Inventar un mundo, inventar otro mundo, es lo de la literatura. En realidad, el título del nuevo libro de Ferruccio Parazzoli es Inventar el mundo (Garzanti, pp. 135, e 14). Un ensayo, muy a su estilo –con el subtítulo Teoría y Práctica del cuento” – que no habla sólo de técnicas narrativas sino que es una ruta por las pasiones literarias de un escritor más que de un estudioso.
Así, es un ensayo a su modo, y a la vez testimonio y narración de tantos encuentros imaginarios con los grandes autores: Dostoievski, Flaubert, Tolstoi, Proust, Kafka, Céline, Beckett, Joyce, Hemingway, Ingeborg Bachmann, Kawabata y otros. Abordados no de forma obvia, como sucede en algún manual de escritura también están aquí Fruttero y Lucentini, Pontiggia, Moresco, Pincio, Saviano y hasta Moccia y Melissa P. Sin ese hedor bajo la nariz de los académicos. “Por qué – cuestiona Parazzoli desde un diván en su casa milanesa mirando desde lo alto la Piazzale Loreto(1) – la repercusión de los narradores que han formado escuela, sobrevive hasta a hoy”. Todo por acompañar al lector (pero también al escritor aspirante) en la creación literaria, en el sutil reporte entre la realidad y el lenguaje, entre la crónica y la narración, entre mundo real y mundo imaginado.
Romano de 74 años, larga carrera en Mondadori como responsable de los Oscar, autor de una decena de novelas (la última, El Tribunal de los Niños), así como de temas religiosos, Parazzoli recorre generosamente el quehacer literario aconsejando a propósito del tabú de la página blanca, de la exploración, de la tonalidad y de los ritmos narrativos, haciendo pausa en los géneros literarios, en la posición del Yo narrativo en el cuento, en los diálogos, en los “momentos de la verdad” que se pueden trazar desde la crónica.
“La crónica, como los sentimientos, puede ser utilizada como instrumento de arrendamiento: los amarillistas se equivocan al tomar un trozo de realidad y trasvasarlo en la narración de una manera horizontal, logrando una mera reconstrucción policiaca de los hechos. Es la paraliteratura bestsellerística enmascarada de literatura. En cambio, la crónica puede asumir una dimensión vertical, variar de lo abisal a lo sublime, adquirir un valor existencial.
«Bachmann(2) separa en el uso del lenguaje la inevitabilidad del escritor. La lengua para un escritor no es tan obvia ni descontada: la lengua de los escritores de clasificados amarillistas es mórbida, penetrable, adaptada al mercado y al lector débil, que quieres ser consolado y excitado. El verdadero lector busca en la literatura un medio para descifrar el mundo y batirse contra el caos».
El cuento, dice Parazzoli, nace de un “estado de tensión”, de una concentración de energía. Esta tensión, que tal vez pertenece más a la vida que a la literatura, precede a las preocupaciones estructurales. Es el “zumbido del mundo”, el humus del cual brota la obra literaria. Los consejos literarios de Parazzoli son preciosos: van del bloc de notas a los apuntes, a la primera fase de la escritura que sirve para desfogar aquella primera energía, a los varios modos posibles “de pegarse al tren en movimiento” (a la inspiración, como decimos).
“Hoy se siente fuerte la necesidad de contar con una especie de concepto desde el cual se desarrolle la trama pero cuando en el pensamiento de quien escribe se sustituye por las exigencias de la editorial, se empieza mal. La editorial hoy quiere calcomanías de marketing, una marca reconocida que vender: quiere la violencia o lo sublime, el acoplamiento a la realidad o su opuesto, la trama fuerte, etcétera. La idea, pequeña o inmensa de la cual nace una obra literaria encaja a veces en el punto exacto en la cual la línea horizontal de la experiencia intercepta a la vertical del arte. Para Pavese es el zumbido de la mosca dentro del vaso…”
Aquello que una vez se llamó inspiración: “Si, hoy inspiración es una palabra out, que nadie osa pronunciarla más, se le considera un movimiento sentimental que empuja a escribir y conduce donde quiere. En tanto no sea a la pequeña paterna individual…”
“En una ocasión en la editorial hubo un director literario que no debía responder a nadie. Hoy el director literario es también director editorial: no juzga ya sobre la base del valor sino sobre la demanda del marketing. Su juicio no es literario sino editorial y atiende a la rentabilidad y a las posibilidades de ser visible en los medios masivos. Por eso le llueve siempre al que se ha bañado: los libros se publican si dan garantía de proyección televisiva y cuando se publican se sabe de antemano que seguramente irán a la TV».
«Los otros pueden salir pero están destinados al olvido».
Parazzoli distingue entre escritores-chamanes («un medium que va buscando a tientas, puede gustarte o no, pero te marca irremediablemente»), escritores-juglares («aquel que entretiene al público, el caso más frecuente hoy día») y los escritores-homo faber («que ha desaparecido, porque tenía que ver con una ideología, digamos un poco al estilo Vittorini(3)»). Algunos acusan a las escuelas de escritura de producir solo autores-artistas, listos para el mercado.
«Si uno no tiene talento, se puede divertir, pero todo termina allí. Si hay talento, se nos puede enderezar y obtener fruto: pero la tarea de un taller de escritura es hacernos entender la utilidad de la literatura y también de las imitaciones, aprender los trucos del oficio, hacernos entender que incluso un escritor con talento debe trabajar, trabajar, trabajar».
Inventare un mondo, inventare l’altro mondo, che è quello della letteratura. In realtà, il titolo del nuovo libro di Ferruccio Parazzoli è Inventare il mondo (Garzanti, pp. 135, e 14). Un saggio a suo modo — con il sottotitolo «Teoria e pratica del racconto» — che non parla solo di tecniche narrative ma che è un percorso dentro le passioni di lettura di uno scrittore più che di uno studioso. Quindi, saggio a suo modo, testimonianza, racconto, a sua volta, di tanti incontri immaginari con i grandi autori: Dostoevskij, Flaubert, Tolstoj, Proust, Kafka, Céline, Beckett, Joyce, Hemingway, Ingeborg Bachmann, Kawabata e tanti altri. Non tutti ovvi, come sarebbe in un qualunque manuale di scrittura: qui ci sono anche Fruttero & Lucentini, Pontiggia, Moresco, Pincio, Saviano e persino Moccia e Melissa P. Senza puzze sotto il naso da accademici. «Perché — dice Parazzoli, seduto sul divano della sua casa milanese, che guarda dall’alto piazzale Loreto — la ripercussione, dai narratori che hanno fatto scuola, arriva fino a oggi ».
Il tutto per accompagnare il lettore (ma anche l’aspirante scrittore) nella creazione letteraria, nel sottile rapporto tra realtà e linguaggio, tra cronaca e narrazione, tra mondo reale e mondo immaginato. Romano di 74 anni, lunga carriera alla Mondadori come responsabile degli Oscar, autore di una decina di romanzi (ultimo Il tribunale dei bambini ), oltre che di indagini di argomento religioso, Parazzoli spazia con generosità nel fare letteratura, dando consigli a proposito del tabù della pagina bianca, della scansione, delle tonalità e dei ritmi narrativi, soffermandosi sui generi letterari, sulla posizione dell’io narrante nel racconto, sui dialoghi, sugli «attimi di verità» che si possono trarre dalla cronaca.
Già, come si usa la cronaca? «La cronaca, come i sentimenti, può essere utilizzata come strumento di arredamento: spesso i giallisti sbagliano, perché prendono un intreccio della realtà e lo travasano nella narrazione in modo orizzontale, facendone una pura questione di ricostruzione poliziesca degli eventi. È una paraletteratura bestselleristica mascherata da letteratura. Invece la cronaca può assumere una dimensione verticale, variare dall’abissale al sublime, acquisire un valore esistenziale ». E come si fa a distinguere l’orizzontale dal verticale? «La Bachmann individua nell’uso del linguaggio l’inevitabilità dello scrittore. La lingua, per uno scrittore, non è mai ovvia, scontata: la lingua dei gialli da classifica è morbida, penetrabile, adatta al mercato e al lettore debole, che vuole essere consolato o eccitato. Il lettore vero cerca nella letteratura un mezzo per decifrare il mondo e battersi contro il caos».
Il racconto, dice Parazzoli, nasce da uno «stato di tensione», da una concentrazione di energie. Questa tensione, che forse appartiene più alla vita che alla letteratura, precede le preoccupazioni strutturali. Il «brusio del mondo» è l’humus da cui germoglia l’opera letteraria. I consigli pratici di Parazzoli sono preziosi: dal bloc notes per gli appunti alla prima fase della scrittura, che serve a dar sfogo a quella prima energia, ai vari modi possibili «di attaccarsi al treno che corre» (l’ispirazione, diciamo). Una scaletta? «Oggi si sente forte la necessità di avere una specie di concept da cui si sviluppa la trama, ma quando nel pensiero di chi scrive subentrano le richieste dell’editoria, si parte male. L’editoria oggi vuole dei bollini da marketing, un marchio riconoscibile da vendere: vuole la violenza o il sublime, l’aggancio alla realtà o il suo opposto, la trama forte eccetera. L’idea, piccola o immensa, da cui nasce un’opera letteraria scatta invece nel punto esatto in cui la linea orizzontale dell’esperienza interseca quella verticale dell’arte. Per Pavese è il ronzio della mosca dentro a un bicchiere…». Quella che una volta si chiamava ispirazione: «Sì, oggi è una parola out, che nessuno osa più pronunciare, un moto sentimentale che ti spinge a scrivere e ti conduce dove vuole. Purché non sia il piccolo patema individuale… » .
L’editoria chiede più paraletteratura che letteratura? È così? «Una volta nell’editoria c’era il direttore letterario che non doveva rispondere a nessuno. Oggi il direttore letterario è anche direttore editoriale: non giudica più sulla base del valore ma sulle richieste del marketing. Il suo giudizio non è letterario ma editoriale e attiene alla vendibilità e alle possibilità di essere visibili nei mass media. Così succede che piove sempre sul bagnato: i libri si pubblicano se danno la garanzia di poter approdare alla televisione e quando si pubblicano si sa già che andranno sicuramente in tv».
E gli altri? «Gli altri magari escono ma sono destinati all’oblio». Parazzoli distingue tra scrittore-sciamano («un medium che va cercando a tentoni, può piacerti o no, ma ti segna irrimediabilmente»), scrittore-giullare («quello che intrattiene il pubblico, oggi è il caso più frequente») e scrittore- homo faber («che è scomparso, perché aveva a che fare con un’ideologia, diciamo un po’ alla Vittorini»). Qualcuno accusa le scuole di scrittura di produrre solo autori-intrattenitori, pronti per il mercato. Parazzoli ci crede, ai corsi creativi? «Se uno non ha talento, si può divertire, ma tutto finisce lì. Se il talento c’è, lo si può indirizzare e mettere a frutto: ma il compito di un corso di scrittura è far capire l’utilità della lettura e anche dell’imitazione, cogliere i trucchi del mestiere, far capire che anche uno scrittore di talento deve lavorare, lavorare, lavorare ».
Entre sus obras de tema religioso se encuentran: Indicios de la Crucifixión (1982), Jesús y las Mujeres (1989), ¿Creo? (1995) y Vida de Jesús (1999). Su más reciente trabajo de narrativa es MM Rossa (Mondadori, 2003). Tiene, por supuesto, escritos sobre Buda.
La inspiración ahora les da miedo: por eso la literatura se ha vuelto fingimiento
Cuenta la marca, no el valor de la obra: Parazzoli
Publicado en Il Corriere della Sera, por Paolo Di Stefano/ Trad. del italiano de Selene Hernández para Semanario Nuestro Tiempo y Letras desde Toluca.
Inventar un mundo, inventar otro mundo, es lo de la literatura. En realidad, el título del nuevo libro de Ferruccio Parazzoli es Inventar el mundo (Garzanti, pp. 135, e 14). Un ensayo, muy a su estilo –con el subtítulo Teoría y Práctica del cuento” – que no habla sólo de técnicas narrativas sino que es una ruta por las pasiones literarias de un escritor más que de un estudioso.
Así, es un ensayo a su modo, y a la vez testimonio y narración de tantos encuentros imaginarios con los grandes autores: Dostoievski, Flaubert, Tolstoi, Proust, Kafka, Céline, Beckett, Joyce, Hemingway, Ingeborg Bachmann, Kawabata y otros. Abordados no de forma obvia, como sucede en algún manual de escritura también están aquí Fruttero y Lucentini, Pontiggia, Moresco, Pincio, Saviano y hasta Moccia y Melissa P. Sin ese hedor bajo la nariz de los académicos. “Por qué – cuestiona Parazzoli desde un diván en su casa milanesa mirando desde lo alto la Piazzale Loreto(1) – la repercusión de los narradores que han formado escuela, sobrevive hasta a hoy”. Todo por acompañar al lector (pero también al escritor aspirante) en la creación literaria, en el sutil reporte entre la realidad y el lenguaje, entre la crónica y la narración, entre mundo real y mundo imaginado.
Romano de 74 años, larga carrera en Mondadori como responsable de los Oscar, autor de una decena de novelas (la última, El Tribunal de los Niños), así como de temas religiosos, Parazzoli recorre generosamente el quehacer literario aconsejando a propósito del tabú de la página blanca, de la exploración, de la tonalidad y de los ritmos narrativos, haciendo pausa en los géneros literarios, en la posición del Yo narrativo en el cuento, en los diálogos, en los “momentos de la verdad” que se pueden trazar desde la crónica.
¿Cómo se usa ahora la crónica?
“La crónica, como los sentimientos, puede ser utilizada como instrumento de arrendamiento: los amarillistas se equivocan al tomar un trozo de realidad y trasvasarlo en la narración de una manera horizontal, logrando una mera reconstrucción policiaca de los hechos. Es la paraliteratura bestsellerística enmascarada de literatura. En cambio, la crónica puede asumir una dimensión vertical, variar de lo abisal a lo sublime, adquirir un valor existencial.
¿Y cómo se distingue lo horizontal de lo vertical?
«Bachmann(2) separa en el uso del lenguaje la inevitabilidad del escritor. La lengua para un escritor no es tan obvia ni descontada: la lengua de los escritores de clasificados amarillistas es mórbida, penetrable, adaptada al mercado y al lector débil, que quieres ser consolado y excitado. El verdadero lector busca en la literatura un medio para descifrar el mundo y batirse contra el caos».
El cuento, dice Parazzoli, nace de un “estado de tensión”, de una concentración de energía. Esta tensión, que tal vez pertenece más a la vida que a la literatura, precede a las preocupaciones estructurales. Es el “zumbido del mundo”, el humus del cual brota la obra literaria. Los consejos literarios de Parazzoli son preciosos: van del bloc de notas a los apuntes, a la primera fase de la escritura que sirve para desfogar aquella primera energía, a los varios modos posibles “de pegarse al tren en movimiento” (a la inspiración, como decimos).
¿Hablamos de una escaleta?
“Hoy se siente fuerte la necesidad de contar con una especie de concepto desde el cual se desarrolle la trama pero cuando en el pensamiento de quien escribe se sustituye por las exigencias de la editorial, se empieza mal. La editorial hoy quiere calcomanías de marketing, una marca reconocida que vender: quiere la violencia o lo sublime, el acoplamiento a la realidad o su opuesto, la trama fuerte, etcétera. La idea, pequeña o inmensa de la cual nace una obra literaria encaja a veces en el punto exacto en la cual la línea horizontal de la experiencia intercepta a la vertical del arte. Para Pavese es el zumbido de la mosca dentro del vaso…”
Aquello que una vez se llamó inspiración: “Si, hoy inspiración es una palabra out, que nadie osa pronunciarla más, se le considera un movimiento sentimental que empuja a escribir y conduce donde quiere. En tanto no sea a la pequeña paterna individual…”
¿La editorial pide más paraliteratura que literatura? ¿Es así?
“En una ocasión en la editorial hubo un director literario que no debía responder a nadie. Hoy el director literario es también director editorial: no juzga ya sobre la base del valor sino sobre la demanda del marketing. Su juicio no es literario sino editorial y atiende a la rentabilidad y a las posibilidades de ser visible en los medios masivos. Por eso le llueve siempre al que se ha bañado: los libros se publican si dan garantía de proyección televisiva y cuando se publican se sabe de antemano que seguramente irán a la TV».
¿Y los otros?
«Los otros pueden salir pero están destinados al olvido».
Parazzoli distingue entre escritores-chamanes («un medium que va buscando a tientas, puede gustarte o no, pero te marca irremediablemente»), escritores-juglares («aquel que entretiene al público, el caso más frecuente hoy día») y los escritores-homo faber («que ha desaparecido, porque tenía que ver con una ideología, digamos un poco al estilo Vittorini(3)»). Algunos acusan a las escuelas de escritura de producir solo autores-artistas, listos para el mercado.
¿Parazzoli cree en los talleres creativos?
«Si uno no tiene talento, se puede divertir, pero todo termina allí. Si hay talento, se nos puede enderezar y obtener fruto: pero la tarea de un taller de escritura es hacernos entender la utilidad de la literatura y también de las imitaciones, aprender los trucos del oficio, hacernos entender que incluso un escritor con talento debe trabajar, trabajar, trabajar».
***
SAGGIO sulle tecniche narrative
L’ispirazione ormai fa paura: così la letteratura diventa finta
Parazzoli: conta il marchio, non il valore dell’opera
di Paolo Di Stefano
Inventare un mondo, inventare l’altro mondo, che è quello della letteratura. In realtà, il titolo del nuovo libro di Ferruccio Parazzoli è Inventare il mondo (Garzanti, pp. 135, e 14). Un saggio a suo modo — con il sottotitolo «Teoria e pratica del racconto» — che non parla solo di tecniche narrative ma che è un percorso dentro le passioni di lettura di uno scrittore più che di uno studioso. Quindi, saggio a suo modo, testimonianza, racconto, a sua volta, di tanti incontri immaginari con i grandi autori: Dostoevskij, Flaubert, Tolstoj, Proust, Kafka, Céline, Beckett, Joyce, Hemingway, Ingeborg Bachmann, Kawabata e tanti altri. Non tutti ovvi, come sarebbe in un qualunque manuale di scrittura: qui ci sono anche Fruttero & Lucentini, Pontiggia, Moresco, Pincio, Saviano e persino Moccia e Melissa P. Senza puzze sotto il naso da accademici. «Perché — dice Parazzoli, seduto sul divano della sua casa milanese, che guarda dall’alto piazzale Loreto — la ripercussione, dai narratori che hanno fatto scuola, arriva fino a oggi ».
Il tutto per accompagnare il lettore (ma anche l’aspirante scrittore) nella creazione letteraria, nel sottile rapporto tra realtà e linguaggio, tra cronaca e narrazione, tra mondo reale e mondo immaginato. Romano di 74 anni, lunga carriera alla Mondadori come responsabile degli Oscar, autore di una decina di romanzi (ultimo Il tribunale dei bambini ), oltre che di indagini di argomento religioso, Parazzoli spazia con generosità nel fare letteratura, dando consigli a proposito del tabù della pagina bianca, della scansione, delle tonalità e dei ritmi narrativi, soffermandosi sui generi letterari, sulla posizione dell’io narrante nel racconto, sui dialoghi, sugli «attimi di verità» che si possono trarre dalla cronaca.
Già, come si usa la cronaca? «La cronaca, come i sentimenti, può essere utilizzata come strumento di arredamento: spesso i giallisti sbagliano, perché prendono un intreccio della realtà e lo travasano nella narrazione in modo orizzontale, facendone una pura questione di ricostruzione poliziesca degli eventi. È una paraletteratura bestselleristica mascherata da letteratura. Invece la cronaca può assumere una dimensione verticale, variare dall’abissale al sublime, acquisire un valore esistenziale ». E come si fa a distinguere l’orizzontale dal verticale? «La Bachmann individua nell’uso del linguaggio l’inevitabilità dello scrittore. La lingua, per uno scrittore, non è mai ovvia, scontata: la lingua dei gialli da classifica è morbida, penetrabile, adatta al mercato e al lettore debole, che vuole essere consolato o eccitato. Il lettore vero cerca nella letteratura un mezzo per decifrare il mondo e battersi contro il caos».
Il racconto, dice Parazzoli, nasce da uno «stato di tensione», da una concentrazione di energie. Questa tensione, che forse appartiene più alla vita che alla letteratura, precede le preoccupazioni strutturali. Il «brusio del mondo» è l’humus da cui germoglia l’opera letteraria. I consigli pratici di Parazzoli sono preziosi: dal bloc notes per gli appunti alla prima fase della scrittura, che serve a dar sfogo a quella prima energia, ai vari modi possibili «di attaccarsi al treno che corre» (l’ispirazione, diciamo). Una scaletta? «Oggi si sente forte la necessità di avere una specie di concept da cui si sviluppa la trama, ma quando nel pensiero di chi scrive subentrano le richieste dell’editoria, si parte male. L’editoria oggi vuole dei bollini da marketing, un marchio riconoscibile da vendere: vuole la violenza o il sublime, l’aggancio alla realtà o il suo opposto, la trama forte eccetera. L’idea, piccola o immensa, da cui nasce un’opera letteraria scatta invece nel punto esatto in cui la linea orizzontale dell’esperienza interseca quella verticale dell’arte. Per Pavese è il ronzio della mosca dentro a un bicchiere…». Quella che una volta si chiamava ispirazione: «Sì, oggi è una parola out, che nessuno osa più pronunciare, un moto sentimentale che ti spinge a scrivere e ti conduce dove vuole. Purché non sia il piccolo patema individuale… » .
L’editoria chiede più paraletteratura che letteratura? È così? «Una volta nell’editoria c’era il direttore letterario che non doveva rispondere a nessuno. Oggi il direttore letterario è anche direttore editoriale: non giudica più sulla base del valore ma sulle richieste del marketing. Il suo giudizio non è letterario ma editoriale e attiene alla vendibilità e alle possibilità di essere visibili nei mass media. Così succede che piove sempre sul bagnato: i libri si pubblicano se danno la garanzia di poter approdare alla televisione e quando si pubblicano si sa già che andranno sicuramente in tv».
E gli altri? «Gli altri magari escono ma sono destinati all’oblio». Parazzoli distingue tra scrittore-sciamano («un medium che va cercando a tentoni, può piacerti o no, ma ti segna irrimediabilmente»), scrittore-giullare («quello che intrattiene il pubblico, oggi è il caso più frequente») e scrittore- homo faber («che è scomparso, perché aveva a che fare con un’ideologia, diciamo un po’ alla Vittorini»). Qualcuno accusa le scuole di scrittura di produrre solo autori-intrattenitori, pronti per il mercato. Parazzoli ci crede, ai corsi creativi? «Se uno non ha talento, si può divertire, ma tutto finisce lì. Se il talento c’è, lo si può indirizzare e mettere a frutto: ma il compito di un corso di scrittura è far capire l’utilità della lettura e anche dell’imitazione, cogliere i trucchi del mestiere, far capire che anche uno scrittore di talento deve lavorare, lavorare, lavorare ».
Notas de la traductora:
Ferruccio Parazzoli nació en Roma en 1935, es autor de numerosas novelas, entre ellas La vuelta al mundo (finalista del Premio Campiello, 1977), Carolina de los milagros (1979, publicado por vez primera en episodios en “Familia Cristian”), Aves del Paraíso (finalista en el Premio Campiello, 1982), El jardín de las Rosas (quinto Premio Strega, 1985), La desnudez y la Espada (1990), La Cámara Alta (1998), Nadie Muere (2001).
Entre sus obras de tema religioso se encuentran: Indicios de la Crucifixión (1982), Jesús y las Mujeres (1989), ¿Creo? (1995) y Vida de Jesús (1999). Su más reciente trabajo de narrativa es MM Rossa (Mondadori, 2003). Tiene, por supuesto, escritos sobre Buda.
(1) Piazzale Loreto fue lugar de dos eventos importantes en la historia de Italia durante la Segunda Guerra Mundial, el 10 de agosto de 1944 los fascistas fusilaron a quince partisanos y antifascistas. Al año siguiente durante la captura y ejecución de Mussolini, Piazzale Loreto se volvió un lugar simbólico: el 29 de abril, en la esquina con vía Buenos Aires, se expusieron los cadáveres de Benito Mussolini, Claretta Petacci, además del de otros exponentes de la República Socialista Italiana.
(2) Ingeborg Bachmann: (Klagenfurt (Austria), 25 de junio de 1926 – † Roma (Italia), 17 de octubre de 1973) fue una poeta y autora austríaca y una de las más destacadas escritoras en lengua alemana del siglo XX.
(3) Elio Vittorini: inquieto y rebelde desde joven, se fugó de casa varias veces “para ver el mundo”. Dejó la escuela a la edad de 17 años; aprendió inglés mientras trabajaba como corrector de pruebas y, en 1924, frecuentó círculos anarquistas siracusanos en la lucha contra el fascismo; dirigió la revista Il Politecnico (1945-1947) y, con Italo Calvino, la revista literaria Menabo (1959-1966); se casó con la hermana pequeña del poeta Salvatore Quasimodo. Se estableció en Gorizia, donde encontró trabajo en una constructora. En 1926 publicó un artículo político en la revista La Conquista del Estado, asumiendo posiciones de fascismo antiburgués. En 1927, gracias a la amistad de Curzio Malaparte, comienza a colaborar en La Stampa y publica La fiera letteraria. Se volvió, al igual que Cesare Pavese, un pionero en la traducción de escritores estadounidenses e ingleses al italiano. Rompió con la literatura del ochocientos y de la anteguerra con novelas situadas dentro del Neorrealismo, que reflejan la experiencia italiana del fascismo y las agonías sociales, políticas y espirituales del siglo XX. Conversación en Sicilia (1941), la cual claramente expresa sus sentimientos antifascistas, es considerada su novela más importante.
La inspiración ahora les da miedo: por eso la literatura se ha vuelto fingimiento
Cuenta la marca, no el valor de la obra: Parazzoli
Publicado en Il Corriere della Sera, por Paolo Di Stefano/ Trad. del italiano de Selene Hernández para Semanario Nuestro Tiempo y Letras desde Toluca.
Inventar un mundo, inventar otro mundo, es lo de la literatura. En realidad, el título del nuevo libro de Ferruccio Parazzoli es Inventar el mundo (Garzanti, pp. 135, e 14). Un ensayo, muy a su estilo –con el subtítulo Teoría y Práctica del cuento” – que no habla sólo de técnicas narrativas sino que es una ruta por las pasiones literarias de un escritor más que de un estudioso.
Así, es un ensayo a su modo, y a la vez testimonio y narración de tantos encuentros imaginarios con los grandes autores: Dostoievski, Flaubert, Tolstoi, Proust, Kafka, Céline, Beckett, Joyce, Hemingway, Ingeborg Bachmann, Kawabata y otros. Abordados no de forma obvia, como sucede en algún manual de escritura también están aquí Fruttero y Lucentini, Pontiggia, Moresco, Pincio, Saviano y hasta Moccia y Melissa P. Sin ese hedor bajo la nariz de los académicos. “Por qué – cuestiona Parazzoli desde un diván en su casa milanesa mirando desde lo alto la Piazzale Loreto(1) – la repercusión de los narradores que han formado escuela, sobrevive hasta a hoy”. Todo por acompañar al lector (pero también al escritor aspirante) en la creación literaria, en el sutil reporte entre la realidad y el lenguaje, entre la crónica y la narración, entre mundo real y mundo imaginado.
Romano de 74 años, larga carrera en Mondadori como responsable de los Oscar, autor de una decena de novelas (la última, El Tribunal de los Niños), así como de temas religiosos, Parazzoli recorre generosamente el quehacer literario aconsejando a propósito del tabú de la página blanca, de la exploración, de la tonalidad y de los ritmos narrativos, haciendo pausa en los géneros literarios, en la posición del Yo narrativo en el cuento, en los diálogos, en los “momentos de la verdad” que se pueden trazar desde la crónica.
¿Cómo se usa ahora la crónica?
“La crónica, como los sentimientos, puede ser utilizada como instrumento de arrendamiento: los amarillistas se equivocan al tomar un trozo de realidad y trasvasarlo en la narración de una manera horizontal, logrando una mera reconstrucción policiaca de los hechos. Es la paraliteratura bestsellerística enmascarada de literatura. En cambio, la crónica puede asumir una dimensión vertical, variar de lo abisal a lo sublime, adquirir un valor existencial.
¿Y cómo se distingue lo horizontal de lo vertical?
«Bachmann(2) separa en el uso del lenguaje la inevitabilidad del escritor. La lengua para un escritor no es tan obvia ni descontada: la lengua de los escritores de clasificados amarillistas es mórbida, penetrable, adaptada al mercado y al lector débil, que quieres ser consolado y excitado. El verdadero lector busca en la literatura un medio para descifrar el mundo y batirse contra el caos».
El cuento, dice Parazzoli, nace de un “estado de tensión”, de una concentración de energía. Esta tensión, que tal vez pertenece más a la vida que a la literatura, precede a las preocupaciones estructurales. Es el “zumbido del mundo”, el humus del cual brota la obra literaria. Los consejos literarios de Parazzoli son preciosos: van del bloc de notas a los apuntes, a la primera fase de la escritura que sirve para desfogar aquella primera energía, a los varios modos posibles “de pegarse al tren en movimiento” (a la inspiración, como decimos).
¿Hablamos de una escaleta?
“Hoy se siente fuerte la necesidad de contar con una especie de concepto desde el cual se desarrolle la trama pero cuando en el pensamiento de quien escribe se sustituye por las exigencias de la editorial, se empieza mal. La editorial hoy quiere calcomanías de marketing, una marca reconocida que vender: quiere la violencia o lo sublime, el acoplamiento a la realidad o su opuesto, la trama fuerte, etcétera. La idea, pequeña o inmensa de la cual nace una obra literaria encaja a veces en el punto exacto en la cual la línea horizontal de la experiencia intercepta a la vertical del arte. Para Pavese es el zumbido de la mosca dentro del vaso…”
Aquello que una vez se llamó inspiración: “Si, hoy inspiración es una palabra out, que nadie osa pronunciarla más, se le considera un movimiento sentimental que empuja a escribir y conduce donde quiere. En tanto no sea a la pequeña paterna individual…”
¿La editorial pide más paraliteratura que literatura? ¿Es así?
“En una ocasión en la editorial hubo un director literario que no debía responder a nadie. Hoy el director literario es también director editorial: no juzga ya sobre la base del valor sino sobre la demanda del marketing. Su juicio no es literario sino editorial y atiende a la rentabilidad y a las posibilidades de ser visible en los medios masivos. Por eso le llueve siempre al que se ha bañado: los libros se publican si dan garantía de proyección televisiva y cuando se publican se sabe de antemano que seguramente irán a la TV».
¿Y los otros?
«Los otros pueden salir pero están destinados al olvido».
Parazzoli distingue entre escritores-chamanes («un medium que va buscando a tientas, puede gustarte o no, pero te marca irremediablemente»), escritores-juglares («aquel que entretiene al público, el caso más frecuente hoy día») y los escritores-homo faber («que ha desaparecido, porque tenía que ver con una ideología, digamos un poco al estilo Vittorini(3)»). Algunos acusan a las escuelas de escritura de producir solo autores-artistas, listos para el mercado.
¿Parazzoli cree en los talleres creativos?
«Si uno no tiene talento, se puede divertir, pero todo termina allí. Si hay talento, se nos puede enderezar y obtener fruto: pero la tarea de un taller de escritura es hacernos entender la utilidad de la literatura y también de las imitaciones, aprender los trucos del oficio, hacernos entender que incluso un escritor con talento debe trabajar, trabajar, trabajar».
***
SAGGIO sulle tecniche narrative
L’ispirazione ormai fa paura: così la letteratura diventa finta
Parazzoli: conta il marchio, non il valore dell’opera
di Paolo Di Stefano
Inventare un mondo, inventare l’altro mondo, che è quello della letteratura. In realtà, il titolo del nuovo libro di Ferruccio Parazzoli è Inventare il mondo (Garzanti, pp. 135, e 14). Un saggio a suo modo — con il sottotitolo «Teoria e pratica del racconto» — che non parla solo di tecniche narrative ma che è un percorso dentro le passioni di lettura di uno scrittore più che di uno studioso. Quindi, saggio a suo modo, testimonianza, racconto, a sua volta, di tanti incontri immaginari con i grandi autori: Dostoevskij, Flaubert, Tolstoj, Proust, Kafka, Céline, Beckett, Joyce, Hemingway, Ingeborg Bachmann, Kawabata e tanti altri. Non tutti ovvi, come sarebbe in un qualunque manuale di scrittura: qui ci sono anche Fruttero & Lucentini, Pontiggia, Moresco, Pincio, Saviano e persino Moccia e Melissa P. Senza puzze sotto il naso da accademici. «Perché — dice Parazzoli, seduto sul divano della sua casa milanese, che guarda dall’alto piazzale Loreto — la ripercussione, dai narratori che hanno fatto scuola, arriva fino a oggi ».
Il tutto per accompagnare il lettore (ma anche l’aspirante scrittore) nella creazione letteraria, nel sottile rapporto tra realtà e linguaggio, tra cronaca e narrazione, tra mondo reale e mondo immaginato. Romano di 74 anni, lunga carriera alla Mondadori come responsabile degli Oscar, autore di una decina di romanzi (ultimo Il tribunale dei bambini ), oltre che di indagini di argomento religioso, Parazzoli spazia con generosità nel fare letteratura, dando consigli a proposito del tabù della pagina bianca, della scansione, delle tonalità e dei ritmi narrativi, soffermandosi sui generi letterari, sulla posizione dell’io narrante nel racconto, sui dialoghi, sugli «attimi di verità» che si possono trarre dalla cronaca.
Già, come si usa la cronaca? «La cronaca, come i sentimenti, può essere utilizzata come strumento di arredamento: spesso i giallisti sbagliano, perché prendono un intreccio della realtà e lo travasano nella narrazione in modo orizzontale, facendone una pura questione di ricostruzione poliziesca degli eventi. È una paraletteratura bestselleristica mascherata da letteratura. Invece la cronaca può assumere una dimensione verticale, variare dall’abissale al sublime, acquisire un valore esistenziale ». E come si fa a distinguere l’orizzontale dal verticale? «La Bachmann individua nell’uso del linguaggio l’inevitabilità dello scrittore. La lingua, per uno scrittore, non è mai ovvia, scontata: la lingua dei gialli da classifica è morbida, penetrabile, adatta al mercato e al lettore debole, che vuole essere consolato o eccitato. Il lettore vero cerca nella letteratura un mezzo per decifrare il mondo e battersi contro il caos».
Il racconto, dice Parazzoli, nasce da uno «stato di tensione», da una concentrazione di energie. Questa tensione, che forse appartiene più alla vita che alla letteratura, precede le preoccupazioni strutturali. Il «brusio del mondo» è l’humus da cui germoglia l’opera letteraria. I consigli pratici di Parazzoli sono preziosi: dal bloc notes per gli appunti alla prima fase della scrittura, che serve a dar sfogo a quella prima energia, ai vari modi possibili «di attaccarsi al treno che corre» (l’ispirazione, diciamo). Una scaletta? «Oggi si sente forte la necessità di avere una specie di concept da cui si sviluppa la trama, ma quando nel pensiero di chi scrive subentrano le richieste dell’editoria, si parte male. L’editoria oggi vuole dei bollini da marketing, un marchio riconoscibile da vendere: vuole la violenza o il sublime, l’aggancio alla realtà o il suo opposto, la trama forte eccetera. L’idea, piccola o immensa, da cui nasce un’opera letteraria scatta invece nel punto esatto in cui la linea orizzontale dell’esperienza interseca quella verticale dell’arte. Per Pavese è il ronzio della mosca dentro a un bicchiere…». Quella che una volta si chiamava ispirazione: «Sì, oggi è una parola out, che nessuno osa più pronunciare, un moto sentimentale che ti spinge a scrivere e ti conduce dove vuole. Purché non sia il piccolo patema individuale… » .
L’editoria chiede più paraletteratura che letteratura? È così? «Una volta nell’editoria c’era il direttore letterario che non doveva rispondere a nessuno. Oggi il direttore letterario è anche direttore editoriale: non giudica più sulla base del valore ma sulle richieste del marketing. Il suo giudizio non è letterario ma editoriale e attiene alla vendibilità e alle possibilità di essere visibili nei mass media. Così succede che piove sempre sul bagnato: i libri si pubblicano se danno la garanzia di poter approdare alla televisione e quando si pubblicano si sa già che andranno sicuramente in tv».
E gli altri? «Gli altri magari escono ma sono destinati all’oblio». Parazzoli distingue tra scrittore-sciamano («un medium che va cercando a tentoni, può piacerti o no, ma ti segna irrimediabilmente»), scrittore-giullare («quello che intrattiene il pubblico, oggi è il caso più frequente») e scrittore- homo faber («che è scomparso, perché aveva a che fare con un’ideologia, diciamo un po’ alla Vittorini»). Qualcuno accusa le scuole di scrittura di produrre solo autori-intrattenitori, pronti per il mercato. Parazzoli ci crede, ai corsi creativi? «Se uno non ha talento, si può divertire, ma tutto finisce lì. Se il talento c’è, lo si può indirizzare e mettere a frutto: ma il compito di un corso di scrittura è far capire l’utilità della lettura e anche dell’imitazione, cogliere i trucchi del mestiere, far capire che anche uno scrittore di talento deve lavorare, lavorare, lavorare ».
Notas de la traductora:
Ferruccio Parazzoli nació en Roma en 1935, es autor de numerosas novelas, entre ellas La vuelta al mundo (finalista del Premio Campiello, 1977), Carolina de los milagros (1979, publicado por vez primera en episodios en “Familia Cristian”), Aves del Paraíso (finalista en el Premio Campiello, 1982), El jardín de las Rosas (quinto Premio Strega, 1985), La desnudez y la Espada (1990), La Cámara Alta (1998), Nadie Muere (2001).
Entre sus obras de tema religioso se encuentran: Indicios de la Crucifixión (1982), Jesús y las Mujeres (1989), ¿Creo? (1995) y Vida de Jesús (1999). Su más reciente trabajo de narrativa es MM Rossa (Mondadori, 2003). Tiene, por supuesto, escritos sobre Buda.
(1) Piazzale Loreto fue lugar de dos eventos importantes en la historia de Italia durante la Segunda Guerra Mundial, el 10 de agosto de 1944 los fascistas fusilaron a quince partisanos y antifascistas. Al año siguiente durante la captura y ejecución de Mussolini, Piazzale Loreto se volvió un lugar simbólico: el 29 de abril, en la esquina con vía Buenos Aires, se expusieron los cadáveres de Benito Mussolini, Claretta Petacci, además del de otros exponentes de la República Socialista Italiana.
(2) Ingeborg Bachmann: (Klagenfurt (Austria), 25 de junio de 1926 – † Roma (Italia), 17 de octubre de 1973) fue una poeta y autora austríaca y una de las más destacadas escritoras en lengua alemana del siglo XX.
(3) Elio Vittorini: inquieto y rebelde desde joven, se fugó de casa varias veces “para ver el mundo”. Dejó la escuela a la edad de 17 años; aprendió inglés mientras trabajaba como corrector de pruebas y, en 1924, frecuentó círculos anarquistas siracusanos en la lucha contra el fascismo; dirigió la revista Il Politecnico (1945-1947) y, con Italo Calvino, la revista literaria Menabo (1959-1966); se casó con la hermana pequeña del poeta Salvatore Quasimodo. Se estableció en Gorizia, donde encontró trabajo en una constructora. En 1926 publicó un artículo político en la revista La Conquista del Estado, asumiendo posiciones de fascismo antiburgués. En 1927, gracias a la amistad de Curzio Malaparte, comienza a colaborar en La Stampa y publica La fiera letteraria. Se volvió, al igual que Cesare Pavese, un pionero en la traducción de escritores estadounidenses e ingleses al italiano. Rompió con la literatura del ochocientos y de la anteguerra con novelas situadas dentro del Neorrealismo, que reflejan la experiencia italiana del fascismo y las agonías sociales, políticas y espirituales del siglo XX. Conversación en Sicilia (1941), la cual claramente expresa sus sentimientos antifascistas, es considerada su novela más importante.