puerta que se astilla, el agua y el vaso que la contiene y miden la distancia donde una mano y su torpeza la derraman. Afuera, por esa ventana del restorán pasa un hombre cargando un bulto, sube las escaleras, se detiene un momento midiendo el siguiente paso y retrocede.

Los ojos se afilan. Alguien saca el arma y dispara como vio que lo hacían en televisión. Le gusta el ruido, la explosión que siente su mano flaca que sacude y que lo obliga a dar un paso atrás, embarrándose de mierda en el movimiento que rasga la ceniza y el miedo

el polvo

lo absurdo

lo aburrido que resultará buscar para el Narcoestado en los archivos las fotos de un cuerpo, la boca abierta de la niña como si oliera

oliera ridículamente una flor.

 

Ellos ganan si me olvido de ti.

 

II

En México, país productor y exportador de droga, la simulación de la democracia incluye también la limpieza racial, la mutilación étnica por grupos paramilitares o escuadrones de la muerte, como ejemplifican los Guerreros Unidos, el minicártel del narcotráfico usado para masacrar a los normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, pero también para enfrentar a la población mexicana, acuchillarla en una innecesaria guerra civil, escondida la responsabilidad del actual gobierno federal, el del mexiquense Enrique Peña Nieto, que ni siquiera puede responder cómo su esposa, la actriz de Televisa, Angélica Rivera, ha adquirido una casa valuada en 86 millones de pesos sin trabajar.

También se ha perdido de vista que los militares mandan. Que en México el poder político es una mascarada vuelto negocio que genera cientos de millones de dólares. Un teatro doloroso, una película snuff en cuyo reparto aparece el nombre de cada uno de los ciudadanos inscritos en listas nominales.

En Tlatlaya, Estado de México, 22 personas, la mayoría jóvenes de entre 15 y 23 años fueron ejecutados por el 102 batallón del ejército mexicano el 30 de junio del 2014. Según el dicho de esas fuerzas armadas, legalizadas, esos jóvenes eran sicarios, narcotraficantes  que se encontraban en una bodega. Otras versiones señalan que los jóvenes estaban relacionados con grupos de autodefensa guerrerense y que se preparaban para enfrentar desde sus comunidades a los comandos de narcotraficantes de la Tierra Caliente compartida por el Estado de México, Guerrero y Michoacán. Ellos necesitaban armas y ese batallón podría vendérselas, porque lo había hecho con otros grupos, incluidos los criminales que al mismo tiempo combatía, pero la madrugada pactada para la transacción algo salió mal y los jóvenes murieron allí. Una versión más apunta que ese grupo efectivamente era de narcotraficantes y que efectuaría la compra-venta de armas con el ejército. El informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos apunta que ese grupo de la bodega era liderado por dos hombres, mayores de 30 años, quienes consiguieron escapar de aquella matanza porque salieron con las manos en alto, pero una vez fuera, echaron a correr y a pesar de ser perseguidos por un militar armado, lograron llegar a una camioneta que los estaba esperando y en ella fugarse. El informe de la Comisión no proporciona los nombres de los implicados, a pesar de conocerlos, ni tampoco el del grupo delictivo involucrado pero uno de esos dos fugados, según la CNDH era llamado “Comandante”.

Esta tercera versión ubicaría al narcotraficante Johnny Hurtado Olascoaga, “El Mojarro”, líder de La Familia Michoacana en el sur mexiquense y uno de los principales infiltradores del batallón 102. Hurtado habría entregado a tres de sus hombres al ejército, porque trabajaban para los Guerreros Unidos dentro del Estado de México.

Los abusos del ejército, la “privación” ilegal de la vida, como calificó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos a los homicidios del ejército, fueron certificados incluso con el horror que se esperaba en el relato, pero sirvió de puente que, días después, desembocó en la masacre de Iguala contra los estudiantes de Ayotzinapa.

El matiz cambió. El ejército, a pesar de sí mismo, de la desgracia de su inhumanidad, encontró en Tlatlaya un molde heroico, puro, ante la desinformación patológica, la escasa capacidad reflexiva en la sociedad que se polarizaba como si el tema abordara un partido de futbol. Pareciera que el principal exterminador de mexicanos, el ejército y el batallón 102, nunca hubiera sido infiltrado por cárteles como los de La Familia Michoacana y el sicario Johnny Hurtado Olascoaga, “El Mojarro”, un escurridizo narcotraficante de la Tierra Caliente que encabeza aún los restos de la organización fundada por Servando Gómez, “La Tuta”, usado para destazar Michoacán al frente de otro grupo paramilitar con actividad narcotraficante, Los Caballeros Templarios.

La corrupción del 102 está documentada. La protección del cártel de La Familia Michoacana está documentada, al igual que la inacción del 27 batallón en Iguala, al que el procurador general, Jesús Murillo Karam exculpó: qué hubiera pasado si el ejército hubiera actuado, diría como respuesta. Esos soldados se dedicaron a mirar y cuando todo concluyó, impidieron que los estudiantes sobrevivientes en Iguala recibieran atención médica.

En Tlatlaya, un día después de esa primera matanza, al gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, se le fue la lengua. Primero felicitó a los responsables de aquel “operativo”. La fe ciega en quienes portan las armas, se enfundan el uniforme a sabiendas de las cadenas de mando. El gobernador mexiquense no es ignorante. Conoce a fondo los impedimentos que lo atan.

Mientras felicitaba por los asesinatos, al mismo tiempo su Procuraduría de Justicia mexiquense torturaba premeditadamente a las tres sobrevivientes de aquella masacre para cuadrar el trabajo de los militares. Luego, la investigación parcializada de la CNDH desviaba la culpa hacia los soldados rasos. No hubo uno solo mando importante castigado. La recomendación de la CNDH fue tomada por la administración de Ávila por el lado más cómodo. Según él, se indemnizará a las víctimas. Ávila supo desde el principio, así como sabe de la existencia de escuadrones de la muerte, de otro tipo, pero al fin y al cabo exterminadores, en el valle de México, concretamente en Ecatepec, que elevan al nivel de genocidio los asesinatos de mujeres y civiles en el municipio que él encabezó ya dos veces como presidente municipal. Ávila sabe que su Estado de México es una fosa mucho más pestilente, más dramática que las 200 halladas en los últimos años en Guerrero y que una guerra invisible se libra contra población indefensa. El Estado de México es el tercer lugar nacional de desapariciones con mil 554 casos reconocidos de manera oficial desde el 2011, pero las autoridades hacen lo imposible por silenciar las denuncias. Las cifras no oficiales rebasan cualquier aproximación y en esas desapariciones y asesinatos están inmiscuidos militares y policías. Al gobierno estatal se le avecina un escándalo de proporciones mayúsculas. La negativa de la Alerta de Género por parte de Ávila; la negativa para hablar sobre los feminicidios no es casualidad. Policías y mandos del Estado de México están implicados de manera directa.

A los cárteles de Guerreros Unidos y de los Templarios se les ubica como escuadrones de exterminio entrenados por la propia milicia. Usan el terror para ahuyentar a la población y tienen el apoyo de la autoridad civil. A esa autoridad civil, representada por ejemplo por Jesús Murillo, actual procurador general de Justicia de la PGR, le toca justificar la atrocidad de este Narcoestado militarizado.

Ahora el presidente mexicano Enrique Peña, llegado de una absurda vuelta por China y Australia, que lo ubicó en el centro de una pira en México, ésta sí, real, y que lo sigue calcinando, abusa de ese poder pero elige la frase más ominosa: “no dejaremos de agotar toda instancia de diálogo, acercamiento y de apertura para evitar el uso de la fuerza para restablecer el orden, es el último recurso, pero el Estado está legítimamente facultado para hacer uso del mismo cuando se ha agotado cualquier otro mecanismo para restablecer el orden”. Desde Cuautitlán Izcalli, el 18 de noviembre del 2014, arropado por acarreados mexiquenses, entre ellos el propio Ávila Villegas, Peña apuntaba que su esposa, Rivera, explicaría lo de la casa de 7 millones dólares para darle énfasis a lo que le importaba en realidad: que veía grupos que querían desestabilizar a su gobierno. No dijo cuáles. No dijo para qué. La advertencia estaba servida como un plato frío, antes de la gigantesca marcha del 20 de noviembre.

Peña, agente de ventas en el extranjero para sus reformas energéticas, verdadero motivo de la gira asiática, es un representante del absolutismo. Así ha gobernado al Edomex su grupo, el de Atlacomulco, acostumbrado a que nada se le ponga enfrente. Compartir el poder con los militares no es problema para ellos. La desaparición de los normalistas es una provocación de ese Narcoestado prohijado por los de Atlacomulco y sus ramificaciones, que incluye la bastardización de los partidos y el nacimiento de personajes como José Luis Abarca, por ejemplo.

Estas provocaciones tienen uno de sus orígenes en el Estado de México. El libro “Tierra Narca”, del periodista Francisco Cruz, ya lo hizo y narra cómo en la administración de Arturo Montiel (1999-2005). El sur mexiquense, el Triángulo de la Brecha se ha construido cadáver sobre cadáver y poco a poco transformó ese entorno, formado por microscópicos municipios, en un principado con leyes propias, gobiernos intestinos y territorios ampliados, siempre en disputa que alcanzaron su zona de influencia incluso hasta Iguala y absorbió todo el estado de Morelos. Ese mismo gabinete, que ayudó a Montiel y a Peña a administrar esa Tierra Narca, es el mismo que habita Los Pinos.

Las autoridades civiles serían rebasadas de inmediato, apenas caricaturas de un poder público menoscabado y si alguien quería tener control sobre el narcotráfico debía tener poder armado. Nadie, ni la policía, lo tenían. Sólo el ejército, las fuerzas armadas. El pacto importante era con ellos. Los capos, en un principio figuras temidas pero también emanadas del pueblo, identificados con esa “plebe” que señala tan didácticamente Paulina Peña, una de las hijas del presidente mexicano, pronto sucumbirían. No serían más que operadores con salarios inmensurables, enjabonados, perfumados en sangre pero prescindibles. Las fuerzas armadas siempre los consintieron. Siempre hubo un límite invisible. Después, la muerte.

La desaparición de los normalistas, el 26 de septiembre del 2014, expuso un grado de descomposición inimaginable en el país. Los políticos fueron relegados por la sociedad pero ésta, obligada a salir a la calle y bajo la amenaza desde la presidencia, que prevé desde ya el diálogo agotado, no tiene defensa.

Está expuesta.

En la calle.

 

III

El Tribunal Permanente de los Pueblos documenta en México, desde 1988, una creciente criminalización contra la sociedad mexicana desde el Estado hasta la fecha. Este Tribunal, integrado por el obispo de Saltillo, Raúl Vera; el magistrado francés Philippe Texier; el economista alemán Elmar Altvater; la periodista Luciana Castellina; la sobreviviente a la dictadura argentina de los años setenta, Graciela Daleo; la escritora tica Graciela Daleo; el investigador argentino Daniel Feierstein; el investigador español Juan Hernández Zubizarreta; el médico español Carlos Martín Beristain; el abogado español Antoni Pigrau Solé; la activista mexicana Silvia Rodríguez y el procurador italiano Nello Rossi, concluye que México es un abastecedor que no puede fallar al mercado norteamericano y europeo y eso incluye el ámbito de las drogas y los recursos energéticos y naturales. Así, “Resulta simbólico en este contexto, la desaparición del ejido expresamente pedida por el TLCAN aun antes de su discusión y aprobación; y de la sustracción de los derechos de los pueblos indígenas a la tierra comunal. De este modo se abre la puerta a la pérdida del uso colectivo de la tierra, principio y base fundamental de la organización social de México”.

Pero esa descomposición de la base fundamental social tiene números: tres de cuatro trabajadores son informales en el país; 40 mil millones de dólares son producto de actividades relacionadas con el narcotráfico; 22 mil millones de dólares son producto de remesas enviadas por migrantes y combinadas alcanza el 40 por ciento del PIB. Según el estudio, la riqueza en México está directamente relacionada con el sufrimiento del pueblo y con la eliminación de los “perdedores”. El desarme del Estado mexicano ante las trasnacionales significa también la cancelación de la identidad, la pérdida de la soberanía y las legitimidades. “El vaciamiento del Estado está siendo llevado hasta el límite por el gobierno de Peña Nieto que por entrega, omisión o impotencia va renunciando a la soberanía en todos los ámbitos”, dice el texto.

El miedo es la principal arma del Estado contra su propia sociedad. La desarticula y desde allí la desanima. El estudio apunta 37 mil ejecuciones extrajudiciales en la administración del expresidente panista Felipe Calderón, pero también documenta el exterminio:

“En las Audiencias se han recordado, entre otros, los casos de la masacres de Ocosingo, San Cristóbal y Chicomuselo Chiapas (durante enero de 1994 y en 1995), la masacre de Aguas Blancas, en Guerrero (28 de junio de 1995), la masacre de Acteal, Chiapas (22 de diciembre de 1997), la masacre del Charco, Guerrero (7 de junio de 1998), la masacre del Bosque en Chiapas (10 de junio de 1998).

“Otros ataques contra grupos se han dado a lo largo del tiempo mostrando una línea de continuidad, como, entre otros, la represión y los asesinatos de Atenco (2001 y 2006), la represión y al movimiento magisterial en Oaxaca y la posterior represión al movimiento popular de Oaxaca con más de 20 asesinatos (a lo largo de 2006), la represión contra las comunidades indígenas de Cherán y Ostula, Michoacán, con más de 10 asesinados (entre 2011 y 2012), así como la represión a la lucha contra minera canadiense, San José del Progreso, Oaxaca con dos asesinados y varios heridos (durante 2012).

“Otras masacres no parecen tener una autoría estatal inmediata, como las de 72 migrantes centroamericanos y sudamericanos que fueron ejecutados en el municipio de San Fernando, Tamaulipas (2010); o el caso de los 49 cadáveres decapitados y mutilados, abandonados en una carretera que conecta Monterrey con la frontera de Estados Unidos (2012); o los 18 cuerpos encontrados en una zona turística cerca de Guadalajara (2012); o los 23 cadáveres que aparecieron decapitados o colgados de un puente en la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo (2012), entre otros hechos similares.

“Sí tiene una autoría estatal, más recientemente. La masacre en la comunidad rural de San Pedro Limón, en el municipio de Tlatlaya, Estado de México, en que fueron asesinados 22 personas el 30 de junio de este mismo año 2014”.

 

IV

Es abril, tiempo de siembra y ya son las cinco, apenas momento de levantarse, otear para saber si hay calor y comerse algo. Hoy se siembra y mañana habrá boda, se casan los novios y la fiesta será esa extensión de la tierra que atraerá a los lejanos devolviéndolos por algunas horas a este verde desierto.

El tiempo aquí se mide con otros relojes. Ya se sabe que para llegar a las lomas de este día hay que pasar por donde está la virgen. Los campesinos salen de Zacazonapan y toman el camino a San Martín, que también se llama Otzoloapan y allí donde uno empieza a subir y puede voltear, ve a Zacazonapan extendido como una cazuela. Bueno, allí está la señora y allí se llama La Virgencita. Allí se detiene uno y camina rumbo al monte, saliéndose del camino.

Esa señora es una estatua y a veces le llevan flores o los que pasan le ponen algo, pero siempre tiene un obsequio para que sepa que se acuerdan de ella. También hay un basurero, no allí mismo, pero cerca, porque crecen como enraizados al pueblo, como sucede con los lugares enclavados en esos climas casi selváticos, como los de Cocula, en Iguala o en Luvianos o en Tlatlaya. Porque dónde se tira la basura. Ellos, los que llegaron, ellos tiran la basura donde ponen sus campamentos. Por eso, cuando no se ven, se busca la basura y se sabe que andan cerca.

El tiempo corre y los que siembran y los que viven en el pueblo ya terminaron por acostumbrarse a la presencia de los extraños, que un día aparecieron y así nada más, con un grito, porque así fue -con un grito- sometieron a los policías municipales y a sus débiles autoridades.

- Vas y te paras y les gritas. Y se te doblan. Y ellos llegaron gritando y armados. Sucios, malencarados, como salidos del suelo, trepados en camionetas -dicen los que los vieron entrar a Zacazonapan, Luvianos, Bejucos, San Martín, Tlatlaya.

Como salidos de las raíces.

- No eran de aquí pero tampoco eran de tan lejos, como de Morelos o de Guerrero. Acá de Huetamo. Sólo los mandos tenían acentos del norte. Y en una región como la de Tierra Caliente todo está conectado. Iguala, por ejemplo. Ayotzinapa. Los batallones del ejército, por ejemplo. El 102 y el 27.

Ese abril del 2014 los campesinos de Zacazonapan sembraban las lomas, suaves ondulaciones sobre aquella virgen cuidadora de caminos que hasta el momento no había evitado enfrentamientos anteriores y matanzas entre sicarios y militares. O entre sicarios nada más, porque pronto los pobladores aprendieron que narcotraficantes, policías, autoridades y militares estaban en el mismo bando y ese lado no era el suyo. Daba lo mismo que estuvieran los Zetas, La Familia, los Pelones, últimamente los Templarios y por fin Guerreros Unidos.

- Entonces llegaron, no recordamos cuándo y con un grito tomaron el control de la policía. Luego lo mismo hicieron con los alcaldes y comenzaron a cobrar protección, cuotas. Casi siempre se podía pagar, aunque a veces no. El negocio no era ése, y había otras gentes que pensábamos al principio que venían por la mina de oro que hay en Zacazonapan. Pero tampoco era por eso.

Los nuevos administradores, narcos de La Familia, enseñaron una nueva forma de vida. Implantaron poco a poco un terror sistemático al que, de manera natural, aquella región se adaptó. Tanto, que de pronto la gente se encontraba saludando a aquellos que vivían en campamentos, en las zonas cercanas a los pueblos y que sólo acudían a ellos para comprar cosas o para asuntos que, luego se enteraban, tenía que ver con muertos como nunca antes se había visto.

Porque muertos ya había. Y se mataban y todo, pero no así.

Y esos de La Familia se hicieron llamar “las verdaderas autoridades”.

También se acostumbraron a las bases militares, a un cuartel militar en Luvianos y a la presencia de helicópteros de alta tecnología, que en aquella región del Estado de México los identificaban como G3, que llegaron hace dos años, cuando mucho. Los Black Hawk, famosos en México por una película, “La Caída del Halcón Negro”, que relata una ficticia batalla en la ciudad de Mogadisio, Somalia, entre marines y rangers norteamericanos y habitantes.

Las brechas como de fuego de la Tierra Caliente son laberinto. Los zopilotes se posan sobre los cadáveres de los animales y los desojan todo el día. Los hemos visto. Los hemos apedreado pero no se inmutan. Los huesos blanqueados por el sol y luego por las lluvias se quedan allí hasta hacerse polvo, algo como ceniza mientras los buitres vuelan buscando más cuerpos, la rapiña que los mantiene en el aire. Hace calor y hay días en que hay un zumbido que no es el viento. Disparos. Ni truenos.

Ellos, los que llegaron, tiran la basura donde ponen sus campamentos. Por eso, cuando no se ven, se busca la basura y se sabe que andan cerca. O se busca a los zopilotes. Porque abajo hay basura.

 

V

- Eran sucios, muy cochinos. Siempre había un tiradero en los parajes donde tenían estacionadas sus trocas, como en círculos. Latas de comida, bolsas de plástico, botellas, todo un basural y ni modo de decirles algo. Luego nos volteaban a ver.

- Buenos días.

- Buenos.

Y ya. Todo seguía. Uno pagaba o se iba o se moría. Y ellos cobraban y se mataban o se iban. Y los guachos a’i andaban, iban a Huetamo en Michoacán y se daban sus vueltas por Tejupilco y por Valle de Bravo y nomás veían y se estaban quietos. Los guachos volaban su helicóptero, su G3. A ése todos le tenían miedo, pero no miedo, sino terror porque ya sabían que su vuelo era nada más para matar y nunca fallaba.

Para marzo del 2014 ya se habían registrado tres enfrentamientos en la zona de Zacazonapan. Pero todos habían sido escaramuzas comparadas con las verdaderas matanzas, ocurridas los dos años anteriores. Una, la del paraje de La Estancia en Luvianos, entre La Familia Michoacana y Caballeros Templarios, dejó 32 muertos. Otros dos, en el paraje de Caja de Agua, al menos 50 muertos cada uno. Ése era el saldo hasta diciembre del 2013, aunque no se acepta oficialmente desde la milicia ni desde el gobierno del Estado de México. Tampoco es que sean 50 muertos por batalla. Es apenas el cálculo de los habitantes.

Ese 25 de abril del 2014 el tiempo se medía de manera distinta. Al mediodía, un poco antes, los campesinos se tomaron un respiro. Llegados a las lomas, el silencio los sumergió en la contemplación monosilábica. “Ya vámonos”, dijo uno. Pero aquello llegó tarde o la frase y la mirada lejana fueron sólo una manera de pasar aquellos minutos para entender que no debían moverse, que la hora y el sitio no estaban equivocados.

Recordaron que esa mañana La Virgencita no les ofreció ni la pétrea sombra de una nube. Que antes de llegar pasaron el campamento aquel de los fuereños, con sus latas y su basura, ubicado también en una de las lomas, descubierto, sin árboles que lo rodeara, pero más abajo.

- Buenas.

- Buenas. Y oiga, véndannos agua. No queremos ir a Zacazonapan. A’i luego nos ponemos de acuerdo.

Que pasada del guaje al bote, derramados algunos litros, esa agua sería la última para aquellos forasteros siempre a las vivas, de ojos enrojecidos, de ojos hasta en las espaldas, de corazón escondido, de trabajos imperdonables.

A ellos, a los de bajo, el zumbido les llegó tarde. Los primeros en oírlo fueron los campesinos, que buscaron un resquicio donde agacharse, apenas el pecho a tierra. Pero abajo no se dieron cuenta de lo que se les venía encima sino hasta que fue demasiado tarde. Y es que se saludaban todos los días pero también les cobraban y a veces les metían el miedo. Y nadie les avisó.

O más bien les avisó un zumbido.

 

VI

- Entonces llegaron los helicópteros. Nadie llegó por la carretera. No hubo soldados ni vimos a nadie. Eran nada más los helicópteros, los que les dicen los G3.

Llegaron y los sobrevolaron, zopilotes de incomprensible tecnología, uno de ellos con una cruz negra cruzándole la entraña, como un espolón. Reunidos en ese círculo de basura los hombres observaron, petrificados, esa muerte voladora. No corrieron. Para qué. Los campesinos, mejor dicho uno de ellos, quiso ver. Allá lejos bajaron los brazos, agrupados. Otros los levantaron mientras el aire, el fantástico viento les volaba las gorras, les ametrallaba los rifles.

Uno de los helicópteros, el de la cruz negra, abrió fuego, casi con desdén.

Ni siquiera la muerte sobreviene tan silenciosa.

Casi 30 personas cayeron al mismo tiempo en ese silencio ametrallado. Eso lo dice un hombre asustado que mira al piso cuando lo narra y no sabe pero tampoco importa.

Y entonces cuántos son demasiados.

Tres minutos, casi menos, duró aquella batalla. Nadie disparó de regreso. Correr para qué. El helicóptero se replegó una vez confirmada la inacción de los cuerpos, diría el lenguaje de la CNDH si tuviera conocimiento. Luego, otro helicóptero se detuvo en aquel soplo siniestro y aterrizó para llevarse los cuerpos en varios viajes.

- Y yo me pregunto si esos que no tiraban la basura en su lugar serán algunos de los que aparecieron en las fosas, ahora con lo de Guerrero.

Al otro día fue la boda, porque lo prometido en Tierra Caliente debe cumplirse a pesar de los Black Hawk.

El lunes, puntualmente, otros forasteros, igual de sucios y con la mirada perdida pero los ojos en las espaldas pasaron a cobrar las cuotas habituales.

 

VII

“El 20 de noviembre del 2014, Enrique Peña nombró general de división a Alejandro Saavedra Hernández, comandante de la 35 Zona Militar de Chilpancigo, responsable del 27 Batallón de Infantería, al que normalistas de Ayotzinapa acusan de haberlos detenido y vejado cuando intentaban ir en auxilio de sus compañeros ahora desaparecidos, la noche del 27 de septiembre pasado”, dice el semanario Proceso.

¿El fin del PRD?

* Los reclamos de Cuauhtémoc Cárdenas para que la dirigencia actual renuncie implican un cierto reclamo ético y moral, pero no han surtido efecto. Aparte, el propio fundador del partido ha perdido tanto prestigio y autoridad moral que pocos le conceden esa autoridad para demandar algo, ya no digamos la renuncia de Navarrete y sus cortesanos.

 

Jorge Hernández

Como se veía venir, los hechos de Ayotzinapa, a medida que se van conociendo detalles y las relaciones políticas y delictivas de los presuntos responsables, han dado argumentos a más de uno para satanizar al PRD y darlo prácticamente por muerto del escenario político nacional.

Y no es para menos, su responsabilidad política, institucional, ética y moral en el proceso que llevó a José Luis Abarca a ocupar la presidencia municipal de Iguala para, desde ahí, dedicarse a la narco política, no se puede tapar con un dedo. Más allá de los nombres en particular de una u otra tribu, de uno u otro de sus líderes o dirigentes nacionales y locales, la responsabilidad es general, de todos ellos.

Pero si bien es cierto que el perredismo no tiene para dónde hacerse, vale preguntarse qué tan cierto es que su muerte o desaparición es inminente. ¿Son estos hechos el fin del PRD?

Lamentablemente no. El PRD no va a desaparecer de nuestro mapa político por múltiples razones. Una de las principales, si no la principal, es que se ha imbricado tan fuertemente en esta red que su falta haría imposible su funcionamiento. Para decirlo pronto, al sistema, al gobierno, a los poderes fácticos y las élites de este país les conviene la presencia del PRD. Sirve a la simulación democrática y la oferta de modernidad del gobierno tanto hacia afuera como adentro.

Tampoco va a desaparecer porque, a fin de cuentas, este PRD nada tiene que ver con el de hace 25 años, cuando nació como una fuerza opositora al sistema y mismo partido con el que hoy firma “pactos”.

No va a desaparecer porque su voto duro –a diferencia del PT o Movimiento Ciudadano- le garantiza mantener el registro legal –no se ve cómo pueda bajar su porcentaje de votación a menos del diez por ciento, tomando en cuenta que Morena pudiera restarle ocho por ciento-. Por mucho castigo electoral que reciba, sus electores leales –aquellos sujetos al corporativismo amarillo que obedecen a cambio de la despensa o las láminas o cemento en el mejor de los casos- lo mantendrán a flote.

Además, sobre la base de ese infame pragmatismo -¿oportunismo?- electoral que lo mismo los mueve a aliarse con los antes mencionados que incluso con el PAN, sin importar que pueda derivar en otros Abarca, conseguirá conservar no sólo el registro, sino seguir accediendo a espacios públicos y de gobierno o representación popular.

Contra estas realidades apenas se aprecian dos posibles vías para su desaparición. Una es algo que nunca han practicado con objetividad y seriedad en su corta vida, a pesar de que errores ha cometido todo el tiempo: un ejercicio de autocrítica sobre la  base de una mínima ética institucional e individual de sus miembros.

Los reclamos de Cuauhtémoc Cárdenas para que la dirigencia actual renuncie implican un cierto reclamo ético y moral, pero no han surtido efecto. Aparte, el propio fundador del partido ha perdido tanto prestigio y autoridad moral que pocos le conceden esa autoridad para demandar algo, ya no digamos la renuncia de Navarrete y sus cortesanos.

Pero esta sería precisamente la mejor de las salidas: una autocrítica que llevara al perredismo no sólo a disculparse por sus errores, como en el caso Abarca, sino a comprometerse con un verdadero cambio, lo que ellos mismos llaman refundación. Si de estos esfuerzos derivara la necesidad u obligación de decretar su desaparición, crecerían en estatura y calidad moral que al mismo tiempo les dría la posibilidad de volver a empezar. ¿Sueños guajiros?

Sí, desafortunadamente.

La otra vía de su desaparición es mucho más tangible. De vez en cuando dirigentes nacionales y locales admiten que el partido enfrenta grandes adeudos, y que incluso en algún momento podrían verse en bancarrota. Al respecto el Instituto Nacional Electoral informó que el PRD, en efecto, adeuda al fisco nada menos que 211 millones de pesos. Pero resulta que también adeuda a proveedores y bancos unos 270 millones de pesos, sin contar otros a comités estatales y hasta a empleados, como en Tabasco, cuyo dirigencia local advirtió incluso que podrían quedarse sin fondos para pagar a sus trabajadores. Por si fuera poco, sigue en pie el asunto Carlos Ahumada, quien lo demandó por más de 400 millones de pesos.

¿Será que sus acreedores se decidan a cobrarle y terminen por orillarlo a la bancarrota?

Lo que sea que venga para ese partido, sin embargo, no lo enfrentará sólo. Seguramente sus aliados entre los poderes fácticos harán lo necesario para mantenerlos en su lugar.

Simulación efectiva: tiene el Edomex presupuesto para el 2015

* El paquete, que incluye las leyes de Ingresos del Estado y los municipios, así como el presupuesto de Egresos del gobierno estatal y una miscelánea de reformas al Código Financiero y otras leyes secundarias, incorpora algunas modificaciones propuestas por el PAN y el PRD durante la reunión de las comisiones legislativas dictaminadoras, relacionadas básicamente con reasignaciones de partidas presupuestales tan discretas para el universo de dinero de que se trata, que poco o nada impactan al paquete en su conjunto y al gobierno en sus funciones.

 

Jorge Hernández

De mero trámite resultó la sesión ordinaria de la Cámara de Diputados local, en la que éstos aprobaron el paquete fiscal para el año próximo, con un presupuesto de Egresos y unos ingresos estimados en poco más de 211 mil millones de pesos, poco menos del diez por ciento de incremento en relación con el presupuesto y los ingresos de este año.

El paquete, que incluye las leyes de Ingresos del Estado y los municipios, así como el presupuesto de Egresos del gobierno estatal y una miscelánea de reformas al Código Financiero y otras leyes secundarias, incorpora algunas modificaciones propuestas por el PAN y el PRD durante la reunión de las comisiones legislativas dictaminadoras, relacionadas básicamente con reasignaciones de partidas presupuestales tan discretas para el universo de dinero de que se trata, que poco o nada impactan al paquete en su conjunto y al gobierno en sus funciones.

Como suele ser el caso, tanto en la sesión de comisiones como en la ordinaria, la simulación prevaleció. Contra las propuestas que proponían el panismo y el perredismo, diputados del PRI presentaban otras como para presumir que habían analizado las iniciativas y necesitaba mejoras. Lo cierto es que sus “propuestas” les fueron remitidas por el personal de la Secretaría de Finanzas –encabezado por el propio titular Erasto Martínez- para hacer más efectiva la simulación.

Destacó en el trabajo de comisiones la presentación de los diputados Armando Portuguez y Octavio Martínez del PRD para acusar que cada año el gobierno termina ingresando más de lo que considera en las leyes de ingresos respectivas, y que se gasta más de lo presupuestado. Aunque para estos casos la ley mandata que el Ejecutivo informe al Legislativo sobre cambios sustanciales al paquete, sobre todo en el tema del gasto, los diputados no demandaron explicaciones, sino que se limitaron a proponer que de una vez se considerara en ambos rubros mil 600 millones de pesos más, que según sus cálculos sería lo que tal vez a fines de 2015 gastaría y recibiría de más el gobierno estatal. Obviamente la propuesta fue rechazada.

Posteriormente, en la sesión del pleno su compañero, Armando Soto Espino, insistió en modificar el presupuesto para situarlo por arriba de los 217 mil mdp, propuesta que le fue igualmente rechazada.

También resaltó la claudicación del panismo en el tema del inefable PAC o Programa de Apoyo Comunitario, que dota a los diputados de dos y medio millones de pesos a cada uno para hacer una supuesta gestión social. En el pasado el PAN había acusado que era un programa que facilitaba el clientelismo y permitía a los diputados ejercer presión electoral sobre sus potenciales electores, por lo que había venido pidiendo su desaparición. Esta vez, por medio de Alfonso Guillermo Bravo se limitó a pedir que en lugar de que fuera administrado por el gobierno estatal se transfiriera al presupuesto del Poder Legislativo, para que fuera éste el que lo administrara, lo que evidentemente fue rechazado por el priismo.

El panismo también intentó que se bajaran los cobros de trámites y documentación relacionados con las solicitudes de información pública, alegando que en aras de facilitar a la población el acceso a ella fueran más baratos o de plano gratuitos, pero sin mayor éxito.

Ya en la plenaria, se le aprobó a la diputada Adriana de Lourdes Hinojosa la propuesta de reformar uno de los artículos del presupuesto para precisar que en el presupuesto de la Procuraduría estatal se apartarán 15 millones de pesos para la operación de los albergues que sirven para cuidar a las mujeres y menores víctimas de trata de personas.

A diferencia de otros años, esta ocasión no hubo grandes aspavientos por el PAN o el PRD, tampoco del PT o Movimiento Ciudadano para su aprobación, tampoco hubo sesión de comisiones por días enteros y hasta bien entrada la madrugada. Una sola reunión de las comisiones mencionadas y otra más del pleno –que no duró más de dos horas- bastaron para pasar el paquete.

Sólo al final de la votación, Octavio Martínez intentó un breve y pobre “posicionamiento” a nombre del PRD. Dijo que se trataba de un presupuesto histórico y el más elevado entre todas las entidades del país, pero preguntó si sería suficiente para conseguir mejoras en la entidad. Cuestionó si el titular de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México sería capaz de aprovechar el presupuesto que se le entregaba –casi 142 millones de pesos- para cumplir con su trabajo y no estar de frívolo –en lo que va del año sólo ha emitido una recomendación, acusó.

A la sesión de comisiones asistieron unos veinte diputados, mientras que a la plenaria no llegaron 63 de 75 que son.

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