Preludio del adiós

* Como si Eruviel Ávila fuera el único culpable, la Federación “aconsejó” la imposición de Canales. Ese mismo aparato que administra el priista Enrique Peña ha gobernado el territorio mexiquense por más de ocho décadas y desde que el tío del actual presidente estaba como mandatario en la entidad, Arturo Montiel, el fenómeno del narcotráfico y la impunidad se manifestaron con fuerza.

 

Miguel Alvarado

Prontamente el Estado de México se llenó de combatientes. Más de dos mil agentes, militares, marinos y encubiertos patrullan las zonas más peligrosas, según mapas e intereses del gobierno federal, ahora a cargo de la seguridad pública. Hoy, hasta órdenes de cateo solicitadas y emitidas por internet deberán agilizar la aplicación de la ley, según el panorama que plantea el nuevo titular de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, Damián Canales, un policía calificado como duro pero con un pasado que lo exhibe y siembra dudas acerca de su capacidad como funcionario público. La anterior secretaria, Rocío Alonso, propuesta del Ejecutivo mexiquense Eruviel Ávila, pasó por la dependencia con silenciosa irresponsabilidad. En su periodo, que duró cerca de tres meses, los índices de inseguridad se dispararon dejando al Edomex virtualmente en el primer lugar de todas las modalidades de crimen.

Como si Eruviel Ávila fuera el único culpable, la Federación “aconsejó” la imposición de Canales. Ese mismo aparato que administra el priista Enrique Peña ha gobernado el territorio mexiquense por más de ocho décadas y desde que el tío del actual presidente estaba como mandatario en la entidad, Arturo Montiel, el fenómeno del narcotráfico y la impunidad se manifestaron con fuerza. Montiel fue el creador de los Golden Boy´s, grupo de jóvenes yuppies que tenían como primer encargo servir al ex mandatario y luego formar cuadros políticos que apuntalaran un futuro todavía más prometedor. Allí estaban, rodeando al tío, el propio Peña, Luis Miranda Nava, Ernesto Némer, Ana Lilia Herrera y María Elena Barrera, entre otros, todos ellos ahora mencionados para suceder a Eruviel en un relevo que ya se cocinó desde Los Pinos. Otro incondicional de Montiel, aunque más que de él, de su ex esposa, la francesa Maude Versini, ha entrado a las listas de posibles gobernadores, Alfonso Navarrete Prida, ex procurador del Estado de México y actual mente secretario del Trabajo federal. Otra de las manos fuertes del peñismo gobierna Michoacán con mano extraña, también fue ex procurador del Edomex, Alfredo Castillo.

Damián Canales fue enviado para bajar los índices delictivos y aunque él mismo ha dicho que no se puede comprometer a nada, también afirma que “no le vamos a fallar a la gente”, como si algún ciudadano, uno solo, lo hubiera solicitado. Si se acepta que a la clase política gobernante en México no le interesa en absoluto el bien común y que ejerce para apuntalar y expandir sus propios intereses, se debe entender que Michoacán y el Estado de México experimentan un reordenamiento en la administración del narcotráfico y en la actividad electoral por venir. Ningún tipo de crimen organizado sería posible sin la participación activa de las autoridades. Quienes gobiernan lo saben. El cambio de gerencia en el narco es evidente. Valle de Bravo, de pronto capital alternativa de los cárteles de La Familia y los propios Templarios en el Estado de México está bajo fuego y las 82 ejecuciones que hasta febrero se registraban en la entidad confirman que el narco se ha asentado en todo el territorio, donde ahora los Zetas comienzan a pelear plazas.

El trabajo de Canales es encontrar un orden cuando las milicias sofoquen la rebelión de los criminales que ya no obedecen a las reglas tradicionales de colaboración. El nuevo secretario de Seguridad Ciudadana se ha preocupado, primero, por aparecer en público y filtrar un discurso comprometido con la eficacia. El gobierno federal sabe que dejar de hablar de un tema desintegra en gran parte su impacto social. A Canales, si le falla su plan, pues debe tenerlo, le bastará con guardar silencio. Era jefe de la División de Investigaciones de la Policía Federal en el 2013, donde jugaba el papel de allegado del recién renunciado Comisionado Nacional de Seguridad, Manuel Mondragón. A Canales se le vincula con La Hermandad, legendario grupo que controla en la Secretaría de Seguridad Pública del DF la asignación de cargos y trafica con influencias desde la década de los años 70. En el 2013, la policía federal fue “invadida” por antiguos mandos de La Hermanada, a la que se les entregó cargos e influencias. Canales también era jefe de la División de Investigación y jefe de la Policía Judicial del DF, en la época de López Obrador.

Trabajó también en Hidalgo cuando el actual secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong era mandatario de aquella entidad. Damián fue secretario de Seguridad Pública y en aquel estado se le cuestionó a su administración por presuntas relaciones con cárteles del narcotráfico como los Zetas. Cuando rompe con ellos, los persigue y encarcela pero facilita por otro lado salidas y protecciones. Damián, sin embargo, hizo público que los Zetas lo habían amenazado de muerte debido a las detenciones realizadas. Incluso policías de Hidalgo aseguraban que el actual secretario de Seguridad del Edomex había sido secuestrado por integrantes de la propia policía de Hidalgo cuando no pudieron llegar a acuerdos sobre el reparto del poder dentro de la instancia.

Como casi todos los jefes policiacos y procuradores que han llegado últimamente, Canales no se salva de su pasado, pero el problema de la inseguridad en el Edomex es distinto debido al poder político que representa la entidad gobernada anteriormente por el grupo de Peña Nieto. El Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, por ejemplo, acusa al gobierno mexiquense de maquillar cifras acerca de la violencia. “De acuerdo con el estudio La inseguridad en el Estado de México y el cerco criminal de la capital del país”, dicha manipulación es el primer problema para determinar la realidad de la seguridad en el Estado de México, pues las cifras no son confiables. El Consejo pone como primer ejemplo los reportes de los años 1997 y 1998 y de 2001 a 2011, en los cuales la PGJEM indicó que no se registraron denuncias por extorsiones, calificando en reporte como improbable. Otro de los delitos en los cuales se acusa al gobierno estatal de maquillar las cifras es en el delito de homicidio doloso, pues entre 1997 y 2006 en promedio se registraban dos mil 700 homicidios por año. De pronto se produjo un “milagro”: en 2007 los homicidios bajaron 59 por ciento respecto a 2006, en el 2007 el índice presentó una baja, justo cuando el entonces gobernador Enrique Peña Nieto, aspiraba a contender por la presidencia del país, reducción que mejoraría su imagen. El Consejo revela que las cifras proporcionadas por el gobierno contrastan con las del INEGI, pues este último reporta 83 por ciento más que la PGJEM”, apunta el diario local Alfa.

Al actual gobernador mexiquense, Eruviel Ávila, se le concede poco tiempo en su cargo. Los relevos están decididos y algunos aseguran que sería la Semana Santa del 2014 cuando el de Ecatepec deje su responsabilidad. La salida del mandatario no garantiza que la inseguridad baje, así como la presencia de Canales al frente de la SSC tampoco es síntoma de querer mejorar. El movimiento en Seguridad responde más bien al entorno político y proyectos de grupo que nada tienen que ver con el bienestar social. El Edomex es un enorme negocio que se prepara para abrir las puertas de cara a las elecciones del 2015. Para eso los movimientos y nada más.

El Barco Ebrio

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Luis Miranda Nava, el activo subsecretario de Gobernación de Enrique Peña Nieto, anda paseando por la ciudad que lo vio nacer políticamente. Y es que a Luis se le menciona constantemente como el relevo de Eruviel Ávila en la gubernatura del Estado de México. Pero mientras también atiende su vida privada en Toluca, dicen los vecinos de la colonia Granjas, mandó cerrar los baños Grand Vía para apapacharse él solo, como Dios manda y hacerse todo tipo de manicura.

 

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El hombre comparte gustos obsesivos por la exclusividad, aunque aquellos baños, remodelados y todo, de exclusivo sólo tienen el calendario personalizado que regala la gerencia cada Año Nuevo. Esta columna considera que si Luis Miranda será el nuevo gobernador del Edomex, haiga sido como haiga sido, deberá cuidar esos pequeños detalles porque eso lo ubicará en metas más elevadas, como suceder a Peña Nieto, por ejemplo.

 

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La historia chusca de los funcionarios del Edomex que gustan de alquilar todo un centro comercial para ellos y sus egos enormes, indica que el ahora secretario de Hacienda, Luis Videgaray, iba al Sport City en Metepec, cuando trabajaba para el gobierno del Edomex, a hacer sus matinales ejercicios junto con su cohorte de guaruras y también ordenaba que el exclusivo gimnasio colocara en sus puertas el letrero de “ocupado”. Bueno, sí, parecía un baño, como esos del Grand Vía.

 

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Que los funcionarios se bañen en el Grand Vía o hagan ejercicio en las bicis coloradas del Sport City a la ciudadanía le tiene sin cuidado. Es más, como dicen los testigos de aquellos aquelarres de autocomplacencia, deberían bañarse y hacer deporte más seguido. Lo que verdaderamente importa es su conducta y razonamientos en cuestiones públicas. Nadie los quiere porque no trabajan para la ciudanía sino para un personalísimo proyecto político que encabeza su jefe -¿será el jefe?- el presidente Peña.

 

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Uno de los que se menciona como sucesor de Eruviel Ávila, no se sabe quién, se presentó en Ixtapan de la Sal, en tiempos de cuando los hermanos Beltrán Leyva, conocidos narcotraficantes, eran despedazados por las fuerzas del bien y la justicia, hace algunos ayeres. Este funcionario, muy adepto al fraccionamiento Grand Reserva, donde las grandes personalidades políticas del país tienen una casa, chica o grande, dio instrucciones para que la propiedad que mantenían allí los Beltrán le fueran adjudicados a él y nada más que a él. Siguió todo un trámite legal para que no hubiera problemas, pero al final consiguió su objetivo y dejó sentir el “power”. La casa o lo que fuera debe de estar reluciente de bonita.

 

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La privatización del agua es un hecho consumado, aunque las letras pequeñitas todavía no las aprueban las camarillas en las cámaras. El proyecto, encargado al ex alcalde de Huixquilucan, David Korenfeld, y actual titular de la Conagua, circula ya en los partidos y en algunos sectores de la prensa. El formato es el mismo. México no puede hacerse cargo del agua, etcétera, como si fuera petróleo, etcétera, así que se otorgarán contratos o concesiones, etcétera, a quienes puedan hacerse cargo de la extracción y el reparto, etcétera, pero eso no significa que se privatice el vital líquido, como le dicen los reporteros de Toluca al agua.

 

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Las obras del tren que unirá Toluca al DF no serán fáciles. No por el trazo, que ya está más que planeado, o por la inversión, destinada también desde antes, sino por las compras de terrenos que deberán hacer, convenciendo a los dueños de que el progreso ha llegado. Un plan de desarrollo inmobiliario de ha gestado por años en torno a la carretera México-Toluca, donde han invertido las familias de siempre, las dueñas del dinero en México, específicamente por el rumbo de Axapusco. Allí los Hank, por ejemplo, han ido comprando por años pequeños pedazos de tierra que a la fecha, reunidos, forman todo un latifundio. ¿Por esos terrenos pasarán el tren, o están destinados para otra cosa?

 

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Óscar González, casi el único miembro del Partido del Trabajo en el Estado de México, quiere ser alcalde de su querido Metepec por segunda ocasión y para ello aprovecha cualquier cosa para salir en los medios locales. Por cierto, desde el PRD se menciona que González no ve con buenos ojos  a López Obrador y cuando se lo comentaron a AMLO, muy preocupado se limitó a preguntar que quién es Óscar González y que en qué equipo juega.

 

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López Obrador estuvo recientemente en el Senado, donde fue recibido por casi toda la bancada del PRD, incluyendo al senador Miguel Barbosa, coordinador de los amarillos. Fuera de micrófonos, le externó a AMLO su más cara admiración. Morena comienza a funcionar de otra manera, más visible y observado ya como partido político que espera recibir una desbandada de militantes de otras organizaciones que buscarán cobijo para sus proyectos y afinidades.

 

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Y como Óscar González quiere ser alcalde, deberá enterarse de que la administración de Carolina Monroy trae pleito casado con sus policías municipales. La esposa de Ernesto Nemer y alcaldesa de aquel lugar ha pedido agentes de Cusaem para encargarse de la seguridad pública, aunque le salga más caro. Y es que a la fecha sólo tiene cinco policías adscritos a la nómina del ayuntamiento. Las razones sólo ella las sabe pero pronto saldrán a la luz.

 

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Es evidente que el presidente de México, Enrique Peña, ha perdido peso. Nunca se le vio tan delgado como ahora, ni siquiera en la durísima campaña política que lo llevó a Los Pinos. Es tan extrema su condición que hasta las revistas rosas como Caras le dedica un artículo a su pérdida asegurando que se encuentra en perfecto estado de salud y que no pasa nada. Hace años se mencionaba en Toluca que Peña padecía un cáncer que se trataba con éxito. Nunca se comprobó aquello, aunque desde el propio PRI estatal juraran y perjuraran que Enrique sí estaba enfermo. Pobres, nadie les creyó. A ver ahora qué inventan.

Agresividad manifiesta

* Desconozco si el probable aviador esté cuantificado entre los 2 mil 610 profesores que cobran sin trabajar y que ubican al Estado de México en el nada honroso tercer lugar nacional del número de aviadores, reportado en el censo realizado por el INEGI, que cuantificó a 262 directores; mil 37 maestros frente a grupo; 717 de apoyo a la labor educativa; 301 prefectos; 34 intendentes; 132 supervisores y 70 administrativos, con lo que se sumaría uno más a la cuenta, llegando a 2 mil 611.

 

Luis Zamora Calzada

Los alumnos se amontonaron afuera, a un lado del zaguán de la escuela secundaria, era la hora de salida del turno vespertino. Conforme transcurrían los minutos llegaban más estudiantes, hombres y mujeres, de repente formaron un círculo. Se veían inquietos.

En el centro quedaron dos alumnas, vestían el uniforme de la escuela, eran de tercer grado según comentaron, se miraron fijamente, con coraje reflejado en sus rostros: “a ver, ¿por qué me dijiste zorra, cabrona?”, dijo una, a lo que le contestaron, “eso eres, date cuenta pinche puta”, simultáneamente una se arremangaba el suéter y la otra se lo quitaba.

Ya no hubo más palabras, se abalanzaron una contra la otra, jalándose los cabellos, aventándose golpes a la cara, se desgreñaron, la más pequeña logró conectar un derechazo en la nariz de su contrincante, quien empezó a sangrar.

Los espectadores, enardecidos gritaban: “rómpele la madre”, “no te dejes”, “quítale lo zorra”, entre otros, más de uno grababa la pelea en su celular, nadie intentaba separarlas, las azuzaban a golpearse más.

Surgido de la nada, una señora robusta se interpuso entre las dos, con sus brazos intento abrazar a la más golpeada, jalándola a la orilla de la banqueta porque en ese momento estaban ya en medio de la carretera, un grito de la multitud sonó “viene la sub, viene la sub”.

Así terminó la pelea, las seguidoras de ambas, en espacios opuestos se acercaron a ellas para alaciar el cabello, acomodar la ropa y entregar las mochilas resguardadas durante el intercambio de golpes y de repente, como por arte de magia, los alumnos desaparecieron, las rivales también.

La reforma educativa no incluyó ningún artículo que combata al respecto, queda para la creatividad secuestrada del maestro la implementación de estrategias que inhiban la agresividad manifiesta de dos niñas que rompen cualquier posición de romanticismo pedagógico colocando en tela de juicio la función educadora de la escuela pública.

 

Más uno

 

En mi corta estancia en el Instituto Superior de Ciencias de la Educación del Estado de México llamaron mi atención, entre otros, la génesis de los miedos que se imponen en educación fundada en la construcción paulatina de una figura de autoridad que castiga, manda, reprime, imponiéndose incluso, al margen de la ley, para llegar a esos temores que somete a amplios sectores del magisterio, quienes inmersos en el desconocimiento del Estado de Derecho facilitan que se perpetúen cotos de poder y estados de confort lamentables.

También es notorio que, de la lista del personal asignado, resalte al menos la ausencia de un docente que cobra pero que nadie conoce o de la contratación de parientes de los coordinadores y de muchos recomendados que no hacen investigación.

Desconozco si el probable aviador esté cuantificado entre los 2 mil 610 profesores que cobran sin trabajar y que ubican al Estado de México en el nada honroso tercer lugar nacional del número de aviadores, reportado en el censo realizado por el INEGI, que cuantificó a 262 directores; mil 37 maestros frente a grupo; 717 de apoyo a la labor educativa; 301 prefectos; 34 intendentes; 132 supervisores y 70 administrativos, con lo que se sumaría uno más a la cuenta, llegando a 2 mil 611.

Mientras se clarifican las sumas es lamentable que el secretario de Educación del Estado de México se enoje por el simulacro de seguridad contra balaceras, instrumentado en escuelas del municipio Los Reyes La Paz y anuncie una investigación para determinar su viabilidad.

Estos simulacros, según trascendió, incluyen adiestramiento y preparación para reaccionar ante una balacera, que se vuelven más cotidianos en nuestra entidad y que pueden salvar vidas de alumnos y maestros ante estas eventualidades, sobre todo en esas zonas donde la  seguridad ha fracasado.

El líder vitalicio

“Todos se robaban a todos y todos robaban a la empresa. Ferronales —empresa en la que los requisitos de ingreso fundamentales eran el parentesco o derecho de sangre, el más importante y que dio nacimiento a la llamada realeza ferrocarrilera, recomendación del líder sindical, compadrazgo, “parentesco” matrimonial y, de cuando en cuando porque tenía a su disposición personal 101 de las 711 plazas de confianza, el dedazo directo de la Gerencia General”, escribe el periodistas Francisco Cruz en su libro, Los Amos de la Mafia Sindical, publicad por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Amparado en la protección de los secretarios de Comunicaciones, Luis Gómez Zepeda se había tomado otras “pequeñas” licencias, como desaparecer el sistema de talleres de fundición para hacerse de un negocio personal con la chatarra de los ferrocarriles —de motores de las máquinas a las vías—. En el saqueo, escribió Leyva Piña, “algunos trabajadores participan como ‘hormiguitas’, poco a poquito se llevan lo que consideran que ‘está mal puesto’, desde alambre, estopa, instrumentos de trabajo, todo lo que sea posible para compensarse los bajos salarios. También es frecuente que los empleados de la vigilancia estén en complicidad con bandas de delincuentes para atracar los furgones de carga”.

Todos se robaban a todos y todos robaban a la empresa. Ferronales —empresa en la que los requisitos de ingreso fundamentales eran el parentesco o derecho de sangre, el más importante y que dio nacimiento a la llamada realeza ferrocarrilera, recomendación del líder sindical, compadrazgo, “parentesco” matrimonial y, de cuando en cuando porque tenía a su disposición personal 101 de las 711 plazas de confianza, el dedazo directo de la Gerencia General— fue aceptando como normales las prácticas corruptas desde el liderazgo sindical y administrativo, o desde la plaza en la categoría más baja del escalafón hasta la de más alta remuneración. Entre sindicalizados y de confianza, la corrupción era vista como una especie de complementación económica, una esperanza de vida. Como en ninguna otra empresa aplicaba el señalamiento “la corrupción somos todos”.

Por esa malsana normalidad nadie quiso mirar al pasado cuando en febrero de 1986 fue impuesto, en la Secretaría Nacional del Sindicato, un asesino convicto. Los oscuros hilos que tejen esta historia son contados por Fernando Miranda Servín en su libro La otra cara del líder. La historia de un capo sindical ferrocarrilero, de 1992, que dio paso en 1993 a La otra cara del líder. Otro delincuente en el sindicato, cuya edición fue financiada en su totalidad por el propio Víctor Flores, en aquella época el ambicioso tesorero del STFRM. A este libro seguiría, en 2006, el proyecto inconcluso de Un asesino en el sindicato, texto que, por falta de editores, fue dado a conocer al público a través de un blog en Internet con el mismo nombre. En este último documento, el autor reconocería y confesaría cómo y por qué aceptó escribir por encargo contra el entonces dirigente Praxedis Fraustro Esquivel, víctima en 1993 de un atentado con arma de fuego.

Hoy, ya sereno, amable como es desde siempre y en una vivienda modesta, muy alejado de la política sindical ferrocarrilera, Fernando acepta que no está muy orgulloso con la presentación de aquel texto en el que, “a petición de Víctor Flores”, hizo en la portada dos señalamientos mordaces y violentos que impactaron directo en los de por sí endebles cimientos ferrocarrileros y sacaron a la superficie el desbarajuste sindical: “Caso Lombardo —titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes— es homosexual: dice Praxedis Fraustro” y “otro delincuente en el sindicato ferrocarrilero”.

Bajo la premisa de que haber escrito un libro por encargo suele convertirse en un bumerán, Miranda Servín no se esconde ni agacha la cara: “cometí errores, es cierto; no estoy orgulloso de eso; sin embargo, pese a todos los señalamientos que me hicieron y siguen haciendo —traición, chantaje y extorsión, entre otros; además de una lista interminable de calificativos— ninguno de los líderes sindicales ni los ferrocarrileros me acusó de mentir. Por el contrario, el libro vendió y vendió muy bien porque la información salió de los obreros, porque estuve en las entrañas del sindicato y porque entre mediados de 1991 y principios de 1992 viví una contienda interna en la que dos delincuentes se disputaron la Secretaría Nacional.

”En la primera, segunda y tercera edición exhibí las corruptelas de la mafia sindical ferrocarrilera gomezetista, que, hasta ese momento, había ostentado el control absoluto de este sindicato. Luego, invitado por el mismo Praxedis, colaboré en su equipo de campaña ayudándole a redactar su plataforma política y algunos de sus discursos. Le ganamos al grupo charro de Gómez Zepeda, pero el esperado cambio nunca llegó, ya que Praxedis resultó ser igual que los anteriores secretarios y este hecho también lo expuse en la cuarta edición corregida y aumentada de La otra cara del líder.

”Pueden acusarme de ser mal escritor, de inconsistencias en la redacción y en las secuencias verbales, de haber acomodado mal la denuncia pública e incluso de usar un lenguaje poco apropiado, pero, transcurridos 20 años desde la primera aparición de estos libros de autor, nadie ha dicho que mentí. Ni siquiera se descalificó aquella polémica cita sobre Caso Lombardo. Todo estuvo apoyado en documentos internos del sindicato, que me proporcionaron ferrocarrileros cansados de la rapiña de la cúpula sindical”, sazonada por la presencia de un Víctor Flores que se elevaría hasta convertirse en el líder que es hoy.

Las luchas sórdidas del sindicato han acaparado muchas páginas de la prensa mexicana que validan la posición de Fernando: a fines de agosto de 1993, dos meses después de la aparición de la cuarta edición de La otra cara del líder, se hicieron señalamientos y acusaciones públicas para indagar a Gómez Zepeda, líder vitalicio del grupo Héroe de Nacozari y que de 1946 a 1992 —con la breve interrupción de Vallejo entre junio de 1958 y marzo de 1959— controló al sindicato ferrocarrilero; al veracruzano Peralta, líder de 1986 a 1989; y al secretario salinista de Comunicaciones y Transportes, Andrés Caso Lombardo, “ante la sospecha de que alguno o todos ellos pudieran tener” alguna responsabilidad en el atentado que costó la vida a Praxedis, como publicó la revista Proceso el día 23 en el reportaje “En el sindicato ferrocarrilero, disputa por el poder y la riqueza; trasfondo de la muerte de los líderes Lorenzo Duarte y Praxedis Fraustro”.

Enrique Isaac Fraustro, hijo del asesinado dirigente; Jesús Godoy Alvarado, jefe de seguridad; Francisco Peña Medina, responsable de prensa, y el abogado Juan Medardo Pérez cuestionaron el resultado de las investigaciones oficiales y aportaron informes para que la policía capturara a los verdaderos responsables del crimen. Enrique Isaac fue un poco más nítido en sus declaraciones a la revista: “Desde 1986, cuando Peralta Vargas fue secretario general del STFRM, una persona le dijo a mi papá que Víctor Flores había llegado de Monterrey con instrucciones de matarlo. Mi papá decidió presentar la denuncia, en la que responsabilizó a Peralta de lo que le pasara a él y a su familia”. Las declaraciones de Isaac Fraustro quedaron sepultadas en una maraña burocrática-judicial que avanzó poco, por no decir nada, en la investigación. Por otro lado, la peligrosidad de Peralta ha sido ratificada por muchos otros testimonios.

Credo

Christian Emmanuel Hernández Esquivel

Creo en Dios, todopoderoso,
creador del cielo y del infierno,
de todo lo visible y lo invisible.

Creo en Jesús como un personaje histórico,
nacido en Belém, hoy Palestina,
en tiempos de Herodes “El Grande”,
que fue crucificado en Judea, hoy Israel,
en tiempos de Poncio Pilatos
y de cuya vida se sabe solo lo que dejaron
los historiadores y El Vaticano.

No creo en la iglesia católica.
Niego toda virtud de sus jerarcas.
No creo en el “Juicio Final”.
Ni en el regreso de Jesús-Cristo.
No creo en la resurrección de los muertos.
De existir una “vida futura”
debe darse mediante la reencarnación.
El karma no perdona los pecados.
Tendrás que volver al mundo y experimentar
cientos de vidas diferentes
hasta tomar consciencia de tu lugar en el universo.

Amén.
* Maestro en Psicología y Licenciado en Letras Latinoamericanas por la UAEMex. También colabora en La Colmena, revista de la Universidad Autónoma del Estado de México, y escribe el blog http://www.hernandezesquivel.blogspot.com

Un globo del comandante Tacho

* Había visto al mismísimo Subcomandante Marcos muy de cerca. Pude conocer los Acuerdos de San Andrés. La vida en la selva a través de una vestimenta. Había escuchado las demandas, las tres señales que los entendidos dijeron no tuvieron eco en el gobierno. Esta visita me permitió recordar lo precavidos que son nuestros indígenas, quienes en caravana, nunca se separaron ni aceptaron otro hospedaje que aquel que se dispuso especialmente para ellos.

 

Selene Hernández León/ Publicado en el 2004
No recuerdo con exactitud cómo fue que me enteré que venían los zapatistas rumbo a la ciudad de México. Y que además visitarían Temoaya, Toluca y Metepec. Luego de algunos días todo mi mundo giraba en torno a la visita de gente que no conocía y con la cual ni siquiera compartía mi forma de entender el mundo. Lo cual, en ese tiempo, era un crimen total, lo mismo que no ser indígena.
En ese mes de febrero de 2001 rentaba un departamento en Metepec, en Infonavit San Francisco. Era un departamento sumamente sencillo pero cobijado por cuadros que mi compañero de cuarto pintaba sin cesar y por los que se había ganado el mote de “el Rembrand de nuestro tiempo” pues en todos los cuadros había un rostro conocido: el suyo.
Para mí, la carrera de sociología había descubierto la postura social, las diferencias. Y de las diferencias, lo insalvable. Pero también los grandes clichés de mi época.
Mi interés por los zapatistas se había reducido a una total apatía por la figura del general Zapata montado a caballo. Hombres así me recordaban a mi abuelo, un hombre neurótico y altanero que se había jugado en las cartas toda la herencia familiar. Y de quien, además de haber heredado el carácter, recuerdo su cuerpo espigado, recargando su silla contra la pared bajo el pórtico del rancho en Guanajuato. Por toda compañía sólo aceptaba una mesa metálica de la Corona en la que ponía además de su pistola, su sombrero. Todas las tardes se le servía una polla de jerez.
Para mi hermano pequeño y para mí la diversión era pasar frente a él para que nos gritara de groserías. Escondernos en la esquina de la casa y escucharlo cantar. Zapata era entonces un hombre de esa época lo que en mi memoria infantil se grabó como una figura represiva.
Creo que lo que me movió en realidad a acercarme al zapatismo se detonó el día que miré las fotografías de las mujeres indígenas haciendo barrera humana frente al ejército. Pero también que en este mundo existiera la posibilidad de rebelarse por una “verdadera causa”. De tomar un pasamontañas de abandonar todo y de largarse a la selva a detonar las palabras contra el gobierno.
Desde el día que inició la “ruta verde” hasta el primero de enero de 2004 han sido tantos los silencios del zapatismo, pero también muchos los recorridos de la palabra y de las imágenes zapatistas en todo el país.
Aún no tengo muy claro por qué fui el 24 de febrero de 2001 al Centro de Salud de San José la Pila. Asistí también al zócalo de la ciudad de Toluca a ver y conocer a los comandantes y comandantas, escuché junto con otros los “papacito” y los “hazme un hijo”, los “¡Zaaapaaataa viiive, la lucha sigue y sigue!” que gritaban estudiantes de Humanidades, Sociología, de Ciencia Política, de Antropología, los niños, las mujeres, los hombres. Todas aquellas y aquellos interesados realmente en el movimiento zapatista y también aquellos que, como yo, apenas descubríamos los rostros ocultos, el poder que tiene una voz que apenas y se asoma del pasamontañas.
La “banda” comenzó a escucharse días antes de la llegada del convoy zapatista. Correos electrónicos de los cuates de México, de los de Toluca y otros lares comenzaban a rolar para saber qué onda, qué se va a hacer.
Con el delegado de La Pila, de cuyo nombre no puedo acordarme, podías “inscribir” tu casa para recibir en ella a las personas que acompañaban a los zapatistas. Y si eras muy cuate, a los zapatistas mismos. En la calle que está junto al Centro de Salud de La Pila, en Metepec, un templete esperaba a Marcos y Compañía.
Una runfla de extranjeros muy guapitos –entre ellos dos jóvenes noruegos y una chica de la que sí recuerdo su altura y su bello rostro- pululaban por todos lados pero en ellos era evidente la mala suerte para encontrar una regadera.
La banda de Humanidades, siempre dispuesta, portaba gafetes de “organizadores”. Apenas y saludaban para no tener que decirte que no te podías pasar del otro lado para ver a los zapatistas. Era el momento de los VIPS de abajo.
De este lado, corresponsales de prensa hasta de MTV.
Y, ¡Santo Dios!, tantos italianos como nunca en mi vida he visto. Hormigas blancas de manos tejidas unas con otras. Inamovibles. Recuerdo que con el rostro totalmente fuera de control les grité en itañolo que se quitaran, que quería ver a Marcos, no su trasero. Algunos, entre indignados e intrigados esbozaron un guiño y siguieron inmutables. Otra loca más, otra de las tantas que a través de todo el recorrido por Chiapas, Oaxaca, Puebla, Tlaxcala, Morelos, Hidalgo seguramente se habían topado. Y habrían de toparse.
La noche del 24, luego de un acalorado discurso por parte de algunos zapatistas y de los gritos y coros de la multitud que allí nos encontrábamos, caminé de regreso con Mónica, una amiga de la ciudad de México a quien invité a quedarse en casa. Con cámara en mano recogió muestras fotográficas de todo ente que hubiera perdido la vida en el asfalto. Rastros de sanguinolienta basura, restos descompuestos de una botella de tequila, de una lata de coca cola… y perros muertos, tantos perros muertos como no recuerdo antes.
Ella también se había “contagiado” de algo que no llegamos nunca a determinar con exactitud, pero que esa noche nos mantuvo juntas, platicando sobre pasamontañas.
Mi globo del comandante Tacho ya se había desinflado antes de llegar a los tacos de la esquina. Aún lo guardo. Y para cuando regresamos a casa nos esperaba un auto negro de vidrios polarizados del cual bajó un hombre entrado en años y que preguntó por mí. “Allí le encargo a estos dos muchachos”, me dijo mientras encendía la marcha del auto y se marchaba. “Hola, me llamo Verónica y él es John”.
No pude ofrecer mucho, una cena escasa y un buen café que nos entretuvo poco.
Al otro día, los chavos se despedían, intercambiábamos correos electrónicos y me regalaban un libro en inglés que a John le habían encargado leer y que no volvería nunca a la Universidad de Berkeley. Así que ni indígenas ni zapatistas en casa. Nuevos amigos, eso sí.
De regreso a La Pila, bullicio real. Más gente y medios de comunicación. Gritos contra Televisa, pues estaban también de moda.
De El Comité de Apoyo a la Lucha Zapatista “Amigos de Chiapas”, de Trento-Italia, no he vuelto a leer. Tampoco de sus “acciones”, de sus “peticiones” a personalidades políticas italianas.
Dos correos electrónicos de Verónica desde Chiapas, una inscripción fallida a la página de los zapatistas y una vergonzosa carta que escribí a la Presidencia de Acción Nacional no son recuerdos gratos. Como tampoco fue grato que a partir de entonces en una de mis cuentas de correo recibiera los boletines diarios del SWAT (fuerza antimotines) de Estados Unidos y que luego de entender que no se trataba de la cuenta de ninguna blanca, pero si de una mona, dejaron de enviar.
De algún modo mi curiosidad quedó satisfecha. Había visto al mismísimo Subcomandante Marcos muy de cerca. Pude conocer los Acuerdos de San Andrés. La vida en la selva a través de una vestimenta. Había escuchado las demandas, las tres señales que los entendidos dijeron no tuvieron eco en el gobierno. Esta visita me permitió recordar lo precavidos que son nuestros indígenas, quienes en caravana, nunca se separaron ni aceptaron otro hospedaje que aquel que se dispuso especialmente para ellos.
Sobre todo, creo haber visto entre las líneas de la gente que asistió, aquellos ya lejanos días de septiembre, a muchos como yo. Capaces de actos tan viscerales como enviar una carta contra el gobierno de la República y decirle al fin lo que sientes. Actos por entender a este Nuestro México, a uno mismo a través del otro, el que vive por allá en las selvas y a quienes les han matado a las familias, se les quita la tierra, no tienen servicios médicos. Una radiografía cuyos relieves nos cercan y compartimos ya en cualquier parte del país.
Un cambio idealizado o real. Algunos con armas, otros quizá lo pretenden con música, con letras con pintura con estudio, todos creyendo en algo o en nada nos acercamos en las diferencias y nos vemos en los ojos del que comparte nuestra comida en la mesa.
Debo decir también que desde hace ya diez años no he vuelto a escuchar en nadie un saludo así:
hermanos y hermanas, hemos llegado.

Lleno de sospechas

* “El proceso de privatización y el otorgamiento de concesiones a empresas privadas para operar el ferrocarril no pudieron ser más calamitoso para los trabajadores. A decir verdad, con el apoyo de dirigentes como Jorge Peralta Vargas, Lorenzo Duarte García, Praxedis Fraustro Esquivel, Antonio Castellanos Tovar y Víctor Flores, el neoliberalismo, que se puso en marcha durante el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado (del 1 de diciembre de 1982 al 30 de noviembre de 1988), resultó una herramienta eficaz para minar, lenta e inevitablemente, a los ferrocarrileros”, apunta el periodista Francisco Cruz en su libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

En 1995, izada en todo lo alto la bandera del neoliberalismo económico, en un proceso turbio y ciertamente anunciado desde julio de 1993, Víctor Flores llegó a la Secretaría Nacional y se puso en marcha el programa por el que el gobierno entregó Ferrocarriles Nacionales de México (Ferronales o FNM) a la iniciativa privada. Ese año, el ferrocarril histórico murió, fue privatizado y en 1997 se suspendió el servicio de pasajeros. El ferrocarril se descarriló en medio de la ineptitud y la corrupción. Triste e irónica la herencia: desmantelamiento de talleres; pueblos fantasma; abandono de estaciones que por décadas sirvieron de tránsito al tren de carga y pasajeros —Ciudad Ixtepec, Empalme, Benjamín Hill—; fogoneros, auditores, maquinistas, despachadores, guardavías, carpinteros, garroteros y electricistas en el desempleo. Y el control de 20 mil 687 kilómetros de vías en manos de cinco grupos empresariales: Ferrovalle, con Ferrocarril y Terminal Valle de México; Ferromex, Pacífico Norte; Ferrosur, Sureste; FIT, Istmo de Tehuantepec, y Kansas City Southern de México S.A. de C.V. (antes TFM), Noreste.

La complicidad de la dirigencia encabezada por Flores permitió a Zedillo cumplir con los lineamientos del Banco Mundial (BM) que promovía la privatización en todos los países del llamado Tercer Mundo. Según señalaba, el ferrocarril debía ser concentrado y operado en su totalidad por el sector privado para cumplir con la apertura que promulgaba el libre comercio. Las presiones del organismo se habían dejado sentir desde mayo de 1992, cuando una comitiva encabezada por el analista financiero Zvi Raanan, el ingeniero José Baigorria y el economista Robin Carruthers sugirió que Ferronales adoptara un programa para racionalizar y modernizar el sistema ferroviario mexicano. Los primeros pasos se darían a través de la subcontratación de talleres y algunos servicios. Dócil y adelantándose a los deseos presidenciales, el sindicato aceptó modificar el contrato colectivo de trabajo.

Como la de muchas otras privatizaciones entre el salinato y el zedillismo, la historia de la liquidación de Ferronales está plagada de puntos oscuros y sólo algunas verdades: las primeras subcontrataciones se reportaron en mayo de 1994. Talleres de Monterrey, el Valle de México y Xalapa se entregaron a la firma francesa-inglesa GEC-Alsthom. Nada detuvo el proceso: un mes más tarde el consorcio Gimco —dedicado a la operación de talleres de reparación y mantenimiento de locomotoras y carros de ferrocarril, que incluía a la firma canadiense VMV— operaba talleres de Chihuahua y Torreón, donde presta servicios a locomotoras propiedad de Ferromex. En noviembre de 1999, Gimco puso en marcha un proceso, que concluyó en enero 2000, para deshacerse de todas sus acciones de capital social —menos una—. Los estadounidenses entrarían por San Luis Potosí y Acámbaro, Michoacán, a través de Morrison Knudsen, y se suprimieron los talleres de la región Benjamín Hill, en el estado de Sonora.

Verdad también es que, después de más de dos años de largas e interminables discusiones, acalorados debates sobre la privatización, el cambio de patrón era un hecho y lo trabajadores fueron obligados a renunciar, aceptar el retiro voluntario o jubilarse. En cualquiera de los casos, los que se quedaran perderían su antigüedad y sus históricas condiciones de trabajo al ser recontratados por los nuevos empresarios. No había nada peor; bueno, sí, según las amenazas que les llegaban por todos lados: el desempleo, porque serían incluidos en una lista negra si se negaban a firmar algunos documentos a su sindicato. En algunas secciones, como en la 8 de Empalme, Sonora, los 3 mil 700 sindicalizados se decidieron por el paro. Y estallaron en huelga. Fue una victoria parcial de los trabajadores, pero no hubo marcha atrás. La privatización era un hecho.

En esta primerísima etapa, 8 mil trabajadores quedaron desempleados. La gran oleada de la privatización llegó en marzo de 1996 con la primera concesión —o permiso especial del gobierno federal a empresarios privados para operar ferrocarriles— por 50 años; el gobierno zedillista recibió unos mil 400 millones de dólares. La dirigencia florista se convirtió en un aliado muy eficaz de las privatizaciones, partidaria de la empresa estatal, simpatizante de los nuevos patrones y una muy pobre defensora de los sindicalizados. Desde entonces, ha formado una mano de obra dócil y maleable al capricho de los empresarios.

El proceso de privatización y el otorgamiento de concesiones a empresas privadas para operar el ferrocarril no pudieron ser más calamitoso para los trabajadores. A decir verdad, con el apoyo de dirigentes como Jorge Peralta Vargas, Lorenzo Duarte García, Praxedis Fraustro Esquivel, Antonio Castellanos Tovar y Víctor Flores, el neoliberalismo, que se puso en marcha durante el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado (del 1 de diciembre de 1982 al 30 de noviembre de 1988), resultó una herramienta eficaz para minar, lenta e inevitablemente, a los ferrocarrileros. De la Madrid aceptó todas las políticas impuestas por los organismos financieros internacionales. Se comprometió a no conceder ningún aumento salarial a los trabajadores.

Y en ese proceso que se prolongó durante 18 años o tres sexenios —De la Madrid, Salinas y Zedillo, aunque los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón seguirían por el mismo camino—, los sindicatos corporativistas renunciaron, de nueva cuenta, a sus derechos. Los trabajadores quedaron a la deriva. En ese contexto, durante los primeros años de la década de 1990, Ferronales vivió una lucha muy violenta por el control de un sindicato que históricamente se articulaba en políticas clientelares y había pasado por etapas en las que la gerencia de la empresa y la Secretaría General del sindicato —cuyos nombramientos salían desde la Presidencia de la República— eran cabecillas de bandas internas dedicadas al robo de piezas, la rapiña, el hurto de equipaje. El director gerente y el líder controlaban una empresa que ellos mismos se encargaban de saquear. Valgan las palabras, eran ladrones con licencia gubernamental. Todo lo que se decía de Ferrocarriles era verdad. Era una copia de las buenas y malas películas de gángsters producidas por Hollywood.

“El robo es una de las prácticas empresariales más comunes y extendida hacia algunos trabajadores de confianza y de base, que afectan la productividad y, por ende, la rentabilidad de la empresa. Tan sólo en el periódico El Rielero aparecen 60 artículos relacionados con la corrupción o robo empresarial en el periodo 1970-1980. Es precisamente el periodo administrativo de Gómez Zepeda. [Y] una de las prácticas corruptas empresariales más frecuentes se realiza con la adquisición de locomotoras”, escribió Marco Antonio Leyva Piña, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Unidad Iztapalapa.

En su estudio Poder y dominación en Ferrocarriles Nacionales de México 1970-1988, que se publicaría en 1995 como libro patrocinado por la universidad y la fundación Friedrich Ebert Stiftung, Leyva Piña cuenta cómo en 1978 Gómez Z adquirió, con opción a compra en cinco años, 37 máquinas usadas, pero al llegar a México, “muchas tuvieron que ir directamente al taller porque eran de desecho. […] Gómez Z, es el mejor cliente que los gringos han tenido para guardar chatarra”. En 1972 El Rielero daba cuenta también de cómo, en San Luis Potosí —y sólo era una imagen de lo que pasaba en el resto del país—, trabajos que podían ser ejecutados por los trabajadores de planta eran enviados a talleres particulares. “El subgerente, ingeniero Roberto Méndez, mandaba a reparar las armaduras eléctricas, motores de tracción y generadores principales para ser embobinados en un taller de su propiedad. Y Ferrocarriles compraba, a particulares, las zapatas, cuando la planta de Aguascalientes —donde podían fabricarse— trabajaba al 50 por ciento de su capacidad”.

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